viernes, 7 de julio de 2023

EL AMOR PASA DELANTE DE TODO



 Al salir Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo:
– Sígueme.
Mateo se levantó y le siguió.
 Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos cobradores de impuestos, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos:
– ¿Cómo es que vuestro maestro come con los cobradores de impuestos y los pecadores?
 Jesús los oyó y les dijo:
– Los que gozan de buena salud no necesitan médico, sino los enfermos. Id y aprended qué significan estas palabras de la Escritura: ‘Quiero que seáis compasivos, y no que me ofrezcáis sacrificios.’ Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Nosotros, como los fariseos, seguimos sin entender. Dios lo que quiere es Amor, Misericordia, Entrega...y no sacrificios. Los cristianos, si no seguimos el ejemplo de Jesús, y amamos hasta dar la vida por los demás, seremos ignorados por todos. Nuestras iglesias quedarán cada vez más vacías. 

"Desde nuestro punto de vista de hoy podríamos decir que Jesús frecuentaba las malas compañías. Eso de andar con publicanos (algo así como inspectores de Hacienda de la época que entiendo que no son como los actuales) y con pecadores no era precisamente estar con la gente bien, de buen comportamiento, con la gente buena de la sociedad. Eso ya nos puede resultar escandaloso.
Pero en tiempo de Jesús lo de estar con publicanos y pecadores y comer con ellos era todavía peor. Esos dos grupos de personas estaban conceptuados como personas impuras. Su pecado era público y les hacía incapaces de participar en los ritos del mundo judío. No solo eso. Estar con ellos, y más comer con ellos, hacía al judío también impuro. En realidad, cualquier judío un poco culto y educado del tiempo de Jesús cuidaba mucho de con qué compañía se sentaba a comer. Y evitaba esas malas compañías que le hacían caer en impureza, que le separaba del pueblo de Israel, que le impedían adorar al Dios verdadero, a Yahvé.
Pero Jesús no tiene inconveniente en romper las normas de la pureza. Eran normas que habían terminado excluyendo y marginando a las personas. Jesús anuncia el Reino de Dios que es precisamente lo contrario: Dios quiere que todos sus hijos se unan, que no quede nadie excluido. El gran signo del Reino es precisamente esa comida en común de Jesús con los pecadores y publicanos. Jesús anuncia a un Dios que ama a todos sin excepción, sin condiciones. Los más necesitados son los más lejanos. Las comidas de Jesús con publicanos y pecadores son precisamente la prueba contundente de que el amor de Dios del que Jesús es mensajero es universal.
Creer en Jesús y en su reino nos compromete a actuar de la misma manera. A dejarnos de prejuicios –de los que estaban llenos los fariseos– y acoger a todos sin distinción de raza, sexo, nacionalidad y tantas obras barreras y límites que ponemos entre las personas. En el reino ya no hay “los otros”, todos somos “nosotros”."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 6 de julio de 2023

CURAR Y PERDONAR

  


Después de esto, Jesús subió a una barca, pasó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo. Allí le llevaron un paralítico acostado en una camilla; y al ver Jesús la fe de aquella gente, dijo al enfermo:
– Ánimo, hijo, tus pecados quedan perdonados.
 Algunos maestros de la ley pensaron: “Lo que este dice es una ofensa contra Dios.” Pero como Jesús sabía lo que estaban pensando, les preguntó:
– ¿Por qué tenéis tan malos pensamientos? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’?  Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados.
Entonces dijo al paralítico:
– Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
 El paralítico se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente tuvo miedo y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.


Jesús nos muestra hoy, que aquello que nos paraliza, es el mal, el pecado. Decir "tus pecados quedan perdonados" es equivalente a "levántate y anda". Lo que nos impide hacer el bien, entregarnos a todos, ser discípulos de Jesús, es nuestro egoísmo, nuestro orgullo. Esto es lo que nos paraliza. Debemos ir al encuentro de Jesús. Él nos alargará la mano y nos levantará. 
"Jesús no distinguía muy bien entre curar, perdonar, sanar, reconciliar. Lo que le importaba era el bien de la persona. Ni siquiera le importaba mucho el pasado –lo que hubiera hecho o dejado de hacer la persona–. Para él solo contaba que tenía delante a una persona, un hijo o hija amado por Dios, creatura suya. Dios, y Jesús por tanto, no podía sino querer su bien, su curación, su salvación. Ni rencores ni venganzas, ni recriminaciones ni penitencias. Jesús mira al presente, se compadece, empatiza, se acerca al que sufre por la razón que sea y actúa.
Frente a Jesús están los letrados, los escribas, los leguleyos. Los que a base de estudiar las escrituras y las leyes, han llegado a pensar que saben perfectamente y conocen y controlan hasta el modo como Dios hace las cosas y se relaciona con las personas. En su sabiduría han llegado a pensar que una cosa es perdonar los pecados y otra cosa sanar de una enfermedad. Han puesto condiciones al perdón de Dios. Parece que, según ellos, Dios solo perdona cuando se ponen delante la lista de pecados, concretados en número y especie y cuando se está arrepentido y cuando se cumple la penitencia –el castigo adecuado a los pecados cometidos–. Con tantas condiciones hasta les parece más fácil el milagro de curar a un paralítico que perdonar los pecados.
Pero la verdad es que la confusión de Jesús entre curar, perdonar, sanar o reconciliar es la misma confusión de Dios porque a Dios le conocemos solo a través de Jesús. Y si nosotros queremos seguir a Jesús, conviene también que confundamos esos verbos y comencemos a preocuparnos por el bien integral de la persona sin juzgar, sin valorar, solo mirando al hermano que tenemos delante y tratando siempre de ayudar, de acompañar, de ser solidario."
(Fernando Torres,cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 5 de julio de 2023

MIEDO A LA BONDAD

  


Cuando llegó Jesús a la otra orilla del lago, a la tierra de Gadara, salieron dos endemoniados de entre las tumbas y se acercaron a él. Eran tan feroces que nadie podía pasar por aquel camino. Y se pusieron a gritar:
– ¡No te metas con nosotros, Jesús, Hijo de Dios! ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?
 A cierta distancia estaba comiendo una gran piara de cerdos, y los demonios rogaron a Jesús:
– Si nos expulsas, déjanos entrar en aquellos cerdos.
 – Id – les dijo Jesús.
Los demonios salieron de los hombres y entraron en los cerdos, y al momento todos los cerdos echaron a correr pendiente abajo hasta el lago, y se ahogaron.
 Los que cuidaban de los cerdos salieron huyendo, y al llegar al pueblo contaron lo sucedido, todo lo que había pasado con los endemoniados. Entonces salieron los del pueblo al encuentro de Jesús, y al verle le rogaron que se fuera de aquellos lugares.

Jesús los libra del mal y ellos le piden que se vaya. Jesús les propone la bondat y ellos, al perder a los cerdos, tienen miedo de quedarse sin nada. Ciertamente Jesús nos pide que abandonemos muchas cosas. Concretamente, dejarlo todo para seguirle. Preferimos aferrarnos a lo que tenemos? El mal se irá con todo ello, pero nosotros tememos perderlo todo. Seguir a Jesús es abandonarnos en sus brazos. Quedarnos sólo con Él.

La historia de los endemoniados del evangelio de hoy es una historia de miedos e inseguridades. Es una historia de egoísmo y de miopía. O, si se prefiere, es una parábola sobre la gestión de los recursos. Digamos que los de aquel pueblo se habían hecho, consciente o inconscientemente, una reflexión que podría ser más o menos así: tenemos que sobrevivir –la vida en aquellos tiempos era muy dura, mucho más que hoy– y defendernos de los peligros que nos amenazan. Por una parte están esos endemoniados. Son hermanos nuestros, son de nuestro clan, son de nuestra familia, pero se han vuelto peligrosos. Por otra parte, está la necesidad de comer todos los días. No tener lo suficiente para comer es ver acercarse la muerte para el pueblo. La piara, los cerdos, son el seguro de vida que tenemos. Conclusión (no es difícil): los endemoniados son peligrosos pero podemos evitar el riesgo si no nos acercamos a ellos. Lo más importante es cuidar los cerdos.
Al final es lo mismo que dijo Caifás, el Sumo Sacerdote, cuando estaban juzgando a Jesús: “Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación” (cf. Jn 11,49-50). Solo hay un pequeño detalle que subrayar: Caifás en el fondo no estaba pensando en la nación sino en él, en su posición social, y en su familia. Hacía falta que muriese Jesús para que él y los suyos pudiesen mantenerse en donde estaban. Lo mismo de los del pueblo. Son los dueños de los cerdos los que defienden su seguridad. Y les importa muy poco la vida de aquellos hombres que sufren o la de sus familias.
El evangelio nos recuerda una vez más que para Dios la vida de la persona humana, especialmente la de las que sufren, tiene prioridad sobre cualquier otra intención, interés o lo que sea. Cuando está en juego la vida de una persona, no valen los cálculos ni los intereses egoístas.
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

martes, 4 de julio de 2023

EN LAS TORMENTAS DE LA VIDA


  
esús subió a la barca, y sus discípulos le acompañaron. De pronto se desató sobre el lago una tempestad tan fuerte que las olas cubrían la barca. Pero Jesús se había dormido. Sus discípulos fueron a despertarle, diciendo:
– ¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo!
 Él les contestó:
– ¿Por qué tanto miedo? ¡Qué poca es vuestra fe!
Dicho esto se levantó, dio una orden al viento y al mar, y todo quedó completamente en calma. Ellos, asombrados, se preguntaban:
– ¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?

En las tormentas de la vida debemos confiar en Él. Nadie tiene una vida plácida. Hay tormentas que nos las buscamos, pero también muchas que no las esperamos. Jesús duerme; pero está ahí, junto a nosotros. Esas tormentas nos acercan más a Él. es el momento de confiar, es esperar que Jesús nos salvará de ellas y calmará las aguas; pero, eso sí, hemos de confiar, de creer en Él.
"Hay profetas de desgracias que siempre lo ven todo negro. Da la impresión de que no hay futuro ni esperanza. Cada tormenta parece que es peor que las anteriores. El evangelio de hoy parece que recoge un momento en el que los discípulos se sentían así. La tormenta en el lago arreciaba. Las olas eran más altas que la barca. Todo se movía. Estaba oscuro porque las nubes de la tormenta tapaban el sol. Y los discípulos pensaron que el fin estaba cerca.
Pero Jesús dormía. Está claro que Jesús se mueve en otra onda, a otro nivel. Duerme tranquilamente porque sabe que no es más que una tormenta. Y, como dice el refrán, “siempre que llueve escampa”. O no escampa. De hecho, a Jesús le llegó el momento en que la tormenta no pasó. Le llegó la tormenta definitiva. Fue el momento de la cruz. Pero allí mantuvo la esperanza en su Padre del cielo. Contra todas las apariencias, contra todos los pesares, creyó en su Padre, confió en que no le iba a dejar en la estacada. Eso no disminuyó el dolor ni la angustia. Lo vemos en su grito en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Pero su sufrimiento convivió con la fe. Porque se sabía acompañado por el amor del Padre, de su Abbá.
El que tiene bien afianzados los pies en la esperanza y en la fe, aún sintiendo que el suelo se mueve, que la tormenta arrecia y que las nubes son muy negras, se mantiene firme. Puede ser que sienta que el miedo y el temor le brotan desde el corazón. Los creyentes no estamos exentos de las tormentas por las que hay que pasar en la vida. Mucho menos, estamos exentos de la tormenta final, la muerte, que no sabemos cómo nos llegará. Pero, con todo y con eso, la fe nos ayuda a mantenernos firmes en la esperanza.
En las tormentas que la vida nos va haciendo pasar podemos gritar desesperados como los discípulos o bien mantenernos firmes en la esperanza. Dios no nos deja de su mano. 
Conocí a una gran minusválida que decía que estaba convencida de que Dios la quería mucho. Ciertamente de una forma un poco rara, pero la quería. Eso es mantenerse en la fe a pesar de todos los pesares."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 3 de julio de 2023

ENCONTARNOS CON JESÚS

 


Tomás, uno de los doce discípulos, al que llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Después le dijeron los otros discípulos:
– Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó:
– Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo creeré.
 Ocho días después se hallaban los discípulos reunidos de nuevo en una casa, y esta vez también estaba Tomás. Tenían las puertas cerradas, pero Jesús entró, y poniéndose en medio de ellos los saludó diciendo:
– ¡Paz a vosotros!
 Luego dijo a Tomás:
– Mete aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado. ¡No seas incrédulo, sino cree!
 Tomás exclamó entonces:
– ¡Mi Señor y mi Dios!
 Jesús le dijo:
– ¿Crees porque me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto!


"Tomás ha pasado a la historia como el apóstol que no creyó. Tuvo que hacerse presente Jesús ante él para que cambiase y comenzase a ser un apóstol de verdad, un misionero, un testigo del reino de Dios.
En el caso de Tomás se puede decir aquello de que unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Tomás se llevó la fama de increyente. Pero para ser realistas quizá los demás apóstoles pasaron por el mismo proceso. También tuvieron sus dudas. La noticia de la resurrección de Jesús que les había traído las mujeres, les sobresaltó. Era algo demasiado grande. Demasiado increíble, ciertamente. Necesitaron su tiempo y necesitaron que se les apareciese Jesús para creer. Tomás no creyó a los testigos. No creyó lo que le decían sus compañeros apóstoles. Necesitó encontrarse directamente con Jesús. Ahí se le cambió la vida. Revivió todo lo que había vivido con Jesús por los caminos de Galilea y por las calles de Jerusalén. Todo cobró sentido y se convirtió él mismo en un testigo de la resurrección.
Pero quizá a los que le escucharon en sus viajes misioneros -dice la tradición que llegó hasta la India predicando la buena nueva del Evangelio- les pasó también lo mismo. No les bastó con escuchar a Tomás. Necesitaron hacer ellos mismos el camino de encontrarse con Jesús, de descubrirle presente en sus vidas. Cuando lo hicieron, también sus vidas cobraron un nuevo sentido. Y ellos mismos se convirtieron en testigos de la resurrección.
El misionero tiene que ser testigo. Pero su objetivo no es que los que le escuchan crean en él sino que crean en Jesús. El misionero invita a que los que le escuchan hagan su propio proceso, su propio camino hasta encontrarse con Jesús y dejar que él ilumine sus vidas y las llene de sentido. El misionero no es el centro de la misión. El misionero es solo el que apunta a Jesús. No busca que le miren a él sino que miren a Jesús y su reino de amor y fraternidad.
Conclusión: no nos dejemos deslumbrar por los testigos. No hay que quedarse en ellos. Cada uno tenemos que encontrarnos con Jesús. En directo, en nuestro corazón. Su luz sí nos deslumbrará. Y para bien."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 2 de julio de 2023

SER DIGNOS DE DIOS

 


El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que trate de salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la salvará.
El que os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa que merece un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, recibirá la recompensa que merece un justo. Y cualquiera que dé aunque solo sea un vaso de agua fresca al más humilde de mis discípulos por ser mi discípulo, os aseguro que no quedará sin recompensa.

Dios quiere que le amemos totalmente. Y la forma de hacerlo es amando a los demás. "Recibiéndolos" como quien recibe a Jesús. La entrega y el Amor al prójimo, es el verdadero camino que nos lleva a Dios llevando nuestra cruz.
"Desde que Dios nos pensó a cada uno de nosotros nos dio una dignidad especial, nada más y nada menos que ser Hijos suyos y ser imagen suya. Este es el traje más radiante que podemos vestir. No queremos estropear su obra, debemos cuidar no ensuciar esta vestimenta, mantener en nosotros la belleza y la grandeza que Dios puso sobre nosotros.
Este evangelio nos dice de qué manera ensuciamos nuestro traje original, nuestra dignidad originaria. Ensuciamos nuestra dignidad cuando ponemos nuestros quereres por delante de Dios.  Dejamos de ser dignos de su recompensa cuando no somos capaces de ver esa dignidad originaria en mi esposa, en mi esposo, cuando no se acogerlo como Lo que es, Mi ayuda adecuada, quien Dios pensó para mí, para que perdiendo juntos la vida, dándonos el uno al otro hasta el extremo, lleguemos juntos a ganar la Vida plena, la santidad.
Perdemos nuestra dignidad cuando exigimos a nuestro cónyuge ser como nos gustaría que fuera, y no lo acogemos como Dios lo soñó para mí. Ensuciamos nuestro traje cuando exigimos al otro cubrir nuestras carencias en lugar de dar nuestra vida para que el otro crezca.
El evangelio de hoy nos invita a perder la propia vida y recibir la de mi esposo/a, a mirarnos y vernos, como Dios nos ve. Queremos ser dignos de Dios, queremos amarnos con Cristo en la cruz."
(Reflexión de un  Matrimonio, 3 hijos, pertenece a comunidad cristiana y movimiento seglar) Ciudad Redonda


sábado, 1 de julio de 2023

LA SALVACIÓN ES PARA TODOS

  


Al entrar en Cafarnaún, un centurión romano se le acercó para hacerle un ruego. Le dijo:
– Señor, mi asistente está en casa enfermo, paralítico, sufriendo terribles dolores.
 Jesús le respondió:
– Iré a sanarlo.
– Señor –le contestó el centurión–, yo no merezco que entres en mi casa. Basta que des la orden y mi asistente quedará sanado. Porque yo mismo estoy bajo órdenes superiores, y a la vez tengo soldados bajo mi mando. Cuando a uno de ellos le digo que vaya, va; cuando a otro le digo que venga, viene; y cuando ordeno a mi criado que haga algo, lo hace.
 Al oir esto, Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían:
– Os aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe como este hombre. Y os digo que muchos vendrán de oriente y de occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, los que deberían estar en el reino serán arrojados a la oscuridad de fuera. Allí llorarán y les rechinarán los dientes.
 Luego Jesús dijo al centurión:
– Vete a tu casa y que se haga tal como has creído.
En aquel mismo momento, el criado quedó sanado.
 Jesús fue a casa de Pedro, donde encontró a la suegra de este en cama, con fiebre. Le tocó Jesús la mano y la fiebre desapareció. Luego se levantó y se puso a atenderlos.
 Al anochecer llevaron a Jesús muchas personas endemoniadas. Con una sola palabra expulsó a los espíritus malos, y también curó a todos los enfermos. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías: “Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades.”

"Hoy va de fe la cosa. El centurión nos da otra lección de lo que significa creer. “Señor, no soy quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano.” Cada día, en la Misa, recordamos estas palabras. A Jesús le impactó esa fe. En Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Y mira que Jesús se movió por toda Israel, y se encontró con mucha gente. Al criado del centurión le fue bien. Es bueno tener jefes así.
Algo sintió ese hombre, cuando se acercó de esa manera a Jesús. Hay otros ejemplos, como los de los ciegos que gritaban al borde del camino, o la parábola del juez inicuo, donde la viuda no dejaba de insistir, hasta que recibió lo que pedía. Son verdaderas joyas del evangelio. Nos hablan del regalo que supone la fe, un regalo universal.
Ahora bien, como todo regalo, es necesario que lo recibamos. Es necesario aceptar ese regalo maravilloso que Dios nos da constantemente. Y, además, aceptar todos los entrenamientos que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con un regalo que es el objeto mismo de nuestra fe y de nuestra esperanza: la Vida Eterna en Dios.
Hay otro tema en la Liturgia de este día: la salvación es para todos, judíos y no judíos. Lo cierto es que Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación. Los israelitas serían los primeros en recibir el llamado a la salvación. Pero luego la salvación se extendería a todo pueblo, raza y nación. La elección de Israel no significa, entonces, el rechazo a otros pueblos.
Y sería bueno que no olvidemos una cosa principal. Las enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios tienen, por supuesto, un destino comunitario, dirigida a toda la asamblea del Pueblo de Dios, pero también son una llamada personal e individual a todos y cada uno de nosotros. Y así, hoy, podríamos pensar que las enseñanzas que Jesús nos ofrece en esta Palabra son solo para un grupito elegido, mientras que realmente nos está diciendo que salgamos a evangelizar, de palabra y con nuestras obras; que nuestra base de conocimiento de la doctrina cristiana sea el principio de la conversión de todos los que están a nuestro alrededor y alejados de Cristo. Y es una llamada personal que el Señor nos hace. Estamos invitados al banquete. Hay para todos y sobra, pues es el Señor el que lo ha preparado. Si somos capaces de entenderlo, entonces la parroquia no estará entre las cuatro salas de catequesis; la parroquia estará junto al sagrario, en la sala de catequesis, en el mercado, en cada hogar, en la junta de vecinos, en el bar, junto a la cama del enfermo y en el entierro. Tengámoslo en cuenta."
(Alejandro Carbajo, cmf, Ciudad Redonda)