martes, 7 de julio de 2026

FALTAN OBREROS

 

Mientras los ciegos salían, algunas personas trajeron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. Jesús expulsó al demonio, y en seguida el mudo comenzó a hablar. La gente, asombrada, decía:
– ¡Nunca se ha visto cosa igual en Israel!
Pero los fariseos decían:
– El propio jefe de los demonios es quien ha dado a este el poder de expulsarlos.
Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba toda clase de enfermedades y dolencias. Viendo a la gente, sentía compasión, porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas que no tienen pastor. Dijo entonces a sus discípulos:
– Ciertamente la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Por eso, pedid al Dueño de la mies que mande obreros a recogerla.
(Mt 9,32-38)

La mies es mucha. Hoy, quizá como nunca, los obreros son pocos. Al leer este fragmento siempre pensamos en la falta de vocaciones. Pero Jesús nos habla a todos. Si somos sus seguidores, somos obreros que debemos recoger la mies. No importa que seamos sacerdotes, religiosos, consagrados...Todos somos obreros que debemos recoger la mies. 

" (...) La superación de toda idolatría se da en Jesús, que nos muestra el verdadero rostro de Dios Padre, nos libera de nuestros demonios y nos enseña el profundo humanismo de la fe en el Dios de Israel, que es el Dios y el Padre de todos. Pero su presencia humana, que desafía nuestra fe, encierra un peligro tan grande, si no mayor, que el de la idolatría. Si ésta significa adorar a Dios en lo que son solo sus criaturas, este otro peligro, más radical, consiste en atribuir carácter diabólico a la acción de Dios. Si la idolatría es un fe errada, la acusación de los fariseos contra Jesús es no sólo una falta de fe sino una verdadera mala fe, que considera imposible su acción liberadora en la concreción de nuestra vida. Pero estas objeciones (esta mala fe) no puede frenar la acción de Jesús, que nos mira con misericordia, se apiada de nuestras dolencias, y nos llama a implicarnos en la acción divina de aliviarlas, de sanar, curar y hacer presente en nuestro mundo la salvación. La exhortación de Jesús a orar para que el Señor envíe obreros a la mies es en sí misma una llamada a convertirnos en esos obreros, a dejar nuestras idolatría y mala fe, para unirnos a Él y a su misión."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 6 de julio de 2026

VOLVER A VIVIR

  


Mientras Jesús les estaba hablando, llegó un jefe de los judíos, se arrodilló ante él y le dijo:
– Mi hija acaba de morir, pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, volverá a la vida.
Jesús se levantó, y acompañado de sus discípulos se fue con él. Entonces una mujer que desde hacía doce años estaba enferma, con hemorragias, se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de su capa. Porque pensaba: “Con solo tocar su capa quedaré sana.” Pero Jesús, volviéndose, vio a la mujer y le dijo:
– Ánimo, hija, por tu fe has quedado sanada.
Y desde aquel momento quedó sana.
Cuando Jesús llegó a casa del jefe de los judíos, y vio a los músicos que estaban preparados para el entierro y a la gente que lloraba a gritos, les dijo:
– Salid de aquí. La muchacha no está muerta, sino dormida.
La gente se burlaba de Jesús, pero él los hizo salir; luego entró, tomó de la mano a la muchacha y ella se levantó. Y por toda aquella región corrió la noticia de lo sucedido.
(Mt 9,18-26)

La Fe nos cura. La Fe nos devuelve la vida. Como la hemorroísa o la muchacha, nuestra Fe puede hacer milagros. Porque la verdadera Fe nos da la vida. Debemos confiar en que Jesús, aunque parezca distraído  como en la hemorroísa, está siempre a nuestro lado. Él nos ayuda y nos conforta. Y sobre todo, nos da la verdadera VIDA.

"Todos conocemos la canción “La muerte no es el final”. Pero ante la afirmación de que la muerte no es el final del camino, muchos tuercen el gesto y la consideran un triste consuelo. En esta vida y en este mundo, en el que vivimos y morimos, la muerte se impone con brutalidad, y rompe los vínculos que nos unen al ser querido que ha caído en sus redes. Es verdad que cuando la muerte sucede después de una larga vida, pese a la dureza de la separación, es más fácil resignarse. Pero cuando el que muere es un niño, al dolor inmenso que produce se produce se une la protesta, que puede llegar a ser rebeldía y acusación contra Dios.
Jesús responde a la angustia y el desgarro de un padre que acaba de perder a su hija, y que no se resigna, y le pide, casi le exige, que venga a imponer su mano sobre la niña para que viva. Podemos imaginar la angustia, la cólera, la protesta y el matiz de exigencia que revela su súplica.
La reacción de Jesús de marchar en pos del hombre, nos dice que Jesús nunca permanece indiferente a nuestro dolor y a nuestros gritos de auxilio. Es verdad que, a veces, como en el caso que nos ocupa, la respuesta se hace esperar, Jesús se distrae y pierde el tiempo atendiendo a otros sufrimientos, que nos parece que no son tan urgentes. Aunque, posiblemente esa demora y el diálogo con la mujer hemorroisa curada juega también su papel: para que Dios intervenga en nuestra vida atendiendo a nuestras peticiones necesitamos acercarnos a Él con fe, con una confianza plena, de la que la mujer es un ejemplo vivo. Es como si Jesús, con su demora, estuviera diciéndole al padre angustiado e impaciente, que lo esencial es tener fe.
La respuesta de Jesús a nuestros dolores ha consistido en cargar Él mismo con todos ellos, entregándose a la muerte en la cruz. Jesús entiende bien lo que le pedimos y lo que sentimos al hacerlo. Él mismo, que ha pasado por el trance del sufrimiento y por el umbral de la muerte, y que ha alcanzado la orilla de la resurrección, puede decirnos con todo fundamento que nuestros muertos no están muertos, no han sido devorados por la nada, sino que viven, aunque a nuestros ojos estén dormidos.
Esto provoca la risa de muchos. También le sucedió a Jesús. Pero nosotros, que creemos en la muerte y la resurrección de Cristo, sí sabemos que esa niña no estaba muerta, sino dormida, y que el Cristo resucitado la toma de la mano y la pone en pie, levantándola a una vida nueva.
A todos los difuntos extiende la mano Jesús para ponerlos en pie. A todos les habla al corazón con palabras de amor, aunque la respuesta ya dependa de nosotros. Y también a nosotros, mientras vivimos, nos habla, nos llama, nos ofrece su mano para que nos levantemos de esa muerte que es el pecado, y vivamos ya en este mundo la vida nueva de la resurrección, que se manifiesta en el mandamiento del amor.
También a María Goretti, que se resistió al pecado hasta dar la vida, Jesús la ha tomado de la mano y la ha puesto en pie. También en ella la vida ha vencido sobre el pecado y la muerte."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 5 de julio de 2026

CORAZONES DE NIÑO

 
 

Por aquel tiempo, Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido."
“Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce realmente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar. Aceptad el yugo que os impongo, y aprended de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontraréis descanso. Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros.”
(Mt 11,25-30)

Para encontrar a Dios, para ser discípulo de Jesús, se ha de ser humilde, sencillo de corazón. El orgullo, la prepotencia sólo ven nuestro ego. Para encontrar a Dios debemos mirar a nuestro alrededor con la inocencia que lo hacen los niños, admirándose de todo.

"(...) La figura de Jesús que nos transmite el Evangelio hoy nos recuerda lo mismo. Jesús es habitado por un espíritu de mansedumbre, de humildad y de paz, no de rigidez. En múltiples ocasiones los Evangelios comparan el talante repetitivo y autoritario de los maestros de Israel con el carácter cercano y sencillo del mismo Jesús, que tanto asombraba a los que le escuchaban.
Los maestros de Israel adoptaban un estilo soberbio, autosuficiente, presuntuoso, discriminador. De ellos decía Jesús que cargaban pesados fardos sobre la espalda de la gente, mientras que ellos no colaboraban para levantar la carga ni con un dedo. Jesús es un Maestro humilde, no presuntuoso. Y nos dice que su yugo es llevadero y su carga ligera. Al hablar de yugo está indicando que – tal y como ocurre con los bueyes uncidos al yugo – la carga compartida es menos carga. El mismo Jesús está dispuesto a compartir el yugo y la carga con su discípulo. Él sabe compadecerse porque ha pasado por una situación parecida.
Jesús da gracias al Padre, porque quienes mejor acogen y comprenden sus misterios no son los sabios y entendidos, sino la gente más humilde y sencilla. A ellos les revela el Hijo todo lo que el Abbá le ha comunicado. Los sencillos, los que sufren, los que tienen problemas, son los que mejor acogen el mensaje, y los que mejor pueden entender estas palabras de Jesús.
¡Qué buena oportunidad nos ofrece este domingo para que nos preguntemos qué espíritu nos mueve y qué tipo de magisterio ejercemos en la Iglesia y desde la Iglesia! ¿De quién está más cerca nuestro estilo, del de Jesús o del de los fariseos? ¿Colaboramos a la paz social, a la reconciliación? ¿Aportamos soluciones a los problemas de la familia, de los grupos, de aquellos que se sienten marginados, o cargamos fardos pesados? ¿Trae nuestro testimonio moral alivio o agobio, inquietud o descanso? ¿Aprecia la sociedad en nosotros la humildad y mansedumbre de Jesús o la violencia de los maestros de la ley? Son preguntas muy serias éstas; de ellas depende nuestra credibilidad social."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 4 de julio de 2026

EL HOMBRE NUEVO

 

 Los seguidores de Juan el Bautista se acercaron a Jesús y le preguntaron:
– Nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia: ¿Por qué tus discípulos no ayunan?
Jesús les contestó:
– ¿Acaso pueden estar tristes los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Pero llegará el momento en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.
Nadie remienda un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porque lo nuevo encoge y tira del vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, y tanto el vino como los odres se pierden. Por eso hay que echar el vino nuevo en odres nuevos, para que se conserven ambas cosas.
(Mt 9,14-17)

Las penitencias, los ayunos, las leyes, sólo tienen un sentido: crear el hombre nuevo. Ese seguidor de Jesús que se entrega totalmente y ama a todo el mundo. Si no buscamos este objetivo, nuestros ayunos no sirven para nada.

"¿Eres de los que le gustan las novedades o de los que prefiere las cosas de siempre?
Hoy Mateo nos habla de lo nuevo y de lo viejo. En otro pasaje de su Evangelio habla de lo bueno que es sacar de la alforja cosas del pasado, porque sostienen el presente, a la vez que cosas nuevas, porque alientan el futuro.
En cambio, hoy parece apostar más por lo nuevo. En realidad, nos está hablando del que es “Nuevo”: Jesucristo. Él es el hombre nuevo, el que renueva todo lo caduco que se había ido pegando a la humanidad a lo largo de los siglos y que sigue amenazando a cada generación y a cada corazón: vivir desde el egoísmo, despreciar al prójimo, cerrarse a Dios. Jesús es nuevo, siendo lo que siempre soñó Dios: abierto al Padre, acogedor del otro, corazón despierto.
Por eso, cuando Jesús entra en la vida, ya no es tiempo de componendas. Como queramos seguir con las viejas costumbres, acabarán reventando, como hace el vino nuevo con los odres viejos. Jesús reventó los odres del judaísmo. Y Jesús sigue reventando los antiguos hábitos de “mujeres y hombres viejos”… siempre que le dejemos
entrar.
Señor Jesús:
te confieso como Dios nuevo y hombre nuevo.
Renueva mi vida, para que yo también sea nuevo.
Dale la vuelta a lo que en mí está al revés,
para ponerlo de nuevo como Dios lo pensó en el principio.
Renueva nuestro mundo, para que sea hogar de todos.
Y renueva tu Iglesia,
para que aliente y sirva al mundo nuevo que nos tienes preparado.
Amén."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 3 de julio de 2026

VER PARA CREER

 

Tomás, uno de los doce discípulos, al que llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Después le dijeron los otros discípulos:
– Hemos visto al Señor.
Tomás les contestó:
– Si no veo en sus manos las heridas de los clavos, y si no meto mi dedo en ellas y mi mano en su costado, no lo creeré.
Ocho días después se hallaban los discípulos reunidos de nuevo en una casa, y esta vez también estaba Tomás. Tenían las puertas cerradas, pero Jesús entró, y poniéndose en medio de ellos los saludó diciendo:
– ¡Paz a vosotros!
Luego dijo a Tomás:
– Mete aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado. ¡No seas incrédulo, sino cree!
Tomás exclamó entonces:
– ¡Mi Señor y mi Dios!
Jesús le dijo:
– ¿Crees porque me has visto? ¡Dichosos los que creen sin haber visto!
(Jn 20,24-29)

Queremos ver para creer como Tomás. Jesús nos muestra sus llagas. Hoy, estas llagan son los pobres, los perseguidos, los que sufren...Si de verdad queremos creer, son esas llagas que debemos mirar, palpar, curar...y sobre todo amar. Nuestra Fe nos es auténtica si las olvidamos.

"Hoy la Iglesia está de fiesta. En realidad, siempre lo está, porque el Señor Resucitado habita en ella y la fecunda con su Espíritu de Vida. Y hoy, en esa fiesta permanente, recordamos a uno de los 12, de las primeras piedras que Jesús puso para construir este edificio vivo que es la comunidad de los cristianos: recordamos a Tomás. Y recordamos que a Tomás, uno de los 12, le costó creer… Sí, le costó creer. Como a Pedro le costó ser fiel. O como a casi todos los demás les fue difícil llegar hasta el pie de la cruz…
Los que nos han precedido en la fe son humanos. Han tenido que hacer su camino, como nosotros. Incluso aquella primera generación, los que vivieron con Jesús. No pensemos que todo les fue dado. Tuvieron que poner su parte. Si todo hubiera sido claro, Jesús se hubiera impuesto. Pero ese no es el estilo de Dios. Él propone, y la persona puede acoger, en libertad. Es verdad que en ello se va la vida, pero el amor no se puede imponer, porque dejaría de ser amor. ¿Habría algo más incoherente que decir “te ordeno que me ames”? Por eso Dios nos ha dicho: “Aquí estoy, para quien quiera abrirme su puerta”. El amor, cuando llega a “imponerse”, no es por la fuerza, sino por sí mismo, por pura atracción. Y entonces ya no sabe a imposición coactiva, sino que el corazón ha sido ganado y ensanchado.
La fe siempre es un salto. Parte de un “ver” para llegar a “creer”. Pero no todos los que “ven” creen. Quizá Tomás, como otros muchos, esperaba haber visto un Mesías triunfador… y se encontró con la cruz. Y justamente eso es lo que tenía que ver… para creer, de otra manera. Al final, el Resucitado se le presenta con los signos de la pasión… y ante ellos, ante Él, Tomás dice ese hermoso “Señor mío y Dios mío”.
Que también nosotros podamos “ver”… la maravilla de la vida, el corazón de las personas, las palabras de la Escritura, los signos de la Eucaristía, el grito de los necesitados… Y viendo todo eso, “creer”. “Señor mío y Dios mío”."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 2 de julio de 2026

JESÚS NOS HACE ANDAR

  

Después de esto, Jesús subió a una barca, pasó al otro lado del lago y llegó a su propio pueblo. Allí le llevaron un paralítico acostado en una camilla; y al ver Jesús la fe de aquella gente, dijo al enfermo:
– Ánimo, hijo, tus pecados quedan perdonados.
Algunos maestros de la ley pensaron: “Lo que este dice es una ofensa contra Dios.” Pero como Jesús sabía lo que estaban pensando, les preguntó:
– ¿Por qué tenéis tan malos pensamientos? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados.
Entonces dijo al paralítico:
– Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
El paralítico se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la gente tuvo miedo y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.
(Mt 9,1-8)

El pecado nos paraliza. Impide que hagamos el bien. Jesús nos hace andar perdonándonos. Si queremos seguirle, nos hemos de considerar pecadores y pedir perdón, con la seguridad de que Él nos perdonará.

"No hay nada como estar enfermo para valorar la salud. Ni el tener sed para valorar el agua… Cuando todo va bien, damos por supuesto lo que tenemos. Sólo cuando hemos pasado por la necesidad, podemos valorar lo que se nos regala.
El Evangelio de hoy comienza con una carencia: hay un hombre postrado. Quizá nació así. Quizá llevaba muchos años. Quizá estaba tan postrado, que ni pensaba en la posibilidad de ponerse en pie. Pero hay alguien que desea algo diferente para él. Los primeros en desearlo son los que tiene cerca, que le llevan a Jesús. Y Jesús sabe reconocerlo (“viendo la fe que tenían…”). Y también Él desea algo mejor para el que está postrado: que camine erguido.
Esa es la salvación que Jesús viene a traer: liberarnos del pecado que nos hace estar postrados, vivir de lo viejo, centrarnos en lo nuestro, hacer daño a otros… El que fue semejante a nosotros, excepto en el pecado, nos ofrece el perdón y nos abre a una vida nueva, recibida en el bautismo, que necesita ser actualizada cada día.
En un mundo donde en ocasiones se confunden el bien y el mal, y donde los intereses del Reino no siempre son los que prevalecen, la palabra de Jesús sigue siendo hoy provocadora: “Levántate y anda”. Reconocer lo que hay e impulsar una nueva situación. Palabra provocadora y necesaria. Ayer, hoy y siempre.
“Levántate y anda”. Para caminar erguidos –que no engreídos-. Para eso nos ha hecho Dios. Con capacidad de mirar a los ojos de los prójimos. Con la posibilidad de elevar la vista al horizonte que nos convoca y al cielo que nos protege, para descubrir al Dios que quiere lo mejor de nosotros y a los prójimos que necesitan ser llevados ante el Maestro."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 1 de julio de 2026

EL TRIUNFO DEL BIEN

 

En aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gerasenos. Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»
Una gran piara de cerdos a distancia estaba hozando. Los demonios le rogaron: «Si nos echas, mándanos a la piara.»
Jesús les dijo: «Id.»
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua. Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados. Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Vemos como Jesús hace triunfar el bien liberando a dos endemoniados. Y también vemos cómo los gerasanos le dicen que se marche de allí. Muchas veces no nos gusta que triunfe el bien. Nos hemos acostumbrado al mal y nos parece normal. Debemos reflexionar sobre nuestra posición ante el bien y el mal. Y sobre todo, luchar por el triunfo del bien. Aunque esto nos haga incomprendidos.

"La escena del evangelio de hoy es un buen pasaje para contemplar, para meterse en la historia, para mirar a la cara a sus personajes, más allá del ropaje cultural en el que nos viene presentada.
Por un lado, están dos personas “endemoniadas”. ¿Qué les pasaba? El evangelista nos da pocos datos, pero suficientes: vivían en el cementerio, muertos en vida, apartados de la civilización. Estaban furiosos, agresivos, fuera de sí… ¿quién no lo estaría si las circunstancias de la vida lo hubieran confinado al cementerio? Y provocaban temor, de forma que nadie se atrevía a ir por donde ellos iban.
Ante ellos aparece Jesús. Él mismo ha decidido acercarse. Ha querido ir “a la otra orilla”, a esa tierra concreta. Y los que llamaban “endemoniados”, quién sabe si por la novedad o por la esperanza, “salieron a su encuentro”. Y ante Jesús, hacen lo único que parece sabían ya hacer: gritar. Y Jesús no se aparta, no echa a correr asustado como los demás, sino que permanece, de pie, ante ellos. Quizá por eso los dos hombres pronuncian una segunda frase que suena a petición de ayuda, vislumbrando una posible salida de su situación. Y Jesús entra en diálogo con ellos. Y en esa acogida incondicional, son liberados del mal que les acechaba. La salvación, de la mano de la liberación, ha llegado a su vida.
Frente a Jesús, los del pueblo no se enteran de nada. No les ha gustado el cambio de la situación. Estaban acostumbrados a apartar a aquellos hombres. Vivían más tranquilos. Ahora parecen preocuparse más de las molestias que les ocasiona el cambio que de la salud de sus paisanos. Todo lo contrario de Jesús.
Ante este pasaje podemos meternos en la piel de los hombres llamados “endemoniados”: ¿cuáles son mis “demonios” –los que me hacen ir por la vida sin vida, con ira, asustando a los demás?  Podemos meternos en la piel de los del pueblo: ¿cómo reacciono ante los “demonios” de otros y ante sus posibles cambios? O podemos ponernos en el lugar de Jesús, para aprender de su acogida incondicional que hace posible la salud integral y la vida.
Que disfrutes de esta bonita historia."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad redonda)

martes, 30 de junio de 2026

TENEMOS POCA FE



 Jesús subió a la barca, y sus discípulos le acompañaron. De pronto se desató sobre el lago una tempestad tan fuerte que las olas cubrían la barca. Pero Jesús se había dormido. Sus discípulos fueron a despertarle, diciendo:
– ¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo!
Él les contestó:
– ¿Por qué tanto miedo? ¡Qué poca es vuestra fe!
Dicho esto se levantó, dio una orden al viento y al mar, y todo quedó completamente en calma. Ellos, asombrados, se preguntaban:
- ¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar le obedecen?
(Mt 8,23-27)

Tenemos poca Fe. Vemos las iglesias cada vez más vacías, la poca participación en los sacramentos, las familias que ya no llevan a sus niños a catequesis... y pensamos que todo se hunde. Nos falta Fe en que Jesús puede levantar otra vez nuestros ánimos, calmar las aguas revueltas, devolver el bien a nuestra sociedad...Pero debemos tener Fe, seguir rezando y actuando. Seguir entregando nuestras vidas a los demás. Seguir amando...y las aguas se calmarán.

"¿Vives cerca del mar? ¿Lo has contemplado serenamente alguna vez? ¿Has navegado sobre él en alguna embarcación?
El mar forma parte de las cosas fascinantes de nuestro mundo. Inmenso, amplio, inabarcable… Medio de comunicación, origen de la brisa, fuente de alimento, manadero de inspiración.
Pero el mar también es tremendo cuando las olas se encrespan, cuando inunda la tierra, cuando no da pescado, cuando devora a los navegantes.
El mar es símbolo de la vida, tan fascinante y tan tremenda. Los discípulos van sobre el mar, por la vida. Y Jesús con ellos, en la misma barca. El mar se encrespa –como la vida, tantas veces- y parece que no hay salida: “Señor, sálvanos, que nos hundimos”. Él va tranquilo. Parece que duerme. Pero escucha la voz de los suyos, de su pueblo, de los que le interpelan. Y el mar se calma. Y la vida. Tan sólo es cuestión de fe. Porque “todo es posible para el que cree”.
Señor, te hablo desde la vida.
Yo sé que Tú vas con nosotros, en la misma barca.
Y Tú sabes que muchas veces la barca se mueve,
y pensamos que nos vamos a hundir.
Por eso, en esos momentos,
recuérdame –recuérdanos-
que basta tener fe.
Que ese momento, más que nunca,
es momento de seguir remando.
Porque contigo en la barca
llegaremos a puerto.
Gracias, Señor.
Amén.
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 29 de junio de 2026

PEDRO Y PABLO

  



 Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo preguntó a sus discípulos:
– ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o algún profeta.
– Y vosotros, ¿quién decís que soy? – les preguntó.
Simón Pedro le respondió:
– Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.
Entonces Jesús le dijo:
– Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún hombre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedram voy a edificar mi iglesia; y el poder de la muerte no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en este mundo, también quedará atado en el cielo; y lo que desates en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
(Mt 16,13-19)

Pedro y Pablo son muy diferentes, pero tienen cosas en común. Ambos recibieron la Misericordia de Dios y esto les hizo grandes. Pedro lo negó tres veces y fue elegido como fundamento de la Iglesia. Pablo persiguió a los cristianos, era fariseo y Dios lo hizo caer del cabello y lo hizo pastor de los gentiles.
Si somos conscientes de la Misericordia de Dios con nosotros, también podremos ser apóstoles seguidores de Jesús.

"Hoy es una fiesta grande. Celebramos la vida de dos personas, dos personajes, que son dos “grandes” del cristianismo: San Pedro y San Pablo. Tan diferentes en su origen, en su camino, en su manera de ver las cosas… y los dos son pilares de la Iglesia.
Pedro… pescador, llano, del pueblo. La misma impulsividad para confesarle –“Tú eres el Mesías”- que para rechazar sus caminos de cruz. La misma generosidad para dejarle la barca que para ofrecerse a dar la vida por él. La misma sinceridad para intentar salvar el pellejo negándole que para llorar amargamente por haberle negado… Jesús le llamó “piedra”, pero también “satanás”. Al final, esa mirada que lo comprende todo y nada condena le rehabilitó, le levantó y le puso en su sitio: ni tan arriba, ni tan abajo. Y desde ahí, como hermano de sus hermanos, pudo seguir caminando, sirviendo a la Iglesia, hablando, discutiendo, haciendo las obras de Jesús, luchando, entregándose…
Pablo… judío donde los haya. Fariseo y perseguidor de la Iglesia en sus orígenes. Lo tenía todo muy claro… hasta que Dios le tocó el corazón y los ojos y todo quedó patas arriba. Tardó un tiempo en recolocarse. Pero cuando lo hizo, abrazó el nuevo camino con el mismo ardor que el anterior. Predicó a unos y a otros. Escribió a muchos. Hizo equipo con otros. Discutió y concilió. Suscitó y acompañó la fe de muchas comunidades. Y cuando le tocó dar la vida, no se la guardó…
Pedro y Pablo. Tan distintos. Al final, la vida les unificó: en su amor a Cristo, en su celo por llevar a otros la Buena Noticia, en su muerte violenta a causa de la fe.
Hoy también hay muchos cristianos que caminan, caen, se levantan… que combaten su combate y corren hacia la meta. Con distintos acentos. Unidos en las diferencias, comulgando en lo importante.
Tú también puedes ser uno de ellos. Por eso, hoy también es tu día.
Felicidades, y a seguir caminando."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 28 de junio de 2026

RECIBIR A JESÚS




El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que trate de salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la salvará.
“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá la recompensa que merece un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, recibirá la recompensa que merece un justo. Y cualquiera que dé aunque solo sea un vaso de agua fresca al más humilde de mis discípulos por ser mi discípulo, os aseguro que no quedará sin recompensa.”

Recibir al inmigrante es recibir a Jesús. Amarlo es amar a Jesús. Amar a todos, especialmente a los más humildes, es el único mandamiento para Jesús.

"Las palabras que Jesús hoy nos dirige pueden resultar desconcertantes en un primer momento. Hace unos años, en la boda de mi amigo Eduardo, la novia de otro amigo me pregunto, precisamente, sobre este fragmento y sobre lo de “dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Son palabras que suenan duras, que hay que explicar.
Cuando Jesús dice que “quien ama a su padre o a su madre más que a Él no es digno de Él”, parece que nos coloca ante una elección dolorosa entre Dios y la familia. En realidad, el Señor no descalifica los afectos humanos, no nos invita a despreciar los vínculos familiares ni a cuestionar el valor de estos, sino que lo que hace es señalar el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente.
No se trata de no amar a nuestros padres o de no amar a nuestros hijos, sino más bien de que ese amor no nos aleje del amor de Dios, por eso dice: “el que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí”. La invitación no es a no amar, sino más bien a tener claras nuestras prioridades, como dice el primer mandamiento de la Ley de Dios. “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Por eso, no habla Jesús de no amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos, sino de que ese amor humano no nos aleje del amor de Dios.
El amor a Cristo no aniquila los demás amores, sino que los ordena, los purifica, les da una expresión profunda, nueva. Quien ama a Dios como es debido coloca los demás amores en un lugar más propio. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean. Pero si una realidad humana toma el lugar que le corresponde a Dios, incluso algo bueno puede convertirse en un obstáculo para la verdadera libertad interior.
Jesús prosigue diciendo que quien no toma su cruz y le sigue no es digno de Él. La cruz no es – en esto muchos se confunden – una búsqueda voluntaria del sufrimiento; tampoco es resignarse pasivamente. Implica una fidelidad que permanece firme aun cuando seguir el Evangelio suponga un sacrificio. Todos los discípulos se encuentran en su camino renuncias, incomprensiones, sacrificios y decisiones difíciles. La cruz se encuentra allí donde el amor exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad.
A continuación, Jesús pronuncia una de esas paradojas que le son tan características: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.» El mundo suele asociar la felicidad con acumular, con el éxito o con el satisfacer inmediatamente sus propios deseos; sin embargo, la experiencia cristiana enseña que la vida se encuentra cuando se entrega. Quien se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado.
¿Nos parece pesado esto que nos pide Jesús, esto de amarlo por encima de nuestra familia, de tomar la cruz, de renunciar? La respuesta está en el amor. Dios nos amó primero, y por eso tenemos que responder a su amor. Estamos en deuda con Él, de alguna manera. Si nos cuesta, quizá es porque amamos poco. El propio San Agustín decía que el amor hace suave los preceptos. Y si nos parece pesado lo que nos pide Jesús, es porque quizás tenemos que amar a Dios más.
La parte final del Evangelio introduce un matiz muy bello de lo que significa el discipulado, lo que Jesús llama la acogida. Recibir a un profeta, a un justo, a uno de sus pequeños discípulos equivale a recibirlo a Él mismo. Así, el Señor se identifica con aquellos a quienes envía en su nombre y, de algún modo, con todas aquellas personas que son acogidas y acompañadas.
Me parece importante que el texto termine con la imagen de un simple vaso de agua fresca; no se trata de ninguna gran obra ni de una acción extraordinaria, sino que es un gesto pequeño, casi insignificante. Sin embargo, Jesús asegura que incluso esto no quedará sin recompensa. Nos recuerda que el Reino de Dios crece muchas veces a partir de gestos humildes, escondidos, cotidianos que el mundo apenas percibe, pero que para Dios tienen un enorme valor, porque Él los ve con sus ojos de Padre.
Este Evangelio nos invita a revisar nuestras prioridades, a renovar nuestra confianza en Cristo, a descubrir la grandeza de la caridad concreta. El seguimiento del Señor implica una entrega total, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda.
Podríamos hacernos algunas preguntas, para terminar. ¿Qué lugar ocupa realmente Jesucristo en mis decisiones, proyectos y relaciones? ¿Hay alguna realidad, persona, interés que esté ocupando el centro que le corresponde a Dios? ¿Cómo vivo las cruces cotidianas que se presentan en mi camino? ¿Busco conservar la vida para mí mismo o aprendo a entregarla por amor? ¿Soy una persona acogedora con aquellas personas que Dios pone a mi lado? ¿Qué “vaso de agua fresca” puedo ofrecer hoy?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad redonda)
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sábado, 27 de junio de 2026

NO SOMOS DIGNOS

 

 
Al entrar en Cafarnaún, un centurión romano se le acercó para hacerle un ruego. Le dijo:
– Señor, mi asistente está en casa enfermo, paralítico, sufriendo terribles dolores.
Jesús le respondió:
– Iré a sanarlo.
8– Señor –l e contestó el centurión –, yo no merezco que entres en mi casa. Basta que des la orden y mi asistente quedará sanado. Porque yo mismo estoy bajo órdenes superiores, y a la vez tengo soldados bajo mi mando. Cuando a uno de ellos le digo que vaya, va; cuando a otro le digo que venga, viene; y cuando ordeno a mi criado que haga algo, lo hace.
Al oir esto, Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían:
– Os aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe como este hombre. Y os digo que muchos vendrán de oriente y de occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, los que deberían estar en el reino serán arrojados a la oscuridad de fuera. Allí llorarán y les rechinarán los dientes.
Luego Jesús dijo al centurión:
– Vete a tu casa y que se haga tal como has creído.
En aquel mismo momento, el criado quedó sanado.
Jesús fue a casa de Pedro, donde encontró a la suegra de este en cama, con fiebre. Le tocó Jesús la mano y la fiebre desapareció. Luego se levantó y se puso a atenderlos.
Al anochecer llevaron a Jesús muchas personas endemoniadas. Con una sola palabra expulsó a los espíritus malos, y también curó a todos los enfermos. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías: “Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades.”
(Mt 8,5-17)

Aquel centurión no era del pueblo de Israel, sin embargo tenía una gran Fe en Jesús. Él sabía que si un judío entraba en casa de un pagano, luego debía purificarse, pero sabe que el Amor de Jesús está por encima de todo. Si nos reconocemos indignos, pero creemos en el Amor de Jesús, no dudemos en que seremos sanados, en que el Espíritu entrará en nosotros.

"Hoy el Evangelio nos ofrece el relato donde se dice una de las frases que decimos en la Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará…”.
Es un centurión romano que tiene un criado enfermo. Se acerca. Le pide. Y ante el intento de Jesús de ir a su casa, le dice que no es digno, que basta con que diga una palabra para que su criado se cure. Y Jesús alaba su gran fe, frente a los que se consideran “ciudadanos del Reino” y no son capaces de tanta confianza. Y ante su fe y por la palabra de Jesús, sucede lo que deseaba.
Cada vez que en la Eucaristía decimos las palabras del centurión, estamos diciendo cosas importantes. Le decimos a Dios que no somos dignos; que todo lo que tenemos es gracia: la vida, la fe, la vocación… No es por nuestros méritos, sino por su gracia somos lo que somos. Le decimos a Dios que necesitamos ser sanados, ser levantados, ser enviados, más allá de nuestra postración, de nuestros egoísmos, de nuestras inercias. Y le decimos que confiamos en que su Palabra, dicha sobre nosotros, puede obrar ese milagro.
Jesús nos invita a su cena. Cada semana, cada día. Nosotros, aunque indignos, podemos acoger su invitación y sentirnos dichosos de sentarnos a su mesa. En ella, como hace 2000 años, quiere darnos su vida, para que después la repartamos a manos llenas.
Gracias, Señor, por la vida.
Gracias por la Eucaristía.
Y gracias por la fe.
Todo es gracia.
Todo me lo das para agraciar a otros.
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 26 de junio de 2026

ÉL NOS PURIFICA

 



Cuando Jesús bajó del monte, le seguía mucha gente. En esto se le acercó un hombre enfermo de lepra, que se puso de rodillas delante de él y le dijo:
– Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús lo tocó con la mano, y dijo:
– Quiero. ¡Queda limpio!
Al momento, el leproso quedó limpio de su enfermedad. Jesús añadió:
– Mira, no se lo digas a nadie. Pero ve, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda ordenada por Moisés; así sabrán todos que ya estás limpio de tu enfermedad.
(Mt 8,1-4)

Jesús puede limpiarnos. Aquél leproso lo sabía y se arrodilló ante Él. Jesús realizó aquello a lo que había venido al mundo: a curar, a limpiar, a purificar...a salvarnos.
Jesús nos purifica con su Amor. Nosotros podríamos purificar el mundo si supiéramos amar. El Amor es el que nos purifica.

"Las palabras y las acciones son las dos formas principales como se expresa el ser humano y mediante las que conocemos a las personas. El problema es que no siempre van unidas, y a veces unas contradicen a las otras.
En Jesús, las palabras y las acciones van siempre unidas. Porque su vida estaba unificada, en su relación única y profunda con el Padre.
Hoy le vemos haciendo lo que hizo durante toda su vida: sanar, dar vida. Entre toda la gente que le seguía, en medio de toda su ocupación, Jesús acoge al que se le acerca pidiéndole la salud. Era uno de los considerados “impuros”. Y Jesús, rompiendo las convenciones de su tiempo, le toca y le dice: “¡Quiero, queda limpio!”.
Jesús cumple así lo escrito siglos atrás: “sanar corazones desgarrados y vendar las heridas”. Durante su vida, lo hizo con sus palabras y con sus acciones. Ha tocado el dolor de la humanidad para redimirlo. Lo hizo suyo, especialmente en la cruz. Era necesario que fuera así, porque “lo que no es asumido, no es redimido”.
Desde entonces, ningún dolor está “dejado de la mano de Dios”; todas las situaciones, todos los sufrimientos, personales y comunitarios, está acompañados por el Espíritu de Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.
Jesús quiere hoy también sanar nuestro corazón y nos envía a colaborar con Él en su obra sanadora, acercándonos y tocando a los “leprosos” y marginados de hoy."
(Luis Manuel Suárez)