jueves, 29 de febrero de 2024

RICOS Y POBRES

 

Había una vez un hombre rico, que vestía ropas espléndidas y todos los días celebraba brillantes fiestas. Había también un mendigo llamado Lázaro, el cual, lleno de llagas, se sentaba en el suelo a la puerta del rico. Este mendigo deseaba llenar su estómago de lo que caía de la mesa del rico; y los perros se acercaban a lamerle las llagas. Un día murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron junto a Abraham, al paraíso. Y el rico también murió, y lo enterraron.
El rico, padeciendo en el lugar al que van los muertos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro con él. Entonces gritó: ‘¡Padre Abraham, ten compasión de mí! Envía a Lázaro, a que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho entre estas llamas.’ Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que a ti te fue muy bien en la vida y que a Lázaro le fue muy mal. Ahora él recibe consuelo aquí, y tú en cambio estás sufriendo. Pero además hay un gran abismo abierto entre nosotros y vosotros; de modo que los que quieren pasar de aquí ahí, no pueden, ni los de ahí tampoco pueden pasar aquí.’
El rico dijo: ‘Te suplico entonces, padre Abraham, que envíes a Lázaro a casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos. Que les hable, para que no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abraham respondió: ‘Ellos ya tienen lo que escribieron Moisés y los profetas: ¡que les hagan caso!’ El rico contestó: ‘No se lo harán, padre Abraham. En cambio, sí que se convertirán si se les aparece alguno de los que ya han muerto.’ Pero Abraham le dijo: ‘Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán aunque algún muerto resucite.’ 

Aquel hombre que banqueteaba, que era muy rico, aparentemente no hacía daño al pobre Lázaro. Simplemente lo ignoraba. Pero al ignorarlo, lo dejaba en la miseria, sin posibilidad de salirse de ella.
Nuestra sociedad también está partida en dos. Una parte que tiene de todo y muchos otros que prácticamente no tienen nada. Y esa primera parte de la sociedad, en la que estamos nosotros, ignora a los que no tienen nada. Cada día nos llegan noticias de barcas que naufragan y mueren aquellos que buscan una vida mejor. Y nosotros, todo lo más, diremos, qué pena, pero no moveremos un dedo para cambiar su situación. Oiremos el sufrimiento de los desplazados de Gaza o de Ucrania, y tampoco haremos gran cosa.
El Evangelio nos dice muchas veces que seguir a Jesús es entregarse, ayudar, amar al que no tiene nada. Que de nada sirven nuestras oraciones si no intentamos eliminar el mal, la miseria, la pobreza de este mundo. ¿Aprenderemos la lección de esta parábola algún día?

"Parábola mil veces oída pero que no sé si termina de convencernos. El mensaje es muy sencillo. Diríamos que simple. No hace falta tener estudios para ver la comparación entre el rico y el pobre que con tanta claridad se hace en la parábola. No resulta difícil imaginarse al rico en medio del banquete, servido por sus esclavos, teniendo delante una mesa llena de los manjares más exquisitos. Es una escena que ha sido rodada en muchísimas películas. Son los banquetes de griegos y romanos o de la edad media. O los modernos y superlujosos restaurantes que salen en las películas ambientadas en la actualidad. En todas esas escenas se marca una distancia enorme entre dentro y fuera. El ambiente dentro de la sala del banquete, del comedor, es cálido, lujoso, rico… En cuanto se sale fuera de las puertas del palacio restaurante, todo es pobre, frío, andrajoso, sucio… Unos tienen de todo, los de dentro, y otros carecen de todo, los de fuera.
En la película Titanic (dirigida por James Cameron en 1997) los diálogos hacen continuamente referencia a arriba (los del primera clase) y abajo (los de segunda y tercera). Toda la película muestra las fronteras y puertas que impiden la comunicación entre unos y otros. Pero por muchas barreras y puertas que se pongan, todos van en el mismo barco y el naufragio es igual para todos.
Jesús nos recuerda que los pobres han de ser los primeros. No hay forma de construir la fraternidad del Reino sino acogiendo a todos. La prueba de la autenticidad de la fraternidad es cuando se hace que los pobres sean los primeros. Cuando los demás nos ponemos a su servicio. Es la única forma de garantizar que no se excluye a nadie: cuando se da prioridad a los excluidos y marginados.
Este mundo ha avanzado mucho desde los tiempos de Jesús. Pero la riqueza, los bienes de este mundo siguen estando muy mal repartidos. Casi tan mal como en los tiempos de Jesús. Hoy la fraternidad del Reino sigue siendo un sueño lejano. Es tan lejano que parece imposible. Y que a veces tenemos la impresión de que es inútil trabajar por ese ideal. Y hasta justificamos nuestra falta de voluntad. Muchos de los lectores de este comentario no son/somos demasiado conscientes de que nos ha tocado en la parte buena de este mundo, de que nuestra mesa está demasiado llena de manjares mientras que la de tantos y tantas, aquí y lejos de aquí, está prácticamente vacía. Queda mucho por hacer y el Reino, la fraternidad de los hijos e hijas de Dios, debería seguir siendo el objetivo prioritario de los que creemos en Jesús. Para que no nos pase como al rico de la parábola."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 28 de febrero de 2024

NO PODER, SINO SERVICIO

 

Yendo camino de Jerusalén llamó Jesús aparte a sus doce discípulos y les dijo:
– Como veis, ahora vamos a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los extranjeros para que se burlen de él, le golpeen y lo crucifiquen; pero al tercer día resucitará.
La madre de los hijos de Zebedeo se acercó con ellos a Jesús, y se arrodilló para pedirle un favor. Jesús le preguntó:
– ¿Qué quieres?
Ella le dijo:
– Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús contestó:
– No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa amarga que voy a beber yo?
Le dijeron:
– Podemos.
Jesús les respondió:
– Vosotros beberéis esa copa de amargura, pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo. Será para quienes mi Padre lo ha preparado.
Cuando los otros diez discípulos oyeron todo esto, se enojaron con los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo:
– Sabéis que, entre los paganos, los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos y los grandes descargan sobre ellos el peso de su autoridad. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que entre vosotros quiera ser grande, que sirva a los demás; y el que entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos.

Jesús habla a sus discípulos de que ha de morir y de la resurrección. No entienden nada. Es más, sueñan con la gloria y el triunfo y desean ser los más importantes. Pero nosotros, que debemos seguir el camino de Jesús, tampoco hemos entendido nada y buscamos el poder, el triunfo, el dominio...Olvidamos que el camino de Jesús es camino de servicio y entrega. Que debemos desear ser los últimos. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que debemos servir a todos y llevar una vida de entrega?

"Entre Jesús y los discípulos había mucha distancia. Las palabras de Jesús llegaban a los discípulos materialmente pero tengo dudas de que ellos las comprendieran en todo su significado. Lo mismo se puede decir entre Jesús y nosotros. Oímos el Evangelio. Incluso podemos decir que lo escuchamos con el corazón abierto, pero no sé si lo terminamos de entender.
La prueba de esto que digo está en el relato del encuentro de la madre de los Zebedeos con Jesús. Tanto si fue la madre como los hijos los que tuvieron la gloriosa idea de solicitar los primeros puestos en el Reino, está claro que no habían entendido nada. Pero vamos a pensar que no hay mal que por bien no venga. La intervención de la madre de los Zebedeos le dio la oportunidad a Jesús a retomar uno de sus temas favoritos y dejarlo más claro si es que era posible: en el Reino no hay poder sino servicio.
Para explicarlo Jesús no repara en decir palabras fuertes: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen”. Jesús no hace distingos. Así son los reinos de la tierra. Pero su reino no es de este mundo. Es diferente. En su reino el servicio a los demás es el valor más importante. El que más sirve es el primero de todos. El que quiera ser el primero se tiene que hacer esclavo de los demás. No voy a repetir lo que ya dije en el comentario de ayer: el término “esclavo” no tiene la misma fuerza hoy que dicho en los tiempos de Jesús, cuando la esclavitud era legal y todo el mundo sabía lo que era un esclavo.
En la familia de Jesús, en el Reino y por lo tanto, en la Iglesia, que debería ser la semilla del Reino en el mundo, nos tenemos que hacer esclavos unos de otros, servidores sin límite de tiempo ni esfuerzos, en favor de todos. Y si es en favor de todos, ha de ser necesaria y prioritariamente en favor de los más pobres, los más alejados, los más excluidos.
El ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que no vino para que le sirvieran sino para dar su vida en rescate por muchos. El rescate era dinero que se ofrecía para conseguir la libertad de los rehenes o prisioneros de guerra. Jesús da la vida para rescatarnos, para devolvernos la libertad, para abrirnos las puertas del Reino, para llevarnos a una nueva manera de vivir: en fraternidad y en servicio mutuo."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 27 de febrero de 2024

PALABRAS, PALABRAS, PALABRAS...

 
Después de esto, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: Los maestros de la ley y los fariseos son los encargados de interpretar la ley de Moisés. Por lo tanto, obedecedlos y haced todo lo que os digan. Pero no sigáis su ejemplo, porque dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo. Todo lo hacen para que la gente los vea. Les gusta llevar sobre la frente y en los brazos cajitas con textos de las Escrituras, y vestir ropas con grandes borlas. Desean los mejores puestos en los banquetes, los asientos de honor en las sinagogas, ser saludados con todo respeto en la calle y que la gente los llame maestros. Pero vosotros no os hagáis llamar maestros por la gente, porque todos sois hermanos y uno solo es vuestro Maestro. Y no llaméis padre a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el que está en el cielo. Ni os hagáis llamar jefes, porque vuestro único Jefe es Cristo. El más grande entre vosotros debe servir a los demás. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.

Palabras, palabras, palabras. Noes perdemos en un mar de palabras y luego no hacemos nada. Hablamos de la paz y no hacemos nada para hacer desaparecer las guerras. Hablamos de las injusticias, pero no movemos un dedo para eliminarlas. Hablamos de ecología, de los problemas que acarreamos a  nuestro planeta, y seguimos sin reciclar, gastando energía inútilmente, derrochando agua...
Hablamos de amor y de entrega, pero seguimos pensando primero en nosotros y en lo nuestro. Por más que lo digamos, no somos humildes, no nos dedicamos principalmente a servir.

"Cada vez que leo este Evangelio me sorprende la claridad y la radicalidad con que habla Jesús. No es apenas una forma de hablar. Sus palabras son un puro reflejo de su forma de vivir y actuar. Claridad porque no se entretiene en complicados argumentos ni en citas de autores famosos ni da vueltas sin llegar a decir nada. Sus frases son sencillas, directas. Como decía un antiguo manual de estilo de un periódico famoso: sujeto, verbo y complemento.
No se anda con miramientos. Cuando habla de los letrados y los fariseos dice sin miramientos lo que quiere decir: “haced y cumplid lo que os dicen pero no hagáis lo que ellos hacen porque no hacen lo que dicen”. Más claro, imposible. Y dicho lo importante, un breve comentario explicativo. Y, a continuación otra frase bien directa: “todo lo que hacen es para que los vea la gente”. Una frase perfectamente comprensible en que pone a la luz la hipocresía de fariseos y letrados.
También decía que me sorprende la radicalidad de Jesús. Es una radicalidad que se aplica a la fraternidad. El Reino está marcado por la fraternidad absoluta. Entre sus seguidores no hay “padres” ni “maestros”. Ni siquiera hay que usar esos nombres (¿por qué será que en esto no obedecemos a Jesús?). El que quiera ser el primero debe ser el servidor de todos. Y lo de “servidor” en aquel contexto en que existía la esclavitud tenía un sentido muy fuerte. Jesús les estaba diciendo que entre ellos, los discípulos, unos tenían que hacerse esclavos de otros. Mayor radicalidad imposible.
En realidad, es la misma radicalidad que se encuentra en la primera lectura. Con otro lenguaje pero dice lo mismo: lo que impide tener una buena relación con Dios no es ir o no ir al templo. Lo que permite acercarse a Dios es “buscar la justicia, defender al oprimido, ser abogados del huérfano y defensores de la viuda.” ¿Qué es todo eso sino promover la fraternidad más auténtica comenzando por la inclusión y defensa de los más débiles e indefensos? Cuando comenzamos a actuar así es cuando nuestro corazón blanqueará como la nieve por más negro que lo hayan pintado nuestras malas acciones.
Conclusión: estamos llamados a vivir una fraternidad radical, sin límites. Ahí es donde se juega nuestra relación con Dios, nuestra salvación."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 26 de febrero de 2024

IMITADORES DEL PADRE

  

Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará. Dad a otros y Dios os dará a vosotros: llenará vuestra bolsa con una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.

Jesús nos dice que seamos como el Padre: compasivos, generosos. Perdonar y no juzgar como hace Él. Realmente es mucho lo que nos pide; pero si nos comportásemos así, en nuestro mundo habría harmonía, paz, conciliación. Todo lo contrario de lo que por desgracia vivimos. Debemos esforzarnos por imitar al Padre.

"(...) En el Evangelio Jesús sube un poco-mucho el listón. No se trata solo de darnos cuenta de que nuestro Dios es compasivo y misericordiosos. Hay que ir un poco más allá. Jesús nos invita a ser compasivos y misericordiosos como Dios. Se trata de no juzgar, de no condenar, de perdonar, de dar sin medida. Como Dios no juzga ni condena. Como Dios perdona y da sin medida.
Jesús termina con un pequeño aviso para navegantes: ¡Ojo! Que la medida que uséis, la usarán con vosotros.
Pero no nos debe guiar el temor sino la altura de miras: Jesús nos llama a ser como Dios, compasivos y misericordiosos. Y eso en la vida de cada día, con mis familiares, con mis amigos, con mis compañeros, con la gente de otras razas, pueblos, ideologías, formas de pensar, lenguas, orientación sexual. Porque el amor de Dios es universal. Como su compasión y su misericordia."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 25 de febrero de 2024

DESCENDER DE LA MONTAÑA

 

Seis días después, Jesús se fue a un monte alto, llevando con él solamente a Pedro, Santiago y Juan. Allí, en presencia de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Sus ropas se volvieron brillantes y blancas, como nadie podría dejarlas por mucho que las lavara. Y vieron a Elías y Moisés, que conversaban con Jesús. Pedro le dijo a Jesús:
– Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Es que los discípulos estaban asustados y Pedro no sabía qué decir. En esto vino una nube que los envolvió en su sombra. Y de la nube salió una voz:
– Este es mi Hijo amado. Escuchadle.
Al momento, al mirar a su alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, sino sólo a Jesús.
Mientras bajaban del monte les encargó Jesús que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado. Así que guardaron el secreto entre ellos, aunque se preguntaban qué sería eso de resucitar.

Hemos de subir a la montaña para encontrarnos con Jesús transfigurado; pero no nos podemos quedar allí. Debemos descender a la vida cotidiana. Jesús también esta allí y nos acompaña. Es así, aceptando las dificultades de la vida, entregándonos a los demás, como llegaremos un dia a la Resurrección.

"Después del desierto, en la segunda semana de Cuaresma, la Transfiguración. Cada año, la Liturgia arroja un rayo de luz, antes de pasar por la cruz. En la montaña, en un lugar apartado, donde se manifiesta Dios.
En el caso de las lecturas de este domingo, me parece que nosotros jugamos con ventaja. Sabemos lo que va a pasar, antes de que suceda. El relato de Abrahán da cierta ventaja a los lectores frente al mismo Abrahán, pues desde el primer versículo sabemos que se trata de una prueba: “Dios quiso probar a Abrahán...” A la persona que amamos podemos entregarle lo que más queremos. Abrahán amaba al Señor hasta tal punto que llegó incluso a pensar en ofrecerle su primogénito, el hijo que amaba más que a la misma vida.
Los dioses de la región donde vivía Abrahán exigían sacrificios humanos, especialmente del primogénito. Para Abrahán, siendo un hombre de fe, la petición de Dios no debió resultarle extraña, sino contradictoria, dado que pedía la vida del hijo de la promesa. ¿Qué es lo que realmente quiere Dios? Se trata de una prueba formativa. Dios quiere que Abrahán abandone definitivamente los dioses que exigen la muerte de sus hijos y crea en el Dios que no acepta sacrificios humanos porque es el Dios de la Vida. La fe y la obediencia en este Dios le permiten a Abrahán ganar su vida y la de los demás, una vida bendecida y multiplicada como las estrellas del cielo.
También tenemos ventaja frente a los contemporáneos de Jesús. Sólo unos pocos elegidos pudieron verle en todo el esplendor de su gloria. Y escuchar esas ocho palabras de Dios. Nosotros hemos escuchado también esas palabras. Y son esas ocho palabras («Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto») las que nos revelan la verdad de Jesús, la dimensión más profunda de su ser, el sentido de todo lo que hace y dice. Jesús es ese hijo que ejerce como tal, que vive la relación filial colmadamente. Relación filial que significa apertura a esa dimensión teologal de toda vida humana, plena confianza en Dios porque de Él es imposible que nos venga algo malo, abandono en las manos de Dios, actitud de adoración, entrega y disponibilidad absoluta, obediencia a veces muy dura, pero radical, hasta el punto de llevarlo a la aceptación de la muerte que sufrió.
Después de escuchar la voz de Dios, los discípulos miran a su alrededor y ven solo a Jesús, la única luz que permanecerá encendida al bajar del monte y acercarse a la oscuridad de Jerusalén. ¿Cómo sobrevivir a los momentos de oscuridad que tenemos en nuestras familias, cómo salir de la oscuridad de un mundo lleno de injusticia, exclusión y violencia, si no es teniendo a la mano la luz de Cristo, una luz segura y firme para llegar al amanecer de la Pascua? El silencio que ordena Jesús a los tres discípulos es una manera de decirles que todos los acontecimientos terrenos que viven ahora sólo serán perfectamente comprensibles después de la resurrección. Sólo después contarán todo lo que han visto y oído. Una Buena Noticia que seguimos anunciando con fe y con alegría, con nuestras palabras y sobre todo con nuestras vidas.
"¡No contéis a nadie la visión!" He aquí un secreto sorprendente que tiene una fecha de caducidad más sorprendente aún: ¡hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos! Los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, son agraciados con la revelación más insospechada: Jesús les manifiesta su interioridad, su misterio. ¡Es el Hijo amado, único, del Padre Dios! El Padre dice que escuchen sus palabras, que contemplen su belleza, que profundicen en su misterio. Jesús estaba transfigurado, al revelar toda la Luz que lo habitaba. Los tres amigos recibieron la gracia de la mirada y vieron aquello ante lo que habían sido ciegos. Más aún: descubrieron que Moisés y Elías -los grandes padres del Pueblo- eran amigos íntimos de Jesús. Quedaron sorprendidísimos. Pedro estaba fuera de sí: ¡Qué bien se está aquí! Quiso establecerse en esa felicidad. ¡Hagamos tres tiendas! En el fondo quería hacer un límite para solo privilegiados. Poner cerco a la felicidad para disfrutarla ellos sólos.
Pero Jesús endereza las cosas. Les dice que tienen vocación de aventureros. Que es necesario descender. Seguir el camino sin pararse hasta llegar a la montaña de la muerte y de la Resurrección. Les anuncia que habrá resurrección de entre los muertos y que la vida tiene un segundo tiempo decisivo. Esa es nuestra vocación, seguir a la escucha de lo que Dios quiere de nosotros.
Así pues, en esta Palabra de hoy, recibimos tres invitaciones. Si las secundamos, nos harán más sabios, más libres, más luminosos.
La primera invitación va dirigida a Pedro, Santiago y Juan, y viene dirigida a todos los que con ellos somos discípulos de Jesús: es una invitación a escuchar a Jesús. Porque él sabe muy bien lo que se dice, sabe muy bien lo que nos dice. Tiene palabras de vida que nos harán más sabios, nos darán más luz, nos sensibilizarán más a los verdaderos valores.
La segunda invitación tiene por destinatario a Abraham, y en él a nosotros, los hijos de Abraham. Se nos estimula a obedecer a Dios. ¿Estamos seguros de que no convendría que nos desengancháramos de algo? Ciertos apegos y querencias que generan en nosotros «dependencias negativas»; tierras de ídolos; demonios familiares. Acaso abrirnos a lo nuevo. Quizá sea el momento de emprender una nueva etapa en nuestro camino humano y creyente. Si esta es la ocasión, no la dejemos pasar.
La tercera invitación, “tomar parte en los trabajos del evangelio”. Irradiar nuestra fe, con sencillez, con buen ánimo. Si hemos experimentado la gracia, el amor de Dios que se nos ha hecho presente y comunicado en Jesús, dejemos que esta gracia se manifieste al exterior. Seamos signos, seamos luz.
Decía al principio que llevamos ventaja frente a Abrahán, y frente a los que vivieron con Jesús. Sabemos el final de ambas historias. Y en lo alto de la montaña se estaba bien, con Jesús, Moisés y Elías. Pero que muy bien. Pero no es nuestro destino final. Hay más estaciones en el camino. Hay que seguir la marcha. Hemos recibido una vocación. Reconocer la vocación propia puede llevar al temor. Uno siempre se siente indigno, impreparado, incapaz. Pero Dios, lo que quiere, lo hace. Nadie es llamado para disfrutar sólo de Dios. Somos llamados para contar la Visión, pero el día prefijado por Aquél que nos envía. Antes de la cruz, unos pocos vieron la gloria de Dios. A nosotros, la muerte y resurrección de Cristo nos ha dado una “visión superior” del mundo y de la historia. La Luz que nos habita irá poco a poco iluminando el mundo y llenándolo de vida. Sigamos con los ojos abiertos, para no perderla."
(Alejandro cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 24 de febrero de 2024

AMAR COMO EL PADRE

 

También habéis oído que antes se dijo: ‘Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.’ Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¡Hasta los que cobran impuestos para Roma se portan así! Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los paganos se portan así! Vosotros, pues, sed perfectos, como vuestro Padre que está en el cielo es perfecto.

"Que el amor de Dios es universal no creo que nadie lo vaya a discutir. Llega a todos sin medida y sin límite. Rompe barreras, cualquier barrera que nos podamos imaginar. Para Dios no hay lengua ni cultura ni religión ni status social ni condición sexual. Su amor llega a todos. Tampoco hay una barrera que impida que su amor llegue a algunos en virtud de su bondad o maldad moral. Es así, su amor llega también a los pecadores. Es amor gratuito, creador, incondicional (que significa sin condiciones, que da la impresión de que hay que aclararlo en estos tiempos), ilimitado.
Otra cosa es nuestro amor. Dios sabe de nuestros límites, de nuestra miopía, que nos impide ver lo que está más allá de unos pocos metros de distancia de nuestro yo (tanto físico como mental –lo que está lejos de mi modo de pensar, de creer, de imaginar…–). Por eso Jesús sabe que nos tiene que ir conduciendo por esas sendas del amor reformando algunas de esas afirmaciones que lo han limitado.
Hoy toca una de esas. “Habéis oído que se dijo ‘Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo’. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. De golpe, con unas sencillas palabras, nos abre a una nueva dimensión, la del amor universal de Dios. El amor no es para el pequeño círculo de los que piensan como nosotros, de los que creen como nosotros, de los amigos, de los que nos ayudan y se muestran simpáticos con nosotros, de los que tienen nuestra nacionalidad o de los que se comportan bien (de acuerdo con nuestros criterios de lo que es portarse bien). El amor es también para los enemigos. Es la frase con la que se salta una barrera fundamental, y con ella todas las barreras o fronteras imaginables. El amor es para todos, es universal. O, sencillamente, no es amor.
Nos cuesta asimilar esto. No hay más que leer los periódicos o ver la televisión. No hay más que pensar en la vida de nuestras familias. Y, también, en nuestros propios sentimientos. Nos cuesta saltar esta barrera. Nos cuesta abrir el corazón y la mano frente al otro. Pero es que estamos llamados a amar como Dios ama. Sin límites. Sin medida. Incondicionalmente. Hasta que seamos perfectos como nuestro Padre celestial. Es tiempo de intentarlo aunque cueste mucho."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)  

viernes, 23 de febrero de 2024

RECONCILIACIÓN

 

Porque os digo que si no superáis a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo delante de Dios, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que a vuestros antepasados se les dijo: ‘No mates, pues el que mata será condenado.’  Pero yo os digo que todo el que se enoje con su hermano será condenado; el que insulte a su hermano será juzgado por la Junta Suprema, y el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno.
Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda.
Si alguien quiere llevarte a juicio, procura ponerte de acuerdo con él mientras aún estés a tiempo, para que no te entregue al juez; porque si no, el juez te entregará a los guardias y te meterán en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.

Otra vez Jesús nos pide que no seamos como los fariseos. Que no nos quedemos en lo externo en las apariencias, mientras en nuestro corazón anida el egoísmo, el rencor, el orgullo...
Es más, nos dice que si vamos a rezar o a una ceremonia religiosa, vayamos antes a pedir perdón a quien tiene algo contra nosotros. Porque el amor, el estar en paz con todos, la reconciliación, son más importantes que las ceremonias religiosas. 
También nos dice que arreglemos nuestras diferencias entre nosotros, dialogando, sabiendo ceder un poco cada uno de nosotros, antes de meternos en litigios y denuncias en los juzgados.
Y es que la reconciliación, el estar en paz con todos, es la base para estar en paz con nosotros mismos. Es la base para que nuestro corazón esté en paz. Sólo entonces podremos encontrar a Dios.

"Comienza el Evangelio de este día con Jesús diciendo que “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”. Es importante pensar un poco lo que significa el término “justicia”. Habitualmente, en nuestro mundo, por justicia entendemos “dar a cada uno lo suyo”. Están las leyes y los tribunales. Entre todos hacen justicia, dando a cada uno lo que es suyo. Si uno tiene que pagar el alquiler y no lo ha pagado, el juez determinará que lo tiene que pagar, que tiene unos plazas y unos intereses y que si no lo paga tendrá una pena de multa o de cárcel. Así que el dueño del piso queda con lo que es suyo. Y el otro paga lo que debe.
Pero está claro leyendo el Evangelio, que esa no es la justicia de que habla Jesús. Para Jesús lo que prima no es la propiedad sino la fraternidad. Jesús no está pensando en dar a cada uno lo que es suyo, lo que le pertenece de cosas materiales (dinero, casa, tierras…) sino en devolver a cada uno el derecho a la fraternidad, a sentirse hermanos y a comportarse como tales. Es una justicia que tiene su fundamento principal en la reconciliación. Rompe la justicia el que rompe la fraternidad y se vuelve a una situación justa cuando se reconstruye la fraternidad gracias a la reconciliación.
Por eso lo terrible es, por supuesto, matar al hermano. Pero también es terrible –y una forma de matar– llamarle imbécil o necio o, simplemente, dejarse llevar por la cólera con el hermano. Todo eso ya es una forma de quebrantar la fraternidad, que es el valor central del Reino. Por eso, más importante que hacer la ofrenda en el altar (ahora diríamos que más importante que hacer muchas oraciones, rosarios, trisagios y novenas) es reconciliarse con el hermano. Porque dedicar mucho tiempo a la oración pero dejar de lado la reconciliación y mantener rota la fraternidad, es ser infiel al Reino. Aquello, la oración, es inútil sin esto, la reconciliación.
Recordemos para este día y para los que siguen: la fraternidad es el valor primero para el cristiano, para el discípulo de Jesús. Todo lo demás es secundario. Y quebrantar la fraternidad es la verdadera injusticia."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 22 de febrero de 2024

NUESTRA COMUNIDAD

 

Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo preguntó a sus discípulos:
– ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
– Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o algún profeta.
– Y vosotros, ¿quién decís que soy? –les preguntó.
Simón Pedro le respondió:
– Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.
Entonces Jesús le dijo:
– Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún hombre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi iglesia; y el poder de la muerte no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en este mundo, también quedará atado en el cielo; y lo que desates en este mundo, también quedará desatado en el cielo.

Hoy celebramos la festividad de la Cátedra de San Pedro. Sobre esta piedra edificó Jesús su Iglesia, la Comunidad. A veces nos cuesta entenderlo, pero nuestra Fe no se vive en solitario. Formamos una Comunidad. Esto es lo que significa Ecclesia en griego: comunidad.
La Iglesia, como todas las comunidades, ha tenido tiempos buenos y malos. Tiene virtudes, pero también defectos. Depende de nosotros, de nuestra implicación, que sean más las virtudes que los defectos. Depende de nuestra entrega.
Pedro recibió este "honor" por haber reconocido a Jesús: Tú eres el Mesías. También nosotros debemos reconocerlo, saberlo ver en los que nos rodean, sobre todo en los más sencillos. Así también nosotros seremos fundamentos de la Iglesia.

"(...)Hoy celebramos la “Cátedra de San Pedro”. Hoy hacemos memoria del Pastor Supremo de la Iglesia. Muchos han ocupado ese puesto a lo largo de la historia (266 si las cuentas no nos fallan). Unos han sido mejores y otros peores (aunque hay que reconocer lo difícil que es hacer esa valoración). Pero todos, de una forma o de otra, han contribuido a que el Evangelio siga vivo y presente en nuestro mundo. Con todas las limitaciones y miserias que podamos imaginar y más. Es verdad. Pero así, de mano en mano, de corazón en corazón, el Evangelio ha llegado a nuestra manos. Y se va haciendo vida en nosotros.
El Papa actual, Francisco, dice que quiere que los pastores de la iglesia “huelan a oveja”. En esta fiesta de la cátedra de san Pedro, vamos a pedir por él y por su misión: ser pastor, estar cercano al pueblo de Dios. Y vivir esa cercanía como el buen pastor de que habla Jesús, que conoce a las ovejas por su nombre y cuida de ellas (a veces es más importante cuidar de cada una de las ovejas y sus necesidades, que atender tanto a los principios y leyes y normas). Pedimos por él y pedimos por nosotros, llamados también a ser pastores de los que nos rodean, a cuidar de ellos con mimo, como lo haría el mismo Dios."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 21 de febrero de 2024

EL SIGNO

 

La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
– La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás.

La señal la tenemos delante nuestro. Es Jesús mismo. Él con su misericordia infinita y su amor in límites. Jesús, con su entrega total, nos señala el camino, nos muestra dónde encontrar a Dios, dónde encontrarlo a Él, ahora que no está físicamente entre nosotros: en los pobres, en los hambrientos, en los perseguidos...Nosotros buscamos grandes cosas, pero Él está en lo más humilde, en lo más sencillo, en el más necesitado.

"La verdad es que puestos a pensar Jonás no fue un gran signo para los habitantes de Nínive. Hay que imaginarse la llegada de una persona solitaria a la gran ciudad. Seguro que se lo podían haber tomado a broma. Sus palabras invitando a la conversión se podían tomar a chirigota lo mismo que se podían tomar en serio. Pero los ninivitas decidieron dar crédito a las palabras de Jonás. Decidieron creer en aquel pequeño, impotente, inerme, hombre que iba chillando por las calles su mensaje de parte de Dios.
Y puestos a pensar así, tampoco Salomón fue un gran signo. Posiblemente su sabiduría sería discutida por algunos. Tampoco se difundiría mucho porque en aquella época no había ni medios de comunicación ni redes sociales ni cosa que se le pareciera. Pero la reina de Saba si apreció esa sabiduría. Y Salomón fue un signo para ella.
Puestos a pensar, parece que nuestro Dios gusta de los signos pequeños. Jesús nació en una cuadra maloliente. No fue hijo de los grandes de Jerusalén sino de unos pobres judíos que vivían en Galilea, tierra marginal y de frontera. Se movió por aquellas zonas marginales. Sus seguidores fueron entre pobres pescadores y hombres marginales, pecadores, publicanos y gentes de mal vivir. Y, siendo realista, su muerte pasó desapercibida para la gran mayoría del pueblo de Israel. Ya no vamos a decir de lo que fue su muerte en el mundo de entonces. Una gota de agua en aquel mundo violento donde la condena a muerte era un hecho marginal y secundario.
Dios gusta de los gestos y signos pequeños. No se manifiesta de forma impositiva. No fuerza las voluntades, no obliga a nadie a creer en él. Simplemente se hace presente en nuestro mundo y hace presente el amor de Dios entre aquellos con los que se encuentra. No vamos a tener grandes signos. Estoy pensando que el sol oscureciéndose y brillando con mil colores a intervalos podría ser un buen espectáculo que convirtiese a todos, admirados de ver así el poder de Dios, haría que se convirtiesen todos los incrédulos. Pero nuestro Dios no es así. Simplemente se hace presente en Jesús y hace así presente su amor para con todos y, sobre todo, con los más pobres y marginados. Nosotros somos los testigos de ese amor."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 20 de febrero de 2024

PADRENUESTRO

 

Y al orar no repitas palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará más caso. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis aun antes de habérselo pedido. Vosotros debéis orar así:
‘Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra
así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación,
sino líbranos del maligno.’
Porque si vosotros perdonáis a los demás el mal que os hayan hecho, vuestro Padre que está en el cielo os perdonará también a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis.

Jesús nos enseña a rezar. Y la primera lección que nos da, es que no llama a Dios Altísimo, ni Todopoderoso. Lo llama Padre. Es decir alguien cercano a nosotros que nos ama, porque somos sus hijos. Y añade nuestro. Aunque recemos solos, lo estamos haciendo unido a lodos los que creen en Él y le aman. Es Padre Nuestro, porque todos somos hermanos. 
Fijaos que gran parte de la oración está dedicada al perdón. Pedimos que nos perdone, pero este perdón está condicionado a que nosotros perdonemos también. ¿Cómo podríamos pedir a Dios que nos perdone si somos incapaces de perdonar?
Recemos el Padrenuestro conscientemente. Meditando cada una de sus palabras. Nos señalan el camino para llegar a Dios.

"El Evangelio de hoy nos recuerda el Padrenuestro, esa oración que aprendimos, casi con seguridad, de pequeños y que tantas veces hemos repetido en nuestra vida, unas como papagayos y otras quizá también deteniéndonos en lo que decimos, intentando saborear cada una de sus palabras.
Porque la realidad es que para ser una oración tan breve, sus palabras dicen muchas cosas. Quizá demasiadas para que, a pesar de los años, hayamos llegado a entenderlas y asimilarlas del todo. Basta con el comienzo para quedarnos ya parados y asombrados. “Padre nuestro”. De entrada nos referimos a Dios como “Padre”. Lo importante de la afirmación es la relación en que nos situamos con él. Padre es una palabra que huele a familia, a hogar, a mesa común, a cariño. También es verdad que para algunos y sus malas experiencias, Padre puede saber a abuso, dominio, opresión, control… pero no es así el “Abbá” de que nos habla Jesús en los Evangelios. Y fue Jesús el que nos enseñó/regaló esta oración tantas veces repetida a lo largo de la historia por tantos creyentes.
Leí una vez que el Santo Cura de Ars, en sus momentos de oración, nunca llegaba a terminar de rezar el Padrenuestro porque con sólo decir la primera palabra, Padre, ya se quedaba tan admirado que era incapaz de seguir. Pues resulta que Dios no es solo Padre, es que es padre nuestro. Más admiración todavía. Más quedarnos sin palabras. Más que brota del corazón el agradecimiento.
Y luego vienen otras palabras que hablan de su reino, de su voluntad, del pan de cada día que tanto necesitamos, del perdón, que posiblemente necesitamos más que el pan. Y la petición última, que cierra la oración: que nos libre del mal que nos atenaza y nos rodea, que a veces parece anidar incluso en nuestros corazones, hecho envidia o ira o cólera o…
En esta Cuaresma, cuando recemos el Padrenuestro, que no lo hagamos a la carrera, que dejemos que las palabras lleguen a nuestro corazón y que éste se llene de cariño, de perdón de misericordia, de paciencia, de comprensión. Que se llene de todo eso que hace un buen padre con sus hijos."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 19 de febrero de 2024

SE NOS JUZGARÁ DEL AMOR

 Cuando venga el Hijo del hombre rodeado de esplendor y de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Y dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid vosotros, los que mi Padre ha bendecido: recibid el reino que se os ha preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, caí enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a verme.’ Entonces los justos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿O cuándo te vimos forastero y te recibimos, o falto de ropa y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’ El Rey les contestará: ‘Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicisteis.’
Luego dirá el Rey a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos: id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me recibisteis, anduve sin ropa y no me vestisteis, caí enfermo y estuve en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces ellos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o falto de ropa, o enfermo o en la cárcel, y no te ayudamos?’ El Rey les contestará: ‘Os aseguro que todo lo que no hicisteis por una de estas personas más humildes, tampoco por mí lo hicisteis.’ Estos irán al castigo eterno, y los justos, a la vida eterna.

Este evangelio nos resulta molesto, nos incomoda. Desde pequeños, cuando en la catequesis nos hablaban del Juicio Final, pensábamos que se nos juzgaría sobre los mandamientos. Si hemos ido a misa los domingos o no, si hemos robado, matado, faltas contra el sexto mandamiento...Y nos encontramos con que Jesús nos dice que todas las naciones serán juzgadas y que lo que les preguntarán es si le han dado de comer, si le han vestido, si le han curado, si le han liberado...No es de extrañar que todos respondan: ¿cuándo lo hicimos o lo dejamos de hacer?
No hemos entendido todavía aquellos dos mandamientos más importantes que Él señaló: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. No hemos entendido que ahí estan comprendidos todos los mandamientos. Que todo se reduce a Amar. Que a Dios lo encontramos en el otro, en el necesitado, en el pobre, en el perseguido. Que amándolos a ellos, estamos amando a Dios. Que el día en que AMEMOS todos, así con mayúsculas, el Reino estará ya aquí, con nosotros.



domingo, 18 de febrero de 2024

LLAMADA A LA CONVERSIÓN

 


Después de esto, el Espíritu llevó a Jesús al desierto. Allí vivió durante cuarenta días entre las fieras, y fue puesto a prueba por Satanás; y los ángeles le servían.
Después que metieron a Juan en la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. Decía: “Ha llegado el tiempo, y el reino de Dios está cerca. Volveos a Dios y aceptad con fe sus buenas noticias.”

Volveos a Dios, es decir, convertíos. Es llamada que Jesús nos hace en Cuaresma. Para ello debemos ir al desierto. Debemos, en la soledad, encontrarnos a nosotros mismos, nuestra realidad, quién somos de verdad. En una sociedad llena de ruido y distracciones, necesitamos más que nunca el silencio.
Es en la soledad, en el silencio, donde podremos tomar las fuerzas para cambiar. A Jesús le lleva el Espíritu al desierto. Allí es tentado por Satanás. A nosotros, el Espíritu también nos invita a estar en soledad. La tentación se hará presente. Nos invitará a huir del desierto, de nosotros mismo, a crear un falso personaje basado en el poder, el dinero, el placer...
Si realmente realizamos el silencio en nosotros mismos, descubriremos nuestra misión. Veremos claro cual es el camino del Amor para nosotros. Descubriremos que la entrega, el servicio, es nuestra misión. Y los ángeles nos servirán. Nos veremos rodeados de algunas personas que nos amarán y nos ayudarán a perseverar en nuestro camino.
La invitación es clara: convertirnos y creer en la Buena Nueva, en el evangelio, en la Palabra. 
Todo el año debemos hacerlo, pero la Cuaresma es un tiempo privilegiado para ello.

sábado, 17 de febrero de 2024

LA HUMILDAD EN CUARESMA

 
Después de esto, Jesús salió y se fijó en uno de los que cobraban impuestos para Roma. Se llamaba Leví y estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos. Jesús le dijo:
– Sígueme.
Entonces Leví se levantó, y dejándolo todo siguió a Jesús.
Más tarde, Leví hizo en su casa una gran fiesta en honor de Jesús; y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, junto con otras personas, estaban sentados con ellos a la mesa. Pero los fariseos y los maestros de la ley pertenecientes a este partido comenzaron a criticar a los discípulos de Jesús. Les decían:
– ¿Por qué coméis y bebéis con los cobradores de impuestos y los pecadores?
Jesús les contestó:
– Los que gozan de buena salud no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan a Dios.

Leví, a la llamada de Jesús , lo deja todo y le sigue. Ha comprendido que el Amor es más importante que el dinero. Organiza una fiesta en honor de Jesús. Los fariseos y maestros de la Ley, que siguen anclados en ellos mismos, no lo entienden. ¿Jesús entre los pecadores? Los cobradores de impuestos eran odiados por todos los judíos. Eran el brazo opresor de los Romanos.
Jesús les dice que Él ha venido a salvar a los pecadores. 
Estamos en Cuaresma. Tiempo de conversión y de salvación. Si queremos que Jesús nos salve, debemos aceptar que somos pecadores. Desde el orgullo, creernos mejores que los demás, por más penitencias y ayunos que hagamos, no recibiremos la salvación. Todos necesitamos el perdón de Dios; su medicina: el Amor.