domingo, 19 de abril de 2026

SABERLO RECONOCER: CAMINA A NUESTRO LADO

  


Dos de los discípulos se dirigían aquel mismo día a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado. Pero, aunque le veían, algo les impedía reconocerle. Jesús les preguntó:
– ¿De qué venís hablando por el camino?
Se detuvieron tristes, y uno de ellos llamado Cleofás contestó:
– Seguramente tú eres el único que, habiendo estado en Jerusalén, no sabe lo que allí ha sucedido estos días.
Les preguntó:
– ¿Qué ha sucedido?
Le dijeron:
– Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él fuese el libertador de la nación de Israel, pero ya han pasado tres días desde entonces. Sin embargo, algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado, pues fueron de madrugada al sepulcro y no encontraron el cuerpo; y volvieron a casa contando que unos ángeles se les habían aparecido y les habían dicho que Jesús está vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres habían dicho, pero no vieron a Jesús.
Jesús les dijo entonces:
– ¡Qué faltos de comprensión sois y cuánto os cuesta creer todo lo que dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?
Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él, comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas.
Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como si fuera a seguir adelante; pero ellos le obligaron a quedarse, diciendo:
– Quédate con nosotros, porque ya es tarde y se está haciendo de noche.
Entró, pues, Jesús, y se quedó con ellos. Cuando estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció. Se dijeron el uno al otro:
– ¿No es cierto que el corazón nos ardía en el pecho mientras nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Sin esperar a más, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos. Estos les dijeron:
– Verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús al partir el pan.


El camino de la vida se nos hace triste y duro. No sabemos ver que Él camina a nuestro lado. Si nos entregamos, si compartimos el pan, veremos que ese que está caminando en la vida junto a nosotros es Jesús. Ese emigrante que huye de la pobreza y es rechazado aquí. Esos padres que lo dan todo para que sus hijos crezcan. Esas personas que dedican todo su tiempo y sus fuerzas para ayudar a los demás...son Jesús que camina a nuestro lado. 

"Si en tiempos de Jesús hubiera habido club de fans, seguramente el nivel de afiliación al club de Jesús hubiera sido muy alto. Más que el de algunos cantantes hoy. En ese grupo de admiradores, que los tenía y muchos, había diversos grados de seguimiento. Los había que se acercaban por curiosidad (y en Múrmansk, donde vivo, hay muchas personas que entran en la iglesia, por curiosidad; para algunos, es el primer paso hacia el encuentro con Cristo), a ver qué era eso de Jesús. Sobre todo, si había comida gratis… Estaban con Él un tiempecito, y luego se iban. Otros había que se tomaban más en serio eso que decía el Maestro, y estaban dispuestos a viajar de un lado a otro, una temporada, para seguir profundizando en su mensaje. Al cabo de un tiempo, volvían a sus quehaceres diarios, quizá revitalizados por las vitaminas espirituales recibidas de Cristo. Por fin, los había que todo lo dejaron para estar siempre con su amigo y acompañarle y estar con Él en los buenos y en los malos momentos. Siempre podemos preguntarnos en qué grupo nos podemos encuadrar, cuando vamos por el sendero de la vida.
En este sendero de la vida asistimos a otro encuentro del Resucitado con sus discípulos. En esta ocasión, son dos que se van de Jerusalén, entre enfadados y desilusionados. Innumerables fueron las esperanzas que quedaron incumplidas con la muerte de Jesús. Sus discípulos, sus amigos, los mismos de su pueblo, su propia familia…, todos habían soñado mil y una cosas buenas sobre Jesús de Nazaret. Y todos esperaban que sus triunfos les salpicaran y cambiaran el sentido de sus vidas. Sin embargo, todo acabó a los ojos de los hombres con un estruendoso fracaso. Jesús es condenado a muerte y ajusticiado en una cruz, como un delincuente vulgar. Por eso, no es extraño que cuantos habían depositado en él sus esperanzas, se sientan a su muerte desconcertados y tristes.
Nosotros no estamos lejos de aquellos discípulos y seguidores de Jesús. Muchas de nuestras esperanzas humanas también se han visto defraudadas. La propia Iglesia, a pesar de ser la depositaria de la Palabra de Jesús, ha sufrido el desencanto y la desilusión, porque ha buscado lo que el Señor no podía ofrecerla. La raíz de tanto desencanto es el escuchar parcialmente las palabras de Jesús o hacer una lectura intencionada y no integra de la vida de Jesús. Si nosotros nos decidiéramos a leer toda la Escritura comprenderíamos que el camino de Jesús pasa por la cruz, que era necesario que el Mesías padeciera para entrar en la gloria. Sobre Jesús se nos dice que la muerte, y más concretamente aquella muerte que sufrió, era un camino por el que tenía que pasar. Pero, por otro lado, sólo era un camino, un trance. La muerte no era lo definitivo, no era la meta de ese camino. La meta era la vida plena cabe Dios.
De lo que resulta que los caminos de Dios no son nuestros caminos, ni su calendario nuestro calendario, ni su esperanza la nuestra, ni su gloria el sentido que nosotros tenemos del éxito. Pero ¿cómo convencer de ello a aquellos dos discípulos de Emaús, vencidos por la desilusión, rendidos ante la evidencia de una muerte que había segado por completo las expectativas que habían depositado en Jesús? ¿Cómo hacerles ver que aquella muerte no era absurda? El misterioso acompañante se sirve de unos viejos textos y de unos viejos gestos. Unos viejos y, puede conocidos textos que van a cobrar un sentido inesperadamente nuevo al relacionarlos con el destino de Jesús. Y un destino incomprensible de Jesús que cobra sentido cuando se contempla a la luz de esos textos.
Las Escrituras aparecen como un traje hecho a medida para Jesús: cada uno de los pasos dados por Él en los últimos días de su vida estaba como preanunciado. Ahora todo encaja: la vieja escritura y los hechos recientes. Ésa es la invitación que hoy se nos hace: a leer «el sentido cristiano del antiguo testamento». Las viejas Escrituras adquieren una profundidad nueva.
Quizá, más que aferrarse al testimonio de textos concretos, lo que importa es descubrir una dinámica, una tendencia de fondo que conduce a la historia y destino de Jesús. Así, esa historia y ese destino están dentro de la lógica de Dios en el seno de la «lógica» de la historia humana, una lógica de Dios que ya se había dejado entrever en la historia de la fe de la alianza con Israel. Se descubre así la profunda unidad de un designio.
Y si la explicación de Jesús, las palabras que les comunica a lo largo del camino, despejan tanta oscuridad y dejan un horizonte luminoso, el viejo, pero inconfundible, gesto de bendecir la mesa es el que ahora los conduce al reconocimiento. El compañero de camino no ha dicho nada sobre sí mismo, pero con ese gesto, después de las palabras que les había dirigido durante el camino, está dicho todo. Se les abren los ojos y lo reconocen. Y todo da un viraje de ciento ochenta grados, todo da un vuelco decisivo en sus vidas.
¡Qué fuerza y qué sentido pueden cobrar a veces palabras viejas y gestos viejos con tal de que encuentren en nosotros un grado mínimo de apertura, un pequeño resquicio! Los discípulos de Emaús fueron con Él todo el camino y no lo reconocieron, hasta que «alguien» hace con ellos lo que Cristo hubiera hecho. Es Él, pero tienen que aprender a reconocerlo como ahora está. Está de una manera diferente, pero es Él. Los relatos que siguen intentan resolver los problemas que suscita esta manera diferente en que ahora, resucitado, está. Dios había tomado una carne, la de Jesús de Nazaret, con la encarnación, con la resurrección Dios nos revela que ha tomado toda la carne y la ha hecho suya; lo que Dios ha unido, por la encarnación y la resurrección, no lo puede separar el hombre.
Sólo hay tres «lugares» en donde puedes encontrarte con Cristo resucitado: la Sagrada Escritura (porque Él es la Palabra de Dios); en el partir del pan, en el doble sentido de la Eucaristía y cada vez que compartimos el pan con alguien (Eucaristía y sentido social); en la comunidad (por eso se les aparece apenas se juntan con los once otra vez; los once eran la comunidad primera representada oficialmente en un solo grupo). A Tomás, que estaba fuera, no se le aparece, si recordáis el Evangelio del domingo pasado, hasta que participa en la vida de la comunidad.
En la Eucaristía escuchamos las Escrituras, hacemos memoria de la bendición del pan por Jesús: el Señor se hace de nuevo presente entre nosotros para confortarnos en el camino de la vida, para hacer que nos sintamos Iglesia que se congrega, para ayudarnos a vencer el desaliento y a descubrir un sentido donde no vemos nada, donde sólo vemos absurdo."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 18 de abril de 2026

NO TENGÁIS MIEDO



 Al llegar la noche, los discípulos de Jesús bajaron al lago, subieron a una barca y comenzaron a cruzarlo en dirección a Cafarnaún. Era completamente de noche, y Jesús todavía no había regresado. En esto se levantó un fuerte viento que alborotó el lago. Ellos, cuando ya habían recorrido unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús que se acercaba a la barca andando sobre el agua y se llenaron de miedo. Él les dijo:
– ¡Soy yo, no tengáis miedo!
Entonces quisieron recibirle en la barca, y en un momento llegaron a la orilla adonde iban.
(Jn 6,16-21)

No debemos tener miedo. Nos lo dice Jesús. Él siempre está a nuestro lado. Pero hay que saberlo ver. Hay que reconocerlo. En la vida pasaremos por circunstancias terribles, pero Él siempre nos acompaña, no nos abandona.

"Las lecturas y el salmo de hoy hablan de dos tipos de temor. El temor de quienes saben que Dios cuida de ellos. No es miedo, sino reverencia y confianza. El temor lógico de los discípulos que ven a Jesús caminar sobre las aguas: ¿qué es, un mago, un fantasma…? El “soy Yo” de Jesús, el nombre de Dios en el Sinaí, el nombre del único que de verdad tiene existencia, puede provocar los dos tipos de temor: al asombrado, reverencial y sobrecogedor de la presencia de Dios, y el de haber visto el rostro de Dios y ya no vivir…
Pero Jesús dice: no tengáis miedo: Soy yo; yo existo y por lo tanto hay vida. Soy y por tanto podéis ser. Soy yo y no hay nada de lo que aterrorizarse; sí mucho que contemplar asombrados, con temor, reverencia y sobrecogimiento. A menudo vemos en nuestras iglesias una especie de familiaridad (de muy buena intención) con las cosas de Dios, pero a la que le falta el sobrecogimiento y la reverencia. No pasamos por delante de cualquier cosa, sino de altar y sagrario. No tratamos de cualquier objeto, sino de lo sagrado para la Eucaristía…
Podría parecer que las dos lecturas de hoy no guardan mucha relación. El relato de los primeros diáconos y el del sobrecogimiento de los discípulos ante la majestad de Dios podrían parecer distantes. Y sin embargo, los siete diáconos son elegidos precisamente por su sabiduría y por el Espíritu en ellos. Esos dones del Espíritu que celebraremos en Pentecostés son los que envían al servicio. Liturgia (la adoración de Dios), diaconía (servicio), comunión y testimonio, los cuatro elementos esenciales para la identidad de la Iglesia siempre están presentes en todo momento de la vida cristiana y se necesitan uno a otro.  No puede haber verdadero servicio reverente a la dignidad humana sin adoración a su Creación. No puede haber verdadera adoración la que no respeta y reverencia al otro; no puede haber comunidad sin adoración (sería un club de amigos); no puede haber testimonio sin tener la experiencia de una presencia de la Majestad de Dios.
No tenemos miedo; pero sí temor ante un Dios al que nos podemos acercar como amigos, pero reconociendo al Altísimo. A él servimos en los demás; de Él damos testimonio; por él somos Asamblea.
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 17 de abril de 2026

PAN PARA TODOS

  


Después de esto, Jesús se fue a la otra orilla del lago de Galilea (también llamado de Tiberíades). Mucha gente le seguía porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a un monte y se sentó con sus discípulos. Ya estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar la vista y ver la mucha gente que le seguía, Jesús dijo a Felipe:
– ¿Dónde vamos a comprar comida para toda esta gente?
Pero lo dijo por ver qué contestaría Felipe, porque Jesús mismo sabía bien lo que había de hacer. Felipe le respondió:
– Ni siquiera doscientos denarios de pan bastarían para que cada uno recibiese un poco.
Entonces otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
– Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero ¿qué es esto para tanta gente?
 Jesús respondió:
– Haced que todos se sienten.
Había mucha hierba en aquel lugar, y se sentaron. Eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó en sus manos los panes, y después de dar gracias a Dios los repartió entre los que estaban sentados. Hizo lo mismo con los peces, dándoles todo lo que querían. Cuando estuvieron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos:
– Recoged los trozos sobrantes, para que no se desperdicie nada.
Ellos los recogieron, y llenaron doce canastas con los trozos que habían sobrado de los cinco panes de cebada. La gente, al ver esta señal milagrosa hecha por Jesús, decía:
– Verdaderamente este es el profeta que había de venir al mundo.
Pero como Jesús se dio cuenta de que querían llevárselo a la fuerza para hacerle rey, se retiró otra vez a lo alto del monte, para estar solo.

Jesús quiere dar pan a todos. Que a nadie le falte. El pan del alimento corporal, pero también el pan del alimento espiritual. Ese pan que es Él mismo. Ese pan que se nos da abundantemente. Que se nos entrega hasta la Cruz.
Debemos procurar que no falta a nadie el pan material con nuestra caridad y el pan espiritual con nuestro ejemplo y nuestro apostolado.

"Hay historias de santos que parecen totalmente de locos. Maximiliano Kolbe ofreció su vida para salvar a un preso del campo de concentración, padre de familia. Kolbe tuvo una muerte terrible, el hombre sobrevivió para ver a su familia crecer: y pudo ver la canonización de su rescatador.  Otros arriesgan sus vidas en lugares peligrosos por su fe. Otros, como la viuda del evangelio, dan todo lo que tienen y se quedan sin apenas medios para vivir ellos mismos. Pedro Chanel predicó en las islas del Océano Pacífico sin ningún fruto. El resultado de su predicación fue su propia muerte. Poco después, toda una isla se convirtió al cristianismo, sin que él lo pudiera ver con sus ojos mortales. Son locuras. Los discípulos de hoy aducen no tener suficiente para dar de comer a tantos. Tienen razón. Jesús les está pidiendo un imposible. Por  contraste, Gamaliel advierte sobre no hacer lo que Dios pide, aunque parezca peligroso o absurdo, porque, si la cosa es de Dios, lo peligroso es negarse a hacerlo…
Si es de Dios, saldrá adelante y tendrá fruto. En cosas más pequeñas que se nos puedan pedir, podemos partir de la “prudencia” y de una mentalidad de escasez. Es que no tenemos, es que no podemos, es que sería muy peligroso… Parece que el muchachito con sus cinco panes y dos pescados tuvo una confianza total en que lo que parecía locura se podría convertirse en comida para una multitud.
¿Con qué contamos, en términos de recursos, fuerzas, talento, que podamos ofrecer para que Jesús lo multiplique para el bien? A vece podemos decir que estamos cansados, que somos viejos, o demasiado jóvenes, que no tenemos tal talento, que la cosa supone un riesgo y que hacerlo sería una imprudencia. Y en todo eso, podremos tener razón; solo tenemos cinco panes y dos peces y frente a nosotros hay una multitud de necesidades.
Pero, si está de Dios, habrá que ofrecerlo, por muy locura que parece. Porque no hacerlo podría suponer un grave peligro de hambre, sed, escasez, falta de vida, para los demás. Eso sí sería más arriesgado y con un efecto mucho más multiplicador. A nosotros nos toca dar lo que se nos pide. El resto se multiplicará como Dios quiera. Y hasta sobrarán doce cestos. Locuras de Dios.
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 16 de abril de 2026

CREER EN JESÚS ES ALCANZAR LA VIDA

  


El que viene de arriba está sobre todos. El que es de la tierra es terrenal y habla de las cosas de la tierra. En cambio, el que viene del cielo está sobre todos y habla de lo que ha visto y oído. Sin embargo, nadie cree lo que él dice. Pero el que lo cree, confirma con ello que Dios dice la verdad; pues el que ha sido enviado por Dios habla las palabras de Dios, porque Dios da abundantemente su Espíritu. El Padre ama al Hijo y le ha dado poder sobre todas las cosas. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no quiere creer en el Hijo no tendrá esa vida, sino que recibirá el terrible castigo de Dios.
(Jn 3,31-36)

Creer en Jesús es lo que dará sentido a nuestra vida. Es participar del Amor de Dios, recibir su Espíritu. Creer en Jesús es la forma de alcanzar la vida eterna.

"Todos queremos pertenecer a algo: a una familia, a una comunidad, a un grupo de ideas políticas similares, a una asociación con algún fin que defendemos. Desde los adolescentes que se vuelven locos por “ser ellos mismos” pero aceptan sin remilgos las normas, formas de vestir y usos de su grupo de referencia, hasta los ancianos que acuden a algún club de tiempo libre por estar con otros. A muchos la soledad los abruma y asusta.
Toda pertenencia conlleva unas normas y una obediencia concreta. En la pertenencia de la que se habla hoy, es una pertenencia a quien lo tiene todo en sus manos, al Cristo a quien se le ha dado todo el poder y toda la gloria. El Padre amó al Hijo y todo lo ha puesto en sus manos. Pertenecer a “ese club”, es decir a la comunidad cristiana, a la Iglesia, supone depender en absolutamente todo de la luz de Cristo, de la voluntad de Dios. Supone obedecer a Dios antes que a los hombres. Todos sabemos que algunas de las cosas que vemos a nuestro alrededor pueden haber sido sancionadas por la ley (aborto, eutanasia, ciertos atentados contra la vida y la dignidad humanas, el adoctrinamiento inmoral de los niños en las escuelas), pero no es legítimo, porque no está de acuerdo con el dueño de todo y por tanto, no se debe obedecer.
Se habla también mucho de delitos de odio. Por definición, ya que Dios es amor, el odio (a alguna de sus criaturas, que no al mal) está en contra de la luz de Dios. El odio a la vida, a la verdad, a la justicia, es odio a Dios, por pura definición. Pero quienes pertenecen a Cristo, para poder seguir en esta comunidad, para poder pertenecer, tenemos que cumplir las leyes del amor, que no siempre son fáciles cuando se trata de responder al odio. Como cristianos, tenemos que estar decididamente del lado del Dueño de todo, que es Cristo Jesús, de su Verdad y de su Vida."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 15 de abril de 2026

ÉL ES LA LUZ

 

Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El que cree en el Hijo de Dios no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios. Los que no creen ya han sido condenados, pues, como hacían cosas malas, cuando la luz vino al mundo prefirieron la oscuridad a la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que viven conforme a la verdad, se acercan a la luz para que se vea que sus acciones están de acuerdo con la voluntad de Dios.
(Jn 3,16-21)

Jesús sigue su conversación con Nicodemo. Le dice que Él ha sido enviado a salvar el mundo no ha condenarlo, pero de nosotros depende aceptarlo o no. Él es la luz. Nosotros debemos escoger entre la luz y la oscuridad.  La luz es la verdad.

"Podría parecer hoy día que el mundo entero está envuelto en tinieblas de corrupción, guerra, inmoralidad… Un mundo que prefirió la oscuridad pudiendo haber optado por la luz. Se le ofreció la luz de la verdad, la paz del bien, la bondad de la belleza, y la rechazó, buscando la mentira, la guerra, la fealdad. Es decir, todo lo podrido. En la oscuridad hay carcoma, podredumbre, mal olor.
Pero una pequeña luz, por muy pequeña que sea, rompe la oscuridad. Romper la oscuridad es como romper esos muros de cárceles y salir liberados, como los apóstoles en la primera lectura.
Existen, ciertamente esas pequeñas, o grandes luces. Hay manifestaciones de fe (como hemos visto en la pasada Semana Santa) que tienen un gran poder evangelizador; hay obras buenas de quienes liberan a cautivos, luchan contra la persecución religiosa, trabajan por la justicia, cuidan a enfermos y ancianos, crían familias con sacrificio, pero con amor, educan y forman seres humanos íntegros y verdaderos.  Hay muchos que obran el bien, y por tanto se acercan a la luz. Aunque las páginas de los periódicos estén llenas de oscuridad, la oscuridad ha sido definitivamente vencida. En tiempos recientes se ha comentado mucho el fenómeno de las conversiones al cristianismo en todo el mundo occidental secularizado. Muchos se han cansado de la oscuridad y se han cansado de los muros que los aprisionaban y se han vuelto a la luz. ¡Qué bueno es el Señor! El Señor que libra de los temores; el Señor que da una felicidad que nunca podrá dar la oscuridad.
Todas esas obras de luz tienen un mismo origen, el Dios de la verdad, de la belleza y del bien.  Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito. Y lo amó incluso cuando había optado por la oscuridad queriendo ser como dios. Lo amó cuando Lucifer, el hijo de la luz que rechazó su identidad y optó por la tiniebla, pareció haberlo conquistado. Pero, tanto amó Dios al mundo que, por la Encarnación de Cristo, levantó la humanidad y la acercó a la luz. Tanto amó Dios al mundo que, en Cristo, todos podemos participar en esa luz obrando el bien, proclamando la verdad, buscando la belleza."
(Cármen Fernandez Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 14 de abril de 2026

MIRARLO EN ALTO

  


No te extrañes si te digo: ‘Tenéis que nacer de nuevo.’ El viento sopla donde quiere y, aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son todos los que nacen del Espíritu.

Nicodemo volvió a preguntarle:

– ¿Cómo puede ser eso?

Jesús le contestó:

– ¿Tú, que eres el maestro de Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y somos testigos de lo que hemos visto; pero no creéis lo que os decimos. Si no me creéis cuando os hablo de las cosas de este mundo, ¿cómo vais a creerme si os hablo de las cosas del cielo?

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre ha de ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

(Jn 3, 7-15)

Este evangelio es la continuación del de ayer y trata del mismo tema: volver a nacer. Nos dice que para volver a nacer debemos hacerlo del Espíritu, es decir, del Amor. Para volver a nacer debemos mirar a Jesús, su entrega total en la Cruz. Y hacer nosotros lo mismo.

"Tampoco resulta muy normal que un símbolo de mal, de veneno y de engaño, como puede ser una serpiente, se convierta en símbolo de salud, como en el desierto cuando Moisés levantó la serpiente y todo el que la miraba se sanaba. La serpiente símbolo de curación proviene de la mitología griega, por varias razones: las serpientes mudan la piel, y además algunos venenos de serpientes se utilizaban y aun hoy se estudian, con fines terapéuticos. Moisés levanta una serpiente en el desierto y todo el que la mira, queda curado. La serpiente elevada se convierte en instrumento de salvación: la cruz, que representa una ignominia y un mal, se levanta y se convierte en medio de redención. La serpiente puede anunciar peligro, la cruz, salvación.

Así, elementos aparentemente contradictorios: desprendimiento de lo propio para el bien de la comunidad, sufrimiento y dolor para salvación, levantamiento de lo aparentemente mal para la redención, se juntan en nuestro imaginario cristiano, no como contradicciones, sino como afirmación de lo que es verdadero, santo, justo y salvador. Mirar al que se levanta sobre la tierra; no poner los ojos en nadie más que en Él. Esto es la salvación.

(Cármen Fernandez Aguinaco, Ciudad Redonda)


lunes, 13 de abril de 2026

NACER DE NUEVO

 

 Un fariseo llamado Nicodemo, hombre importante entre los judíos, fue de noche a visitar a Jesús. Le dijo:
– Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios a enseñarnos, porque nadie puede hacer los milagros que tú haces si Dios no está con él.
Jesús le dijo:
– Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.
Nicodemo le preguntó:
– Pero ¿cómo puede nacer un hombre que ya es viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez dentro de su madre para volver a nacer?
Jesús le contestó:
– Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de padres humanos es humano; lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes si te digo: ‘Tenéis que nacer de nuevo.’ El viento sopla donde quiere y, aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son todos los que nacen del Espíritu.

Nacer de nuevo es volver a empezar. Es cambiar nuestra vida. En nuestro caso, como cristianos, es dejarnos llevar pro el Espíritu. Abandonar todas las cosas que nos atan a nuestro egoísmo y empezar una vida de entrega a los demás. Dejarse llevar por el Espíritu, es fundamentar nuestra vida en el Amor.

"Nicodemo se queda algo perplejo. ¿Cómo va a nacer de nuevo, siendo ya mayor? ¿Qué puede significar nacer del agua y del espíritu? A fuerza de escuchar este pasaje muchas veces, quizá no nos paremos a reflexionar en lo que significa… Pero, en términos concretos, ¿qué puede significar eso para nuestra vida ya avanzada? Quizá, para poder responder, fuera bueno definir vida y muerte. A qué llamamos vida y qué nos parece que es la muerte. Jesús hace una declaración contundente: yo soy el camino, la verdad, y la vida. Es decir, que solo Dios es vida verdadera y solo en Dios se puede vivir.
Nacer de nuevo, de agua y de espíritu, es dar un giro a la vida. O mejor aún, permitir que la gracia dé ese giro. Vivir una vida distinta, orientada a Dios, buscando la verdad y el bien. Una vez ví una cerámica que decía: la buena vida es cara; hay otra más barata, pero no es vida. Aunque se podría interpretar como algo cínico y materialista, la interpretación de vida en agua y espíritu sería que la vida verdadera es cara porque exige la valentía de anunciar la Palabra de la verdad; porque pide dejar atrás la comodidad y seguir el Camino que puede acabar en cruz, y es camino de servicio, de generosidad, de aguante del dolor y las dificultades de la vida. Supone optar por la bondad frente al insulto, el desprecio, la burla; la compasión hacia el dolor de otros; la lucha por la justicia. Nacer de nuevo significa tener la vida auténtica, y no lo que quizás llamamos vida queriendo decir cierta antigua rutina conocida y cómoda.
Y decimos, con todo, que es buena vida, porque la “barata”, la cómoda y auto-centrada no es vida en realidad. Para colmo, no da la verdadera felicidad. Porque si Dios es vida, la felicidad solo puede estar en vivir en Él. Tendríamos entonces que definir muerte no como final de algo, sino como estado de infelicidad por la separación de Dios. Dichosos, felices, (macarios o bienaventurados) los que esperan en el Señor, dice el Salmo de hoy. Es decir, los que han nacido del agua y del espíritu, de lo alto. La buena vida es cara. La barata, en realidad, no existe: es más bien muerte."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)