Pero ahora me voy para estar con el que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta a dónde voy; al contrario, os habéis puesto muy tristes porque os he dicho estas cosas. Pero os digo la verdad: es mejor para vosotros que me vaya. Porque si no me voy, el defensor no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Cuando él venga, mostrará claramente a la gente del mundo dónde está la culpa, dónde la inocencia y dónde el juicio. La culpa la mostrará en ellos, porque no creen en mí; la inocencia, en mí, porque voy al Padre y ya no me veréis; y el juicio, en el que manda en este mundo, porque ya ha sido condenado.
(Jn 16,5-11)
La primera lectura de hoy la encontraréis en Ac 16,22-34). Jesús nos dice en el Evangelio que Él debe marcharse para que nuestra Fe sea completa gracias al Espíritu. Hay cosas en la vida que pueden parecernos negativas; pero luego, al pasar el tiempo, vemos que han sido buenas para nosotros. Se trata de verlo todo con Amor. Ese Amor que es el Espíritu.
"A veces en la vida se nos piden cosas para el bien de otros, pero que en apariencia no van precisamente para nuestro propio beneficio. Son pequeñas o grandes renuncias por el bien de otros. O quizá incluso, son en nuestra propia desventaja. En la película Qué bello es vivir, el protagonista continuamente hace opciones que favorecen a su hermano o al resto de su familia, pero que van cortando sus sueños. Parte de nosotros quisiéramos gritar la opción egoísta, la que parece liberar de lo que parecen obligaciones absurdas. Quisiéramos que George Bailey por fin pudiera viajar y hacer lo que quiere, y no quedarse atado a un lugar y un trabajo que no es lo que más le gusta. Y sin embargo, admiramos esa entrega generosa del personaje.
Hay opciones que pueden ser difíciles, complicadas e incluso dolorosas. El bien parece que siempre debe estar por encima de los intereses personales. En la lectura de Hechos de hoy, el terremoto que abrió puertas y rompió cerrojos iba en beneficio de los cristianos encarcelados. Y, sin embargo, la huida hubiera supuesto un daño para los carceleros. Los apóstoles eligen el bien del carcelero por encima del propio.
Esto lo pueden entender muy bien los padres que trabajan y luchan—a costa propia—por el bien de la familia; las madres que pasan noches en vela cuidando a un hijo enfermo. O el hijo o la hija que pasa semanas, meses, años, cuidando de un padre anciano, senil y enfermo. El amor es así; siempre pone al otro por delante de uno mismo. Es ese mismo amor el que se refrena de controlar a otro, de dominar o de sobreproteger, para dar paso al crecimiento de aquel a quien se ama. Sería más fácil (e incluso absolutamente justificable), por ejemplo, quedarse en un lugar, porque los demás “me necesitan”, aun a sabiendas que lo que de verdad necesitan es tener el espacio para crecer. El bien del otro, el que pueda crecer, independizarse y funcionar como persona autónoma, puede en ocasiones requerir que quien ama se retire. Eso es lo que les dice Jesús a los discípulos hoy: “Os conviene que yo me vaya”. Porque en la nueva etapa, será el Espíritu quien guíe. Puede parecer raro y difícil, pero es lo mejor.
Parecería que, quien se conduce poniendo siempre por delante a los demás, sale perdiendo. La psicología moderna aconsejaría una opción algo más egoísta de darse el tiempo y las opciones a uno mismo… Mi madre decía que quien más pone más pierde… Pero no: quien más pone, más gana. Es la lógica de Dios: precisamente quien más busca el bien de otros es quien más gracia recibe. La diestra del Señor nos salva."
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)