domingo, 5 de abril de 2026

VER Y CREER

  


El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio quitada la piedra que tapaba la entrada. Corrió entonces a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús quería mucho, y les dijo:
– ¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se agachó a mirar y vio allí las vendas, pero no entró. Detrás de él llegó Simón Pedro, que entró en el sepulcro. Él también vio allí las vendas, y vio además que la tela que había servido para envolver la cabeza de Jesús no estaba junto a las vendas, sino enrollada y puesta aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio lo que había pasado y creyó. Y es que todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar.
(Jn 20,1-9)

María Magdalena amaba a Jesús. Por eso, mientras los discípulos estaban escondidos, ella volvió al sepulcro. Lo encuentra abierto y Jesús no está. Correrá a decirlo a los discípulos. Pedro y Juan van a ver si lo que dice ella es cierto. El texto nos dice que el discípulo amado entró "vió y creyó".
La Fe nos pide ver. Ver con otros ojos. Ver con la mirada de Jesús. Si sabemos ver el fondo de las cosas, lo veremos a Él, creeremos. Si miramos al perseguido, al pobre, al pecador, al enfermo con otros ojos, veremos a Dios en ellos y seremos capaces de AMAR.

"(...) El sepulcro está vacío. Las mujeres no encuentran a nadie, y los discípulos tampoco. La tumba vacía les ayuda a entender lo que significa eso de “la resurrección de entre los muertos”. Ahora toca dar testimonio de esa presencia viva de Dios entre nosotros. Ellos y nosotros somos testigos del sepulcro vacío, testigos del resucitado.
Para buscar a Dios en la vida y dar testimonio de Él, el evangelio de Marcos nos marca el camino: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Galilea es nuestra vida de cada día, nuestra familia, nuestros trabajos, nuestros quehaceres diarios. Entre ellos anda el Señor resucitado, allí podemos encontrarnos con Él. Allí es donde Él nos llama a ser sus testigos, como Jesús lo hizo, con su estilo de vida. Se trata de vivir como Él vivió. También estamos llamados a dar un testimonio comunitario, como Iglesia.
Un recuerdo especial para todos los que han recibido el Bautismo en la Vigilia Pascual o en la Misa del día de Pascua. Este año, en nuestra parroquia de Múrmansk, se ha bautizado un chico joven. Él, como tantos otros, se convertirá, como lo somos nosotros, en testigos de un Dios que ama la vida y a las personas y que ha resucitado a su hijo Jesús para que todos tengamos Vida para siempre. Juntos seguiremos caminando al encuentro de Jesús resucitado. Que nuestra vida sea signo de la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. Que lo compartamos con alegría con los que conviven con nosotros."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 4 de abril de 2026

TIEMPO DE SILENCIO



 "Es tiempo para el silencio. La muerte nos deja sin palabras y la falta de ruido es posible que nos abra un hueco en la cabeza para pensar y reflexionar en lo sucedido. Ahí está la realidad: Jesús ha muerto solo. Prácticamente todos los que le seguían han salido corriendo. Nadie ha levantado una mano para defenderle. Sus palabras sobre el Reino se han quedado casi perdidas en la lontananza del tiempo y, sobre todo, de los últimos acontecimientos. Es tiempo para la desolación.

Es tiempo para mirar a nuestro alrededor. En este mundo, en nuestra vida, suceden cosas maravillosas. Pero también está presente la muerte, el dolor, el abandono. Basta con atender un poco a los medios de comunicación. ¡Cuántas muertes sin sentido! ¡Cuánto dolor gratuito! ¡Cuánta injusticia! ¡Cuántas vidas a las que la pobreza, la marginación, la enfermedad, la depresión,quedan sin sentido, sin vida!

Es tiempo para el silencio. Es tiempo para levantar los ojos y descubrir el vacío. La cruz está vacía. Solo quedan la fe y la esperanza desnudas. La fe y la esperanza como opciones casi en el vacío. Como lo tuvo que vivir y experimentar el mismo Jesús en la cruz. La fe es mantener los ojos abiertos ante esa realidad tan dura. Y seguir manteniéndolos abiertos. Por mucho que por dentro nos brote el deseo de cerrarlos y trasladarnos con la mente a vivir en un mundo más feliz, un mundo sin dolor.

Es tiempo de silencio y de mantener los ojos abiertos para seguir mirando a una realidad que nos duele, que no nos gusta. No es tiempo para evadirnos. No es tiempo para mirar para otro lado ni para cambiar de conversación. Y ahí, precisamente ahí, decir que seguimos creyendo, que nos vamos a seguir comprometiendo a vivir y trabajar por el Reino. Porque Dios, a pesar de la oscuridad, no nos va a fallar."

(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 3 de abril de 2026

VIERNES SANTO: SE ENTREGÓ POR NOSOTROS

  


Después de decir estas cosas, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del arroyo de Cedrón, donde había un huerto en el que entró Jesús con ellos. También Judas, el que le traicionaba, conocía el lugar, porque muchas veces se había reunido allí Jesús con sus discípulos. Así que Judas se presentó con una tropa de soldados y con algunos guardias del templo enviados por los jefes de los sacerdotes y por los fariseos. Iban armados y llevaban lámparas y antorchas. Pero como Jesús ya sabía todo lo que había de pasarle, salió a su encuentro y les preguntó:
– ¿A quién buscáis?
– A Jesús de Nazaret – le contestaron.
Dijo Jesús:
–Yo soy.
Judas, el que le traicionaba, estaba también allí con ellos. Cuando Jesús les dijo: “Yo soy”, se echaron atrás y cayeron al suelo. Jesús volvió a preguntarles:
– ¿A quién buscáis?
Repitieron:
– A Jesús de Nazaret.
Jesús les dijo:
– Ya os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad que los demás se vayan.
Esto sucedió para que se cumpliese lo que Jesús mismo había dicho: “Padre, de los que me confiaste, ninguno se perdió.” Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó y le cortó la oreja derecha a uno llamado Malco, criado del sumo sacerdote. Jesús dijo a Pedro:
– Vuelve la espada a su lugar. Si el Padre me da a beber esta copa amarga, ¿acaso no habré de beberla?
Los soldados de la tropa, con su comandante y los guardias judíos del templo, arrestaron a Jesús y lo ataron. Le llevaron primero a casa de Anás, porque este era suegro de Caifás, el sumo sacerdote de aquel año. Este Caifás era el mismo que había dicho a los judíos: “Es mejor que un solo hombre muera por el pueblo.”
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. El otro discípulo era conocido del sumo sacerdote, de modo que entró con Jesús en la casa; pero Pedro se quedó fuera, a la puerta. Por eso, el discípulo conocido del sumo sacerdote salió y habló con la portera, e hizo entrar a Pedro. La portera preguntó a Pedro:
– ¿No eres tú uno de los discípulos de ese hombre?
Pedro contestó:
– No, no lo soy.
Como hacía frío, los criados y los guardias del templo habían encendido fuego y estaban allí, calentándose. Pedro también estaba entre ellos, calentándose junto al fuego.
El sumo sacerdote comenzó a preguntar a Jesús acerca de sus discípulos y de lo que enseñaba. (....)
(El Evangelio completo de hoy lo encontraréis en Jn 18,1-19,42)

Hoy y mañana son días para meditar. Lo podemos hacer con el texto completo del Evangelio de hoy, la Pasión según San Juan. Los dos vídeos pueden ayudarnos a hacerlo.

"El Viernes Santo es tiempo de tradición, procesiones, oficios en la iglesia (que no Eucaristía), adoraciones al Santísimo, tiempo de vela. O así era, que con el tiempo para muchos es tiempo de puente, de vacaciones, de escapada del trabajo normal. Quizá no haya que recuperar toda aquella parafernalia de mi niñez, en que hasta el interior de las iglesias se vestía de negro. Pero, dejando de lado lo más superficial, si que haya algo que mantener. Porque estamos ante un momento clave de la vida de Jesús.
En el caso de Jesús la muerte no es un accidente sobrevenido. Es la más directa culminación de su vida, de su forma de comportarse, de su predicación, de su enfrentamiento con los que se sentían los dueños de la religión y, como consecuencia, los dueños de Dios. Es la culminación de sus diatribas con fariseos y saduceos, de su actitud ante el Templo de Jerusalén, centro de la vida religiosa y política de los judíos.
Hay una canción de la ópera rock “Jesucristo Superstar” que recoge perfectamente lo que pudo ser la actitud de los poderes religiosos de la época ante Jesús. Entienden que tienen un problema con Jesús y que tienen que tomar una decisión. El populacho se ha entregado a Jesús, el milagrero.  Y Jesús está revolucionando al pueblo. Eso puede hacer que los romanos castiguen al pueblo. En realidad, están preocupados porque les castiguen a ellos y que pierdan sus privilegios. La conclusión es sencilla: por el bien del pueblo (eufemismo para decir que por su propio bien, el de los poderosos) Jesús debe morir.
Y así sucedió. Pero Jesús era muy consciente de que esto podía suceder, de que iba a suceder. Con esa conciencia emprendió la subida a Jerusalén. No podía ser de otra manera. Por pura coherencia con lo que pensaba y vivía sobre el Reino, sobre Dios. Había que entregarse hasta el final. Hasta dar la vida. Y ponerlo todo en las manos de Dios, de su Abbá. Tenía que llevar su fe y su confianza hasta el extremo.
Esto es lo que celebramos el Viernes Santo. No solo la muerte física de Jesús sino su entrega en total confianza a su Padre. Hasta el extremo. Y por ahí se encuentra el camino de nuestra salvación, de nuestra vida: aprender de Jesús a confiar hasta el final. Por el Reino."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


jueves, 2 de abril de 2026

ENTREGARSE Y SERVIR

  

Era la víspera de la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la horac de dejar este mundo para ir a reunirse con el Padre. Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin.
El diablo ya había metido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la idea de traicionar a Jesús. Durante la cena, Jesús, sabiendo que había venido de Dios, que volvía a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad, se levantó de la mesa, se quitó la ropa exterior y se puso una toalla a la cintura. Luego vertió agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.
Cuando iba a lavar los pies a Simón Pedro, este le dijo:
– Señor, ¿vas tú a lavarme los pies?
Jesús le contestó:
– Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero más tarde lo entenderás.
Pedro dijo:
– ¡Jamás permitiré que me laves los pies!
Respondió Jesús:
– Si no te los lavo no podrás ser de los míos.
Simón Pedro le dijo:
– ¡Entonces, Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza!
Pero Jesús le respondió:
– El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.
Dijo: “No estáis limpios todos”, porque sabía quién le iba a traicionar.
Después de lavarles los pies, Jesús volvió a ponerse la ropa exterior, se sentó de nuevo a la mesa y les dijo:
– ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado un ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo os he hecho.
(Jn 13,1-15)

Hoy Jesús nos da su cuerpo y su sangre, se nos entrega totalmente; pero en el evangelio de Juan que leemos hoy, también se pone a nuestro servicio y pide que nosotros también nos pongamos al servicio de todos. Aquí queda resumido lo que es ser cristianos, ser seguidores de Jesús: darse totalmente a los demás y ponerse a su servicio. Es decir: AMAR.

"Hay un buen misionero claretiano, Maximino Cerezo Barredo, que ha dedicado toda su vida a evangelizar a través de la pintura. Sus murales y pinturas están presentes en iglesias de toda América desde Canadá hasta Argentina. Una de sus genialidades ha sido aunar en la misma pintura dos escenas evangélicas profundamente relacionadas entre sí: la última cena de Jesús, el momento de la institución de la Eucaristía, que aparece en los evangelios sinópticos de Mateo, Lucas y Marcos, con la escena del lavatorio de los pies, que el evangelio de Juan sitúa en el momento de la última cena pero que parece sustituir al momento de la institución de la Eucaristía que Juan no recoge.
El hecho es que entre las dos escenas se nos hace claro y transparente el significado más profundo de la Eucaristía. Conviene tenerlo presente en este día de Jueves Santo y en todas las Eucaristías en las que participemos.
En los sinópticos, Jesús se nos aparece como el que da de comer y beber a sus discípulos. En el hecho de participar de la misma copa de vino y del mismo pan, entendemos que Jesús se hace comida y bebida para nuestra vida. Es alimento de vida eterna. Pero también es algo más. Compartir el pan y el vino que nos ofrece Jesús es comprometernos a compartir su vida y su destino. Hacemos nuestra su misión de anunciar el Reino, el amor de Dios para todos y, en primer lugar, para los más pobres y marginados. Porque a esos les pone Dios en primera fila. Es la condición inevitable para que su amor sea universal.
En el evangelio de Juan esta escena se sustituye por el lavatorio de los pies. Es una forma concreta de demostrar como Dios mismo se pone al servicio de los hombres. Jesús, que en su vida y en su forma de actuar nos manifiesta/revela como es Dios, se inclina ante sus hermanos y les lava los pies. ¡Lo que en aquel momento hacían los esclavos! ¡Dios se hace esclavo nuestro! Dios se pone a nuestro servicio. Su amor es realmente amor y entrega hasta el final. Las palabras de Jesús al terminar su gesto de lavar los pies a sus discípulos deben ser una orden para nosotros: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.” Sobran más palabras."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


miércoles, 1 de abril de 2026

JUDAS

  

Uno de los doce discípulos, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les preguntó:
– ¿Cuánto me daréis, si os entrego a Jesús?
Ellos señalaron el precio: treinta monedas de plata. A partir de entonces, Judas empezó a buscar una ocasión oportuna para entregarles a Jesús.
El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
– ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
Él les contestó:
– Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi hora está cerca, y voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos.’
Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la cena de Pascua.
Al llegar la noche, Jesús se había sentado a la mesan con los doce discípulos; y mientras cenaban les dijo:
– Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Ellos, llenos de tristeza, comenzaron a preguntarle uno tras otro:
– Señor, ¿acaso soy yo?
Jesús les contestó:
– Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras, pero ¡ay de aquel que le traiciona! ¡Más le valdría no haber nacido!
Entonces Judas, el que le estaba traicionando, le preguntó:
– Maestro, ¿acaso soy yo?
– Tú lo has dicho – contestó Jesús.

Judas somos todos. Todos traicionamos a Jesús un momento o otro. Lo que puede diferenciarnos de él, es si sabemos pedir perdón. Judas se dio cuenta del mal que había hecho, pero creyó que Jesús, que Dios no le perdonaría. 
No dudemos nunca. Dios es puro perdón porque es AMOR.
  
"El texto evangélico de hoy está totalmente centrado en la traición de Judas. A lo largo de la historia Judas ha estado en el centro del foco. Como si fuese el culpable de todo lo que le pasó a Jesús. Su imagen ha sido denostada. En realidad, creo que ha hecho un poco de “macho cabrío”, que hemos cargado en él todas las culpas, de forma que nos podamos sentir mejor. Como Pilatos nos hemos lavado las manos y nos podemos ir a casa tranquilos. Como mucho, a lo largo de la historia la culpa se ha cargado en los judíos. Ellos fueron los que mataron a Jesús. Nosotros estamos libres de culpa, no tuvimos nada que ver. Judas es el malo. Todos tranquilos.
Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos así. Lo de la muerte de Jesús es un poco más complejo que la solución facilona de buscar un culpable. En realidad, si miramos a los demás apóstoles y discípulos, no es que fueran muy valientes al momento de la dificultad final. Más bien, se puede decir que todos salieron corriendo. Ahí está el valiente Pedro, el jefecillo de los apóstoles, que niega por tres veces haber conocido en su vida a Jesús.
Hay más. Casi podríamos decir que Jesús se ganó su muerte a base de puños. Él mismo provocó un largo enfrentamiento con las autoridades religiosas y civiles (que en aquella época eran las mismas) que no podía llevar a otra cosa más que a su eliminación. Era o Jesús o ellos porque la predicación del Reino traía una revolución más grande que la que pueden hacer las armas.
Y luego está el mismo Judas. Quizá pensaba que a Jesús se le había ido el movimiento de las manos. Tanto predicar el Reino de Dios se le había olvidado que lo importante era liberar al pueblo de la opresión de los romanos. Quitar a Jesús de en medio era, desde su perspectiva, el único medio para reconducir el movimiento a realizar esa liberación política.
Hoy nos podemos preguntar en donde estamos. Quizá lavándonos las manos y pensando que otros hicieron lo que hicieron y por eso pasó lo que pasó. O podemos preguntarnos si realmente hemos comprendido lo que era el Reino para Jesús y estamos intentando hacerlo vida o si, ante determinadas exigencias del evangelio (amor y misericordia infinita…) no preferimos mirar a otro lado no vaya a ser que nos toque a nosotros el mismo destino de Jesús."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 31 de marzo de 2026

JESÚS SE ACERCA A LA CRUZ

 
 


Habiendo dicho estas cosas, Jesús, profundamente conmovido, añadió con toda claridad:
– Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Los discípulos comenzaron a mirarse unos a otros, sin saber a quién se refería. Uno de sus discípulos, al que Jesús quería mucho, estaba cenando junto a él, y Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara a quién se refería. Él, acercándose más a Jesús, le preguntó:
– Señor, ¿quién es?
– Voy a mojar un trozo de pan – le contestó Jesús –, y a quien se lo dé, ese es.
En seguida mojó un trozo de pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Tan pronto como Judas tomó el pan, Satanás entró en su corazón. Jesús le dijo:
– Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Pero ninguno de los que estaban cenando a la mesa entendió por qué se lo había dicho. Como Judas era el encargado de la bolsa del dinero, algunos pensaron que Jesús le decía que comprara algo para la fiesta o que diera algo a los pobres.
Judas tomó aquel trozo de pan y salió en seguida. Ya era de noche.
Después de haber salido Judas, Jesús dijo:
– Ahora se manifiesta la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se manifiesta en él. Y si él manifiesta la gloria de Dios, también Dios manifestará la gloria del Hijo del hombre. Y lo hará pronto. Hijitos míos, ya no estaré mucho tiempo con vosotros. Me buscaréis, pero lo mismo que dije a los judíos os digo ahora a vosotros: No podréis ir a donde yo voy.
Simón Pedro preguntó a Jesús:
– Señor, ¿a dónde vas?
– A donde yo voy – le contestó Jesús – no puedes seguirme ahora, pero me seguirás después.
Pedro le dijo:
– Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Estoy dispuesto a dar mi vida por ti!
Jesús le respondió:
– ¿De veras estás dispuesto a dar tu vida por mí? Pues te aseguro que antes que cante el gallo me negarás tres veces.

Hoy vemos que Jesús se acerca a su final, a su entrega total. Y lo va a hacer solo. Judas va a entregarlo, pero Pedro también lo negará tres veces. Jesús, solo, es quien nos redimirá.
Cuando nos sintamos solos, pensemos en la soledad de Jesús. Él ya la vivió y hasta el extremo. Si queremos seguirle, debemos tener la seguridad de que Él nunca nos abandonará. Siempre estará a nuestro lado.

"Nos acercamos a los días centrales de la Semana Santa y los textos evangélicos nos ven centrando en lo fundamental. Hoy se nos pone en paralelo dos historias bien diferentes. Por una parte está Judas, el que entrega a Jesús. Por otra está Jesús, que es el que se entrega.
No estoy tratando de hacer un juego de palabras sino tratando de señalar un hecho fundamental para considerar lo que va a suceder en estos días. Porque hay quien piensa que la muerte de Jesús es apenas fruto del devenir de los tiempos. Es decir, su muerte en la cruz sería la normal conclusión-culminación de todos sus enfrentamientos con el poder establecido, tanto religioso como político. No podía terminar de otra manera. Este punto de vista, esta forma de entender la muerte de Jesús, es real. Es cierto. Todos aquellos enfrentamientos con los fariseos, con los sacerdotes del Templo, con los escribas, no podían terminar más que con su eliminación. Jesús tenía que morir porque era una amenaza a su posición, a su estabilidad como poder religioso-político.
Pero la verdad es que la historia podía haber tenido otro final. Hasta hay por ahí un libro que dice que Jesús no murió en la cruz sino que terminó huyendo de Palestina y refugiándose en Cachemira, donde ya habría estado antes, en lo que se llama su vida oculta. Pero está historia no se mantiene frente al testimonio de los evangelios. Lo cierto es que Jesús murió en la cruz. Y por eso podemos decir y afirmar que a Jesús no le pillaron desprevenido. De ninguna manera. Jesús se entregó él mismo sabiendo lo que se iba a encontrar en Jerusalén. Se entregó como culminación natural de su apuesta por el Reino. Se entregó como muestra y testimonio definitivo de su total confianza en el Dios de la Vida. Se entregó porque estaba convencido de que su Abbá no le iba a fallar. Ni siquiera en ese momento tan oscuro como es el momento de la muerte.
El que le entrega lo hace para salvarse a sí mismo. Judas debió pensar que toda aquella historia del Reino no había sido más que una apuesta sin sentido. Y que no valía la pena seguir. Y que lo mejor era vender a su maestro por treinta monedas. Jesús se entregó lleno de fe y confianza en el Dios del Reino. Y, de paso, nos abrió a todos nosotros un camino de esperanza y de vida."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 30 de marzo de 2026

UNGIR A JESÚS




Seis días antes de la Pascua fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. María, tomando unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, perfumó los pies de Jesús y luego los secó con sus cabellos. Toda la casa se llenó del aroma del perfume. Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, aquel que iba a traicionar a Jesús, dijo:
– ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios, para ayudar a los pobres?
Pero Judas no dijo esto porque le importasen los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba del que allí ponían. Jesús le dijo:
– Déjala, porque ella estaba guardando el perfume para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendréis entre vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.
Muchos judíos, al enterarse de que Jesús estaba en Betania, fueron allá, no solo por Jesús sino también por ver a Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Entonces los jefes de los sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque por causa suya muchos judíos se separaban de ellos y creían en Jesús.

María amaba a Jesús y unge con perfume sus pies cansados. Si nosotros amamos de verdad a Jesús, debemos ungir con nuestro Amor a Jesús presente en los pobres, los perseguidos, los inmigrantes, los enfermos, los incomprendidos...Es decir, entregarnos totalmente, no interesadamente como Judas. 

"No hay duda de que Jesús tenía muy buena relación con sus discípulos, pero leyendo los Evangelios da la impresión de que así como con sus discípulos tenía una relación de maestro, con Lázaro, con Marta y con María tenía otro tipo de relación. Con esta familia, parece que Jesús se sentía como en casa. Llega y se siente cómodo. Se siente y se sienta tranquilamente a que le den la cena. En aquella casa, Jesús se sentía querido y cuidado. Quizá hasta podía dejar de lado el papel de mesías, de evangelizador, para ser sencillamente Jesús y dejarse querer. Era tanto el cariño que María no tuvo más idea que usar una libra de perfume para ungir los pies de Jesús, casi con toda seguridad, cansados, doloridos y heridos por los caminos.
Al comienzo de la Semana Santa, este tiempo en que vamos a celebrar la muerte y resurrección de Jesús, quizá conviene que, como el mismo Jesús, hagamos una parada en nuestro caminar, que nos detengamos en casa, con las personas a las que queremos y nos quieren. Una parada para cuidar y ser cuidados. Una parada para curarnos de las heridas que nos ha dejado el camino de la vida. Una parada para escuchar con el corazón las palabras de los otros, con sus historias, sus heridas y sus alegrías. Una parada para compartir la mesa y la vida.
Luego vendrá lo que tenga que venir. A Jesús, que era cualquier cosa menos tonto, le esperaba algo terrible en Jerusalén. Lo sabía, ¡cómo no! Pero antes de afrontarlo, quiere hacer esta parada. Es una casa en la que, por un momento, se vive la fraternidad del Reino, se comparte el pan, se abre el corazón y resurge la esperanza (¿no resuena en esta parada de Jesús el misterio de la Eucaristía?). Se olvidan por un momento los dolores del camino, las heridas, los callos de los años y se vive desde otra dimensión.
Luego se vuelve al camino. La realidad está ahí. Pero ahora se afronta con otra fe, con otra fuerza. Y la vida cobra nuevo sentido. Como Jesús, es bueno que nosotros hagamos también una parada así de vez en cuando. Y que demos gracias por las paradas ya hechas que, con toda seguridad, tanto nos han ayudado en nuestro caminar."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)