Algún tiempo después andaba Jesús por la región de Galilea, pues no quería seguir en Judea porque los judíos lo buscaban para matarlo.Pero como se acercaba la fiesta de las Enramadas, una de las fiestas de los judíos,
Sin embargo, cuando ya se habían ido sus hermanos, también Jesús fue a la fiesta, aunque no lo hizo públicamente sino casi en secreto.
Hacia la mitad de la fiesta entró Jesús en el templo y comenzó a enseñar.
Algunos de los que vivían en Jerusalén empezaron entonces a preguntar:
– ¿No es a este a quien andan buscando para matarle?Pues ahí está, hablando en público, y nadie le dice nada. ¿Será que verdaderamente las autoridades creen que este hombre es el Mesías?Pero nosotros sabemos de dónde viene; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde viene.
Al oir esto, Jesús, que estaba enseñando en el templo, dijo con voz fuerte:
– ¡Así que vosotros me conocéis y sabéis de dónde vengo! Pues yo no he venido por mi propia cuenta, sino enviado por aquel que es digno de confianza y a quien vosotros no conocéis.Yo le conozco, porque vengo de él y él me ha enviado.
Entonces quisieron apresarle, pero nadie le echó mano porque todavía no había llegado su hora.
(Jn 7,1-2.10.14.25-30)
El Padre envía a Jesús y Él nos explica quién es el Padre. Los judíos conocían al hijo del carpintero, pero no conocían al Hijo enviado por el Padre. Por eso no entendían cómo hablaba y lo que decía y hacía. Por eso querían matarlo.
" (...) Jesús asegura que no hace las cosas por cuenta propia. Es decir que, como enviado, obra por el Padre. Y esto es lo que le protege del peligro inminente. El peligro, es decir, la traición, la Pasión y la muerte, no va a pasar. Pero será en el tiempo de Dios y no como trampa, sino como consciente aceptación. No como resignación a una voluntad oscura y algo cruel, sino como aceptación de la misión para la que es enviado. Los malvados no pueden tender ninguna trampa a quien es dependiente. Al independiente sí, porque se fía de su propia sabiduría y obras. Al independiente es muy fácil engañarle con adulación, promesas materiales, de poder, de gloria o de seguridad. El demonio—lo expresa C.S Lewis muy bien en Cartas del diablo a su sobrino—maneja esas armas muy eficazmente para llevarse al independiente a su terreno, a alejarse de Dios y a fiarse de sus propias fuerzas. Es decir, a caer en la soberbia, y cualquier otro pecado capital. El “mandao”, es decir, el que depende de Dios, no toma decisiones que no estén de acuerdo con la voluntad de quien lo envió; las toma libre y conscientemente, pero no son las suyas, sino las de Dios. No actúa por su propia cuenta.
Por supuesto que el depender de Dios no va a alejar el dolor ni el peligro, ni la pasión de nuestras vidas. No lo hizo por la del Maestro. Pero sabemos que será en su tiempo, en el momento preciso y necesario para nuestra propia redención y la salvación de otros. El mal no puede tendernos redes de confusión mientras dependemos de Dios."
El nacimiento de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de vivir juntos se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo.José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciar públicamente a María, decidió separarse de ella en secreto.Ya había pensado hacerlo así, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo.María tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados.”
Cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y tomó a María por esposa.
(Mt 1,16.18-21.24)
José es un hombre bueno. No quiere el mal de María. Y, sobre todo, escucha lo que Dios le dice. Busca su voluntad. Las pocas veces que sale en el evangelio, calla y escucha. Luego realiza aquello que Dios le pide. Busca lo mejor para Jesús y María sin decir nada. Actúa.
"En nuestros días, a menudo escuchamos palabras negativas y críticas a los varones… ¡Pero todos hemos nacido de padre y madre! Es cierto que es posible que haya padres no muy ejemplares (lo mismo que seguro que habrá madres que tampoco sean ejemplares), pero no parece la experiencia de absolutamente todo el mundo y probablemente no tenga tanto que ver con la masculinidad cuanto con la fragilidad de todo ser humano.
José se nos presenta como modelo de varón y de padre. No hay ninguna palabra que dijera (que esté consignada) para afirmar su autoridad. Pero sí hay acciones concretas y siempre son de prudencia, de apoyo, de protección y de obediencia a lo que escucha de Dios. El papa Francisco, en su carta apostólica Patris corde dice: “En la sociedad de nuestro tiempo, los niños a menudo parecen no tener padre… Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Quizás por esta razón la tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de “castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida.”
Se identifica a veces la masculinidad con la fuerza y, es, claro, un hecho que los varones son físicamente más fuertes que las mujeres; pero su verdadera fortaleza se demuestra no tanto en las palabras, ni en acciones agresivas, cuanto en su capacidad de permanecer, de apoyar, proteger, y hacer lo correcto para el bien de su familia y de los de alrededor, aunque no sea lo más cómodo para ellos mismos. En José se destaca, además, la fe. La fe recia de quien no se retira ante la dificultad o el riesgo; la fe de quien no busca el protagonismo. Es decir, esa capacidad de no aferrarse a su posición o a su posesión. Y de esas actitudes podemos aprender todos, seamos o no padres. Y podemos celebrar la paternidad de todos aquellos que, como José, han escuchado y han obedecido."
– Mi Padre no cesa de trabajar y yo también trabajo.
Por eso los judíos tenían aún más ganas de matarle, porque no solo no observaba el mandato sobre el sábado, sino que además se hacía igual a Dios al decir que Dios era su propio Padre.
Jesús les dijo: Os aseguro que el Hijo de Dios no puede hacer nada por su propia cuenta; solo hace lo que ve hacer al Padre. Todo lo que el Padre hace, lo hace igualmente el Hijo.Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace; y le mostrará cosas aún más grandes, que os dejarán asombrados.Pues así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, también el Hijo da vida a quienes quiere dársela.Y el Padre no juzga a nadie, sino que ha dado a su Hijo todo el poder de juzgar,para que todos den al Hijo la misma honra que dan al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre, que lo ha enviado.
Os aseguro que quien presta atención a mis palabras y cree en el que me envió, tiene vida eterna; y no será condenado, pues ha pasado de la muerte a la vida.Os aseguro que viene la hora, y es ahora mismo, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan vivirán.Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha hecho que el Hijo tenga vida en sí mismo,y le ha dado autoridad para juzgar, por cuanto que es el Hijo del hombre.No os admiréis de esto, porque va a llegar la hora en que todos los muertos oirán su vozy saldrán de las tumbas. Los que hicieron el bien resucitarán para tener vida, pero los que hicieron el mal resucitarán para ser condenados.
Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta. Juzgo según el Padre me ordena, y mi juicio es justo, porque no trato de hacer mi voluntad sino la voluntad del Padre, que me ha enviado.
(Jn 5,17-30)
Seguir a Jesús es seguir al Padre. Hacer lo que hizo Jesús, es hacer lo que quiere el Padre. Ese es el camino a seguir por el verdadero cristiano.
"“Los que yacen en la tumba escucharán mi voz”, dice el Evangelio hoy.
Hay quien dice que para morir solo hace falta estar vivo; es decir, que podemos morir en cualquier momento porque somos seres caídos. Todos los días morimos de alguna manera. Pero siempre está la voz y la mano que perdona invitando a salir. Pero para morir del todo, irremediablemente, solo hace falta estar en la tumba y no escuchar la invitación a salir. De la tumba se puede salir, pero hace falta una fuerza extremadamente grande. Es la voz de Cristo la que tiene la fuerza de sacarnos de cualquier cosa. Es la fuerza de quien no vino a hacer su voluntad, sino la de su Padre. Sólo él es uno con el Padre y por tanto, sólo él, con su sacrificio podrá redimirnos. Sólo ese redentor podrá sacarnos de las muertes que hemos acarreado sobre nosotros mismos. Solo él podrá retirar la piedra . Sólo él, como lo hizo con Lázaro, se conmueve ante nuestra muerte. Sólo Él ha vencido a la muerte. Y sólo él, compasivo y misericordioso, rico en piedad y leal, nos sacará."
Algún tiempo después celebraban los judíos una fiesta, por lo que Jesús regresó a Jerusalén.En Jerusalén, cerca de la puerta llamada de las Ovejas, hay un estanque llamado en hebreo Betzatá. Tiene cinco pórticos,en los que, echados en el suelo, se encontraban muchos enfermos, ciegos, cojos y tullidos.
Había entre ellos un hombre enfermo desde hacía treinta y ocho años.Cuando Jesús lo vio allí tendido y supo del mucho tiempo que llevaba enfermo, le preguntó:
– ¿Quieres recobrar la salud?
El enfermo le contestó:
– Señor, no tengo a nadie que me meta en el estanque cuando se remueve el agua. Para cuando llego, ya se me ha adelantado otro.
Jesús le dijo:
– Levántate, recoge tu camilla y anda.
En aquel momento el hombre recobró la salud, recogió su camilla y echó a andar. Pero como era sábado,los judíos dijeron al que había sido sanado:
– Hoy es sábado; no te está permitido llevar tu camilla.
El hombre les contestó:
– El que me devolvió la salud me dijo: ‘Recoge tu camilla y anda.’
Ellos le preguntaron:
– ¿Quién es el que te dijo: ‘Recoge tu camilla y anda’?
Pero el hombre no sabía quién le había curado, porque Jesús había desaparecido entre la multitud.Después, en el templo, Jesús se encontró con él y le dijo:
– Mira, ahora que ya has recobrado la salud no vuelvas a pecar, no sea que te pase algo peor.
El hombre se fue y dijo a los judíos que Jesús era quien le había devuelto la salud.Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
(Jn 5,1-3.5-16)
Como en el evangelio del sábado, hoy también se nos narra una curación en la que aparece una piscina. El sábado un ciego al lavarse en Siloé recupera la vista. Hoy encontramos un paralítico que no puede echarse a la piscina cuando el ángel la remueve porque nadie le ayuda. Jesús lo cura sin necesidad de echarse al agua. Quizá nos indica que Jesús es el agua viva, el agua que nos cura.
Jesús cura al paralítico aunque este no sabe quien es. Cuando lo reconoce habla a todos de Él. Debemos ayudar a "caminar" a todos. Quizá con esta ayuda logremos que hablen de Jesús, que lo reconozcan. Y debemos comprender, que ayudar a los demás, pasa por encima de todo, como Jesús lo hacía pasar por encima del sábado.
"En estos últimos meses, en España muchos pueblos, sobre todo del sur, seguramente lo último que quieren ver es agua. El agua ha sepultado campos y propiedades, ha anegado casas, ha forzado a muchos a salir de sus casas, ha causado graves pérdidas. Pero también es verdad que sin agua no podemos vivir.
Las lecturas hoy nos presentan el agua –agua por todas partes del Templo y el agua de la piscina de Siloé– como algo bueno, dador de vida. Según vamos avanzando hacia la Pascua, los temas de luz, agua y vida se van presentando como preparación catecumenal, hacia la Vigilia Pascual, en la que celebraremos el fuego nuevo, la luz del resucitado, el agua bautismal.
Destrucción por agua y vida por agua no son cosas incompatibles. Al fin y al cabo, la vida nueva que celebramos es la gracia bautismal, y bautismo significa sepultura… El agua que sepulta lo antiguo, al “hombre viejo”, y el agua en que somos sepultados con Cristo para resucitar con él. En una más pequeña, pero simbólica medida, está el agua de la piscina que cura la parálisis del pobre hombre sentado al borde y sin poder entrar en las aguas liberadoras, “porque nadie las mueve…” Quizá nosotros también estemos a veces, ni siquiera esperando, pero incapaces de movernos de la parálisis que puede ser el miedo, el resentimiento, el orgullo, el egoísmo o la pereza, o cualquier otro de los pecados capitales, porque nadie “nos mueve”… Otros muchos puede que estén sentados con la misma parálisis porque no hay quien les mueva el agua. Es decir, porque no hay para ellos quien cumpla su tarea evangelizadora. Quizá no debamos esperar a que alguien nos mueva el agua; quizá no debamos esperar a que otros muevan el agua de los paralizados… El paralítico se levantó, pero fue proclamando quién había hecho eso por él. Tenemos que reconocer, una vez más, nuestra sepultura en Cristo y la nueva vida que nos impulsa a la misión evangelizadora y emprender nuestra obligada tarea bautismal de enterrar y dar vida, de ir a todos los rincones de la tierra. La obligación de evangelizar es ahora. Sin espera."
Dos días más tarde salió Jesús de Samaria y continuó su viaje a Galilea.Porque, como él mismo afirmaba, a ningún profeta lo honran en su propia tierra.Al llegar a Galilea fue bien recibido por los galileos, porque también ellos habían estado en Jerusalén en la fiesta de la Pascua y habían visto todo lo que él hizo entonces.
Jesús regresó a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Se encontraba allí un alto oficial del rey, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún.Cuando este oficial supo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle y le rogó que bajase a su casa a sanar a su hijo, que se estaba muriendo.Jesús le contestó:
– No creeréis, si no veis señales y milagros.
Pero el oficial insistió:
– Señor, ven pronto, antes que mi hijo muera.
Jesús le dijo entonces:
– Vuelve a casa. Tu hijo vive.
El hombre creyó lo que Jesús le había dicho, y se fue. Mientras regresaba a casa, sus criados salieron a su encuentro y le dijeron:
– ¡Tu hijo vive!
Les preguntó a qué hora había comenzado a sentirse mejor su hijo, y le contestaron:
– Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre.
El padre se dio cuenta entonces de que a esa misma hora le había dicho Jesús: “Tu hijo vive”. Y él y toda su familia creyeron en Jesús.
Esta fue la segunda señal milagrosa hecha por Jesús al volver de Judea a Galilea.
(Jn 4,43-54)
El oficial nos da ejemplo de confianza en Jesús. Él le dice que su hijo vive y el cree y regresa a casa. Allí le dirán la hora de la curación y verá que coincide con la que Jesús le dijo: Tu hijo vive.
El oficial cree, pero en realidad ya demostró creer al confiar en la Palabra de Jesús. Esta confianza debe presidir nuestra vida. Ocurra lo que nos ocurra, sabemos que Él nunca nos abandonará.
"Parecería que, más que en Cuaresma, estamos en Adviento, con toda esa alegría proclamada en la lectura de Isaías. La verdad es que cuadra muy bien al tiempo de Cuaresma, que no es tan sombrío como a veces hemos pensado. Caminamos hacia algo nuevo, hacia la gloria y la Resurrección. Es cierto que estamos en tiempos, política y ambientalmente, difíciles y oscuros. Pero hay que creer en el tiempo de Cristo. En el salmo no es tiempo, sino “eternamente”, es decir, sin tiempo ni espacio. Pero para el funcionario romano con el hijo enfermo, es exactamente la 1 de la tarde. El tiempo preciso de Dios. La 1 de la tarde, para los que creemos, es toda hora en que se escucha el anuncio de salvación. Es todo momento en que se celebra la Misa en cualquier lugar del mundo (es decir, constantemente), porque eso realiza constantemente la redención. Es eternamente, sin tiempo ni espacio. Pero también es aquí y ahora. Nos dice el Evangelio que el funcionario romano “creyó”. Creyó sin ver y sin hora concreta. Se puso en camino hacia eso “nuevo” anunciado, que no había visto. Y se le cumplió exactamente a la hora en que se le había dicho. Se cumple la sanación, es decir, la salvación, en el mismísimo minuto en que se anuncia. Es decir, aquí y ahora.
La cuestión es creerlo y ponerse en marcha para comprobar la salvación. Para estas fechas, es probable que nuestros propósitos de Cuaresma hayan dado al traste. Hay algo de cansancio en el esfuerzo del camino. Y entonces, quizá quede desdibujada la promesa. No es que la promesa se cumpla solamente si nos esforzamos; pero es posible que no nos demos cuenta de que así ha sido. Y si no nos damos cuenta, quizá no obtengamos sus frutos. Es posible que perdamos de vista la resurrección y la gloria, porque ya nos cansa el esfuerzo de marchar hacia ella. Llegar a casa pasando por el esfuerzo de la Cruz de Cristo y oír proclamada la resurrección el día de Pascua, el anuncio de todo lo nuevo, es lo que esperamos. Se cumplió a la 1, es decir, cuando nos pusimos en camino en fe. Y, aunque en momentos lo hayamos abandonado, o difuminado, lo bueno es que todavía hay tiempo. Todavía es la 1, la hora en que se cumplió. Alabaré eternamente tu misericordia."
Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego.Los discípulos le preguntaron:
– Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado? Jesús les contestó: – Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios.Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar.Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo. Dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego.Luego le dijo: – Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: “Enviado”). El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía.Los vecinos y los que otras veces le habían visto pedir limosna se preguntaban: – ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna? Unos decían: – Sí, es él. Y otros: – No, no es él, aunque se le parece. Pero él decía: – Sí, soy yo. Le preguntaron: – ¿Y cómo es que ahora puedes ver?–Él contestó: – Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: ‘Ve al estanque de Siloé y lávate.' Yo fui, me lavé y comencé a ver. Unos le preguntaron: – ¿Dónde está ese hombre? Él respondió: – No lo sé. El día en que Jesús hizo lodo y dio la vista al ciego, era sábado. Por eso llevaron ante los fariseos al que había sido ciego,y ellos le preguntaron cómo era que podía ver. Les contestó: – Me puso lodo sobre los ojos, me lavé y ahora veo. Algunos fariseos dijeron: – El que hizo eso no puede ser de Dios, porque no respeta el sábado. Pero otros decían: – ¿Cómo puede alguien, siendo pecador, hacer esas señales milagrosas? De manera que estaban divididos.Volvieron a preguntar al que había sido ciego: – Puesto que te ha dado la vista, ¿qué dices tú de ese hombre? – Yo digo que es un profeta – contestó. Pero los judíos no quisieron creer que se trataba del mismo ciego, que ahora podía ver, hasta que llamaron a sus padresy les preguntaron: – ¿Es este vuestro hijo? ¿Decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? Sus padres contestaron: – Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego,pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco sabemos quién le dio la vista. Preguntádselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo. Sus padres dijeron esto por miedo, porque los judíos se habían puesto de acuerdo para expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociese a Jesús como el Mesías.Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad; preguntádselo a él.” Los judíos volvieron a llamar al que había sido ciego y le dijeron: – Reconoce la verdad delante de Dios: nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Él les contestó: – Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo. Volvieron a preguntarle: – ¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista? Les contestó: – Ya os lo he dicho, pero no me hacéis caso. ¿Para qué queréis que lo repita? ¿Es que también vosotros queréis seguirle? Entonces le insultaron y le dijeron: – ¡Tú sigues a ese hombre, pero nosotros seguimos a Moisés!Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero ese ni siquiera sabemos de dónde ha salido. El hombre les contestó: – ¡Qué cosa tan rara, que vosotros no sabéis de dónde ha salido y a mí me ha dado la vista!Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino solamente a quienes le adoran y hacen su voluntad.Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a un ciego de nacimiento:si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada. Le dijeron entonces: – Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros? Y lo expulsaron de la sinagoga. Jesús se enteró de que habían expulsado de la sinagoga a aquel ciego. Cuando se encontró con él le preguntó: – ¿Tú crees en el Hijo del hombre? Él le dijo: – Señor, dime quién es, para que crea en él. Le contestó Jesús: – Ya le has visto. Soy yo, con quien estás hablando. El hombre le respondió: – Creo, Señor – y se puso de rodillas delante de él. Dijo Jesús: – Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y los que ven se vuelvan ciegos. Al oir esto, algunos fariseos que estaban reunidos con él le preguntaron: – ¿Acaso nosotros también somos ciegos? Jesús les contestó: – Si fuerais ciegos, no tendríais la culpa de vuestros pecados; pero como decís que veis, sois culpables.
Jesús nos ayuda a ver. Él nos muestra a los necesitados. Él nos conduce al pobre, al inmigrante, al enfermo, al perseguido...Y nos los hace ver. Nos pide que los amemos. Quiere que les entreguemos nuestras vidas como hizo Él en la Cruz.
" (...) Si David se convirtió en testigo del Señor, también lo hizo el ciego de nacimiento. Para la sociedad, era un marginado, inhábil e incapaz de cualquier cosa, por enfermo y, consiguientemente, pecador. Es a él al que Cristo se acerca, para que se manifiesten las obras de Dios. Se fija en él, lo llama, lo elige y le encarga una nueva misión. Le cambia la vida, aunque poco a poco. Como le pasó a la samaritana. Igual que la protagonista del Evangelio de la semana pasada, al principio no sabía bien con Quién estaba hablando. Sólo gradualmente se va abriendo su mente, y acaba reconociéndole como al Mesías. Recuperando la visión física, se le abren también los ojos del alma.
La samaritana corrió a hablar del “profeta” con el que se había encontrado, y el exciego tampoco tarda en hablar de su encuentro con Jesús. Primero da testimonio ante sus paisanos de ese hombre, que dudan de si es él o uno que se le parece. Después ante los fariseos, que querían acusar a Jesús de curar en sábado, cosa prohibidísima por la ley. En su presencia, reconoce al que le ha devuelto la vista como “un profeta”. En una segunda visita (que no aparece hoy en la lectura, cfr. Jn 9, 27-34) se reconoce como “discípulo de Jesús”. Y no solo eso, sino que les pregunta si también ellos quieren convertirse en discípulos de Jesús. Por supuesto, acaban expulsando a este hombre de la sinagoga. Ya no es de los suyos.
Por fin, acaba confesando su fe delante del mismo Cristo. El Maestro le hace la pregunta que acabará de cambiar la vida de este personaje: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ¿Quién es? El mismo Jesús le dice: “Lo estás viendo”. Porque, después de la curación, ya no era ciego, ni física ni espiritualmente. Y sigue la confesión de fe: “Creo, Señor”. La misma que han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia tantas y tantas personas, como lo hicimos nosotros (o lo hicieron por nosotros) el día de nuestro Bautismo.
El tiempo de Cuaresma es una catequesis que nos ha de preparar para “caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor”, como dice San Pablo hoy a los cristianos de Éfeso. Jesús es la LUZ, con mayúsculas, esa que nos ayudará a verle a Él cerca de nosotros, y a vernos a nosotros mismos, y reconocernos como sus discípulos, invitados a dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros y en nuestras vidas. No somos “superhombres”, tampoco David y el ciego lo fueron, pero con la fuerza de Dios llegaron a ser “como una luz” en medio de las personas con las que convivían, y eso sí que está a nuestro alcance.
Este domingo cuarto de Cuaresma nos invita a la conversión, a abrir los ojos para sanarnos de los prejuicios, a un cambio de actitud y mentalidad, a ver de verdad la vida, como Dios la ve, tal cual es y no como la hemos opacado. Caminemos como hijos de la luz y demos mucho fruto, fruto de bondad, justicia y verdad, como dice el Apóstol. Renovemos cada día esa afirmación del protagonista de nuestro Evangelio de hoy, repitiendo con convicción: “Creo, Señor”. Seamos verdaderos hijos de la luz."
Jesús contó esta otra parábola para algunos que se consideraban a sí mismos justos y despreciaban a los demás: Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma.El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos.Ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.’A cierta distancia, el cobrador de impuestos ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!’Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido.
(Lc 18,9-14)
"La víctima que ofrezco es un corazón arrepentido". El fariseo se creía diferente a los demás y, además, los juzgaba y los despreciaba. El publicano, se sabía pecador y se arrepentía, pedía perdón. Y Jesús nos dice que prefiere al publicano y no al fariseo.
Jesús valora nuestra sinceridad, nuestra humildad. No importa que cumplamos la ley, que hagamos muchas ceremonias, si todo lo hacemos para que los demás se admiren de nosotros y digan qué buenos somos. Jesús quiere que nos veamos tal cual somos. Todos tenemos defectos. Todos fallamos. Lo que Él quiere es que nos aceptemos y pidamos perdón.
"“Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”. Esta afirmación que el profeta Oseas pone en labios de Dios, sintetiza una de las crisis más fuertes que Israel atravesó en la etapa de la monarquía. La tentación que siempre retornaba era la de sustituir el esfuerzo por cumplir los mandatos de la ley, con el culto que se realizaba en el templo (los sacrificios y holocaustos). Tal reemplazo significaba, en la práctica, pervertir la relación religiosa. Pues ya no se trataba de hacer la voluntad de Dios, mediante el instrumento de la Ley, sino de reparar con la sangre de los animales sacrificados u ofrecidos en holocausto el honor ofendido de Yahvé, a causa de nuestros pecados. Por esa vía, los rituales de purificación y de comunión que los sacrificios expresaban se retorcían de forma autoreferencial: tenían la finalidad de saberse y sentirse limpios ante Dios (aunque carezcamos de una verdadera relación con él): hemos cumplido lo mandado y nadie puede reprocharnos nada.
De este modo en lugar de confrontarse con Dios, que siempre implicaba un riesgo y una exigencia de autenticidad, (a Dios no es posible engañarlo), uno se confrontaba con las exigencias rituales y las normas, mucho más simples, objetivas y “controlables” que se trataban de cumplir en todos sus detalles. La esencia del problema residía en que, en lugar de pedir perdón, y entregarse al juego de la relación personal con Dios, se invocaba el cumplimiento de los rituales para sentirse autojustificados. A la vez, se sentían autorizados para criticar y condenar a quienes no podían cumplir el cúmulo de mandamientos. La ley y los ritos, en vez de ser una vía para la comunión con Dios, se volvían un muro que separaba de Dios, no sólo a quienes no llegaban a cumplir los preceptos, sino – y esto es lo trágico – a quienes se esforzaban al máximo por cumplirlos, porque sólo les servían para autoglorificarse. Pero no les justificaban ante Dios. Sólo quien delante de Dios, es capaz de reconocer su pecado y de pedir misericordia queda justificado. La parábola del fariseo y el publicano que oran en el templo ejemplifica con nitidez esta dificultad."