miércoles, 25 de febrero de 2026

LA SEÑAL ES SU AMOR



La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
– La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás.
(Lc 11,29-32)

Pedimos señales y lo que Jesús nos pide es Fe. Confianza en Él. Jesús quiere que le sigamos, que nos convirtamos, que cambiemos, porque confiamos en Él, no por milagros o señales. Es el Amor que Él da a todo el mundo, el que nos debe atraer y llevarnos a Amar a todos como hace Él. La señal es su Amor.

"Siempre que leo este pasaje me viene a la memoria una frase de Jesús que parece opuesta a lo que hoy escuchamos: aquí hay uno que es más que Salomón y aquí hay uno que es más que Jonás, y lo leído en Mt. 11, 29: aprended de Mi que soy manso y humilde de corazón. Esta contradicción la resuelve Santa Teresa con su sentencia categórica en “Las moradas”: la humildad es la verdad.
Jesús, que dice de sí mismo ser Camino, Verdad y Vida, no se muestra como un monomaníaco de ideas delirantes ni en esa expresión ni en otras que aparecen en los relatos evangélicos. Se muestra como quien es: Dios hecho hombre. Un hombre perfectísimo, el más hermoso de los hombres, el esperado por las naciones, el redentor y salvador.
Entre la multitud que le sigue, escribas y fariseos exigen a Jesús una prueba milagrosa, irrefutable como condición para creer en sus palabras. Él se niega porque conoce su obstinación y su rechazo. Sencillamente no quieren cambiar, no quieren convertirse. Sobre todo, Dios no se deja instrumentalizar: no dará la gracia de la conversión a quien la pide con hipocresía. El único signo es Jonás: un profeta bastante remiso y nada entusiasta de la misión pero al que los ninivitas creyeron y se convirtieron. Ellos juzgarán la dureza de corazón de esta generación perversa. Como la reina de Saba, que también los juzgará porque llegó uno mayor que Salomón.
Jonás, es un personaje que, como muchísimos del Antiguo Testamento, prefigura al Mesías esperado por Israel. Seguramente uno de los mencionados por Jesús resucitado en su encuen-tro con los discípulos de Emaús. Así se ha interpretado también la referencia al “signo de Jo-nás” establecido por una comparación simbólica: Jonás desapareció durante tres días y tres noches en el vientre de un gran pez, Jesús anunció que estaría tres días y tres noches en el corazón de la tierra. Por supuesto la asociación no aparece en el pasaje que se lee en la Misa de hoy, pero es bastante clara desde el inicio de la predicación apostólica. A nosotros, los discípulos de hoy el símbolo nos remite a la clave de nuestra profesión de fe: por nosotros murió y resucitó para hacernos partícipes de su gloria. Claro que estaremos en su gloria si hemos acogido su palabra con una confianza total en Quien es la Verdad."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 24 de febrero de 2026

LA ORACIÓN ES UNA ACTITUD




 Y al orar no repitas palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará más caso. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis aun antes de habérselo pedido. Vosotros debéis orar así:
‘Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra
así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación,
sino líbranos del maligno.’
Porque si vosotros perdonáis a los demás el mal que os hayan hecho, vuestro Padre que está en el cielo os perdonará también a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis.

Jesús nos dice que la oración no son palabras. La oración es Fe. Es ponerse en presencia de Dios. Ser conscientes de que Él está con nosotros. Rezar es vivir la vida con una intención concreta: la de alabar al Padre y la de perdonar para ser perdonados.
La oración no son palabras, es una actitud. 

"He preguntado a la inteligencia artificial el número de Padrenuestros que se recita diariamente en el mundo. Me dice que puede estimarse entre 1.500 y 2.500 millones. También me dice que donde más se reza es en África, especialmente en Nigeria y Uganda. Sigue la lista con Hispanoamérica y Estados Unidos. Europa va bastante por debajo… Y así, muchos datos más que indican que es la oración que bate todos los récords.
En lo alto del Monte de los Olivos, en Jerusalén, se alza la Iglesia del Paternoster y en el claustro y espacios anejos, la oración está grabada en azulejos en 140 idiomas… El lugar, dice la tradición, es precisamente dónde los discípulos pidieron al Maestro que les enseñara a orar.
Es seguro que, además de recitado, supera en comentarios a cualquier otro texto de cualquier género y de cualquier creencia. Así que ¿qué puedo escribir yo que no haya sido escrito mejor por cientos de autores (creyentes o no) y cientos de santos, desde Gregorio de Nisa hasta Carlo Acutis?…
Bueno, me limitaré a recomendar el comentario de San Agustín, que define la oración como “itinerario de la felicidad”, con un subrayado en el “nosotros”, desde la primera frase. Dios es nuestro Padre y esto nos hace hermanos por gracia. Al rezar, aunque lo hagamos solos y no en grupo, el Padre nuestro nos sitúa en la comunidad de fe, pero también en la comunidad humana, como hermanos, hijos del Padre Creador, hermanos de Jesús el Hijo y corazones que pueden ser habitados por el Espíritu Santo. Que pidamos la gracia de decirlo, no mecánicamente, sino “acariciando” amorosa y agradecidamente cada palabra.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 23 de febrero de 2026

AMAR A JESÚS

 


 Cuando venga el Hijo del hombre rodeado de esplendor y de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones se reunirán delante de él, y él separará a unos de otros como el pastor separa las ovejas de las cabras. Pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Y dirá el Rey a los de su derecha: ‘Venid vosotros, los que mi Padre ha bendecido: recibid el reino que se os ha preparado desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recibisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, caí enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y vinisteis a verme.’ Entonces los justos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿O cuándo te vimos forastero y te recibimos, o falto de ropa y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?’ El Rey les contestará: ‘Os aseguro que todo lo que hicisteis por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicisteis.’
Luego dirá el Rey a los de su izquierda: ‘Apartaos de mí, malditos: id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me recibisteis, anduve sin ropa y no me vestisteis, caí enfermo y estuve en la cárcel, y no me visitasteis.’ Entonces ellos preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o falto de ropa, o enfermo o en la cárcel, y no te ayudamos?’ El Rey les contestará: ‘Os aseguro que todo lo que no hicisteis por una de estas personas más humildes, tampoco por mí lo hicisteis.’ Estos irán al castigo eterno, y los justos, a la vida eterna.
(Mt 25,31-46)

Jesús nos enseña hoy dónde debemos encontrar a Dios: en el pobre, en el enfermo, en el perseguido, en el necesitado...Nos enseña que el verdadero Amor es más importante que los ritos, las explicaciones teológicas, las penitencias. De ahí la sorpresa de quienes han amado al débil y quizá se declararon agnósticos o ateos y se ven a la derecha entre las "ovejas". Sin saberlo aman a Dios, que se nos hace presente en el débil, en el pequeño.

"Salta a la vista la relación estrechísima entre las lecturas de hoy del Levítico y del Evangelio de Mateo. Digamos que las dos se refieren al núcleo esencial de la existencia cristiana. Hablan del amor… O mejor del Amor que incide en toda nuestra vida y santifica, nos hace santos.
La primera lectura, después de describir las conductas que hay que erradicar, siempre precedidas de un “No” rotundo, concluye con una afirmación: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” y la razón para hacerlo es que quien habla es el Señor. Y como nos dirá Juan en su Evangelio “Dios es amor” y nos ha creado a su imagen.
Casi tres milenios después el mandato sigue vigente, solo que hemos enredado tanto con las palabras que es posible que el término se haya distanciado o extraviado demasiado de su sentido primero. Hace unos años, creo, se estrenó una película cuyo título era Por qué lo llamamos amor si queremos decir sexo. Cambiando la última palabra hagamos el ejercicio de preguntarnos por las segundas intenciones que tenemos a veces cuando actuamos supuestamente por amor. Las respuestas pueden ser variadas: para reforzar nuestra autoestima, para ser admirados, para sentirnos buenas personas, para que nos aplaudan, para alardear discretamente de alguna superioridad moral, para sentirnos dentro del grupo de los “buenos”, para contarnos entre los elegidos…
La segunda lectura nos da la clave para amar al prójimo con un corazón limpio. Jesús anuncia su venida en su gloria cuando separará a los que hicieron el bien de los que no lo hicieron, con una fórmula luminosa: Él es la medida porque cada vez que hicimos algo bueno por el prójimo lo hicimos por Él.
Tenemos que aprender a ver al Señor en el hambriento, el enfermo, el necesitado, el pobre. Y para aprender con verdad a verlo, necesitamos de su gracia. Resumiendo: actuemos por amor y con amor en defensa y para hacer el bien a quienes necesitan nuestra ayuda, teniendo impresa en el corazón la imagen de Jesucristo, el Señor."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 22 de febrero de 2026

VENCER LA TENTACIÓN




 Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo le pusiera a prueba.
Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer, y después sintió hambre. Se acercó el diablo a Jesús para ponerle a prueba, y le dijo:
– Si de veras eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes.
Pero Jesús le contestó:
– La Escritura dice: ‘No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de los labios de Dios.’
Luego el diablo lo llevó a la santa ciudad de Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo:
– Si de veras eres Hijo de Dios, échate abajo, porque la Escritura dice:
‘Dios mandará a sus ángeles que te cuiden.
Te levantarán con sus manos
para que no tropieces con ninguna piedra.’
Jesús le contestó:
– También dice la Escritura: ‘No pongas a prueba al Señor tu Dios.’
Finalmente el diablo le llevó a un monte muy alto, y mostrándole todos los países del mundo y su grandeza le dijo:
– Yo te daré todo esto, si te arrodillas y me adoras.
Jesús le contestó:
– Vete, Satanás, porque la Escritura dice: ‘Adora al Señor tu Dios y sírvele solo a él.’
Entonces el diablo se apartó, y unos ángeles acudieron a servirle.
(Mt 4,1-11)

"Comienza el tiempo litúrgico de Cuaresma y, como todos los años, lo hace con el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Para que no se nos olvide que somos tentados a menudo, por un lado, y para que recordemos que las tentaciones pueden ser vencidas, por otro.
El miércoles pasado dimos comienzo a un tiempo nuevo en la liturgia: el tiempo de Cuaresma. Son cuarenta días de preparativos. La Pascua, que es la celebración central del año litúrgico, viene precedida de este tiempo de preparación de cuarenta días que es la Cuaresma y se prolonga en la cincuentena pascual, que se cierra con la solemnidad de Pentecostés.
Cada domingo de este tiempo preparatorio representa un mojón en nuestro camino cuaresmal. Procuremos avanzar a lo largo de la semana impulsados por la celebración dominical.
Cuántas veces hemos exclamado: ¡En qué mundo vivimos! Algo que nos confirma diariamente la experiencia es que vivimos en un mundo roto. Vivimos en estado de separación. Estamos separados de Dios: somos bien conscientes de que Dios es el Santo y nosotros somos los pecadores. Estamos separados de los demás: advertimos cuánta falta de armonía, de entendimiento, de aceptación mutua hay entre nosotros. El equilibrio es demasiado inestable: conflictos internacionales, guerras civiles, dominio de unos pueblos sobre otros, insuficiente solidaridad con los más débiles, tendencias disgregadoras, labilidad de las uniones entre las personas… Y en nuestro mundo personal nos percatamos de que no estamos reconciliados cada uno consigo mismo: nos damos cuenta de las rupturas interiores que nos habitan.
Además del pecado, la muerte: somos demasiado conscientes de la fragilidad, caducidad y precariedad de nuestra vida. Es un soplo, aparece como una momentánea e insegura vibración de luz entre dos tinieblas que la envuelven.
Todo eso es verdad. Y, sin embargo, el mensaje de Pablo suena con tonos de un profundo optimismo: vivimos en un mundo últimamente amigo. Podemos cantar la victoria de la gracia sobre el pecado, la victoria de la vida sobre la muerte. No importa la fuerza con que suenen las disarmonías. Es más fuerte el acorde de fondo. Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.
En el Evangelio lo seguidores de Jesús recibimos tres invitaciones en las respuestas de Jesús al tentador.
Una primera invitación (no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios) nos propone vivir más abiertos a la Palabra de Dios en este tiempo de Cuaresma. Si disponemos de un misal en casa, podemos leer y meditar cada día las dos lecturas que nos propone la liturgia de la misa. ¡Cuántas veces hemos cantado!: Tu palabra me da vida, confío en ti, Señor, tu Palabra es eterna, en ella esperaré. Si somos asiduos a esta lectura y a esta meditación, experimentaremos cómo su palabra, su verdad, vertebrará reciamente nuestra personalidad.
Vale para la Iglesia y cada uno. Tenemos que empatizar con todo el que sufre hambre y con todas las necesidades. Pero la solución no es el milagro fá­cil. No dar pan, sino exigir que no haya hambrientos, con nuestro compromiso social.
Jesús niega ser un superhombre que pueda volar por los aires. Rehúye el mesianismo de la ostentación y del triunfo. Su mesianismo es el del servicio. Nos invita a ser testigos del evangelio en la vida diaria, aunque seamos testigos más bien grises, sin brillo especial. Hemos de mostrar la fecundidad de nuestra filiación divina en que seguimos al Mesías en su condición de servidor. Seremos testigos fecundos a través de nuestro servicio.
Vale para la Iglesia y para nosotros. Tenemos a veces la tentación de presentarnos como bajados del cie­lo, hablando con elocuencia admirable. De hablar desde el pulpito, desde arri­ba, desde nuestro saber teológico. De no ponernos al nivel del pueblo, de la gente llana. Pero la evangelización, ya sabemos, no se ejerce con humana sabiduría, ni desde la altura o la lejanía, sino desde la encarnación.
Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él le darás culto. Reservemos momentos para el encuentro y para la adoración de Dios. Si dejamos que Él ocupe su sitio, habrá más orden, más armonía, más reconciliación en nuestra vida.
Vale para la Iglesia y para nosotros. Cuando la Iglesia se alió con el poder, a partir de Constantino, Pipino, los emperadores sacros… la Iglesia tuvo un éxito extraordinario, controlando la cultura, la acción social y gran parte de la polí­tica. Era la Cristiandad imperante. El triunfalismo. Dicen algunos: “¿A qué se reduce hoy la Iglesia? Su declive va en picado, caída libre en todos los aspectos; cada vez menos respetada y valorada. Que siga con su opción por los pobres, a ver cuánto dura.” Pero la Iglesia no es poder, sino fermento, levadura en el mundo. La salvación nos vino desde la luz y desde la cruz.
Porque Cristo es Buena Nueva para el hombre. Cristo es el ideal humano conse­guido, la meta anticipada. Cristo es, por lo tanto, el fundamento de nuestra es­peranza y el estímulo para nuestro compromiso. Pero es también nuestra ayuda. Sin ella, el hombre derrotado y herido no podría ponerse en pie; o, al menos, poco podría andar sin volver a caer.
Lo que distingue al nuevo Adán con relación al primero es que está lleno del Espíritu Santo y se deja guiar por Él; que escucha antes la palabra del Pa­dre que la palabra del diablo. Adán duda y desobedece, Cristo escucha y obe­dece. Y así Cristo nos enseñará a escuchar, a obedecer y a vencer. Es el gran Restaurador, que diría Ireneo. Éste será siempre el camino a seguir en nuestra sanación y liberación. Si queremos dejar de ser hijos de Adán y Eva y llegar a ser verdaderos hijos de Dios, miremos a Cristo y compenetrémonos con Él; sigamos los pasos de Cris­to y asumamos sus sentimientos. Llegaremos a ser hombres nuevos.
Ojalá estas invitaciones no caigan en saco roto. Si las secundamos, maduraremos como hijos de Dios."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 21 de febrero de 2026

JESÚS NOS LLAMA A TODOS

  


Después de esto, Jesús salió y se fijó en uno de los que cobraban impuestos para Roma. Se llamaba Leví y estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos. Jesús le dijo:
– Sígueme.
Entonces Leví se levantó, y dejándolo todo siguió a Jesús.
Más tarde, Leví hizo en su casa una gran fiesta en honor de Jesús; y muchos de los que cobraban impuestos para Roma, junto con otras personas, estaban sentados con ellos a la mesa. Pero los fariseos y los maestros de la ley pertenecientes a este partido comenzaron a criticar a los discípulos de Jesús. Les decían:
– ¿Por qué coméis y bebéis con los cobradores de impuestos y los pecadores?
Jesús les contestó:
– Los que gozan de buena salud no necesitan médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan a Dios.

Jesús escandaliza a los fariseos porque llama a un recaudador de impuestos para Roma y luego come en su casa con sus amigos. 
Jesús llama a quien quiere; por eso nosotros no debemos despreciar a nadie y acercarnos a todas las personas. Quizá Dios se sirva de nosotros para llamarlos a seguirle. Es lo que el Papa Francisco llamaba ir a las fronteras. Todos necesitan nuestro Amor y no debemos negárselo a nadie.

"¿Cuál es la actitud de Jesús ante el pecado? A veces, a causa de la confrontación con los fariseos y los escribas, que se consideraban justos, podemos tener la impresión que Jesús acogía a los pecadores sin más, en su condición de pecadores, y sin más exigencias. Pero esto no es así. Dios odia el pecado, pero ama al pecador. Porque el pecado nos mengua, nos limita y puede llegar a destruirnos. El amor al pecador significa llamar a la conversión. Y la conversión no es sólo la voluntad de renunciar al mal, como suena la fuerte llamada de Isaías, sino ponerse en el camino del bien. De ahí que Jesús no se acerque a Leví y le suelte un discurso moralizante, haciéndole ver el mal que está haciendo, para que deje ese estilo de vida, sino que lo llama directamente al seguimiento, a convertirse en un apóstol, en un enviado de la buena noticia del Evangelio. Jesús no sólo venda las heridas, sino que, como buen médico, restablece la salud; no se limita a denunciar el mal, sino que llama a un ideal de Bien absoluto. En la respuesta de Jesús a los fariseos y escribas suena también esa misma llamada. El mal de estos pretendidos justos es más grave, porque está escondido bajo una capa de aparente virtud. Pero también a ellos se dirige la llamada a la conversión y la oferta de curación.
Nosotros somos en ocasiones como Leví, sentados en nuestra mesa de impuestos, en nuestro pequeño mundo de intereses pequeños, a veces mezquinos, con sus inquinas y sus malas costumbres, pero que se han convertido en nuestra cotidianidad. Y a esa mesa se acerca Jesús para que demos un paso, para que iniciemos un camino. Y no debemos buscar la excusa de que, en realidad, nosotros ya estamos convertidos y ya hemos respondido a la llamada, pues llevamos un vida pasablemente cristiana. Si es así, podemos vernos en los escribas y fariseos, y escuchar la incómoda crítica de Jesús: no nos creamos justos, porque también los que se consideran así están necesitados de conversión, tal vez más que los que cometen pecados patentes, también a esos (a nosotros) les dice Jesús “sígueme”.
Y no olvidemos que la respuesta a la llamada es el preludio de una gran fiesta."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 20 de febrero de 2026

NO PODEMOS ESTAR TRISTES




Los seguidores de Juan el Bautista se acercaron a Jesús y le preguntaron:
– Nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia: ¿Por qué tus discípulos no ayunan?
Jesús les contestó:
– ¿Acaso pueden estar tristes los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Pero llegará el momento en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.
(Mt 9, 14-15)

No podemos estar tristes si Jesús está con nosotros. Los fariseos ayunaban, pero estaban lejos de Él. Lo que nos pide Jesús em esta Cuaresma es que cambiemos de visa. Ayunar para entregarnos a los demás. La penitencia no tiene sentido si no está relacionada con los otros, si no nos sirve para entregarnos a los demás. Todos los preceptos y las normas están encaminadas a hacernos amar más. Sin Amor, no sirven para nada.

"Muchos identifican el tiempo de Cuaresma con el ayuno, hasta el punto de que en la tradición oriental este tiempo se llama también “el gran ayuno”. Pero el ayuno como tal es algo relativo y secundario, aunque también sea una práctica religiosa venerable. No es extraño que, al comienzo de la Cuaresma, ya el miércoles, Jesús no nos diga que debamos ayunar (y orar y dar limosna), sino cómo debemos hacerlo para que esas prácticas realicen su verdadero sentido, y cómo no, para que no se conviertan en un ejercicio de hipocresía. Isaías fustiga con dureza esa hipocresía, que se cree con derecho de exigir a Dios, en virtud de prácticas acompañadas de actitudes inmorales. Como vemos en el Evangelio de hoy, Jesús relativiza el ayuno, que tanto practicaban los fariseos y los discípulos de Juan, haciéndoles ver algo esencial que se escapaba a sus interlocutores. El ayuno es una privación voluntaria como preparación de algo que se espera. Y Jesús afirma que si sus discípulos no ayunan es porque aquello, o mejor, Aquel al que esperaban ya ha llegado. Se han inaugurado los tiempos mesiánicos, y, por tanto, no es tiempo de renuncias, sino de escucha. Más que renunciar al alimento, es necesario aceptar a Jesús, escuchar su palabra, hacer de ella la norma de nuestra vida. Jesús, el esposo, está entre nosotros, y no debemos distraernos en otras prácticas, por muy sagradas que sean. Es necesario primero prestar atención a lo fundamental, como nos lo recuerda también Isaías: practicar la justicia, oponerse a la injusticia, estar atentos a las necesidades de los que sufren. Y es entonces, cuando nos dedicamos a practicar las obras de la justicia y la misericordia, cuando el ayuno vuelve a aparecer con todo su sentido. Vivir de acuerdo con la Palabra de Jesús significa, con frecuencia, renunciar a algo (alimento, tiempo, dinero, medios…) a lo que tengo derecho, para hacer el bien. Y esa identificación con el Jesús que sufre significa aceptar su cruz, que es a lo que alude Jesús cuando alude al esposo que será arrebatado."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 19 de febrero de 2026

CARGAR LA CRUZ



 Les decía Jesús:
– El Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, y será rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Lo van a matar, pero al tercer día resucitará.
Después dijo a todos:
– El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por causa mía, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si se pierde o se destruye a sí mismo?
(Lc 9,22-25)

Cuando leemos que hemos de tomar la cruz para seguir a Jesús, pensamos en penitencias, dificultades buscadas, problemas...Tomar nuestra cruz es imitar a Jesús. Es entregarnos totalmente a los demás. Esto ya nos traerá dificultades y momentos difíciles, sin buscarlos. Tomar la cruz es amar hasta el final como hizo Jesús. Darnos totalmente a los demás, especialmente a los más débiles, los perseguidos, los pobres...

"(...) Jesús, que es el camino y la verdad que llevan a la vida, no nos engaña. Nos recuerda que no hay atajos, y que el camino del bien es empinado, y la puerta que lleva a la vida es estrecha. Es el camino de la cruz. Pero, cuidado, este camino no es el del sufrimiento por el sufrimiento, ni es la negación de las alegrías de la vida. Es, sencillamente, el camino del amor. El amor verdadero es esforzado, conoce renuncias, está dispuesto a sufrir por la persona amada. Dar la vida por amor es el mejor modo de ganarla. Porque dándola, damos vida a otros, y perdiéndola (en las grandes y pequeñas renuncias que el amor nos exige) abrimos espacio en nosotros para recibir el gran don del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús, que no solo nos exhorta, sino que él mismo ha recorrido ese camino, para que nosotros podamos seguirlo."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)