viernes, 8 de mayo de 2026

EL MANDAMIENTO DE JESÚS

  

Mi mandamiento es este: Que os améis unos a otros como yo os he amado. No hay amor más grande que el que a uno le lleva a dar la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os he escogido a vosotros y os he encargado que vayáis y deis mucho fruto, y que ese fruto permanezca. Así el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto es, pues, lo que os mando: Que os améis unos a otros.
(Jn 15,12-17)

Este es el mandamiento de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ama. Es decir, entregarnos a todos, dar la vida por los demás como Él hizo. ¡Qué lejos estamos de este amor! Pero este es nuestro camino. Luchar cada día para intentarlo, sabiendo que fallaremos, que es una meta difícil, por no decir imposible de conseguir. Pero de lo que se trata es de intentarlo. Se trata de dedicar nuestra vida a Amar. Cada noche debemos preguntarnos cuándo hemos amado y cuándo hemos dejado de hacerlo. Y seguir luchando por conseguir Amar como Él nos ama.

"Ya se ha comentado muchas veces esta especie de “subida del listón” desde la propuesta, ya enormemente exigente, del Antiguo Testamento de amar al prójimo como a uno mismo. Ahora se trata de que nos amemos según el modelo de Jesucristo, que nos amó hasta dar su vida.
Si uno se hace preguntas como estas: “¿quien está en el centro de mi corazón, me preocupa más, cuido más?, ¿para quien trabajo?, ¿qué me ofende?, ¿qué temo?, ¿qué vida creo que he de preservar por encima de todo?, etc, etc., seguramente se encuentra con un Yo mismo del tamaño de una catedral. Incluso si pone por delante a la mujer, al marido, a los hijos, a los padres… sigue estando en su círculo del yo. Son “mis”prójimos y amarlos establece una reciprocidad a veces muy costosa: haz con los otros lo que quisieras que hicieran contigo y no hagas con ellos lo que no quisieras para ti. Pero Jesús propone que el “yo” no sea la medida porque la medida es Él y no la simple reciprocidad humana. Y él nos ha amado hasta morir por nosotros.
Desde Adán y Eva los humanos somos muy propensos a la mentira. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quien lo conocerá?”, dice el profeta Jeremías. Hay que desconfiar del propio corazón, experto en acoger como bueno lo que es falso y en tomar algo sano como el cuidado y amor por uno mismo, querido por el Creador, con eslóganes como “porque tu lo vales” o tomar en serio recetas de autoayuda para deshacernos de “relaciones tóxicas”.
Por las redes corren historias del “despertar” de madres que lamentan haber entregado su vida a la familia y que de alguna manera quieren una revancha o una liberación. Historias de “autoafirmación”, historias en las que el amor se vuelve mercantil: solo se invierte mientras el retorno de inversión emocional fortalece el ego.
Eslóganes perfectamente idiotas nos dicen porque tu lo vales y tu valor es el de un objeto de consumo. Nos dicen sigue a tu corazón, pero el sentimiento no es garantía de verdad. Nos dicen haz lo que te haga feliz y la felicidad individual se convierte en la ley suprema. Nos dicen que nada te cambie y nos cierran a la conversión. Nos dicen primero tu, después tu y luego tu y levantamos un muro que nos aparta de los demás. Hay que rogar incesantemente al Espíritu Santo que nos de la luz, la fuerza y el valor de ir asemejándonos al Maestro."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 7 de mayo de 2026

LA ALEGRÍA DE JESÚS

 


Yo os amo como el Padre me ama a mí; permaneced, pues, en el amor que os tengo. Si obedecéis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa.
(Jn 15, 9-11)

Jesús nos pide que nos mantengamos en su Amor, que es el Amor de Dios. Esto hará que nuestra alegría sea completa. A veces mostramos la religión como algo lleno de dolor y sufrimiento. Jesús nos dice que es alegría. Aunque realmente la vida esté llena de problemas y dificultades, si permanecemos en esa alegría de Jesús, esos problemas no nos la quitarán. Esa alegría nos ayudará a vencerlos, a superarlos.
 
"En una de las iglesias cercanas a mi casa, uno de los sacerdotes, después de la bendición final de la Misa, solía decir: “Que la alegría del Señor sea nuestra fuerza”. Creo que era muy efectivo en mi, porque lo cierto es que al salir, aunque hubiéra estado en babia gran tiempo de la celebración, estaba muy confortada y de buen humor. Seguramente lo mejor de este detalle pequeño es que me llevó al convencimiento de que la alegría de Dios es invencible. Y que está en nosotros si permanecemos en su amor o, precisamente, cuando su alegría es la que nos lleva a querer permanecer en él.
En la mayoría de las biografías de los santos lo más frecuente es encontrar la alegría como un rasgo de carácter o personalidad. Como ser santo no esta reservado a los de temperamento alegre, también los hubo muy serios y un poco sombrones. Alguno, y muy importante por cierto,  incluso llegó a afirmar que Cristo nunca se rió… con el peregrino argumento de que no hay ningún texto evangélico que de fe de la risa de Jesús. Desde luego nadie llega a santo sin abrazar la cruz. En toda vida hay momentos de cruz y en toda vida de santo hay una o muchas cruces que fueron abrazadas con amor. Pero no hay camino de santidad que no se inicie con un deseo ardiente de que no se acabe lo que es un encuentro con la Alegría.
La intensa, fuerte y misteriosa Alegría  de Dios es la respuesta a nuestro anhelo de felicidad, una sed de un bien que excede a lo que podemos conseguir por nosotros mismos y cuya plenitud  llegará porque Cristo lo ha prometido. Chesterton estaba convencido de que la alegría de Cristo era tan pura que era su atributo más divino. En su libro Ortodoxia, sugiere que Jesús pudo ocultar muchas cosas, pero lo que más le costaba ocultar era su regocijo, incluso camino a la Cruz. Para Chesterton, la alegría de la que habla Juan 15,11 es la fuerza que permite a los santos reírse mientras sufren, porque saben que el final de la historia es feliz.
Una de las más bellas composiciones de Bach es la Cantata 147: Jesús sigue siendo mi alegría/ me defiende de toda pena / consuelo y bálsamo de mi corazón / Él es la fuerza de mi vida, / el gozo y el sol de mis ojos, / el tesoro y la delicia de mi alma / por eso no quiero dejar ir a Jesús / fuera de mi corazón y de mi vista.
Es bueno buscar y hallar esta alegría en la oración y en el encuentro con los demás."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 6 de mayo de 2026

UNIDOS A JESÚS




 Yo soy la vida verdadera y mi Padre es el viñador. Si uno de mis sarmientos no da fruto, lo corta; pero si da fruto, lo poda y lo limpia para que dé más. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado. Seguid unidos a mí como yo sigo unido a vosotros. Un sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no está unido a la vid. De igual manera, vosotros no podéis dar fruto si no permanecéis unidos a mí.
Yo soy la vid y vosotros sois los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí nada podéis hacer. El que no permanece unido a mí será echado fuera, y se secará como los sarmientos que se recogen y se queman en el fuego.
Si permanecéis unidos a mí, y si sois fieles a mis enseñanzas, pedid lo que queráis y se os dará. Mi Padre recibe honor cuando vosotros dais mucho fruto y llegáis así a ser verdaderos discípulos míos.
(Jn 15,1-8)

Jesús nos quiere unidos. Junto a Él podemos dar los frutos del Amor. Sin Él no somos nada; nos secamos. Él nos quiere unidos como los sarmientos a la viña. Sólo así podremos dar frutos. Unos frutos que son de Dios, que es el viñador. Esta unión a Jesús es fundamental, imprescindible para hacer el bien, para Amar de verdad.

"En todo lo que conocemos de Jesús por los Evangelios apreciamos un ser humano (el más perfecto) bastante alejado de ese tipo de maestro espiritual que desprecia la materia. Por el contrario, está atento y le gusta lo accesible por los sentidos, lo que se puede tocar, oler, saborear  y ver. Seguramente, por esa atención a lo sensible, durante su vida pública (por supuesto en los milagros, comenzando en Caná,  pero, sobre todo en sus enseñanzas) podemos apreciar a un autor que ve, toca, saborea, conoce y comprende el mundo del trabajo, de los oficios, de las labores cotidianas, de las fiestas… y así sus parábolas y sus ejemplos están repletos de detalles “materiales”.
La lectura del Evangelio de hoy, dentro del larguísimo discurso de la Última Cena, según San Juan, es una exhortación a los discípulos de entonces y a nosotros, cristianos -discípulos de Cristo por definición- de hoy. Es la parábola de la vid y los sarmientos y la invitación: permaneced en Mí.
Sabemos que sin El no podemos hacer nada. Ocurre que a veces lo olvidamos y llegamos a creer que podemos enrolarnos en alguna causa o emprender alguna tarea con nuestra buena preparación, convencimiento, entusiasmo o incluso capacidad para recaudar fondos… sin contar con Cristo o dándolo por supuesto, pero sin que realmente cuente mucho. Incluso podemos llegar a creer que tenemos éxito sin entender que realmente nos aproximamos a ser sarmientos secos y que todo el fruto de ese esfuerzo no sirve para nada: es una selva de ramas con uvas pequeñas y ácidas.
Permanecer en Jesús, como el sarmiento en la viña, implica también someterse a la poda. Al ser una planta trepadora, la vid tiende a crecer indefinidamente y el resultado es un desastre. Hay que someterse a la poda que viene de Dios directamente y siempre será para nuestro bien aunque duela, pero también a aquella de la que somos conscientes y tenemos que hacer pero nos da miedo.
A modo de ejemplos: podar el  activismo de “hacer muchas cosas para Dios” pero no pasar tiempo con El; podar  formas y y maneras que han dado muy poco fruto pero siguen practicándose porque es duro reconocer el fracaso; podar el deseo de reconocimiento, de ser el centro de atención disfrazado de “celo espiritual”; podar el temor a dejar algo tal vez inofensivo pero que nos gratifica… y, en definitiva, nos distrae de lo verdaderamente importante."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 5 de mayo de 2026

LA PAZ DE JESÚS

 
Os dejo la paz. Mi paz os doy, pero no como la dan los que son del mundo. No os angustiéis ni tengáis miedo. Ya me oísteis decir que me voy, y que vendré para estar otra vez con vosotros. Si de veras me amaseis os habríais alegrado al saber que voy al Padre, porque él es más que yo. Os digo esto de antemano, para que, cuando suceda, creáis.
Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el que manda en este mundo. Él no tiene ningún poder sobre mí, pero así ha de ser, para que el mundo sepa que yo amo al Padre y que hago lo que él me ha encargado.

Jesús nos deja su paz. Una paz que no se hace preparando la guerra como hacemos nosotros. Una paz que es el fruto del Amor. Una paz que reina en nuestro interior a pesar de lo que ocurra en el mundo. Una paz que es la verdadera PAZ.

"Juan evangelista escribió lo que conocemos como Discurso de la Última Cena como una exposición de todas las enseñanza de Jesucristo escuchadas por los discípulos durante el tiempo en que lo siguieron como Maestro.
La lectura del Evangelio de hoy (14,27-31a) parece el párrafo final de ese largo discurso según el relato de Juan. Parece pero no es: del versículo final está suprimida esta frase: “Levantaos, vámonos de aquí”, y en realidad, a continuación Jesús sigue hablando…  hasta el final del capítulo 17.  No creo que el evangelista lo pretendiese pero el efecto, si se vuelve a la frase suprimida, da ese estilo de despedida que a veces practicamos. Y así, cuando queremos mucho a alguien, demoramos la separación y casi hacemos más largo el adiós y las recomendaciones que lo que hablamos a lo largo del encuentro. Visto así, podríamos interpretar lo que sigue como una muestra de amor y de cuidado hacia estos de los que va a separarse.
Jesús sabe que los deja como huérfanos y quiere animarlos y fortalecer su fe. Es una despedida que se dilata como si Jesús temiera el desánimo de los suyos y tratara de consolarlos algo más en un tono menos solemne que el anterior, y hasta un poco risueño. No deben estar tristes porque Él va con el Padre. Como cuando despedimos a alguien querido que marcha a un trabajo, o a una situación familiar o personal mejor y “lo dejamos ir” sonriendo y alegrándonos (o poniendo buena cara aunque nos duela la separación).
Les dice: mi paz os dejo, mi paz os doy. La palabra paz, (shalom) no significa solamente ausencia de conflicto, es un término con más contenido, quizá se parezca a lo que entendemos como armonía en el interior de una persona y también en un grupo. Poco antes había dicho: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”, conociendo la limitación y la pobreza de ellos y también que para Dios nada es imposible. El ama con el amor infinito de Dios, y con su corazón de hombre. Sabe que lo que se aproxima es el cumplimiento de las atroces profecias sobre su persona que están en los libros sagrados y se anticipa al desconcierto, la cobardía y el miedo que se apoderarán de los discípulos tan amados. Presiente su desaliento, las negaciones y la huida… Y también la discordia y la desunión que va a provocar el miedo. Quiere darles seguridad y paz y sabe que esa paz y esa seguridad son obra del Espiritu Santo y no pueden tener otro origen.
Amaos como yo os he amado significa poner en juego la misma capacidad de comprensión y de compasión de Cristo para con nuestros semejantes confiando en el auxilio que viene del Espíritu Santo. Es pedir para ellos y para uno mismo el amor de Dios. O lo que es lo mismo el amor del Corazón de Cristo, tan divino y tan humano. El prodigio se cumplió en Pentecostés que desencadenó una ola imparable de entusiasmo y valentía en los discípulos como nos recuerdan las lecturas de  Libro de los Hechos que estamos escuchando durante este tiempo."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 4 de mayo de 2026

EL ESPÍRITU NOS AYUDARÁ A ENTENDER

 

El que recibe mis mandamientos y los obedece, demuestra que me ama. Y mi Padre amará al que me ama, y yo también le amaré y me mostraré a él.
 Judas (no el Iscariote) le preguntó:
– Señor, ¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo?
Jesús le contestó:
– El que me ama hace caso a mi palabra; y mi Padre le amará, y mi Padre y yo vendremos a vivir con él. El que no me ama no hace caso a mis palabras. Las palabras que estáis escuchando no son mías, sino del Padre, que me ha enviado.
Os he dicho todo esto mientras permanezco con vosotros; pero el Espíritu Santo, el defensor que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho.
(Jn 14,21-26)

Nos vamos acercando a Pentecostés y la liturgia empieza a hablarnos del Espíritu Santo. Es Él quien nos ayudará a entender la Palabra de Jesús. Es él quien nos acercará al Padre. No olvidemos que el Espíritu es el Amor. Es amando que entenderemos lo que nos dice Jesús y es amando como encontraremos a Dios.

"Sobre el Evangelio de Juan se ha escrito e investigado mucho. Algunos opinan que es obra de  discípulos de Juan. Otros que el autor es Juan mismo. El capítulo 14, del que se lee un fragmento hoy en la Liturgia de la Palabra, encaja bien con la idea de que quien lo compuso relató un episodio visto y recordado con detalle.  Quien relata explica cómo Jesús responde sucesivamente a las preguntas de Tomás, Felipe y Judas. El contexto es el de la última Cena en el que Jesús parece querer apurar las horas antes de su Pasión para revelarse a sus discípulos, para que entiendan lo que va a suceder y permanezcan en su amor a pesar del horror que se avecina.
Judas está perplejo porque Jesús habla de sí mismo con unos términos inquívocos y se entiende que se revela con toda claridad, como el Mesías: el esperado para regir al pueblo de Dios y hacerlo grande. Jesús está íntimamente unido al Padre, sus palabras son del Padre y su voluntad está en Dios. El es el Salvador esperado por siglos… pero el mensaje solo lo escuchan unos pocos y desde luego está muy alejado de un poder político… “Señor ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?” Como si Jesús hubiera cambiado de plan o lo hubiera aplazado… Solo que nunca hubo ese plan. El plan es mucho más misterioso, locura y escándalo dirá más tarde Pablo. Se trata de la Cruz. Y aunque en la cena se palpa una tensión amenazadora, los discípulos están desconcertados, tal vez porque pocos días antes habían visto el entusiasmo del pueblo con la entrada triunfal en Jerusalén
La  pregunta y su trasfondo se relacionan bien con un episodio que Juan no escribe pero sí los sinópticos: las tentaciones de Jesús en el desierto. Y es en la última de las tentaciones donde encontramos respuesta al interrogante. Este es el trato que propone Satanás: todo esto te daré si postrándote me adoras. El poder, la salud, la prosperidad, la riqueza… sin Dios. Y esto nos lleva aún más atrás, al paraíso en el que la serpiente propone un “todo” que significa la autosuficiencia y por tanto rechazar a Dios.
Nos pasa casi a diario cuando, en lo personal, en lo político, en la naturaleza o en las relaciones humanas próximas, nos preguntamos porqué Dios no actua con su poder y limpia y endereza todo lo que está sucio, enfermo o torcido en el mundo o en nosotros mismos. Y es también el argumento de muchos que dicen no poder creer en un Dios que “permite” tantos sufrimientos materiales y espirituales, tantos crímenes y tantas víctimas inocentes…
Es misterio. Como el de que nos haya hecho libres. Nos acercamos a Pentecostés: para aceptar que nos ha creado por amor y por amor nos ha redimido y para mantener la fe, tenemos la promesa y aún la certeza de que el Espíritu Santo nos lo irá desvelando todo como Cristo prometió a Judas y a los primeros discípulos."

(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 3 de mayo de 2026

CAMINO, VERDAD Y VIDA

 


No os angustiéis: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchos lugares donde vivir; si no fuera así, no os habría dicho que voy a prepararos un lugar. Y después de ir y prepararos un lugar, vendré otra vez para llevaros conmigo, para que vosotros también estéis donde yo voy a estar. Ya sabéis el camino que lleva a donde yo voy.
Tomás dijo a Jesús:
– Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo vamos a saber el camino?
Jesús le contestó:
– Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre. Si me conocéis, también conoceréis a mi Padre; y desde ahora ya le conocéis y le estáis viendo.
Felipe le dijo entonces:
– Señor, déjanos ver al Padre y con eso nos basta.
Jesús le contestó:
– Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y todavía no me conoces? El que me ve a mí ve al Padre: ¿por qué me pides que os deje ver al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las cosas que yo os digo no las digo por mi propia cuenta. El Padre, que vive en mí, es el que hace su propia obra. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; si no, creed al menos por las propias obras. Os aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes, porque yo voy al Padre.

Jesús es el camino, la verdad y la vida. Por eso nos llamamos cristianos; porque seguimos este camino; porque buscamos esta verdad; porque vivimos esta vida.
Es a través de Jesús que llegamos al Padre.

"(...) Pero no todo se aclara. Sigue la confusión y ahora es Felipe el que pone voz al desconcierto general: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. “Casi nada”. Un deseo que todos podríamos suscribir, ver a Dios, tener la certeza de su existencia y poder vivir con total seguridad. Repito, “casi nada”.
Pero Jesús le abre los ojos a Felipe, y le hace ver que eso que pide, ya se ha cumplido. Está viendo a Jesús, que es como ver al Padre. Es la revelación hacia la que va llevando la predicación de Cristo. Ya tenemos todo lo que necesitamos para poder creer, para poder decir que vivimos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo.
Finalmente, el texto nos deja una sorprendente promesa: los que creen en Él, realizarán las mismas obras y «hasta mayores». No es algo para que nos volvamos soberbios, sino más bien un recuerdo para que seamos las manos y los pies de Jesús en este mundo, movidos por la fuerza del Espíritu, que es la fuerza que Él se encargará de enviar. Seguir adelante con la obra que empezó el Señor.
En este momento del tiempo pascual, nos podemos preguntar:
¿Cómo te encuentras? ¿Vives en paz? ¿Haces realidad en tu vida el mandato de Jesús de que tu corazón no se turbe, en los momentos que sientes miedo o preocupación? ¿Crees en Él, también en los momentos de crisis que hay en tu vida?
¿Es Jesús para ti el único Camino, la auténtica Verdad y la verdadera Vida? ¿Se hace esto verdad en tu vida? ¿O buscas caminos aparentemente más cómodos, pero que no te proporcionan consuelo o sentido en la vida?
Sobre el conocer al Padre Dios, ¿qué rasgos de nuestro Padre Bueno puedes descubrir al observar el modo en que Jesús trataba a sus Discípulos? ¿Cómo puedes imitarlo en tu vida diaria?
Sabemos que, al final, creer es fiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Señor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión —es decir, de abandono de nosotros mismos en Aquél que nos ha incorporado a Sí mismo en el Bautismo— no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en Él, al Padre. Para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.
Así se llega a conocer al verdadero Dios: aceptando a Jesús como modelo de hombre. Todo lo demás serán aproximaciones que necesariamente se quedan pequeñas, y sólo serán válidas si no se apartan de este camino que es Jesús, si no deforman esta verdad que es Jesús y si no arruinan esta forma de vida que Jesús sigue manteniendo disponible en la fuerza de su Espíritu."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 2 de mayo de 2026

UNIDAD DEL PADRE Y EL HIJO

 


Si me conocéis, también conoceréis a mi Padre; y desde ahora ya le conocéis y le estáis viendo.
Felipe le dijo entonces:
– Señor, déjanos ver al Padre y con eso nos basta.
Jesús le contestó:
– Felipe, ¿tanto tiempo hace que estoy con vosotros y todavía no me conoces? El que me ve a mí ve al Padre: ¿por qué me pides que os deje ver al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las cosas que yo os digo no las digo por mi propia cuenta. El Padre, que vive en mí, es el que hace su propia obra. Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí; si no, creed al menos por las propias obras. Os aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre yo lo haré, para que por el Hijo se manifieste la gloria del Padre. Yo haré cualquier cosa que me pidáis en mi nombre.
(Jn 14,7-14)

Quien ve a Jesús, el Dios hecho hombre, ve al Padre, porque son una sola cosa. Creer en sus obras es saberlo ver en lo que Él hizo: curar al enfermo, perdonar al pecador, acoger al despreciado por la sociedad...Nos lo dijo de mil maneras diferentes y seguimos sin entenderlo. Seguimos sin saber cuándo le dimos de comer o de beber, cuándo lo acogimos. 

"Según la Biblia, conocer no es entender de un modo erudito, ni dominar por ciencia, ni triunfar de una forma externa sobre el mundo, sino comunicarse por amor, como dos amantes que se regalan vida uno al otro, recorriendo así juntos el camino
Conocemos a Dios acogiendo su amor. Conocer al Padre requiere abrir la mente y el corazón a Jesús, descubrir en sus palabras, en sus gestos y signos, en su entrega, la imagen de ese Padre.
Conocer al Padre es dejarnos guiar por la experiencia de Jesús: “¿quién me ha vito a mí, ha visto al Padre?” Conocemos al Padre recorriendo el camino abierto por Jesús: “Yo soy el camino” y también es el caminante que está junto a nosotros, el que nos revela al Padre, el que nos guía cuando nos perdemos y el que nos conduce a la sabiduría más alta de personas."
(Ciudad Redonda)