miércoles, 13 de mayo de 2026

EL ESPÍRITU NOS GUIARÁ

 


Tengo mucho más que deciros, pero en este momento sería demasiado para vosotros. Cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que dirá todo lo que oye y os hará saber las cosas que van a suceder. Él me honrará, porque recibirá de lo que es mío y os lo dará a conocer. Todo lo que tiene el Padre, también es mío; por eso os he dicho que el Espíritu recibirá de lo que es mío y os lo dará a conocer.
(Jn 16,12-15)

El Espíritu de la verdad nos guiará. Pero debemos dejarnos guiar. El Espíritu es Amor, si no amamos no podremos seguirlo. Es mediante el Amor que podremos hacerlo.

"Pero, ¿quién podría culpar a esos pobres discípulos de quedarse entre el asombro y el temor al ver al Señor ascender? ¿No nos quedaríamos nosotros también con la boca abierta?  Y, ¿acaso no es eso el principio de la contemplación? Y sin embargo, según Dios, ese momento estático tiene que acabarse. Hay que pasar de la contemplación a la acción… pero no sin pasar por un paso intermedio. No se puede ir a la acción sin un motor, una motivación razonable: que sepan la esperanza a la que han sido llamados, como nos dice Efesios. Sin esa esperanza y ese poder, nos podemos quedar para siempre con la boca abierta mirando al cielo… Y no pasar de ahí, porque es lo normal y casi lo único posible. Pero, al no movilizar, se quedaría vacío el momento.
Aquí lo que se nos da es la esperanza de que Cristo volverá. Y esa espera-esperanza es el poder que impele a movilizarse, a anunciar lo que se ha visto y oído. Decía san Antonio María Claret: “la caridad de Cristo nos urge.” Es decir, nos pone fuego y alas para la acción.
Lo que siempre se ha llamado la “gran comisión”, es decir, evangelizar, es no solo consecuencia lógica, sino obligación implicada en el bautismo. El cristiano sí se queda mirando al cielo, ciertamente, pero, una vez asegurado de la esperanza y recibido el poder, sale a todos los confines de la tierra a proclamar.
“Todos los confines de la tierra”, que parecen estar tan lejanos e inaccesibles para muchos de nosotros, pueden estar tan cerca como la propia cocina; el propio trabajo, la propia familia. Proclamar a Cristo en esos confines supone hacer que la fuerza, el amor, la verdad de Cristo dominen en cada momento. Que la fuerza motor de todas y cada una de nuestras acciones sea el bien, la verdad y la belleza de la salvación de Cristo; es decir, la búsqueda del bien. Y así el propio rostro de Cristo podrá brillar por medio de nosotros. La antigua noción de misión, de ir a tierras lejanas donde no se conoce a Dios, parece que hoy está algo trastocada, con la globalización, los movimientos demográficos y sociales. ¿Dónde no se conoce a Dios hoy día? Es más, ¿dónde se le persigue y desprecia incluso en medio de nosotros? Ahí está la misión. Esos son los confines de la tierra. Quizá rozándonos los codos."
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 12 de mayo de 2026

OS CONVIENE QUE YO ME VAYA

  

Pero ahora me voy para estar con el que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta a dónde voy; al contrario, os habéis puesto muy tristes porque os he dicho estas cosas. Pero os digo la verdad: es mejor para vosotros que me vaya. Porque si no me voy, el defensor no vendrá a vosotros; pero si me voy, os lo enviaré. Cuando él venga, mostrará claramente a la gente del mundo dónde está la culpa, dónde la inocencia y dónde el juicio. La culpa la mostrará en ellos, porque no creen en mí; la inocencia, en mí, porque voy al Padre y ya no me veréis; y el juicio, en el que manda en este mundo, porque ya ha sido condenado.
(Jn 16,5-11)

La primera lectura de hoy la encontraréis en Ac 16,22-34). Jesús nos dice en el Evangelio que Él debe marcharse para que nuestra Fe sea completa gracias al Espíritu. Hay cosas en la vida que pueden parecernos negativas; pero luego, al pasar el tiempo, vemos que han sido buenas para nosotros. Se trata de verlo todo con Amor. Ese Amor que es el Espíritu.

"A veces en la vida se nos piden cosas para el bien de otros, pero que en apariencia no van precisamente para nuestro propio beneficio. Son pequeñas o grandes renuncias por el bien de otros. O quizá incluso, son en nuestra propia desventaja. En la película Qué bello es vivir, el protagonista continuamente hace opciones que favorecen a su hermano o al resto de su familia, pero que van cortando sus sueños. Parte de nosotros quisiéramos gritar la opción egoísta, la que parece liberar de lo que parecen obligaciones absurdas.  Quisiéramos que George Bailey por fin pudiera viajar y hacer lo que quiere, y no quedarse atado a un lugar y un trabajo que no es lo que más le gusta. Y sin embargo, admiramos esa entrega generosa del personaje.
Hay opciones que pueden ser difíciles, complicadas e incluso dolorosas. El bien parece que siempre debe estar por encima de los intereses personales. En la lectura de Hechos de hoy, el terremoto que abrió puertas y rompió cerrojos iba en beneficio de los cristianos encarcelados. Y, sin embargo, la huida hubiera supuesto un daño para los carceleros. Los apóstoles eligen el bien del carcelero por encima del propio.
Esto lo pueden entender muy bien los padres que trabajan y luchan—a costa propia—por el bien de la familia; las madres que pasan noches en vela cuidando a un hijo enfermo. O el hijo o la hija que pasa semanas, meses, años, cuidando de un padre anciano, senil y enfermo. El amor es así; siempre pone al otro por delante de uno mismo. Es ese mismo amor el que se refrena de controlar a otro, de dominar o de sobreproteger, para dar paso al crecimiento de aquel a quien se ama. Sería más fácil (e incluso absolutamente justificable), por ejemplo, quedarse en un lugar, porque los demás “me necesitan”, aun a sabiendas que lo que de verdad necesitan es tener el espacio para crecer. El bien del otro, el que pueda crecer, independizarse y funcionar como persona autónoma, puede en ocasiones requerir que quien ama se retire. Eso es lo que les dice Jesús a los discípulos hoy: “Os conviene que yo me vaya”. Porque en la nueva etapa, será el Espíritu quien guíe. Puede parecer raro y difícil, pero es lo mejor.
Parecería que, quien se conduce poniendo siempre por delante a los demás, sale perdiendo. La psicología moderna aconsejaría una opción algo más egoísta de darse el tiempo y las opciones a uno mismo… Mi madre decía que quien más pone más pierde… Pero no: quien más pone, más gana. Es la lógica de Dios: precisamente quien más busca el bien de otros es quien más gracia recibe. La diestra del Señor nos salva."
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 11 de mayo de 2026

SEREMOS INCOMPRENDIDOS

 


Pero cuando venga el defensor, el Espíritu de la verdad, que yo enviaré de parte del Padre, él será mi testigo. Y también vosotros seréis mis testigos, porque habéis estado conmigo desde el principio. Os digo estas cosas para que no perdáis vuestra fe en mí. Os expulsarán de las sinagogas, e incluso llegará el momento en que cualquiera que os mate creerá que le está prestando un servicio a Dios. Eso lo harán porque no nos han conocido ni al Padre ni a mí. Os digo esto para que, cuando llegue el momento, os acordéis de que ya os lo había dicho.
(Jn 15,26-16,4)

Seguir  Jesús lleva muchas veces a la incomprensión. Incluso de aquellos que se consideran religiosos y espirituales. Él también fue rechazado e incomprendido. Es importante que no perdamos la Fe en Él. Es quien nos muestra a Dios, presente en el pobre, en el persegido, en el immigrante.

"(...) En el evangelio vemos cómo Jesús advierte que quienes no creen, convencidos de que hacen el bien, expulsarán a quienes creen en Cristo. Quienes cierran su corazón a la fe en Cristo, también cierran sus puertas a los discípulos.
Hoy día podríamos aplicar esto a mil asuntos que nos preocupan: la inmigración, la persecución a los cristianos… pero quizá tendríamos que empezar por el principio de todo, que es la propia persona, es decir, nuestra hospitalidad, primero a Dios, que nos ha recibido en su familia, y luego en apertura a los demás, extender la mano a quienes la necesitan, el empezar por escuchar las historias y los sentimientos de otros, creyentes también. Tendríamos que empezar por “rogar” al otro que nos permita recibirlo; y a nuestra vez, estar dispuesto a que se nos reciba. No es tanto un sentido físico, de alojamiento, cama y comida, sino más bien de una actitud que reconoce al otro desde la fe y sabe que es recibido desde una fe común. Se trata, en realidad, de una actitud eucarística: el Señor viene a habitar entre nosotros, y al mismo tiempo, nos integra en su Cuerpo.
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 10 de mayo de 2026

CREER Y AMAR

 


  Si me amáis, obedeceréis mis mandamientos. Y yo pediré al Padre que os envíe otro defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con vosotros. Los que son del mundo no lo pueden recibir, porque no lo ven ni lo conocen; pero vosotros lo conocéis, porque él está con vosotros y permanecerá siempre en vosotros.

“No voy a dejaros abandonados: volveré para estar con vosotros. Dentro de poco, los que son del mundo ya no me verán; pero vosotros me veréis, y viviréis porque yo vivo. En aquel día os daréis cuenta de que yo estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en mí y yo en vosotros. El que recibe mis mandamientos y los obedece, demuestra que me ama. Y mi Padre amará al que me ama, y yo también le amaré y me mostraré a él.”
         ( Jn 15,18-21)

Jesús nos sigue hablando del Amor. Fe ya Amor, creer y Amar. Son los dos pilares para ser seguidores de Jesús. ´l pide al Padre que nos envíe el Espíritu de la verdad, que es el Amor.

"(...) El Espíritu es un personaje sin rostro. A diferencia del Padre Todopoderoso (de quien se habla en el Antiguo Testamento) y del Hijo, tiene un carácter inobjetivable. Se nos escapa de las manos. Por eso su acción expresa en la Sagrada Escritura en términos como viento, fuerza, inspiración, luz, impulso… Es la Persona más frágil – si se puede hablar así – e impalpable de la Santísima Trinidad.
Se le reconoce por sus acciones, por su trabajo. Por ello se le reconoce como a la Persona – Obrera de la Trinidad. Es el poder de Dios, el amor de Dios en acción, el garante de que se cumplan las promesas. De todo el trabajo que el Espíritu realiza, el Señor subrayará varias acciones concretas en la página del Evangelio de este domingo.
– Es el espíritu de la Verdad. Nos hace salir de la mentira y del engaño. Quien recibe el Espíritu de Dios aprende a apreciar, a ser sensible y a gustar cuanto de bueno, de bello, de noble, de justo se da en la realidad, a no ser derrotista’ o fatalista, como nos pedía san Pedro; a poseer el sentido del bien y del mal; a tomar decisiones habiendo percibido su llamada y a poseer el coraje para secundarla.
– Es también el Defensor. El proceso de vida cristiana está sujeto a crisis, a luchas, a obstáculos. Atraviesa por momentos de aridez, de sensación de timo, de cansancio, a tentaciones… y, además, debe de justificarse frente a una cultura que no acaba de entenderla o que la rechaza abiertamente. El Espíritu del Señor se convierte en un íntimo conocedor de nuestras desolaciones, («Consolador buenísimo» le canta la liturgia) y mantenedor de la tensión del seguimiento.
– Es el que nos une a Dios. Nos da el espíritu de hijos. Saberse hijo, incondicionalmente querido, indefectiblemente perdonado y acogido es el punto del que depende no solo nuestra salud espiritual, sino incluso el equilibrio psíquico. Desde ahí comienzan la entrega y el amor. No resulta extraño que cuando la experiencia de la filiación del amor de Dios languidece, los compromisos cristianos se vuelven cargas insoportables.
Acojamos esa presencia que nos sobreviene prometida del Señor como Espíritu del amor, de la verdad y del bien. Vivir la Pascua significa redescubrir cada día que estamos llamados al amor y a la comunión. Que, aunque somos débiles y con frecuencia nos sentimos aplastados por muchas preocupaciones y sufrimientos, se nos conceda no perder nunca el deseo de ser testigos del amor. Que cada día podamos decirle al Señor: «Concédeme, hoy, ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y los que pasan por las pruebas más difíciles». «Concédeme, hoy, hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida». Que cada día podamos decir: he aquí la Pascua. Que cada mañana podamos ponernos en camino impulsados por el Espíritu de amor, y así ya nada podrá asustarnos: hasta el dolor y la muerte se volverán acontecimientos de amor, acontecimientos pascuales, pasos a la vida nueva. Con la ayuda del Espíritu."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 9 de mayo de 2026

EL ODIO DEL MUNDO

 



Si el mundo os odia, sabed que a mí me odió primero. Si fuerais del mundo, la gente del mundo os amaría como ama a los suyos. Pero yo os escogí de entre los que son del mundo, y por eso el mundo os odia, porque ya no sois del mundo. Acordaos de lo que os dije: ‘Ningún sirviente es más que su amo.’ Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; y si han hecho caso a mi palabra, también harán caso a la vuestra. Todo esto van a haceros por mi causa, porque no conocen al que me envió.
(Jn 15,18-21)

Jesús nos dice que como Él fue incomprendido, también lo seremos nosotros. Como Él fue perseguido, también lo seremos nosotros. Si de verdad lo amamos esto no nos importará. Cuando estamos totalmente convencidos de algo, no nos importa si somos rechazados por ello. Seguir a Jesús es creer en el Amor. Esto nos llevará incomprensión; pero creer en el Amor es estar convencidos de que debemos amar a todo el mundo. Por esto nos dijo que debíamos amar a nuestros enemigos. Seguir a Jesús es Amar totalmente.

"Puesto que Dios creo todo lo existente y vio que “era bueno” y que las criaturas con las que culminó su obra eran muy buenas, tal como leemos en el Génesis, la maldad del mundo que odia a Cristo resulta inexplicable sin acudir al pecado original. Y este sin la rebelión de Lucifer.
Pascal decía que el cristianismo es «sabio y necio» a la vez: parece necio porque cuenta estas historias de ángeles y caídas, pero es sabio porque es el único que encaja con la realidad del corazón humano. El decía que el hombre es un «caña que piensa», algo frágil y pequeño. El orgullo de Lucifer es precisamente no entender que la grandeza no está en la potencia espiritual propia, sino en la humildad de recibir el amor de Dios. El demonio prefirió ser un «dios» en el infierno que un servidor de un Dios hecho hombre.
Aunque el mundo está oscurecido sigue siendo un espejo de la sabiduría divina. La belleza de la naturaleza, el orden de las estrellas o la complejidad de una célula no son obra del mal. Son vestigios o huellas en los que el hombre, incluso en su miseria, puede reconocer que existe un Creador. La materia misma es noble porque salió de las manos de Dios.
No es esta belleza del mundo lo que odia a Jesucristo, es el mundo colonizado por el mal.
Jesucristo anuncia a sus seguidores lo que les aguarda porque “no es el siervo más que su amo”.
Y así fue desde el comienzo de la Iglesia hasta nuestros días. No hace mucho días escuchamos con la lectura del Libro de los Hechos el relato de la muerte de San Esteban, el primer mártir. Desde el siglo I  de la historia los mártires cristianos se cuentan por cientos de miles hasta nuestros días. Los que guardaron su palabra.
Que el Señor nos conceda vencer esa “colonización del mal” en nuestra vida en el mundo y  nos llene de valor y alegría para de anunciarlo, fiados en su palabra: no temáis Yo he vencido al mundo. Al final, el odio del mundo es solo el ruido de fondo de un sistema que ya ha perdido, mientras que la bondad primigenia aguarda a su plena restauración en aquellos que ha elegido seguir a Jesucristo."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 8 de mayo de 2026

EL MANDAMIENTO DE JESÚS

  

Mi mandamiento es este: Que os améis unos a otros como yo os he amado. No hay amor más grande que el que a uno le lleva a dar la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. Vosotros no me escogisteis a mí, sino que yo os he escogido a vosotros y os he encargado que vayáis y deis mucho fruto, y que ese fruto permanezca. Así el Padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre. Esto es, pues, lo que os mando: Que os améis unos a otros.
(Jn 15,12-17)

Este es el mandamiento de Jesús: amarnos los unos a los otros como Él nos ama. Es decir, entregarnos a todos, dar la vida por los demás como Él hizo. ¡Qué lejos estamos de este amor! Pero este es nuestro camino. Luchar cada día para intentarlo, sabiendo que fallaremos, que es una meta difícil, por no decir imposible de conseguir. Pero de lo que se trata es de intentarlo. Se trata de dedicar nuestra vida a Amar. Cada noche debemos preguntarnos cuándo hemos amado y cuándo hemos dejado de hacerlo. Y seguir luchando por conseguir Amar como Él nos ama.

"Ya se ha comentado muchas veces esta especie de “subida del listón” desde la propuesta, ya enormemente exigente, del Antiguo Testamento de amar al prójimo como a uno mismo. Ahora se trata de que nos amemos según el modelo de Jesucristo, que nos amó hasta dar su vida.
Si uno se hace preguntas como estas: “¿quien está en el centro de mi corazón, me preocupa más, cuido más?, ¿para quien trabajo?, ¿qué me ofende?, ¿qué temo?, ¿qué vida creo que he de preservar por encima de todo?, etc, etc., seguramente se encuentra con un Yo mismo del tamaño de una catedral. Incluso si pone por delante a la mujer, al marido, a los hijos, a los padres… sigue estando en su círculo del yo. Son “mis”prójimos y amarlos establece una reciprocidad a veces muy costosa: haz con los otros lo que quisieras que hicieran contigo y no hagas con ellos lo que no quisieras para ti. Pero Jesús propone que el “yo” no sea la medida porque la medida es Él y no la simple reciprocidad humana. Y él nos ha amado hasta morir por nosotros.
Desde Adán y Eva los humanos somos muy propensos a la mentira. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quien lo conocerá?”, dice el profeta Jeremías. Hay que desconfiar del propio corazón, experto en acoger como bueno lo que es falso y en tomar algo sano como el cuidado y amor por uno mismo, querido por el Creador, con eslóganes como “porque tu lo vales” o tomar en serio recetas de autoayuda para deshacernos de “relaciones tóxicas”.
Por las redes corren historias del “despertar” de madres que lamentan haber entregado su vida a la familia y que de alguna manera quieren una revancha o una liberación. Historias de “autoafirmación”, historias en las que el amor se vuelve mercantil: solo se invierte mientras el retorno de inversión emocional fortalece el ego.
Eslóganes perfectamente idiotas nos dicen porque tu lo vales y tu valor es el de un objeto de consumo. Nos dicen sigue a tu corazón, pero el sentimiento no es garantía de verdad. Nos dicen haz lo que te haga feliz y la felicidad individual se convierte en la ley suprema. Nos dicen que nada te cambie y nos cierran a la conversión. Nos dicen primero tu, después tu y luego tu y levantamos un muro que nos aparta de los demás. Hay que rogar incesantemente al Espíritu Santo que nos de la luz, la fuerza y el valor de ir asemejándonos al Maestro."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 7 de mayo de 2026

LA ALEGRÍA DE JESÚS

 


Yo os amo como el Padre me ama a mí; permaneced, pues, en el amor que os tengo. Si obedecéis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo obedezco los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os hablo así para que os alegréis conmigo y vuestra alegría sea completa.
(Jn 15, 9-11)

Jesús nos pide que nos mantengamos en su Amor, que es el Amor de Dios. Esto hará que nuestra alegría sea completa. A veces mostramos la religión como algo lleno de dolor y sufrimiento. Jesús nos dice que es alegría. Aunque realmente la vida esté llena de problemas y dificultades, si permanecemos en esa alegría de Jesús, esos problemas no nos la quitarán. Esa alegría nos ayudará a vencerlos, a superarlos.
 
"En una de las iglesias cercanas a mi casa, uno de los sacerdotes, después de la bendición final de la Misa, solía decir: “Que la alegría del Señor sea nuestra fuerza”. Creo que era muy efectivo en mi, porque lo cierto es que al salir, aunque hubiéra estado en babia gran tiempo de la celebración, estaba muy confortada y de buen humor. Seguramente lo mejor de este detalle pequeño es que me llevó al convencimiento de que la alegría de Dios es invencible. Y que está en nosotros si permanecemos en su amor o, precisamente, cuando su alegría es la que nos lleva a querer permanecer en él.
En la mayoría de las biografías de los santos lo más frecuente es encontrar la alegría como un rasgo de carácter o personalidad. Como ser santo no esta reservado a los de temperamento alegre, también los hubo muy serios y un poco sombrones. Alguno, y muy importante por cierto,  incluso llegó a afirmar que Cristo nunca se rió… con el peregrino argumento de que no hay ningún texto evangélico que de fe de la risa de Jesús. Desde luego nadie llega a santo sin abrazar la cruz. En toda vida hay momentos de cruz y en toda vida de santo hay una o muchas cruces que fueron abrazadas con amor. Pero no hay camino de santidad que no se inicie con un deseo ardiente de que no se acabe lo que es un encuentro con la Alegría.
La intensa, fuerte y misteriosa Alegría  de Dios es la respuesta a nuestro anhelo de felicidad, una sed de un bien que excede a lo que podemos conseguir por nosotros mismos y cuya plenitud  llegará porque Cristo lo ha prometido. Chesterton estaba convencido de que la alegría de Cristo era tan pura que era su atributo más divino. En su libro Ortodoxia, sugiere que Jesús pudo ocultar muchas cosas, pero lo que más le costaba ocultar era su regocijo, incluso camino a la Cruz. Para Chesterton, la alegría de la que habla Juan 15,11 es la fuerza que permite a los santos reírse mientras sufren, porque saben que el final de la historia es feliz.
Una de las más bellas composiciones de Bach es la Cantata 147: Jesús sigue siendo mi alegría/ me defiende de toda pena / consuelo y bálsamo de mi corazón / Él es la fuerza de mi vida, / el gozo y el sol de mis ojos, / el tesoro y la delicia de mi alma / por eso no quiero dejar ir a Jesús / fuera de mi corazón y de mi vista.
Es bueno buscar y hallar esta alegría en la oración y en el encuentro con los demás."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)