domingo, 8 de noviembre de 2026

EL ACEITE DEL AMOR

 
El reino de los cielos podrá entonces compararse a diez muchachas que, en una boda, tomaron sus lámparas de aceite y salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no tomaron aceite de repuesto; en cambio, las previsoras llevaron frascos de aceite además de las lámparas. Como el novio tardaba en llegar, les entró sueño a todas y se durmieron. Cerca de medianoche se oyó gritar: ‘¡Ya viene el novio! ¡Salid a recibirle!’ Entonces todas las muchachas se levantaron y comenzaron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas van a apagarse.’ Pero las muchachas previsoras contestaron: ‘No, porque entonces no alcanzará para nosotras ni para vosotras. Más vale que vayáis a donde lo venden y compréis para vosotras mismas.’ Pero mientras las cinco muchachas iban a comprar el aceite, llegó el novio; y las que habían sido previsoras entraron con él a la fiesta de la boda, y se cerró la puerta. Llegaron después las otras muchachas, diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él les contestó: ‘Os aseguro que no sé quiénes sois.’
Permaneced despiertos –añadió Jesús–, porque no sabéis el día ni la hora.
(Mt 25,1-13)

Si queremos recibir al Señor, debemos estar preparados. Es posible que cuando llegue estemos dormidos, pero debemos tener el aceite para encender nuestras lámparas. Este aceite es el Amor. Si durante la vida hemos amado, nos hemos entregado a los demás, a todos, pero de manera especial a los más débiles, Él nos recibirá con los brazos abiertos.

"Quedan pocos días para el final del año litúrgico. En dos semanas celebraremos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Por eso, las lecturas huelen a final. Y hablan de final. Es que hay que estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora. Sería un buen modo de terminar la homilía, preguntando si estás preparado, pero resultaría muy corta, así que vamos a reflexionar un poco más.
Todos esperamos algo. El bebé aguarda las caricias de su madre; y la llama llorando si tarda. El niño aguarda en el patio del colegio a que vengan a buscarlo, y aguarda con ansia el día de su cumpleaños o Navidad y con mucho tiempo piensa lo que le van a regalar. El adolescente aguarda a sus amigos: los necesita, está perdido sin ellos. Se siente nervioso si el teléfono móvil no suena para avisarle dónde y cuándo salen. El estudiante espera los resultados de su último examen; y pregunta al profesor con insistencia: ¿han salido bien?, ¿hay muchos suspensos? El enamorado aguarda a su amada en ese sitio donde siempre quedan. Puede que llegue un poco tarde, pero llegará, y entonces se olvidarán del reloj. La madre aguarda el nacimiento de su bebé, lo va sintiendo dentro, lo acaricia desde fuera, y hasta le habla, y prepara todo con cuidado para cuando llegue. Y pone especial atención en no hacer nada que puede dañar al bebé: ¡es tan débil! El trabajador espera su paga, la renovación del contrato temporal, el ascenso y se inquieta pensando qué pasará si alguna de estas cosas falla. Los padres aguardan al hijo que salió de viaje, a que la hija les traiga el nieto a casa. El preso cuenta los días que le faltan para salir en libertad, y el enfermo que no consigue dormir espera que de una vez pase la noche y amanezca. El anciano que vive solo está deseando que el cartero le traiga noticias, que suenen el teléfono o el timbre de la puerta…
Todos aguardamos algo o a alguien: el resultado de una prueba médica, unas vacaciones o un viaje, el día de la boda, una fiesta familiar, un puesto de trabajo, el sorteo de lotería, a un amigo… Quien no espera nada ni a nadie está ya como muerto. La espera da ritmo y emoción a nuestra vida, y la imaginación hace ya presente aquello que estamos esperando, y el corazón va preparándose, gradualmente, para recibir y gozar de lo bueno.
Pero: ¿esperamos nosotros a Cristo? ¿Os ha sonado rara la pregunta? ¿Tiene algo que ver con todo lo que venimos diciendo? ¿Inquietud? ¿Preparación del corazón? ¿Ilusión? ¿Nervios? Parece que estas palabras tuvieran poco o nada que ver con «esperar al Señor.» ¿Es que tiene que venir? ¿Y para cuándo? ¿Y para qué nos hace falta? ¿Y cómo hay que prepararse? ¿Y para qué nos va a servir suponiendo que venga? Incluso hasta puede que estorbe o moleste…
El Evangelio de hoy se sitúa en esta clave: diez muchachas jóvenes estaban esperando al novio. Llevaban lámparas, tenían ilusión en que llegara: les esperaba una fiesta de bodas nada menos. Algunas han previsto que la espera fuera más larga de la cuenta, y se han llevado aceite. Pero todas se quedaron dormidas. Esa espera es muy habitual es la Escritura. En muchos salmos se habla de la espera. En la misma celebración eucarística, rezamos en diversas ocasiones:
– Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús! Aquí tenéis: le estamos llamando.
– En la plegaria eucarística: … Mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias el sacrificio vivo y santo…
– En el Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino».
– Después del Padrenuestro: Líbranos, Señor, de todos los males… mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Así pues, decimos que esperamos. Y decimos que buscamos a Dios, o que lo intentamos. Pero, a menudo, nos cansamos. Nos quedamos dormidos. Y no somos previsores. Necesitamos, pues, el aceite de la Palabra de Dios, que viene a sacudirnos, a despertarnos. En la lámpara de nuestra fe hay que poner mucha Palabra, para que nuestra fe no decaiga. En el Bautismo nos ungieron, en la Confirmación nos ungieron con el aceite sagrado. Es muy posible que todavía te quede algo de ese aceite. Y, si lo has descuidado, los demás no te podrán dar del suyo, es personal e intransferible. Si te falta, siempre hay remedio. Tendrás que pedírselo con fuerza al Único que te lo puede dar. Ponte a buscarle otra vez, reza, escúchate dentro y, sobre todo, no te canses. Sigue rezando y leyendo la Palabra.
Porque llegará el Señor a tu encuentro. Eso es seguro. Antes o después. Lo llamamos con frecuencia, aunque sea porque la Liturgia nos lleva. Y si viene y encuentra que te quedaste sin aceite, que dejaste de esperarlo, Él entrará y cerrará la puerta, después de decir que no te conoce. Algo muy duro.
Es verdad que el Esposo llega a nosotros de mil formas. A veces es el mendigo, otras el que está en la cárcel, otras el enfermo, el anciano, el niño, el joven. Estaré con vosotros todos los días, en todas las partes…No os he dejado solos. Cuando menos os penséis, y donde menos os lo penséis, ahí estoy yo. Y cuando llegue, hemos de decir sí y dejar de dormir. Tenemos que entrar con Él al banquete y no hacernos los remolones. Es el momento de la llamada, de la vocación: “llega el Esposo, salid”. Lo que en este momento resulta fácil, quien sabe si en otro será ya casi imposible. El verdadero pecado tal vez consiste en perder una gran oportunidad.
Estad atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora. Pero seguro que vendrá. ¡Vaya si vendrá! ¡Y le encuentran los que le buscan! (Como nos recordaba la primera lectura)."

sábado, 7 de noviembre de 2026

SERVIR AL AMOR

 


Os aconsejo que uséis las riquezas de este mundo malo para ganaros amigos, para que cuando esas riquezas se acaben haya quien os reciba en las moradas eternas.
El que se porta honradamente en lo poco, también se porta honradamente en lo mucho; y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. De manera que, si con las riquezas de este mundo malo no os portáis honradamente, ¿quién os confiará las verdaderas riquezas? Y si no os portáis honradamente con lo ajeno, ¿quién os dará lo que os pertenece?
Ningún criado puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero. Los fariseos, que eran amigos del dinero, al oir estas cosas se burlaban de Jesús. Él les dijo: Vosotros pasáis por buenos delante de la gente, pero Dios conoce vuestros corazones; y lo que los hombres tienen por más elevado, Dios lo aborrece.
(Lc 16,9-15)

Si amamos verdaderamente a Dios, Él debe ser siempre nuestro referente, nuestro fin. Todo debemos supeditarlo a Él. No se trata de no tener dinero, sino de no hacerlo lo primordial en nuestra vida. Dios o el dinero, es decir el Amor o el dinero, el poder. Si supeditamos el dinero a Dios, significa que lo emplearemos Amando a los demás, utilizándolo para el bien de todos, sobre todo de los más pobres. Y quien dice el dinero, puede decir de nuestro tiempo, nuestras cualidades...A quien debemos servir es al AMOR.

"“Tres cosas hay en la vida” decía la canción y concluía que si tienes las tres ya puedes dar gracias a Dios. Desde luego es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Podríamos, en efecto, dar gracias por la salud, el dinero y el amor aun sabiendo que estas tres cosas tienen fecha de caducidad y, en el mejor de los casos, su firmeza y consistencia no están garantizadas.
Jesús, tras hacer el relato de la ingeniosa fechoría del administrador infiel, sigue hablando del tema de las riquezas. Y da un consejo sorpendente: hay una forma de  limpiar el dinero de la iniquidad que consiste en ganarse amigos.
Dinero de iniquidad, dinero injusto… La expresión ha suscitado miles de comentarios, exégesis, interpretaciones, perplejidades y consideraciones varias. ¿Todo el dinero es injusto? El ganado honradamente ¿también? Los fariseos que le escucharon se rieron. Las riquezas, porque ellos eran ricos, son una muestra del favor de  Dios, ¿de dónde saca éste esas ideas?
Creo que la iniquidad del dinero que denuncia Jesucristo no está en el dinero mismo, sino en nuestro interior y consiste en la mentira. Cuando Jesús fue tentado por Satanás, una de las propuestas fue la oferta “todo esto te daré”. Convertir una herramienta ingeniosa, que hace más facil el intercambio de bienes, en un ídolo al que se presentan sacrificios, eso es la injusticia radical.  No podemos adorar a Dios y al dinero. Hay dos mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Y por eso el dinero injusto solo puede “redimirse” si se emplea para “ganarse amigos”."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 6 de noviembre de 2026

EL ADMINISTRADOR INFIEL, PERO ASTUTO

 


Jesús contó también esto a sus discípulos: Un hombre rico tenía un administrador que fue acusado de malversación de bienes. El amo le llamó y le dijo: ‘¿Qué es eso que me dicen de ti? Dame cuenta de tu trabajo porque no puedes seguir siendo mi administrador.’ El administrador se puso a pensar: ‘¿Qué haré ahora que el amo me deja sin empleo? No tengo fuerzas para cavar la tierra, y me da vergüenza pedir limosna... Ah, ya sé qué hacer para que haya quienes me reciban en sus casas cuando me quede sin trabajo.’ Llamó entonces uno por uno a los que tenían alguna deuda con el amo, y preguntó al primero: ‘¿Cuánto debes a mi amo?’ Le contestó: ‘Cien barriles de aceite.’ El administrador le dijo: ‘Aquí está tu recibo. Siéntate en seguida y apunta sólo cincuenta.’ Después preguntó a otro: ‘Y tú, ¿cuánto le debes?’ Este le contestó: ‘Cien medidas de trigo.’ Le dijo: ‘Aquí está tu recibo. Apunta sólo ochenta.’ El amo reconoció que aquel administrador deshonesto había actuado con astucia. Y es que, tratándose de sus propios negocios, los que pertenecen al mundo son más listos que los que pertenecen a la luz.
(Lc 16,1-8)

El administrador no es modelo por ser un estafador, sino por su actitud astuta y su manera de ver el futuro. Lo que Jesús quiere enseñarnos, es que si hemos pecado, faltado, siempre tenemos manera de repararlo. Hemos de mirar hacia el futuro con confianza, porque el Amor de Dios es más fuerte que todas nuestras faltas. El Amor lo vence todo.

"Lucas cuenta, en el texto del Evangelio de la liturgia de hoy, una historia muy verosímil. El relato preciso y claro de un fraude. Es muy posible que Jesús lo conociera porque la oyera de buenas fuentes, tal vez del propio hombre rico o porque fuera tema de conversación entre la gente. No parece un invento improvisado sino una historia real que Jesús cuenta como un redactor de noticias que supiera muy bien su oficio, cosa que en nuestros días no abunda mucho. La consecuencia o enseñanza de esta primera parte del discurso es una constatación que podemos hacer actualmente sin dudar: ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz.
¿Cómo nos consideramos? ¿Que opinión o conocimiento podemos tener sobre nosotros mismos? En nuestros días está de moda que personajes del más diverso pelaje se consideren ”seres de luz”. Su imagen pública oscila, en muchos casos, entre lo cursi y lo rotundamente feo. Ellos, sin embargo, están convencidos de ser algo extraordinario, original y portentoso o como afirman algunos “están en el lado correcto de la historia”. Salvo algún caso especial, más o menos dañinos, más o menos peligrosos, forman parte de los hijos de este mundo. Algunos llegan a conseguir ser admirados y tener seguidores.
Pero los que Jesús nombra como hijos de la luz son los sencillos y puros de corazón, los humildes que no buscan notoriedad, los que dicen la verdad, los que confían en Dios, los que trabajan por la paz, los misericordiosos… De ellos tenemos un dibujo fiel en las Bienaventuranzas de Jesús.
Si continuamos mañana meditando este capítulo de Lucas a lo mejor llegamos a entender lo que nos pide Jesús a los que deseamos ser hijos de la luz."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 5 de noviembre de 2026

NOS BUSCA SIEMPRE

 



Todos los que cobraban impuestos para Roma, y otras gentes de mala fama, se acercaban a escuchar a Jesús. Y los fariseos y maestros de la ley le criticaban diciendo:
– Este recibe a los pecadores y come con ellos.
Entonces Jesús les contó esta parábola: ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el campo y va en busca de la oveja perdida, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra la pone contento sobre sus hombros, y al llegar a casa junta a sus amigos y vecinos y les dice: ‘¡Felicitadme, porque ya he encontrado la oveja que se me había perdido!’ Os digo que hay también más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse .
O bien, ¿qué mujer que tiene diez monedas y pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘¡Felicitadme, porque ya he encontrado la moneda que había perdido!’ Os digo que así también hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierte.
(Lc 15,1-10)

Jesús está pendiente de nosotros. No nos abandona nunca. Por eso nos busca cuando nos perdemos y se alegra inmensamente cuando nos recupera. Debemos procurar no alejarnos nunca de Él. Pero hemos de tener la seguridad de que si lo hacemos, nos buscará hasta encontrarnos.

"Las parábolas de Jesús tiene sabor a tierra, a campo, a mar, a flores, a vida cotidiana, a hombres y mujeres que se alegran, sufren, festejan, de padres e hijos, de quehaceres y oficios.  Y muestran hasta que punto el Hijo de Dios se hizo hombre. Adquirió una naturaleza humana. No  sobrehumana sino “divinamente” humana. Sensible, observador, atento, sabio, amable, exigente, tierno y riguroso, prudente y sensato, audaz y valeroso. A veces irónico, a veces mostrando un sentido del humor agudo. El hombre perfecto.
Es muy posible que la historia del pastor que deja a las noventa y nueve para buscar a la oveja perdida hubiera ocurrido si no exactamente así, de un modo parecido. O tal vez no: un pastor que pierde una oveja y se resigna porque tiene otras noventa y nueve en el redil. Muchas veces habló sobre pastores, sus usos y costumbres, su buen hacer y su mal desempeño. Y a sí mismo se tituló como el buen pastor.
En el arte paleocristiano se le representó como el buen pastor que carga una oveja sobre sus hombros. Así que todo el relato nos parece tan familiar y conocido que casi no nos asombramos de la comparación. Puede que,  si alguna vez o más de una, hemos estado perdidos, no nos hayamos asombrado demasiado de la alegría del Pastor al volvernos al redil, mayor que la de tener consigo a las que no se extraviaron. Pero es asombroso. No que el pastor de la parábola se alegre sino que en el cielo haya mayor alegría por nuestra vuelta que por los cientos de miles de santos que gozan de la presencia de Dios. ¿De verdad no es exagerado?
Según nuestra lógica, tan exagerado como el perdón de Jesús a los que le crucificaron o el “hoy estarás conmigo en el paraíso” dicho a Dimas. El amor de Dios por los hombres es un misterio de infinita misericordia. “Es de bien nacidos, ser agradecidos”. Que toda nuestra vida sea una acción de gracias al Señor por esa infinita misericordia."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 4 de noviembre de 2026

PARA SEGUIR A JESÚS

  

Jesús iba de camino acompañado por mucha gente. En esto se volvió y dijo: Si alguno no me ama más que a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun más que a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no toma su propia cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Si alguno de vosotros quiere construir una torre, ¿acaso no se sentará primero a calcular los gastos y ver si tiene dinero para terminarla? No sea que, una vez puestos los cimientos, si no puede terminarla, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre empezó a construir, pero no pudo terminar.’ O si un rey tiene que ir a la guerra contra otro rey, ¿no se sentará primero a calcular si con diez mil soldados podrá hacer frente a quien va a atacarle con veinte mil? Y si no puede hacerle frente, cuando el otro rey esté todavía lejos le enviará mensajeros a pedirle la paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que tiene no puede ser mi discípulo.
(Lc 14,25-33)

Jesús nos pone las condiciones para seguirlo. Algunas nos pueden extrañar. ¿No amar nuestra familia? Lo que nos dice es que a Él todavía debemos amarlo más. Que el Amor a Dios debemos hacerlo pasar por delante de todas las cosas. Ese Amor es el cimiento que sostendrá la torre de nuestra vida. Él será el ejército que nos hará vencer todas nuestras dificultades.
 
"Le seguía una gran multitud de personas. A lo mejor porque habían presenciado un milagro, porque alguien les había hablado de Él, porque esperaban al Mesías, porque les fascinaba su sola presencia… Y seguramente, un buen número, por aquello de ¿dónde va Vicente?
La situación resulta bastante frecuente en nuestros días. Lo hemos visto hace poco en las visitas del Papa León XIV a  España y a Francia pero también lo vemos a diario en eventos deportivos, musicales, marchas solidarias, etc. En demasiadas ocasiones son jóvenes en buena parte ignorantes de ser manipulados por ideologías, medios de comunicación, redes sociales…
Posponer no es anular, es poner detrás. Jesús sabe que esa multitud se quedará solo en unos cuantos y le dirige un mensaje que la pondrá a prueba. Para seguirle en necesario posponer todo lo demás. Incluso lo más sagrado, lo prescrito en la Ley: honrarás a tu padre y a tu madre. Los adultos también, a veces, nos quedamos en la intensidad de un momento, en la alegría de los cantos y la fiesta, en la devoción que emociona… Todo está bien pero “hay que posponer” porque lo esencial es el seguimiento a secas, sin adornos.
Al seguimiento que nos pide Jesús hay que responder con sensatez. ¿Conocemos cual es nuestra fe o repetimos el Credo automáticamente en la Eucaristía? ¿Sabemos que dar testimonio de Cristo requiere valentía, incluso llegando hasta al martirio?
Jesús pone el ejemplo de la construcción. Para construir se necesitan materiales. ¿Tenemos conocimiento, sabiduría, discernimiento…? Y si creemos que es así ¿Se los hemos proporcionado a nuestros hijo, alumnos, sobrinos, nietos?
También el de la lucha. Para  combatir se necesita contar con un ejército más numeroso que el del enemigo. Además bien entrenado. ¿Qué hay de la formación del carácter, del conocimiento propio, de los hábitos virtuosos? Sospecho que muchos padres y abuelos no hemos sabido trasmitir estas cosas o nos hemos retirado por miedo a la presión ambiental.
Dios quiera que todos esos jóvenes, tocados en el corazón en momentos especiales se encuentren con Jesucristo y comprendan cómo tienen que seguirle cargando con su cruz. Dios quiera que los adultos que podemos ayudarles en sus búsquedas no les ocultemos lo recio y difícil del camino."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 3 de noviembre de 2026

INVITADOS AL BANQUETE

  


Al oir esto, uno de los que estaban sentados a la mesa dijo a Jesús:
– ¡Dichoso el que tenga parte en el banquete del reino de Dios!
Jesús le dijo:
– Un hombre dio una gran cena e invitó a muchos. A la hora de la cena envió a su criado a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado.’ Pero ellos comenzaron a una a excusarse. El primero dijo: ‘Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes.’ Otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y he de probarlas. Te ruego que me disculpes.’ Y otro dijo: ‘No puedo ir, porque acabo de casarme.’ El criado regresó y se lo contó todo a su amo. Entonces el amo, indignado, dijo a su criado: ‘Sal en seguida a las calles y callejas de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los inválidos, a los ciegos y a los cojos.’ Volvió el criado, diciendo: ‘Señor, he hecho lo que me mandaste y aún queda sitio.’ Y el amo le contestó: ‘Ve por los caminos y cercados y obliga a otros a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos primeros invitados comerá de mi cena.’
(Lc 14,15-24)

Dios nos invita a todos al banquete. El problema está en que no respondemos correctamente. Él quiere ser el centro de nuestra vida y nosotros colocamos otras prioridades. Nos excusamos para estar con Él. Hacemos pasar "obligaciones" delante de la única que tenemos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Nos colocamos a nosotros en el centro. Olvidamos que el centro es el Amor, a Dios y a los demás.

"Hace más de medio siglo aprendí los llamados “Mandamientos de la Iglesia”. Es decir, los memoricé. Años más tarde me sorprendió que la pertenencia a la Iglesia impusiera una “cuota de socio” tan modesta. Eran solo cinco los mandamientos y, especialmente los referidos a la Eucaristía, sólo obligaban a acudir a la celebración del domingo y en fiestas importantes y siempre, si queríamos recibir la comunión, debíamos haber sido perdonados de los pecados graves ( llamados mortales) mediante la confesión. En Semana Santa y Pascua este deber se subrayaba especialmente.
En realidad era una información para los que que se iniciaban porque la fe, arraigada en los cristianos desde la primera hora, estimaba la Eucaristía como el centro de la vida cristiana. Sine dominico non possumos dijeron los mártires de Abitene (304 d. C.) que prefirieron morir antes que reunciar a reunirse los domingos para celebrar la fracción del pan.La Eucaristía edifica a la comunidad. No es un acto de piedad estrictamente individual, sino el encuentro del Cuerpo Místico de Cristo. La asistencia a la Misa no es meramente una formalidad para certificar la pertenencia. Es algo medular, constitutivo de la comunidad enviada al mundo para ser luz y sal.
El texto que hoy marca la liturgia, de alguna manera trata de todo esto pero también, y es patente, de la invitación de Jesús al pueblo judío. Este la ignorará y entonces otros serán también invitados y también rechazarán, hasta que el Señor envíe a sus servidores para que lleven a la fiesta a los que se encuentren en caminos y encrucijadas, mendigos, enfermos y tullidos. Toda una humanidad doliente. Benedicto XVI nos recordaba que, en cada Misa, los cristianos somos esos «cojos y ciegos» de los caminos. Nadie se sienta a la mesa de la Eucaristía por derecho propio o por méritos personales; nos sentamos únicamente porque fuimos encontrados en los cruces de la vida y rescatados por la gracia del Anfitrión.
A lo mejor tenemos que revisar cómo vivimos esta invitación, semana a semana quizás día a día. Si cortesmente nos excusamos de asistir o incluso si estamos presentes pero absortos en nuestros intereses, y nuestra asistencia es puro formulismo. Ojalá seamos como los mártires de Abitene."

(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 2 de noviembre de 2026

CAMINO, VERDAD Y VIDA

 

No os angustiéis: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchos lugares donde vivir; si no fuera así, no os habría dicho que voy a prepararos un lugar. Y después de ir y prepararos un lugar, vendré otra vez para llevaros conmigo, para que vosotros también estéis donde yo voy a estar. Ya sabéis el camino que lleva a donde yo voy.
Tomás dijo a Jesús:
– Señor, no sabemos a dónde vas: ¿cómo vamos a saber el camino?
Jesús le contestó:
– Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre.
(Jn 14,1-6)

Hoy recordamos de una manera especial a aquellos que nos han dejado. Todos tenemos la esperanza de que un día nos volveremos a encontrar. Siguiendo el camino de Jesús nos encontraremos con toda seguridad con ellos. Él es el camino, la verdad y la vida. Él nos lleva al Padre y allí, en sus brazos, nos reuniremos todos.

"A veces oímos, en ambientes de no creyentes o bautizados que hace años se  alejaron de la Iglesia, expresiones de amor y estima hacia sus parientes o amigos difuntos como “esté donde esté”, “allá arriba”, “te llevamos en el corazón”… Incluso quienes se tienen por ateos, parecen aferrarse al deseo irrenunciable de mantenerse en la existencia y aun más de que los seres amados vivan.
Cuando amamos profundamente a alguien, nuestro deseo de protegerlo, perpetuarlo y estar con esa persona es infinito. El filósofo Maurice Blondel ve en ese deseo el síntoma de que el ser humano está constitucionalmente abierto a una resolución que supera los límites de la naturaleza física.
Los que creemos en Cristo encontramos en el pasaje de Juan, que nos propone la liturgia de hoy, una certeza que rebasa todo lo que podemos imaginar acerca de la vida eterna. Él nos ha preparado un “lugar”. Por supuesto el término lugar es en las palabras de Jesús una especie de metáfora. ¿Cómo hacernos entender algo que se dará fuera de nuestro espacio y nuestro tiempo en la tierra?.
En palabras de C.S. Lewis: «El Cielo es el destino natural del alma creada por Dios: Nuestro lugar en el Cielo parecerá estar hecho exclusivamente para cada uno de nosotros porque fuimos creados para ocuparlo; fuimos creados para ello puntada a puntada, como el guante para la mano”. Son muchas moradas preparadas por Cristo Resucitado para cada uno de los que creemos en Él y tratamos de seguirle día a día.
Tendremos el cielo prometido si de verdad creemos. Y ello nos llevará a considerar con una mirada diferente todo lo que nos acontece en esta vida: sinsabores, fracasos, incomprensiones, enfermedad, soledad, miedo, triunfos, placeres, aficiones, tareas pesadas, sufrimiento… Como escribió San Pablo “todo lo tengo en nada”. Tal vez porque, como relata en Corintios, 2: Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre… que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)