sábado, 14 de marzo de 2026

AMOR, ANTES QUE SACRIFICIOS

  


Jesús contó esta otra parábola para algunos que se consideraban a sí mismos justos y despreciaban a los demás: Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.’ A cierta distancia, el cobrador de impuestos ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!’ Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido.
(Lc 18,9-14)

"La víctima que ofrezco es un corazón arrepentido". El fariseo se creía diferente a los demás y, además, los juzgaba y los despreciaba. El publicano, se sabía pecador y se arrepentía, pedía perdón. Y Jesús nos dice que prefiere al publicano y no al fariseo. 
Jesús valora nuestra sinceridad, nuestra humildad. No importa que cumplamos la ley, que hagamos muchas ceremonias, si todo lo hacemos para que los demás se admiren de nosotros y digan qué buenos somos. Jesús quiere que nos veamos tal cual somos. Todos tenemos defectos. Todos fallamos. Lo que Él quiere es que nos aceptemos y pidamos perdón.

"“Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”. Esta afirmación que el profeta Oseas pone en labios de Dios, sintetiza una de las crisis más fuertes que Israel atravesó en la etapa de la monarquía. La tentación que siempre retornaba era la de sustituir el esfuerzo por cumplir los mandatos de la ley, con el culto que se realizaba en el templo (los sacrificios y holocaustos). Tal reemplazo significaba, en la práctica, pervertir la relación religiosa. Pues ya no se trataba de hacer la voluntad de Dios, mediante el instrumento de la Ley, sino de reparar con la sangre de los animales sacrificados u ofrecidos en holocausto el honor ofendido de Yahvé, a causa de nuestros pecados. Por esa vía, los rituales de purificación y de comunión que los sacrificios expresaban se retorcían de forma autoreferencial: tenían la finalidad de saberse y sentirse limpios ante Dios (aunque carezcamos de una verdadera relación con él): hemos cumplido lo mandado y nadie puede reprocharnos nada.
De este modo en lugar de confrontarse con Dios, que siempre implicaba un riesgo y una exigencia de autenticidad, (a Dios no es posible engañarlo), uno se confrontaba con las exigencias rituales y las normas, mucho más simples, objetivas y “controlables” que se trataban de cumplir en todos sus detalles. La esencia del problema residía en que, en lugar de pedir perdón, y entregarse al juego de la relación personal con Dios, se invocaba el cumplimiento de los rituales para sentirse autojustificados. A la vez, se sentían autorizados para criticar y condenar a quienes no podían cumplir el cúmulo de mandamientos. La ley y los ritos, en vez de ser una vía para la comunión con Dios, se volvían un muro que separaba de Dios, no sólo a quienes no llegaban a cumplir los preceptos, sino – y esto es lo trágico – a quienes se esforzaban al máximo por cumplirlos, porque sólo les servían para autoglorificarse. Pero no les justificaban ante Dios. Sólo quien delante de Dios, es capaz de reconocer su pecado y de pedir misericordia queda justificado. La parábola del fariseo y el publicano que oran en el templo ejemplifica con nitidez esta dificultad."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 13 de marzo de 2026

AMAR ES ESTAR EN EL REINO




Al ver lo bien que Jesús había contestado a los saduceos, uno de los maestros de la ley, que les había oído discutir, se acercó a él y le preguntó:
– ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
Jesús le contestó:
– El primer mandamiento de todos es: ‘Oye, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’ Y el segundo es: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ Ningún mandamiento es más importante que estos.
El maestro de la ley dijo:
– Muy bien, Maestro. Es verdad lo que dices: Dios es uno solo y no hay otro fuera de él. Y amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y que todos los sacrificios que se queman en el altar.
Al ver Jesús que el maestro de la ley había contestado con buen sentido, le dijo:
No estás lejos del reino de Dios.
Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
(Mc 12,28-34)

No es que los otros mandamientos no cuenten. Es que todos se resumen en este mandamiento: AMAR. A Dios y al prójimo. Hacer de nuestra vida un acto de Amor. El maestro de la ley está cerca del Reino porque comprende esto. Pero como a nosotros le falta algo, no para estar cerca, sino para estar en el Reino: hacerlo.

"Quizá lo que más sorprende de nuestra fe es su capacidad camaleónica para abrirse a cualquier diálogo. Sin negar algunos rasgos típicamente rupturistas, por el que nuestra fe, respecto de ciertos temas, defiende posiciones fuertes, decididamente poco razonables, posee, al tiempo, un universalismo de fondo que no excluye a nadie, que está abierto en toda circunstancia, que es capaz de dialogar con enfoques muy distintos.
Sin negar tampoco una rigidez muchas veces manifiesta en el plano doctrinal, que más que crear amigos o tender puentes lo que ha hecho ha sido suscitar enemigos de muy diverso pelaje, tampoco se puede negar que desde el Concilio Vaticano II ha habido un cambio de talante decisivo al respecto. Cuando el filósofo marxista Roger Garaudy encabezaba un libro suyo, nacido en el contexto conciliar, y como respuesta a la fe, con el siguiente título: “Del anatema al diálogo” se hacía eco de este cambio decisivo. Mas, como nos muestra el evangelio de hoy, refleja una actitud que muy bien podemos remontar hasta al mismo Jesús. El nunca duda en responder a las objeciones que se le plantean. Incluso si las preguntas que se le formulan están motivadas por una intención aviesa, que él sabe identificar perfectamente, no duda en responder a la objeción para evitar que nada pueda interponerse delante del anuncio de la Buena Noticia. Y así se muestra en el evangelio de hoy.
Mas quizá su comentario a la afirmación del letrado: “no estás lejos del Reino de Dios” resulte un tanto decepcionante, porque más que atraer, manifiesta sólo un limitado acercamiento a la visión de Cristo. Hay que ir a la segunda parte del texto de Oseas en la primera lectura, para comprender lo que está en juego. No se trata sólo de precisar una cierta imagen de Dios que puede ser interpretada de forma equivocada, sino de comprender la gratuidad de su amor por el pueblo, su capacidad de perdonar, de ofrecer una nueva oportunidad al pueblo, aunque no la merezca. Para ello no basta la objetividad de una idea correcta: hay que entrar en el juego de las relaciones, de amor, del respeto, de la fidelidad, de la misericordia. Y esto no se improvisa, ni se sabe mediante reflexión abstracta. Por eso la pregunta del profeta: «¿quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda?»."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 12 de marzo de 2026

ESTAR CON JESÚS

 



Jesús estaba expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando el demonio salió, el mudo comenzó a hablar. La gente se quedó asombrada, aunque algunos dijeron:
– Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.
Otros, para tenderle una trampa, le pidieron una señal milagrosa del cielo. Pero él, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
– Todo país dividido en bandos enemigos se destruye a sí mismo, y sus casas se derrumban una tras otra. Así también, si Satanás se divide contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su poder? Digo esto porque afirmáis que yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú. Pues si yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú, ¿quién da a vuestros seguidores el poder para expulsarlos? Por eso, ellos mismos demuestran que estáis equivocados. Pero si yo expulso a los demonios por el poder de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado cuida de su casa, lo que guarda en ella está seguro. Pero si otro más fuerte que él llega y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes como botín.
El que no está conmigo está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama.
(Lc 11,14-23)

Con Jesús no hay medias tintas. O estamos con Él o contra Él. Debemos colocarlo en el centro de nuestras vidas. Esto supone buscar siempre el bien y no dejar ningún resquicio al mal. Y al mal se le vence como hizo Jesús. Curando, protegiendo al débil, sirviendo....es decir, AMANDO.

"La resistencia de Israel para escuchar la voz de Dios y hacer caso omiso de sus indicaciones era uno de los pecados proverbiales de Israel, que denunciaron los profetas uno tras otro. Y el tono de Jeremías evoca el de quien ya no espera nada de este pueblo: Todo es hipocresía, han arrancado la sinceridad de su boca.
Y, sin embargo, con la venida de Jesús emerge un pecado aún peor. A veces nos hemos podido preguntar ¿Qué será ese pecado contra el Espíritu Santo del que el mismo Jesús llega a decir que “no podrá ser nunca perdonado”? Quizá hasta alguna vez nos hemos podido escandalizar de escuchar a Jesús decir esta advertencia. ¿Hay algún pecado que Dios no pueda perdonar? ¿Qué puede ser tan grave?
Hoy la palabra evangélica nos lo muestra con claridad. Si tu supones que el poder de curación que Jesús ejercita sobre los endemoniados no viene del Espíritu Santo, sino que es por el poder del príncipe de los demonios ¿A quién le vas a poder pedir después que te sean perdonados los pecados? ¿A aquel que es el mismo principio del pecado? Es absurdo.
En realidad, te estás bloqueando a ti mismo la salida. Llama la atención la paciencia y lo razonable de la argumentación de Jesús: por una parte, argumenta lo absurdo de la objeción: Si Satanás trabaja contra sí mismo… ¿A dónde conducirá todo su esfuerzo?
Pero también les reprocha haciendo ver que no es sólo él quien expulsa a los demonios inmundos. Aquí se está refiriendo a los apóstoles, para hace ver que también ellos tienen que ser vistos como hijos de Satanás. Y les advierte: serán ellos vuestros jueces.
Y, con todo, no deja de pronunciar el anuncio, incluso para estos que se han mostrado tan malintencionados. Si yo echo los demonios con la fuerza de Dios…. El Reino de Dios ha llegado a vosotros. No puede dejar de cumplir su misión, y anuncia la llegada del Reino incluso ante quienes todo lo tergiversan.
Pero quizá es el comentario final el que mejor narra el desengaño y hasta el escepticismo de Jesús ante la respuesta del hombre: “el que no está conmigo está contra mi y el que no recoge conmigo, desparrama”. Poner a Cristo en el centro es la única opción razonable."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 11 de marzo de 2026

IMPORTANCIA DE LA ACTITUD




 No penséis que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés y a las enseñanzas de los profetas. No he venido a ponerles fin, sino a darles su verdadero sentido. Porque os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra no se le quitará a la ley ni un punto ni una coma, hasta que suceda lo que tenga que suceder. Por eso, el que quebrante uno de los mandamientos de la ley, aunque sea el más pequeño, y no enseñe a la gente a obedecerlos, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedezca y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos.
(Mt 5,17-19)

Jesús nos dice que la Ley está para cumplirla. Pero no se trata de cumplir la Ley por la Ley. Por eso nos dice que ha venido a darle su verdadero sentido. La Ley se ha de cumplir con Amor. Lo importante es la actitud con la que la cumplimos. Debemos cumplirla como hijos, no como esclavos. El cumplimiento ha de ser un acto de Amor.
 
" (...) La verdad es que sólo después del exilio la Ley del Señor alcanzó el puesto que le correspondía en la vida de Israel. Durante la monarquía tuvo que luchar contracorriente de las dos mayores tentaciones que denunciaron los profetas: una relación con Dios centrada en los ritos sacrificiales del templo, pero desconectada de la propia vida, lo que hacía de ese culto un rito vacío; dar la prioridad a los pactos políticas con las otras naciones para defenderse de los enemigos, en vez de confiar en la alianza con su Dios.
Pero incluso después, a la vuelta del exilio, cuando la Ley se convirtió en el centro de la vida religiosa de Israel, emergió otro error, que aún estaba plenamente operante en tiempos de Jesús. La tentación de sustituir a Dios por la Ley. La Ley era un instrumento para saber cómo agradar a Dios, como hacer su voluntad. Pero la absolutización de le Ley, condujo a que, en vez de ponerse ante Dios, fuese más sencillo, más manejable, confrontarse con las exigencias de la ley: el objetivo era la autojustificación. Si yo cumplo estrictamente la ley, nadie puede reprocharme nada. Pero de este modo, la relación religiosa se desvirtúa. Ya no se busca agradar a Dios, sino escapar de cualquier posible crítica. Ya no circula ningún vínculo personal entre el creyente y Dios. Y el creyente acaba por manipular la Ley en su propio beneficio. Por eso Jesús critica el uso de la Ley, pero, a la vez, la defiende. No se trata de abolir o no abolir preceptos, sino de cambiar la actitud de fondo. Para que pueda cumplir su función. Y es una tentación qu aún hoy nos puede asediar. No porque seamos especialmente legalistas, sino porque, quizá, aún no hemos experimentado la misericordia y el amor de Dios."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

martes, 10 de marzo de 2026

PERDONAR PORQUE SOMOS PERDONADOS

  



Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda. El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido. El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
(Mt 18,21-35)

Debemos perdonar siempre. El Padre nos perdona siempre. Nosotros no somos jueces de los demás. Queremos que se nos perdone, pero no queremos perdonar a los demás. Decimos aquello de  " perdono , pero no olvido". Que significa, que no hemos perdonado. No es fácil perdonar a quien nos ha hecho daño. Jesús lo que nos pide es que nuestra actitud sea la de perdonar, que intentemos, que estemos siempre dispuestos a perdonar. Él sabe que somos débiles y perdona nuestra debilidad.
 
"“Si no perdonáis, ¡no seréis perdonados!” Quizá no sea posible calcular el valor que Dios concede al perdón cuando lo ejercitamos. Lo que sí sabemos con precisión, porque lo hemos experimentado, es el valor que tiene el perdón de Dios para con nosotros. Es como una recreación, como una resurrección. Si no fuera por el perdón divino, ¿cómo podríamos sostenernos en la presencia del Señor? Por esto no hay escusa. Hay que perdonar siempre. Estamos ante una reciprocidad recibida de Dios, que debe proyectarse hacia nuestros hermanos. Y aquí Dios no admite excepciones.
Por un lado, porque nosotros hemos recibido ya una misericordia sin excepciones, como nos recuerda en la primera lectura, el testimonio de Azarías, una misericordia que no puede justificarse en nada, porque nada tiene, que no encuentra más apoyo que las mismas promesas de Dios, el honor del nombre de Dios. Por otro, porque sólo con el perdón hacia los hermanos llegamos a romper con nuestros juegos interminables de reproches, de rencores, de heridas no sanadas, de culpabilidades explícitas o implícitas, que oxidan y bloquean tan a menudo nuestras relaciones e impiden la vida cristiana.
Pero lo que no siempre se percibe es que el perdón constituye, ante todo, una liberación para el que perdona. El rencor hacia alguien acaba por convertirse, a semejanza de las ilustraciones clásicas de los prisioneros, en una especie de bola de plomo encadenada a nuestro pie que nos obliga a arrastrar tras nosotros un peso insufrible, insoportable, que nos vuelve esclavos durante años de nuestro propio rencor.
Cortar ese peso mediante un perdón verdadero nos permite caminar con libertad, con la sensación no sólo de haber permitido volar al perdonado, sino también de permitir que nosotros mismos podamos volar. El perdón tiene, probablemente, un origen divino, muestra una forma exquisita de la caridad (que, como ella, va más allá de la justicia, y, también como ella, se ríe del juicio) que resulta difícil de encontrar entre los habituales mecanismos humanos de relación. El perdón no pasa nunca. Posee una veta transida de eternidad."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 9 de marzo de 2026

RECIBIR A JESÚS

  


Y siguió diciendo:
– Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra. Verdaderamente había muchas viudas en Israel en tiempos del profeta Elías, cuando no llovió durante tres años y medio y hubo mucha hambre en todo el país. Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de las viudas israelitas, sino a una de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón. También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, que era de Siria.
 Al oir esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús. Lo llevaron a lo alto del monte sobre el que se alzaba el pueblo, para arrojarle abajo. Pero Jesús pasó por en medio de ellos y se fue.
(Lc 4,24-30)

Nosotros que nos consideramos sus seguidores, ¿lo recibimos bien? Una cosa es decir que le seguimos y otra hacerlo realmente: buscar siempre el bien de todos incluso de los que nos persiguen, curar a todo el mundo, amar a los que buscan nuestro mal...En un mundo de guerra y de violencia, ¿seguimos de verdad a Jesús? Recibir a Jesús es amar de verdad a TODOS. Nosotros seguimos clasificando a la gente entre buenos y malos...

"La Palabra de Dios de hoy nos presenta un hecho muy significativo que llegó a sorprender al mismo Jesús: las dificultades que tuvo para anunciar su Buena Noticia en su propio pueblo, en Nazaret. Es significativo porque revela hasta qué punto nuestros simples prejuicios humanos pueden llegar a bloquear la obra de Dios. También son una lección.
Jesús comenta un dicho popular: “nadie es profeta en su propia tierra”. Y este dicho encuentra su raíz en dos motivos determinantes. El primero es una pregunta que suscita la acción del profeta en sus conciudadanos; ¿cómo es posible que nosotros, que hemos vivido al lado de Jesús durante tantos años no nos hayamos dado cuenta de sus poderes y cualidades? Si lo conocemos de sobra, ¿de dónde ha sacado, entonces, esa sabiduría y esas facultades desconocidas para nosotros? El segundo, es casi una exigencia. Dado que este es su pueblo, en el que ha nacido y vivido ¿no tenemos nosotros acaso más derecho que nadie a que realice sus milagros y curaciones entre nosotros?
No parecen preguntas absurdas, ni aspiraciones sin fundamento. El mismo Jesús se hace eco del segundo motivo, en la versión del episodio en otro evangelista. ¿Dónde está, pues, el problema? En que tales actitudes minan la confianza en Jesús, que debe ser total. Jesús repite hasta la saciedad en las curaciones: “Tu fe te ha salvado” … “Que te suceda conforme has creído”. Y tales actitudes o expectativas generan una especie de reserva, algo que bloquea el acto de fe. De hecho, Jesús, en la otra versión evangélica del pasaje, no dice que no quiso hacer allí muchos milagros, sino que “no pudo” e indica la razón: “su falta de fe”.
En este contexto, la referencia a los casos de la viuda de Sarepta y de Naamán, el general sirio (por eso la inclusión de la Primera Lectura), no podían sino insistir en el argumento de fondo. No son ni la carne ni la sangre (ni si es de mi pueblo, de mis parientes o de mis conocidos) los que sirven de garantía para la intervención divina. Se exige esa fe plena."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 8 de marzo de 2026

SENTADO JUNTO AL POZO

 


Llegó así a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob había dado en herencia a su hijo José. Allí estaba el pozo que llamaban de Jacob. Cerca del mediodía, Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar algo de comer. En esto una mujer de Samaria llegó al pozo a sacar agua, y Jesús le pidió:
– Dame un poco de agua.
Pero como los judíos no tienen trato con los samaritanos, la mujer le respondió:
– ¿Cómo tú, que eres judío, me pides agua a mí, que soy samaritana?
Jesús le contestó:
– Si supieras lo que Dios da y quién es el que te está pidiendo agua, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.
La mujer le dijo:
– Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua y el pozo es muy hondo: ¿de dónde vas a darme agua viva? Nuestro antepasado Jacob nos dejó este pozo, del que él mismo bebía y del que bebían también sus hijos y sus animales. ¿Acaso eres tú más que él?
Jesús le contestó:
– Los que beben de esta agua volverán a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna.
La mujer le dijo:
– Señor, dame de esa agua, para que no vuelva yo a tener sed ni haya de venir aquí a sacarla.
Jesús le dijo:
– Ve a llamar a tu marido y vuelve acá.
– No tengo marido – contestó ella.
Jesús le dijo:
– Bien dices que no tienes marido, porque has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido. Es cierto lo que has dicho.
Al oir esto, le dijo la mujer:
– Señor, ya veo que eres un profeta. Nuestros antepasados los samaritanos adoraron a Dios aquí, en este monte, pero vosotros los judíos decís que debemos adorarle en Jerusalén.
Jesús le contestó:
– Créeme, mujer, llega la hora en que adoraréis al Padre sin tener que venir a este monte ni ir a Jerusalén. Vosotros no sabéis a quién adoráis; nosotros, en cambio, sí sabemos a quién adoramos, pues la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y es ahora mismo, cuando los que de veras adoran al Padre lo harán conforme al Espíritu de Dios y a la verdad. Pues así quiere el Padre que le adoren los que le adoran. Dios es Espíritu, y los que le adoran deben hacerlo conforme al Espíritu de Dios y a la verdad.
Dijo la mujer:
– Yo sé que ha de venir el Mesías (es decir, el Cristo) y que cuando venga nos lo explicará todo.
Jesús le dijo:
– El Mesías soy yo, que estoy hablando contigo.
En esto llegaron sus discípulos. Se quedaron sorprendidos al ver a Jesús hablando con una mujer, pero ninguno se atrevió a preguntarle qué quería o de qué hablaba con ella. La mujer dejó su cántaro y se fue al pueblo a decir a la gente:
– Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?
Entonces salieron del pueblo y fueron adonde estaba Jesús. Mientras tanto, los discípulos le rogaban:
– Maestro, come algo.
Pero él les dijo:
– Yo tengo una comida que vosotros no sabéis.
Los discípulos comenzaron a preguntarse uno a otros:
– ¿Será que le han traído algo de comer?
Pero Jesús les dijo:
– Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo. Vosotros decís: ‘Todavía faltan cuatro meses para la siega’, pero yo os digo que os fijéis en los sembrados, pues ya están maduros para la siega. El que siega recibe su salario, y la cosecha que recoge es para la vida eterna, para que igualmente se alegren el que siembra y el que siega. Porque es cierto lo que dice el refrán: ‘Uno es el que siembra y otro el que siega.’ Yo os envié a segar lo que vosotros no habíais trabajado. Otros fueron los que trabajaron, y vosotros os beneficiáis de su trabajo.
Muchos de los que vivían en aquel pueblo de Samaria creyeron en Jesús por las palabras de la mujer, que aseguraba: “Me ha dicho todo lo que he hecho.”
Así que los samaritanos, cuando llegaron adonde estaba Jesús, le rogaron que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más fueron los que creyeron por lo que él mismo decía. Por eso dijeron a la mujer:
– Ahora ya no creemos solo por lo que tú nos contaste, sino porque nosotros mismos le hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo.
(Jn 4,5.42)

Jesús nos espera sentado junto al pozo. Un pozo que nos dará el agua viva. Jesús nos dice que al Padre lo encontramos en todas partes. En nuestro interior. Lo encontramos amando, porque Él es Amor.

"Seguimos nuestra peregrinación por el camino de la Cuaresma. En la oración colecta del primer domingo de Cuaresma pedía­mos a Dios que nos concediera avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. La liturgia de la Palabra de ese domingo de Cuaresma nos presentaba ese misterio de Cristo: lo veíamos expuesto a las tentaciones y lo veíamos también salir vencedor; el domingo pasado era la escena de la Transfiguración de Jesús la que nos invitaba a verlo en su aspecto común y corriente (con el traje de faena de todos los días) y en una anticipación de su gloria (el traje de fiesta de la Pascua: el rostro brillan­te como el sol y los vestidos resplande­cientes). Hoy nos asomamos de nuevo a ese pozo sin fondo de su misterio: lo vemos como a uno de nosotros, un ser de necesidades y deseos: siente la fatiga del camino y tiene sed; y lo vemos como el que nos ofrece a todos el agua viva, y trae así respuesta y cumplimiento (respuesta cumplida) a nuestras necesidades y deseos últimos.
Eso no significa que esa respuesta sea fácil de aceptar o entender. La experiencia de Israel (que deja los ajos y cebollas de Egipto y los añora) se repite en la vida de cada cristiano. Toda conversión es un abandono de la “tierra de la esclavitud” y señala el inicio de un éxodo. Los primeros momentos de la nueva vida pueden trascurrir serenamente, sobre todo si nos ayuda la buena voluntad y el entusiasmo y recibimos ayuda de nuestros hermanos en la fe. Después, comienza inevitablemente la añoranza, la nostalgia y, a veces, la desilusión que experimentamos al contacto con la vida de la comunidad cristiana.
Aparecen las dudas, las vacilaciones y la tentación de cuestionar la elección hecha. Se siente la necesidad de algún signo; exigimos a Dios que dé pruebas concretas de su fidelidad. No hay que extrañarse de que surjan estos momentos difíciles: son la señal de que hemos llegado, como Israel, a Masá-Meribá. También con nosotros el Señor se mostrará paciente. También ofrecerá una señal a nuestra fe débil y tambaleante: el agua prodigiosa que brota de Cristo, su Espíritu, su Palabra y su Pan.
La sequía que experimentan muchas zonas del mundo nos ha hecho caer en la cuenta de lo preciosa e imprescindible que es el agua, sobre todo esta agua tan bien cernida de la llovizna. La hermana agua: útil, casta, humilde. Hemos aprendido a echarla de menos y a tener más cuidado con ella. Incluso especulan con que las guerras del futuro podrán tener lugar por causa del agua.
Si alguna vez hemos sufrido sed, sabemos lo mal que se pasa. Cuando se acaba en una excursión, cuando la cortan por obras o por una avería, echamos de menos ese líquido elemento. De esta suerte aprendemos a conocer y apreciar el don de Dios. Porque, sin agua, la tierra se endurece. Sin esa agua que es Dios mismo, sin el Espíritu de Dios, sin el conocimiento de Dios y sin el amor a Dios manifestados en Jesús y derramados por el Espíritu en nuestros corazones, también nosotros nos endurecemos: perdemos sensibilidad humana, se crispan más nues­tras relaciones, nos volvemos menos porosos y receptivos, se estrechan nuestra apertura y nuestra capacidad de acogida. Por el contrario, la presencia del don de Dios nos vuelve más esponjosos, más receptivos, con mayor capacidad de acogida y de escucha.
Sin esa agua que es el mismo Dios, las ciudades se llenan de contaminación y la atmósfera se vuelve irrespirable. Por el contrario, cuando Dios hace acto de presencia, se va creando comunidad.
Sin esa agua que es el mismo Dios, muchos buscan sustitutos que no pueden calmar nuestra sed, como le pasaba a la samaritana, mujer de sexualidad inquieta, que andaba ya por el quinto o sexto marido. Es que el amor de Dios – lo demuestran las historias de muchos creyentes – puede llenar de tal manera que las necesidades físicas quedan mitigadas (ascesis) y puede renunciarse a la mujer o al marido (castidad consagrada de los célibes y las vírgenes).
El problema del que se habla en las lecturas no es simplemente de sed, sino de fe, de sentido de la vida. Jesús, después de pedirle de beber a la samaritana, suscita una sed más profunda en su corazón. Una sed que sólo puede saciarse con agua viva. Aquella que no venden embotellada en ningún comercio, sino que ofrece el que es la Vida. Al corazón insaciable del hombre sólo puede colmar el agua viva del Inagotable. La herida que Dios ha abierto en nosotros sólo puede ser restañada por Dios mismo: «nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín).
Hoy Jesús sigue pidiéndote de beber. El vuelve a salir a tu encuentro sintiéndose necesitado de ti. Se hace débil para que puedas tener acceso a su amor infinito. Nos pide de beber a nosotros que vivimos inquietos, llenos de deseos insatisfechos. Víctimas de una sociedad que se ha especializado en crearnos necesidades. Nos rodea la publicidad en torno al consumo creciente. No estamos ni mucho menos satisfechos con lo que somos, hacemos y poseemos…, siempre se nos espolea a desear más.
Por eso Dios, que ve nuestro corazón insaciable y que conoce nuestras inquietudes, vuelve a salirnos al encuentro. El Dios que se las sabe todas para meterse en tu vida, vuelve a decirte: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber…» «Yo soy», el que acaso, sin saberlo, estás buscando. Yo soy el Esperado. El encuentro con Él, aparentemente fortuito, despierta el deseo de infinito, nostalgia: «Quien tenga sed que venga y beba y de sus entrañas brotará una fuente que salte hasta la vida eterna». Él es el agua de la roca, el agua del costado que brotó de la lanzada en el cuerpo muerto del Crucificado, el agua que Él mismo ofrece a la samaritana.
La Cuaresma es un tiempo propicio para reavivar la gracia del bautismo y vivir la Vida nueva que un día, por el Espíritu, fue derramada en nuestros corazones. La Cuaresma se vive retornando a aquella fuente de la que brota la vida. Una invitación especial que podríamos recibir para la semana entrante es ésta: vivir el espíritu de oración; practicar la oración en espíritu y verdad.
¿Qué hace esta mujer después de haber encontrado a Cristo? Abandona el cántaro (no le sirve porque ha encontrado el “agua viva”) y corre a anunciar a otros su descubrimiento y su felicidad. Es la invitación a ser misioneros, apóstoles, catequistas, a proclamar a todas las gentes la alegría y la paz que llena a quien encuentra al Señor y bebe su agua."
(Alejandro Carbajo c,f, Ciudad Redonda)