domingo, 15 de marzo de 2026

JESÚS NOS HACE VER

  

Yendo de camino vio Jesús a un hombre que había nacido ciego. Los discípulos le preguntaron:
– Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?
Jesús les contestó:
– Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios. Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo.
Dicho esto, Jesús escupió en el suelo, hizo con la saliva un poco de lodo y untó con él los ojos del ciego. Luego le dijo:
– Ve a lavarte al estanque de Siloé (que significa: “Enviado”).
El ciego fue y se lavó, y al regresar ya veía. Los vecinos y los que otras veces le habían visto pedir limosna se preguntaban:
– ¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?
Unos decían:
– Sí, es él.
Y otros:
– No, no es él, aunque se le parece.
Pero él decía:
– Sí, soy yo.
Le preguntaron:
– ¿Y cómo es que ahora puedes ver? –Él contestó:
– Ese hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos y me dijo: ‘Ve al estanque de Siloé y lávate.' Yo fui, me lavé y comencé a ver.
Unos le preguntaron:
– ¿Dónde está ese hombre?
Él respondió:
– No lo sé.
El día en que Jesús hizo lodo y dio la vista al ciego, era sábado. Por eso llevaron ante los fariseos al que había sido ciego, y ellos le preguntaron cómo era que podía ver. Les contestó:
– Me puso lodo sobre los ojos, me lavé y ahora veo.
Algunos fariseos dijeron:
– El que hizo eso no puede ser de Dios, porque no respeta el sábado.
Pero otros decían:
– ¿Cómo puede alguien, siendo pecador, hacer esas señales milagrosas?
De manera que estaban divididos. Volvieron a preguntar al que había sido ciego:
– Puesto que te ha dado la vista, ¿qué dices tú de ese hombre?
– Yo digo que es un profeta – contestó.
Pero los judíos no quisieron creer que se trataba del mismo ciego, que ahora podía ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
– ¿Es este vuestro hijo? ¿Decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
Sus padres contestaron:
– Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero no sabemos cómo es que ahora ve, ni tampoco sabemos quién le dio la vista. Preguntádselo a él, que ya es mayor de edad y puede responder por sí mismo.
Sus padres dijeron esto por miedo, porque los judíos se habían puesto de acuerdo para expulsar de la sinagoga a cualquiera que reconociese a Jesús como el Mesías. Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad; preguntádselo a él.”
Los judíos volvieron a llamar al que había sido ciego y le dijeron:
– Reconoce la verdad delante de Dios: nosotros sabemos que ese hombre es pecador.
Él les contestó:
– Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo.
Volvieron a preguntarle:
– ¿Qué te hizo? ¿Qué hizo para darte la vista?
Les contestó:
– Ya os lo he dicho, pero no me hacéis caso. ¿Para qué queréis que lo repita? ¿Es que también vosotros queréis seguirle?
Entonces le insultaron y le dijeron:
– ¡Tú sigues a ese hombre, pero nosotros seguimos a Moisés! Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero ese ni siquiera sabemos de dónde ha salido.
El hombre les contestó:
– ¡Qué cosa tan rara, que vosotros no sabéis de dónde ha salido y a mí me ha dado la vista! Bien sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino solamente a quienes le adoran y hacen su voluntad. Nunca se ha oído decir de nadie que diera la vista a un ciego de nacimiento: si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada.
Le dijeron entonces:
– Tú, que naciste lleno de pecado, ¿quieres darnos lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron de la sinagoga.
Jesús se enteró de que habían expulsado de la sinagoga a aquel ciego. Cuando se encontró con él le preguntó:
– ¿Tú crees en el Hijo del hombre?
Él le dijo:
– Señor, dime quién es, para que crea en él.
Le contestó Jesús:
– Ya le has visto. Soy yo, con quien estás hablando.
El hombre le respondió:
– Creo, Señor – y se puso de rodillas delante de él.
Dijo Jesús:
– Yo he venido a este mundo para hacer juicio, para que los ciegos vean y los que ven se vuelvan ciegos.
Al oir esto, algunos fariseos que estaban reunidos con él le preguntaron:
– ¿Acaso nosotros también somos ciegos?
Jesús les contestó:
– Si fuerais ciegos, no tendríais la culpa de vuestros pecados; pero como decís que veis, sois culpables.

Jesús nos ayuda a ver. Él nos muestra a los necesitados. Él nos conduce al pobre, al inmigrante, al enfermo, al perseguido...Y nos los hace ver. Nos pide que los amemos. Quiere que les entreguemos nuestras vidas como hizo Él en la Cruz.

" (...) Si David se convirtió en testigo del Señor, también lo hizo el ciego de nacimiento. Para la sociedad, era un marginado, inhábil e incapaz de cualquier cosa, por enfermo y, consiguientemente, pecador. Es a él al que Cristo se acerca, para que se manifiesten las obras de Dios. Se fija en él, lo llama, lo elige y le encarga una nueva misión. Le cambia la vida, aunque poco a poco. Como le pasó a la samaritana. Igual que la protagonista del Evangelio de la semana pasada, al principio no sabía bien con Quién estaba hablando. Sólo gradualmente se va abriendo su mente, y acaba reconociéndole como al Mesías. Recuperando la visión física, se le abren también los ojos del alma.
La samaritana corrió a hablar del “profeta” con el que se había encontrado, y el exciego tampoco tarda en hablar de su encuentro con Jesús. Primero da testimonio ante sus paisanos de ese hombre, que dudan de si es él o uno que se le parece. Después ante los fariseos, que querían acusar a Jesús de curar en sábado, cosa prohibidísima por la ley. En su presencia, reconoce al que le ha devuelto la vista como “un profeta”. En una segunda visita (que no aparece hoy en la lectura, cfr. Jn 9, 27-34) se reconoce como “discípulo de Jesús”. Y no solo eso, sino que les pregunta si también ellos quieren convertirse en discípulos de Jesús. Por supuesto, acaban expulsando a este hombre de la sinagoga. Ya no es de los suyos.
Por fin, acaba confesando su fe delante del mismo Cristo. El Maestro le hace la pregunta que acabará de cambiar la vida de este personaje: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ¿Quién es? El mismo Jesús le dice: “Lo estás viendo”. Porque, después de la curación, ya no era ciego, ni física ni espiritualmente. Y sigue la confesión de fe: “Creo, Señor”. La misma que han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia tantas y tantas personas, como lo hicimos nosotros (o lo hicieron por nosotros) el día de nuestro Bautismo.
El tiempo de Cuaresma es una catequesis que nos ha de preparar para “caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor”, como dice San Pablo hoy a los cristianos de Éfeso. Jesús es la LUZ, con mayúsculas, esa que nos ayudará a verle a Él cerca de nosotros, y a vernos a nosotros mismos, y reconocernos como sus discípulos, invitados a dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros y en nuestras vidas. No somos “superhombres”, tampoco David y el ciego lo fueron, pero con la fuerza de Dios llegaron a ser “como una luz” en medio de las personas con las que convivían, y eso sí que está a nuestro alcance.
Este domingo cuarto de Cuaresma nos invita a la conversión, a abrir los ojos para sanarnos de los prejuicios, a un cambio de actitud y mentalidad, a ver de verdad la vida, como Dios la ve, tal cual es y no como la hemos opacado. Caminemos como hijos de la luz y demos mucho fruto, fruto de bondad, justicia y verdad, como dice el Apóstol. Renovemos cada día esa afirmación del protagonista de nuestro Evangelio de hoy, repitiendo con convicción: “Creo, Señor”. Seamos verdaderos hijos de la luz."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 14 de marzo de 2026

AMOR, ANTES QUE SACRIFICIOS

  


Jesús contó esta otra parábola para algunos que se consideraban a sí mismos justos y despreciaban a los demás: Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.’ A cierta distancia, el cobrador de impuestos ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!’ Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido.
(Lc 18,9-14)

"La víctima que ofrezco es un corazón arrepentido". El fariseo se creía diferente a los demás y, además, los juzgaba y los despreciaba. El publicano, se sabía pecador y se arrepentía, pedía perdón. Y Jesús nos dice que prefiere al publicano y no al fariseo. 
Jesús valora nuestra sinceridad, nuestra humildad. No importa que cumplamos la ley, que hagamos muchas ceremonias, si todo lo hacemos para que los demás se admiren de nosotros y digan qué buenos somos. Jesús quiere que nos veamos tal cual somos. Todos tenemos defectos. Todos fallamos. Lo que Él quiere es que nos aceptemos y pidamos perdón.

"“Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”. Esta afirmación que el profeta Oseas pone en labios de Dios, sintetiza una de las crisis más fuertes que Israel atravesó en la etapa de la monarquía. La tentación que siempre retornaba era la de sustituir el esfuerzo por cumplir los mandatos de la ley, con el culto que se realizaba en el templo (los sacrificios y holocaustos). Tal reemplazo significaba, en la práctica, pervertir la relación religiosa. Pues ya no se trataba de hacer la voluntad de Dios, mediante el instrumento de la Ley, sino de reparar con la sangre de los animales sacrificados u ofrecidos en holocausto el honor ofendido de Yahvé, a causa de nuestros pecados. Por esa vía, los rituales de purificación y de comunión que los sacrificios expresaban se retorcían de forma autoreferencial: tenían la finalidad de saberse y sentirse limpios ante Dios (aunque carezcamos de una verdadera relación con él): hemos cumplido lo mandado y nadie puede reprocharnos nada.
De este modo en lugar de confrontarse con Dios, que siempre implicaba un riesgo y una exigencia de autenticidad, (a Dios no es posible engañarlo), uno se confrontaba con las exigencias rituales y las normas, mucho más simples, objetivas y “controlables” que se trataban de cumplir en todos sus detalles. La esencia del problema residía en que, en lugar de pedir perdón, y entregarse al juego de la relación personal con Dios, se invocaba el cumplimiento de los rituales para sentirse autojustificados. A la vez, se sentían autorizados para criticar y condenar a quienes no podían cumplir el cúmulo de mandamientos. La ley y los ritos, en vez de ser una vía para la comunión con Dios, se volvían un muro que separaba de Dios, no sólo a quienes no llegaban a cumplir los preceptos, sino – y esto es lo trágico – a quienes se esforzaban al máximo por cumplirlos, porque sólo les servían para autoglorificarse. Pero no les justificaban ante Dios. Sólo quien delante de Dios, es capaz de reconocer su pecado y de pedir misericordia queda justificado. La parábola del fariseo y el publicano que oran en el templo ejemplifica con nitidez esta dificultad."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 13 de marzo de 2026

AMAR ES ESTAR EN EL REINO




Al ver lo bien que Jesús había contestado a los saduceos, uno de los maestros de la ley, que les había oído discutir, se acercó a él y le preguntó:
– ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?
Jesús le contestó:
– El primer mandamiento de todos es: ‘Oye, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’ Y el segundo es: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ Ningún mandamiento es más importante que estos.
El maestro de la ley dijo:
– Muy bien, Maestro. Es verdad lo que dices: Dios es uno solo y no hay otro fuera de él. Y amar a Dios con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y que todos los sacrificios que se queman en el altar.
Al ver Jesús que el maestro de la ley había contestado con buen sentido, le dijo:
No estás lejos del reino de Dios.
Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
(Mc 12,28-34)

No es que los otros mandamientos no cuenten. Es que todos se resumen en este mandamiento: AMAR. A Dios y al prójimo. Hacer de nuestra vida un acto de Amor. El maestro de la ley está cerca del Reino porque comprende esto. Pero como a nosotros le falta algo, no para estar cerca, sino para estar en el Reino: hacerlo.

"Quizá lo que más sorprende de nuestra fe es su capacidad camaleónica para abrirse a cualquier diálogo. Sin negar algunos rasgos típicamente rupturistas, por el que nuestra fe, respecto de ciertos temas, defiende posiciones fuertes, decididamente poco razonables, posee, al tiempo, un universalismo de fondo que no excluye a nadie, que está abierto en toda circunstancia, que es capaz de dialogar con enfoques muy distintos.
Sin negar tampoco una rigidez muchas veces manifiesta en el plano doctrinal, que más que crear amigos o tender puentes lo que ha hecho ha sido suscitar enemigos de muy diverso pelaje, tampoco se puede negar que desde el Concilio Vaticano II ha habido un cambio de talante decisivo al respecto. Cuando el filósofo marxista Roger Garaudy encabezaba un libro suyo, nacido en el contexto conciliar, y como respuesta a la fe, con el siguiente título: “Del anatema al diálogo” se hacía eco de este cambio decisivo. Mas, como nos muestra el evangelio de hoy, refleja una actitud que muy bien podemos remontar hasta al mismo Jesús. El nunca duda en responder a las objeciones que se le plantean. Incluso si las preguntas que se le formulan están motivadas por una intención aviesa, que él sabe identificar perfectamente, no duda en responder a la objeción para evitar que nada pueda interponerse delante del anuncio de la Buena Noticia. Y así se muestra en el evangelio de hoy.
Mas quizá su comentario a la afirmación del letrado: “no estás lejos del Reino de Dios” resulte un tanto decepcionante, porque más que atraer, manifiesta sólo un limitado acercamiento a la visión de Cristo. Hay que ir a la segunda parte del texto de Oseas en la primera lectura, para comprender lo que está en juego. No se trata sólo de precisar una cierta imagen de Dios que puede ser interpretada de forma equivocada, sino de comprender la gratuidad de su amor por el pueblo, su capacidad de perdonar, de ofrecer una nueva oportunidad al pueblo, aunque no la merezca. Para ello no basta la objetividad de una idea correcta: hay que entrar en el juego de las relaciones, de amor, del respeto, de la fidelidad, de la misericordia. Y esto no se improvisa, ni se sabe mediante reflexión abstracta. Por eso la pregunta del profeta: «¿quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda?»."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 12 de marzo de 2026

ESTAR CON JESÚS

 



Jesús estaba expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando el demonio salió, el mudo comenzó a hablar. La gente se quedó asombrada, aunque algunos dijeron:
– Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.
Otros, para tenderle una trampa, le pidieron una señal milagrosa del cielo. Pero él, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
– Todo país dividido en bandos enemigos se destruye a sí mismo, y sus casas se derrumban una tras otra. Así también, si Satanás se divide contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su poder? Digo esto porque afirmáis que yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú. Pues si yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú, ¿quién da a vuestros seguidores el poder para expulsarlos? Por eso, ellos mismos demuestran que estáis equivocados. Pero si yo expulso a los demonios por el poder de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado cuida de su casa, lo que guarda en ella está seguro. Pero si otro más fuerte que él llega y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes como botín.
El que no está conmigo está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama.
(Lc 11,14-23)

Con Jesús no hay medias tintas. O estamos con Él o contra Él. Debemos colocarlo en el centro de nuestras vidas. Esto supone buscar siempre el bien y no dejar ningún resquicio al mal. Y al mal se le vence como hizo Jesús. Curando, protegiendo al débil, sirviendo....es decir, AMANDO.

"La resistencia de Israel para escuchar la voz de Dios y hacer caso omiso de sus indicaciones era uno de los pecados proverbiales de Israel, que denunciaron los profetas uno tras otro. Y el tono de Jeremías evoca el de quien ya no espera nada de este pueblo: Todo es hipocresía, han arrancado la sinceridad de su boca.
Y, sin embargo, con la venida de Jesús emerge un pecado aún peor. A veces nos hemos podido preguntar ¿Qué será ese pecado contra el Espíritu Santo del que el mismo Jesús llega a decir que “no podrá ser nunca perdonado”? Quizá hasta alguna vez nos hemos podido escandalizar de escuchar a Jesús decir esta advertencia. ¿Hay algún pecado que Dios no pueda perdonar? ¿Qué puede ser tan grave?
Hoy la palabra evangélica nos lo muestra con claridad. Si tu supones que el poder de curación que Jesús ejercita sobre los endemoniados no viene del Espíritu Santo, sino que es por el poder del príncipe de los demonios ¿A quién le vas a poder pedir después que te sean perdonados los pecados? ¿A aquel que es el mismo principio del pecado? Es absurdo.
En realidad, te estás bloqueando a ti mismo la salida. Llama la atención la paciencia y lo razonable de la argumentación de Jesús: por una parte, argumenta lo absurdo de la objeción: Si Satanás trabaja contra sí mismo… ¿A dónde conducirá todo su esfuerzo?
Pero también les reprocha haciendo ver que no es sólo él quien expulsa a los demonios inmundos. Aquí se está refiriendo a los apóstoles, para hace ver que también ellos tienen que ser vistos como hijos de Satanás. Y les advierte: serán ellos vuestros jueces.
Y, con todo, no deja de pronunciar el anuncio, incluso para estos que se han mostrado tan malintencionados. Si yo echo los demonios con la fuerza de Dios…. El Reino de Dios ha llegado a vosotros. No puede dejar de cumplir su misión, y anuncia la llegada del Reino incluso ante quienes todo lo tergiversan.
Pero quizá es el comentario final el que mejor narra el desengaño y hasta el escepticismo de Jesús ante la respuesta del hombre: “el que no está conmigo está contra mi y el que no recoge conmigo, desparrama”. Poner a Cristo en el centro es la única opción razonable."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 11 de marzo de 2026

IMPORTANCIA DE LA ACTITUD




 No penséis que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés y a las enseñanzas de los profetas. No he venido a ponerles fin, sino a darles su verdadero sentido. Porque os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra no se le quitará a la ley ni un punto ni una coma, hasta que suceda lo que tenga que suceder. Por eso, el que quebrante uno de los mandamientos de la ley, aunque sea el más pequeño, y no enseñe a la gente a obedecerlos, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedezca y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos.
(Mt 5,17-19)

Jesús nos dice que la Ley está para cumplirla. Pero no se trata de cumplir la Ley por la Ley. Por eso nos dice que ha venido a darle su verdadero sentido. La Ley se ha de cumplir con Amor. Lo importante es la actitud con la que la cumplimos. Debemos cumplirla como hijos, no como esclavos. El cumplimiento ha de ser un acto de Amor.
 
" (...) La verdad es que sólo después del exilio la Ley del Señor alcanzó el puesto que le correspondía en la vida de Israel. Durante la monarquía tuvo que luchar contracorriente de las dos mayores tentaciones que denunciaron los profetas: una relación con Dios centrada en los ritos sacrificiales del templo, pero desconectada de la propia vida, lo que hacía de ese culto un rito vacío; dar la prioridad a los pactos políticas con las otras naciones para defenderse de los enemigos, en vez de confiar en la alianza con su Dios.
Pero incluso después, a la vuelta del exilio, cuando la Ley se convirtió en el centro de la vida religiosa de Israel, emergió otro error, que aún estaba plenamente operante en tiempos de Jesús. La tentación de sustituir a Dios por la Ley. La Ley era un instrumento para saber cómo agradar a Dios, como hacer su voluntad. Pero la absolutización de le Ley, condujo a que, en vez de ponerse ante Dios, fuese más sencillo, más manejable, confrontarse con las exigencias de la ley: el objetivo era la autojustificación. Si yo cumplo estrictamente la ley, nadie puede reprocharme nada. Pero de este modo, la relación religiosa se desvirtúa. Ya no se busca agradar a Dios, sino escapar de cualquier posible crítica. Ya no circula ningún vínculo personal entre el creyente y Dios. Y el creyente acaba por manipular la Ley en su propio beneficio. Por eso Jesús critica el uso de la Ley, pero, a la vez, la defiende. No se trata de abolir o no abolir preceptos, sino de cambiar la actitud de fondo. Para que pueda cumplir su función. Y es una tentación qu aún hoy nos puede asediar. No porque seamos especialmente legalistas, sino porque, quizá, aún no hemos experimentado la misericordia y el amor de Dios."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

martes, 10 de marzo de 2026

PERDONAR PORQUE SOMOS PERDONADOS

  



Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda. El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido. El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
(Mt 18,21-35)

Debemos perdonar siempre. El Padre nos perdona siempre. Nosotros no somos jueces de los demás. Queremos que se nos perdone, pero no queremos perdonar a los demás. Decimos aquello de  " perdono , pero no olvido". Que significa, que no hemos perdonado. No es fácil perdonar a quien nos ha hecho daño. Jesús lo que nos pide es que nuestra actitud sea la de perdonar, que intentemos, que estemos siempre dispuestos a perdonar. Él sabe que somos débiles y perdona nuestra debilidad.
 
"“Si no perdonáis, ¡no seréis perdonados!” Quizá no sea posible calcular el valor que Dios concede al perdón cuando lo ejercitamos. Lo que sí sabemos con precisión, porque lo hemos experimentado, es el valor que tiene el perdón de Dios para con nosotros. Es como una recreación, como una resurrección. Si no fuera por el perdón divino, ¿cómo podríamos sostenernos en la presencia del Señor? Por esto no hay escusa. Hay que perdonar siempre. Estamos ante una reciprocidad recibida de Dios, que debe proyectarse hacia nuestros hermanos. Y aquí Dios no admite excepciones.
Por un lado, porque nosotros hemos recibido ya una misericordia sin excepciones, como nos recuerda en la primera lectura, el testimonio de Azarías, una misericordia que no puede justificarse en nada, porque nada tiene, que no encuentra más apoyo que las mismas promesas de Dios, el honor del nombre de Dios. Por otro, porque sólo con el perdón hacia los hermanos llegamos a romper con nuestros juegos interminables de reproches, de rencores, de heridas no sanadas, de culpabilidades explícitas o implícitas, que oxidan y bloquean tan a menudo nuestras relaciones e impiden la vida cristiana.
Pero lo que no siempre se percibe es que el perdón constituye, ante todo, una liberación para el que perdona. El rencor hacia alguien acaba por convertirse, a semejanza de las ilustraciones clásicas de los prisioneros, en una especie de bola de plomo encadenada a nuestro pie que nos obliga a arrastrar tras nosotros un peso insufrible, insoportable, que nos vuelve esclavos durante años de nuestro propio rencor.
Cortar ese peso mediante un perdón verdadero nos permite caminar con libertad, con la sensación no sólo de haber permitido volar al perdonado, sino también de permitir que nosotros mismos podamos volar. El perdón tiene, probablemente, un origen divino, muestra una forma exquisita de la caridad (que, como ella, va más allá de la justicia, y, también como ella, se ríe del juicio) que resulta difícil de encontrar entre los habituales mecanismos humanos de relación. El perdón no pasa nunca. Posee una veta transida de eternidad."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 9 de marzo de 2026

RECIBIR A JESÚS

  


Y siguió diciendo:
– Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra. Verdaderamente había muchas viudas en Israel en tiempos del profeta Elías, cuando no llovió durante tres años y medio y hubo mucha hambre en todo el país. Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de las viudas israelitas, sino a una de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón. También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, que era de Siria.
 Al oir esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús. Lo llevaron a lo alto del monte sobre el que se alzaba el pueblo, para arrojarle abajo. Pero Jesús pasó por en medio de ellos y se fue.
(Lc 4,24-30)

Nosotros que nos consideramos sus seguidores, ¿lo recibimos bien? Una cosa es decir que le seguimos y otra hacerlo realmente: buscar siempre el bien de todos incluso de los que nos persiguen, curar a todo el mundo, amar a los que buscan nuestro mal...En un mundo de guerra y de violencia, ¿seguimos de verdad a Jesús? Recibir a Jesús es amar de verdad a TODOS. Nosotros seguimos clasificando a la gente entre buenos y malos...

"La Palabra de Dios de hoy nos presenta un hecho muy significativo que llegó a sorprender al mismo Jesús: las dificultades que tuvo para anunciar su Buena Noticia en su propio pueblo, en Nazaret. Es significativo porque revela hasta qué punto nuestros simples prejuicios humanos pueden llegar a bloquear la obra de Dios. También son una lección.
Jesús comenta un dicho popular: “nadie es profeta en su propia tierra”. Y este dicho encuentra su raíz en dos motivos determinantes. El primero es una pregunta que suscita la acción del profeta en sus conciudadanos; ¿cómo es posible que nosotros, que hemos vivido al lado de Jesús durante tantos años no nos hayamos dado cuenta de sus poderes y cualidades? Si lo conocemos de sobra, ¿de dónde ha sacado, entonces, esa sabiduría y esas facultades desconocidas para nosotros? El segundo, es casi una exigencia. Dado que este es su pueblo, en el que ha nacido y vivido ¿no tenemos nosotros acaso más derecho que nadie a que realice sus milagros y curaciones entre nosotros?
No parecen preguntas absurdas, ni aspiraciones sin fundamento. El mismo Jesús se hace eco del segundo motivo, en la versión del episodio en otro evangelista. ¿Dónde está, pues, el problema? En que tales actitudes minan la confianza en Jesús, que debe ser total. Jesús repite hasta la saciedad en las curaciones: “Tu fe te ha salvado” … “Que te suceda conforme has creído”. Y tales actitudes o expectativas generan una especie de reserva, algo que bloquea el acto de fe. De hecho, Jesús, en la otra versión evangélica del pasaje, no dice que no quiso hacer allí muchos milagros, sino que “no pudo” e indica la razón: “su falta de fe”.
En este contexto, la referencia a los casos de la viuda de Sarepta y de Naamán, el general sirio (por eso la inclusión de la Primera Lectura), no podían sino insistir en el argumento de fondo. No son ni la carne ni la sangre (ni si es de mi pueblo, de mis parientes o de mis conocidos) los que sirven de garantía para la intervención divina. Se exige esa fe plena."
(Carlos Luis García Andrade cmf, Ciudad Redonda)