jueves, 28 de mayo de 2026

EL SACERDOCIO DE JESÚS

 

Luego fue Jesús con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo:
– Sentaos aquí mientras yo voy más allá a orar.
Se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a sentirse muy triste y angustiado. Les dijo:
– Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quedaos aquí y permaneced despiertos conmigo.
Y adelantándose unos pasos, se inclinó hasta el suelo y oró, diciendo:
– Padre mío, si es posible, líbrame de esta copa amarga: pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
Luego volvió adonde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
– ¿Ni siquiera una hora habéis podido permanecer despiertos conmigo? Permaneced despiertos y orad para no caer en tentación. Tenéis buena voluntad, pero vuestro cuerpo es débil.
Por segunda vez se fue, y oró así:
– Padre mío, si no es posible evitar que yo sufra esta prueba, hágase tu voluntad.
(Mt 26,36-42)

Jesús es el sacerdote que se ofrece a sí mismo como víctima en el altar de la Cruz. En Getsemaní se enfrenta a los horrores que esto significa. Mientras, sus discípulos se duermen. Jesús se sigue ofreciendo como víctima en las guerras, las persecuciones, la emigraciones, los enfermos, la pobreza...Y me temo que seguimos quedándonos dormidos.
Nosotros participamos del sacerdocio de Jesús. ¿Amamos como Él ama?¿Nos entregamos totalmente como Él?

"El sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. En la mentalidad más tradicional esa mediación resulta peligrosa para el que la ejerce, porque “nadie puede ver el rostro de Dios y quedar con vida” (cf. Ex 33, 20). En esa mentalidad Dios exige que el hombre le entregue las primicias de los frutos de la tierra y los primogénitos de animales y hombres, como un modo de reconocimiento de su poder superior, para aplacar su ira por los pecados humanos, y asegurar su favor en el futuro. Abraham, llevado por esa conciencia religiosa primitiva, sintió que debía sacrificar a su hijo Isaac, como se hacía siempre y como hacían todos. La tragedia no estaba en la muerte del muchacho, como solemos entenderlo hoy, sino en el hecho de que era el único hijo, que no habría más, y esto suponía la muerte de Abraham, pues la descendencia era la única forma en que se concebía entonces la supervivencia tras la muerte. En Abraham aprendemos que el Dios de Israel, Dios de vivos y no muertos (de vida y no de muerte), no sólo no manda sacrificar a los primogénitos (en una “suspensión teológica de la moral”, como dice el filósofo Kierkegaard), sino que explícitamente lo prohíbe, como se repite con insistencia en las prescripciones del AT: “al primogénito del hombre lo rescatarás siempre” (cf. Ex 13, 13; Núm. 18, 15 y passim).
Nosotros sabemos que todo el AT apunta a Cristo y que es en clave cristológica como debemos leer siempre estos textos. Jesús es el hijo único de Dios, su primogénito, el único mediador entre Dios y los hombres, el que ejerce el sacerdocio definitivo, el que voluntariamente entrega su vida en rescate por todos (1Tim 2, 6). El verdadero rescate no es el que se hace para salvar al primogénito, sino que él realiza de sí mismo para salvarnos del pecado y de la muerte.
En Cristo comprendemos que esta función mediadora es ciertamente peligrosa, pero no a causa del celo o la ira de Dios (que nos ha mostrado su rostro de Padre misericordioso y lleno de amor en Cristo), sino por la esclavitud del pecado humano, que lleva a la muerte, y que él ha asumido sobre sí para darnos la libertad.
¿Era posible realizar ese rescate sin pasar por el trance amargo de la muerte, y una muerte de cruz? Es natural desearlo, y así lo expresa Jesús en su oración angustiada en Getsemaní, al tiempo que se somete con confianza a la voluntad del Padre. No es esta última una voluntad de muerte, sino de vida, aunque para alcanzarla en plenitud, y a causa de la contumacia del pecado humano, sea precisa beber el cáliz de amargura. Así Jesús es en la Cruz Sacerdote, Víctima y Altar.
Todos participamos del sacerdocio mediador de Cristo en la medida en que nos unimos a Él, tratamos de hacer del mandamiento del amor la norma de nuestra vida, y estamos dispuestos a asumir las consecuencias negativas (el precio) que el amor verdadero lleva consigo."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

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