
Todos pasamos momentos de la vida en que nos encontramos insatisfechos; nos sentimos sin ganas de hacer nada; nos creemos incomprendidos. Con demasiada facilidad a este estado lo etiquetamos de depresión y desaprovechamos la ocasión de crecimiento personal que nos brinda este estado.
El crecer como personas nos hace entrar en esta insatisfacción. El saber remontarla o el quedarse ahí, es la clave de que sigamos creciendo o nos quedemos para siempre en ese estado.
El joven que acaba con ilusión su carrera y empieza el trabajo con fuerza, tarde o temprano sufre la desilusión de ver que no todo es como lo imaginaba.
La joven pareja que tras unos años de matrimonio ve evaporarse el amor que les unía.
Golpes que nos da la vida: quedarse huerfano, enviudar, perder el trabajo...
Si sabemos reconocer el problema y no nos quedamos dando vueltas a su alrededor, sino que buscamos soluciones y luchamos para salir hacia adelante, saldremos de él más maduros, más personas...
Lo mismo ocurre con la vida espiritual.
Un acontecimiento doloroso que remueve la imagen de Dios que teníamos.
Una experiencia de dolor ajeno (hambre en el tercer mundo, una catástrofe natural, una guerra), que nos remueve por dentro y nos dejan sin explicaciones.
La lectura de un libro o un curso de espiritualidad que nos desmonta todos los esquemas en los que basábamos nuestra vida espiritual...
Aceptar el problema, meditar y buscar consejo...nos harán ver que lo que tenemos es una simple crisis de crecimiento. Que del problema, con constancia, podemos salir más fuertes, y en el caso de la vida espiritual, más cercanos de ese Dios que suele hacerse presente por su ausencia.




