lunes, 31 de agosto de 2026

EL HIJO DEL CARPINTERO

  


Jesús fue a Nazaret, al pueblo donde se había criado. Un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso en pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos
y a dar vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.”
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los presentes le miraban atentamente. Él comenzó a hablar, diciendo:
– Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de la belleza de su palabra. Se preguntaban:
– ¿No es este el hijo de José?
Jesús les respondió:
– Seguramente me aplicaréis el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo', y me diréis: 'Lo que oímos que hiciste en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu propia tierra.'
Y siguió diciendo:
– Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra. Verdaderamente había muchas viudas en Israel en tiempos del profeta Elías, cuando no llovió durante tres años y medio y hubo mucha hambre en todo el país. Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de las viudas israelitas, sino a una de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón. También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, que era de Siria.
Al oir esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús. Lo llevaron a lo alto del monte sobre el que se alzaba el pueblo, para arrojarle abajo. Pero Jesús pasó por en medio de ellos y se fue.
(Lc 4,16.30)

Solemos menospreciar a los más cercanos. Los juzgamos constantemente. No creemos en sus cualidades. Eso le pasó a Jesús en su pueblo. Lo conocían desde niño. Ahora le escuchaban admirados, pero pensaban que no era posible su grandeza. Pensamos que las grandes virtudes son para hombres grandes, superinteligentes...Sin embargo Dios se manifiesta a través de los sencillos, de los pequeños. Eso no lo entendieron los vecinos de Nazaret y tampoco lo entendemos nosotros. Dios nos habla desde los pequeños.
 
"Hay escenas del Evangelio que sorprenden porque muestran que seguir a Jesús no siempre resulta cómodo. Porque no todo es como creemos. A veces, las cosas no son como parecen. Jesús regresa a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Todos lo conocen desde pequeño y esperan escuchar palabras que les llenen de orgullo. En la sinagoga lee un texto del profeta Isaías que anuncia la llegada del tiempo de la salvación y, después, pronuncia una frase que cambia por completo el ambiente: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
Al principio, quienes lo escuchan quedan admirados. Sin embargo, esa admiración dura poco. Cuando Jesús les recuerda que Dios no actúa según nuestros esquemas y que su amor alcanza también a quienes son considerados extraños o enemigos, el entusiasmo se convierte en rechazo. Aquellos vecinos que lo habían recibido con agrado terminan expulsándolo del pueblo.
Este relato nos recuerda una verdad muy humana. Nos encanta un Dios que confirme nuestras ideas y bendiga nuestros planes, pero nos cuesta aceptar que su mirada es mucho más amplia que la nuestra. Jesús rompe fronteras, derriba prejuicios y nos invita a descubrir que nadie queda fuera de la misericordia de Dios. Incluso aquellos a los que nos cuesta trabajo mirarlos.
También nosotros podemos caer en la tentación de pensar que conocemos perfectamente a Jesús, simplemente porque hemos convivido con el Evangelio desde hace años. Nos suenan las lecturas, conocemos los ritos y algo podemos decir de la vida de Jesús. Pero conocer datos sobre Él no es lo mismo que dejarse transformar por su palabra. Cada vez que escuchamos el Evangelio tenemos la oportunidad de permitir que Dios ensanche nuestro corazón y nos ayude a mirar a los demás con más compasión, menos etiquetas y una esperanza renovada.
La reacción de los habitantes de Nazaret nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a acoger un mensaje que cuestione nuestras seguridades. La fe madura precisamente cuando dejamos que el Señor nos sorprenda y nos conduzca por caminos nuevos, incluso cuando no coinciden con nuestras expectativas. Recordando las palabras de Pablo, “con la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”
¿Estoy dispuesto a dejar que la Palabra de Dios cambie mis prejuicios y mis formas de pensar? ¿A qué personas o situaciones me invita hoy Jesús a mirar con la misma misericordia con la que Dios las contempla?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 30 de agosto de 2026

CÓMO SEGUIRLE

  


A partir de entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley le harían sufrir mucho. Les dijo que lo iban a matar, pero que al tercer día resucitaría. Entonces Pedro le llevó aparte y comenzó a reprenderle, diciendo:
– ¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Eso no te puede pasar!
Pero Jesús se volvió y dijo a Pedro:
– ¡Apártate de mí, Satanás, pues me pones en peligro de caer! ¡Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres!
Luego Jesús dijo a sus discípulos:
– El que quiera ser mi discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la recobrará. ¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida? El Hijo del hombre va a venir con la gloria de su Padre y con sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno conforme a sus hechos.
(Mt 16,21-27)

No seguimos a Jesús para triunfar sino para amar. Debemos cargar con nuestros defectos, nuestras dificultades, nuestros sufrimientos y seguirle. Debemos olvidarnos de nosotros para servir a los demás. El triunfo final no es la grandeza y el poder. El triunfo final es el Reino, es hacer de este mundo un mundo de Amor.

"Como cada domingo, la Palabra de Dios nos da pautas para la reflexión. Nos ponemos delante de ella, para que el Espíritu Santo nos vaya llevando hasta la comprensión de esa Palabra que, para nosotros, es vida.
Hay frases que cambian una vida. A san Antonio María Claret, fundador de los Misioneros Claretianos, escuchar estas palabras, “¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”, le supuso el comienzo de un nuevo camino, que le llevo a dejarlo todo. Abandonó el mundo de la producción textil en Barcelona, España, donde podía haber hecho un buen negocio, y se encaminó hacia el sacerdocio. A pesar de las dificultades. Porque escuchaba la Palabra como lo que es, Palabra del Dios vivo. Palabra eficaz. Escuchó esa Palabra que le decía “sígueme”. Se sintió elegido por el Señor. Como los Apóstoles.
Antes que a Claret, Jesús eligió a un grupo de amigos, para que estuvieran con Él. Para que vieran cómo se relacionaba con las personas, sobre todo con los pobres, los niños, las mujeres, los enfermos… Y estar con Él significa no sólo “ver”, sino “vivir” como Él. Fue un largo proceso, hasta comprender lo que de verdad quería Jesús de ellos. Porque es muy fácil pensar como los hombres, y no como Dios. Recordamos como, mientras Jesús les hablaba de la pasión, ellos se repartían los puestos a la derecha y a la izquierda de Cristo. Es humano no querer afrontar las cargas que implica la fidelidad.
Hasta a Pedro le sucedió. “Eso no puede pasarte”. El que acababa de confesar a Jesús como el Cristo, no acaba de ver claro cuál es el final del Mesías. Y Jesús la da la espalda, nada menos, y le llama “Satanás”. Porque a Jesús le parece demoniaco querer ir contra el plan de Dios. Ir contra la firme decisión del mismo Jesús: vivir por y para el Reino. A pecho descubierto. A muerte.
La verdadera decisión que importa tomar en nuestra vida es la firme voluntad y resolución de renunciar a uno mismo y, posiblemente – si tal fuera la voluntad de Dios – hasta la muerte real, hasta la renuncia de la vida corporal ¡Casi nada! Esto es lo que significa seguir a Jesús. En el sentido literal los discípulos le habían seguido a donde Él iba, y habían compartido su vida. Este seguimiento exterior, la acción de ir literalmente en pos de él tiene que convertirse en seguimiento interior. El seguimiento interior requiere otras condiciones distintas del abandono de casa y hogar, familia y profesión. Es el estado del alma dispuesta para sufrir la pasión. Sólo entonces el seguimiento pasa a ser seguimiento en sentido propio, y se llega a ser verdadero discípulo. Y solo entonces se llega a ser verdadera persona. Porque ser buen creyente no significa vivir sufriendo, sino vivir con el gozo de saber que estás al lado de Jesús.
Todo eso tenía que suceder. No hay otro camino para que se cumpla la voluntad del Padre. Y sabemos que eso era lo más importante para Jesús, encarnar siempre lo que Dios quería para llevar a cabo su plan. Con su propio ritmo, con sus vicisitudes, no siempre con la rapidez que a nosotros nos gustaría. “Vuestros planes no son mis planes, dice el Señor”. (Is 55,8)
En todo caso, el Señor es capaz de seducir. Anda siempre cerca, se manifiesta, se pone a tiro e insiste a tiempo y a destiempo. Quiere vuestra felicidad, que pasa por la fidelidad. Lo más importante es saber si te dejas seducir. Porque el plan del Señor para ti es un plan de salvación, de felicidad. No de esa felicidad que se acaba cuando comienzan los problemas, y problemas habrá siempre. Es la felicidad que da saber que has elegido el bando correcto, que el Espíritu te lleva por donde debes ir, y que Jesús te acompaña en el camino. Es la fuerza de la Palabra, que no dejaba en paz al pobre profeta Jeremías.
Lo que le pasó a Jeremías le ha pasado a mucha gente. Y te puede pasar a ti. El Señor te complica la vida, te obliga a andar por caminos que no tenías pensado recorrer, e incluso te enfrenta a la oposición de la gente. Ahí se prueba nuestra fidelidad. Hay que ser testigos y llevar el mensaje permanentemente. Y es duro. Porque no todos aceptan ese mensaje que la Palabra nos ofrece. Y no a todos les gusta que les recuerden que no siempre actúan bien. El final de (casi) todos los profetas, de antes y de ahora, nos lo recuerda. Mártires de la Iglesia, mártires…
No fue fácil ni para el mismo Jesús. Se trata de conservar, recoger y asegurar definitivamente la vida, o de perder; de la completa destrucción, de la vaciedad y falta de sentido. El hombre tiene ante sí las dos posibilidades. Uno de los caminos es el que conduce a la vida, y el otro el que conduce a la perdición. Una gran paradoja, porque en general, todos queremos conservar nuestra vida. Y aquí se trata no de suicidarse, porque no encontramos el sentido a la existencia. Se trata de que, por saber qué es y Quién es el que da sentido a nuestro vivir, estemos dispuestos a morir por Él. Morir físicamente, o morir a nuestras querencias, deseos, gustos y apetencias. Se trata de ir dejando esas riquezas que, como al joven rico, no nos dejan entregarnos de lleno a la causa del Reino.
No es cuestión de estar ya rozando los límites de la santidad. Se trata de, como nos recuerda la segunda lectura, de transformarnos “por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.” Una tarea que no fue nunca fácil, ni siquiera para los Apóstoles, ni para tantos santos que en el mundo han sido. Una tarea que merece la pena. Al final, el Señor nos dará la paga que merezcamos. Ojalá sepamos vivir de tal modo, que la paga sea la mayor a la que puede aspirar un cristiano, la vida eterna. Discerniendo siempre, preguntándonos cada día “qué quiere Dios de mí hoy y ahora, para que el Reino siga creciendo. Para que yo sea más feliz. Más santo”. Con la ayuda del Espíritu."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)


sábado, 29 de agosto de 2026

MARTIRIO DE JUAN BAUTISTA

  


Es que Herodes, por causa de Herodías, había mandado apresar a Juan y le había hecho encadenar en la cárcel. Herodías era esposa de Felipe, hermano de Herodes, pero Herodes se había casado con ella. Y Juan le había dicho a Herodes: “No puedes tener por tuya a la mujer de tu hermano.”
Herodías odiaba a Juan y quería matarlo; pero no podía, porque Herodes le temía y le protegía sabiendo que era un hombre justo y santo; y aun cuando al oírle se quedaba perplejo, le escuchaba de buena gana. Pero Herodías vio llegar su oportunidad cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus jefes y comandantes y a las personas importantes de Galilea. La hija de Herodías entró en el lugar del banquete y bailó, y tanto gustó el baile a Herodes y a los que estaban cenando con él, que el rey dijo a la muchacha:
– Pídeme lo que quieras y yo te lo daré.
Y le juró una y otra vez que le daría cualquier cosa que pidiera, aunque fuese la mitad del país que él gobernaba. Ella salió y preguntó a su madre:
– ¿Qué puedo pedir?
Le contestó:
– Pide la cabeza de Juan el Bautista.
La muchacha entró de prisa donde estaba el rey y le dijo:
– Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
El rey se disgustó mucho, pero como había hecho un juramento en presencia de sus invitados, no quiso negarle lo que pedía. Así que envió en seguida a un soldado con la orden de traerle la cabeza de Juan. Fue el soldado a la cárcel, le cortó la cabeza a Juan y la puso en una bandeja. Se la dio a la muchacha y ella se la entregó a su madre.
Cuando los seguidores de Juan lo supieron, tomaron el cuerpo y lo pusieron en una tumba.
(Mc 6,17-29)

Juan, no solamente fue el precursor anunciando la llegada de Jesús, si no que también lo precedió con su martirio. 
Juan era escuchado de buena gana por Herodes, aunque le echaba en cara que no podía tener la mujer de su hermano. Lo respeta porque ve que es un hombre justo y santo.
Ante el baile de la hija de Herodías, Herodes pierde la cabeza. Quizá había bebido demasiado. El caso es que Herodías se aprovecha de él y le pide la cabeza de Juan. Aunque le sabe mal se lo concede para no quedar mal ante los demás. 
¿Cuántas decisiones erróneas hemos tomado? ¿Hemos sabido rectificar o nos dejamos llevar por el qué dirán, por quedar bien delante de los demás?
Las decisiones debemos decidirlas a la luz de la Palabra y meditándolas. Y siempre debemos preguntarnos si nos llevan a amar de verdad.    

viernes, 28 de agosto de 2026

CON LAS LÁMPARAS PREPARADAS

 



El reino de los cielos podrá entonces compararse a diez muchachas que, en una boda, tomaron sus lámparas de aceite y salieron a recibir al novio. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsoras. Las descuidadas llevaron sus lámparas, pero no tomaron aceite de repuesto; en cambio, las previsoras llevaron frascos de aceite además de las lámparas. Como el novio tardaba en llegar, les entró sueño a todas y se durmieron. Cerca de medianoche se oyó gritar: ‘¡Ya viene el novio! ¡Salid a recibirle!’ Entonces todas las muchachas se levantaron y comenzaron a preparar sus lámparas, y las descuidadas dijeron a las previsoras: ‘Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas van a apagarse.’ Pero las muchachas previsoras contestaron: ‘No, porque entonces no alcanzará para nosotras ni para vosotras. Más vale que vayáis a donde lo venden y compréis para vosotras mismas.’ Pero mientras las cinco muchachas iban a comprar el aceite, llegó el novio; y las que habían sido previsoras entraron con él a la fiesta de la boda, y se cerró la puerta. Llegaron después las otras muchachas, diciendo: ‘¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él les contestó: ‘Os aseguro que no sé quiénes sois.’
Permaneced despiertos –añadió Jesús–, porque no sabéis el día ni la hora.
(Mt 25,1-13)

Hoy Jesús nos pide lo mismo que en el texto de ayer: que estemos preparados. Debemos estar centrados en lo importante, es decir, en el Amor, en la entrega a los demás. Este es el aceite que da luz en nuestras lámparas. Nos distraemos con mil cosas y sólo una es importante: amar a Dios y amar al prójimo. Llenemos de Amor la lámpara de nuestro corazón.

"La primera idea que se nos ocurre a muchos al leer esta parábola de Jesús es que las vírgenes sensatas, además de sensatas, eran unas egoístas. Podían haber compartido su aceite con las otras vírgenes (que podían ser necias, pero ¿qué culpa tenían ellas?). ¿No es eso lo que nos pide el Evangelio tantas veces: que debemos compartir lo que tenemos con los que no tienen? Porque leyendo el Evangelio entendemos que la solidaridad y la fraternidad y la comprensión mutua son las bases del reino y sin ellas no se puede construir la familia de Dios Padre.
Pero lo cierto es que, cuando Jesús cuenta una parábola, una historia a la gente o a sus discípulos no quiere sacar la moraleja de todas las cosas que dice, sino que apenas quiere subrayar un elemento, una idea. En este caso, podríamos resumir esa idea en un “hay que estar a lo que se está” y no despistarnos con otras cosas. Porque las que no estuvieron a lo que tenían que estar (estar preparadas para el momento en que llegase el novio) se quedaron fuera. Así de simple. No se trata de que fuesen condenadas al infierno ni nada parecido. La parábola nos llama a estar atentos porque, como dice al final, “no sabemos el día ni la hora.”
La parábola tiene fácil aplicación a nuestras vidas. Si estamos a seguir a Jesús no estamos con otras veinte mil cosas en la cabeza. Si estamos a servir a nuestros hermanos (que son para nosotros siempre la imagen viva de Jesús – el novio), no estamos a otros negocios. Lo urgente es lo importante. Y la urgencia, para el cristiano, la marca siempre, siempre, la necesidad del hermano, y en especial, la del hermano necesitado.
Jesús nos invita a estar atentos, a no vivir despistados, a no estar centrados en nuestro ombligo, sino a mirar alrededor y descubrir continuamente donde nos está llamando el novio, Jesús. No vaya a ser que llegue y seamos nosotros los que estemos mirando para otro lado. Y le dejemos pasar."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 27 de agosto de 2026

ESTAR PREPARADOS

 


Permaneced despiertos, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entended que si el dueño de una casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, permanecería despierto y no dejaría que nadie entrara en su casa a robar. Así también, vosotros estad preparados, porque el Hijo del hombre vendrá cuando menos lo esperéis.
4¿Quién es el criado fiel y atento, puesto por el amo al frente de la casa para dar a la servidumbre la comida a sus horas? ¡Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, encuentra cumpliendo con su deber! Os aseguro que el amo le pondrá al cargo de todos sus bienes. Pero si ese criado es un malvado, y pensando que su amo va a tardar comienza a maltratar a los demás criados, y se junta con borrachos a comer y beber, el día que menos lo espere y a una hora que no sabe llegará su amo y le castigará: le condenará a correr la misma suerte que los hipócritas. Entonces llorará y le rechinarán los dientes.
(Mt 24,42-51)

Siempre debemos estar preparados para amar. Siempre debemos cumplir nuestro deber. Pensamos que más adelante ya lo haremos. Es la excusa para no cambiar. Jesús nos pide que estemos atentos, preparados. Es decir, que debemos esforzarnos para amar todos los días, en todo momento.

"Hace ya unos cuantos años me tocó acompañar a un familiar mío, mayor que yo, a unas urgencias hospitalarias. Llevaba unos días sintiéndose mal pero no quería ni oír hablar de médicos. El hecho es que fue llegar a urgencias y de allí pasar al quirófano en pocos momentos. Lo que llevaba no era precisamente leve. Pero lo que se quedó grabado en mi memoria fue lo que iba diciendo mi familiar mientras que nos acercábamos a las urgencias. Todo era quejarse porque él “no tenía previsto enfermarse ahora”. Él tenía “mucho que hacer”. Estaba claro que aquella enfermedad no le dejaba cumplir con lo que tenía en su agenda de trabajo, relaciones familiares, etc. La enfermedad había llegado de golpe, sin avisar, no estaba prevista ni planificada.
Así es la vida. Así es como Jesús, con gran sentido común, nos avisa a todos en el texto evangélico de hoy. “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.” La verdad es que el futuro no lo controlamos. De ninguna manera. Ni el futuro lejano. Ni el futuro cercano. Lo que tenemos es este presente, este ahora, en el que estamos, con el tiempo –segundos, minutos, horas…– que se nos va escapando como la arena de la playa se nos va cayendo de entre los dedos de la mano donde intentamos retenerla.
Es ahora y no mañana cuando tenemos que vivir en cristiano. Es ahora y no mañana cuando tenemos que perdonar, que ser misericordiosos, que trabajar por la justicia y la fraternidad. Es ahora y no mañana cuando tenemos que dar la mano al hermano o hermana necesitado y compartir lo que tenemos. Sobre todo, porque no sabemos si tendremos un mañana. Pero, más importante, para no desperdiciar este presente que tenemos, para no tirar por la borda este ahora que es lo único que tenemos.
A la hora que menos pensemos llegará el Hijo del Hombre y nos preguntará qué hemos hecho con nuestra vida. Y no valdrá de nada decir que en nuestra programación lo de vivir el Evangelio lo teníamos planificado para mañana. Porque ya será tarde."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 26 de agosto de 2026

SER. NO APARENTAR


 ¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que sois como sepulcros blanqueados, hermosos por fuera pero llenos por dentro de huesos de muerto y toda clase de impurezas. Así sois vosotros: por fuera, ante la gente, parecéis buenos, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y maldad.
¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que construís los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos funerarios de los hombres justos, y luego decís: ‘Si hubiéramos vivido en los tiempos de nuestros antepasados, no los habríamos ayudado a matar a los profetas.’ Con esto, vosotros mismos os reconocéis descendientes de aquellos que mataron a los profetas. ¡Acabad de hacer, pues, lo que vuestros antepasados comenzaron!
(Mt 23,27-32)

Ser sepulcros blanqueados es vivir de las apariencias. Mostrarnos de una manera, cuando en realidad somos de otra. Eso es lo que Jesús no quiere que hagamos. Si queremos seguirle, debemos tener la humildad de reconocernos tal como somos y esforzarnos para vivir aquello que decimos y enseñamos.

"Hay que ser muy prudente para ponerse de ejemplo ante los demás. Jesús nos invita en el texto evangélico de hoy a ser un poco humildes y reconocer lo que realmente somos, con nuestras miserias, pequeñas o grandes, con nuestras limitaciones. Basta, quizá, con que echemos una mirada a nuestro pasado. ¿Quién puede decir que lo ha hecho todo bien? ¿Quién puede decir que está limpio de pecado? ¿Quién puede decir que no ha metido la pata nunca? El que escribe esto no puede responder afirmativamente a ninguna de estas preguntas. O bien, ¿quién es el que puede decir que, si yo hubiese estado allí, en aquel momento, yo habría hecho o yo habría dicho. Es fácil ver lo que habría que haber hecho o dicho a toro pasado. Pero, en realidad, no sabemos, no tenemos ni idea, de lo que habríamos hecho o dicho si hubiéramos estado delante del toro, en medio de alguna situación complicada. Hay muchas posibilidades de que nos hubiera vencido el temar y hubiésemos actuado cobardemente. Y si pensamos de otra manera, que yo hubiese… vale más que nos acordemos de Pedro y sus tres negaciones cuando le preguntaron en el momento en que estaban juzgando a Jesús si no era uno de los suyos.
Por eso, conviene que trabajemos un poco más la humildad. Conviene que seamos muy conscientes de lo que somos, de lo poquita cosa que somos. Conviene que tengamos presente nuestro pasado, nuestras meteduras de pata. No se trata de regodearnos en la culpabilidad para estar eternamente pidiendo perdón a Dios. Sino para ser conscientes, muy conscientes, de su misericordia, de su amor, de su paciencia con nosotros. Y gozarnos en él, que es nuestra vida.
Y conviene también que no juzguemos a los demás. Y si los juzgamos, que sea siempre con la misma misericordia que Dios tiene con nosotros: una misericordia y una compresión infinita, edificada sobre el amor y el cariño. Y nunca con la dureza y la fuerza del que pone la ley, nuestra ley, por encima de las personas. Porque Dios no hace eso nunca."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

martes, 25 de agosto de 2026

JUSTÍCIA Y AMOR

 

¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que separáis para Dios la décima parte de la menta, del anís y del comino, pero no hacéis caso de las enseñanzas más importantes de la ley, como son la justicia, la misericordia y la fidelidad. Esto es lo que se debe hacer, sin dejar de hacer lo otro. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!
¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que limpiáis por fuera el vaso y el plato, pero por dentro estáis llenos de lo que habéis obtenido con el robo y la avaricia. Fariseo ciego, ¡limpia primero el vaso por dentro, y así quedará limpio también por fuera!
(Mt 23,23-26)

Para los fariseos lo importante era cumplir las normas. Nosotros también caemos en este defecto. Creemos que porque vamos a misa, rezamos, no hacemos nada malo, ya somos buenos cristianos. Jesús quiere que nuestra vida esté animada por la justícia y , por encima de todo, que amemos, que estemos guiados por el Amor.

"El cumplimiento mecánico de normas y regulaciones diversas siempre es más fácil que comprometernos a seguir orientaciones generales. Así dicho, parece que no significa nada. Así que vamos a poner un ejemplo. Cuando nos sentimos enfermos, vamos al médico. Lo más común es que haga un diagnóstico de lo que tenemos y nos recete una serie de medicinas. “Tómese de esto una al desayuno, otra a la comida y otra a la cena y en cuatro días estará bien”. Cuando el médico nos dice algo así, nos resulta fácil seguir sus indicaciones. Pero si el médico nos dice que lo que tenemos que hacer es cambiar nuestro estilo de vida, de alimentación, que tenemos que hacer más ejercicio, etc., eso nos resulta mucho más complicado.
Pues algo así nos pasa en nuestra relación con Dios. Cuando la ritualizamos, nos resulta fácil sentirnos bien: tenemos que ir a misa todos los domingos (da un poco lo mismo cómo sea nuestra participación/atención), tenemos que confesarnos periódicamente, tenemos que rezar unas oraciones todos los días… Y cumpliendo esas normas, ya cumplimos con Dios. Ya nos podemos sentir bien y justificados. Y, de paso, podemos mirar mal a los que no cumplen esas normas.
Pero la verdad es que Jesús nos llama a mucho más que a cumplir unas normas. Casi podríamos decir que las normas le importan poco a Jesús. Lo que le importa es lo otro: la actitud del corazón, la misericordia dirigida sin límite a nuestros hermanos y hermanas, la capacidad de acogida, de generar fraternidad y perdón y justicia y amor. Todo eso es mucho más difícil que cumplir unas normas.
Por eso a veces nos pasa que filtramos el mosquito (buscamos cumplir con detalle las normas) pero nos tragamos el camello (nos olvidamos de amar sin límites, de trabajar por la fraternidad y la justicia). Pues eso, que no seamos como los escribas y fariseos hipócritas."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 24 de agosto de 2026

JESÚS VE NUESTRO CORAZÓN

 

 Felipe fue a buscar a Natanael y le dijo:
– Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en los libros de la ley, y de quien también escribieron los profetas. Es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.
Preguntó Natanael:
– ¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?
Felipe le contestó:
– Ven y compruébalo.
Cuando Jesús vio acercarse a Natanael, dijo:
– Aquí viene un verdadero israelita, en quien no hay engaño.
Natanael le preguntó:
– ¿De qué me conoces?
Jesús le respondió:
– Te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.
Natanael le dijo:
– Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel!
Jesús le contestó:
– ¿Me crees solamente por haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Pues cosas más grandes que estas verás!
Y añadió:
– Os aseguro que veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.
(Jn 1,45-51)

Bartolomé (Natanael), queda admirado de Jesús, porque demuestra conocer su corazón; aquello que hace en secreto. Jesús también conoce todo lo que hay en nuestro corazón. Debemos amarlo y alabarlo como hizo Bartolomé.

"Hoy celebramos la fiesta del apóstol san Bartolomé. Es uno de esos apóstoles que se han quedado un poco en la zona gris del grupo, de los que no sobresalen. Ni siquiera el nombre lo tenemos claro porque damos por supuesto que el Bartolomé de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es el que aparece con el nombre de Natanael en el evangelio de Juan, ya que en este no aparece ningún Bartolomé entre los apóstoles. Esto no es un problema. La mayoría de los cristianos estamos en ese grupo de los grises. Nuestro nombre no va a pasar a la historia. Pero eso no significa que no hayamos sido fieles discípulos de Jesús, que su presencia arrolladora no nos haya deslumbrado y dejado marca en nuestras vidas. Con nuestras limitaciones, con nuestras miserias, pero ahí estamos, fieles y leales.
Quizá porque ha habido algún momento en nuestras vidas como el que nos narra el texto evangélico de hoy: el primer encuentro de Natanael con Jesús. Es un relato un poco confuso. Da la impresión de que Natanael estaba buscando algo. Así se entiende que Felipe le señale a Jesús como la posible respuesta a las inquietudes de Natanael. Sus inquietudes no significan que esté dispuesto a creer al primer predicador que se le pase por delante. Parece que los orígenes de Jesús no le convencían de entrada.
Pero se produce el encuentro y la impresión que nos deja el relato es que Natanael queda deslumbrado. Algo le llega de tal modo al corazón y a la mente, que no puede más que reconocer en Jesús al Hijo de Dios. Y a partir de ahí, entendemos que todo cambió en la vida de Natanael. No digo que se le fueran todas las preguntas y las dudas. No digo que fuese el mejor de los apóstoles. También él salió corriendo en el momento de la cruz. Pro volvió y fue fiel. Y dedicó su vida a anunciar el reino y a hablar de Jesús.
Quizá sería bueno que dedicásemos un momento a revivir aquel primer encuentro o primeros encuentros con Jesús. Aquel que nos llevó a ir más allá de pensar en el pecado o en la salvación para descubrir que vale la pena tratar de seguir a Jesús, de actuar como él, de hacer presente el amor de Dios en nuestro mundo."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 23 de agosto de 2026

¿QUIÉN ES JESÚS PARA NOSOTROS?

 


 
Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo preguntó a sus discípulos:
– ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
– Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o algún profeta.
– Y vosotros, ¿quién decís que soy? – les preguntó.
Simón Pedro le respondió:
– Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.
Entonces Jesús le dijo:
– Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún hombre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi iglesia; y el poder de la muerte no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en este mundo, también quedará atado en el cielo; y lo que desates en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
Luego Jesús ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
(Mt 16,13-20)

Jesús también nos hace esta pregunta a nosotros: ¿Quién soy yo para vosotros? Debemos intentar responderla cada día. Y hacerlo con sinceridad. Mirando en nuestro interior. Estudiando nuestra vida. ¿Cambia Jesús algo en ella?

"¿Y quién soy yo para vosotros? Desde luego es una pregunta delicada, casi diría que a mala idea. ¿Y quién es Jesús para mí? Contestaciones de catecismo y de teología escuchada en alguna prédica, todos tenemos. No es una pregunta de un examen de historia antigua o contemporánea. No son pocos los ateos que lo saben todo de Jesús. También los fariseos que le espiaban se sabían todo de Él: su padre, su madre, sus parientes, su edad, sus correrías por Palestina…
Es una buena ocasión para preguntarnos, cada uno sinceramente, que significa Jesús en nuestras vidas, si es que significa algo. Seguramente que, allá donde pasamos muchas horas cada día, la cuestión de la fe (ser cristiano y todo aquello que ello entraña) no capitaliza – ni mucho menos – el centro de atención de la conversación. Tal vez, y puede ser un fallo grande o exponente una debilidad, sabemos hablar de todo, pero nos cuesta hablar de Dios. Expresar nuestras convicciones religiosas. Manifestar nuestras creencias. Defender, si la situación lo requiere, la concepción que tenemos de la vida, de la familia y de la sociedad desde el Evangelio.
En este camino hacia el conocimiento de Cristo, el texto de Romanos nos lleva hasta uno de esos momentos en los que san Pablo deja de argumentar para ponerse a contemplar. Tras reflexionar sobre la misericordia de Dios y su manera de conducir la historia, se da cuenta de que se encuentra ante algo que no se puede encerrar en una explicación. Por ello exclama: «¡qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Pablo no dice que la fe sea irracional ni tampoco que no debamos buscar razones para entenderla. Lo que sí afirma es que Dios siempre será más grande de lo que podemos pensar sobre Él. Podemos conocer algo de Dios, podemos llegar a descubrir, reconocer su amor, experimentar su presencia, pero nunca agotarlo. Hay una profundidad en su misterio que hace que nuestras medidas resulten demasiado cortas.
Esto resulta muy importante, cuando la vida no se ajusta a nuestras expectativas. A menudo queremos resolver la situación, tenemos la necesidad de entender por qué algo está ocurriendo, por qué Dios ha permitido determinada situación, o por qué el camino de la fe tiene momentos de oscuridad. Este texto nos invita a vivir de otra manera: no desde la necesidad de tener la respuesta, sino desde la confianza.
«¿Quién conoció la mente del Señor?», pregunta Pablo. La pregunta no quiere avergonzarnos, por ser ignorantes, sino liberarnos. No tenemos que usurpar el lugar de Dios, no hace falta llegar a comprenderlo todo. Podemos reconocer nuestros límites y, precisamente desde ahí, confiamos. La humildad de la fe cristiana comienza muchas veces cuando dejamos de exigir a Dios que encaje en nuestros planes y propósitos.
De ahí pasará Pablo al centro de su contemplación: «Él es el origen, guía y meta del universo». Dios no es un elemento más de la vida. Es el origen de la vida, el cimiento sobre el que se edifica todo, y el destino de la vida. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, recibe de Él su significado. Esta concepción también modifica nuestra manera de vivir. La vida deja de entenderse como una posesión exclusivamente nuestra y se convierte en un don que estamos llamados a agradecer y entregar.
Por eso el pasaje termina con una alabanza: «A él la gloria por los siglos. Amén». La respuesta al misterio de Dios no es solamente buscar explicaciones, sino también aprender a adorar. La alabanza nace cuando descubrimos que nuestra vida no depende únicamente de nuestras fuerzas y que, incluso cuando no vemos el camino completo, podemos ponernos en manos de Dios.
Vivir este texto hoy puede significar algo muy concreto: confiar un poco más y controlar un poco menos; aceptar que no tenemos todas las respuestas; agradecer lo recibido; mirar a los demás con humildad y reconocer que Dios puede estar actuando de maneras que no alcanzamos a comprender.
La fe madura no consiste en tenerlo todo claro. Consiste en seguir caminando cuando no todo está claro, sabiendo que detrás de nuestra limitada mirada existe un Dios cuya sabiduría y misericordia son mucho mayores que las nuestras. Ante ese misterio, quizá la mejor respuesta sea sencilla: vivir con confianza, recibir cada día como un regalo y orientar nuestra vida hacia aquel de quien todo procede y hacia quien todo encuentra su plenitud.
Por eso, quizá, con confianza. como hizo entonces Pedro, nuestra Iglesia (con contradicciones, deficiencias, limitaciones, dificultades, temperamento, carácter, etc.) hoy debe seguir respondiendo a la pregunta de Cristo: “Tú, Señor, eres el Hijo de Dios”. ¿Podremos escaparnos con una respuesta facilita, aprendida de niños? ¿Es eso lo que el Señor espera de mí? Hay que hacerse cada uno esta pregunta a solas, mirando a Jesús clavado en la Cruz y dejando hablar al corazón. ¿Quién soy yo para ti?
Jesús no ha venido al mundo para ser coreado en pancartas y luego ser olvidado en el estilo de vida de los que nos decimos creyentes. Jesús no ha nacido para que nos remitamos a las actas de la historia y comprobemos que, en verdad, existió. Jesús no ha irrumpido repentinamente para que lo ensalcemos como un defensor de las causas perdidas. Jesús, sobre todo, ha venido para que veamos en Él la mejor fotografía y el mejor rostro que Dios tiene: el amor.
En este año 2026, nuevamente Jesús espera una respuesta: ¿Qué decimos sobre Él? ¿Le conocemos profundamente o sólo superficialmente? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y sentir en ciertas celebraciones solemnes? Cada uno que piense que va a responder."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 22 de agosto de 2026

DECIR Y HACER

 
 

   Después de esto, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: Los maestros de la ley y los fariseos son los encargados de interpretar la ley de Moisés. Por lo tanto, obedecedlos y haced todo lo que os digan. Pero no sigáis su ejemplo, porque dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo. Todo lo hacen para que la gente los vea. Les gusta llevar sobre la frente y en los brazos cajitas con textos de las Escrituras, y vestir ropas con grandes borlas. Desean los mejores puestos en los banquetes, los asientos de honor en las sinagogas, ser saludados con todo respeto en la calle y que la gente los llame maestros.
Pero vosotros no os hagáis llamar maestros por la gente, porque todos sois hermanos y uno solo es vuestro Maestro. Y no llaméis padre a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el que está en el cielo. Ni os hagáis llamar jefes, porque vuestro único Jefe es Cristo. El más grande entre vosotros debe servir a los demás. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido.

Jesús nos pide que no imitemos a los fariseos: dicen pero no hacen. No se trata de aparentar, si no de ser realmente. Y se es sirviendo. Amando a los demás. Siendo sencillos. 
La festividad de hoy nos muestra a María. Ella hizo. Fue la esclava del Señor. Por eso Dios la ensalzó.

"Hoy es la octava de la Asunción de María, la Virgen de agosto, festejada especialmente en muchísimos pueblos de tradición católica. En su octava se nos propone un título para la Madre de Dios que requiere alguna explicación contemporánea porque “Reina”, en nuestros tiempos, no es una categoría muy prestigiosa precisamente.
Algo que sigue vigente y hoy atrae a gente, a veces bastante joven, es el rezo del Rosario. En sus cuatro partes el Rosario hace un recorrido por la historia de la salvación, comenzando por la Encarnación del Verbo y finalizando por la Coronación de María como Reina. Hay una coherencia interna en este modo de oración que parece diseñado, como los retablos y pinturas de los templos, para ilustrar la fe de los sencillos.
Reconocer la realeza de María es afirmar que la esperanza cristiana tiene sentido. En la condición humana se da un irrenunciable deseo de belleza, libertad y alegría pero también el peso de la caída original, esa enfermedad que sigue mostrando huellas aunque esté curada. María, preservada del pecado, se ofrece como sierva he aquí la esclava, primer misterio gozoso. María, el orgullo de nuestra raza, es Coronada como Reina, quinto misterio glorioso. Una secuencia de momentos de la Redención, es decir, de la vida del Redentor único, Nuestro Señor Jesucristo. El Rosario que dirigimos a María, de hecho nos conduce siempre hacia Jesús.
También nos indica motivos para la plegaria y ¡tenemos tantas cosas por las que pedir! En círculos concéntricos se nos presentan problemas y conflictos desde los más íntimos hasta los más alejados en el espacio. La humanidad entera, la creación entera nos pide actuar para sanar, cuidar, atender, echar una mano, colaborar, sembrar esperanza. En definitiva, cumplir el mandamiento semejante al primero.
Cantar a María como Reina, para los católicos  entra dentro de nuestras prácticas más arraigadas y familiares. En la Salve, en el saludo pascual Reina del cielo alégrate, en el Stabat Mater… María, siempre Reina y Madre."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 21 de agosto de 2026

AMAR ES LO MÁS IMPORTANTE

  

Los fariseos se reunieron al saber que Jesús había hecho callar a los saduceos. Uno de aquellos, maestro de la ley, para tenderle una trampa le preguntó:
– Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?
Jesús le dijo:
– ‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.’ Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Y el segundo es parecido a este: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ De estos dos mandamientos pende toda la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas.
(Mt 22,34-40)

La respuesta de Jesús es taxativa. Toda la ley se basa en el Amor. A Dios y al prójimo. Cumplir sin amar no sirve para nada. Todo lo que hacemos debe estar regido por el Amor.

"Sabemos lo que es esencial en nuestra fe, no solo como concepto sino como guía práctica, modo de vida. La fórmula es sencilla “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. ¿Lo sabemos en realidad?
Puede pasar con esto como con otros saberes (física cuántica, astronomía, geopolítica, ciencias sociales…) de los que creemos tener algún conocimiento, no nos hayan producido el menor asombro ni interrogante y en realidad no hayamos entendido gran cosa.
Ese invento peligroso llamado inteligencia artificial suele responder a mis preguntas con una correctísima y ortodoxa doctrina. Dice así: La sabiduría bíblica no es mero conocimiento intelectual, sino el arte de vivir rectamente bajo el diseño de Dios. Teológicamente, es la capacidad práctica y espiritual de ver el mundo como Dios lo ve y actuar en consecuencia. En el Nuevo Testamento, la sabiduría deja de ser un concepto y se convierte en una persona: Jesucristo es la sabiduría de Dios encarnada. Por lo tanto, para la teología bíblica, ser sabio es reflejar el carácter de Cristo mediante la guía del Espíritu Santo.
Más de una vez hemos escuchado en la lectura del Evangelio que Jesús da gracias al Padre porque ha dado a conocer estas cosas a los pequeños. ¡Menos mal! Resulta un poco paradójico pero a los santos (canonizados o no, con muchos estudios y títulos o poco menos que analfabetos) el Padre les dió a conocer, a saborear y a vivir estas cosas. En el texto de Mateo, se nos dice que amemos a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente… y al prójimo como a uno mismo. No es cuestión de discurrir mucho, sino de amar mucho. Y como los pequeños y los niños asombrarnos de que Dios sea la respuesta a eso tan limpio y hermoso que Él mismo ha puesto en nuestro corazón."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 20 de agosto de 2026

TODOS ESTAMOS INVITADOS,

  

Jesús se puso a hablarles otra vez por medio de parábolas. Les dijo:
El reino de los cielos puede compararse a un rey que hizo un banquete para la boda de su hijo. Envió a sus criados a llamar a los invitados, pero estos no quisieron acudir.
Volvió a enviar más criados, encargándoles: ‘Decid a los invitados que ya tengo preparado el banquete. He hecho matar mis novillos y reses cebadas, y todo está preparado: que vengan a la boda.’ Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios y otros echaron mano a los criados del rey y los maltrataron hasta matarlos. Entonces el rey, lleno de ira, ordenó a sus soldados que mataran a aquellos asesinos y quemaran su pueblo. Luego dijo a sus criados: ‘Todo está preparado para la boda, pero aquellos invitados no merecían venir. Id, pues, por las calles principales, e invitad a la boda a cuantos encontréis.’ Los criados salieron a las calles y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y así la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a ver a los convidados, se fijó en uno que no iba vestido para la boda. Le dijo: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí, si no vienes vestido para la boda?’ Pero el otro se quedó callado. Entonces el rey dijo a los que atendían las mesas: ‘Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a la oscuridad. Allí llorará y le rechinarán los dientes.’ Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos.
(Mt 22,1-14)

Todos estamos invitados al banquete del Reino; pero no todos lo aceptamos. Pero Jesús sigue diciendo que debemos salir a todos los caminos a llamarlos a todos; aunque algunos resulte que no tienen el corazón preparado. La Palabra debe ser anunciada a todos. Nosotros no somos quienes para juzgar a los demás. Su corazón será el que decidirá.

" (...) Somos un pueblo al que toda la humanidad está convocada. Los primeros invitados a las bodas, judíos contemporáneos de Jesús, no solo se excusaron, también maltrataron y mataron a los emisarios. Muchos más aceptaron la invitación para acudir al banquete… Como nosotros. Pero tengamos cuidado, porque lo mínimo para ser recibidos es ir vestidos de fiesta. La primera invitada vestida con esplendor fue María y no solo invitada sino colaboradora imprescindible…
La Iglesia celebra la memoria de San Bernardo, el santo que escribió mucho y muy bien sobre María: «Mira a la Estrella, invoca a María… Si la mantienes en tu boca y la guardas en tu corazón, nunca te desviarás. Quien obedece al amor purifica su propio corazón, imitando a Aquella que fue el receptáculo más puro de la gracia». Y estamos en un mes dedicado al Corazón de  María… leyendo una web creada por un grupo de claretianos, es decir de hijos del Corazón Inmaculado de María. Encomendémosle a Ella que cuide de nuestro corazón."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)