lunes, 16 de septiembre de 2019

HUMILDAD Y CONFIANZA


"Cuando Jesús terminó de hablar a la gente, se fue a Cafarnaún. Vivía allí un centurión romano, cuyo criado, al que quería mucho, se encontraba a punto de morir. Habiendo oído hablar de Jesús, el centurión envió a unos ancianos de los judíos a rogarle que fuera a sanar a su criado. Ellos se presentaron a Jesús y le rogaron mucho, diciendo:
– Este centurión merece que le ayudes, porque ama a nuestra nación. Él mismo hizo construir nuestra sinagoga. 
Jesús fue con ellos, pero cuando ya estaban cerca de la casa el centurión le envió unos amigos a decirle:
– Señor, no te molestes, porque yo no merezco que entres en mi casa. Por eso, ni siquiera me atreví a ir en persona a buscarte. Solamente da la orden y mi criado se curará. Porque yo mismo estoy bajo órdenes superiores, y a la vez tengo soldados bajo mi mando. Cuando a uno de ellos le digo que vaya, va; cuando a otro le digo que venga, viene; y cuando ordeno a mi criado que haga algo, lo hace.
Al oir esto, Jesús se quedó admirado, y mirando a la gente que le seguía dijo:
– Os aseguro que ni aun en Israel he encontrado tanta fe como en este hombre.
Al regresar a la casa, los enviados encontraron que el criado ya estaba sano."

Nos encontramos hoy con la Fe de alguien que no era judío. Pero era respetuoso. Por eso aquellos ancianos hablan a su favor e interceden para que Jesús cure a su criado.
A veces nos creemos los únicos depositarios de la Fe. Sin embargo Jesús nos dice, que la Fe de aquel centurión era mayor que la de los judíos. Hasta el punto, que las palabras que pronuncia, "Señor no soy digno de que entres en mi casa..., las pronunciamos nosotros en la misa, antes de comulgar.
La Fe de aquel hombre era grande, pero además era humilde. Se creía indigno. Era una Fe confiada. Sabía que Jesús podía curar a su criado como quisiera.
Humildad y confianza. Dos cualidades que debemos tener en nuestra Fe, si queremos que sea auténtica.


domingo, 15 de septiembre de 2019

EL PADRE BUENO


"Todos los que cobraban impuestos para Roma, y otras gentes de mala fama, se acercaban a escuchar a Jesús. Y los fariseos y maestros de la ley le criticaban diciendo:
– Este recibe a los pecadores y come con ellos. 
Entonces Jesús les contó esta parábola:
- ¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el campo y va en busca de la oveja perdida, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra la pone contento sobre sus hombros, y al llegar a casa junta a sus amigos y vecinos y les dice: ‘¡Felicitadme, porque ya he encontrado la oveja que se me había perdido!’ Os digo que hay también más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
O bien, ¿qué mujer que tiene diez monedas y pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘¡Felicitadme, porque ya he encontrado la moneda que había perdido!’ Os digo que así también hay alegría entre los ángeles de Dios por un pecador que se convierte. 
Contó Jesús esta otra parábola:
- Un hombre tenía dos hijos. El más joven le dijo: ‘Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde.’ Y el padre repartió los bienes entre ellos. Pocos días después, el hijo menor vendió su parte y se marchó lejos, a otro país, donde todo lo derrochó viviendo de manera desenfrenada. Cuando ya no le quedaba nada, vino sobre aquella tierra una época de hambre terrible y él comenzó a pasar necesidad. Fue a pedirle trabajo a uno del lugar, que le mandó a sus campos a cuidar cerdos. Y él deseaba llenar el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Al fin se puso a pensar: ‘¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, mientras que aquí yo me muero de hambre! Volveré a la casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo: trátame como a uno de tus trabajadores.’ Así que se puso en camino y regresó a casa de su padre.
Todavía estaba lejos, cuando su padre le vio; y sintiendo compasión de él corrió a su encuentro y le recibió con abrazos y besos. El hijo le dijo: ‘Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo.’ Pero el padre ordenó a sus criados: ‘Sacad en seguida las mejores ropas y vestidlo; ponedle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el becerro cebado y matadlo. ¡Vamos a comer y a hacer fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a vivir; se había perdido y le hemos encontrado!’ Y comenzaron, pues, a hacer fiesta.
Entre tanto, el hijo mayor se hallaba en el campo. Al regresar, llegando ya cerca de la casa, oyó la música y el baile. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba, y el criado le contestó: ‘Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha mandado matar el becerro cebado, porque ha venido sano y salvo.’ Tanto irritó esto al hermano mayor, que no quería entrar; así que su padre tuvo que salir a rogarle que lo hiciese. Él respondió a su padre: ‘Tú sabes cuántos años te he servido, sin desobedecerte nunca, y jamás me has dado ni siquiera un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. En cambio, llega ahora este hijo tuyo, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y matas para él el becerro cebado.’
El padre le contestó: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero ahora debemos hacer fiesta y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado.’ " 

El evangelio de hoy es largo. Nos presenta tres parábolas. Me temo que en más de una parroquia lo recortarán. Pero las tres parábolas nos dicen lo mismo: que el Padre es misericordioso y recibe con los brazos abiertos a los pecadores. 
Nosotros hablamos de contrición perfecta e imperfecta. La verdad es que Jesús no dice nada de esto. Y no creo que la del hijo pródigo sea muy perfecta. Vuelve porque se ha quedado sin dinero, porque tiene hambre y porque los cerdos que cuida comen mejor que él. Sin embargo el Padre lo recibe con los brazo abiertos. Él es pura misericordia.
  "Antes la llamábamos la parábola del hijo pródigo... Pero su principal protagonista no son los hijos, sino el Padre, siempre lleno de misericordia, por encima de todo.
Con gestos y palabras Jesús expresa su predilección por aquellas personas que en su época eran consideradas “perdidas” a causa del pecado. La cercanía y el cariño manifestado hacia ellos era motivo de crítica por parte de quienes se erigían como garantes de la fe y la religión. Jesús justifica su manera de proceder dándonos a conocer lo que aprendió de su Padre. Sus palabras nos ayudan a entender que su vida es un reflejo del corazón de Dios.
La parábola de “un padre que tenía dos hijos” revela a Dios como un Padre que venera a sus hijos con amor entrañable. La compasión, la misericordia y la ternura son sus notas más características. El relato nos hace saber que Dios ama a sus hijos, que los acompaña en sus decisiones y sufre sus yerros; que aguarda esperanzado y con ansias su regreso; efusivo en sus demostraciones de cariño; que festeja con alegría el momento del reencuentro. ¿Qué habrán sentido los oyentes de la parábola al oír estas palabras? ¿Qué habrán experimentado al saber que Dios estaba contento por reencontrarse con los pecadores, tanto tiempo excluidos de la mesa fraterna? ¿Con qué personajes de la parábola se habrán identificado? ¿Qué habrán pensado unos y otros? ¿Era posible que Dios actuase así con todos? ¿Era necesario dejar en evidencia el reproche y la amargura de aquellos que creían conocer a Dios, pero se daban cuenta que habían errado también ellos en el modo?" (Koinonía) 




sábado, 14 de septiembre de 2019

ENTREGA TOTAL


"Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre ha de ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo."

La exaltación de la cruz no es el elogio del sufrimiento, sino de la entrega. El padre no quiso la cruz para el Hijo. La cruz la pusimos los hombres. Jesús la aceptó como consecuencia de su entrega total. Él vino al mundo para entregarse y lo hizo hasta el último extremo. Él vino para salvarnos.
"La inevitable dimensión dolorista de la cruz, hace que su «exaltación» no deje de implicar problemas. Algunos agentes de pastoral, con frecuencia, tratan de obviarlos simplemente mirando hacia otra parte, callando, o hablando de otra cosa. Pero este método evasivo no es el mejor servicio que se puede hacer al pueblo cristiano. Creemos que es mejor afrontar los problemas de frente y ponerles nombre y nuevos límites. Es lo que vamos a tratar de hacer.
El primer gran peligro es esa misma «exaltación» de la cruz, por lo que pueda tener de exaltación del sufrimiento por el sufrimiento, como si tuviera un valor cristiano por sí mismo. Aún se conserva en buena parte del pueblo cristiano una imagen de Dios dolorista y amante del sufrimiento, que parece alegrarse cuando ve sufrir, o que sólo otorga su gracia o su benevolencia al ser humano a cambio de sufrimiento. Muchas promesas, «mandas», de la religiosidad popular se hacen sobre ese esquema: yo me sacrifico, le ofrezco a Dios un daño que me hago a mí mismo, como «un pago anticipado para él, a cambio del favor solicitado»… Este Dios ante el que lo que vale y lo que le agrada es el sufrimiento, no es un Dios cristiano; la exaltación de una cruz que incluya –consciente o inconscientemente– una imagen de Dios así, no sería una exaltación cristiana." (Koinonía) 



viernes, 13 de septiembre de 2019

SOBRE LA CEGUERA


"Jesús les puso esta comparación:
- ¿Acaso puede un ciego servir de guía a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo? El discípulo no es más que su maestro: solo cuando termine su aprendizaje llegará a ser como su maestro.
¿Por qué miras la paja que tiene tu hermano en el ojo y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? Y si no te das cuenta del tronco que tienes en tu ojo, ¿cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame sacarte la paja que tienes en el ojo'? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu ojo y así podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano."

Jesús se dirige hoy, sobre todo, a los encargados de conducir a los demás. Y todos, en cierto modo, debemos guiar a alguien. Nos dice, que no podemos ser guías si somos ciegos.
La causa de la ceguera son nuestros defectos. No los vemos, no los solucionamos y son barreras que nos impiden ver la realidad. Sabemos ver los defectos de los demás. Los magnificamos. En cambio, somos incapaces de ver los nuestros, y los hacemos lo más pequeños posible.   


jueves, 12 de septiembre de 2019

AMOR UNIVERSAL


"Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite la capa déjale que se lleve también tu túnica. Al que te pida algo dáselo, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Haced con los demás como queréis que los demás hagan con vosotros. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los pecadores se portan así! Y si hacéis bien solamente a quienes os hacen bien a vosotros, ¿qué tiene de extraordinario? ¡También los pecadores se portan así! Y si dais prestado sólo a aquellos de quienes pensáis recibir algo, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡También los pecadores se prestan entre sí esperando recibir unos de otros! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y dad prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos. Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará. Dad a otros y Dios os dará a vosotros: llenará vuestra bolsa con una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás."

Ayer Jesús nos decía, en contra de lo que pensamos los hombres, los felices son los sencillos, los pobres, los perseguidos. Hoy nos pide que nuestro amor sea universal. Entendemos que debemos amar a los nuestros y a los que nos hacen bien. Jesús nos dice que esto no tiene nada de extraordinario y que lo que debemos hacer es amar a los enemigos, a los que nos hacen mal.
En una sociedad más dividida que nunca, estas palabras deben resonar con más fuerza que nunca. No lograremos hacer de este mundo un mundo habitable, un mundo justo, hasta que no entendamos que nuestro amor ha de ser universal. Ciertamente esto no es fácil. Pero debemos intentarlo. Y para ello debemos empezar por no juzgar a nadie. No podemos amar al que juzgamos negativamente.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

PALABRAS DURAS


"Jesús miró a sus discípulos y les dijo:
- Dichosos vosotros los pobres, porque el reino de Dios os pertenece.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis satisfechos. Dichosos los que ahora lloráis, porque después reiréis.
Dichosos vosotros cuando la gente os odie, cuando os expulsen, cuando os insulten y cuando desprecien vuestro nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alegraos mucho, llenaos de gozo en aquel día, porque recibiréis un gran premio en el cielo; pues también maltrataron así sus antepasados a los profetas. 
Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis tenido vuestra alegría! 
¡Ay de vosotros los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre!
¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque vais a llorar de tristeza!
¡Ay de vosotros cuando todos os alaben, porque así hacían los antepasados de esta gente con los falsos profetas!"

Hemos leído tantas veces las bienaventuranzas, que ya no nos llaman la atención. Sin embargo, su contenido, es precisamente todo lo contrario de lo que pensamos y buscamos en nuestra sociedad. Buscamos dinero, poder, prestigio, fuerza...Jesús nos indica que ahí no está la felicidad. Felices son los que no tienen nada, los excluidos, los perseguidos...¿Nos damos cuenta del alcance de estas palabras? Ellos son los preferidos en su corazón.
Si de verdad meditáramos este evangelio, nuestras vidas tendrían que cambiar radicalmente. Sin embargo no lo hacemos y seguimos empecinados en despreciar a los pobres y marginados. 
Y nosotros los ricos, los poderosos, los prestigiosos, somos desgraciados, porque somos culpables, con nuestra forma de vida, de la pobreza, de la marginación, de la desgracia de la mayoría. 
Este texto, si de verdad queremos ser discípulos de Jesús, debería removernos y  cambiar totalmente nuestras vidas. Tenemos palabras para los pobres, pero, ¿dónde están nuestras acciones?



martes, 10 de septiembre de 2019

JESÚS NOS LLAMA


"Por aquellos días, Jesús se fue a un cerro a orar, y pasó toda la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, reunió a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales llamó apóstoles. Estos fueron: Simón, a quien puso también el nombre de Pedro; Andrés, hermano de Simón; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago hijo de Alfeo; Simón el celote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que traicionó a Jesús. 
Jesús bajó del cerro con ellos, y se detuvo en un llano. Se habían reunido allí muchos de sus seguidores y mucha gente de toda la región de Judea, y de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón. Habían venido para oir a Jesús y para que los curase de sus enfermedades. Los que sufrían a causa de espíritus impuros, también quedaban sanados. Así que toda la gente quería tocar a Jesús, porque los sanaba a todos con el poder que de él salía." 

Jesús llama a los suyos. Tras una noche de oración escoge a sus doce discípulos. Y luego se dirige a la gente para curarlos.
Jesús también nos llama a cada uno de nosotros a seguirle, a ser sus discípulos. Esto comporta que bajemos al llano, a donde está la gente, para curarlos. Ser cristiano, ser discípulo de Jesús, significa ayudar a los demás. Repartir el amor de Jesús a nuestro alrededor. Transmitir su Palabra sanadora.