domingo, 6 de septiembre de 2026

FORMAR COMUNIDAD




 Si tu hermano te ofende, habla con él a solas para moverle a reconocer su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, porque toda acusación debe basarse en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la congregación; y si tampoco hace caso a la congregación, considéralo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma.
Os aseguro que todo lo que atéis en este mundo, también quedará atado en el cielo; y todo lo que desatéis en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
Además os digo que si dos de vosotros os ponéis de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre que está en el cielo os lo dará. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
(Mt 18,15-20)

Jesús nos pide que ante los problemas, sepamos dialogar, perdonar y formar comunidad. Todos juntos estamos más cerca de Dios. Cuando estamos reunidos, cuando formamos comunidad, Jesús está en medio de nosotros. Estar unidos hace que Dios se haga presente.

" (...) Jesús da el modelo para corregir a los díscolos. Aquellos que, siendo de los nuestros, se han apartado del camino. Cómo corregir a los hermanos. Por experiencia sé que la corrección fraterna nunca es fácil. Hay que encontrar la forma de conjugar el amor fraterno con la sensibilidad necesaria para ayudar sin ofender. Darse el tiempo suficiente, apoyados en la Palabra de Dios, para dar un empujón al hermano en la dirección adecuada. Exige la humildad por ambas partes; el que corrige, porque sabe que él tampoco es perfecto, y el corregido, para dejarse iluminar por las personas que están cerca y ven lo que puedes hacer mejor. No siempre gusta cuando te dicen que estás haciendo algo mal.
En todo caso, si no hay posibilidad de encontrar tiempo para hacer lo que el Evangelio nos sugiere, siempre se puede ser creativo. Una frase en el momento adecuado, una indicación, un gesto de agrado o desagrado… Puede ser un mensaje, una llamada, diciendo que hace mucho que no le has visto en Misa, v.gr.; una carita triste en el “whatsapp”, por ejemplo y un “te echamos de menos”. Mostrarse atento, para que la “oveja descarriada” sepa que tiene en ti un apoyo, si le hace falta. Estar cerca, ponerse a tiro, para poder ayudar. Que, si la persona no se convierte, no sea porque no lo hemos intentado.
Hay que hacerlo todo con amor. Hasta las correcciones. Uno que ama a su prójimo no le hace daño. Incluso cuando le corrige. Amar es cumplir la Ley entera, y eso incluye corregir – con amor – al que se ha equivocado. Que no pequemos de omisión.
El segundo aspecto a recordar, creo, es saber que Dios siempre está con nosotros. Siempre hay cobertura para hablar con Él. Aunque a veces se nos olvide. Nos juntamos a menudo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, para rezar, para celebrar, para hacer presente el Misterio en nuestra vida. No importa si somos pocos o muchos, son suficientes dos o tres para que Cristo se haga presente. Es un consuelo para los que vivimos en países donde los católicos somos minoría. Es un consuelo para todos.
Estamos acostumbrados a ver grandes multitudes en los conciertos, en las celebraciones deportivas, a valorar las cuentas en las redes sociales según la cantidad de seguidores… Cuantos más, mejor. Incluso en la vida espiritual aplicamos esos criterios. Claro que impresiona ver una celebración en la Jornada Mundial de la Juventud, o la Vigilia Pascual en el Vaticano. Es un buen refuerzo para mucha gente, ver que no están solos en esto de la fe. Otra vez, los que vivimos en países donde los católicos somos minoría, lo agradecemos. Es verdad.
Pero donde se juega uno “los cuartos” es en el día a día. Ahí no hay siempre grandes cantidades de personas a tu alrededor. Incluso, puede que la persona que se siente a tu lado no sea de los que mejor te caen. Y, sin embargo, “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy Yo”. Porque a los vecinos del banco de la iglesia no los eliges tú, te los coloca en el camino el mismo Señor.
Aunque nos cueste a veces entenderlo, nuestra fuerza está en la oración conjunta. A través del perdón y de la reconciliación podemos restablecer las relaciones comunitarias, y, juntos, pedirle al Padre que siga acompañándonos en el camino. Porque no somos simplemente un conglomerado de personas. Somos una comunidad de creyentes, en la que todos dependemos de todos para poder ser mejores. Si alguno se queda atrás, la misión se ralentiza, y ya sabemos que el Buen Pastor busca la oveja perdida hasta que la encuentra, se la carga en los hombros y la devuelve al rebaño.
Tenemos el mejor ejemplo en Cristo. Él supo perdonar a los “traidores” de los apóstoles, que le abandonaron, y les hizo colaboradores en la propagación de su mensaje, por todos los confines del mundo. Que sepamos imitarlo, para amar más y más a nuestros hermanos, corrigiéndolos y perdonándolos siempre. Juntos, podemos. Juntos, somos más fuertes. Aunque cueste. Merece la pena."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)


sábado, 5 de septiembre de 2026

¿AMOR O LEY?

  

Un sábado pasaba Jesús entre los sembrados. Sus discípulos arrancaban espigas de trigo, las desgranaban entre las manos y se comían los granos. Entonces algunos fariseos les preguntaron:
– ¿Por qué hacéis algo que no está permitido en sábado?
Jesús les contestó:
– ¿No habéis leído lo que hizo David en una ocasión en que él y sus compañeros tuvieron hambre? Entró en la casa de Dios y tomó los panes consagrados, comió de ellos y dio también a sus compañeros, a pesar de que solamente a los sacerdotes les estaba permitido comer de aquel pan.
Y añadió:
– El Hijo del hombre tiene autoridad sobre el sábado.
(Lc 6,1-5)

Alejandro, en su comentario, nos une dos escenas, aunque la del paralítico no está en el fragmento que leemos hoy. Pero son dos escenas unidas por una causa común: hacer algo que no estaba permitido en sábado. Jesús, lo que nos dice, es que la persona está por encima de las leyes. La necesidad puede hacer que sea lícito pasar por encima de ellas. Algo que está ocurriendo en Ceuta. La atención a los inmigrantes está por encima de la licitud de su entrada. Pero nosotros seguimos utilizando la ley para defender nuestros intereses y nuestras ideas políticas, pasando por encima de las necesidades de gente que no tiene nada, muchos de ellos mujeres y menores. El Amor pasa por encima del "sábado". Esto es lo que debemos tener en cuenta.

"El Evangelio de hoy reúne dos escenas que tienen un mismo hilo conductor: Jesús pone a la persona en el centro. Primero, sus discípulos arrancan unas espigas en sábado para calmar el hambre. Después, en la sinagoga, cura a un hombre que tiene paralizada la mano derecha. En ambos casos, los fariseos observan atentamente, no para descubrir la acción de Dios, sino para encontrar un motivo con el que acusar a Jesús. Mientras ellos se aferran a una interpretación rígida de la ley, el Señor revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que nunca deja de amar, cuidar y devolver la dignidad a sus hijos.
Jesús no desprecia el sábado. Al contrario, le devuelve su sentido más profundo. El descanso sagrado no fue pensado para convertirse en una carga, sino en un regalo. Se acabó la esclavitud de Egipto, somos libres. Y la ley del sábado nació para ayudar a vivir, no para impedir el bien. Por eso, cuando hay una persona necesitada, no hay norma que pueda justificar la indiferencia. El amor siempre encuentra el momento oportuno para actuar.
La curación del hombre de la mano paralizada tiene también un significado que va más allá del milagro. Aquella mano incapaz de trabajar, de abrazar o de compartir representa todas las capacidades que el miedo, el pecado, las heridas o el desánimo pueden ir bloqueando en nuestra vida. Jesús invita al hombre a ponerse en pie y a extender la mano delante de todos. Es un gesto de confianza. Lo que parecía perdido vuelve a la vida gracias a la fuerza de la palabra del Señor.
También nosotros podemos tener «paralizadas» muchas cosas: la ilusión por servir, la capacidad de perdonar, la esperanza ante las dificultades o el deseo de comprometernos con los demás. A veces nos acostumbramos a convivir con esas limitaciones y pensamos que ya no tienen remedio. Sin embargo, Cristo sigue pasando por nuestra vida para decirnos que siempre es posible empezar de nuevo. Él no se fija primero en lo que nos falta, sino en todo lo que su gracia puede hacer en nosotros.
El Evangelio concluye mostrando la dureza del corazón de quienes, en lugar de alegrarse por la curación de un hermano, se llenan de rabia porque Jesús ha roto sus esquemas. Es una advertencia para todos. La fe pierde su autenticidad cuando las normas pesan más que las personas, cuando defendemos nuestras ideas con tanto empeño que dejamos de reconocer la acción de Dios. El Señor nos invita a tener un corazón libre, capaz de alegrarse con el bien, venga de donde venga, y dispuesto a hacer el bien sin esperar el momento perfecto.
¿Hay alguna actitud, prejuicio o costumbre que me impide poner a la persona por delante de mis propias ideas? ¿Qué aspecto de mi vida necesita hoy que Jesús lo toque para devolverme la libertad de amar y servir con alegría?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 4 de septiembre de 2026

¿CUANDO AYUNAR?




 Le dijeron a Jesús:
– Los seguidores de Juan y los de los fariseos ayunan mucho y hacen muchas oraciones, pero tus discípulos no dejan de comer y beber.
Jesús les contestó:
– ¿Acaso podéis hacer que ayunen los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Ya llegará el momento en que se lleven al novio; cuando llegue ese día, ayunarán.
También les contó esta parábola:
– Nadie corta un trozo de un vestido nuevo para arreglar un vestido viejo. De hacerlo así, echará a perder el vestido nuevo; además el trozo nuevo no quedará bien en el vestido viejo. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo hace que los odres revienten, y tanto el vino como los odres se pierden. Por eso hay que echar el vino nuevo en odres nuevos. Y nadie que beba vino añejo querrá después beber el nuevo, porque dirá que el añejo es mejor.
(Lc 5,33-39)

Mientras Jesús esté con nosotros la penitencia, el ayuno no tiene sentido. Debemos estar repletos de la alegría de estar con Él, de tenerlo en nuestro corazón. Es cuando lo perdemos que debemos luchar por recuperarlo, que debemos estar tristes, que debemos ayunar.

"El Evangelio de hoy nos presenta una conversación que va mucho más allá de una simple discusión sobre el ayuno. Algunos preguntan a Jesús por qué sus discípulos no siguen las mismas prácticas que los de Juan Bautista o los fariseos. En el fondo, están comparando maneras de vivir la fe y esperan que Jesús se ajuste a los esquemas religiosos que ya conocen. Sin embargo, el Señor aprovecha la ocasión para anunciar que con Él ha comenzado un tiempo nuevo.
Jesús utiliza imágenes que todos podían comprender. Habla de un novio cuya presencia convierte la vida en una fiesta; de un vestido que no puede remendarse con un trozo de tela nueva; de un vino nuevo que necesita odres nuevos. Son ejemplos sencillos, pero contienen un mensaje profundo: el encuentro con Cristo transforma la existencia desde dentro y no puede reducirse a cumplir unas normas externas.
Con frecuencia también nosotros corremos el riesgo de vivir la fe como una costumbre. Repetimos oraciones, participamos en las celebraciones o mantenemos ciertas tradiciones, pero el corazón puede permanecer igual. El Señor no viene únicamente a añadir algunas prácticas religiosas a nuestra agenda. Viene a renovar nuestra manera de pensar, de amar, de perdonar y de mirar la vida.
El vino nuevo del Evangelio sigue siendo siempre joven. Es la alegría de saberse amado por Dios, la libertad de quien descubre que la misericordia es más fuerte que el pecado y la esperanza que nace de confiar en que el Señor nunca abandona a sus hijos. Pero ese vino necesita odres nuevos, es decir, un corazón dispuesto a dejar atrás el orgullo, los prejuicios, el miedo al cambio y la comodidad que tantas veces nos impiden crecer.
La novedad de Cristo no consiste en romper con todo lo anterior, sino en llevarlo a su plenitud. Él no desprecia la tradición de su pueblo; la ilumina con el amor del Padre y le da su verdadero sentido. Por eso, ser cristiano no significa aferrarse al pasado ni buscar novedades por el simple hecho de que lo sean, sino permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo, que continúa renovando la Iglesia y la vida de cada creyente. Como dice Pablos, “no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor.”
Quizá el desafío más grande sea dejar que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros. Cada jornada puede ser una oportunidad para estrenar un modo distinto de vivir, más confiado, más generoso y más alegre. Cuando abrimos el corazón a Jesús, descubrimos que el Evangelio nunca envejece; quienes envejecemos en la fe somos nosotros cuando dejamos de sorprendernos por la presencia viva del Señor y nos conformamos con una religión de costumbre.
¿Qué «odres viejos» necesito dejar atrás para acoger con más libertad la novedad que Jesús quiere regalarme? ¿Mi manera de vivir la fe transmite la alegría del encuentro con Cristo o se ha convertido en una simple rutina?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 3 de septiembre de 2026

PESCAR CON JESÚS

  

En una ocasión se encontraba Jesús a orillas del lago de Genesaret, y se sentía apretujado por la multitud que quería oir el mensaje de Dios. Vio Jesús dos barcas en la playa. Estaban vacías, porque los pescadores habían bajado de ellas a lavar sus redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó en la barca y comenzó a enseñar a la gente. Cuando terminó de hablar dijo a Simón:
– Lleva la barca lago adentro, y echad allí vuestras redes, para pescar.
Simón le contestó:
– Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, puesto que tú lo mandas, echaré las redes.
Cuando lo hicieron, recogieron tal cantidad de peces que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron, y llenaron tanto las dos barcas que les faltaba poco para hundirse. Al ver esto, Simón Pedro se puso de rodillas delante de Jesús y le dijo:
– ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!
Porque Simón y todos los demás estaban asustados por aquella gran pesca que habían hecho. También lo estaban Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón:
– No tengas miedo. Desde ahora vas a pescar hombres.
Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y se fueron con Jesús.
(Lc 5,1-11)

Jesús hace que pesquen tras una noche infructuosa; pero esta pesca hace que Jesús "pesque" también a Pedro, Juan y Santiago.
Nos quejamos de nuestras iglesias casi vacías. De los pocos niños que se apuntan a catequesis...Quizá es que Jesús no ha subido a nuestra barca. ¿Hacemos la obra de Jesús o hacemos la nuestra? Si queremos hacer un apostolado eficaz, solamente lo haremos con Jesús. Porque Él es el que llama. No nosotros.

"El lago de Genesaret es el escenario de uno de los encuentros más hermosos entre Jesús y sus primeros discípulos. Todo comienza en una jornada aparentemente fracasada. Simón y sus compañeros han trabajado durante toda la noche y regresan con las redes vacías. Conocen bien su oficio y saben que, humanamente, ya no merece la pena volver a intentarlo. Sin embargo, Jesús sube a la barca de Simón y, después de enseñar a la multitud, le hace una petición que parece poco razonable: «Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar».
La respuesta de Pedro es una lección de confianza. No oculta su cansancio ni su decepción. Expresa con sinceridad lo que ha vivido: «Hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada». Pero añade unas palabras que cambian el rumbo de la historia: «Por tu palabra, echaré las redes». No actúa porque tenga garantías de éxito, sino porque confía en quien se lo pide.
También nosotros conocemos la experiencia de las redes vacías. Hay esfuerzos que parecen no dar fruto, proyectos que se detienen, relaciones que atraviesan dificultades, oraciones que parecen no encontrar respuesta. En esos momentos es fácil pensar que ya no vale la pena seguir intentándolo. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que Dios puede abrir caminos precisamente allí donde nosotros solo vemos límites.
La pesca es tan abundante que las redes casi se rompen. Entonces Pedro comprende que está delante de alguien mucho más grande de lo que imaginaba. En lugar de sentirse orgulloso por el éxito, reconoce humildemente su pequeñez: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Pero Jesús no se fija en sus límites, sino en todo lo bueno que puede llegar a hacer con él. No le reprocha su fragilidad ni busca personas perfectas. Lo llama a una misión nueva: «Desde ahora serás pescador de hombres».
Ese mismo modo de actuar continúa hoy. El Señor sigue subiendo a la barca de nuestra vida, incluso cuando está desordenada o llena de incertidumbres. Nos invita a confiar más en su palabra que en nuestros cálculos y nos recuerda que la vocación cristiana no nace de nuestros méritos, sino de su llamada. Quien se deja encontrar por Cristo descubre que sus manos, aunque sean frágiles, pueden convertirse en instrumento para llevar esperanza, consuelo y alegría a los demás. “. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios.”
¿Cuáles son las «redes vacías» que hoy me cuesta volver a lanzar porque he perdido la esperanza? ¿Estoy dispuesto a confiar en la palabra de Jesús y dejar que Él transforme mis límites en una oportunidad para servir a los demás?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 2 de septiembre de 2026

UNA JORNADA DE JESÚS

  

Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón estaba enferma, con mucha fiebre, y rogaron a Jesús que la sanase. Jesús se inclinó sobre ella y reprendió a la fiebre, y la fiebre la dejó. Al momento, ella se levantó y se puso a atenderlos.
Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diferentes enfermedades los llevaron a Jesús; él puso las manos sobre cada uno de ellos y los sanó. De muchos enfermos salieron también demonios que gritaban:
– ¡Tú eres el Hijo de Dios!
Pero Jesús reprendía a los demonios y no los dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al amanecer, Jesús salió de la ciudad y se dirigió a un lugar apartado. Pero la gente le buscó hasta encontrarle. Querían retenerlo para que no se marchase, pero Jesús les dijo:
– También tengo que anunciar las buenas noticias del reino de Dios a los otros pueblos, porque para esto he sido enviado.
Así iba Jesús anunciando el mensaje en las sinagogas de Judea.
(Lc 4,38-44)

Vemos a Jesús en el día a día. Curando, dedicado a los más débiles y retirándose a orar. Todos querían retenerlo; pero Jesús quiere llegar a todos, no solamente a un grupo de fieles. Nosotros nos sentimos cómodos en nuestro entorno; pero Jesús quiere que vayamos a todos, que lo anunciemos en las fronteras, que nos entreguemos a todo el mundo.
 
"El Evangelio de hoy nos permite acompañar a Jesús en una jornada intensa. Después de enseñar en la sinagoga, entra en la casa de Simón y se encuentra con una realidad muy cotidiana: una mujer enferma, incapaz de levantarse por la fiebre que la consume. Jesús no pasa de largo ni considera que aquel problema sea demasiado pequeño para ocupar su atención. Se acerca, se inclina sobre ella y la toma de la mano. La enfermedad desaparece y, enseguida, aquella mujer se pone a servir.
Es un detalle lleno de significado. El encuentro con Jesús no solo devuelve la salud, sino también la capacidad de amar y de ponerse al servicio de los demás. La verdadera curación siempre nos impulsa a salir de nosotros mismos. Cuando experimentamos el amor de Dios, nace en el corazón el deseo de compartirlo.
Al caer la tarde, la casa se llena de personas que buscan a Jesús. Llegan enfermos, afligidos, personas heridas por el dolor y la incertidumbre. Nadie queda excluido de su mirada. El Señor dedica tiempo a cada uno, escucha, toca, cura y devuelve la esperanza. No actúa con prisas ni establece diferencias entre unos y otros. Para Él, cada persona tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece ser acogida.
Sin embargo, después de una jornada tan intensa, Jesús busca un lugar apartado para orar. Este detalle es especialmente importante. Su fuerza no nace del éxito ni del reconocimiento de la gente, sino de la profunda comunión con el Padre. Antes de seguir anunciando el Reino, necesita el silencio, la escucha y la oración. Nos enseña así que la misión pierde su sentido cuando deja de alimentarse del encuentro con Dios
Cuando la gente intenta retenerlo, Jesús responde que debe continuar su camino porque ha sido enviado a anunciar la Buena Noticia también en otros lugares. El amor de Dios no puede encerrarse entre cuatro paredes ni reservarse para unos pocos. Siempre está en salida, buscando nuevos corazones que necesiten esperanza. Eso nos afecta a nosotros, porque también “nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros campo de Dios, edificio de Dios.”
También nosotros corremos el riesgo de querer un Jesús que permanezca donde nos sentimos cómodos, mientras Él nos invita constantemente a mirar más allá de nuestro pequeño mundo. Nos llama a acercarnos a quien sufre, a cuidar con ternura a quienes la vida ha debilitado y, al mismo tiempo, a encontrar espacios de silencio donde renovar nuestra relación con Él. Solo desde esa experiencia de encuentro podremos ser auténticos testigos de su amor en la familia, en el trabajo, en la comunidad y en cada rincón de nuestra vida cotidiana.
¿Qué personas necesitan hoy que me acerque a ellas con la misma compasión con la que Jesús se acercó a los enfermos? ¿Estoy cuidando mi tiempo de oración para que mi servicio a los demás brote verdaderamente del encuentro con el Señor?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

martes, 1 de septiembre de 2026

JESÚS NOS LIBERA

 


 Llegó Jesús a Cafarnaún, un pueblo de Galilea, y los sábados enseñaba a la gente; y se admiraban de cómo les enseñaba, porque hablaba con plena autoridad.
En la sinagoga había un hombre que tenía un demonio o espíritu impuro que gritaba con fuerza:
– ¡Déjanos! ¿Por qué te metes con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Yo te conozco: ¡Sé que eres el Santo de Dios!
Jesús reprendió a aquel demonio diciéndole:
– ¡Cállate y deja a ese hombre!
Entonces el demonio arrojó al hombre al suelo delante de todos y salió de él sin hacerle ningún daño. Todos se asustaron y se decían unos a otros:
– ¿Qué palabras son esas? ¡Este hombre da órdenes con plena autoridad y poder a los espíritus impuros y los hace salir!
La fama de Jesús se extendía por todos los lugares de la región.
(Lc 4,31-37)

Jesús nos libra del mal. Él lo domina y lo expulsa de nosotros y del mundo; pero es necesaria nuestra Fe. Nos quejamos y acusamos a Dios de no hacer nada ante el mal en el mundo. Olvidamos que Dios actúa a través de nosotros. Es nuestra lucha la que puede eliminar el mal del mundo. Él nos da las fuerzas para hacerlo; pero es indispensable nuestra Fe. Si no creemos en Él, no puede ayudarnos. Si vivimos su Palabra el mal desaparecerá.

"Después del rechazo sufrido en Nazaret, Jesús llega a Cafarnaún y continúa haciendo aquello para lo que ha sido enviado: anunciar la Buena Noticia y devolver la esperanza a quienes la habían perdido. Nada detiene su misión. Sin límites geográficos o nacionales, con ambiciones católicas, o sea universales. En la sinagoga, su enseñanza llama la atención porque no se parece a la de los maestros de la época. Sus palabras no son teorías ni discursos vacíos; nacen de una vida totalmente unida al Padre y tienen la fuerza de tocar el corazón de las personas.
Esa misma autoridad se manifiesta cuando libera a un hombre dominado por un espíritu inmundo. Mientras el mal intenta imponerse con gritos y confusión, Jesús actúa con serenidad. No necesita levantar la voz ni recurrir a gestos espectaculares. Basta una palabra suya para que el hombre recupere la libertad. Allí donde Jesús está presente, el mal pierde terreno y la vida vuelve a abrirse camino.
Este Evangelio también habla de nosotros. Aunque no experimentemos situaciones como la que describe el relato, todos conocemos esas esclavitudes interiores que nos impiden vivir con paz: el miedo, el rencor, la desesperanza, la falta de perdón, el egoísmo o la sensación de que nada puede cambiar. Son cargas que, poco a poco, nos roban la alegría y la confianza.
La buena noticia es que Cristo sigue pronunciando hoy una palabra capaz de liberarnos. Lo hace cuando escuchamos el Evangelio con el corazón abierto, cuando celebramos los sacramentos, cuando alguien nos ofrece una mano en un momento difícil o cuando descubrimos que Dios no se cansa de buscarnos una y otra vez. Su autoridad no nace del poder, sino del amor que devuelve la dignidad a cada persona. El Espíritu viene en nuestra ayuda, “el Espíritu que viene de Dios, para que tomemos conciencia de los dones que de Dios recibimos.”
Quizá el mayor milagro que Jesús quiere realizar en nuestra vida sea liberarnos de todo aquello que nos aparta de Dios y de los hermanos. Si le dejamos entrar, también nosotros podremos convertirnos en instrumentos de esperanza y de paz para quienes nos rodean. Aunque nos parezca que no sabemos o no podemos, o que “eso no es para nosotros”.
¿De qué ataduras necesito pedir hoy a Jesús que me libere para vivir con más paz y confianza? ¿Qué palabra o gesto puedo ofrecer esta semana para ayudar a otra persona a experimentar el amor liberador de Dios?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 31 de agosto de 2026

EL HIJO DEL CARPINTERO

  


Jesús fue a Nazaret, al pueblo donde se había criado. Un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso en pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos
y a dar vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.”
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los presentes le miraban atentamente. Él comenzó a hablar, diciendo:
– Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de la belleza de su palabra. Se preguntaban:
– ¿No es este el hijo de José?
Jesús les respondió:
– Seguramente me aplicaréis el refrán: 'Médico, cúrate a ti mismo', y me diréis: 'Lo que oímos que hiciste en Cafarnaún, hazlo también aquí, en tu propia tierra.'
Y siguió diciendo:
– Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su propia tierra. Verdaderamente había muchas viudas en Israel en tiempos del profeta Elías, cuando no llovió durante tres años y medio y hubo mucha hambre en todo el país. Sin embargo, Elías no fue enviado a ninguna de las viudas israelitas, sino a una de Sarepta, cerca de la ciudad de Sidón. También había en Israel muchos enfermos de lepra en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, que era de Siria.
Al oir esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira. Se levantaron y echaron del pueblo a Jesús. Lo llevaron a lo alto del monte sobre el que se alzaba el pueblo, para arrojarle abajo. Pero Jesús pasó por en medio de ellos y se fue.
(Lc 4,16.30)

Solemos menospreciar a los más cercanos. Los juzgamos constantemente. No creemos en sus cualidades. Eso le pasó a Jesús en su pueblo. Lo conocían desde niño. Ahora le escuchaban admirados, pero pensaban que no era posible su grandeza. Pensamos que las grandes virtudes son para hombres grandes, superinteligentes...Sin embargo Dios se manifiesta a través de los sencillos, de los pequeños. Eso no lo entendieron los vecinos de Nazaret y tampoco lo entendemos nosotros. Dios nos habla desde los pequeños.
 
"Hay escenas del Evangelio que sorprenden porque muestran que seguir a Jesús no siempre resulta cómodo. Porque no todo es como creemos. A veces, las cosas no son como parecen. Jesús regresa a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Todos lo conocen desde pequeño y esperan escuchar palabras que les llenen de orgullo. En la sinagoga lee un texto del profeta Isaías que anuncia la llegada del tiempo de la salvación y, después, pronuncia una frase que cambia por completo el ambiente: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
Al principio, quienes lo escuchan quedan admirados. Sin embargo, esa admiración dura poco. Cuando Jesús les recuerda que Dios no actúa según nuestros esquemas y que su amor alcanza también a quienes son considerados extraños o enemigos, el entusiasmo se convierte en rechazo. Aquellos vecinos que lo habían recibido con agrado terminan expulsándolo del pueblo.
Este relato nos recuerda una verdad muy humana. Nos encanta un Dios que confirme nuestras ideas y bendiga nuestros planes, pero nos cuesta aceptar que su mirada es mucho más amplia que la nuestra. Jesús rompe fronteras, derriba prejuicios y nos invita a descubrir que nadie queda fuera de la misericordia de Dios. Incluso aquellos a los que nos cuesta trabajo mirarlos.
También nosotros podemos caer en la tentación de pensar que conocemos perfectamente a Jesús, simplemente porque hemos convivido con el Evangelio desde hace años. Nos suenan las lecturas, conocemos los ritos y algo podemos decir de la vida de Jesús. Pero conocer datos sobre Él no es lo mismo que dejarse transformar por su palabra. Cada vez que escuchamos el Evangelio tenemos la oportunidad de permitir que Dios ensanche nuestro corazón y nos ayude a mirar a los demás con más compasión, menos etiquetas y una esperanza renovada.
La reacción de los habitantes de Nazaret nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a acoger un mensaje que cuestione nuestras seguridades. La fe madura precisamente cuando dejamos que el Señor nos sorprenda y nos conduzca por caminos nuevos, incluso cuando no coinciden con nuestras expectativas. Recordando las palabras de Pablo, “con la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”
¿Estoy dispuesto a dejar que la Palabra de Dios cambie mis prejuicios y mis formas de pensar? ¿A qué personas o situaciones me invita hoy Jesús a mirar con la misma misericordia con la que Dios las contempla?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)