sábado, 28 de marzo de 2026

UN HOMBRE POR EL PUEBLO

 


 Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María. Pero algunos fueron a contar a los fariseos lo hecho por Jesús. Entonces los fariseos y los jefes de los sacerdotes, reunidos con la Junta Suprema, dijeron:
– ¿Qué haremos? Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si le dejamos seguir así, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación.
Pero uno de ellos llamado Caifás, sumo sacerdote aquel año, les dijo:
– Vosotros no sabéis nada. No os dais cuenta de que es mejor para vosotros que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación sea destruida.
Pero Caifás no habló así por su propia cuenta, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, dijo proféticamente que Jesús había de morir por la nación judía, y no solo por esta nación, sino también para reunir a todos los hijos de Dios que se hallaban dispersos. Desde aquel día, las autoridades judías tomaron la decisión de matar a Jesús.
Por eso, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó de la región de Judea a un lugar cercano al desierto, a un pueblo llamado Efraín. Allí se quedó con sus discípulos.
Faltaba poco para la fiesta de la Pascua de los judíos, y mucha gente de los pueblos se dirigía a Jerusalén, a celebrar antes de la Pascua los ritos de purificación. Andaban buscando a Jesús, y se preguntaban unos a otros en el templo:
– ¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta, o no?
(Jn 11,45-56)

La idea del Mesías que tenían los judíos era, que Él los salvaría de los romanos y haría de ellos un pueblo dominador. La figura de Jesús no cuadraba con esta imagen. Alguien humilde que se acerca a los sencillos, a los pobres, a los niños, a los enfermos...Ven, que los romanos los masacrarán. Por eso dicen que prefieren que muera un hombre por todo el pueblo. Y lo acertaron. Jesús murió para salvarnos a todos. Con su muerte nos dió la Vida.
 
" (...) El Sanedrín era el Consejo Supremo y el tribunal más alto del pueblo judío en tiempos de Jesús. Funcionaba como una autoridad religiosa, legislativa y judicial que regía los asuntos internos de Judea bajo la supervisión romana. Los sumos sacerdotes, los fariseos y los ancianos convocados al Sanedrín conocían las profecías y también a Jesús. No vieron o más bien no quisieron ver que esas Escrituras veneradas habían hablado de Él durante siglos. Estaban atrapados en el miedo. Los signos de Jesús, sus obras, más que argumentos en su defensa representaban una amenza a la estabilidad política y seguramente también un peligro para su posición social y su poder.
Como señala con agudeza el evangelista, el sumo sacerdote, no por propio impulso sino por su cargo, fue impulsado a hablar proféticamente: conviene que uno muera por el pueblo. Ciertamente convino que aquello ocurriera para nuestra salvación.
A veces, los que nos decimos seguidores de Jesús, podemos estar tentados como aquel Sanedrín por el atractivo de ser miembros de la Iglesia sin arriesgar nada. Nos desentendemos de los problemas, no queremos conflictos, estamos muy cómodos en una religión “blandita” que consuela un poco, que nos deja buena conciencia, que se adapta a las modas y a lo que “se lleva” en estos tiempos… No queremos líos. Pero seguir a Jesucristo nos va a pedir implicarnos en muchos líos inexorablemente… Y el primero de todos es creer con una fe activa, que se expresa en obras, en compromiso y en asumir los riesgos de ese seguimiento."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 27 de marzo de 2026

VEN PERO NO CREEN

  


Los judíos volvieron a coger piedras para tirárselas, pero Jesús les dijo:
– Por el poder de mi Padre he hecho muchas cosas buenas delante de vosotros: ¿por cuál de ellas me vais a apedrear? Los judíos le contestaron:
– No vamos a apedrearte por ninguna cosa buena que hayas hecho, sino porque tus palabras son una ofensa contra Dios. Tú, que no eres más que un hombre, te haces Dios a ti mismo.
Jesús les respondió:
– En vuestra ley está escrito: ‘Yo dije que sois dioses.’ Sabemos que no se puede negar lo que dice la Escritura, y Dios llamó dioses a aquellas personas a quienes dirigió su mensaje. Y si Dios me apartó a mí y me envió al mundo, ¿cómo podéis decir que le he ofendido por haber dicho que soy Hijo de Dios? Si no hago las obras que hace mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, creed en ellas aunque no creáis en mí, para que de una vez por todas sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.
De nuevo quisieron apresarle, pero Jesús se escapó de sus manos.
Regresó Jesús al lado oriental del Jordán, y se quedó allí, en el lugar donde Juan había estado antes bautizando. Muchos fueron a verle y decían:
– Ciertamente, aunque Juan no hizo ninguna señal milagrosa, todo lo que decía de este hombre era verdad.
Muchos creyeron en Jesús en aquel lugar.
(Jn 10,31-42)

Los judíos veían las obras de Jesús, pero no creían en Él. Veían que eran buenas, pero ellos preferían la teoría. Para ellos era blasfemo, porque no concordaba con su interpretación de las escrituras. Ese no era el mesías que esperaban. ¿También nosotros anteponemos la teoría a las buenas obras? ¿Creemos que somos seguidores de Jesús porque somos teólogos, porque sabemos mucho? Jesús quiere que sigamos sus obras, que hagamos el bien. Que sepamos ver a Dios en el otro y lo amemos a través del otro.

"La suerte está echada, pero aún no es el día y la hora y Jesús, tras un nuevo altercado con los judíos y la intentona de estos de proceder sin más a la lapidación -relata el evangelista-, marcha al otro lado del Jordán, donde había bautizado Juan.
Juan el Bautista nombró a Jesús como Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo; dijo que era superior a él porque existía antes; dijo que bautizaría con el Espíritu Santo y fuego; afirmó que era el Hijo de Dios tras ver al Espíritu Santo descender y escuchar “Este es mi Hijo bienamado, escuchadle”; también aseguró que no era digno de desatar la correa de sus sandalias…
Muchos acudieron recordando lo que el Bautista había dicho de Él. Y creyeron en Jesús. A diferencia de los poderosos de Jerusalén, estos comprenden -recordando el testimonio de Juan- quien es el galileo a quien aquellos temen y odian aunque habían visto sus obras.
No son las obras lo que reprochan a Jesús ya que habían visto o habían escuchado el relato de curaciones, expulsión de demonios, resurrecciones. Lo que temían era la verdad. Sorprendentemente, aquellos dirigentes de un pueblo que esperaba al Mesías, le temen porque intuyen o comprenden perfectamente que las palabras de Jesús suponen un cambio que acabaría con su poder, sus injusticias disfrazadas de acatamiento de la ley, sus privilegios…
A lo mejor, algunos que nos llamamos cristianos creemos en Jesucristo pero en un Jesucristo “cómodo”, que no nos inquiete, que nos evite el dolor y el sufrimiento y que no nos exija gran cosa. Pero si de verdad creemos en Él como el único que nos puede salvar, tenemos que asumir que no hay otro camino que el de identificación con Él en su Cruz que, inevitablemente pasa por el amor al prójimo en obras y palabras.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 26 de marzo de 2026

SABERLO RECONOCER

  


Os aseguro que quien hace caso a mi palabra no morirá.
Los judíos le dijeron:
– Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham y todos los profetas murieron, y tú dices: ‘Quien hace caso a mi palabra no morirá.’ ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? Él murió, y murieron también los profetas. ¿Quién te has creído que eres?
Jesús contestó:
– Si yo me honrase a mí mismo, mi honra no valdría nada. Pero el que me honra es mi Padre, el mismo que decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis. Yo sí le conozco, y si dijera que no le conozco sería tan mentiroso como vosotros. Pero, ciertamente, le conozco y hago caso a su palabra. Abraham, vuestro antepasado, se alegró porque iba a ver mi día: y lo vio, y se llenó de gozo.
Los judíos preguntaron a Jesús:
– Si todavía no tienes cincuenta años, ¿cómo dices que has visto a Abraham?
Jesús les contestó:
– Os aseguro que yo existo desde antes que existiera Abraham.
Entonces ellos cogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
(Jn 8,51-59)

Los judíos seguían sin entender a Jesús. Es más, lo consideran un blasfemo y quieren apedrearlo. Nosotros no lo apedreamos porque no lo vemos físicamente; pero lo apedreamos apartándonos de Él, no escuchando su palabra. Lo apedreamos abandonándolo en los más pobres, en los perseguidos. Lo apedreamos despreciando a los inmigrantes, expulsándolos...Lo apedreamos cada vez que no lo sabemos ver en el pequeño y necesitado.

"En las genealogías de Jesús (Evangelios de Lucas y Mateo) Abraham es antepasado de Jesús. Es el elegido con quién Dios establece una alianza y a quién hará padre de una inmensa descendencia. Los contemporáneos judíos de Jesús consideraban a Abraham como el fundamente de su conciencia de pueblo elegido…
La verdad es que lo que cuenta Juan en el pasaje del evangelio que escuchamos hoy, da mucha pena: no entendían nada de las palabras de Jesús. En realidad los encuentros con él no podían concluir en algo como diálogo abierto para llegar a algún punto de acuerdo porque ya habían decidido rechazar sus palabras y condenarlo como blasfemo. Ante las sorprendentes palabras de Jesús oponen argumentos pueriles: “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?”
Quedan pocos días para la semana santa y los relatos evangélicos de toda la cuaresma van acercándonos al final del drama y todos los evangelios que hemos ido meditando durante esta etapa, de un modo u otro nos plantean una pregunta de cuya respuesta depende nuestra salvación: ¿creemos que Este que afirma una y otra vez “Yo soy”, es decir la expresión de su identidad divina, es Quien dice ser?
Ocurre que, precisamente, lo que vamos a recordar en la semana próxima: un juicio absurdo, una condena cobarde, una muerte ignominiosa, un dolor indecible, un sufrimiento extremo, es la prueba más certera de que Jesucristo es Dios. Ninguna imaginación humana podría idear algo tan contradictorio. Pensamos como salvadores y rescatadores en superhombres o en héroes con poderes extraordinarios, no en un hombre “despreciado, ante quien se vuelve el rostro”. Este hombre, varón de dolores, es el Mesías prometido, El Hijo amado, Dios mismo, signo de contradicción capaz de tomar sobre sí toda nuestra miseria y todos nuestros sufrimientos para que resucitemos con Él."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 25 de marzo de 2026

HÁGASE

  


A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a visitar a una joven virgen llamada María que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró donde ella estaba, y le dijo:
– ¡Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo.
Cuando vio al ángel, se sorprendió de sus palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo:
– María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo: y Dios el Señor lo hará rey, como a su antepasado David, y reinará por siempre en la nación de Israel. Su reinado no tendrá fin.
María preguntó al ángel:
– ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?
El ángel le contestó:
– El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.
Entonces María dijo:
– Soy la esclava del Señor. ¡Que Dios haga conmigo como me has dicho!
Con esto, el ángel se fue.
(Lc 1,26-38)

Hágase. Esta es la respuesta de María, su sí a los designios de Dios. Esa debe ser nuestra respuesta; pero sólo puede darse desde la sencillez, desde la humildad. Como hizo María. De ese hágase dependió nuestra salvación. Nunca podremos agradecérselo totalmente.

"Hoy la Iglesia celebra la Encarnación. Lo que C. Lewis denomina “el Gran Milagro” en su obra “Los milagros”. Este autor lo expresa así: En la Encarnación, todo lo que es inmenso y lejano se condensa en un punto, como si toda la luz de un sol infinito se concentrara en la punta de un alfiler para entrar en el seno de una doncella.
El Dios Creador Eterno que dispuso el espacio y el tiempo físicos en los que existe la vida, nuestra vida de criaturas, entró en esas coordenadas a través de un ser humano concreto, sin dejar de ser Dios. Y no se trata una “disminución” de su divinidad sino una concentración máxima de poder y amor en la humildad de lo finito.
Nosotros solemos asociar poderoso, importante y grande. Pero aquí se da la paradoja: esa lógica se invierte. El poder de Dios se hace tan denso que puede habitar en el seno de una doncella, en un tiempo y en un espacio concretos, el punto exacto donde la eternidad toca la historia.
La doncella elegida sabe lo ocurrido. Lo sabe perfectamente y lo cuenta así en el cántico que ha transmitido Lucas y que se recita con frecuencia en la Liturgia católica: Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humildad de su esclava…
San Buenaventura escribió mucho sobre este misterio central de la vida de la Iglesia y, en toda su obra subraya con énfasis que comprenderlo solo es posible para los humildes porque la soberbia actúa como una «ceguera espiritual» que bloquea el acceso a la verdad divina. El misterio de la Encarnación es el acto supremo de humildad divina: Dios se hace “pequeño” y vulnerable.
Una mente inflada por la soberbia busca la grandeza propia y no puede sintonizar con un Dios que elige la fragilidad humana para salvar al mundo. Sencillamente se cierra a la comprensión porque está llena de “si misma” y no puede reconocer que cualquier bien en cada ser humano es un don y no un mérito propio. Como en María, nuestro corazón humilde puede ser también un cántico de alabanza lleno de alegría."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 24 de marzo de 2026

¿QUIÉN ES JESÚS?

  


Jesús les volvió a decir:
– Yo me voy, y vosotros me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado. A donde yo voy vosotros no podéis ir.
Los judíos decían:
– ¿Acaso estará pensando en matarse y por eso dice que no podemos ir a donde él va?
Jesús añadió:
– Vosotros sois de aquí abajo, pero yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, pero yo no soy de este mundo. Por eso os he dicho que moriréis en vuestros pecados: porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.
Entonces le preguntaron:
– ¿Quién eres tú?
Jesús les respondió:
– En primer lugar, ¿por qué he de hablar con vosotros? Tengo mucho que decir y juzgar de vosotros; pero el que me ha enviado dice la verdad, y lo que yo digo al mundo es lo mismo que le he oído decir a él.
Pero ellos no entendieron que les hablaba del Padre. Por eso les dijo:
– Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, reconoceréis que yo soy y que no hago nada por mi propia cuenta. Solamente digo lo que el Padre me ha enseñado. El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que le agrada.
Al decir Jesús estas cosas, muchos creyeron en él.
(Jn 8, 21-30)

¿Sabemos realmente quién es Jesús? Jesús se presenta como el Hijo y es el único que puede explicarnos quién es el Padre. A lo largo de todo el Evangelio nos hace reconocerlo en el otro, en el pobre, en el perseguido, en el enfermo, en el que sufre...Jesús lo firma todo esto siendo "levantado", es decir, con su donación total en la cruz. ¿Creemos realmente en Él?

" (...) El Hijo del hombre que, en el texto evangélico, será levantado en alto, es salvación pero solo para los que han entendido lo que significa “Yo soy”. Los que han reconocido la verdad y la han aceptado. Según este texto, muchos.
En aquel contexto esa expresión es inequívoca: remite a la pregunta de Moisés cuando Dios le envía a liberar a los israelitas del yugo del faraón. La respuesta es “Yo soy el que soy”. Es decir, el ser por sí mismo, la existencia misma, inmutable y eterna, fuente de toda realidad.
Jesús afirma su ser divino, así son las cosas. Muchos creyeron en él, escribe Juan. Sabemos, a pocos días de celebrar el triduo pascual, que esa afirmación también fue equivalente a una condena por blasfemia: Jesús será apresado y llevado a juicio. Y nosotros, muchos bautizados, los que hemos recibido una tradición y una cultura impregnada de creencias y valores cristianos, ¿creemos firmemente que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre?
En Él está la salvación. Quién lo contempla levantado en la Cruz y cree en Él, tendrá vida eterna. Cuando en el Credo decimos “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación […] padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, estamos afirmando que Dios ha escuchado nuestro clamor de cautivos y nos ha librado de la muerte eterna por nuestra fe en Jesucristo, su Hijo.
Una propuesta sencilla: recitar las palabras del Credo con alegría y confianza."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 23 de marzo de 2026

LA PRIMERA PIEDRA

 




Pero Jesús se dirigió al monte de los Olivos, y al día siguiente, al amanecer, volvió al templo. La gente se le acercó, y él, sentándose, comenzó a enseñarles.
Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes y dijeron a Jesús:
– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. En nuestra ley, Moisés ordena matar a pedradas a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?
Preguntaron esto para ponerle a prueba y tener algo de qué acusarle, pero Jesús se inclinó y se puso a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y les respondió:
– El que de vosotros esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.
Volvió a inclinarse y siguió escribiendo en la tierra. Al oir esto, uno tras otro fueron saliendo, empezando por los más viejos. Cuando Jesús se encontró solo con la mujer, que se había quedado allí, se enderezó y le preguntó:
– Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
Contestó ella:
– Ninguno, Señor.
Jesús le dijo:
– Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar.

Nos es fácil juzgar a los demás. En aquellos tiempos, la injustícia era aún menor. Van a apedrear a la mejor. Nadie juzga al hombre que es tan culpable como ella. Jesús siempre perdona, pero nos pide que intentemos no volver a caer. Nosotros también debemos perdonar siempre si queremos seguirlo.

" (...) En la lectura del Evangelio es Jesús quien rescata a una mujer pero, a diferencia de Susana, esta sí es culpable: fue atrapada en flagrante delito. (Se echa de menos que del cómplice no haya noticia; parece que la ley “no cometerás adulterio” solo se hacía efectiva en la mujer…). Como quiera que fuese, cuando los acusadores van a ejecutar la sentencia se encuentran con Jesús y le preguntan si está de acuerdo con lo que se disponen a llevar a cabo.
Las palabras del Maestro han quedado para la posteridad como máxima moral no solo para los cristianos, sino para toda la humanidad y para todos los tiempos. Porque así es la condición humana: con demasiada frecuencia nos creemos con derecho a juzgar e incluso a condenar y Jesús nos plantea una cuestión de la que es imposible salir airoso: ¿Estás libre de pecado? Ni los santos más santos, aquellos de quienes se dijo que practicaron las virtudes en “grado heroico” dejaron de reconocer sus faltas y de pedir perdón.
Por lógica el único que puede tirar la piedra es Jesús que queda solo con la mujer. Como cuenta el relato, los varones fueron abandonando la escena empezando por los más ancianos. Jesús y la pecadora quedan solos. -¿Nadie te ha condenado? -Nadie, Señor -Tampoco yo te condeno, vete y no peques más. Un diálogo escuetísimo que cambia la vida de la pecadora.
Nada se nos dice sobre un cambio, un arrepentimiento, un propósito de la enmienda. Pero lo damos por hecho: salvada de una muerte cierta y vergonzosa, puede ponerse en pie y caminar libremente. Sólo un programa de vida: “Tampoco yo te condeno, vete y no peques más”. El mismo de cualquier cristiano. No sabemos si la mujer no volvió a caer, sí sabemos que esperamos oir estas palabras… una y otra vez. ¡Lo grande es que Jesús mantiene su palabra! Y que la firme fe en Aquel que nos rescata, nos permite levantarnos y avanzar, aun tropezando, en el camino del amor que salva…"
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 22 de marzo de 2026

JESÚS ES RESURRECCIÓN Y VIDA

 


 Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo. Era natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Así que las dos hermanas enviaron a decir a Jesús:
– Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús dijo al oirlo:
– Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios y también la gloria del Hijo de Dios.
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro; sin embargo, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos:
– Vamos otra vez a Judea.
Los discípulos le contestaron:
– Maestro, hace poco los judíos de esa región trataron de matarte a pedradas, ¿y otra vez quieres ir allá?
Jesús les dijo:
– ¿No es cierto que el día tiene doce horas? Pues bien, si uno anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche tropieza, porque le falta la luz.
Después añadió:
– Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarle.
Los discípulos le dijeron:
– Señor, si se ha dormido es señal de que va a sanar.
Pero lo que Jesús decía era que Lázaro había muerto, mientras que los discípulos pensaban que se había referido al sueño natural. Entonces Jesús les habló claramente:
– Lázaro ha muerto. Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para vosotros, para que creáis. Pero vayamos a verle.
Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos:
– Vayamos también nosotros, para morir con él.
Jesús, al llegar, se encontró con que ya hacía cuatro días que habían sepultado a Lázaro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirle; pero María se quedó en la casa. Marta dijo a Jesús:
– Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora yo sé que Dios te dará cuanto le pidas.
Jesús le contestó:
– Tu hermano volverá a vivir.
Marta le dijo:
– Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último.
Jesús le dijo entonces:
– Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno que esté vivo y crea en mí morirá jamás. ¿Crees esto?
Ella le dijo:
– Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Después de esto, Marta fue a llamar a su hermana María y le dijo en secreto:
– El Maestro está aquí y te llama.
En cuanto María lo oyó, se levantó y fue a ver a Jesús; pero Jesús no había entrado aún en el pueblo, sino que permanecía en el lugar donde Marta había ido a encontrarle. Al ver que María se levantaba y salía de prisa, los judíos que habían ido a consolarla a la casa, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar.
Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies, diciendo:
– Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se sintió profundamente triste y conmovido, y les preguntó:
– ¿Dónde lo habéis sepultado?
Le dijeron:
– Señor, ven a verlo.
Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces:
– ¡Mirad cuánto le quería!
Pero algunos decían:
– Este, que dio la vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriese?
Jesús, otra vez muy conmovido, se acercó al sepulcro. Era una cueva que tenía la entrada tapada con una piedra. Jesús dijo:
– Quitad la piedra.
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
– Señor, seguramente huele mal, porque hace cuatro días que murió.
Jesús le contestó:
– ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo:
– Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero digo esto por el bien de los que están aquí, para que crean que tú me has enviado.
Habiendo hablado así, gritó con voz fuerte:
– ¡Lázaro, sal de ahí!
Y el muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas y envuelta la cara en un lienzo. Jesús les dijo:
– Desatadlo y dejadle ir.
Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María.
(Jn 11,1-45)

"Este tiempo de Cuaresma nos ha ido introduciendo en el conocimiento de Jesús. Lo hemos visto tentado, y saliendo vencedor de la tentación; lo hemos visto revestido de gloria, y hemos oído el testimonio del Padre que lo revela como su hijo amado; lo hemos visto como un aguador singular que nos trae el agua viva, la única que puede calmar nuestra sed; lo hemos visto como el portador de la luz, como la luz del mundo que rasga nuestras tinieblas, que abre nuestros ojos. Hoy se revela una dimensión más profunda de su persona.
Ya en el episodio del ciego de nacimiento se anunciaba en cierto modo esta otra escena. El joven ciego tenía la muerte localizada en las pupilas: no estaban simplemente enfermas; estaban lisa y llanamente muertas. Y Jesús las unta con barro y manda al joven que cumpla una pequeña rúbrica: lavarse en la piscina del enviado. Y así le nace la vista, así le «resucita» la vista. Es una resurrección localizada, limitada. Pero Lázaro tenía la muerte desparramada por todo su ser. Y hacía falta una resurrección general, de todo su ser.
Cuando confesamos que Jesús es Señor, ¿qué queremos decir? Entre otras cosas, ésta: que tiene poder sobre la muerte, que manda donde manda la muerte, que su señorío llega hasta esa frontera última de la muerte. Sí, el Señor se nos revela aquí de forma suprema: es el saqueador de tumbas. Si la última obra de corporal de misericordia que nos proponía el catecismo era la de enterrar a los muertos, ahora conocemos cuál es la última obra corporal de la misericordia de Dios: desenterrar a los muertos, ser ladrón de tumbas.
El camino de Cuaresma no nos ha invitado sólo a un conocimiento teórico, meramente nocional, del Señor. Nos ha invitado a un conocimiento real, a una relación real, a la relación de fe. Hoy nos lo dice la palabra misma de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá». ¿Cómo vivir la fe? ¿Cómo ejercer la fe en relación con Él? Creer es ser discípulos suyos, que acogen su palabra y su mandamiento; es reconocerlo como el rostro de Dios, como la manifestación del amor de Dios; es descansar en Él nuestra vida; es vivir adheridos a Él, como las ramas al árbol, dejando que su vida fluya hacia nosotros y nos haga florecer y dar fruto, porque sin Él no podemos hacer nada, no podemos ser nada.
Importa insistir en esto, porque ahí es donde todo el misterio y toda la verdad de Jesús se nos revelan. La revivificación de Lázaro es un signo. A través de este signo se nos da a conocer quién es Jesús para nosotros. También de Eliseo se nos cuenta en la Escritura que resucitó a un niño. Y otra historia parecida se narra del apóstol Pablo. Pero Eliseo y Pablo eran hombres de Dios, un profeta de Yahvé y un apóstol de Jesucristo: nada menos y nada más. Jesús es mucho más: es la resurrección y la vida. En ningún otro podemos encontrarla. Por eso nuestra relación para con Él es una relación de fe, una relación de comunión en la que nuestro ser se afianza y nuestra vida vence su precariedad, su condición caduca. Esa relación nos hace participar en el ser mismo de Dios. Jesús es la Vida de nuestra vida.
El camino de Cuaresma nos ha querido introducir también en la vida de oración. Hoy aprendemos una forma de orar muy sencilla. Las hermanas de Lázaro mandan recado a Jesús. Le dicen sencillamente: «tu amigo está enfermo». Está dicho todo. Él necesita pocas palabras. Basta que nos salgan de dentro. Podemos sentir que el Señor nos da la callada por respuesta, como pudieron pensarlo también Marta y María. Sigamos descansando en Él nuestra confianza, no nos encerremos en el desengaño, en la amargura, en el resentimiento. No lo repudiemos, ni en secreto ni en público. No lo eliminemos de nuestra vida como una palabra vacía, inútil. Dejemos que corra de su cuenta el momento en que responda a nuestras preguntas, a nuestras peticiones. El calendario de nuestras vidas está en las manos de Dios. Que sea Él quien fije las fechas.
Jesús mismo se revela ante nosotros como orante en presencia del Padre. Su palabra manifiesta la comunión y la confianza que tiene ante el Padre. Antes de que se haya cumplido el signo, Jesús dice: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre». Es que orar, en el fondo, no es otra cosa que disponernos a recibir lo que Dios espontáneamente nos quiere dar. El Padre lo escucha siempre, también ahora, en su condición gloriosa, en la que intercede continuamente por nosotros ante Él. El Padre nos escucha si oramos en Él, desde Él, con Él.
Quisiera prestar atención al llanto de Jesús. El cristiano no debe dudar de que la muerte es el nacimiento a una nueva vida, pero, cuando un amigo o un pariente se va, es inevitable llorar. Sabemos que la muerte no es el final del camino, que nuestro ser querido está ya con Dios, libre de todas las ataduras terrenales, pero estamos tristes por la separación temporal.
Pero hay dos tipos de llanto. Uno es el que no tiene fin, desconsolado, porque la persona que llora cree que no hay nada más después de la muerte. Que todo se acaba aquí. El segundo es la manera en que Jesús llora ante la tumba de Lázaro. El primero es un llanto de desesperación, como solían hacer las plañideras en su momento. El segundo es un llanto sereno, digno, que sabe que espera consuelo. Éste es el llanto cristiano.
Cuando Jesús ha expresado sus emociones, pide que retiren la piedra. Es una orden que se dirige a la comunidad y a todos los que piensan el mundo de los vivos está separado del de los muertos, sin comunicación posible. El que cree en el Hijo de Dios Resucitado sabe que todos están vivos, pero de forma diferente. Todas las barreras han sido retiradas en la Pascua, para que pasemos de un mundo al otro sin morir. La oración que Jesús dirige al Padre es la petición de luz para la gente que lo rodea. Pide que todos puedan comprender el significado profundo del signo que está a punto de realizar, y que lleguen a creer en Él, en el Señor de la Vida.
En el Evangelio se insinúan las dos resurrecciones, que se operan ante la palabra de Cristo: la de Lázaro y la de Marta:
– La de Lázaro. Jesús abrió su sepulcro. Nos anuncia que también abrirá el nuestro. Él puede sacar a cualquier hombre de su sepulcro: material, psicológico o espiritual … La última palabra no la tiene la muerte sino la vida.
– La resurrección de Marta va en la línea de la dimensión espiritual. Y es que, como ella, podemos estar muertos antes de morir: por la tristeza, el desencanto o el desánimo…Pero lo que más nos hace morir es la falta de amor. Que es falta de fe, porque «quien no ama no ha conocido a Dios», por mucho que sepa teología…. Amar es conocer a Dios. Marta fallaba en la fe, se moría. Pero al escuchar la Palabra poderosa de Cristo resucitó: «Sí, Señor, yo creo.” Y todo se llenó de esperanza y todo empezó a ser nuevo. 
Este domingo recibimos este anuncio. No somos la resurrección y la vida, pero podemos vivir como resucitados. Hoy se nos anuncia una vez más la esencia del mensaje del Señor: sólo triunfa el amor.
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)