En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: ?El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.
"Ya estamos en 2026, con todo lo que supone comenzar un Nuevo Año, los buenos propósitos para cambiar de vida (a mejor) y, por qué no decirlo, los miedos ante un futuro incierto. Con el Año Nuevo recién estrenado, miramos hacia adelante con una mezcla de entusiasmo y ansiedad. ¿Qué nos traerá el Año Nuevo? ¿Cómo podemos superar esta incertidumbre? Para los católicos, la respuesta no radica en decisiones efímeras, como los fuegos artificiales, sino en los pilares perdurables de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Miremos el Año Nuevo con los ojos de un creyente.
El Año Nuevo en la Iglesia Católica es un acontecimiento significativo, marcado por la gratitud y la expectación. Reconocemos el paso del tiempo, recordando el año pasado con gratitud por los dones recibidos y pidiendo perdón por nuestras debilidades y pecados. También miramos hacia adelante con esperanza en el corazón, rezando por la guía y la gracia de Dios en el año que comienza.
Las esperanzas con las que entramos en el Nuevo Año no son solo de carácter personal. A menudo se extienden más allá, abarcando toda la creación. Oramos por la paz, la justicia y la salvación de todos los que viven en nuestro planeta. Recordamos la promesa de Dios de una creación renovada, y la esperanza de que se cumpla alimenta nuestro deseo de trabajar por un futuro mejor. Por lo tanto, la esperanza no es solo un sueño vago, sino una firme determinación de construir el Reino de Dios.
Nos ayuda la fe. La fe en la inmutabilidad del amor de Dios es la brújula que nos guía por la tierra desconocida del Año Nuevo. En muchos sentidos, la fe es todo lo que tenemos. Creemos que incluso en tiempos de incertidumbre, cuando tenemos que avanzar a ciegas, el Señor estará con nosotros, guiándonos a través de la oscuridad hacia la luz. Esta fe fortalece nuestra determinación de superar las dificultades con valentía y compasión.
Las obras de misericordia no consisten solo en dar limosna. Implican tender activamente puentes de amor y comprensión en el mundo. Al entrar en el Nuevo Año, nos comprometemos de nuevo a servir a los necesitados, a mostrar bondad y compasión, y a mejorar la vida de quienes nos rodean.
Como católicos, entramos en el nuevo año no solo con determinación, sino también con un propósito, guiados por la luz de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Oramos para que este año esté lleno de la gracia de Dios y para que podamos convertirnos en instrumentos de Su amor y construir un futuro brillante para nosotros mismos y para el mundo que nos rodea. El Año Nuevo es un tiempo para la reflexión y la esperanza, una oportunidad para profundizar en nuestra fe, fortalecer nuestra esperanza y permitir que el amor brille con fuerza en este mundo.
Precisamente porque no siempre vemos ese amor, porque el futuro no está claro, la Liturgia de ese domingo de Navidad nos recuerda que, en medio de la oscuridad, brilla la luz. La luz que es la Palabra.
Si hay una palabra que hoy destaca por encima de todas en las lecturas es precisamente “La Palabra” con mayúsculas. Esa “Palabra” con la que Dios creó el mundo en el principio, esa “Palabra” que acompañaba la vida del pueblo de Israel, que era la voz de los profetas, la “Palabra” que anunciaba al Mesías esperado se ha hecho de nuestra propia carne y sangre, se ha encarnado en nuestra propia naturaleza humana, sin perder la suya, ha puesto su tienda de campaña para quedarse entre nosotros. Y todo esto aparece ante nuestros ojos si somos capaces de contemplar el pesebre y descubrir en ese niño acostado y envuelto en pañales a “La Palabra” definitiva de Dios para todos nosotros.
La primera lectura, que es el “himno a la sabiduría”, nos recuerda que esa “Palabra” es sabia, es veraz. Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios, no solo con su palabra y su mensaje, sino también con su manera de vivir. Ahí radica la sabiduría, en que seamos capaces de vivir en coherencia con lo que pensamos y de pensar conforme al Evangelio. Con esa “Palabra” de sabiduría Dios crea el mundo y lo “recrea” enviando a su hijo Jesús, su mejor Palabra. Y esa “Palabra” se ha hecho vida. Hoy en día las palabras se quedan cortas si no van acompañadas por una vida que las refrende. Por eso la de Jesús permanecerá para siempre, “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, nos dice. Él ha refrendado su palabra con la entrega de su vida.
La de Jesús es una palabra que merece toda nuestra atención. Es una palabra que viene a nuestra vida para darle un sentido verdadero y de felicidad. Es una palabra que no sólo encontramos aquí o al leerla, sino que también la encontramos hecha vida en tantas personas que son capaces de “encarnarla” en sus vidas, en sus ambientes, en sus familias, en sus trabajos, entre los suyos. Dice San Pablo en la segunda lectura: “que el Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. El Padre nos ha dado la “Palabra” para que podamos conocerle en profundidad. Necesitamos ese “espíritu de sabiduría y revelación” para poder reconocerle vivo y resucitado en medio de nuestro mundo. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos, para recibirle en nuestras vidas en esta Navidad. Dios nace para ti y para mí cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. Dios es “Palabra viva”, no puede quedarse encerrado ni parado. La “Palabra” no es para quedárnosla, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y los lleve al encuentro con Dios.
Hoy podemos quedarnos con la impresión de que una Navidad más se nos escapa sin pena ni gloria o apartar las penas y celebrar la Gloria reconociendo ante nosotros al Salvador hecho hombre, a la “Palabra” hecha Carne y Vida. Es que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. Un hombre – Dios que no se cansa de nacer una y otra vez para salvarnos. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. Un Dios que acepta y acoge a toda la humanidad como parte de su propia vida. Que va a iniciar su camino de humanidad para enseñarte a ser más humano. Y que una y otra vez quiere seguir naciendo si le hacemos un sitio en nuestro corazón a través de su “Palabra” que es Jesús, hecho niño, recostado en el pesebre de Belén.
Hoy podemos acoger la “Palabra” que nace y darle calor y vida. Hoy podemos convertirnos en luz. “Porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para iluminar a los que viven en la más profunda oscuridad, para guiar nuestros pasos por el camino de paz” (Lc 1,78-79).
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)