domingo, 11 de enero de 2026

SE ABRIÓ EL CIELO

 


En aquel tiempo fue Jesús desde Galilea al río Jordán, a donde estaba Juan, para que este le bautizase. Al principio, Juan se resistió diciéndole:
– Yo tendría que ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
Jesús le contestó:
– Déjalo así por ahora, pues es conveniente que cumplamos todo lo que es justo delante de Dios.
Entonces Juan consintió. Jesús, una vez bautizado, salió del agua. En esto el cielo se abrió, y Jesús vio que el Espíritu de Dios bajaba sobre él como una paloma. Y se oyó una voz del cielo, que decía: “Este es mi Hijo amado, a quien he elegido.”
(Mt 3,13-17)

Jesús nos abre el cielo que estaba cerrado para nosotros y de él baja el Espíritu, el Amor. Él es el Hijo y nos hace hijos de Dios a todos con su Amor. Con esta festividad de hoy, empieza nuestra salvación.

 " (...) Después de narrar el «Evangelio de la infancia», Mateo pasa a la presentación de Juan Bautista en el desierto de Judea. En Adviento escuchábamos sus advertencias: anuncia un bautismo de penitencia porque el Reino de los Cielos está cerca. No se trata de un mero rito vacío, sino que exige un cambio de vida radical. Algo muy serio.
Mateo es el único que recoge el diálogo del Bautista con Jesús, quizá para explicar lo absurdo que parece el hecho de que Jesús, que no tenía pecado, acuda a recibir este «Bautismo de Penitencia». Es un escándalo que Jesús esté en la fila de los pecadores. Por eso Juan intenta disuadirlo. «Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí?».
Parece que Jesús no sólo quiere demostrarnos que es humilde. Lo que hace Jesús es mucho más profundo. En el río Jordán se hace solidario con todos nosotros, los pecadores. Es “el siervo de Yahvé” de la primera lectura, que carga con los pecados de todos los hombres, que esa era su misión. De alguna forma, con su gesto nos está diciendo: “dame siempre todo lo malo que hay en tu vida, tus mentiras, tus cobardías, tus miedos, tus traiciones… Yo voy a liberarte de todo. No te lo guardes. Quiero que seas feliz y lo seas siempre, por eso te perdono, si estás arrepentido.”
La respuesta de Jesús a Juan Bautista aclara desde el primer momento cuál es su misión: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». La obediencia de Jesús a la voluntad del Padre pone de manifiesto su condición de Hijo, ya que en aquella cultura la obediencia era lo que definía la relación de un hijo con su padre. Obediencia no es sumisión, es seguimiento voluntario de lo que el Padre espera de Él: su entrega hasta la muerte por la salvación del género humano. Que se cumpla «así» quiere decir «hasta la cruz».
La voz que se escucha en el cielo es muy importante para la comunidad de Mateo. En los últimos tiempos, el pueblo de Israel creía que el cielo se había cerrado por completo. Pensaban que Dios estaba enfadado con ellos. El profeta Isaías lo había señalado en su obra: No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo… “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!” (Is 64,7-8; 63,19). Estimaban que Dios se había olvidado de ellos, pecadores. Colocando esa voz que baja del cielo, Mateo da a sus oyentes una buena nueva: el Padre ha escuchado la súplica de su pueblo, la puerta del cielo se ha abierto de par en par y ya no la cerrará más. Se ha acabado la enemistad entre el cielo y la tierra. Jesús es la llave que nos da acceso al Reino. Y todos tienen entrada en él.
Mateo a menudo compara a Jesús con Moisés. También en este episodio se puede ver a Cristo como el nuevo Moisés. Moisés recibió el Espíritu de Dios cuando, junto a todo el pueblo, salió de las aguas del Mar Rojo. Aquella fuerza de Dios le permitió guiar a los hebreos cuarenta años, a través del desierto, hasta la tierra prometida. También Jesús recibió el Espíritu después de haber salido del agua del Bautismo para reunir y conducir hacia la libertad a cuantos son esclavos del mal. Un nuevo Caudillo, el Hijo Amado del Padre, el Elegido.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el tiempo de Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario. La escena del Jordán es el principio de la vida pública del Salvador. A nosotros se nos abre también un tiempo “normal”, de camino corriente, tras la maravilla que hemos celebrado en Navidad. Pero también es tiempo de espera y de conversión. Esta primera parte del Tiempo Ordinario terminará en el Miércoles de Ceniza, el dieciocho de febrero. Ese día se inicia la Cuaresma, el ascenso hasta la Pascua gloriosa. Todos los tiempos y los momentos sirven para nuestra conversión. Y una característica de nuestro cambio –de la búsqueda del hombre nuevo—ha de ser el de la paz y la afabilidad. Jesús es afable y pacifico. Y así debemos ser nosotros. Recomendamos muy sinceramente, leer y releer esta semana los textos de la Misa. Y meditarlos en el silencio de nuestros cuartos y en la – deseable – paz de nuestras almas."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)


sábado, 10 de enero de 2026

TOMÓ EL LIBRO DE ISAÍAS


  

Jesús volvió a Galilea lleno del poder del Espíritu Santo, y su fama se extendía por toda la tierra de alrededor. Enseñaba en la sinagoga de cada lugar, y todos le alababa.
Jesús fue a Nazaret, al pueblo donde se había criado. Un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso en pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos
y a dar vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.”
Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los presentes le miraban atentamente. Él comenzó a hablar, diciendo:
– Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
Todos hablaban bien de Jesús y estaban admirados de la belleza de su palabra.

Continuamente nos dan noticias de ahogados en el mar buscando una vida mejor, de gente que vive en la calle y protestan algunos porque los quieren refugiar en una iglesia, de gente perseguida que debe huir de su tierra...Si no reaccionamos, perdonad, es que no somos cristianos. Hoy Lucas nos presenta la primera predicación de Jesús. Sólo nos dice que hoy se cumple lo que decía Isaías: buena noticia a los pobres, la libertad a los prisioneros y a los oprimidos...A esto vino Jesús, a traer el Amor, a crear un mundo en el que todos nos amemos y seamos justos con los otros. Ese es el verdadero Reino, el Reino del Amor. Por desgracia, nosotros seguimos mirando hacia otro lado...

"Estoy seguro de que si hiciésemos una encuesta entre los católicos preguntando a que vino el Hijo de Dios al mundo, la mayoría, la grandísima mayoría, respondería que a salvarnos del pecado. La respuesta se centraría sobre todo en la salvación individual, de cada persona. Jesús habría venido a perdonarnos los pecados y a abrirnos el camino del cielo.
Pero el texto del Evangelio de hoy nos plantea las cosas de una forma muy diferente. Jesús se presenta en su pueblo y va a la sinagoga. Como ya tiene fama de predicador por aquellos pueblos de Galilea, le invitan a que les dirija la palabra. Jesús escoge un texto del profeta Isaías que conviene que lo volvamos a leer ésta y muchas veces: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor”. Y a continuación, Jesús hizo una de las más breves homilías de todos los tiempos cuando dijo ante la sorpresa de todos que “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.
Sorpresa: para nada se habla en ese texto de los pecados, ni de la salvación eterna, ni mucho menos de la salvación individual. Lo que se dice en el texto se dirige a la colectividad, al grupo, al pueblo entero. Está claro que se dirige sobre todo a los que sufren, a los que les ha tocado la peor parte en la sociedad: los pobres, los encarcelados, los ciegos, los oprimidos. Esos son los principales destinatarios de la misión de Jesús. Para eso entiende Jesús que ha recibido la unción del Espíritu. Y termina la cita proclamando el año de gracia del Señor, un tiempo de perdón de las deudas, de liberación de los esclavos. Era el tiempo en que se daba la oportunidad a todos de volver a empezar, dejando atrás todo lo negativo que había habido en sus vidas. ¿Entra aquí la liberación del pecado individual? Ciertamente pero enmarcado en un contexto mucho más amplio. La llegada de Jesús supone un verdadero tiempo nuevo para toda la sociedad, una oportunidad para comenzar de nuevo una relación basada en la fraternidad, en la justicia, en el sabernos todos hijos e hijas de Dios, hermanos de sangre y esperanza."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 9 de enero de 2026

CONFIAR EN ÉL

  


Después de esto, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca, para que llegaran antes que él a la otra orilla del lago, a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y cuando la hubo despedido, se fue al monte a orar. Al llegar la noche, la barca ya estaba en medio del lago. Jesús, que se había quedado solo en tierra, vio que remaban con dificultad porque tenían el viento en contra. De madrugada fue Jesús hacia ellos andando sobre el agua, pero hizo como si quisiera pasar de largo. Ellos, al verle andar sobre el agua, pensaron que era un fantasma y gritaron, porque todos le vieron y se asustaron. Pero él les habló en seguida, diciéndoles:
– ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Subió a la barca y se calmó el viento. Ellos se quedaron muy asombrados, porque no habían entendido el milagro de los panes y aún tenían la mente embotada.
(Mc 6, 45-52)

Nuestra sociedad no es precisamente una mar en calma. Pero Jesús está junto a nosotros y nos dice: "Soy yo, no tengáis miedo". Confiar en Jesús es la única forma de caminar, de marchar entre las aguas turbulentas de nuestro mundo. Él siempre estará ahí y calmará las aguas. Pero hemos de confiar en Él.
 
"El Evangelio de hoy nos presenta a los discípulos en medio del lago. Embarcados. De noche. El viento decide salir de su refugio y empieza a montarse sobre las olas. Viene la tormenta. Y el miedo. Si alguno conoce el lago de Genesaret quizá le haya tocado verlo en un día apacible. Es un paisaje encantador, casi idílico. Pero suficientemente grande como para que las tormentas sean terribles. Y más con los medios de la época. Y más todavía si pensamos que la barquichuela de los discípulos no sería gran cosa. Pero por allí pasa Jesús y les invita a confiar: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”
El lago y la barca han sido desde hace mucho tiempo uno de los símbolos favoritos del mundo y la Iglesia. La barca de la Iglesia, la barca sencilla del pescador Pedro, tiene que navegar entre los peligros de un mar que a veces es tranquilo y apacible y otras veces es terrible y peligroso. En una barca no hay un lugar seguro al que agarrarse. Sobre todo, si las olas son más altas que la misma barca. La barca se mueve sin parar y la sensación es que no hay esperanza ni forma de llegar a buen puerto.
Es posible que hoy sintamos nuestra vida amenazada. O que sintamos amenazada la vida de la misma Iglesia debido a la falta de vocaciones o a los bancos medio vacíos que se ven en algunas o muchas iglesias. Algunos se ven a sí mismos como profetas y todo lo que ven son peligros, tan terribles que parece que estamos abocados a un final desastroso y sin salida.
Frente a los profetas agoreros, no tenemos más que la figura de Jesús que pasa cerca de nosotros y nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.” Él es el que nos hace seguir navegando seguros, seguir practicando la fraternidad, seguir abriendo la mano a los hermanos y hermanas de la humanidad sin excluir a nadie porque todos somos hijos e hijas de Dios. A veces nos encontramos con problemas, con conflictos. De la Iglesia con la sociedad. También dentro de la Iglesia, a veces en nuestra comunidad o en nuestra familia. Todo se arreglará desde el diálogo y el amor y la misericordia. Y recordando muchas veces las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 8 de enero de 2026

REPARTIRLO TODO

  


Al bajar Jesús de la barca vio la multitud, y sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas que no tienen pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. Por la tarde, sus discípulos se le acercaron y le dijeron:
– Ya es tarde, y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a los campos y las aldeas de alrededor y se compren algo de comer.
Pero Jesús les contestó:
– Dadles vosotros de comer.
Respondieron:
– ¿Quieres que vayamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?
Jesús les dijo:
– ¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.
Cuando lo averiguaron, le dijeron:
– Cinco panes y dos peces.
Mandó que la gente se recostara en grupos sobre la hierba verde, y se hicieron grupos de cien y de cincuenta. Luego Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios, partió los panes y se los dio a sus discípulos para que los repartieran entre la gente. Repartió también entre todos los dos peces. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastas con los trozos sobrantes de pan y pescado. Los que comieron de aquellos panes fueron cinco mil hombres.
(Mc 6,34-44)

La Eucaristía es la multiplicación de los panes diaria. Jesús en ella se nos da. Jesús se apiada de la gente que no tienen nada, por eso multiplica los panes. Por eso se apiada cada día de nosotros y se nos entrega. Pero muchas veces olvidamos, que somos nosotros quienes debemos repartirlo. Repartir a Jesús, ciertamente, pero también repartir el pan y los peces para que la gente coma. 
A veces nos quedamos solamente con la parte espiritual de la religión y olvidamos que Jesús no quiere que la gente pase necesidad. Que la asistencia social a todos también es nuestra obligación. Olvidamos que a Dios lo amamos amando a los demás.

"Decía ayer que en estos días se presentaba de una forma muy resumida lo más fundamental del Evangelio. Hoy se presentan dos aspectos fundamentales.
Lo primero nos habla de la motivación de Dios para salvarnos. ¿Cómo es posible que Dios se preocupe de unas criaturillas tan mínimas, tan insignificantes, como nosotros? Porque nos ama. Así de sencillo. Así de grande. Eso lo vemos en Jesús en el comienzo de este Evangelio. Jesús está ante la multitud y siente lástima por ellos. La compasión es algo que siente el que tiene relación con el que es objeto de su compasión. Jesús siente compasión porque los que tiene delante no son extraños, no los ve como amenazas para su seguridad o para su bienestar. Jesús mira a la multitud que ha ido a escucharle y ve a sus hermanos y hermanas. Son parte de su vida porque son su familia. En otras palabras, porque somos su familia. No somos súbditos ni siervos ni esclavos ni criaturas despreciables. Por mucho que hayamos pecado. Por mucho que hayamos hecho cosas indignas. Por mucho que hayamos desperdiciado nuestra vida. Él nos mira y ve en nosotros a sus hermanos y hermanas necesitados. Y la mirada de Jesús no es otra que la mirada de Dios. La compasión de Jesús es el signo mayor del amor de Dios. En esa compasión nos está revelando cómo es Dios.
Por eso no se conforma con enseñarles. Ve su necesidad. Se da cuenta de que tienen hambre. Y se apresura a hacer todo lo posible para darles de comer. Son sus hermanos y hermanas. Para él es un gozo ver cómo se sientan todos en torno a la misma mesa y comparten el pan y lo poco o mucho que acompaña ese pan. El verbo clave es “compartir”. Porque ese “compartir” es el signo mayor de la fraternidad. Al compartir la comida hacemos realidad el sueño de Dios, su reino, que todos somos una única familia sin distinción de colores ni razas ni ideas ni creencias ni… porque todos los hermanos son diferentes pero todos son amados por el Padre sin distinción.
La Eucaristía, la misa, es el gran signo cristiano, evangélico. Es el signo mayor de la fraternidad y del reino. Es el mejor regalo y celebración que tenemos en la Iglesia. Y nos recordará siempre el compromiso de hacer realidad en nuestra vida de cada día lo que celebramos en la Eucaristía."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 7 de enero de 2026

CONVERTIRNOS

 


Cuando Jesús oyó que Juan estaba en la cárcel, se dirigió a Galilea. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaún, a orillas del lago, en los territorios de Zabulón y de Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías:
“Tierras de Zabulón y de Neftalí,
más allá del Jordán,
a la orilla del mar:
Galilea de los paganos.
El pueblo que andaba en oscuridad
vio una gran luz;
una luz iluminó
a los que vivían en sombras de muerte.”
Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: “¡Volveos a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”
Recorría Jesús toda Galilea enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de toda clase de enfermedades y dolencias. Con ello, la fama de Jesús se extendió por toda la región de Siria; así que le traían a cuantos sufrían de diferentes males, enfermedades y dolores, y a los endemoniados, a los epilépticos y a los paralíticos. Y Jesús los curaba.
Mucha gente de Galilea, de los pueblos de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la región al oriente del Jordán, seguía a Jesús.
(Mt 4, 12-17.23-25)

Jesús nos invita a convertirnos. Él es la gran luz que ilumina nuestra oscuridad. Nos invita a convertirnos al Amor. A lograr que ese Reino se haga presente en este mundo. El día en que todos nos amaremos porque nos consideraremos realmente Hijos de Dios.

"Los Evangelios de estos días van a ser como un pequeño condensado o resumen de todo el Evangelio. Este niño que acaba de nacer tiene prisa por dejarnos claro que tiene algo importante que decirnos. La buena nueva del Evangelio está ahí y es la mejor noticia que podemos escuchar en este comienzo de año.
Su mensaje es en realidad muy sencillo. Tiene una invitación a cambiar de vida. No otra cosa significa “convertirse.” Podemos darle muchas vueltas a esa palabra pero en el fondo todos sabemos a qué se refiere. Todos somos conscientes de las asignaturas pendientes que hemos ido dejando a lo largo de nuestra vida. Envidias, egoísmos, violencias… tantas cosas que creemos que hemos dejado atrás pero que en el fondo se nos han quedado pegadas a la piel como cicatrices. Convertirse significa lavarnos, limpiarnos, purificarnos y empezar como nuevos. Convertirse significa pedir perdón al que ofendimos, reconstruir las relaciones rotas con el hermano, renunciar a la violencia y construir la paz. Cada uno tiene que mirar en su propia y personal historia y, si somos honestos, no tendremos mucha dificultad para descubrir eso en lo que tenemos que convertirnos.
Esa conversión que tanto nos hace falta a veces no podemos conseguirla con nuestras solas fuerzas. Y ahí viene Jesús en nuestra ayuda. En el Evangelio se dice de él que iba por los caminos de Galilea enseñando, proclamando el Reino y curando las enfermedades y dolencias del pueblo. En el fondo, Jesús es un sanador, uno que cura nuestras heridas y nuestras dolencias. Uno que va sanando las cicatrices y dolores que arrastramos de años de mala vida.
Ahí está el centro del Evangelio: Jesús nos invita a convertirnos a la fraternidad, al reino. Jesús nos llama a darnos cuenta de que somos hermanos, hijos e hijas del mismo Padre. Y nos dice que ni la violencia ni el odio ni la envidia ni… tienen sentido en el reino de su Padre. Y él mismo se nos ofrece para curarnos nuestras heridas. Todo eso que nos impide levantarnos y comenzar a trabajar por el reino. Porque él es gracia y amor y perdón y esperanza."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 6 de enero de 2026

SEGUIR LA ESTRELLA

  


Jesús nació en Belén, un pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país. Llegaron por entonces a Jerusalén unos sabios de Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron:
– ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrellad en el oriente y hemos venido a adorarle.
El rey Herodes se inquietó mucho al oir esto, y lo mismo les sucedió a todos los habitantes de Jerusalén. Mandó llamar a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, y les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos le respondieron:
– En Belén de Judea, porque así lo escribió el profeta:
‘En cuanto a ti, Belén, de la tierra de Judá,
no eres la más pequeña
entre las principales ciudades de Judá;
porque de ti saldrá un gobernante
que guiará a mi pueblo Israel.’
Entonces llamó Herodes en secreto a los sabios de Oriente, y se informó por ellos del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. Luego los envió a Belén y les dijo:
– Id allá y averiguad cuanto podáis acerca de ese niño; y cuando lo encontréis, avisadme, para que yo también vaya a adorarlo.
Con estas indicaciones del rey, los sabios se fueron. Y la estrella que habían visto salir iba delante de ellos, hasta que por fin se detuvo sobre el lugar donde se hallaba el niño. Al ver la estrella, los sabios se llenaron de alegría. Luego entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre. Y arrodillándose, lo adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Después, advertidos en sueños de que no volvieran a donde estaba Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
(Mt 2,1-12)

Jesús es manifesta a tots. Aquells savis d'Orient representen a tota la humanitat sota la llum de Jesús. Com ells hem de seguir aquella llum, aquella estrella que ens porta a Jesús. Un Jesús que es la Llum que ens porta a Déu.

"La fiesta de hoy se mueve entre la universalidad y la amenaza. Me explico. La historia de los magos de Oriente que llegan hasta Belén para adorar al niño siguiendo una estrella misteriosa que les guía hasta el mismo pesebre es la forma que tiene el evangelista de decirnos que el niño recién nacido, Jesús, trae consigo una buena nueva de salvación que no es sólo para los judíos sino para todos los hombres y mujeres del mundo. La tradición ha hecho, con muy buen tino, que cada uno de estos magos sea de una raza diferente. Así se expresa mejor esa universalidad del mensaje cristiano: Dios ama a todos sin distinción. Todos somos hijos suyos (independiente de que lo sepamos, lo creamos o lo aceptemos). Los Magos adorando al niño nos invitan también a nosotros a adorar, a reconocer que lo que nos viene en ese niño nos abre a un futuro mejor para todos, más fraterno, más justo, allí donde nadie quede excluido ni marginado. Los Magos adorando al niño nos invitan a comprometernos en nuestra vida a hacer realidad ese reino, donde los niños –es decir, los más débiles, los más vulnerables– ocuparán el centro y tendrán el primer puesto.
Además de la universalidad así expresada, el relato del Evangelio se dedica en buena parte a contarnos el momento de encuentro y diálogo entre los magos y Herodes. Herodes es el rey de los judíos. Herodes no quiere competidores. Como buen rey de la época, está dispuesto a mantenerse en el puesto a sangre y fuego. La noticia de que ha nacido un niño al que se le llama el “Rey de los Judíos” enciende todas las alarmas en el palacio del rey. No lo puede consentir. Hay que hacer algo inmediatamente. Pero Herodes no sabe, como no lo saben los magos, dónde está ese niño. Utiliza su poder y su astucia. Los sabios del pueblo le pueden informar del lugar. De informarle de los detalles se ocuparán los mismos magos a los que invita a pasar de nuevo por su palacio a la vuelta del encuentro. Así se va fraguando el plan para eliminar al niño.
Pero el bien termina triunfando sobre el mal, aunque no sin pasar por momentos difíciles. El poder hace atrocidades a veces para mantenerse. Hace poco hemos celebrado la fiesta de los santos inocentes. Ha habido demasiados inocentes a lo largo de nuestra historia. Demasiadas víctimas ofrecidas en el altar para salvar a los poderosos. La historia nos recuerda que la salvación que nos trae el niño Jesús es para todos sin excepción. Pero que supone compromiso y esfuerzo y lucha para hacer que el bien triunfe sobre el mal, que el poder malo no llegue a ganar la partida."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 5 de enero de 2026

SEGUIRLO ES AMAR

  

Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Pues porque los hechos de Caín eran malos, y los de su hermano, buenos.
Hermanos míos, no os extrañéis si los que son del mundo os odian. Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama, aún está muerto. Todo el que odia a su hermano es un asesino, y vosotros sabéis que ningún asesino puede tener vida eterna en sí mismo. Conocemos qué es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si uno es rico y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿cómo puede tener amor de Dios en su corazón? Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos.
Confianza delante de Dios
De esta manera sabremos que somos de la verdad y podremos sentirnos seguros delante de Dios. Si nuestro corazón nos acusa de algo, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. Queridos hermanos, si nuestro corazón no nos acusa, tenemos confianza delante de Dios
(1Jn 3,11-21)

El evangelio de hoy nos narra la llamada de Jesús a Felipe y a Natanael, el que no sabemos qué estaba haciendo bajo la higuera. Os he puesto el texto de la epístola, porque es el que comenta Fernando Torres. Aunque no lo parezca, estan relacionados. Seguir a Jesús es Amar. Si lo reconocemos como el Salvador, debemos amar a todos, incluso a nuestros enemigos. Él dio su vida por sus amigos, pero también por us enemigos: para salvarlos a TODOS. Un Amor, que como nos dice Juan, ha de ser de hechos, no sólo de palabras. 

"Me van a permitir que por un día me fije sólo en la primera lectura. Es un texto de una de las cartas que se atribuyen al apóstol Juan. Nos dicen los estudiosos de la Palabra de Dios que es el mismo que escribió el Evangelio de Juan. Siempre nos ha parecido que era un hombre que andaba por las alturas, subido un poco por las nubes de la mística, con un lenguaje complicado no siempre fácil de entender. No hay más que recordar el prólogo de su Evangelio que hemos leído más de una vez en los días pasados.
Pero el texto de la primera lectura de hoy nos habla de que la mística cristiana siempre termina aterrizando en la realidad, en la vida de cada día. No se puede quedar en las alturas. No se queda en la contemplación ni en las horas de profunda oración. Al final el mensaje del Evangelio es, en síntesis, la buena nueva del amor que Dios nos tiene, manifestado en Cristo Jesús. Y eso se concreta en la relación diaria entre las personas. Y si no se concreta ahí, se queda en mera palabrería inútil.
Primero, el apóstol nos deja claro que el amor es lo opuesto a la muerte. Y, por tanto, al odio. El amor es vida. No tiene nada que ver con la muerte. Si amamos es signo de que hemos pasado de la muerte a la vida. Y el que no ama está muerto. Así de simple. El que no ama es como un “zombie”, uno de esos muertos vivientes de las películas, que andan por la calle siempre amenazando la vida de los demás. Lo que pasa es que para defendernos de ellos no usamos más arma que el amor. Es el único remedio que puede desactivar esa amenaza. Solo el amor regalado, entregado generosamente, gratuito, es capaz de transformar a esos muertos vivientes en personas libres, vivas, capaces a su vez de amar.
Pero el apóstol Juan añade algo más. Amar no es una palabra sino algo que se hace con obras. Como dice el refrán castellano: “obras son amores que no buenas razones.” Como dice el apóstol, si ves a tu hermano pasando necesidad y le cierras tus entrañas, ¿cómo puedes decir que amas de verdad?
Pues lo dicho. Si estamos vivos, amemos a los hermanos. Así venceremos el odio y la muerte. Pongámonos a la obra y concretemos ese amor en la vida diaria, en la relación con los que nos rodean. Ahí está la más alta cota de la mística cristiana."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)