Jesús dijo entonces a sus discípulos:
– Os aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Os lo repito: le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de Dios. Al oírlo, sus discípulos se asombraron más aún, y decían:
– Entonces, ¿quién podrá salvarse?
Jesús los miró y les contestó:
– Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios.
Pedro entonces añadió:
– Nosotros, que hemos dejado cuanto teníamos y te hemos seguido, ¿qué vamos a recibir?
Jesús les respondió:
– Os aseguro que cuando llegue el tiempo de la renovación de todas las cosas, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono glorioso, vosotros, que me habéis seguido, os sentaréis también en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todos los que por causa mía hayan dejado casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras, recibirán cien veces más, y también recibirán la vida eterna. Muchos que ahora son los primeros, serán los últimos; y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros.
(Mt 19,23-30)
Seguir a Jesús es dejarlo todo. Es luchar por la única riqueza verdadera: el Amor a Dios y al prójimo. La sencillez, la humildad, son más importantes que el éxito, la riqueza, el poder. El que se hace pequeño era el más grande. El último será el primero.
"Damos un paso más en el tema de la riqueza. Del dinero en realidad. Un gran invento que resuelve los problemas de trueque y facilita el comercio y la convivencia. No ocurrió un buen día. Se necesitaron siglos para que se desarrollara, hasta llegar a la forma actual.
En realidad es una herramienta muy útil, pero sucede que, como tantas cosas útiles y buenas, desde muy pronto se pervirtió. Aristóteles distinguía dos formas de usar el dinero: como un medio para obtener bienes necesarios para vivir (comida, techo, ropa) o pervertirlo venerando a la herramienta como a un dios o, como en el caso del rey de Tiro, considerándose a si mismo dios por su ingenio comercial y sus ingentes riquezas.
El joven rico se preciaba de haber cumplido los mandamientos desde la niñez. En realidad no había comprendido bien ni siquiera el primer mandamiento. Cuando Jesús le dice: «Vende lo que tienes, dalo a los pobres… y sígueme» lo lleva al núcleo: «Yo soy el Eterno”, «Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas», el joven se aleja: su verdadero dios es el dinero.
Jesús deja espantados a los discípulos al comparar la dificultad de un rico para entrar al reino de los cielos con la imposibilidad de entrada de un camello por el ojo de una aguja. ¿Quién podrá salvarse? Una pregunta que hoy tenemos que hacernos, hasta con una cierta angustia, porque disfrutamos de unas posibilidades y un bienestar inéditos en la historia y también en gran parte del planeta que no ha alcanzado los niveles del occidente desarrollado. Una cultura del disfrute, el consumismo, el gusto por la novedad y la seducción de una publicidad que ofrece felicidad, seguridad, posición social…
Reponde Jesús tranquilizándolos: lo imposible para nuestra pobre humanidad no lo es para Dios. Aún así, Pedro quiere oir el dictamen de Jesus otra vez y (siempre atrevido y un tanto ingenuo y emocional) pretende que el Maestro tenga en cuenta lo que han invertido los discípulos para seguirle. No era necesario, Pedro, por cada entrega de tu vida y todas tus cosas, recibirás el ciento por uno y al final el paraíso.
Dejar de venerar al dinero y a nuestras ridículas seguridades es, en realidad, muy poco precio para tal sobreabundancia de dones y la esperanza de un final glorioso y feliz."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)