Jesús les puso esta comparación: ¿Acaso puede un ciego servir de guía a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo? El discípulo no es más que su maestro: solo cuando termine su aprendizaje llegará a ser como su maestro.
¿Por qué miras la paja que tiene tu hermano en el ojo y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? Y si no te das cuenta del tronco que tienes en tu ojo, ¿cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame sacarte la paja que tienes en el ojo'? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu ojo y así podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Lc 6,39-42)
Para guiar hay que ver. Un ciego no puede guiar. Y lo primero que hay que ver son nuestros propios defectos. Estos son los que no nos dejan ver. Juzgamos a los demás a través de nuestros defectos. Así no podemos ver la realidad del otro. Para iluminar, debemos tener luz.
"¿Cuál es mi motivación para anunciar el evangelio? ¿Cuál es mi paga? Es evidente que se puede uno dedicar a la loable misión de evangelizar por motivos no del todo puros. No es difícil recordar que el peligro del fariseísmo también amenaza a los cristianos. Podemos usar nuestro compromiso cristiano, el puesto que ocupo en la parroquia, en Cáritas, el ministerio sacerdotal y, en definitiva, cualquiera de las numerosas vocaciones cristianas, en beneficio propio, como medio de auto afirmación, de realización, de alcanzar cotas de poder… También los discípulos de Jesús se disputaban entre sí los mejores puestos (los que ellos se imaginaban que iban a ser). Por eso es tan imporante la afirmación, casi un lamento, de Pablo: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Se ve que la tarea evangelizadora se había vuelto para él una pesada cruz. Y eso le ayudaba a purificar sus motivaciones. Al final, la única motivación válida es que el mismo testimonio cristiano es el único modo de participar de los bienes que anuncia y proclama. No es posible hacer de la fe cristiana una propiedad privada. Si no se anuncia, si no se testimonia, no es verdadera. Y esto supone decisiones difíciles y también renuncias, que, no obstante, valen la pena, esa pena implicada en ellas.
Y es que anunciar el Evangelio es anunciar la luz. Y si no se hace con ese mismo espíritu evangélico que se proclama, podemos convertirnos en ciegos que niegan con su vida lo que proclaman con sus palabras, y llevan así a muchos a renunciar y a negar lo que ven que testimoniamos sin convicción, sin autenticidad; ciegos que guían a ciegos y los hacen caer en el pozo. Ser discípulo es reconocerse ciego, pero que ha sido curado, que ha visto la luz. Y esa curación es un periodo de aprendizaje en el que hay que dejarse curar, es decir, enseñar y corregir, para poder llegar a ser como el maestro. Aunque, sinceramente hablando, nunca estamos a la altura del Maestro, Jesús, y nuestro aprendizaje no termina nunca, mientras estemos en este mundo. Pero la curación sí tiene lugar, y sólo entonces podemos guiar a otros con fidelidad, sin caer en el pozo, y corregir a los que lo necesitan, porque nosotros mismos nos hemos dejado corregir y estamos abiertos a nuevas correcciones. Se trata, en definitiva, de vivir el misterio del amor de una manera responsable y humilde, para poder llegar a ser así, no solo de palabra, sino también de obra, verdaderos testigos del Evangelio."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)