domingo, 4 de enero de 2026

ACOGER LA PALABRA

 

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: ?El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

"Ya estamos en 2026, con todo lo que supone comenzar un Nuevo Año, los buenos propósitos para cambiar de vida (a mejor) y, por qué no decirlo, los miedos ante un futuro incierto. Con el Año Nuevo recién estrenado, miramos hacia adelante con una mezcla de entusiasmo y ansiedad. ¿Qué nos traerá el Año Nuevo? ¿Cómo podemos superar esta incertidumbre? Para los católicos, la respuesta no radica en decisiones efímeras, como los fuegos artificiales, sino en los pilares perdurables de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Miremos el Año Nuevo con los ojos de un creyente.
El Año Nuevo en la Iglesia Católica es un acontecimiento significativo, marcado por la gratitud y la expectación. Reconocemos el paso del tiempo, recordando el año pasado con gratitud por los dones recibidos y pidiendo perdón por nuestras debilidades y pecados. También miramos hacia adelante con esperanza en el corazón, rezando por la guía y la gracia de Dios en el año que comienza.
Las esperanzas con las que entramos en el Nuevo Año no son solo de carácter personal. A menudo se extienden más allá, abarcando toda la creación. Oramos por la paz, la justicia y la salvación de todos los que viven en nuestro planeta. Recordamos la promesa de Dios de una creación renovada, y la esperanza de que se cumpla alimenta nuestro deseo de trabajar por un futuro mejor. Por lo tanto, la esperanza no es solo un sueño vago, sino una firme determinación de construir el Reino de Dios.
Nos ayuda la fe. La fe en la inmutabilidad del amor de Dios es la brújula que nos guía por la tierra desconocida del Año Nuevo. En muchos sentidos, la fe es todo lo que tenemos. Creemos que incluso en tiempos de incertidumbre, cuando tenemos que avanzar a ciegas, el Señor estará con nosotros, guiándonos a través de la oscuridad hacia la luz. Esta fe fortalece nuestra determinación de superar las dificultades con valentía y compasión.
Las obras de misericordia no consisten solo en dar limosna. Implican tender activamente puentes de amor y comprensión en el mundo. Al entrar en el Nuevo Año, nos comprometemos de nuevo a servir a los necesitados, a mostrar bondad y compasión, y a mejorar la vida de quienes nos rodean.
Como católicos, entramos en el nuevo año no solo con determinación, sino también con un propósito, guiados por la luz de la esperanza, la fe y el amor misericordioso. Oramos para que este año esté lleno de la gracia de Dios y para que podamos convertirnos en instrumentos de Su amor y construir un futuro brillante para nosotros mismos y para el mundo que nos rodea. El Año Nuevo es un tiempo para la reflexión y la esperanza, una oportunidad para profundizar en nuestra fe, fortalecer nuestra esperanza y permitir que el amor brille con fuerza en este mundo.
Precisamente porque no siempre vemos ese amor, porque el futuro no está claro, la Liturgia de ese domingo de Navidad nos recuerda que, en medio de la oscuridad, brilla la luz. La luz que es la Palabra.
Si hay una palabra que hoy destaca por encima de todas en las lecturas es precisamente “La Palabra” con mayúsculas. Esa “Palabra” con la que Dios creó el mundo en el principio, esa “Palabra” que acompañaba la vida del pueblo de Israel, que era la voz de los profetas, la “Palabra” que anunciaba al Mesías esperado se ha hecho de nuestra propia carne y sangre, se ha encarnado en nuestra propia naturaleza humana, sin perder la suya, ha puesto su tienda de campaña para quedarse entre nosotros. Y todo esto aparece ante nuestros ojos si somos capaces de contemplar el pesebre y descubrir en ese niño acostado y envuelto en pañales a “La Palabra” definitiva de Dios para todos nosotros.
La primera lectura, que es el “himno a la sabiduría”, nos recuerda que esa “Palabra” es sabia, es veraz. Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios, no solo con su palabra y su mensaje, sino también con su manera de vivir. Ahí radica la sabiduría, en que seamos capaces de vivir en coherencia con lo que pensamos y de pensar conforme al Evangelio. Con esa “Palabra” de sabiduría Dios crea el mundo y lo “recrea” enviando a su hijo Jesús, su mejor Palabra. Y esa “Palabra” se ha hecho vida. Hoy en día las palabras se quedan cortas si no van acompañadas por una vida que las refrende. Por eso la de Jesús permanecerá para siempre, “cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”, nos dice. Él ha refrendado su palabra con la entrega de su vida.
La de Jesús es una palabra que merece toda nuestra atención. Es una palabra que viene a nuestra vida para darle un sentido verdadero y de felicidad. Es una palabra que no sólo encontramos aquí o al leerla, sino que también la encontramos hecha vida en tantas personas que son capaces de “encarnarla” en sus vidas, en sus ambientes, en sus familias, en sus trabajos, entre los suyos. Dice San Pablo en la segunda lectura: “que el Padre de la gloria os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. El Padre nos ha dado la “Palabra” para que podamos conocerle en profundidad. Necesitamos ese “espíritu de sabiduría y revelación” para poder reconocerle vivo y resucitado en medio de nuestro mundo. Necesitamos abrir nuestros oídos, nuestros ojos, todos nuestros sentidos, para recibirle en nuestras vidas en esta Navidad. Dios nace para ti y para mí cada vez que escuchamos su “Palabra” y la intentamos hacer vida. Dios es “Palabra viva”, no puede quedarse encerrado ni parado. La “Palabra” no es para quedárnosla, sino para compartirla, para hacerla testimonio, para que cale en otros y los lleve al encuentro con Dios.
Hoy podemos quedarnos con la impresión de que una Navidad más se nos escapa sin pena ni gloria o apartar las penas y celebrar la Gloria reconociendo ante nosotros al Salvador hecho hombre, a la “Palabra” hecha Carne y Vida. Es que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. Un hombre – Dios que no se cansa de nacer una y otra vez para salvarnos. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. Un Dios que acepta y acoge a toda la humanidad como parte de su propia vida. Que va a iniciar su camino de humanidad para enseñarte a ser más humano. Y que una y otra vez quiere seguir naciendo si le hacemos un sitio en nuestro corazón a través de su “Palabra” que es Jesús, hecho niño, recostado en el pesebre de Belén.
Hoy podemos acoger la “Palabra” que nace y darle calor y vida. Hoy podemos convertirnos en luz. “Porque nuestro Dios, en su gran misericordia, nos trae de lo alto el sol de un nuevo día, para iluminar a los que viven en la más profunda oscuridad, para guiar nuestros pasos por el camino de paz” (Lc 1,78-79).
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 3 de enero de 2026

DIOS SALVA

  


Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Mirad, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo.’ Yo mismo no sabía quién era él, pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel le conozca.”
Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre él. Yo aún no sabía quién era él, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo.’ Yo ya le he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios.”
(Jn 1,29-34)

Juan, al Ver a Jesús, lo anuncia. Es su testigo. Como ya decíamos ayer, si somos sus seguidores, si lo vemos, debemos anunciarlo. Un Jesús, que como su nombre indica, es salvación, misericordia. 

"Siempre me llamó la atención en países anglosajones que, cada vez que en la Misa se dice Jesús, o Jesucristo, muchos inclinaban la cabeza. Era una cosa casi automática, pero muy real. Y también  el hecho de que nunca llamen a un niño Jesús… aunque sí Jesse, que se aproxima bastante. Claro, estos hechos tratan de un “doblar la rodilla”, es decir, de reconocer la divinidad del Nombre. Es una señal de respeto y reverencia, pero es algo más.
El ángel puso el nombre a Jesús en la Anunciación a María, es decir, en el mismo instante de la Encarnación (concebirás y darás a luz a un hijo a quien pondrás por nombre Jesús). Para la cultura semítica, el nombre es equivalente a la identidad entera. Y por eso no se podía pronunciar el nombre de Dios, porque significaría adueñarse de la identidad.  Jesús significa “Dios salva” y, por tanto, pronunciar ese nombre es reconocer, una y otra vez, que hemos sido salvados, liberados, por su sangre. Doblar la rodilla ante ese hecho (o inclinar la cabeza) es, entonces, obligado. Es agradecer, proclamar, declararnos dependientes de esa salvación concedida.
Los primeros cristianos sufrían y morían por el Nombre. Todo lo hacían en el Nombre de Jesús. Porque el nombre implica toda la persona. Por amor de su nombre es por amor de Él mismo, de su persona entera. Los cristianos siempre comenzamos toda acción (decía el catecismo antiguo: al levantarse, al empezar el día, antes de salir de casa, al empezar algún trabajo, al pasar por delante de una iglesia, antes de comer, al acostarse y en toda necesidad, tentación peligro). El decir “en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo” es decir que todo está en relación con Él, que todo depende de Él, que nada podemos hacer ni realizar por nosotros mismos, que necesitamos esa fuerza en cada instante de la vida. Que el hacerlo así, salva en todo momento; que mantiene la conexión y la realidad de la salvación continuamente. Mantiene así también nuestra consciencia de criaturas dependientes del Salvador."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 2 de enero de 2026

VOZ QUE GRITA EN EL DESIERTO

 


Los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a Juan, a preguntarle quién era. Y él confesó claramente:
– Yo no soy el Mesías.
Le volvieron a preguntar:
– ¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías?
Juan dijo:
– No lo soy.
Ellos insistieron:
– Entonces, ¿eres el profeta que había de venir?
Contestó:
– No.
Le dijeron:
– ¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué puedes decirnos acerca de ti mismo?
  Juan les contestó:
– Yo soy, como dijo el profeta Isaías,
‘Una voz que grita en el desierto:
¡Abrid un camino recto para el Señor!’
Los que habían sido enviados por los fariseos a hablar con Juan, le preguntaron:
– Pues si no eres el Mesías ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas?
Juan les contestó:
– Yo bautizo con agua, pero entre vosotros hay uno que no conocéis: ese es el que viene después de mí. Yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias.
Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania, al oriente del río Jordán, donde Juan estaba bautizando.
(Jn 1,19-28)

Juan se define como la voz que grita en el desierto y no se considera digo  de desatar la correa de sus sandalias. Nosotros debemos anunciar a Jesús, aunque nadie nos escuche y hacerlo siempre desde la más profunda humildad. No somos dignos, pero tenemos la obligación de anunciarlo.

"San Basilio y san Gregorio Nacianceno, grandes amigos y compañeros de camino, presentan muy bien las dos llamadas que hacen las lecturas de hoy: Permaneced en Dios. Y, por otro lado, predicad humildemente al que llega y al que no son dignos de desatar la sandalia.
Basilio anhelaba la vida monástica, el “permanecer” en Dios en la oración y Gregorio era un gran predicador y filósofo. Ambos se enfrentaron a la realidad de confusión y herejía en el mundo del siglo IV. Y entraron en acción. Lo cual no quiere decir que, al caminar, dejaran de permanecer. A veces la mucha acción (que puede ser tan maravillosamente intencionada como la de luchar por la justicia) podría ir, insensiblemente, disminuyendo el tiempo de la oración. Entonces, se dejaría de permanecer. Pero, paradójicamente, también se dejaría de permanecer si se cae en un ensimismamiento que no mira a la realidad, a las hambres materiales y espirituales del mundo. Entonces se puede estar en un mismo lugar, pero no en el lugar de Dios. Porque entonces no se permanece en Dios y en su voluntad que es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad; se permanece, simplemente, en la propia ensoñación. Pero se puede permanecer y obrar al mismo tiempo. La oración y acción de los grandes santos como Teresa de Jesús, Pedro Poveda, Antonio Claret, y hoy Basilio y Gregorio.
Los grandes santos, como lo fueron Basilio y Gregorio aprendieron también muy bien lo de la “correa de la sandalia” de la que habla Juan Bautista. Saben que no se anuncian a sí mismos. Son la voz que grita en el desierto, es decir, en un mundo hostil, confuso y a menudo hereje. Saben también que el que viene “detrás”, viene, en realidad, delante, por encima, a los lados. Es el mismo en quien “nos movemos y somos”. Porque es en Él en quien se permanece. En él en quien estamos “entusiasmados”, es decir, “en theus, endiosados”. Y ese entusiasmo, ese permanecer es el que nos hace caminar, anunciar, actuar."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 1 de enero de 2026

GUARDAR EN NUESTRO CORAZÓN

  


Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente. Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído, pues todo sucedió como se les había dicho.
A los ocho días circuncidaron al niño y le pusieron por nombre Jesús, el mismo nombre que el ángel había dicho a María antes de que estuviera encinta.
(Lc 2,16-21)

Comenzamos el año con la Solemnidad de María Madre de Dios. Ella es nuestro modelo. María acepta lo que le dice el ángel, aunque sea difícil de comprender. María, nos dice el evangelio de hoy, guardaba todas estas cosas en su corazón. Es una invitación a la meditación. Cada día debemos detenernos un rato para revidar todo lo que nos ocurre, ver en ello la mano de Dios, y guardarlo todo en nuestro corazón.
Que el año 2026 sea para todos una año lleno de Gracia y de Amor.
 
"(...) Hoy celebramos varias cosas además del Año Nuevo: María, Madre de Dios, y la Jornada Mundial de la Paz. Todo va unido. La paz es cuestión, en primer lugar, personal y luego de familia. La paz interior de cada uno de los miembros de una familia (bendecido, cada uno, por el rostro de Dios) lleva a la paz familiar. Y eso mismo se puede extender a vecindarios, pueblos, naciones, el mundo entero. Hablar de paz hoy en un mundo en guerras abiertas, híbridas, silenciadas, o frías parece algo complicado. Se podría decir que la paz que se ofrece es más bien una confiada seguridad en la protección del rostro de Dios sobre nosotros. Es también la seguridad de quien se sabe hijo. Hijo de Dios y, por tanto, hijo también de la Madre de Dios, María.
Quizá la clave de esa extraña paz (materialmente hablando), sea lo que nos dice el evangelio de hoy sobre María que, “guardaba todas esas cosas en su corazón”. No se trata de un silencio perplejo ante el misterio y resignado ante la realidad. Se trata, más bien, del recuerdo (re-cordar es devolver al corazón) de las promesas de Dios y del cumplimiento de tales promesas; se trata de rumiar todos esos actos de presencia de Dios en la propia vida en el pasado y en el presente y la seguridad de la futura presencia y brazo poderoso. Se trata del abandono de los hijos en brazos de sus padres. En brazos de la santísima Madre de Dios."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 31 de diciembre de 2025

UNA PALABRA QUE ES AMOR

  



En el principio ya existía la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.
Hubo un hombre llamado Juan, a quien Dios envió como testigo, para que diera testimonio de la luz y para que todos creyesen por medio de él. Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz. La luz verdadera que alumbra a toda la humanidad venía a este mundo.
Aquel que es la Palabra estaba en el mundo, y aunque Dios había hecho el mundo por medio de él, los que son del mundo no le reconocieron. Vino a su propio mundo, pero los suyos no le recibieron. Pero a quienes le recibieron y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios. Y son hijos de Dios, no por la naturaleza ni los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado.
Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros lleno de amor y de verdad. Y hemos visto su gloria, la gloria que como Hijo único recibió del Padre. Juan dio testimonio de él diciendo: “A este me refería yo cuando dije que el que viene después de mí es más importante que yo, porque existía antes que yo.”
De sus grandes riquezas, todos hemos recibido bendición tras bendición. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero el amor y la verdad se han hecho realidad por medio de Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima comunión con el Padre, nos lo ha dado a conocer.
(Jn 1,1-18)

Hoy acaba un año y comienza otro. Juan nos habla de los inicios. La Palabra ya existía. Esta Palabra era el Hijo. Esta Palabra se hizo hombre para hacernos a todos Hijos de Dios. Una Palabra llena de Amor. Y si nosotros somos también, gracias a Él, Hijos de Dios, debemos estar llenos de Amor. Ese es el camino de todo verdadero cristiano: vivir llenos de Amor. Mirando el mundo a través del Amor, es como encontraremos a Dios.
Nosotros seguimos con guerras, injusticias, rechazos...Estamos todavía lejos de Dios. Lejos del Amor.

" (...) La verdad es la luz: en el principio era el Verbo… con tantos anticristos, algunos (dice Juan que incluso los suyos) no lo conocieron. A quienes sí lo conocen se les da, nada más y nada menos, que ser hijos de Dios. El agradecimiento hoy no es tanto por el año que se aleja con todas sus desgracias (quizá para dar paso a otras nuevas, como resulta ser nuestra experiencia), sino el año que nos deja, si lo reconocemos, la inmensa gracia y dignidad de ser hijos en el Hijo, en el Verbo encarnado. De esa plenitud hemos recibido “gracia sobre gracia”. Es un buen momento para despedir el año no con la amargura de tanto malo, desgracias, catástrofes, muertes, guerras, separaciones, como hemos visto, sino con el recuento de gracia sobre gracia recibida: vida, paz interior, alegría, fortaleza para sobrellevar las dificultades, amistad, familia, trabajo si lo ha habido o tiempo para la reflexión si no lo ha habido, gestos de bondad y solidaridad, esfuerzos por la paz… cada uno tendrá (o sería bueno construirla) una lista de gracia sobre gracia recibida. Y es una lista interminable. No es Nochevieja, sino noche perenne de presencia de Dios en la vida; nuevas oportunidades de caminar después de nuestros errores, nuevos impulsos para hacer el bien y para reconocerlo en otros. ¡Bendito 2025! ¡Feliz 2026!"
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 30 de diciembre de 2025

ENCONTRAR A JESÚS

  


También estaba allí una profetisa llamada Ana, hija de Penuel, de la tribu de Aser. Era muy anciana. Se había casado siendo muy joven y vivió con su marido siete años; pero hacía ya ochenta y cuatro que había quedado viuda. Nunca salía del templo, sino que servía día y noche al Señor, con ayunos y oraciones. Ana se presentó en aquel mismo momento, y comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño Jesús a todos los que esperaban la liberación de Jerusalem.
Cuando ya habían cumplido con todo lo que dispone la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su pueblo de Nazaret. Y el niño crecía y se hacía más fuerte y más sabio, y gozaba del favor de Dios.

Ana encuentra a Jesús y hablaba de Él a todos los que esperaban la liberación de Jerusalem. Si de verdad nos encontramos a Jesús, no podremos parar de anunciarlo. Y como lo encontraremos en el pobre, en el inmigrante, en el enfermo, en el perseguido, en el pequeño...si no los defendemos, si no luchamos por ellos, es que no hemos encontrado de verdad a Jesús.

"El tiempo del matrimonio de la profetisa Ana pasó rápidamente, unos meros siete años, pero ella permaneció en las cosas de Dios. Ese permanecer le permitió reconocer la salvación de Dios. Supo crecer y permanecer. Aprendió la sabiduría que supone no aferrarse a lo que pasa.
Es la misma sabiduría de Jesús, según nos dice el Evangelio hoy, que pasó por algunas de las edades de la vida humana a las que se refiere la carta de Juan, creciendo en sabiduría y fuerza… Parte de permanecer para nosotros será quizá ir creciendo en esa sabiduría, ese ir saboreando las cosas de Dios que no pasan, mientras tocamos las cosas del mundo, como Cristo en su Encarnación, con cariño pero sin idolatría. Esa sabiduría de Dios abre a la paz de quien sabe que nada es para siempre. Inclina a la generosidad. Impulsa a la humildad de quien sabe que solo depende de Dios. Es mucho más saludable que la “perturbación” de la que pedimos liberación en el Padrenuestro. El poema de Machado, como la canción de Serrat, tienen una sabiduría muy limitada. Lo nuestro no es pasar sin más; es pasar para permanecer."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 29 de diciembre de 2025

LA LUZ QUE ALUMBRA A TODOS

  


Cuando se cumplieron los días en que ellos debían purificarse según manda la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor. Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: “Todo primer hijo varón será consagrado al Señor.” Fueron, pues, a ofrecer en sacrificio lo que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.
En aquel tiempo vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo, que adoraba a Dios y esperaba la restauración de Israel. El Espíritu Santo estaba con él  y le había hecho saber que no moriría sin ver antes al Mesías, a quien el Señor había de enviar. Guiado por el Espíritu Santo, Simeón fue al templo. Y cuando los padres del niño Jesús entraban para cumplir con lo dispuesto por la ley, Simeón lo tomó en brazos, y alabó a Dios diciendo:
“Ahora, Señor, tu promesa está cumplida:
ya puedes dejar que tu siervo muera en paz .
Porque he visto la salvación
que has comenzado a realizar
ante los ojos de todas las naciones,
la luz que alumbrará a los paganos
y que será la honra de tu pueblo Israel.”
El padre y la madre de Jesús estaban admirados de lo que Simeón decía acerca del niño. Simeón les dio su bendición, y dijo a María, la madre de Jesús:
– Mira, este niño está destinado a hacer que muchos en Israel caigan y muchos se levanten. Será un signo de contradicción que pondrá al descubierto las intenciones de muchos corazones. Pero todo esto va a ser para ti como una espada que te atraviese el alma.
(Lc 2,22-35)

Simeón ya puede morir en paz, nos dice, porque a conocido a Jesús. Tomándolo entre sus brazos nos lo muestra como signo de contradicción. Nos está diciendo que seguir a Jesús no es fácil. Cómo a María, será como una espada que atraviese nuestro corazón. Pero debemos estar dispuestos, como hizo María, vivir nuestra vida con Él. Porque Jesús es la Luz. La única y verdadera Luz.

"En plenas celebraciones de Navidad, comidas y fiestas, las lecturas de hoy son como una sacudida. ¿Por qué sacar a la gente del calorcito de la Navidad, los turrones, los cantos y la familia feliz con duras advertencias y anuncios de dolor? Quizá para recordarnos que lo que se acaba de celebrar hace apenas cuatro días, y de hecho, lo que se celebra en toda la semana de la Octava, no es solo, ni siquiera principalmente, ternura y brillo. Un bebé siempre llena de alegría, pero al mirar la escena bien nos damos cuenta de la paradoja: un bebé que nace en circunstancias bastante complicadas y pobres; un poco más adentro: un Dios que deja su trono y su gloria para que le canten unos seres, en aquel tiempo despreciables, que son los humildes pastores. ¡Pero también los ángeles! El Dios que conoce todo el arco de alegría y gozo humano y se sumerge en él.
Y en este contexto, los mensajes de hoy son de advertencia y anuncio: reconocer al Dios de la Noche de Paz significa seguirlo. Un seguimiento que significa a veces adherirse a unas maneras de obrar que están en contra de lo que indicaría el mundo; sacrificio frente a comodidad, generosidad frente a egoísmo; servicio frente a dominio; verdad frente a corrupción; desprendimiento frente a la tentación de trepar; justicia frente a injusticia… Si no va a ser así, la vida, aunque se diga cristiana, va a ser mentira. Seguirlo significa, como expresa Simeón, reconocer la salvación y también la contradicción. Vivir en una constante fiesta de gloria y alabanza y en una dura aceptación de la espada de dolor que implica el reconocer todo el misterio de vida en el mundo, cruz y resurrección. Es reconocer que no hay vida sin dolor de parto. Que no hay vida eterna sin Pasión y Cruz. Abrazar la espada de dolor, como María, implica la aceptación de una vida humana que sabe que es necesario ser traspasado por el asta de la cruz; por el dolor, el temor y la angustia, con la profunda convicción de que la Vida y la salvación son mucho más fuertes. Del otro lado siempre está la vida."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)