domingo, 18 de octubre de 2026

DIOS Y EL CÉSAR

  

Después de esto, los fariseos se pusieron de acuerdo para sorprender a Jesús en alguna palabra y acusarle. Así que enviaron a algunos de los partidarios de ellos, junto con otros del partido de Herodes, a decirle:
– Maestro, sabemos que tú siempre dices la verdad, que enseñas de veras a vivir como Dios manda y que no te dejas llevar por lo que dice la gente, porque no juzgas a los hombres por su apariencia. Danos, pues, tu opinión: ¿estamos nosotros obligados a pagar impuestos al césar, o no?
Jesús, dándose cuenta de la mala intención que llevaban, les dijo:
– Hipócritas, ¿por qué me tendéis trampas? Enseñadme la moneda con que se paga el impuesto.
Le trajeron un denario, y Jesús les preguntó:
– ¿De quién es esta imagen y el nombre aquí escrito?
Le contestaron:
– Del césar.
Jesús les dijo entonces:
– Pues dad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios.
(Mt 22,15-21)

Jesús nos dice hoy que debemos dar a Dios lo que es de Él, es decir, nosotros por entero. Y al César lo que es de él. El cumplimiento de las normas sociales que hacen que vivamos en paz y armonía.

" (...) Evangelio en el que algunos fariseos y herodianos
intentan poner a Jesús en una situación comprometida. Le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César. La pregunta es una trampa: si responde que sí, puede perder la simpatía del pueblo; si responde que no, pueden acusarlo ante las autoridades romanas. Pero Jesús no se deja atrapar. Pide que le muestren la moneda del impuesto y pregunta de quién son la imagen y la inscripción. Cuando le responden que del César, pronuncia unas palabras que siguen iluminando nuestra vida: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Jesús no invita a desentenderse de las responsabilidades sociales ni a confundir la fe con los intereses del poder. Reconoce que existen obligaciones legítimas en la vida pública, pero recuerda que Dios ocupa un lugar que nadie puede usurpar. El dinero, el poder y las estructuras sociales tienen su importancia, pero no son lo absoluto. La conciencia humana no puede quedar sometida por completo a ningún poder, porque la persona está llamada a vivir ante Dios con libertad y responsabilidad.
Esta lectura nos invita a preguntarnos cómo vivimos nuestra condición de ciudadanos y nuestra fe cristiana. Cumplir las obligaciones, respetar las leyes justas, contribuir al bien común y preocuparnos por quienes sufren son formas concretas de responsabilidad. La fe no nos aparta de la sociedad: nos anima a trabajar para que sea más justa, fraterna y humana. Al mismo tiempo, cuando una exigencia humana contradice gravemente la dignidad de las personas o la conciencia moral, el cristiano no puede justificarla simplemente diciendo que «así son las cosas». Es la tarea del profeta.
Pero hay una pregunta todavía más profunda: ¿qué significa dar a Dios lo que es de Dios? La moneda llevaba la imagen del César, pero cada uno llevamos impresa la imagen de Dios. Por eso, no basta sólo con reservar un momento para rezar o acudir a la iglesia. Pertenecer a Dios significa ofrecerle nuestra vida entera: nuestras decisiones, nuestros talentos, nuestro trabajo, nuestras relaciones y la manera de tratar a los demás.
Podemos preguntarnos si nuestra fe transforma realmente nuestra forma de vivir. ¿Somos honestos cuando nadie nos observa? ¿Tratamos con respeto a quienes piensan de manera diferente? ¿Nos preocupamos por los pobres, los enfermos y las personas que se sienten solas? ¿O reducimos la religión a unas prácticas que no influyen en nuestras decisiones cotidianas?
Que este Evangelio nos ayude a cumplir nuestras responsabilidades con madurez y a vivir nuestra fe con coherencia. Porque dar a Dios lo que es de Dios no consiste solamente en pronunciar su nombre, sino en dejar que su amor transforme todo lo que somos y hacemos. No siempre comprenderemos cómo actúa, pero podemos vivir con la certeza de que nuestra historia no está abandonada a la desesperanza. Dios sigue trabajando en ella y nos invita a colaborar con él mediante nuestras decisiones y nuestros gestos cotidianos.
¿Estoy dispuesto a reconocer la acción de Dios a través de personas y acontecimientos inesperados? ¿Qué situación de mi vida necesito poner hoy en manos del Señor, confiando en que puede abrir un camino nuevo? ¿Mi fe influye realmente en mis decisiones, en mi trabajo y en mi manera de relacionarme con los demás? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Hay algo —el dinero, el éxito, el poder o la opinión de los demás— que esté ocupando el lugar que le corresponde a Él?"

(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 17 de octubre de 2026

PALABRAS DE AMOR

 
Os digo que si alguien se declara a favor mío delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará a favor suyo delante de los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
Dios perdonará incluso a aquel que diga algo contra el Hijo del hombre, pero no perdonará al que con sus palabras ofenda al Espíritu Santo.
Cuando os lleven a las sinagogas o ante los jueces y las autoridades, no os preocupéis por cómo tenéis que defenderos o qué tenéis que decir; porque en el momento en que hayáis de hablar, el Espíritu Santo os enseñará lo que habéis de decir.
(Lc 12,8-12)

Jesús está con nosotros si nosotros estamos con Él, si nos declaramos seguidores suyos. El Espíritu Santo es quien pondrá las palabras justas en nuestras bocas en los momentos difíciles. No olvidemos que el Espíritu Santo es el Amor. Lo ofendemos con nuestro egoísmo. Abandonando a los más débiles. Odiando. Es el Amor quien pone las palabras justas en nuestra boca. Serán palabras de Amor.

"El texto evangélico de hoy casa perfectamente con el santo del que la iglesia hace memoria en este día. San Ignacio de Antioquía fue un obispo del siglo II, que fue juzgado y condenado a ser devorado por las fieras en tiempo del emperador Trajano. Fue un mártir de la fe. No sabemos mucho de su vida ni de su ministerio. Pero sí conocemos las cartas que escribió a lo largo del camino (era obispo de Antioquía de Siria y las autoridades romanas que le condenaron le llevaron a Roma para ser ejecutado allí. Durante ese largo camino tuvo tiempo para escribir esas cartas que hoy son un testimonio precioso de alguien que entregó su vida al Evangelio y al Reino en aquellos primeros tiempos del cristianismo.
Hay algunos textos de esas cartas que, aunque hayan sido repetidos muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, sigue valiendo la pena tener presentes. En una de esas cartas escrita a la iglesia de Roma, plenamente consciente de lo que le esperaba al llegar a su destino, dice que se dirige allí “para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en puro pan de Cristo”.
Solamente esta frase da para meditar y pensar que no hay razón para tener miedo cuando nos ponemos de parte de Jesús y de su Reino. Nos ayuda a descubrir que la Eucaristía es mucho más que un momento de relación íntima con Jesús que viene a nosotros en el pan consagrado. La Eucaristía se convierte en el centro de la vida cristiana. Mucho más allá de su celebración ritual, la vida del cristiano se tiene que hacer Eucaristía, trigo de Dios, molido por los avatares de la vida que se entrega totalmente y que así llega a ser pan de Cristo para los hermanos.
Ignacio iba tranquilo en su camino hacia Roma (en aquel tiempo un viaje largo de varios meses como mínimo). Por el camino salían a recibirlo y verlo las comunidades cristianas de los lugares por donde pasaba. Era para ellos un testigo de la fe. Porque todo el que entrega su vida, de la forma que sea, al servicio del Evangelio, de los hermanos, es testigo de Evangelio en nuestro mundo. Si abrimos los ojos y los oídos seguro que veremos a otros testigos que hace de su vida Eucaristía, entrega total al servicio del Reino."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 16 de octubre de 2026

CONFIANZA TOTAL

 

 Se juntaron entre tanto miles de personas, que se atropellaban unas a otras. Jesús comenzó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: “Guardaos de la levadura de los fariseos, es decir, de su hipocresía. Porque no hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada oculto que no llegue a conocerse. Por tanto, todo lo que habéis dicho en la oscuridad se oirá a la luz del día; y lo que habéis dicho en secreto y a puerta cerrada será pregonado desde las azoteas de las casas.
A vosotros, amigos míos, os digo que no debéis tener miedo a quienes pueden matar el cuerpo, pero después no pueden hacer más. Os voy a decir a quién debéis tener miedo: tened miedo a aquel que, además de quitar la vida, tiene poder para arrojar en el infierno. Sí, tenedle miedo a él.
¿No se venden cinco pajarillos por dos pequeñas monedas? Sin embargo, Dios no se olvida de ninguno de ellos. En cuanto a vosotros mismos, hasta los cabellos de la cabeza los tenéis contados uno por uno. Así que no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
(Lc 12,1-7)


Jesús nos pide que tengamos confianza total en Dios. Si durante nuestra vida intentamos siempre hacer el bien, entregarnos a los demás, especialmente a los más débiles...en una palabra, si intentamos AMAR, no debemos tener miedo alguno. Dios está con nosotros.

"¡Mira que tenemos pelos en la cabeza! De entrada, podríamos decir que son incontables o, como mínimo, muy difíciles de contar. Siempre está la excepción de los calvos, pero, siendo sinceros, calvos totales hay pocos y también es verdad que de todo tiene que haber en la viña del Señor. En cualquier caso, la comparación nos sirve perfectamente.
La comparación nos habla en primer lugar de la confianza infinita que tenía Jesús en su Padre del Cielo. Si éste no se olvida de los gorriones, que valen tan poco, cómo se va a olvi-dar de nosotros. ¡Hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados! Y, por supuesto, no hay comparación entre los gorriones y nosotros.
Dos veces se repite en el texto evangélico de hoy la frase “no tengáis miedo”. No tener miedo tiene una relación inmediata con la confianza. El que se siente seguro, el que no tiene miedo, es que confía. Algunos confían en sus propias fuerzas. Pero está demostrado que está confianza no puede ser nunca total. Nuestras fuerzas son limitadas y, a menudo, nos toca enfrentarnos con situaciones y conflictos que nos superan. Aquí hablamos de una con-fianza mayor, de una confianza que está depositada en el que esto todopoderoso y a la vez es padre de misericordia. Cuando nos ponemos en sus manos, entonces sí que nos sentimos seguros. Porque es Dios mismo el que está con nosotros.
Jesús supo llevar esa confianza hasta el final. Hasta el momento en que parecía que to-do, absolutamente todo, se ponía en su contra. Hasta gritar en la cruz primero “Dios mío, por qué me has abandonado” y luego, en el trance de la muerte, en la ceguera total, terminar su vida gritando: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.(Lc 23,46).
Pidamos al Señor que nos ayude a confiar hasta el final, a pesar de los pesares, a pesar de las apariencias. Y que así seamos capaces de superar el miedo que, a veces, nos ate-naza y nos impide seguir caminando y trabajando al servicio del Reino."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 15 de octubre de 2026

PACIENTE Y HUMILDE DE CORAZÓN

 


 Por aquel tiempo, Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce realmente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar. Aceptad el yugo que os impongo, y aprended de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontraréis descanso. Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros.
(Mt 11,25-30)

Jesús nos espera con los brazos abiertos. Él es paciente y humilde de corazón. Nosotros también debemos serlo si queremos comprender las cosas de Dios. sólo los sencillos pueden comprenderlas. 
Seguir a Jesús tiene sus dificultades. Pero Él no nos abandona nunca y hace que nuestros problemas se hagan ligeros. Él nos hace descansar en sus brazos.

"Hoy es la fiesta de santa Teresa de Jesús y el Evangelio, allá donde se lean las lecturas de la memoria, nos trae aquellas palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla…” Santa Teresa fue una mujer sencilla. Sencilla pe-ro con arranque y redaños. Paso un tiempo de su vida pensando cómo quería servir a Dios. Pero cuando llegó a una decisión, se lanzó, dejó atrás todo lo demás de la vida y puso rumbo a su norte. Con Jesús y por Jesús.
Siguió siendo una mujer sencilla. No tenía muchos estudios. Su conocimiento de Jesús era el de la experiencia diaria, el de la oración, el del encuentro con la Palabra. Y también el del encuentro con sus hermanas en la vida cotidiana. Quizá por eso terminó pensando aquello de que “entre los pucheros anda el Señor”, insinuando que no es lo más importante en la vida del cristiano el dedicarse muchas horas a la oración y el sacrificio. Que preparar la comida y limpiar y trabajar es también una forma de construir el reino y la fraternidad.
Teresa dedicó muchas horas a la oración, pero no se metió en una cueva. La aventura de fundar monasterios la llevó de aquí para allá. No dudó en lanzarse a los caminos. Era lo que entendía que tenía que hacer. Y lo hizo. Sin miedo. Sencilla pero valiente.
Sencilla pero valiente para enfrentarse a doctores y jerarquías de todo tipo. Llevaba en su corazón su fidelidad, su rectitud, su honestidad en seguimiento y escucha de Jesús.
Sencilla para darse cuenta de que el Evangelio es algo realmente sencillo. Sería bueno que hoy siguiésemos teniendo presente una de sus frases: “De devociones absurdas y san-tos amargados, líbranos, Señor.” Para recordarnos que sólo lo que contribuye a la fraternidad, al reino, a la justicia, es bueno. Y que Dios no quiere sacrificios absurdos para compensarse nadie sabe qué imaginarias ofensas. Como si rezar muchos rosarios de rodillas, por ejemplo, le compensase a Dios de algo. Lo que alegra a Dios, lo que es su voluntad, es que hermanos y hermanas vivan como tales.
Todo eso lo entendió y lo hizo vida Teresa de Ávila. Tanto que terminó llamándose Teresa de Jesús. Hoy todavía tenemos que seguir aprendiendo mucho de ella."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 14 de octubre de 2026

LA VERDADERA FE



 ¡Ay de vosotros, fariseos!, que separáis para Dios la décima parte de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, pero no hacéis caso de la justicia y el amor a Dios. Esto es lo que se debe hacer, sin dejar de hacer lo otro.
¡Ay de vosotros, fariseos!, que deseáis los asientos de honor en las sinagogas y ser saludados con todo respeto en la calle.
¡Ay de vosotros, que sois como esas tumbas ocultas a la vista, que la gente pisotea sin darse cuenta!
Uno de los maestros de la ley le contestó entonces:
– Maestro, al decir esto nos ofendes también a nosotros.
Pero Jesús dijo:
– ¡Ay también de vosotros, maestros de la ley!, que cargáis a los demás con cargas insoportables y vosotros ni siquiera con un dedo queréis tocarlas.
(Lc 11,42-46)

Para Jesús creer, cumplir, no es aparentar. Era lo que creían los fariseos y los maestros de la ley. Para Él lo importante es el Amor. Amor a Dios y al prójimo. Estar al lado de los más débiles. Entregarse a los demás. Nosotros, muchas veces, seguimos creyendo que se trata de cumplir normas y de creerlas tan importantes que no se pueden cambiar.

"El cambio que nos propone Jesús en la relación con Dios es tan radical que nos cuesta terminar de entenderlo y más todavía asimilarlo en nuestras vidas, en la forma concreta de comportarnos. La tendencia humana ha sido siempre la de relacionarnos con Dios a través de diversas formas de culto. La religión tenía así una dirección vertical. Adorar era levantar la mirada hacia lo alto. Y hacer todo lo posible para que Dios estuviese contento con noso-tros. Entonces venían los sacerdotes y entendidos que nos hablaban de las normas y leyes que había que cumplir. Desde visitar una vez al año tal santuario pasando por no comer de-terminados alimentos o rezar todos los días una serie de oraciones. Hasta se llegó al extremo, en algunas culturas, de ofrecer sacrificios de animales, y hasta de personas, para lograr el favor de Dios o, al menos, aplacar su ira (parece como si Dios estuviese siempre enfada-do con nosotros).
Jesús plantea las cosas de otra manera. Para empezar, no hay que mirar arriba porque es Dios el que se abaja y se pone a nuestra altura. Relacionarse con Dios ya tiene poco que ver con cumplir una serie de normas, elaboradas por los sacerdotes y especialistas, que fuesen la voluntad de Dios. Dios ya no está preocupado por si vamos ocho veces a la iglesia o rezamos tantas oraciones o no. Ahora su presencia ya no está en un edificio. Todo eso puede estar bien si nos lleva a lo fundamental: Dios se hace presente en el hermano. Y, de una manera especial, en el hermano o hermana pobre, marginado, separado, enfermo, abandonado. Ahí, en la cercanía con este hermano es donde se realiza de verdad la adora-ción a Dios. Si pagamos el diezmo, si hacemos las reverencias mandadas, etc. es muy poco importante.
Conclusión: los sacerdotes y entendidos deberían tener mucho cuidado en no dedicar su vida a elaborar normas y más normas sino en animarnos y activarnos a vivir la misericordia y la compasión con el hermano. Lo demás es perder el tiempo. Puede estar bien pero no deja de ser accesorio."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

martes, 13 de octubre de 2026

LA VERDADERA LIMPIEZA

 

 Cuando Jesús dejó de hablar, un fariseo le invitó a comer en su casa. Jesús entró y se sentó a la mesa. Y como el fariseo se extrañase al ver que no había cumplido con el rito de lavarse las manos antes de comer, el Señor le dijo:
– Vosotros los fariseos limpiáis por fuera el vaso y el plato, pero por dentro estáis llenos de lo que habéis obtenido mediante el robo y la maldad. ¡Necios!, ¿no sabéis que el que hizo lo de fuera hizo también lo de dentro? Dad vuestras limosnas de lo que está dentro y así todo quedará limpio.
(Lc 11,37-41)

La verdadera limpieza es la entrega. El Amor al más débil vale más que todas las ceremonias que podamos hacer. Hemos de limpiarnos por dentro. Eso sólo lo lograremos pidiendo perdón a Dios y entregándonos a los demás.

"Las formas son importantes. Las formas son cultura, son tradiciones, son respeto. Las formas determinan la forma de relacionarse las personas. Las formas, la educación, hacen que personas que piensan diferente, que tienen experiencias diferentes, que provienen de mundos diferentes y que sienten muy diferente, puedan hablar, dialogar y llegar a entenderse. Las formas son buenas y necesarias. La violencia, las guerras, son momentos en los que se pierden las formas y nunca han traído nada bueno ni han ayudado a mejorar la convivencia ni el entendimiento entre las personas.
Pero también hay veces en que las formas se convierten en expresiones hueras y vacías, hipocresía pura. Son puras formas, pero no hay nada detrás de ellas. No son expresión de una manera pacífica y dialogante de relacionarse. Son solo tradiciones sin sentido, que se convierten en obligaciones.
También las formas en nuestra relación con Dios se pueden terminar convirtiendo en formas vacías, sin contenido. Puede ser que entremos en una Iglesia y, por pura costumbre, tomemos un poco de agua bendita para hacer con ella la señal de la cruz en nuestro pecho. O que nos arrodillemos ante el sagrario. Pero tenemos la mente en otras cosas. Vamos a la iglesia y cumplimos con las formas. A veces hasta llegamos a pensar que nuestra relación con Dios es apenas una especie de comercio: yo cumplo con esas formas (voy a misa los domingos…) y a cambio Dios me concede su gracia, su salvación. De alguna manera lo de cumplir con esas formas es el precio que pago.
Pero la relación con Dios está basada en la gratuidad y en la autenticidad. No puede ser de otra manera. No vale, vamos al Evangelio, lavarse las manos y tener manchado el corazón. No vale saludar atentamente al hermano y dejar que por dentro nos corroa el odio y la ira. El profeta Jesús a veces no respeta las formas para recordarnos que las formas no son nada si no son expresión de lo que llevamos y vivimos en el corazón."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 12 de octubre de 2026

LOS SIGNOS DE DIOS

  


La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
– La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás.
(Lc 11,29-32)

En España y donde se celebra la Misa de Nuestra Señora del Pilar, el evangelio es el que ya comentamos el sábado. En el resto se celebra la Misa del lunes de la semana XXVIII del tiempo ordinario, que es el que os he propuesto hoy.
Pedimos signos a Dios y no sabemos ver que estamos rodeados de ellos. Jesús se refiere a su Resurrección. Pero nosotros, hoy, tenemos los signos de aquellas personas que dan su vida por los demás. Por aquellos que renuncian a sus cosas para entregar su tiempo a los más necesitados. Aquellos que aman en silencio aunque nadie se lo reconozca... ¿Qué más signos queremos?

"A vueltas siempre con lo de los signos. Y por signos solemos entender actuaciones espectaculares de Dios, grandes milagros, imposibles desde el punto de vista de la ciencia, pero que Dios puede hacer porque se puede saltar a la torera las leyes de la física que él mismo ha creado. ¡Para eso es Todopoderoso! Y ahí nos quedamos esperando que el sol se apague y se vuelva a encender o que llueva pero sin caer agua o que vengan las lluvias que llevan tiempo sin caer y que pueden salvar la cosecha. O, bajando a un nivel más cercano, que se cure el cáncer de mi familiar o que mi hijo encuentre trabajo o que la sentencia del tribunal sea favorable. Siempre intentando que Dios nos resuelva los problemas. Los pequeños y los grandes, los de la vida diaria y los del sentido de nuestra vida. Porque, si vemos a Dios que es capaz de parar el sol en el cielo, ya nos ahorramos todo eso de creer que tantas veces nos cuesta.
Pero la verdad es que nuestro Dios no es precisamente como le imaginamos en nuestras pobres mentes. Nuestro Dios, a saber por qué, prefiere los signos pequeños, casi escondidos. Son esos signos que hay que aguzar la vista y que hay que mirar con el corazón. Para ver lo que está oculto. Los signos que hace nuestro Dios no son invasivos. No arrasan. Simplemente están ahí, presentes, sin hacer mucho ruido. A veces hasta da la impresión de que no significan nada o que significan lo contrario.
Así hasta llegar a ver la presencia de Dios encarnado en el niño recién nacido en una cuadra sucia y maloliente. O en el hombre que recorre los caminos polvorientos de Palestina acercándose a los más pobres, a los enfermos, a los marginados, a los oficialmente pecadores. O en el crucificado, la negación de la vida, el signo de la exclusión total, el monumento a la muerte.
Hay que abrir los ojos y el corazón para ver no lo que queremos ver sino lo que está realmente ante nuestros ojos. Y a Dios, al Abbá de Jesús, no lo encontraremos en los grandes milagros sino en lo humilde y más pobre y abandonado de nuestro mundo."
(Ciudad Redonda)