miércoles, 21 de enero de 2026

LA VERDADERA LEY

 


Jesús entró otra vez en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía una mano tullida, y espiaban a Jesús para ver si lo sanaría en sábado y tener así algo de qué acusarle. Jesús dijo al hombre de la mano tullida:
– Levántate y ponte ahí en medio.
Luego preguntó a los demás:
– ¿Qué está permitido hacer en sábado: el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?
Ellos se quedaron callados. Jesús miró entonces con enojo a los que le rodeaban y, entristecido porque no querían entender, dijo a aquel hombre:
– Extiende la mano.
El hombre la extendió, y la mano le quedó sana. Pero los fariseos, en cuanto salieron, comenzaron junto con los del partido de Herodes a hacer planes para matar a Jesús.
(Mc 3,1-6)
Vemos otra vez a Jesús teniendo problemas por curar en sábado. Jesús sigue enseñándonos que el hombre está por encima de las normas y las leyes y que estas no tienen sentido si perjudican al hombre. La verdadera ley es ayudar y amar a todos los hombres.

“Levántate y ponte en medio” Pone en medio de la celebración litúrgica a aquel hombre que sufre. ¿Qué es más importantes: celebrar el culto o aliviar el sufrimiento de este hombre? Dios se alegra cunado en medio de la celebración están muy presente los que sufren, los que son olvidados, los que no cuentan.
Jesús quiere que aquella persona de la mano tullida pudiera vivir con toda su dignidad, sentirse curada, feliz. Coloca a las personas que han sido vulneradas en el centro de su corazón y nos desafía a nosotros a hacer lo mismo, a no dejar a nadie tirado en las cunetas de la soledad, la marginación, el aislamiento, el silencio.
Los fariseos eran incapaces de alegrarse por el bien de la persona curada; les molesta que Jesús fuera “dador de vida”. Aquí ya se comienza a maquinar la manera de eliminar al que estaba resultando cada vez más incómodo por los gestos y palabras que acompañaban su estilo de vida."
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

martes, 20 de enero de 2026

EL SÁBADO PARA EL HOMBRE

  


Un sábado pasaba Jesús entre los sembrados, y sus discípulos, según iban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le preguntaron:
– Oye, ¿por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido en sábado?
Él les dijo:
– ¿Nunca habéis leído lo que hizo David en una ocasión en que él y sus compañeros tuvieron necesidad y sintieron hambre? Siendo Abiatar sumo sacerdote, David entró en la casa de Dios y comió los panes consagrados, que solamente a los sacerdotes les estaba permitido comer. Además dio a los que iban con él.
Jesús añadió;
– El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del hombre tiene autoridad también sobre el sábado.
(Mc 2,23-28)

"Santificar las fiestas" lo hemos interpretado siempre con la obligación de ir a misa. Pero hemos olvidado que las fiestas también se santifican visitando a los enfermos, ayudando al necesitado, dedicando a la familia el tiempo que no dedicamos durante la semana. En pocas palabras: amando. Dedicando el tiempo a ayudar a los demás. Y esto lo hemos de hacer todos los días, proque todos los dias son Fiesta.

"Para Jesús lo importante no es la “Religión”, los ritos, las normas, el culto, sino el bien de la persona. A unos esto les desconcertó y escandalizó y a otros – pobres, desvalidos, pecadores – les despierta la esperanza, lea ayuda a vivir y a levantar la cabeza.
La “religiosidad de las normas” nos da seguridad, pero está lejos del Espíritu de Jesús que quiere que sus amigos no son sean perfectos cumplidores sino humildes seguidores, auténticos. Jesús quiere reconducir todo hacia Dios.
Para Jesús el bien de la persona está por encima de toda tradición, ley, institución y tiene que favorecer el caminar hacia la plenitud del hombre, no a la exclusión.
Jesús manifiesta cómo el Dios a quien el sábado está dedicado es un Dios compasivo y misericordioso. Dios no necesita hacernos sufrir ni imponernos leyes. Quiere hacernos el bien. Si queremos actuar como Jesús, no podemos dedicarnos a perseguir a los demás. “No nos cansemos de hacer el bien”.
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 19 de enero de 2026

JESÚS ES ALEGRÍA

  


En una ocasión estaban ayunando los seguidores de Juan el Bautista y los de los fariseos. Algunas personas fueron a Jesús y le preguntaron:
– Los seguidores de Juan y los de los fariseos ayunan: ¿por qué no ayunan tus discípulos?
Jesús les contestó:
– ¿Acaso pueden ayunar los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Mientras está presente el novio, no pueden ayunar. Pero vendrá el momento en que se lleven al novio; entonces, cuando llegue ese día, ayunarán.
“Nadie remienda un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porque lo nuevo encoge y tira del vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo hace que revienten los odres y que se pierdan tanto el vino como los odres. Por eso hay que echar el vino nuevo en odres nuevos.”
(Mc 2,18-22)

Los fariseos ayunaban, pero no reconocían a Jesús. Nos puede ocurrir también a nosotros, que hagamos mucha penitencia, asistamos a muchas ceremonias, y olvidemos lo esencial: amar y seguir a Jesús.
Santa Teresa decía que un santo triste es un triste santo. Si estamos con Jesús, "el novio", no podemos estar tristes. Además, debemos transmitir esa alegría a los demás.
 
"Jesús es el “novio”, el esposo, en él se cumple lo anunciado por los profetas. Él es el “vino nuevo” que alegra el corazón y anima el Espíritu. Pide a sus seguidores vivir con “un corazón nuevo”, “nacer de nuevo”.
No basta corregir algún defecto, tampoco conformarse con hacer pequeños cambios. Jesús no le ve sentido al ayuno cuando sus discípulos deben disfrutar de su presencia y celebrarla. No es el hombre para el ayuno, sino el ayuno para el hombre. “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”.
El hombre nuevo se abra paso. No hay lugar para penitencias y ayunos. Llegará el ayuno cuando el “novio” sea crucificado. Ese ayuno sí tendrá sentido.
Preguntémonos si estamos dispuestos a beber ese vino de Jesús que transforma pero que debe ser vertido en “odres nuevos” o preferimos los remiendos y no permitimos dejar su novedad, su alegría.
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 18 de enero de 2026

EL CORDERO DE DIOS

 



Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Mirad, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo.’ Yo mismo no sabía quién era él, pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel le conozca.”
Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre él. Yo aún no sabía quién era él, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo.’ Lo he visto y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios.
(Jn 1,29-34)

"Aunque estamos en el ciclo “A”, leyendo el Evangelio de Mateo, algunos domingos escuchamos extractos del Evangelio de Juan. Digamos que miramos al mismo Jesús desde distintos puntos de vista.
Sería muy poco, o por lo menos incompleto, quedarnos con el hombre – Dios o en el Dios – hombre de Belén. Jesús no solamente es un líder destacado para gran parte de la humanidad ni, como algunos otros pretenden, sólo la bandera de ese gran ideal que el mundo, por sí mismo, es incapaz de alcanzar: Jesús es Salvador de todo aquel que acepta su Palabra, su Gracia. No es suficiente observar a Jesús con ojos humanos. Como nos enseñó san Juan Bautista. es necesario, si no queremos quedarnos a mitad de camino, contemplarlo desde la fe, ya que viene a salvarnos cargando con la fragilidad de todos.
El relato de hoy continúa la historia de la semana pasada, el Bautismo del Señor. Nos traslada al rio Jordán. Juan Bautista representa admirablemente la mirada de la fe: «Yo no le conocía, pero el Padre me dijo…» Es Dios Padre el que nos da ojos nuevos para poder ver en Jesús al Dios vivo, al Salvador, al que viene a librarme del mal, de la angustia, del pecado, del dolor.
Precisamente lo que pretende la palabra proclamada en la Misa de estos domingos del tiempo ordinario es esto: empujarte a la aventura personal de convertirte en discípulo de Jesús. Y para comenzar a serlo, lo primero es acercarte a la persona de Jesús. Elimina tus ideas preestablecidas de Iglesia, de Dios, de fe, de Jesús… acércate limpio para que puedas entender cómo es Él, quién es Él…Ponte a su lado. Detente a mirarle. Dedícale tiempo. Puedes hacerlo en el silencio de una Iglesia o de tu misma casa. Allá está Él.
Por eso, me parece que tenemos mucha suerte. En primer lugar, por tener una Iglesia que es, por su gran tradición, muy sabia. Es consciente de que, muchas veces, nos cuesta caer en la cuenta de lo que tenemos delante, porque hay muchas luces que nos impiden ver la Luz verdadera, la luz de Cristo. Por eso, creo yo, nos propone hoy estas lecturas. Quizá no recordemos que el domingo pasado, nos encontrábamos con el Bautismo de Jesús. Por si acaso, el Evangelio de Juan alude a ese episodio, y nos lo dice bien claro: «he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él.» Juan no deja espacio para la duda. «Éste es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.»
Dentro de poco, antes de la comunión, repetiremos estas palabras, y el presidente dirá que los llamados a comer el cuerpo de Cristo somos dichosos. Es decir, que deberíamos estar alegres de verdad, porque podemos tener a todo un Dios en nuestra mano, en nuestra boca, y llegar a ser uno con él. El Cordero de Dios se entrega por nosotros, y nos permite dejar atrás la distancia que, por el pecado nos separó de Dios. Basta con estar atento, y reconocer su Luz. Podemos hacerlo, como lo hizo Juan. Tenemos una gran suerte.
En segundo lugar, tenemos suerte por ser miembros de un pueblo santo. No estamos solos en el camino. Pablo saluda a su comunidad de Corinto con esas palabras, y añade un matiz que me parece importante: «a todos los demás que en cualquier lugar invocan su nombre.» No somos un grupo cerrado, volcado sobre nosotros mismos, sino que, como el mismo Pablo, estamos llamados a ser apóstoles de Jesucristo. Hoy no podemos ver al mismo Jesús andando por la calle, entre nosotros, pero tenemos la suerte de poder continuar el trabajo de Pablo. Podemos recordar a los hombres que vivir en cristiano merece la pena. A lo mejor, de palabra. Pero, sobre todo, de obra.
En tercer lugar, por tener un Dios que nos ha elegido desde siempre. Es un fiel compañero de camino. Podemos sentirnos más o menos alejados, más o menos cerca de Él; pero siempre recibimos sus mensajes. Cada día, podemos percibir gestos de esperanza. A lo mejor se trata de unos misioneros, que prefieren permanecer con los más pobres en medio de un conflicto armado; puede ser un joven que pierde el tiempo acompañando a Misa a un anciano, o un hijo que visita a su madre enferma. Cada semana, la Liturgia de la Palabra nos trae una carta de Dios dirigida a cada uno de nosotros. Sin retrasos, sin que nunca se pierda y sin que haya que pagar tasa alguna por sobrepeso. Porque es una carta ligera, llevadera, adecuada a nuestro entendimiento y capacidad. El Dios fiel de Jesús nos escribe siempre, aunque a veces nosotros no le contestemos.
Isaías también recibió esa carta de Dios. Nos ha presentado un mensaje. Él fue elegido desde el vientre materno, para una tarea concreta. En Dios encuentra su fuerza, para ser la luz del mundo y reunir a las naciones. Cuando se escribe este texto, Israel sufre el destierro en Babilonia. No ve claro su futuro. Pero Dios va con ellos. Nosotros podemos ser como Isaías. También el Señor nos eligió desde antes de nacer, también nosotros vivimos en un mundo que no es fácil, pero tenemos la suerte de contar con el apoyo de Dios. Si queremos leer la carta que Dios nos envía en cada momento, y respondemos con una vida más comprometida, podemos arrojar algo de luz en nuestro entorno. (...)"

sábado, 17 de enero de 2026

AMAR A LOS "ENFERMOS"




 Después fue Jesús otra vez a la orilla del lago. La gente se acercaba a él, y él les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, hijo de Alfeo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo:
– Sígueme.
Leví se levantó y le siguió.
Sucedió que Jesús estaba comiendo en casa de Leví, y muchos cobradores de impuestos y otra gente de mala fama estaban también sentados a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Unos maestros de la ley pertenecientes al partido fariseo, al ver que Jesús comía con todos ellos, preguntaron a los discípulos:
– ¿Cómo es que vuestro Maestro come con los cobradores de impuestos y con los pecadores?
Jesús los oyó y les dijo:
– No necesitan médico los que gozan de buena salud, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

Nosotros juzgamos por las apariencias. Jesús ve el interior de las personas. El nos llama porque nos conoce y nos ama. Además nos dice que debemos "comer" con los que están "enfermos", con aquellos que necesitan Amor, no sólo con aquellos que nos caen bien. Los que nos dedicamos a la educación, debemos emplear más tiempo, amar más, a aquellos alumnos que consideramos peores. Son ellos los que más nos necesitan.

"El enfermo de ayer era, sobre todo, un enfermo físico; aunque también necesitara del perdón, era patente su postración corporal. Leví es, sin embargo, un enfermo moral. No es que recaudar impuestos sea algo de por sí inmoral. Pero, por un lado, aquel por cuyas manos pasan grandes cantidades de dinero ajeno, está fuertemente tentado de aprovecharse sin que se note mucho. La corrupción económica es una posibilidad más que real. Además, en tiempos de Jesús los publicanos eran colaboracionistas con el poder romano, para el que recaudaban los impuestos. Así que eran odiados por partida doble: impuros por su trato con los gentiles, e inmorales por aprovechados, extorsionadores y tramposos. La acción de Jesús de acercarse y llamar a gentes de la peor calaña indica que nadie es malo por definición, y que no hay mal o pecado del que no sea posible arrepentirse. Y esto significa que Dios no pierde la esperanza ni deja de creer en nosotros.
La elección por parte de Dios tiene algo de misterioso. Da la impresión de que elige a los mejores, como podría parecer en el caso de Saúl. Pero Jesús se acerca a los que eran considerados peores, como en el caso de Leví. En realidad, Dios llama a todos, dirigiéndose al fondo de bondad que hay en cada uno, con la esperanza de una respuesta positiva. Saúl fue elegido porque sobresalía en aspecto, valor y méritos: “Saúl era joven y buen mozo, no podría haberse encontrado un hombre más hermoso en Israel: era más alto que todos los demás por una cabeza” (1 Sam 9, 2), pero no respondió con fidelidad y acabó defraudando esa esperanza. Leví fue llamado, pese a su condición pecadora, y respondió con prontitud y fidelidad.
En este comienzo del tiempo ordinario, Jesús se acerca a cada uno de nosotros y nos llama, sin importar nuestros méritos o nuestros pecados, pero somos nosotros los que tenemos que responder, ayudados por su gracia, arrepintiéndonos de nuestros pecados, cambiando de vida, siguiendo a Jesús y poniéndonos al servicio del Reino de Dios, de la causa del Evangelio. No se trata de una utopía deseable pero irrealizable en la práctica. Los santos nos ayudan a comprender que el ideal evangélico es posible encarnarlo en nuestra vida. Hoy la Iglesia nos propone el ejemplo de san Antonio Abad, uno de los padres del monacato cristiano."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 16 de enero de 2026

JESÚS NOS PERDONA Y NOS LEVANTA

 
Algunos días después volvió Jesús a entrar en Cafarnaún. Al saber que estaba en casa, se juntaron tantos que ni siquiera cabían frente a la puerta, y él les anunciaba el mensaje. Entonces, entre cuatro, le llevaron un paralítico. Pero como había mucha gente y no podían llegar hasta Jesús, quitaron parte del techo encima de donde él estaba, y por la abertura bajaron en una camilla al enfermo. Cuando Jesús vio la fe que tenían, dijo al enfermo:
– Hijo mío, tus pecados quedan perdonados.
Algunos maestros de la ley que estaban allí sentados pensaron: “¿Cómo se atreve este a hablar así? Sus palabras son una ofensa contra Dios. Nadie puede perdonar pecados, sino solamente Dios.” Pero Jesús se dio cuenta en seguida de lo que estaban pensando y les preguntó:
– ¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: 'Tus pecados quedan perdonados' o decirle: 'Levántate, toma tu camilla y anda'? Pues voy a demostraros que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados.
Entonces dijo al paralítico:
– A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
El enfermo se levantó en el acto, y tomando su camilla salió de allí a la vista de todos. Así que todos se admiraron y alabaron a Dios diciendo:
– Nunca habíamos visto nada semejante.
(Mc 2,1-12)

Jesús nos perdona antes de hacernos andar; porque son nuestros pecados, nuestros defectos los que nos paralizan. Son ellos los que hacen que no podamos hacer el bien. Son ellos los que eliminan el Amor de nuestro corazón y de nuestros actos. Cada día debemos pedir perdón a Dios y darle gracias. Esto llenará de Amor nuestro corazón y nos permitirá levantarnos y hacer el bien a los demás, es decir, amarlos.

(...) "Jesús no funda un régimen político, sino una familia, la de los hijos de Dios.
Pero esto, ¿no es caer, como muchos piensan de la actitud religiosa, en un infantilismo que nos impide alcanzar la verdadera autonomía y la madurez? Si dejamos a un lado los prejuicios y las simplezas en la comprensión de la fe cristiana y miramos al modo de actuar de Jesús, comprenderemos que no es así en absoluto. Lo que más no esclaviza está dentro de nosotros mismos y es el pecado. Y Jesús nos libera perdonándonos. Pero es que, además, si estamos postrados por cualquier motivo, no nos exhorta a la resignación y la pasividad, sino que, al contrario, nos llama a ponernos en pie y a caminar por nosotros mismos, es decir, a ser autónomos. Es curioso que hoy Jesús le diga al paralítico que se ponga en pie, que tome su camilla y se marcha a casa. ¿Para qué quería ya la camilla? Por un lado, la camilla es el signo de la verdadera libertad, que es responsabilidad, y no deja de tener un peso. Pero, como Dios nos llama a la libertad para el bien, es también pensable que, así como hombres compasivos y llenos de fe llevaron al enfermo hasta Jesús, este le estaba indicando que, con la camilla en la que había estado postrado, hiciera él otro tanto."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 15 de enero de 2026

JESÚS NOS "LIMPIA" DE NUESTROA MALES

 


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
(Mc 1,40-45)

Jesús no quiere nuestros males y desgracias. Echamos la culpa a Dios de las cosas que nos suceden y no vemos que las provocamos nosotros mismos con nuestro egoísmo y mal comportamiento.
Jesús, con su Amor, nos libera del mal. Nosotros, con nuestro Amor, debemos contribuir a lograr una sociedad mejor, más justa para todos.

" (...) La voluntad de Dios es una voluntad de bien y de vida, y no podemos atribuirle los males que nos suceden. Eso hiere la imagen verdadera de Dios, la que nos transmite Jesús, que es la de un Padre que se preocupa por sus hijos. Y Jesús, el Hijo de Dios, es parecido a su Padre y pasa por nuestro mundo haciendo el bien. Lo vemos hoy en la acción curativa del leproso, inspirada en la lástima que sintió por él.
Pero al curar nuestras lepras y purificarnos de nuestros pecados, Jesús también nos enseña quién es Dios, y corrige la imagen deformada que tenemos de Él. Y no deja de sentirse ofendido cuando pensamos que Dios nos envía desgracias, en forma de lepras o de derrotas militares. De hecho, los manuscritos más antiguos de este texto no dicen que Jesús “sintió lástima”, sino que “se encolerizó”, porque en la petición del leproso latía la idea de que su lepra era un castigo de Dios por alguna impureza, de la que le pedía que lo limpiase. Jesús, que se enfadó por esa imagen del Dios castigador y, al mismo tiempo, sintió lástima del hombre enfermo de lepra y de esa falsa idea de Dios, lo tocó, para decirle que no era su lepra la que transmitía impureza, sino la mano que lo tocaba la que le contagiaba la gracia y la salvación. Y luego, con severidad, lo envía a hacer la ofrenda al sacerdote, “para que conste”, es decir, como testimonio contra él. Porque esa imagen de Dios es la que enseñan a veces los que se tienen por especialistas en las cosas de Dios.
El evangelio de hoy es una dura advertencia para los responsables religiosos, que pueden (podemos) estar enseñando una imagen de Dios que no es la que nos transmite Jesús. El Dios Padre de Jesucristo no es ni el talismán mágico de nuestros problemas, ni el juez castigador de nuestros pecados, sino el Padre que nos llama a responder con libertad y responsabilidad, por medio de las obras del amor, al amor incondicional que Él nos ha dado en plenitud en su Hijo."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)