miércoles, 25 de marzo de 2026

HÁGASE

  


A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a visitar a una joven virgen llamada María que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró donde ella estaba, y le dijo:
– ¡Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo.
Cuando vio al ángel, se sorprendió de sus palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo:
– María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo: y Dios el Señor lo hará rey, como a su antepasado David, y reinará por siempre en la nación de Israel. Su reinado no tendrá fin.
María preguntó al ángel:
– ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?
El ángel le contestó:
– El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.
Entonces María dijo:
– Soy la esclava del Señor. ¡Que Dios haga conmigo como me has dicho!
Con esto, el ángel se fue.
(Lc 1,26-38)

Hágase. Esta es la respuesta de María, su sí a los designios de Dios. Esa debe ser nuestra respuesta; pero sólo puede darse desde la sencillez, desde la humildad. Como hizo María. De ese hágase dependió nuestra salvación. Nunca podremos agradecérselo totalmente.

"Hoy la Iglesia celebra la Encarnación. Lo que C. Lewis denomina “el Gran Milagro” en su obra “Los milagros”. Este autor lo expresa así: En la Encarnación, todo lo que es inmenso y lejano se condensa en un punto, como si toda la luz de un sol infinito se concentrara en la punta de un alfiler para entrar en el seno de una doncella.
El Dios Creador Eterno que dispuso el espacio y el tiempo físicos en los que existe la vida, nuestra vida de criaturas, entró en esas coordenadas a través de un ser humano concreto, sin dejar de ser Dios. Y no se trata una “disminución” de su divinidad sino una concentración máxima de poder y amor en la humildad de lo finito.
Nosotros solemos asociar poderoso, importante y grande. Pero aquí se da la paradoja: esa lógica se invierte. El poder de Dios se hace tan denso que puede habitar en el seno de una doncella, en un tiempo y en un espacio concretos, el punto exacto donde la eternidad toca la historia.
La doncella elegida sabe lo ocurrido. Lo sabe perfectamente y lo cuenta así en el cántico que ha transmitido Lucas y que se recita con frecuencia en la Liturgia católica: Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humildad de su esclava…
San Buenaventura escribió mucho sobre este misterio central de la vida de la Iglesia y, en toda su obra subraya con énfasis que comprenderlo solo es posible para los humildes porque la soberbia actúa como una «ceguera espiritual» que bloquea el acceso a la verdad divina. El misterio de la Encarnación es el acto supremo de humildad divina: Dios se hace “pequeño” y vulnerable.
Una mente inflada por la soberbia busca la grandeza propia y no puede sintonizar con un Dios que elige la fragilidad humana para salvar al mundo. Sencillamente se cierra a la comprensión porque está llena de “si misma” y no puede reconocer que cualquier bien en cada ser humano es un don y no un mérito propio. Como en María, nuestro corazón humilde puede ser también un cántico de alabanza lleno de alegría."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 24 de marzo de 2026

¿QUIÉN ES JESÚS?

  


Jesús les volvió a decir:
– Yo me voy, y vosotros me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado. A donde yo voy vosotros no podéis ir.
Los judíos decían:
– ¿Acaso estará pensando en matarse y por eso dice que no podemos ir a donde él va?
Jesús añadió:
– Vosotros sois de aquí abajo, pero yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, pero yo no soy de este mundo. Por eso os he dicho que moriréis en vuestros pecados: porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.
Entonces le preguntaron:
– ¿Quién eres tú?
Jesús les respondió:
– En primer lugar, ¿por qué he de hablar con vosotros? Tengo mucho que decir y juzgar de vosotros; pero el que me ha enviado dice la verdad, y lo que yo digo al mundo es lo mismo que le he oído decir a él.
Pero ellos no entendieron que les hablaba del Padre. Por eso les dijo:
– Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, reconoceréis que yo soy y que no hago nada por mi propia cuenta. Solamente digo lo que el Padre me ha enseñado. El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que le agrada.
Al decir Jesús estas cosas, muchos creyeron en él.
(Jn 8, 21-30)

¿Sabemos realmente quién es Jesús? Jesús se presenta como el Hijo y es el único que puede explicarnos quién es el Padre. A lo largo de todo el Evangelio nos hace reconocerlo en el otro, en el pobre, en el perseguido, en el enfermo, en el que sufre...Jesús lo firma todo esto siendo "levantado", es decir, con su donación total en la cruz. ¿Creemos realmente en Él?

" (...) El Hijo del hombre que, en el texto evangélico, será levantado en alto, es salvación pero solo para los que han entendido lo que significa “Yo soy”. Los que han reconocido la verdad y la han aceptado. Según este texto, muchos.
En aquel contexto esa expresión es inequívoca: remite a la pregunta de Moisés cuando Dios le envía a liberar a los israelitas del yugo del faraón. La respuesta es “Yo soy el que soy”. Es decir, el ser por sí mismo, la existencia misma, inmutable y eterna, fuente de toda realidad.
Jesús afirma su ser divino, así son las cosas. Muchos creyeron en él, escribe Juan. Sabemos, a pocos días de celebrar el triduo pascual, que esa afirmación también fue equivalente a una condena por blasfemia: Jesús será apresado y llevado a juicio. Y nosotros, muchos bautizados, los que hemos recibido una tradición y una cultura impregnada de creencias y valores cristianos, ¿creemos firmemente que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre?
En Él está la salvación. Quién lo contempla levantado en la Cruz y cree en Él, tendrá vida eterna. Cuando en el Credo decimos “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación […] padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, estamos afirmando que Dios ha escuchado nuestro clamor de cautivos y nos ha librado de la muerte eterna por nuestra fe en Jesucristo, su Hijo.
Una propuesta sencilla: recitar las palabras del Credo con alegría y confianza."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 23 de marzo de 2026

LA PRIMERA PIEDRA

 




Pero Jesús se dirigió al monte de los Olivos, y al día siguiente, al amanecer, volvió al templo. La gente se le acercó, y él, sentándose, comenzó a enseñarles.
Los maestros de la ley y los fariseos llevaron entonces a una mujer que había sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes y dijeron a Jesús:
– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. En nuestra ley, Moisés ordena matar a pedradas a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?
Preguntaron esto para ponerle a prueba y tener algo de qué acusarle, pero Jesús se inclinó y se puso a escribir en la tierra con el dedo. Luego, como seguían preguntándole, se enderezó y les respondió:
– El que de vosotros esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.
Volvió a inclinarse y siguió escribiendo en la tierra. Al oir esto, uno tras otro fueron saliendo, empezando por los más viejos. Cuando Jesús se encontró solo con la mujer, que se había quedado allí, se enderezó y le preguntó:
– Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
Contestó ella:
– Ninguno, Señor.
Jesús le dijo:
– Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar.

Nos es fácil juzgar a los demás. En aquellos tiempos, la injustícia era aún menor. Van a apedrear a la mejor. Nadie juzga al hombre que es tan culpable como ella. Jesús siempre perdona, pero nos pide que intentemos no volver a caer. Nosotros también debemos perdonar siempre si queremos seguirlo.

" (...) En la lectura del Evangelio es Jesús quien rescata a una mujer pero, a diferencia de Susana, esta sí es culpable: fue atrapada en flagrante delito. (Se echa de menos que del cómplice no haya noticia; parece que la ley “no cometerás adulterio” solo se hacía efectiva en la mujer…). Como quiera que fuese, cuando los acusadores van a ejecutar la sentencia se encuentran con Jesús y le preguntan si está de acuerdo con lo que se disponen a llevar a cabo.
Las palabras del Maestro han quedado para la posteridad como máxima moral no solo para los cristianos, sino para toda la humanidad y para todos los tiempos. Porque así es la condición humana: con demasiada frecuencia nos creemos con derecho a juzgar e incluso a condenar y Jesús nos plantea una cuestión de la que es imposible salir airoso: ¿Estás libre de pecado? Ni los santos más santos, aquellos de quienes se dijo que practicaron las virtudes en “grado heroico” dejaron de reconocer sus faltas y de pedir perdón.
Por lógica el único que puede tirar la piedra es Jesús que queda solo con la mujer. Como cuenta el relato, los varones fueron abandonando la escena empezando por los más ancianos. Jesús y la pecadora quedan solos. -¿Nadie te ha condenado? -Nadie, Señor -Tampoco yo te condeno, vete y no peques más. Un diálogo escuetísimo que cambia la vida de la pecadora.
Nada se nos dice sobre un cambio, un arrepentimiento, un propósito de la enmienda. Pero lo damos por hecho: salvada de una muerte cierta y vergonzosa, puede ponerse en pie y caminar libremente. Sólo un programa de vida: “Tampoco yo te condeno, vete y no peques más”. El mismo de cualquier cristiano. No sabemos si la mujer no volvió a caer, sí sabemos que esperamos oir estas palabras… una y otra vez. ¡Lo grande es que Jesús mantiene su palabra! Y que la firme fe en Aquel que nos rescata, nos permite levantarnos y avanzar, aun tropezando, en el camino del amor que salva…"
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 22 de marzo de 2026

JESÚS ES RESURRECCIÓN Y VIDA

 


 Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo. Era natural de Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. Esta María, hermana de Lázaro, fue la que derramó perfume sobre los pies del Señor y los secó con sus cabellos. Así que las dos hermanas enviaron a decir a Jesús:
– Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús dijo al oirlo:
– Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios y también la gloria del Hijo de Dios.
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro; sin embargo, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos:
– Vamos otra vez a Judea.
Los discípulos le contestaron:
– Maestro, hace poco los judíos de esa región trataron de matarte a pedradas, ¿y otra vez quieres ir allá?
Jesús les dijo:
– ¿No es cierto que el día tiene doce horas? Pues bien, si uno anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche tropieza, porque le falta la luz.
Después añadió:
– Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarle.
Los discípulos le dijeron:
– Señor, si se ha dormido es señal de que va a sanar.
Pero lo que Jesús decía era que Lázaro había muerto, mientras que los discípulos pensaban que se había referido al sueño natural. Entonces Jesús les habló claramente:
– Lázaro ha muerto. Y me alegro de no haber estado allí, porque así es mejor para vosotros, para que creáis. Pero vayamos a verle.
Tomás, al que llamaban el Gemelo, dijo a los otros discípulos:
– Vayamos también nosotros, para morir con él.
Jesús, al llegar, se encontró con que ya hacía cuatro días que habían sepultado a Lázaro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirle; pero María se quedó en la casa. Marta dijo a Jesús:
– Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora yo sé que Dios te dará cuanto le pidas.
Jesús le contestó:
– Tu hermano volverá a vivir.
Marta le dijo:
– Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último.
Jesús le dijo entonces:
– Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno que esté vivo y crea en mí morirá jamás. ¿Crees esto?
Ella le dijo:
– Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Después de esto, Marta fue a llamar a su hermana María y le dijo en secreto:
– El Maestro está aquí y te llama.
En cuanto María lo oyó, se levantó y fue a ver a Jesús; pero Jesús no había entrado aún en el pueblo, sino que permanecía en el lugar donde Marta había ido a encontrarle. Al ver que María se levantaba y salía de prisa, los judíos que habían ido a consolarla a la casa, la siguieron pensando que iba al sepulcro a llorar.
Cuando María llegó a donde estaba Jesús, se puso de rodillas a sus pies, diciendo:
– Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se sintió profundamente triste y conmovido, y les preguntó:
– ¿Dónde lo habéis sepultado?
Le dijeron:
– Señor, ven a verlo.
Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces:
– ¡Mirad cuánto le quería!
Pero algunos decían:
– Este, que dio la vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriese?
Jesús, otra vez muy conmovido, se acercó al sepulcro. Era una cueva que tenía la entrada tapada con una piedra. Jesús dijo:
– Quitad la piedra.
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
– Señor, seguramente huele mal, porque hace cuatro días que murió.
Jesús le contestó:
– ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo:
– Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero digo esto por el bien de los que están aquí, para que crean que tú me has enviado.
Habiendo hablado así, gritó con voz fuerte:
– ¡Lázaro, sal de ahí!
Y el muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas y envuelta la cara en un lienzo. Jesús les dijo:
– Desatadlo y dejadle ir.
Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María.
(Jn 11,1-45)

"Este tiempo de Cuaresma nos ha ido introduciendo en el conocimiento de Jesús. Lo hemos visto tentado, y saliendo vencedor de la tentación; lo hemos visto revestido de gloria, y hemos oído el testimonio del Padre que lo revela como su hijo amado; lo hemos visto como un aguador singular que nos trae el agua viva, la única que puede calmar nuestra sed; lo hemos visto como el portador de la luz, como la luz del mundo que rasga nuestras tinieblas, que abre nuestros ojos. Hoy se revela una dimensión más profunda de su persona.
Ya en el episodio del ciego de nacimiento se anunciaba en cierto modo esta otra escena. El joven ciego tenía la muerte localizada en las pupilas: no estaban simplemente enfermas; estaban lisa y llanamente muertas. Y Jesús las unta con barro y manda al joven que cumpla una pequeña rúbrica: lavarse en la piscina del enviado. Y así le nace la vista, así le «resucita» la vista. Es una resurrección localizada, limitada. Pero Lázaro tenía la muerte desparramada por todo su ser. Y hacía falta una resurrección general, de todo su ser.
Cuando confesamos que Jesús es Señor, ¿qué queremos decir? Entre otras cosas, ésta: que tiene poder sobre la muerte, que manda donde manda la muerte, que su señorío llega hasta esa frontera última de la muerte. Sí, el Señor se nos revela aquí de forma suprema: es el saqueador de tumbas. Si la última obra de corporal de misericordia que nos proponía el catecismo era la de enterrar a los muertos, ahora conocemos cuál es la última obra corporal de la misericordia de Dios: desenterrar a los muertos, ser ladrón de tumbas.
El camino de Cuaresma no nos ha invitado sólo a un conocimiento teórico, meramente nocional, del Señor. Nos ha invitado a un conocimiento real, a una relación real, a la relación de fe. Hoy nos lo dice la palabra misma de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá». ¿Cómo vivir la fe? ¿Cómo ejercer la fe en relación con Él? Creer es ser discípulos suyos, que acogen su palabra y su mandamiento; es reconocerlo como el rostro de Dios, como la manifestación del amor de Dios; es descansar en Él nuestra vida; es vivir adheridos a Él, como las ramas al árbol, dejando que su vida fluya hacia nosotros y nos haga florecer y dar fruto, porque sin Él no podemos hacer nada, no podemos ser nada.
Importa insistir en esto, porque ahí es donde todo el misterio y toda la verdad de Jesús se nos revelan. La revivificación de Lázaro es un signo. A través de este signo se nos da a conocer quién es Jesús para nosotros. También de Eliseo se nos cuenta en la Escritura que resucitó a un niño. Y otra historia parecida se narra del apóstol Pablo. Pero Eliseo y Pablo eran hombres de Dios, un profeta de Yahvé y un apóstol de Jesucristo: nada menos y nada más. Jesús es mucho más: es la resurrección y la vida. En ningún otro podemos encontrarla. Por eso nuestra relación para con Él es una relación de fe, una relación de comunión en la que nuestro ser se afianza y nuestra vida vence su precariedad, su condición caduca. Esa relación nos hace participar en el ser mismo de Dios. Jesús es la Vida de nuestra vida.
El camino de Cuaresma nos ha querido introducir también en la vida de oración. Hoy aprendemos una forma de orar muy sencilla. Las hermanas de Lázaro mandan recado a Jesús. Le dicen sencillamente: «tu amigo está enfermo». Está dicho todo. Él necesita pocas palabras. Basta que nos salgan de dentro. Podemos sentir que el Señor nos da la callada por respuesta, como pudieron pensarlo también Marta y María. Sigamos descansando en Él nuestra confianza, no nos encerremos en el desengaño, en la amargura, en el resentimiento. No lo repudiemos, ni en secreto ni en público. No lo eliminemos de nuestra vida como una palabra vacía, inútil. Dejemos que corra de su cuenta el momento en que responda a nuestras preguntas, a nuestras peticiones. El calendario de nuestras vidas está en las manos de Dios. Que sea Él quien fije las fechas.
Jesús mismo se revela ante nosotros como orante en presencia del Padre. Su palabra manifiesta la comunión y la confianza que tiene ante el Padre. Antes de que se haya cumplido el signo, Jesús dice: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre». Es que orar, en el fondo, no es otra cosa que disponernos a recibir lo que Dios espontáneamente nos quiere dar. El Padre lo escucha siempre, también ahora, en su condición gloriosa, en la que intercede continuamente por nosotros ante Él. El Padre nos escucha si oramos en Él, desde Él, con Él.
Quisiera prestar atención al llanto de Jesús. El cristiano no debe dudar de que la muerte es el nacimiento a una nueva vida, pero, cuando un amigo o un pariente se va, es inevitable llorar. Sabemos que la muerte no es el final del camino, que nuestro ser querido está ya con Dios, libre de todas las ataduras terrenales, pero estamos tristes por la separación temporal.
Pero hay dos tipos de llanto. Uno es el que no tiene fin, desconsolado, porque la persona que llora cree que no hay nada más después de la muerte. Que todo se acaba aquí. El segundo es la manera en que Jesús llora ante la tumba de Lázaro. El primero es un llanto de desesperación, como solían hacer las plañideras en su momento. El segundo es un llanto sereno, digno, que sabe que espera consuelo. Éste es el llanto cristiano.
Cuando Jesús ha expresado sus emociones, pide que retiren la piedra. Es una orden que se dirige a la comunidad y a todos los que piensan el mundo de los vivos está separado del de los muertos, sin comunicación posible. El que cree en el Hijo de Dios Resucitado sabe que todos están vivos, pero de forma diferente. Todas las barreras han sido retiradas en la Pascua, para que pasemos de un mundo al otro sin morir. La oración que Jesús dirige al Padre es la petición de luz para la gente que lo rodea. Pide que todos puedan comprender el significado profundo del signo que está a punto de realizar, y que lleguen a creer en Él, en el Señor de la Vida.
En el Evangelio se insinúan las dos resurrecciones, que se operan ante la palabra de Cristo: la de Lázaro y la de Marta:
– La de Lázaro. Jesús abrió su sepulcro. Nos anuncia que también abrirá el nuestro. Él puede sacar a cualquier hombre de su sepulcro: material, psicológico o espiritual … La última palabra no la tiene la muerte sino la vida.
– La resurrección de Marta va en la línea de la dimensión espiritual. Y es que, como ella, podemos estar muertos antes de morir: por la tristeza, el desencanto o el desánimo…Pero lo que más nos hace morir es la falta de amor. Que es falta de fe, porque «quien no ama no ha conocido a Dios», por mucho que sepa teología…. Amar es conocer a Dios. Marta fallaba en la fe, se moría. Pero al escuchar la Palabra poderosa de Cristo resucitó: «Sí, Señor, yo creo.” Y todo se llenó de esperanza y todo empezó a ser nuevo. 
Este domingo recibimos este anuncio. No somos la resurrección y la vida, pero podemos vivir como resucitados. Hoy se nos anuncia una vez más la esencia del mensaje del Señor: sólo triunfa el amor.
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 21 de marzo de 2026

¿JUZGAR SIN OIR?

 


 Entre la gente se encontraban algunos que al oir estas palabras dijeron:
– Seguro que este hombre es el profeta.
Otros decían:
– Este es el Mesías.
Pero otros decían:
– No, porque el Mesías no puede venir de Galilea. La Escritura dice que el Mesías ha de ser descendiente del rey David y que procederá de Belén, del mismo pueblo de David.
Así que la gente se dividió por causa de Jesús. Algunos querían apresarle, pero nadie llegó a ponerle las manos encima.
Los guardias del templo volvieron a donde estaban los fariseos y los jefes de los sacerdotes, que les preguntaron:
– ¿Por qué no lo habéis traído?
Contestaron los guardias:
–¡Nadie ha hablado nunca como él!
Los fariseos les dijeron entonces:
– ¿También vosotros os habéis dejado engañar? ¿Acaso ha creído en él alguno de nuestros jefes o de los fariseos? Pero esta gente que no conoce la ley está maldita.
Nicodemo, el fariseo que en una ocasión había ido a ver a Jesús, les dijo:
– Según nuestra ley, no podemos condenar a un hombre sin antes haberle oído para saber lo que ha hecho.
Le contestaron:
– ¿También tú eres galileo? Estudia las Escrituras y verás que ningún profeta ha venido de Galilea.
Cada uno se fue a su casa.

Los fariseos juzgan a Jesús sin oírlo. Nosotros también juzgamos a los demás por lo que nos dicen de ellos la prensa, internet, los rumores...Así corremos el riesgo de equivocarnos. Todo el mundo tiene derecho a ser escuchado. Pero nos es más fácil dejarnos llevar por la corriente y no pararnos a reflexionar.
Si decimos que amamos al prójimo, lo mínimo que podemos hacer, es escucharlo. 

"Nadie se atrevía a llevar a Jesús a juicio, porque nunca habían oído hablar como él. Quienes no habían oído, o escuchado son los que se atreven a imponer su dudosa “verdad” y justicia. Y aquí, la situación de Nicodemo es algo precaria, porque en realidad, él forma parte del grupo de quienes dicen tener la verdad, pero se atreve a cuestionarlos. Se atreve, porque él sí había escuchado lo que decía Jesús.
La situación puede resultarnos bastante familiar. Uno se pronuncia a favor de algo en lo que cree y enseguida va a ser criticado: de facha, retrógrado, o de zurdo, de radical o de antisistema, o de traidor a una causa en la que creen los demás. Por uno u otro  lado pueden llover las críticas.  Lo menos que puede pasar es que a uno lo ridiculicen o se burlen de él. El temor al qué dirán o de ir en contra de lo que piensa la mayoría en el grupo al que pertenecemos puede ser paralizante. Lo fue, en cierto modo, para Nicodemo, que seguía a Jesús por la noche por miedo, aunque más tarde reunió su valentía para defender lo que pensaba que era la verdad.  Nicodemo tuvo que ir contracorriente para defender lo que veía justo. ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin oírlo? Lo dijo tímidamente, pero fue a su vez recibió el mismo trato de juicio sin escucha de hechos… “¿también tú has sido engañado?”
Es frecuente en nuestro mundo aceptar casi sin discernimiento el pensamiento único, lo que dicen los medios. Se aceptan fácilmente mantras y “dogmas” que, a fuerza de repetirse, parecen incluso verdad. Se ponen carteles bien a partidos políticos o a personas sin saber bien que es lo que piensan. ¿Acaso juzgamos sin oír? Aunque sea tímidamente, como Nicodemo, de vez en cuando es necesario pronunciarse en defensa de la verdad, o al menos de la escucha crítica. Al final, sin embargo, siempre será Dios, el Justo juez, quien tenga la última palabra. Los grupos de opinión, o la opinión sincronizada no son de fiar. Pero solo Dios es justo juez. En ti, Señor, me refugio."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 20 de marzo de 2026

ENVIADO POR EL PADRE

 

 
Algún tiempo después andaba Jesús por la región de Galilea, pues no quería seguir en Judea porque los judíos lo buscaban para matarlo. Pero como se acercaba la fiesta de las Enramadas, una de las fiestas de los judíos,
Sin embargo, cuando ya se habían ido sus hermanos, también Jesús fue a la fiesta, aunque no lo hizo públicamente sino casi en secreto.
Hacia la mitad de la fiesta entró Jesús en el templo y comenzó a enseñar.
Algunos de los que vivían en Jerusalén empezaron entonces a preguntar:
– ¿No es a este a quien andan buscando para matarle? Pues ahí está, hablando en público, y nadie le dice nada. ¿Será que verdaderamente las autoridades creen que este hombre es el Mesías? Pero nosotros sabemos de dónde viene; en cambio, cuando venga el Mesías, nadie sabrá de dónde viene.
Al oir esto, Jesús, que estaba enseñando en el templo, dijo con voz fuerte:
– ¡Así que vosotros me conocéis y sabéis de dónde vengo! Pues yo no he venido por mi propia cuenta, sino enviado por aquel que es digno de confianza y a quien vosotros no conocéis. Yo le conozco, porque vengo de él y él me ha enviado.
Entonces quisieron apresarle, pero nadie le echó mano porque todavía no había llegado su hora.
(Jn 7,1-2.10.14.25-30)

El Padre envía a Jesús y Él nos explica quién es el Padre. Los judíos conocían al hijo del carpintero, pero no conocían al Hijo enviado por el Padre. Por eso no entendían cómo hablaba y lo que decía y hacía. Por eso querían matarlo.

" (...) Jesús asegura que no hace las cosas por cuenta propia. Es decir que, como enviado, obra por el Padre. Y esto es lo que le protege del peligro inminente. El peligro, es decir, la traición, la Pasión y la muerte, no va a pasar. Pero será en el tiempo de Dios y no como trampa, sino como consciente aceptación. No como resignación a una voluntad oscura y algo cruel, sino como aceptación de la misión para la que es enviado. Los malvados no pueden tender ninguna trampa a quien es dependiente. Al independiente sí, porque se fía de su propia sabiduría y obras. Al independiente es muy fácil engañarle con adulación, promesas materiales, de poder, de gloria o de seguridad. El demonio—lo expresa C.S Lewis muy bien en Cartas del diablo a su sobrino—maneja esas armas muy eficazmente para llevarse al independiente a su terreno, a alejarse de Dios y a fiarse de sus propias fuerzas. Es decir, a caer en la soberbia, y cualquier otro pecado capital. El “mandao”, es decir, el que depende de Dios, no toma decisiones que no estén de acuerdo con la voluntad de quien lo envió; las toma libre y conscientemente, pero no son las suyas, sino las de Dios. No actúa por su propia cuenta.
Por supuesto que el depender de Dios no va a alejar el dolor ni el peligro, ni la pasión de nuestras vidas. No lo hizo por la del Maestro. Pero sabemos que será en su tiempo, en el momento preciso y necesario para nuestra propia redención y la salvación de otros. El mal no puede tendernos redes de confusión mientras dependemos de Dios."
(Cármen Fernandez Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 19 de marzo de 2026

JOSÉ EL JUSTO

 


 El nacimiento de Jesucristo fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José; pero antes de vivir juntos se encontró encinta por el poder del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciar públicamente a María, decidió separarse de ella en secreto. Ya había pensado hacerlo así, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de tomar a María por esposa, porque el hijo que espera es obra del Espíritu Santo. María tendrá un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús. Se llamará así porque salvará a su pueblo de sus pecados.”
Cuando José despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado, y tomó a María por esposa.
(Mt 1,16.18-21.24)

José es un hombre bueno. No quiere el mal de María. Y, sobre todo, escucha lo que Dios le dice. Busca su voluntad. Las pocas veces que sale en el evangelio, calla y escucha. Luego realiza aquello que Dios le pide. Busca lo mejor para Jesús y María sin decir nada. Actúa.

"En nuestros días, a menudo escuchamos palabras negativas y críticas a los varones… ¡Pero todos hemos nacido de padre y madre! Es cierto que es posible que haya padres no muy ejemplares (lo mismo que seguro que habrá madres que tampoco sean ejemplares), pero no parece la experiencia de absolutamente todo el mundo y probablemente no tenga tanto que ver con la masculinidad cuanto con la fragilidad de todo ser humano.
José se nos presenta como modelo de varón y de padre. No hay ninguna palabra que dijera (que esté consignada) para afirmar su autoridad. Pero sí hay acciones concretas y siempre son de prudencia, de apoyo, de protección y de obediencia a lo que escucha de Dios. El papa Francisco, en su carta apostólica Patris corde dice: “En la sociedad de nuestro tiempo, los niños a menudo parecen no tener padre… Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Quizás por esta razón la tradición también le ha puesto a José, junto al apelativo de padre, el de “castísimo”. No es una indicación meramente afectiva, sino la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida.”
Se identifica a veces la masculinidad con la fuerza y, es, claro, un hecho que los varones son físicamente más fuertes que las mujeres; pero su verdadera fortaleza se demuestra no tanto en las palabras, ni en acciones agresivas, cuanto en su capacidad de permanecer, de apoyar, proteger, y hacer lo correcto para el bien de su familia y de los de alrededor, aunque no sea lo más cómodo para ellos mismos. En José se destaca, además, la fe. La fe recia de quien no se retira ante la dificultad o el riesgo; la fe de quien no busca el protagonismo. Es decir, esa capacidad de no aferrarse a su posición o a su posesión. Y de esas actitudes podemos aprender todos, seamos o no padres. Y podemos celebrar la paternidad de todos aquellos que, como José, han escuchado y han obedecido."

(Cármen Fernandez Aguinaco, Ciudad Redonda)