viernes, 10 de abril de 2026

LANZARNOS AL AGUA



Después de esto, Jesús se apareció otra vez a sus discípulos, a orillas del lago de Tiberias. Sucedió de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, al que llamaban el Gemelo, Natanael, que era de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeoc y otros dos discípulos de Jesús. Simón Pedro les dijo:
– Me voy a pescar.
Ellos contestaron:
– Nosotros también vamos contigo.
Fueron, pues, y subieron a una barca; pero aquella noche no pescaron nada. Cuando comenzaba a amanecer, Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no sabían que fuera él. Jesús les preguntó:
– Muchachos, ¿no habéis pescado nada?
– Nada – le contestaron.
Jesús les dijo:
– Echad la red a la derecha de la barca y pescaréis.
Así lo hicieron, y luego no podían sacar la red por los muchos peces que habían cogido. Entonces aquel discípulo a quien Jesús quería mucho le dijo a Pedro:
– ¡Es el Señor!
Apenas oyó Simón Pedro que era el Señor, se vistió, porque estaba sin ropa, y se lanzó al agua. Los otros discípulos llegaron a la playa con la barca, arrastrando la red llena de peces, pues estaban a cien metros escasos de la orilla. Al bajar a tierra encontraron un fuego encendido, con un pez encima, y pan. Jesús les dijo:
– Traed algunos peces de los que acabáis de sacar.
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo:
– Venid a comer.
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó en sus manos el pan y se lo dio; y lo mismo hizo con el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de haber resucitado.
(Jn 21,1-14)

Pedro reconoce a Jesús y se lanza al agua. ¿Lo hacemos nosotros cada vez que lo reconocemos, o seguimos mirando hacia otro lado o simplemente a nuestro ombligo.
Cuando veamos a Jesús en el pobre, en el pequeño, debemos actuar, acercarnos a Él. Lanzarnos al agua, es decir, entregarnos totalmente.

"La piedra rechazada, lo que los constructores no reconocieron, para los discípulos ahora es incuestionable. Cuando Jesús se les aparece esta vez, nadie se pregunta quién es, porque lo saben. Es más, no se atreven a hacer la pregunta, porque saben que quedarían en ridículo al no reconocerlo. Ya les han servido las otras dos veces que han visto al resucitado para estar convencidos.
Hay en los pasajes de hoy un principio de Iglesia. En la primera lectura, Pedro habla con autoridad del único que tiene la salvación, de Aquel quien es la piedra angular. No la reconocieron los “expertos” constructores (una alusión a los escribas y fariseos y los poderes del mundo que no supieron reconocer la salvación). Esa piedra es ahora quien sostiene todo el edificio. Y el edificio es el Pueblo de Dios, la Iglesia.
En la segunda lectura son pescadores quienes siguen el liderazgo de Pedro confiados en una abundante pesca (como la que tuvieron con Jesús). Van con él a pescar. La autoridad de Pedro se va consolidando, porque Pedro está lleno del Espíritu en su afirmación del poder del Crucificado y Resucitado. A su regreso, es Jesús quien cocina y transforma en alimento lo que han pescado.
Quizá de niños nos enseñaran a hacer “composición de lugar”, es decir, a imaginarnos la escena y ponernos en el lugar de los personajes. Mientras estamos en nuestra tarea diaria de “pescar” (cocinar, trabajar, cuidar a los niños, enseñar… lo que sea que hagamos) ¿qué confianza tenemos en la piedra angular, desde nos viene únicamente la salvación? ¿Cómo vemos nuestra pesca multiplicada? ¿Tenemos a veces la osadía de preguntar quién ha hecho tales maravillas en nuestra vida o, como los discípulos, nos callamos, porque sabemos que es el Cristo, y no otro poder ni otra fuerza quien lo hace todo? En medio de nuestras muertes diarias, ¿sabemos quién mueve la piedra y nos trae vida con una fuerza arrolladora? ¿Sabemos quién convierte nuestros esfuerzos en bien para los demás?"
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 9 de abril de 2026

NO ES UN FANTASMA

  


Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús al partir el pan.
Todavía estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo:
– Paz a vosotros.
Ellos, sobresaltados y muy asustados, pensaron que estaban viendo un espíritu. Pero Jesús les dijo:
–¿Por qué estáis tan asustados y por qué tenéis esas dudas en vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies: ¡soy yo mismo! Tocadme y mirad: un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.
Al decirles esto, les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creerlo, a causa de la alegría y el asombro que sentían, Jesús les preguntó:
– ¿Tenéis aquí algo de comer?
Le dieron un trozo de pescado asado, y él lo tomó y lo comió en su presencia. Luego les dijo:
– A esto me refería cuando, estando aún con vosotros, os anuncié que todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos, tenía que cumplirse.
Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras, y les dijo:
– Está escrito que el Mesías tenía que morir y que resucitaría al tercer día; y que en su nombre, y comenzando desde Jerusalén, hay que anunciar a todas las naciones que se vuelvan a Dios, para que él les perdone sus pecados. Vosotros sois testigos de estas cosas.
(Lc 24,35.48)

No es un fantasma; por eso les pide algo para comer. Los discípulos lo pudieron ver en carne y hueso. Nosotros, aunque dudemos, también lo vemos así. Lo vemos en el hambriento que nos pide pan. En el emigrante que nos pide refugio. En el perseguido que nos pide justícia. En el olvidado que nos pide Amor..... ¿Cuando lo entenderemos?

"Lo han visto colgado en una cruz, castigo ignominioso. Lo han visto como varón de dolores, ante quien se vuelve el rostro. Lo han visto caer tres veces bajo el peso de la cuz. Y han pasado tres días. Pensar que está vivo es locura total. Así que la pregunta: ¿Por qué se asustan? Parece una broma total.
Pero él hace tres signos inconfundibles, como para darles las pruebas que él parece pensar no necesitan… Son signos que van de lo más abstracto a lo más concreto. Es decir, de lo más intangible e increíble hasta los sentidos materiales. Primero da la paz. Y la da en medio de un clima de pavor razonable. Si han podido dar una muerte tan ignominiosa a su Maestro, ¿qué harán con ellos? Simplemente asegurar una paz de palabra va a ser poco: tiene que pasar a algo más tangible.
Así que pasa al segundo signo que es mostrar las heridas: Es lo mismo que le dirá a Tomás ante su incredulidad: mete el dedo en mi llaga para convencerte. Dejar que se vean y se toquen.
Y lo tercero es lo que ha hecho con ellos tan sencillamente a lo largo de su estancia entre ellos: comer. Los fantasmas no tienen huesos ni comen. Y esta es la mayor prueba para unos discípulos lógicamente confundidos porque lo que habían visto se ha transformado. Pero para nosotros, que no hemos visto todo eso, y no hemos tocado con nuestras manos mortales las llagas, un mensaje de paz y una pregunta de por qué tememos, va a tener que pasar por unos sentidos internos despiertos. Primero, tenemos que creer que la Encarnación de Cristo, y su Resurrección, nos hacen pasar a ese otro plano de ver, tocar y sentir la humanidad de una manera distinta. Tocar nuestro propio dolor y el dolor de las personas de nuestro alrededor y saber que están ya transformados por la salvación de Cristo; tocar nuestra propia angustia por la situación del país o del mundo y saber que ya se ha logrado la paz. Saber que ya hemos desayunado el pescado y el pan de Cristo, con el que podemos contar cada día en la Eucaristía.
¿Por qué dudáis? ¿Acaso no hay suficientes pruebas? Jesús no es un fantasma.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 8 de abril de 2026

CAMINO DE EMAÚS




 Dos de los discípulos se dirigían aquel mismo día a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. Iban hablando de todo lo que había pasado. Mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado. Pero, aunque le veían, algo les impedía reconocerle. Jesús les preguntó:
– ¿De qué venís hablando por el camino?
Se detuvieron tristes, y uno de ellos llamado Cleofás contestó:
– Seguramente tú eres el único que, habiendo estado en Jerusalén, no sabe lo que allí ha sucedido estos días.
Les preguntó:
– ¿Qué ha sucedido?
Le dijeron:
– Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él fuese el libertador de la nación de Israel, pero ya han pasado tres días desde entonces. Sin embargo, algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado, pues fueron de madrugada al sepulcro y no encontraron el cuerpo; y volvieron a casa contando que unos ángeles se les habían aparecido y les habían dicho que Jesús está vivo. Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron todo como las mujeres habían dicho, pero no vieron a Jesús.
Jesús les dijo entonces:
– ¡Qué faltos de comprensión sois y cuánto os cuesta creer todo lo que dijeron los profetas! ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?
Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él, comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas.
Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como si fuera a seguir adelante; pero ellos le obligaron a quedarse, diciendo:
– Quédate con nosotros, porque ya es tarde y se está haciendo de noche.
Entró, pues, Jesús, y se quedó con ellos. Cuando estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció. Se dijeron el uno al otro:
– ¿No es cierto que el corazón nos ardía en el pecho mientras nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?
Sin esperar a más, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos. Estos les dijeron:
– Verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
Entonces ellos contaron lo que les había pasado en el camino, y cómo reconocieron a Jesús al partir el pan.
(Lc 24,13-35)

El camino a Emaús es el camino de nuestra vida. Tenemos a Jesús con nosotros, pero no lo reconocemos. Lo reconocemos al partir el pan, en la Eucaristía. Eso sí, una Eucaristía que debe ser una verdadera Cena, un compartir con nuestros hermanos, no sólo un rito, un cumplimiento de algo mandado. Cuando la Eucaristía nos une a todos, nos lleva a AMAR, entonces vemos a Jesús en todo y en todos.

"Tengo un amigo evangélico -es quien reparte los pedidos del supermercado cercano- que me da muchas vueltas en conocimiento de la Biblia. Puede que tenga un buen maestro o puede que él mismo escudriñe los libros para encontrar el detalle escondido (a veces tan a la vista que no lo vemos) y buscar su significado. Pone pasión en lo que investiga y aprende.
Y cada vez que hablo con él, pienso en los discípulos a quienes Jesús instruyó durante aquel paseo hasta Emaus. El texto dice que empezando por Moisés y los profetas Jesús fue revelando cuanto en las Escrituras se refería a Él.
Algunos textos proféticos se ajustan tanto, hasta el detalle, a lo que vivió Jesús, que hay que admitir en ellos algo extraordinario que con nadie mas se ha dado en la historia. En algunas civilizaciones o culturas existen anuncios proféticos, intuiciones o mitos acerca de dioses o reyes. El caso de la Biblia es único por la abundancia y la precisión con que en el Antiguo Testamento se describe lo referido a Jesús
En los Salmos es Cristo mismo quien habla. Cuando el salmista clama desde el dolor, se revela como la voz de Jesús en la cruz o en el Huerto de Getsemaní. En la alabaza, Jesús, aunque sin pecado, carga con las culpas de la humanidad y las presenta ante Dios…
El camino de los de Emaus con el Maestro Resucitado es un modelo de Catequesis. De alguna manera lo recorremos una y otra vez muchos bautizados. Es un camino de aprendizaje, de conocimiento y de reconocimiento gozoso al partir el pan.
Un relato muy hermoso que invita a entrar en el Misterio más sobrecogedor: la presencia de Dios en el pan y el vino, renovando en todo tiempo y en todo lugar el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. Quédate con nosotros, la tarde está cayendo…  Limpia en lo más hondo del corazón del hombre tu imagen empañada por la culpa.

(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 7 de abril de 2026

HE VISTO AL SEÑOR

  

María se quedó fuera, junto al sepulcro, llorando. Y llorando como estaba, se agachó a mirar dentro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y el otro a los pies. Los ángeles le preguntaron:
– Mujer, ¿por qué lloras?
Ella les dijo:
– Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
Apenas dicho esto, volvió la cara y vio allí a Jesús, aunque no sabía que fuera él. Jesús le preguntó:
– Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
Ella, pensando que era el que cuidaba el huerto, le dijo:
– Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, para que yo vaya a buscarlo.
Jesús entonces le dijo:
– ¡María!
Ella se volvió y le respondió en hebreo:
– ¡Rabuni! (que quiere decir “Maestro”).
Jesús le dijo:
– Suéltame, porque todavía no he ido a reunirme con mi Padre. Pero ve y di a mis hermanos que voy a reunirme con el que es mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios.
Entonces fue María Magdalena y contó a los discípulos que había visto al Señor, y también lo que él le había dicho.

A nosotros nos ocurre como a María Magdalena. Tenemos al Señor delante y no lo reconocemos. Ella lo confundió con el hortelano. Nosotros vemos a un inmigrante, a un pobre, a un enfermo, a un perseguido. Hemos de saber escucharlo y darnos cuenta de que nos llama por nuestro nombre. Es el Señor. Como María Magdalena debemos anunciar a los demás que lo hemos visto y dónde encontrarlo.

"María Magdalena llora ante el sepulcro vacío. Confunde a Jesús con el hortelano hasta que Él la llama por su nombre. Es el evangelio de la intimidad. Una intimidad que no necesita de grandes discursos. Una palabra, un gesto… -María, -Rabbuni. Y basta.
Según algunos especialistas, la forma Rabbuni indica algo más de respeto, admiración, intimidad o afecto que Rabbi. Rabbuni indica una  especie de sufijo como super. Este diálogo escueto con el Resucitado está cargado de contenido. Es una relación personal de Magdalena con el Señor Jesús: el Verbo Encarnado. Alguien que es más que un maestro.
Decía Santa Teresa que orar es tratar de amistad con Quien sabemos nos ama y entre las jaculatorias dirigidas al Corazón de Jesús se cuenta esta: Señor haz que mi corazón se asemeje al tuyo. Se me ocurre que tanto ama Dios a los hombres que inventó la forma de tener un corazón humano… para asemejarse a esas criaturas hechas a su semejanza o mejor, para restablecer aquella primera semejanza.  La fe cristiana tiene estas cosas tan asombrosas que hacen reir. Pedirle a Dios que nos de un corazón semejante al suyo es pedirle que realice lo prometido en el profeta Ezequiel: que arranque el corazón de piedra y nos de un corazón de carne.
La intimidad de Jesús con los suyos lejos de cerrarse en sí, los impulsa a anunciarla. Es más: nos obliga a difundirla. Y así, Magdalena obedece y lleva el mensaje a los discípulos para que se reunan en Galilea. Y así, para la historia de la Iglesia, María Magdalena se gana el título de “Apostola”, la primera en anunciar el triunfo de la Cruz. Y así los que hemos creído tenemos que comunicar la buena noticia a todos."

(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 6 de abril de 2026

SE APARECE A LAS MUJERES

  


Las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero, a la vez, con mucha alegría, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En esto, Jesús se presentó ante ellas y las saludó. Ellas, acercándose a Jesús, le abrazaron los pies y le adoraron. Él les dijo:
– No tengáis miedo. Id a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allí me verán.
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia llegaron a la ciudad y contaron a los jefes de los sacerdotes todo lo que había sucedido. Estos jefes se reunieron con los ancianos para, de común acuerdo, dar mucho dinero a los soldados y advertirles:
– Decid que durante la noche, mientras dormíais, los discípulos de Jesús vinieron y robaron el cuerpo. Y si el gobernador se entera de esto, nosotros le convenceremos y os evitaremos dificultades.
Los soldados tomaron el dinero e hicieron como se les había dicho. Y esa es la explicación que hasta el día de hoy circula entre los judíos.
(Mt 28,8-15)

Vemos a Jesús que se aparece a las mujeres. Ellas creían en Él. Por eso las envía a los discípulos con el mensaje de que le esperen en Galilea.
Los soldados se dejan comprar por el jefe de los sacerdotes que no cree en Jesús.
¿En qué grupo estamos nosotros? ¿Tenemos la Fe de las mujeres y vamos a anunciarlo?¿Somos como los soldados y nos dejamos comprar por una sociedad que rechaza a Jesús, que creer en Él no está de moda?¿Somos como el jefe de los Sacerdotes, que no sólo no cree en Él, si no que compra a los demás para que no crean?

" (...) Pedro fue testigo del sepulcro vacío pero las mujeres, al amanecer del tercer día, vieron y escucharon al mismo Jesús y recibieron su encargo: decid a mis hermanos que vayan a Galilea. ¡Jesús vive, ha vencido a la muerte!
Mateo relata que el hecho portentoso fue negado y combatido desde aquel momento. Y así sigue ocurriendo. El primer intento de ocultarlo, de evitar que la noticia se difundiera, fue el de los mismos que habían procurado la condena. Sería un escándalo y una vergüenza para aquellos principales de la sociedad judía y un riesgo  de muerte para los soldados romanos que custodiaron el sepulcro. ¿Y si alguno de los que nos decimos cristianos estuviéramos ocultando la verdad por miedo?
Porque la fe es un riesgo y proclamar la verdad resulta, en el mejor de los casos, bastante incómodo.
Deberíamos, a lo mejor, conocer y denunciar los ataques a la fe cristiana en y, según nuestras posibilidades, ayudar a las víctimas de la persecución religiosa que se da en nuestro tiempo con más intensidad que nunca.

(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 5 de abril de 2026

VER Y CREER

  


El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio quitada la piedra que tapaba la entrada. Corrió entonces a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, aquel a quien Jesús quería mucho, y les dijo:
– ¡Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto!
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Se agachó a mirar y vio allí las vendas, pero no entró. Detrás de él llegó Simón Pedro, que entró en el sepulcro. Él también vio allí las vendas, y vio además que la tela que había servido para envolver la cabeza de Jesús no estaba junto a las vendas, sino enrollada y puesta aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio lo que había pasado y creyó. Y es que todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que él tenía que resucitar.
(Jn 20,1-9)

María Magdalena amaba a Jesús. Por eso, mientras los discípulos estaban escondidos, ella volvió al sepulcro. Lo encuentra abierto y Jesús no está. Correrá a decirlo a los discípulos. Pedro y Juan van a ver si lo que dice ella es cierto. El texto nos dice que el discípulo amado entró "vió y creyó".
La Fe nos pide ver. Ver con otros ojos. Ver con la mirada de Jesús. Si sabemos ver el fondo de las cosas, lo veremos a Él, creeremos. Si miramos al perseguido, al pobre, al pecador, al enfermo con otros ojos, veremos a Dios en ellos y seremos capaces de AMAR.

"(...) El sepulcro está vacío. Las mujeres no encuentran a nadie, y los discípulos tampoco. La tumba vacía les ayuda a entender lo que significa eso de “la resurrección de entre los muertos”. Ahora toca dar testimonio de esa presencia viva de Dios entre nosotros. Ellos y nosotros somos testigos del sepulcro vacío, testigos del resucitado.
Para buscar a Dios en la vida y dar testimonio de Él, el evangelio de Marcos nos marca el camino: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Galilea es nuestra vida de cada día, nuestra familia, nuestros trabajos, nuestros quehaceres diarios. Entre ellos anda el Señor resucitado, allí podemos encontrarnos con Él. Allí es donde Él nos llama a ser sus testigos, como Jesús lo hizo, con su estilo de vida. Se trata de vivir como Él vivió. También estamos llamados a dar un testimonio comunitario, como Iglesia.
Un recuerdo especial para todos los que han recibido el Bautismo en la Vigilia Pascual o en la Misa del día de Pascua. Este año, en nuestra parroquia de Múrmansk, se ha bautizado un chico joven. Él, como tantos otros, se convertirá, como lo somos nosotros, en testigos de un Dios que ama la vida y a las personas y que ha resucitado a su hijo Jesús para que todos tengamos Vida para siempre. Juntos seguiremos caminando al encuentro de Jesús resucitado. Que nuestra vida sea signo de la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. Que lo compartamos con alegría con los que conviven con nosotros."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 4 de abril de 2026

TIEMPO DE SILENCIO



 "Es tiempo para el silencio. La muerte nos deja sin palabras y la falta de ruido es posible que nos abra un hueco en la cabeza para pensar y reflexionar en lo sucedido. Ahí está la realidad: Jesús ha muerto solo. Prácticamente todos los que le seguían han salido corriendo. Nadie ha levantado una mano para defenderle. Sus palabras sobre el Reino se han quedado casi perdidas en la lontananza del tiempo y, sobre todo, de los últimos acontecimientos. Es tiempo para la desolación.

Es tiempo para mirar a nuestro alrededor. En este mundo, en nuestra vida, suceden cosas maravillosas. Pero también está presente la muerte, el dolor, el abandono. Basta con atender un poco a los medios de comunicación. ¡Cuántas muertes sin sentido! ¡Cuánto dolor gratuito! ¡Cuánta injusticia! ¡Cuántas vidas a las que la pobreza, la marginación, la enfermedad, la depresión,quedan sin sentido, sin vida!

Es tiempo para el silencio. Es tiempo para levantar los ojos y descubrir el vacío. La cruz está vacía. Solo quedan la fe y la esperanza desnudas. La fe y la esperanza como opciones casi en el vacío. Como lo tuvo que vivir y experimentar el mismo Jesús en la cruz. La fe es mantener los ojos abiertos ante esa realidad tan dura. Y seguir manteniéndolos abiertos. Por mucho que por dentro nos brote el deseo de cerrarlos y trasladarnos con la mente a vivir en un mundo más feliz, un mundo sin dolor.

Es tiempo de silencio y de mantener los ojos abiertos para seguir mirando a una realidad que nos duele, que no nos gusta. No es tiempo para evadirnos. No es tiempo para mirar para otro lado ni para cambiar de conversación. Y ahí, precisamente ahí, decir que seguimos creyendo, que nos vamos a seguir comprometiendo a vivir y trabajar por el Reino. Porque Dios, a pesar de la oscuridad, no nos va a fallar."

(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)