sábado, 19 de septiembre de 2026

BUENA TIERRA

 


Mucha gente que estaba allí, más otra llegada de los pueblos, se reunió junto a Jesús, y él les contó esta parábola: Un sembrador salió a sembrar su semilla. Y al sembrar, una parte de ella cayó en el camino, y fue pisoteada y las aves se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, y brotó, pero se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos, y al nacer juntamente los espinos, la ahogaron. Pero otra parte cayó en buena tierra, y creció y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla.
Esto dijo Jesús, y añadió con voz fuerte: “¡Los que tienen oídos, oigan!”
Los discípulos preguntaron a Jesús qué significaba aquella parábola. Él les dijo: A vosotros, Dios os da a conocer los secretos de su reino; pero a los otros les hablo por medio de parábolas, para que por mucho que miren no vean y por mucho que oigan no entiendan.
Esto significa la parábola: La semilla representa el mensaje de Dios. La parte que cayó por el camino representa a los que oyen el mensaje, pero viene el diablo y se lo quita del corazón para que no crean y se salven. La semilla que cayó entre las piedras representa a los que oyen el mensaje y lo reciben con gusto, pero luego, a la hora de la prueba, fallan. La semilla que cayó entre espinos representa a los que oyen, pero poco a poco se dejan ahogar por las preocupaciones, las riquezas y los placeres, de modo que no llegan a dar fruto. Pero la semilla que cayó en buena tierra representa a las personas que con corazón bueno y dispuesto oyen el mensaje y lo guardan, y permaneciendo firmes dan una buena cosecha.
(Lc 8,4-15)

Debemos ser buena tierra para que la semilla de la Palabra arraigue y crezca en nosotros. Pero no siempre somos buena tierra. Tenemos nuestros momentos. Para ser buena tierra debemos ser conscientes de la presencia de Dios en nosotros. Debemos vivir la vida atentos a la voz de Dios. Y, por encima de todo, debemos tener nuestros corazones prestos a amar. Cuanto más amemos, más aceptaremos el mensaje que Dios nos envía a través de los demás, sobre todo de los más sencillos y pobres.

"¿Y quién tiene la culpa de ser terreno pedregoso o terreno de zarzas? ¿O quien se puede atribuir el mérito de ser tierra buena? Recuerdo a un compañero y amigo ya fallecido que me decía que él era bueno. Pero que no eso no era ningún mérito porque era bueno porque era así de siempre. Pues eso, que a esta parábola de Jesús, y a su explicación, le tenemos que dar un poco la vuelta, pasándola por un buen baño de misericordia.
Digo esto porque me da la impresión de que esta parábola le ha llevado a muchos en primer lugar a la reflexión sobre el propio modo de ser y a culpabilizarse. Somos malos porque no somos esa tierra buena en la que cae la semilla y da buenos frutos. Y eso, concluimos, porque no escuchamos bien la palabra ni la acogemos en el corazón. Y cada vez que pensamos así nos vamos dando latigazos en la espalda y sintiéndonos malos. El siguiente paso es pensar que, si no damos frutos como debiéramos, es porque en realidad somos tierra pedregosa o estamos llenos de zarzas (¿pecados? ¿intereses espurios? ¿egoísmos?). Y ahí está la culpa, sentirnos culpables. Más latigazos. Más sentirnos hundidos.
Propongo otro camino. Vamos a comenzar aceptando que en nuestro campo hay buena tierra, por supuesto. Pero también hay zonas llenas de piedras y zonas donde solo crecen, sólo pueden crecer, zarzas. Esa es nuestra realidad. Así nos ha creado Dios, con estas limitaciones e imperfecciones. Lo primero es aceptarnos como somos. Y lo segundo es confiarnos a la misericordia de Dios que es capaz de sacar buenos frutos de donde nosotros no somos capaces de sacar más que muerte y desolación. ¿O es que no confiamos en el poder salvador y vital de Dios?
No se trata de culpabilizarnos sino de aceptar lo posible. Y hasta hacernos a la idea de que en las zarzas de la vera del camino, crecen unas moras que da gusto comerlas de lo dulces y sabrosas que son. Es verdad que, por estar al borde del camino, a veces están cubiertas por el polvo. Pero eso no quita nada de su sabrosura. Conclusión: más misericordia y menos culpabilizarnos de lo que, tantas veces, no podemos cambiar."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 18 de septiembre de 2026

LE ACOMPAÑABAN ALGUNAS MUJERES

 

Después de esto, Jesús anduvo por muchos pueblos y aldeas proclamando y anunciando el reino de Dios. Le acompañaban los doce apóstoles y algunas mujeres que él había librado de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas estaba María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; también Juana, esposa de Cuza, el administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que los ayudaban con lo que tenían.
(Lc 8,1-3)

Una de las cosas que más debían extrañar a los contemporáneos de Jesús es, que entre los seguidores que le acompañaban hubieran mujeres. Ningún profeta los había hecho. El evangelio no las cuenta entre los doce, pero nos da los nombres de algunas de ellas. Formaban una comunidad. Junto con Jesús anunciaban el Reino por pueblos y aldeas. Algo que debemos tener en cuenta para nuestro apostolado. Hacerlo formando comunidad. No es mi obra, sino nuestra obra. Es deir la obra de Jesús.

"Un texto evangélico sencillo pero que dice mucho. Jesús va caminando de pueblo en pueblo anunciando el reino de Dios. Es un anuncio de esperanza, de misericordia. Los que le escuchaban se quedaban donde estaban. Pero suponemos que la palabra de Jesús les ayudaba a vivir su realidad diaria de otra manera. Era la oportunidad para pensar de otra manera a Dios. Frente al Dios que se manifestaba en una serie de normas inflexibles que había que cumplir como condición para demostrar la fidelidad, que eran también, ¡cómo no!, la condición para conseguir la salvación, Jesús hablaba de un Dios “Abbá”, Padre, un Dios que ama sin condiciones a sus hijos, un Dios que es misericordia, comprensión, paciencia, perdón, un Dios que concede siempre otra oportunidad a sus hijos. Jesús caminaba de ciudad en ciudad ayudando a los que le escuchaban a vivir con esperanza y a dejar atrás el temor. Jesús no pretendía que los que le escuchaban se apuntasen a su lista, cambiasen sus costumbres, sus ritos, sus oraciones. No tenemos la impresión con Jesús de que su más importante objetivo fuese fundar una secta nueva. Simplemente iba de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo anunciando el reino, hablando con las personas y creando esperanza en el corazón de las personas. Nada más. Así evangelizaba. Así tendríamos que evangelizar nosotros.
Con él iban un grupo de hombres y mujeres. Ellos eran los Doce. De ellas se nos dicen los nombres. Habían sido elegidos. Pero, importante, también ellos habían escuchado la llamada. En ese diálogo es como creemos que la llama de la esperanza había crecido también en su corazón. Con el tiempo, a pesar de sus limitaciones y debilidades (recordemos que de los Doce no quedó ni uno cuando llegó el momento de la cruz), también en ellos y ellas brotó la necesidad de anunciar el Evangelio, el Reino, de comunicar a otros la esperanza, la misericordia que había nacido en su corazón en el encuentro con Jesús.
No hay posibilidad de evangelizar sin antes haber sido evangelizados. No hay posibilidad de anunciar al Dios Amor y Misericordia sin antes haber experimentado en nuestros corazones su Amor y su Misericordia.
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 17 de septiembre de 2026

AMAR MUCHO



 Un fariseo invitó a Jesús a comer, y Jesús fue a su casa. Estaba sentado a la mesa, cuando una mujer de mala fama que vivía en el mismo pueblo y que supo que Jesús había ido a comer a casa del fariseo, llegó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Llorando, se puso junto a los pies de Jesús y comenzó a bañarlos con sus lágrimas. Luego los secó con sus cabellos, los besó y derramó sobre ellos el perfume. Al ver esto, el fariseo que había invitado a Jesús pensó: “Si este hombre fuera verdaderamente un profeta se daría cuenta de quién y qué clase de mujer es esta pecadora que le está tocando.” Entonces Jesús dijo al fariseo:
– Simón, tengo algo que decirte.
– Dímelo, Maestro – contestó el fariseo.
Jesús siguió:
– Dos hombres debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta: pero, como no le podían pagar, el prestamista perdonó la deuda a los dos. Ahora dime: ¿cuál de ellos le amará más?
Simón le contestó:
– Me parece que aquel a quien más perdonó.
Jesús le dijo:
– Tienes razón.
Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
– ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; en cambio, esta mujer me ha bañado los pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. No derramaste aceite sobre mi cabeza, pero ella ha derramado perfume sobre mis pies. Por esto te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien poco se perdona, poco amor manifiesta.
Luego dijo a la mujer:
– Tus pecados te son perdonados.
Los otros invitados que estaban allí comenzaron a preguntarse:
– ¿Quién es este que hasta perdona pecados?
Pero Jesús añadió, dirigiéndose a la mujer:
– Por tu fe has sido salvada. Vete tranquila.
(Lc 7,36-50)


Ayer acusaban a Jesús de comer con pecadores. Hoy come con un fariseo, los que le acusaban. Jesús se acerca siempre a los pecadores, es decir, a todos, porque todos lo somos. Del encuentro de hoy quien sale purificada es la "pecadora" que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y con perfume. El fariseo sólo ve a una pecadora. Jesús ve a una mujer arrepentida que quiere ser mejor, que quiere cambiar. Es ella la que sale perdonada en aquel encuentro.
Dios siempre nos acoge y escucha. No tengamos miedo de abrazar sus pies. Y sobre todo, amemos mucho.
 
"La primera pregunta que se me ocurre al leer el texto evangélico de hoy es qué pretendía aquel fariseo al invitar a Jesús a comer. Algo me dice que el fariseo se sentía en una posición superior. Quizá lo único que pretendía era conocer a aquel predicador itinerante. Había oído hablar de él y tenía curiosidad. Pero quizá en el fondo de su corazón tenía claro que no iba a aprender nada de él. El fariseo ya se sentía en el buen camino, en un nivel superior, tanto por sus conocimientos de la ley como por su cumplimiento. Pero le interesaba ver de cerca a aquel predicador. Nada que aprender pero una posibilidad para pasar un rato observando las “desviaciones” en que podía caer el pueblo al escucharle.
Me ha hecho pensar en algunas páginas web, hechas por gente de iglesia, que se dedican, desde una postura de superioridad a denunciar los pecados de todo tipo de otros cristianos. Generalmente se trata de pecados referentes a la liturgia y también al no cumplimiento de las normas canónicas que rigen la vida eclesial. Está claro que se sienten justos, tanto como el fariseo. Está claro que miran a los demás de arriba abajo, por encima del hombre. Como miraba aquel fariseo a la pobre mujer y como miraba al mismo Jesús.
Pero hay algo que me preocupa en aquel fariseo y en estos modernos fariseos: les falta la misericordia, que es mucho más importante que la ley en la vida cristiana y en el Evangelio. Se sienten tan altos, tan perfectos, tan autosuficientes, saben tan perfectamente lo que es ser cristianos, que desde sus alturas nos valoran a los demás. Y nos condenan sin misericordia. Y se olvidan de aquello de que la misericordia triunfa sobre el juicio (Sant 2,13) porque el juicio de Dios está hecho de misericordia más que de preceptos fijos e inalterables.
Jesús y la mujer entendían de misericordia. Conocían íntimamente lo que era el perdón, la reconciliación, la paciencia del amor. Y sabían que la salvación venía de la misericordia y no del código canónico. Así que mejor nos bajamos del pedestal, si es que alguna vez nos hemos subido a alguno, y abrazamos a los hermanos en la misericordia."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 16 de septiembre de 2026

CONTRA EL INDIVIDUALISMO

 


¿A qué compararé la gente de este tiempo? ¿A qué se parece? Se parece a los niños que se sientan a jugar en la plaza y gritan a sus compañeros: ‘Tocamos la flauta y no bailasteis; cantamos canciones tristes y no llorasteis.’ Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís que tiene un demonio. Luego ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís que es un glotón y bebedor, amigo de gente de mala fama y de los que cobran los impuestos para Roma. Pero la sabiduría de Dios se demuestra por todos sus resultados.
(Lc 7,31-35)

Jesús nos habla hoy contra el individualismo. Hacer la nuestra prescindiendo de los demás. Creer que lo que hacemos y pensamos nosotros es lo acertado y lo de los demás siempre es erróneo. Pensando de esta forma no podemos amar. El Amor reconoce al otro. El Amor nos une a la comunidad, nos hace grupo. El Amor debe ser el centro de nuestra vida.

"Hay una frase que se dice a veces medio en broma medio en serio que dice algo así como “todos se preocupan de lo suyo menos yo que me preocupo de lo mío”. Es como un canto al individualismo, a que no hay que mirar hacia fuera sino para preocuparse y ocuparse de lo de cada uno, de sus intereses, de su bienestar. Y lo de los demás me importa poco o nada. O mejor dicho, me importa en tanto en cuanto me afecta a mi bienestar, a mi tranquilidad, a lo que me interesa a mí y considero prioritario para mí. Ante los demás, la actitud primera e, pues, la indiferencia.
Es lo que Jesús viene a decir en el texto evangélico de hoy. Los hombres de su generación se parecen a los que escuchaban a aquellos que pasan totalmente indiferentes frente a los niños que tocan la flauta. Van a lo suyo. Ni se ríen ni bailan cuando tocan música divertida ni lloran cuando tocan lamentaciones. ¡Indiferencia total! Como mucho, elaborar alguna disculpa para no atender a los que les llaman. Juan el Bautista, es que tenía un demonio. Jesús, mira que comilón y borracho. Siempre hay una razón para seguir a lo nuestro y dejar de lado a los demás. Y si no la hay, la fabricamos. Y con la conciencia tranquila seguimos el camino. Como decía la amiga de Mafalda (la genial niña dibujada tantas veces por Quino), siempre habrá pobres porque nacen en barrios pobres, van a escuelas pobres, viven en casas pobres y tienen empleos de…
Pero el Evangelio nos habla del amor. Y el amor es cualquier cosa menos indiferencia. Lo explica muy bien hoy la primera lectura. El amor es precisamente relación, abrirnos a los demás. El amor es compasión. Es dar la preferencia al otro. En el amor se trata de preocuparnos por el bien del otro y dejar lo mío, mis intereses, en segundo plano. El amor es compasión, comprensión, cercanía, mano tendida y abierta al otro y a sus necesidades. El amor es escucha paciente. El amor es sentir con el otro. Por eso crea fraternidad, familia, al contrario del individualismo que solo hace que crear fronteras."
(Fernando Torres, cmf , Ciudad Redonda)

martes, 15 de septiembre de 2026

ELLA ES NUESTRA MADRE

  


Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre:
– Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
– Ahí tienes a tu madre.
Desde entonces, aquel discípulo la recibió en su casa.
(Jn 19,25-27)

Hoy hay varias opciones de evangelio para escoger. Yo he tomado esta. Jesús, a través de Juan, nos da a María como madre. Una madre que está sufriendo por los dolores que sufre su Hijo y una madre que también sufre por los nuestros.
Como Juan debemos acogerla en nuestra casa. Acogerla a Ella es acoger el Amor. Es guardar la Palabra en nuestro corazón. Es servir como servía Ella. Tengamos a María en nuestro corazón.

lunes, 14 de septiembre de 2026

EL SIGNO DEL AMOR

 

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre ha de ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
(Jn 3,13-17)

En la paz de la noche, Jesús tiene una conversación con Nicodemo. Le dice que Él será "levantado" en la Cruz. Una cruz que es símbolo de grandeza porque es la muestra suprema de Amor. El Amor que es entrega total, donación de la vida. Un Amor que es la salvación de todos.

"Parece mentira. Resulta increíble. Pero los cristianos hemos terminado poniendo a Jesús en la cruz, la imagen viva del fracaso, de la tortura, de la muerte sin sentido, el hundimiento de todas las esperanzas, como el signo de vida. La cruz preside nuestras iglesias y celebraciones. La cruz es el signo del cristiano. La cruz está en lo más alto de los campanarios. Pero curiosamente, no es un signo de muerte sino de vida.
No siempre fue así. Durante los primeros siglos, las imágenes de Jesús, incluso cuando se le representaba clavado en la cruz, era la imagen de un Jesús victorioso, triunfador. Solo en la Edad Media se le empezó a representar sufriente, en la agonía propia del martirio/tortura que era la cruz. Fue el momento en que los cristianos comenzaron a ver reflejados en ese Jesús sus dolores, sus penas, sus angustias. Y el dolor se transfiguró en fuente de esperanza y de vida. La entrega de Jesús nos abría la puerta a una vida diferente. Si él había resucitado, también nosotros resucitaríamos.
En realidad, en esa imagen de Jesús sufriente se nos manifiesta el amor de Dios que camina con nosotros hasta el final, que asume nuestros dolores. Ya no estamos solos. Es la frase de Jesús en el texto evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único…”. Porque Dios no quiere nuestra condenación/muerte sino que nos salvemos por su amor manifestado en Cristo Jesús. Y donde ese amor hasta el final se manifiesta de forma más clara es precisamente en la cruz. En ese momento final en que Jesús entrega su vida en fidelidad a su misión de anunciar el reino de su Abbá.
No fue difícil convertir la cruz en el signo del cristiano. A la vez instrumento de tortura, de muerte, de la violencia sin sentido que recorre nuestro mundo y, a veces, nuestros corazones, en signo de esperanza y de vida. En ella estuvo crucificado el Amor. Y el Amor es siempre, siempre, porque más que no lo entendamos ni lo veamos con claridad a veces, más fuerte que la muerte, que el odio, que la violencia, que la venganza. “En el signo de la Cruz venceremos”."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 13 de septiembre de 2026

PERDONAR SIEMPRE

  


Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?
Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda. El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido. El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
(Mt 18,21.35)

Perdonar es indispensable para vivir en paz. Si no perdonamos, con el primero que no vivimos en paz es con nosotros mismos. Dios nos perdona siempre. Nosotros también debemos hacerlo.

" (...) El de hoy es uno de esos Evangelios con los que todos podemos, en principio, estar de acuerdo, pero que nos cuesta llevar a la práctica. Porque lo que más nos sale es lo contrario, el recordar las ofensas, y no perdonar sin condiciones: ¿Es el perdón una actitud de gente débil? ¿Tengo que ser tonto para ser bueno? ¿No hay momentos en los que uno, incluso teniendo la mejor voluntad, decimos Esto es demasiado? Basta con recordar, por ejemplo, la fecha del 11 de septiembre… Lo más normal es vengarse cuando uno puede, o al menos, guardar el rencor hasta mejor momento. La venganza es el placer del ofendido y el odio rencoroso, el único patrimonio seguro del más débil. La ira es muy dañina. Nos vuelve demonios. Propio de los demonios es vivir siempre encolerizados. Por eso, la mansedumbre es la virtud que más odian los demonios.  La cólera oscurece el alma, el espíritu: por ese motivo hay que cortar de raíz los pensamientos de cólera; no abandonarse a ellos.
Para recordarnos hacia dónde tenemos que tender, estos textos nos llaman a contemplar la actitud de Dios para con el pecador. El reconocimiento de ese Dios misericordioso debe crear en nosotros un corazón semejante al suyo. Porque lo que demuestra fortaleza y grandeza de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, sino perdonar, y romper la espiral de odio y de violencia con el amor reconciliador. Para sentirnos amados, necesitamos experimentar el perdón. Y gracias al ejemplo de Cristo, perdonar es siempre posible para el cristiano. Por lo menos, sabemos que es posible, y que debemos tender hacia ello.
La comunidad cristiana tiene que ser un lugar de perdón, empezando por ella misma. El perdón fraterno es una tarea que, día a día, tenemos que llevar a cabo. Ahí estuvo el problema del siervo que no supo perdonar, igual que le habían perdonado a él.
La pregunta de Pedro en el Evangelio quizá también nosotros nos la hayamos hecho: ¿cuáles son los límites del perdón ante la ofensa? Yendo más allá que los rabinos de la época, que determinaban que el perdón podía extenderse a tres o cuatro casos, Pedro propone para las ofensas la cifra de siete veces.
Jesús va aún más allá. La cifra que el Antiguo Testamento asignaba a la venganza de Lamec, consecuencia de la violencia desencadenada por Caín (Gn 4, 34) se saca de este contexto y se inserta como la respuesta adecuada a la pregunta de Pedro. La venganza ilimitada ante la violencia se transforma por tanto en perdón ilimitado expresado por idéntico número: setenta veces siete.
La parábola relatada para fundamentar esta exigencia presenta a tres personajes: un rey, un empleado y un compañero de este último. Se está hablando respectivamente de Dios, de un ofendido y de su ofensor. Sin embargo, el ofendido es, a la vez deudor y su deuda es considerablemente más grande que la deuda de su compañero.
Estos son los datos esenciales sobre los que se construye el relato. Se parte de la constatación que delante de Dios todos somos deudores insolventes. Nuestra deuda respecto a Él es inconmensurable, como la parábola cuida de precisar hablando de “millones”. Cuando el rey exige el pago de la deuda, el empleado no puede, y ante la justa decisión del acreedor que manda “que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y posesiones” recurre a la súplica que cambia la decisión real precedente: “tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda”.
Aquí encontramos la fuente desde donde se origina todo perdón. Más allá de nuestras categorías de justicia e injusticia, Dios afirma con su actuación la prioridad del perdón. A esta generosidad sin límites corresponde en el plano humano la violencia frente a otro que tiene una deuda ridícula para con el que ha sido perdonado de una deuda millonaria. Este último emplea la misma arma utilizada por su compañero delante del rey. También él “se echó a sus pies”, también él suplica con las mismas palabras: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo”. Pero a diferencia del anterior acreedor, el empleado arroja al compañero a la cárcel.
Esta violencia produce en los “compañeros” una profunda tristeza. Ante el acreedor que no ha querido participar el perdón recibido sólo queda el recurso de hacérselo saber al rey. Este pronuncia entonces la sentencia definitiva. En su fundamento se señala lo que era el deber de su servidor. Este debía ser movido por la misericordia que él había experimentado pero su corazón endurecido le ha impedido aceptarla y, por consiguiente, no podrá sentir los efectos de ella en su vida. De allí la sentencia: “indignado lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda”.
Aquí se pone de manifiesto hasta qué punto debe marcarnos a nosotros, como comunidad, la huella de la actuación de Dios. La existencia de cada cristiano se realiza ante la mirada vigilante del Padre, cuyo juicio tiene siempre presente la actuación solidaria respecto a los demás hermanos. No ser capaz de perdonar, significa no haber entrado verdaderamente en el ámbito de la comunión divina. No compartir el perdón con los demás es índice claro de que se ha interrumpido la comunicación con Dios, que es fuente de todo perdón.
Un dato importante: el perdón tiene razón de ser cuando el deudor moral es todavía deudor. Hay que apresurarse a perdonar antes de que el deudor haya pagado. Y ¡por nada a cambio! ¡Gratuitamente! ¡Porque sí! El ofendido renuncia, sin estar obligado a ello, a reclamar lo que se le debe y a ejercer su derecho.
Perdonamos sin razones suficientes. Si para perdonar hubiera que tener razones, también habría que tenerlas para creer. Si perdonamos es porque no tenemos razones. Las razones del perdón suprimen la razón de ser del perdón. No hay derecho al perdón. No hay derecho a la gracia. El perdón es gratuito, como el amor. Setenta veces siete. Siempre. Perdona."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)