viernes, 10 de julio de 2026

CONFIANZA ANTE LAS DIFICULTADES

 


Ved que os envío como a ovejas en medio de lobos. Sed, pues, astutos como serpientes, aunque también sencillos como palomas. Tened cuidado, porque os entregarán a las autoridades, os golpearán en las sinagogas y hasta os conducirán ante gobernadores y reyes por causa mía; así podréis dar testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero cuando os entreguen a las autoridades, no os preocupéis por lo que habéis de decir o por cómo decirlo, porque en aquel momento os dará Dios las palabras. No seréis vosotros quienes habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
Los hermanos entregarán a la muerte a sus hermanos, y los padres a sus hijos; y los hijos se levantarán contra sus padres, y los matarán. Todo el mundo os odiará por causa mía, pero el que permanezca firme hasta el fin, será salvo. Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, pues os aseguro que el Hijo del hombre vendrá antes que hayáis recorrido todas las ciudades de Israel.
(Mt 10,16-23)

Jesús nos advierte de las dificultades que encontraremos al seguirle. Pero nos pide confianza. El Espíritu estará con nosotros y hablará por nosotros. 

"Si Jesús envía a sus apóstoles (a sus discípulos, a todos nosotros) a anunciar el Evangelio es porque el mundo no está evangelizado. La misión no es un camino de rosas y no se debe abordar con ingenuidad, con esa ingenuidad que expresamos cuando decimos “todo el mundo es bueno”. En realidad, sí lo es, porque todo el mundo es obra buena de Dios (cf. Gn 1, 31). Pero también es cierto que en cierta medida (y no pequeña) ha dejado de serlo a causa del pecado. La misión a la que Jesús nos envía (prolongación de la suya) está fundada en la confianza de que la bondad original puede ser restablecida. Dios reacciona al pecado con el perdón y la misericordia, como con tanta fuerza lo expresa el profeta Oseas. Los mismos que han sido enviados lo saben por experiencia propia, puesto que son (somos) pecadores perdonados, heridos que han sido sanados.
Pero, repetimos, esa confianza basada en el amor inmerecido, como, de nuevo, dice Oseas, no es ingenua. De ahí la exigencia de ser prudentes como serpientes, puesto que los portadores de la buena noticia serán entregados, acusados, azotados, martirizados hasta la muerte, y en ocasiones por los más cercanos. Pero para que la prudencia propia de las serpientes no resulte antievangélica, es necesario completarla con la sencillez de las palomas. Y esto significa ser capaces de convertir toda circunstancia adversa en ocasión para el testimonio y el anuncio del evangelio, en los que actúa el Espíritu Santo. Esto es lo que nos enseña Jesús no sólo con sus palabras, sino con su ejemplo de vida, cuando ha hecho de la cruz (símbolo de sufrimiento e injusticia) el supremo testimonio de amor y causa de nuestra salvación.
La perseverancia en el bien es la garantía de esa salvación para sí, pero también para los demás, porque es la presencia constante de ese testimonio evangélico que puede, finalmente, mover los corazones, acoger el amor inmerecido y el perdón de la iniquidad, y curar los extravíos que alejan al ser humano de Dios y de sus hermanos."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 9 de julio de 2026

ID A REPARTIR AMOR

  


Id y anunciad que el reino de los cielos está cerca. Sanad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad de su enfermedad a los leprosos y expulsad a los demonios. Gratis habéis recibido este poder: dadlo gratis.
No llevéis oro ni plata ni cobre ni provisiones para el camino. No llevéis ropa de repuesto ni sandalias ni bastón, pues el obrero tiene derecho a su sustento.
Cuando lleguéis a un pueblo o aldea, buscad a alguien digno de confianza y quedaos en su casa hasta que salgáis de allí. Al entrar en la casa, saludad a los que viven en ella. Si la gente de la casa lo merece, la paz de vuestro saludo quedará en ella; si no lo merece, volverá a vosotros. Y si no os reciben ni quieren escucharos, salid de la casa o del pueblo y sacudíos el polvo de los pies. Os aseguro que en el día del juicio el castigo de ese pueblo será más duro que el de los habitantes de la región de Sodoma y Gomorra.
(Mt 10,7-15)

Jesús nos envía a repartir amor por el mundo. A curar, a devolver la vista, a hacer hablar a los mudos, curar leprosos y expulsar demonios. Es decir a hacer el bien. A anunciar que sólo el Amor puede salvarnos en esta vida. Esta es la Buena Nueva que nos trajo Jesús: que Dios es Amor.
"Jesús oró al señor de la mies que enviara trabajadores a su mies. Y esa oración fue escuchada, puesto que inmediatamente después envió a los apóstoles. Ya decíamos ayer que esa misión no es sino el acto de justicia de transmitir a los demás lo que hemos recibido de Dios. Pero llama la atención la parquedad del contenido del mensaje: la cercanía del reino de Dios. En cambio, Jesús insiste y pone el énfasis en las actitudes que han de asumir los enviados, y en las acciones que deben realizar. De este modo, recuerda que no se trata de una misión de propaganda o de conquista. Se trata de hacer visible de modo práctico el amor entrañable de Dios que con tanta pasión supo expresar el profeta Oseas. Un amor entrañable es un amor materno, que va más allá de la estricta justicia y se deja llevar por la sobreabundancia del corazón. Por eso es tan importante dar prioridad a las actitudes y las acciones que a las palabras (al discurso, el “relato” como gusta de decirse hoy). Y es que el contenido, la cercanía del reino, no es otro que la misma persona de Jesús, que viene y al que los discípulos abren camino: la misión de los apóstoles, como la misión de la Iglesia hoy, debe ser una preparación para el encuentro personal con Jesús, que es, como decía la mujer samaritana, el que nos los enseñará todo (cf. Jn 4, 25).
Ahora bien, el amor entrañable de Dios, la positividad del mensaje y su expresión en las acciones curativas, liberadoras y dadoras de vida con que los discípulos preparan el encuentro con Cristo no le quita un ápice de seriedad: rechazar el anuncio significa rechazar a Cristo, y rechazarlo a él no es rechazar una doctrina más o menos opinable, sino la salvación que Jesús ha venido a traernos, al mismo Dios que nos salva. Y esto es una seria advertencia no solo para los receptores del mensaje, sino también para sus portadores, que si no reflejan coherentemente en su vida el Evangelio que anuncian, pueden dificultar y hasta impedir su acogida."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 8 de julio de 2026

NOS ELIGE Y NOS ENVÍA

 

 Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar a los espíritus impuros y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.
 Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado también Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el que cobraba impuestos para Roma; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el cananeo, y Judas Iscariote, el que traicionó a Jesús.
Jesús envió a estos doce con las siguientes instrucciones:
– No os dirijáis a las regiones de los paganos ni entréis en los pueblos de Samaria; id más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Id y anunciad que el reino de los cielos está cerca.
(Mt 10,1-7)

Vemos en este texto el nacimiento de la Iglesia. Jesús escoge a sus doce apóstoles y los envía. Es el inicio, no nos extrañe las limitaciones que les pone. Primero debemos actuar con los cercanos a nosotros. Son los primeros a los que debemos anunciar la Buena Nueva. Ya llegará el momento en que tengamos que salir a las fronteras, a los que están más alejados. Lo importante es que Jesús nos elige para enviarnos.

" (...) Esta sobreabundancia que recibimos de Dios es una llamada a volver a la senda de la justicia. Es justo que reconozcamos los muchos bienes que recibimos de Dios, que los confesemos y demos gracias por ellos. Pero no solo: todos estos beneficios, que se han revelado definitivamente en Jesucristo, se nos dan para que los anunciemos, los compartamos y los hagamos llegar a todos, hasta los últimos rincones del mundo. La vocación apostólica es parte de esa justicia que cosecha misericordia. Es de justicia que demos gratis la misericordia de Dios que hemos recibido gratis. Y para que todo esto no se convierta en una ideología “buenista”, pero que no transforma nuestra realidad concreta, es importante que la universalidad de la misión empiece por los más cercanos, con aquellos con los que convivimos cada día y con los que tenemos inevitablemente roces y dificultades. Así hemos de entender esa aparente restricción en esta primera misión apostólica. Es solo el comienzo de una misión que, desde Jerusalén y Judea, llega a Samaria y se extiende hasta los confines del mundo (Hch 1, 8)."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

martes, 7 de julio de 2026

FALTAN OBREROS

 

Mientras los ciegos salían, algunas personas trajeron a Jesús un mudo que estaba endemoniado. Jesús expulsó al demonio, y en seguida el mudo comenzó a hablar. La gente, asombrada, decía:
– ¡Nunca se ha visto cosa igual en Israel!
Pero los fariseos decían:
– El propio jefe de los demonios es quien ha dado a este el poder de expulsarlos.
Jesús recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba toda clase de enfermedades y dolencias. Viendo a la gente, sentía compasión, porque estaban angustiados y desvalidos como ovejas que no tienen pastor. Dijo entonces a sus discípulos:
– Ciertamente la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Por eso, pedid al Dueño de la mies que mande obreros a recogerla.
(Mt 9,32-38)

La mies es mucha. Hoy, quizá como nunca, los obreros son pocos. Al leer este fragmento siempre pensamos en la falta de vocaciones. Pero Jesús nos habla a todos. Si somos sus seguidores, somos obreros que debemos recoger la mies. No importa que seamos sacerdotes, religiosos, consagrados...Todos somos obreros que debemos recoger la mies. 

" (...) La superación de toda idolatría se da en Jesús, que nos muestra el verdadero rostro de Dios Padre, nos libera de nuestros demonios y nos enseña el profundo humanismo de la fe en el Dios de Israel, que es el Dios y el Padre de todos. Pero su presencia humana, que desafía nuestra fe, encierra un peligro tan grande, si no mayor, que el de la idolatría. Si ésta significa adorar a Dios en lo que son solo sus criaturas, este otro peligro, más radical, consiste en atribuir carácter diabólico a la acción de Dios. Si la idolatría es un fe errada, la acusación de los fariseos contra Jesús es no sólo una falta de fe sino una verdadera mala fe, que considera imposible su acción liberadora en la concreción de nuestra vida. Pero estas objeciones (esta mala fe) no puede frenar la acción de Jesús, que nos mira con misericordia, se apiada de nuestras dolencias, y nos llama a implicarnos en la acción divina de aliviarlas, de sanar, curar y hacer presente en nuestro mundo la salvación. La exhortación de Jesús a orar para que el Señor envíe obreros a la mies es en sí misma una llamada a convertirnos en esos obreros, a dejar nuestras idolatría y mala fe, para unirnos a Él y a su misión."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 6 de julio de 2026

VOLVER A VIVIR

  


Mientras Jesús les estaba hablando, llegó un jefe de los judíos, se arrodilló ante él y le dijo:
– Mi hija acaba de morir, pero si tú vienes y pones tu mano sobre ella, volverá a la vida.
Jesús se levantó, y acompañado de sus discípulos se fue con él. Entonces una mujer que desde hacía doce años estaba enferma, con hemorragias, se acercó a Jesús por detrás y tocó el borde de su capa. Porque pensaba: “Con solo tocar su capa quedaré sana.” Pero Jesús, volviéndose, vio a la mujer y le dijo:
– Ánimo, hija, por tu fe has quedado sanada.
Y desde aquel momento quedó sana.
Cuando Jesús llegó a casa del jefe de los judíos, y vio a los músicos que estaban preparados para el entierro y a la gente que lloraba a gritos, les dijo:
– Salid de aquí. La muchacha no está muerta, sino dormida.
La gente se burlaba de Jesús, pero él los hizo salir; luego entró, tomó de la mano a la muchacha y ella se levantó. Y por toda aquella región corrió la noticia de lo sucedido.
(Mt 9,18-26)

La Fe nos cura. La Fe nos devuelve la vida. Como la hemorroísa o la muchacha, nuestra Fe puede hacer milagros. Porque la verdadera Fe nos da la vida. Debemos confiar en que Jesús, aunque parezca distraído  como en la hemorroísa, está siempre a nuestro lado. Él nos ayuda y nos conforta. Y sobre todo, nos da la verdadera VIDA.

"Todos conocemos la canción “La muerte no es el final”. Pero ante la afirmación de que la muerte no es el final del camino, muchos tuercen el gesto y la consideran un triste consuelo. En esta vida y en este mundo, en el que vivimos y morimos, la muerte se impone con brutalidad, y rompe los vínculos que nos unen al ser querido que ha caído en sus redes. Es verdad que cuando la muerte sucede después de una larga vida, pese a la dureza de la separación, es más fácil resignarse. Pero cuando el que muere es un niño, al dolor inmenso que produce se produce se une la protesta, que puede llegar a ser rebeldía y acusación contra Dios.
Jesús responde a la angustia y el desgarro de un padre que acaba de perder a su hija, y que no se resigna, y le pide, casi le exige, que venga a imponer su mano sobre la niña para que viva. Podemos imaginar la angustia, la cólera, la protesta y el matiz de exigencia que revela su súplica.
La reacción de Jesús de marchar en pos del hombre, nos dice que Jesús nunca permanece indiferente a nuestro dolor y a nuestros gritos de auxilio. Es verdad que, a veces, como en el caso que nos ocupa, la respuesta se hace esperar, Jesús se distrae y pierde el tiempo atendiendo a otros sufrimientos, que nos parece que no son tan urgentes. Aunque, posiblemente esa demora y el diálogo con la mujer hemorroisa curada juega también su papel: para que Dios intervenga en nuestra vida atendiendo a nuestras peticiones necesitamos acercarnos a Él con fe, con una confianza plena, de la que la mujer es un ejemplo vivo. Es como si Jesús, con su demora, estuviera diciéndole al padre angustiado e impaciente, que lo esencial es tener fe.
La respuesta de Jesús a nuestros dolores ha consistido en cargar Él mismo con todos ellos, entregándose a la muerte en la cruz. Jesús entiende bien lo que le pedimos y lo que sentimos al hacerlo. Él mismo, que ha pasado por el trance del sufrimiento y por el umbral de la muerte, y que ha alcanzado la orilla de la resurrección, puede decirnos con todo fundamento que nuestros muertos no están muertos, no han sido devorados por la nada, sino que viven, aunque a nuestros ojos estén dormidos.
Esto provoca la risa de muchos. También le sucedió a Jesús. Pero nosotros, que creemos en la muerte y la resurrección de Cristo, sí sabemos que esa niña no estaba muerta, sino dormida, y que el Cristo resucitado la toma de la mano y la pone en pie, levantándola a una vida nueva.
A todos los difuntos extiende la mano Jesús para ponerlos en pie. A todos les habla al corazón con palabras de amor, aunque la respuesta ya dependa de nosotros. Y también a nosotros, mientras vivimos, nos habla, nos llama, nos ofrece su mano para que nos levantemos de esa muerte que es el pecado, y vivamos ya en este mundo la vida nueva de la resurrección, que se manifiesta en el mandamiento del amor.
También a María Goretti, que se resistió al pecado hasta dar la vida, Jesús la ha tomado de la mano y la ha puesto en pie. También en ella la vida ha vencido sobre el pecado y la muerte."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 5 de julio de 2026

CORAZONES DE NIÑO

 
 

Por aquel tiempo, Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido."
“Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce realmente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar. Aceptad el yugo que os impongo, y aprended de mí, que soy paciente y de corazón humilde; así encontraréis descanso. Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros.”
(Mt 11,25-30)

Para encontrar a Dios, para ser discípulo de Jesús, se ha de ser humilde, sencillo de corazón. El orgullo, la prepotencia sólo ven nuestro ego. Para encontrar a Dios debemos mirar a nuestro alrededor con la inocencia que lo hacen los niños, admirándose de todo.

"(...) La figura de Jesús que nos transmite el Evangelio hoy nos recuerda lo mismo. Jesús es habitado por un espíritu de mansedumbre, de humildad y de paz, no de rigidez. En múltiples ocasiones los Evangelios comparan el talante repetitivo y autoritario de los maestros de Israel con el carácter cercano y sencillo del mismo Jesús, que tanto asombraba a los que le escuchaban.
Los maestros de Israel adoptaban un estilo soberbio, autosuficiente, presuntuoso, discriminador. De ellos decía Jesús que cargaban pesados fardos sobre la espalda de la gente, mientras que ellos no colaboraban para levantar la carga ni con un dedo. Jesús es un Maestro humilde, no presuntuoso. Y nos dice que su yugo es llevadero y su carga ligera. Al hablar de yugo está indicando que – tal y como ocurre con los bueyes uncidos al yugo – la carga compartida es menos carga. El mismo Jesús está dispuesto a compartir el yugo y la carga con su discípulo. Él sabe compadecerse porque ha pasado por una situación parecida.
Jesús da gracias al Padre, porque quienes mejor acogen y comprenden sus misterios no son los sabios y entendidos, sino la gente más humilde y sencilla. A ellos les revela el Hijo todo lo que el Abbá le ha comunicado. Los sencillos, los que sufren, los que tienen problemas, son los que mejor acogen el mensaje, y los que mejor pueden entender estas palabras de Jesús.
¡Qué buena oportunidad nos ofrece este domingo para que nos preguntemos qué espíritu nos mueve y qué tipo de magisterio ejercemos en la Iglesia y desde la Iglesia! ¿De quién está más cerca nuestro estilo, del de Jesús o del de los fariseos? ¿Colaboramos a la paz social, a la reconciliación? ¿Aportamos soluciones a los problemas de la familia, de los grupos, de aquellos que se sienten marginados, o cargamos fardos pesados? ¿Trae nuestro testimonio moral alivio o agobio, inquietud o descanso? ¿Aprecia la sociedad en nosotros la humildad y mansedumbre de Jesús o la violencia de los maestros de la ley? Son preguntas muy serias éstas; de ellas depende nuestra credibilidad social."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 4 de julio de 2026

EL HOMBRE NUEVO

 

 Los seguidores de Juan el Bautista se acercaron a Jesús y le preguntaron:
– Nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia: ¿Por qué tus discípulos no ayunan?
Jesús les contestó:
– ¿Acaso pueden estar tristes los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Pero llegará el momento en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.
Nadie remienda un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porque lo nuevo encoge y tira del vestido viejo, y el desgarrón se hace mayor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, y tanto el vino como los odres se pierden. Por eso hay que echar el vino nuevo en odres nuevos, para que se conserven ambas cosas.
(Mt 9,14-17)

Las penitencias, los ayunos, las leyes, sólo tienen un sentido: crear el hombre nuevo. Ese seguidor de Jesús que se entrega totalmente y ama a todo el mundo. Si no buscamos este objetivo, nuestros ayunos no sirven para nada.

"¿Eres de los que le gustan las novedades o de los que prefiere las cosas de siempre?
Hoy Mateo nos habla de lo nuevo y de lo viejo. En otro pasaje de su Evangelio habla de lo bueno que es sacar de la alforja cosas del pasado, porque sostienen el presente, a la vez que cosas nuevas, porque alientan el futuro.
En cambio, hoy parece apostar más por lo nuevo. En realidad, nos está hablando del que es “Nuevo”: Jesucristo. Él es el hombre nuevo, el que renueva todo lo caduco que se había ido pegando a la humanidad a lo largo de los siglos y que sigue amenazando a cada generación y a cada corazón: vivir desde el egoísmo, despreciar al prójimo, cerrarse a Dios. Jesús es nuevo, siendo lo que siempre soñó Dios: abierto al Padre, acogedor del otro, corazón despierto.
Por eso, cuando Jesús entra en la vida, ya no es tiempo de componendas. Como queramos seguir con las viejas costumbres, acabarán reventando, como hace el vino nuevo con los odres viejos. Jesús reventó los odres del judaísmo. Y Jesús sigue reventando los antiguos hábitos de “mujeres y hombres viejos”… siempre que le dejemos
entrar.
Señor Jesús:
te confieso como Dios nuevo y hombre nuevo.
Renueva mi vida, para que yo también sea nuevo.
Dale la vuelta a lo que en mí está al revés,
para ponerlo de nuevo como Dios lo pensó en el principio.
Renueva nuestro mundo, para que sea hogar de todos.
Y renueva tu Iglesia,
para que aliente y sirva al mundo nuevo que nos tienes preparado.
Amén."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)