viernes, 30 de octubre de 2026

LO PRIMERO ES AMAR

  

Sucedió que un sábado fue Jesús a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos le estaban espiando. Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía. Jesús preguntó a los maestros de la ley y a los fariseos:
– ¿Está permitido sanar a un enfermo en sábado, o no?
Pero ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó al enfermo, lo sanó y lo despidió. Y dijo a los fariseos:
– ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae a un pozo, no lo saca en seguida aunque sea sábado?
Y no pudieron contestarle nada.
(Lc 14,1-6)

Jesús nos enseña que el Amor, la misericordia, la entrega, están por encima de todo. Las normas, los ritos, están supeditados al Amor. No podemos dejar de atender a alguien que nos necesita, porque debemos ir a misa, o reunirnos con un superior. Jesús demostró con sus actos, que dejar el Amor de lado por una "obligación" espiritual, no es sino hipocresía.
 
"A veces hay descubrimientos filosóficos que ya, con mucha antelación, encontramos en el Evangelio o, como en este caso, en los escritos paulinos. El filósofo Max Scheler consideraba que el amor es como una luz que nos abre al conocimiento de valores presentes en la persona amada, y que una mirada carente de amor es incapaz de descubrir. Scheler, que reconocía su deuda con la teoría del amor de san Agustín y, por tanto, con lo mejor de la tradición cristiana, bien se podría haber inspirado en este texto, en el que Pablo desea para los filipenses que su amor crezca en sensibilidad y penetración para apreciar los valores (“lo mejor” o “las cosas mejores” en el texto original). Contra lo que se suele pensar, el amor no es un sentimiento irracional y caótico, sino un movimiento que brota del libre centro personal, que coopera con la razón y la voluntad (conoce, decide y pasa a la acción) y da la vida humana equibrio, dirección y sentido.
La gran diferencia entre una mirada animada por el amor y otra carente de él se echa de ver con claridad en el texto evangélico que acabamos de escuchar. La mirada de Jesús guiada por el amor “ve” el sufrimiento, ve a la persona concreta, se compadece y actúa para remediar la necesidad: reconoce lo que es y lo que puede llegar a ser, y actúa para que así sea. En cambio, la ausencia de amor ciega para esos valores superiores, los de la persona concreta, su dignidad y valor, y se queda sólo en un cierto orden establecido, en un legalismo que da seguridad, pero cierra a la relación. Lo notable del caso es que el verdadero amor no sólo responde a la necesidad del que sufre, sino que también denuncia la insensibilidad del que no ama. Esa denuncia es, en realidad, una llamada a abrir los ojos, a cambiar de actitud, a adentrarse por el camino de la misericordia y el amor activo. Que respondamos a esa llamada o no (como sucede tristemente con los fariseos de hoy) depende ya de cada uno de nosotros."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 29 de octubre de 2026

EN NOMBRE DEL SEÑOR

  



También entonces llegaron algunos fariseos, a decirle a Jesús:
– Vete de aquí, porque Herodes te quiere matar.
Él les contestó:
– Id y decidle a ese zorro: ‘Mira, hoy y mañana expulso a los demonios y sano a los enfermos, y pasado mañana termino.’ Pero tengo que seguir mi camino hoy, mañana y al día siguiente, porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, pero no quisisteis! Pues mirad, vuestro hogar va a quedar desierto. Y os digo que no volveréis a verme hasta que llegue el tiempo en que digáis:
‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’
(Lc 13,31-35)

Jesús predice su destino. Será incomprendido y muerto- No por Herodes, sino por aquellos que le avisan ahora de que Herodes quiere matarlo. Si le seguimos nosotros también seremos incomprendidos. Pero como Él debemos seguir nuestro trabajo, nuestra entrega en el bien de los demás. Ser benditos porque venimos en nombre del Señor. Enviados por Él.

" (...) La visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que los que nos parecen malos rematados y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Así, vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, debían tener algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Mc 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.
El que la acepta y se deja guiar por ella es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perseverar en su misión de luchar contra el mal (expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan) y de hacer el bien (curar), hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida.
En conclusión, la voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia, en la espera de su venida definitiva, cuando exclamaremos: “bendito el que viene en el nombre del Señor”."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 28 de octubre de 2026

ELEGIDOS POR ÉL

  

Por aquellos días, Jesús se fue a un cerro a orar, y pasó toda la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, reunió a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales llamó apóstoles. Estos fueron: Simón, a quien puso también el nombre de Pedro; Andrés, hermano de Simón; Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago hijo de Alfeo; Simón el celote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que traicionó a Jesús.
Jesús bajó del cerro con ellos, y se detuvo en un llano. Se habían reunido allí muchos de sus seguidores y mucha gente de toda la región de Judea, y de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón. Habían venido para oir a Jesús y para que los curase de sus enfermedades. Los que sufrían a causa de espíritus impuros, también quedaban sanados. Así que toda la gente quería tocar a Jesús, porque los sanaba a todos con el poder que de él salía.
(Lc 6,12-19)

Jesús escoge a sus apóstoles tras la oración al Padre. Y luego desciende para hablar a la gente y curarlos. Si nos consideramos sus seguidores, hemos de recordar que es Él quien nos ha elegido. Si nos consideramos sus seguidores, debemos bajar al llano, hablar de Él y curar en su nombre, es decir, entregarnos, a todos los demás.

"Las fiestas de los santos fijan su mirada en algún personaje histórico y reparan en el modo en que Cristo Jesús y su evangelio han influido y transformado su vida. No se trata de exaltar al héroe que se ha hecho a sí mismo, sino la gracia de Dios que ha producido efectos de bondad y santidad en la persona que la acoge. Pero, ¿qué decir cuando de los santos que celebramos no sabemos casi nada? Es lo que sucede hoy con los apóstoles Simón y Judas. De ellos solo sabemos que eran miembros del grupo de los doce, y apenas nada más. Y las escasas informaciones sobre ellos ni siquiera son coincidentes. Así, Lucas dice de Simón, que era “zelota”, militante antiromano, mientras que Mateo y Marcos lo llaman simplemente “cananeo”. Respecto de Judas, incluso hay discrepancias sobre su nombre, pues Mateo y Marcos llaman Tadeo, al que Lucas designa como Judas, “el de Santiago” (el de Jacob, en el original), que tampoco dice mucho, pues Jacob era un nombre muy frecuente entre los judíos. De Judas, eso sí, tenemos el testimonio de que le preguntó a Jesús por qué se manifestaba solo a ellos y no al mundo, y la tradición le atribuye la autoría de una breve carta del Nuevo Testamento.
Esta escasez de datos nos permite, sin embargo, centrarnos en algunos rasgos esenciales de la vocación apostólica y en la influencia que tiene en nosotros. La primera, sin duda, es la relación personal con Cristo. Por eso es importante que, pese a la escasez de datos, sepamos que Jesús los llama por el nombre. Y además lo hace después de pasarse un noche en oración. Una decisión tan importante no puede tomarse a la ligera. Dios no nos toma a la ligera, no nos trata “a bulto”, en general. Antes de llamarnos por el nombre, cualquiera que sea nuestra vocación, se lo piensa bien, medita. Es difícil imaginarse algo así en Dios, pero Jesús, imagen visible del Padre, nos lo muestra con claridad. En segundo lugar, vemos que la llamada de los doce no es una segregación, un privilegio que pone a los elegidos a parte o por encima. Al contrario, tras el nombramiento Jesús se acerca a las gentes, las multitudes (discípulos y pueblo, sin limitaciones) lo rodean, lo escuchan, son curados por Él. Es claro que el encuentro con la humanidad, sin distinciones, es parte esencial de la vocación apostólica, que participa de esa fuerza curativa de Jesús. Es la fuerza del amor de Dios, que convierte a los extraños y forasteros en conciudadanos, en miembros de la familia de Dios Padre, en hermanos en Cristo.
Todos participamos de la vocación apostólica, aunque no seamos apóstoles, porque todos estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles. Y eso significa sabernos llamados por Jesús por el nombre (tras una noche en oración), incorporarnos a la familia de Dios y ser constructores de fraternidad, de ese templo hecho de piedras vivas al que todo ser humano, sin distinción, está llamado a integrarse."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

martes, 27 de octubre de 2026

LO GRANDE ANTES FUE PEQUEÑO

  

Jesús decía: “¿A qué se parece el reino de Dios y a qué podré compararlo? Es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo, y que crece hasta llegar a ser como un árbol tan grande que las aves anidan entre sus ramas.”
También dijo Jesús: “¿A qué podré comparar el reino de Dios? Es como la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para que toda la masa fermente.”
(Lc 13,18-21)

Lo grande antes fue pequeño. Nuestros pequeños actos de Amor pueden tener grandes consecuencias. Una semilla pequeña da un gran árbol. Una pequeña cantidad de levadura, fermenta toda la mesa. Ante los problemas del mundo podemos pensar que nosotros poco podemos hacer. Jesús nos señala la importancia de esas cosas pequeñas. Es el lema de la Fundación PROYDE: "gente pequeña, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo"
No pensemos que no vale la pena nuestra contribución. Esa sonrisa, esa palabra de consuelo, esa pequeña ayuda...pueden hacer que el mundo se llene de paz y de Amor. 

lunes, 26 de octubre de 2026

HACER EL BIEN POR ENCIMA DE TODO





Un sábado se puso Jesús a enseñar en una sinagoga. Había allí una mujer que estaba enferma desde hacía dieciocho años. Un espíritu maligno la había dejado encorvada, y no podía enderezarse para nada. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo:
– Mujer, ya estás libre de tu enfermedad.
Puso las manos sobre ella, y al momento la mujer se enderezó y comenzó a alabar a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, enojado porque Jesús la había sanado en sábado, dijo a la gente:
– Hay seis días para trabajar: venid cualquiera de ellos a ser sanados, y no el sábado.
El Señor le contestó:
– Hipócritas, ¿no desata cualquiera de vosotros su buey o su asno en sábado, para llevarlo a beber? Pues a esta mujer, que es descendiente de Abraham y que Satanás tenía atada con esa enfermedad desde hace dieciocho años, ¿acaso no se la debía desatar aunque fuera en sábado?
 Cuando Jesús dijo esto, sus enemigos quedaron avergonzados; pero toda la gente se alegraba viendo las grandes cosas que él hacía.
(Lc 13,10-17)

Siempre debemos realizar el bien. El cumplimiento de normas y preceptos no pueden ser una excusa para dejar de hacer el bien. Jesús cura aquella mujer en sábado. La necesidad de aquella mujer, nuestra obligación de curarla, pasa por encima de nuestras obligaciones espirituales. Recordemos el mandamiento de que nos habló Jesús en el evangelio de ayer. El amor al prójimo va unido al amor a Dios.

"Es sabido que a los periodos de rigidez (moral o religiosa) les suceden otros de relajación y laxitud. Posiblemente, el temor, la tensión y el cansancio que produce la intransigencia explican que después se relajen los ánimos, y se tienda a la manga ancha y a rebajar las exigencias morales y religiosas. Pero, por la ley del péndulo, el sentido de vacío que suele provocar la flojera de la laxitud, también son la causa del movimiento contrario hacia una mayor exigencia. Lo ideal, claro, sería encontrar el equilibrio, que combina exigencia con apertura de espíritu. En realidad, el Evangelio, el mandamiento del amor, la persona de Jesús son ese punto de equilibrio que siempre debemos buscar.
Así, Pablo nos recuerda que las actitudes evangélicas que debemos practicar unos con otros, y que son la consecuencia de la misericordia y el perdón que Dios nos ha regalado en Cristo, implican un modo de vida que excluye otras actitudes y formas de comportamiento que son incompatibles con los valores del Reino de Dios. No podemos engañarnos a nosotros mismos, fiándonos en que la misericordia de Dios, al final, cierra los ojos y lo admite todo. No es posible habitar en el ámbito del Reino de Dios actuando de formas que son la negación de ese reinado de Dios en nuestros corazones, en nuestra vida y en nuestras relaciones. Y es que Jesús nos enseña hoy que la misericordia (la de Dios, y la que debemos practicar nosotros) no sólo no cierra los ojos, sino que, al contrario, los abre de par en par, pero para ver los sufrimientos de los demás e ir en su ayuda. Y es esa misma misericordia la que denuncia, como hace hoy Jesús, una pretendida justicia de corazón duro, que pone leyes formales por encima de aquella. Porque el verdadero sentido del sábado no es la prohibición de hacer esto o aquello (hasta prohibir hacer el bien), sino la alegría de entrar en el descanso de Dios, en la plenitud de la salvación, liberados de todas nuestras miserias."
(Jos-e María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 25 de octubre de 2026

DIOS ES AMOR

  


Los fariseos se reunieron al saber que Jesús había hecho callar a los saduceos. Uno de aquellos, maestro de la ley, para tenderle una trampa le preguntó:
– Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?
Jesús le dijo:
– ‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.’m Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Y el segundo es parecido a este: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ De estos dos mandamientos pende toda la ley de Moisés y las enseñanzas de los profetas.
(Mt 22,34-40)

Jesús respondió con claridad. Lo importante es amar. Porque Dios es Amor. Todo lo demás está supeditado a cómo amamos. Nosotros seguimos otras cosas y nos quejamos de que no somos felices. Es que no sabemos amar de verdad. Como Él nos ama.

" (...) Un domingo más asistimos al intento de tender una trampa al Maestro. Esta vez, con una pregunta sobre la Ley. Nos han explicado que un judío cumplidor tenía más de seiscientas normas para observar con todo cuidado. Nosotros no llegamos a tanto. Pero tenemos los Diez Mandamientos, de los que ocho son negativos. Tenemos los cinco de la Iglesia, la regulación del ayuno eucarístico, sin meternos a contar los 1752 cánones del Código de Derecho Canónico, de los cuáles algunos implican obligación más o menos graves. Y antes de la reforma litúrgica, un pobre cura en una sola Misa podía cometer unos cuantos pecados mortales.
Pero, ¿es qué no hay un camino sencillo para llegar a Dios? ¿Es posible que Dios haya hecho tan difícil llegar a Él? Dios nos responde como hizo entonces, que su ley no pide más que amor: amor a Dios y por Dios al hombre, o amor al hombre y en él a Dios. Nuestra vida diaria no está hecha de grandes cosas, sino de pequeños detalles. Unos que vienen, otros que se van, discusiones, reconciliaciones, fallos, aciertos, penas, alegrías… Así vamos viviendo. Y así tenemos que llevar a la práctica el mensaje del Evangelio de hoy, la norma más importante de la Ley, la del amor.
Muchos autores han reflexionado sobre Dios, pero sin encontrarse con Él. Desde que el hombre se dedicó a filosofar, Dios ocupó un puesto central durante muchos siglos. Con su cabeza dedujo que Dios era Uno, Todopoderoso, Bueno, Eterno, Omnisciente… Se le describió como un Motor Primero, como Ser Necesario, como Causa Incausada, como el Totalmente Otro, Inmutable, Trascendente…
Todas estas disquisiciones están muy bien, pero nos dejan fríos. Nos produce este Dios un sentimiento parecido a ese gran ordenador que disputó con Kaspárov, hace ya muchos años, una gran partida de ajedrez. Nos provocará admiración, nos hará sentir pequeños, pero no será capaz de hacernos vibrar el corazón. Y es que el Dios de la cabeza, de las ideas, el de las definiciones, no nos llega, no conecta con nosotros. No nos vale. Casi podíamos decir que no es Dios. Porque a Dios lo hemos puesto muy alto, en lo más alto de los cielos y nuestro amor a Él puede ser platónico, puede ser un enviarle de vez en cuando nuestros cariñosos recuerdos. Decirle muchas cosas. Él allí y nosotros aquí.
Pero a Dios no le bastan nuestros cariñosos recuerdos y se baja de lo alto de los cielos y se nos hace el encontradizo en el enfermo que visitamos, en el que nos tiende la mano porque no tiene que comer, en el que se hiela con el frío del invierno. Dios ha querido identificar el amor hacía Él y el amor al hermano metiéndose en el hermano. El enfermo es Dios. El hambriento es Dios. El que pasa frío es Dios.
Dios es amor. Esta es la gran palabra, la única ley que recibimos de Cristo. Todo consiste en aprender esta ciencia, nuestra única asignatura. De ella, y sólo de ella seremos examinados en el atardecer de la vida. Y como Dios es amor, y nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, nosotros tenemos que amar. Y no de cualquier manera, sino como Jesús. Esto es lo que caracteriza al cristiano: En esto conocerán que sois mis discípulos. Amaos como Yo os amé. Porque amar, más o menos, todo el mundo lo hace, o dice que lo hace. Pero no importa tanto el qué sino el cómo. Atentos al como Yo os he amado.
No nos cansemos nunca de amar. No pensemos que ya hemos hecho demasiado en este sentido. ¿Quién no está necesitado de amor? Y tampoco pensemos que no valemos para ello. Todo el mundo tiene esa capacidad. Además, es difusiva, se expande a medida que se comparte, va creciendo y puede llegar a lograr la “civilización del amor”. Con la ayuda de cada uno de nosotros."
(Alejandro Carbajo, cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 24 de octubre de 2026

OTRA OPORTUNIDAD

 

 Por aquel mismo tiempo fueron unos a ver a Jesús, y le contaron lo que Pilato había hecho: sus soldados mataron a unos galileos cuando estaban ofreciendo sacrificios, y la sangre de esos galileos se mezcló con la sangre de los animales que sacrificaban.
Jesús les dijo: ¿Pensáis que aquellos galileos murieron así por ser más pecadores que los demás galileos? Os digo que no, y que si vosotros no os volvéis a Dios, también moriréis. ¿O creéis que aquellos dieciocho que murieron cuando la torre de Siloé les cayó encima, eran más culpables que los demás que vivían en Jerusalén? Os digo que no, y que si vosotros no os volvéis a Dios, también moriréis.
Jesús les contó esta parábola: Un hombre había plantado una higuera en su viña, pero cuando fue a ver si tenía higos no encontró ninguno. Así que dijo al hombre que cuidaba la viña: ‘Mira, hace tres años que vengo a esta higuera en busca de fruto, pero nunca lo encuentro. Córtala. ¿Para qué ha de ocupar terreno inútilmente?’ Pero el que cuidaba la viña le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año. Cavaré la tierra a su alrededor y le echaré abono. Con eso, tal vez dé fruto; y si no, ya la cortarás.’
(Lc 13,1-9)


Dios siempre nos da otra oportunidad. Nosotros podemos desviarnos de nuestro camino, dejar de dar frutos...Pero Dios, como el viñador, cava a nuestro alrededor, nos abona...para que demos fruto.
"Hay preguntas que aparecen especialmente cuando la vida nos desconcierta: ¿por qué ocurre esto?, ¿por qué unas personas sufren y otras no?, ¿es el sufrimiento un castigo de Dios? En el Evangelio de hoy, algunas personas se acercan a Jesús con precisamente este tipo de preguntas. Le hablan de unos galileos asesinados por orden de Pilato y de las dieciocho personas que murieron al caer la torre de Siloé. Buscan una explicación sencilla: quizá esas personas habían sido más pecadoras que las demás.
Jesús rompe radicalmente con esa manera de pensar: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás?» La respuesta es clara: no. El sufrimiento de una persona no permite concluir que sea más culpable que otra. Jesús no utiliza la desgracia ajena para condenar, sino que aprovecha estas situaciones para dirigir la mirada hacia el corazón de cada uno: «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera» La palabra que se repite es conversión. Pero convertirse no significa vivir paralizados por el miedo ni pensar continuamente en nuestros errores. Significa volver el corazón hacia Dios, reconocer que nuestra vida es un don y preguntarnos qué estamos haciendo con ella.
Y entonces Jesús cuenta la parábola de la higuera. El dueño de la viña busca fruto y no lo encuentra. Podría cortar inmediatamente el árbol que parece inútil. Sin embargo, el viñador pide tiempo: «Señor, déjala todavía este año». Él quiere cavar alrededor, cuidar la tierra y abonarla. Todavía existe una posibilidad. Todavía puede dar fruto. Esta imagen revela algo muy profundo sobre Dios. Dios espera. Dios trabaja. Dios no se cansa fácilmente de nosotros. Su paciencia no significa indiferencia ante nuestra vida, sino confianza en que podemos cambiar y dar fruto.
La parábola nos invita a preguntarnos: ¿qué frutos está dando mi vida? ¿Qué está creciendo en mi corazón? ¿Hay amor, misericordia, generosidad, servicio, esperanza? ¿O quizá estoy dejando que crezcan la indiferencia, el egoísmo, el resentimiento o la comodidad? La pregunta no pretende producir angustia, sino despertar. El Evangelio no nos dice: «Ya no tienes remedio». Al contrario: todavía hay tiempo para dar fruto.
En este sentido, el Evangelio adquiere una resonancia especial al celebrar la memoria de san Antonio María Claret, obispo y fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. La Iglesia recuerda el 24 de octubre a este gran misionero del siglo XIX, cuya vida estuvo marcada por un profundo deseo de anunciar a Jesucristo y ayudar a las personas a vivir de acuerdo con el Evangelio. El veinticuatro de octubre es un día muy especial para la familia claretiana. Celebramos el paso al Cielo del nuestro fundador. Porque de los santos se recuerda el cumpleaños, sí, pero sobre todo el día de su muerte, de su nacimiento al Cielo.
Claret comprendió que el Evangelio no podía quedarse encerrado. Si Dios había transformado su propia vida, esa experiencia tenía que convertirse en misión. Por eso recorrió numerosos lugares predicando, acompañando a las personas y utilizando también la palabra escrita como instrumento de evangelización. Más tarde, como arzobispo de Santiago de Cuba, continuó entregándose al servicio de la Iglesia y de las personas que tenía confiadas. Incluso como confesor de la reina Isabel II de España siguió aprovechando cualquier oportunidad para evangelizar. Su vida muestra que encontrarse con Cristo lleva naturalmente a querer que otros también lo conozcan.
Aquí encontramos una hermosa conexión con la higuera del Evangelio. Una vida que recibe el cuidado de Dios está llamada a dar fruto. Y el fruto de la vida cristiana no consiste simplemente en cumplir normas. Se manifiesta en una existencia que se convierte en don para los demás. Claret no vivió para sí mismo. Dejó que Dios «cavara» alrededor de su vida, la transformara y la enviara. Su respuesta fue una vida misionera, marcada por la predicación, la oración, la caridad y una extraordinaria creatividad apostólica. Los propios Misioneros Claretianos continúan presentando su misión como una llamada a anunciar el amor de Dios y a estar cerca de quienes se sienten olvidados.
Pero quizá la pregunta más importante de este Evangelio no sea solamente qué hizo Claret, sino qué quiere hacer Dios con nuestra vida. Cada persona es como una higuera plantada por Dios en una tierra concreta: una familia, una comunidad, un trabajo, una parroquia, una sociedad, unas circunstancias determinadas. Dios espera frutos allí donde nos ha colocado. A veces pensamos que para cambiar el mundo necesitamos hacer grandes cosas. El Evangelio propone algo más sencillo: dejar que Dios transforme nuestro corazón para que nuestra vida pueda alimentar y servir a otros.
También nosotros podemos necesitar que el Señor remueva nuestra tierra, quite aquello que nos endurece y nos ayude a crecer. Podemos estar atravesando una etapa de cansancio, dudas, fracaso o incluso alejamiento de Dios. La parábola nos recuerda que el Señor no mira nuestra vida únicamente desde lo que ya hemos producido. Mira también lo que todavía podemos llegar a ser.
San Antonio María Claret entendió profundamente esta dinámica. Su vida no fue una historia sin dificultades, pero sí una historia de respuesta. Su pasión misionera nació de saberse amado y enviado por Dios. Por eso su memoria puede convertirse hoy en una invitación para todos nosotros: no desperdiciar la vida, no encerrarnos en nosotros mismos y no dejar pasar la oportunidad de hacer el bien.
La higuera todavía tiene tiempo. Nosotros también. Quizá hoy sea el momento de preguntarnos delante del Señor: ¿qué fruto quieres que dé mi vida? ¿A quién quieres que lleve tu amor? ¿Qué necesitas transformar en mí para que pueda ser testigo de tu Evangelio? El Dios que espera junto a la higuera es también el Dios que llama y envía. Como san Antonio María Claret, estamos invitados a dejarnos transformar por Cristo para que nuestra vida pueda convertirse, allí donde estamos, en una pequeña semilla de esperanza, misericordia y Evangelio."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)