jueves, 10 de septiembre de 2026

AMOR TOTAL

 


Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite la capa déjale que se lleve también tu túnica. Al que te pida algo dáselo, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Haced con los demás como queréis que los demás hagan con vosotros. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los pecadores se portan así! Y si hacéis bien solamente a quienes os hacen bien a vosotros, ¿qué tiene de extraordinario? ¡También los pecadores se portan así! Y si dais prestado sólo a aquellos de quienes pensáis recibir algo, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡También los pecadores se prestan entre sí esperando recibir unos de otros! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y dad prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos. Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará. Dad a otros y Dios os dará a vosotros: llenará vuestra bolsa con una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.
(Lc 6,27-38)

Amar a nuestros enemigos, a aquellos que nos hacen daño, nos parece imposible. No lo conseguiremos inmediatamente, pero es un horizonte hacia el que debemos tender. Si reflexionamos y meditamos. Si rezamos por ellos, acabaremos comprendiendo su forma de actuar y podremos acabar amándolos. Siempre que no juzguemos. Y debemos ser compasivos. El concepto de compasión lo entendemos erróneamente. Nos parece que el que se compadece está por encima del compadecido. Etimológicamente, compadecer es "padecer con". Es estar al lado del otro, hacerse uno con el otro. La compasión verdadera nos une unos a otros.

"También podríamos decir que nada hay más exigente que el amor. No hay ley, por dura y estricta que sea, que exija tanto como el mandamiento del amor, que, como ilustra Jesús hoy con tanta claridad, nos pide una entrega sin reservas y sin límites, dispuestos incluso a renunciar a lo que nos pertenece. Y esa entrega no es solo a los cercanos, a los que estamos inclinados a amar de manera natural, sino también a los que, por el contrario, de manera natural despiertan en nosotros sentimientos de rechazo y de odio. Jesús parece pedirnos un imposible. ¿Quién tiene fuerzas para amar con un amor así? En realidad, después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús desgrana las consecuencias de ese nuevo mundo de valores que él mismo está inaugurando. Y más que proponernos exigencias desorbitadas de imposible cumplimiento, nos anuncia el amor en acto con el que Dios ya nos está amando. Es Dios, en Cristo, el que ama a sus enemigos, que somos nosotros cuando pecamos; es él el que se deja pegar en la mejilla, y se despoja de todo, de su capa y de su túnica, para, desnudo, entregar su vida en la cruz. Dios, en Jesús, nos ama con un amor compasivo, que no nos juzga, sino que nos perdona, y nos da sus dones con una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Justo es que, enriquecidos de tal manera, tratemos de responder con una medida semejante.
Dios nos ama porque nos conoce. Nosotros solo podemos conocer de verdad si estamos en disposición de amar. Ese amor nos hace libres de los dioses y señores de este mundo, de sus ídolos y falsos salvadores. Pero esa libertad, al mismo tiempo, nos hace esclavos, servidores de nuestros hermanos. No nos servimos de esa libertad para escandalizar, sino para servir, y ello nos puede llevar a renunciar a ciertas expresiones de nuestra libertad si con ellas escandalizamos y perjudicamos a nuestros hermanos más débiles.
Hay una expresión de la espiritualidad clásica que casi ha caído en desuso, pero que estaría bien recuperar: la edificación. El que ama con libertad y con espíritu de servicio edifica a sus hermanos y edifica la comunidad cristiana, la Iglesia y el cuerpo de Cristo."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

POBRES POR EL REINO

 


Jesús miró a sus discípulos y les dijo:
Dichosos vosotros los pobres, porque el reino de Dios os pertenece.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis satisfechos.
Dichosos los que ahora lloráis, porque después reiréis.
Dichosos vosotros cuando la gente os odie, cuando os expulsen, cuando os insulten y cuando desprecien vuestro nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alegraos mucho, llenaos de gozo en aquel día, porque recibiréis un gran premio en el cielo; pues también maltrataron así sus antepasados a los profetas.
Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis tenido vuestra alegría!
¡Ay de vosotros los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre!
¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque vais a llorar de tristeza!
¡Ay de vosotros cuando todos os alaben, porque así hacían los antepasados de esta gente con los falsos profetas!
(Lc 6,20-28)

Estos dichosos y estos ay! de hoy no acabamos de entenderlos. Seguimos buscando la riqueza, comer opíparamente, reír cuanto más mejor, y que nos consideren importantes y nos alaben. 
Jesús, sin embargo, dice lo contrario de lo que nosotros buscamos. El quiere que vivamos en plenitud. Que vivamos amando, entregados, aunque esto nos suponga ser pobres, pasar dificultades, ser odiados...No alaba la pobreza por la pobreza. Alaba la entrega total. El Amor a todos.

martes, 8 de septiembre de 2026

NATIVIDAD DE MARÍA

 


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
(Mt 1, 18-23)

Hoy celebramos el nacimiento de María del cual no nos dice nada el Evangelio. Pero nosotros siempre hemos celebrado los nacimientos de nuestros seres queridos y amigos. Como amamos a María, también lo celebramos. Además, este día, es el inicio de lo que será la venida al mundo al Hijo. Esa muchacha sencilla, desposada con José, gracias a su SÍ, permitió nuestra salvación. 
En Catalunya hoy celebramos lo que llamamos las Vírgenes "encontradas". Un pastor, imágenes escondidas seguramente para protegerlas, las encontraba un día: Nuria, Queralt, Falgars, Tura...
Sobre todo, imitemos la humildad de María que aceptó la voluntad de Dios para con Ella.

"Del nacimiento de la Virgen María sólo tenemos la certeza de que tuvo lugar, no sabemos (más que muy aproximadamente) ni dónde ni cuándo. La Biblia no nos da ninguna noticia sobre este hecho. Pero el papel central de María en el acontecimiento de la salvación: su entrega total a la voluntad de Dios, su sí a ser madre del Emmanuel, el nacimiento virginal, su vida como fiel discípula de Jesús, hasta la cruz, y como madre de la Iglesia, todo ello espoleó el deseo de saber sobre ella ya en las primeras generaciones cristianas. Y de ahí surgieron muy pronto imágenes de María (en las catacumbas de Santa Priscila en Roma, a mitad del siglo II), invocaciones, como el “Sub tuum praesidium”, cuyo texto, que sepamos, data del año 250, pero probablemente era recitado mucho antes, y otras piadosas tradiciones, como la que da nombre a sus padres (san Joaquín y santa Ana, según el protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II), y que la hace nacer en Jerusalén, pues a nadie como a ella le cuadra el título de “Hija de Jerusalén”. La misma fiesta de la Natividad de María surgió algo más tarde, en el siglo V en Jerusalén, en el lugar que la tradición situó como el de su nacimiento, en la actual basílica de Santa Ana.
Naturalmente, los espíritus críticos tuercen el gesto ante estas piadosas tradiciones, sin aparente base científica. Pero el hecho de que, como vemos en ellas, todas las generaciones de cristianos se han interesado por María, tratando de ir más allá de los pocos –pero preciosísimos– datos que nos ofrece el Nuevo Testamento, habla de un amor verdadero, y, además (sobre la base de esos datos) bien fundamentado. Y, como no conocemos las fuentes que alimentan esas tradiciones nacidas del amor, tampoco tenemos por qué excluir de ellas testimonios que llegarían hasta el periodo prepascual.
En todo caso, la Iglesia nos invita a celebrar esta fiesta, a engancharnos a esta tradición, a alegrarnos con esta Natividad (título reservado a los nacimientos de Jesús, Juan el Bautista y María), a alegrarnos con el nacimiento de la Hija de Sión, de la que nació el Emmanuel, el Dios con nosotros. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. Sí, hay motivos para la fiesta, para la alegría."
(José M. Vegas cmf, Ciudad redonda)

lunes, 7 de septiembre de 2026

HACER EL BIEN ANTE TODO

  

Sucedió que otro sábado entró Jesús en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había en ella un hombre que tenía la mano derecha tullida; y los maestros de la ley y los fariseos espiaban a Jesús, por ver si lo sanaría en sábado y tener así algún pretexto para acusarle. Pero él, sabiendo lo que estaban pensando, dijo al hombre de la mano tullida:
– Levántate y ponte ahí en medio.
El hombre se levantó y se puso de pie, y Jesús dijo a los demás:
– Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?
Luego miró a todos los que le rodeaban y dijo a aquel hombre:
– Extiende la mano.
El hombre la extendió y su mano quedó sana. Pero los demás se llenaron de ira y comenzaron a discutir lo que podrían hacer contra Jesús.
(Lc 6,6-11)

Nada puede impedirnos hacer el bien a los demás. Ni siquiera las leyes pueden impedirlo. Jesús nos lo enseña hoy poniendo la curación de un hombre, pro encima de la ley del sábado. Nosotros encontramos mil excusas para desentendernos de los emigrantes, de los pobres, del tercer mundo, de los enfermos... Hacer el bien pasa delante de todo.

"¿Qué es el sábado? ¿Cuál es su sentido? ¿Se trata de una norma positiva que debe ser observada de manera ciega? ¿Por qué hacer el bien en sábado ponía furiosos a los fariseos? Los judíos consideraban esta norma en la práctica la más sagrada (junto al “Shemá Israel”), porque hasta el mismo Dios, que descansó el séptimo día, se sometía a ella. Pero, al interpretarla en su literalidad, perdían de vista su sentido profundo: el Sabbat representaba la consumación de la obra creadora de Dios, la entrada en el descanso divino que no era otra cosa que la plenitud de la salvación, de la vida eterna. Y es esa plenitud la que anticipa Jesús cuando en sábado sana, salva y da vida. No solo no infringe el sábado, sino que lo realiza y pone de manifiesto su verdadero sentido. De ahí la afilada y desafiante pregunta que dirige hoy a los fariseos, tratando de abrirles los ojos a la presencia actual de la salvación en su persona y en sus acciones.
Nuestros sábados son sólo la expresión de nuestro anhelo de alcanzar ese sábado real del descanso divino, en la comunión con Dios y los hermanos. Pero, de momento, estamos sólo en camino. Y respetar el sábado, que para nosotros es el domingo, el primer día de la semana, el día de la nueva creación por la resurrección de Jesús de entre los muertos, consiste en no cansarse de hacer el bien, como nos enseña Jesús. Hay que descansar, ciertamente, del trabajo, para recordar que no somos esclavos de nuestras necesidades materiales; pero no de las obras del amor, precisamente porque somos libres.
Y hacer el bien significa también luchar evangélicamente, pero con decisión, contra el mal en todas sus formas, también esas que anidan entre nosotros. Hacer el bien no es adoptar actitudes “buenistas”, que cierran los ojos ante el mal, haciendo como que no existe. Pablo nos da hoy un buen ejemplo de ello. Ante comportamientos intolerables e incompatibles con el Evangelio hay que tomar medidas, en ocasiones fuertes y dolorosas, pero que miran al bien de los pecadores y también de la comunidad, que podría acabar sucumbiendo ante el mal por falta de reacción. A veces asumimos actitudes románticas y blandas, que consideran poco evangélicas cosas como, por ejemplo, la disciplina de la Iglesia, que incluye en su derecho un capítulo sobre los delitos y las penas. Pero ya vemos que en la primerísima generación cristiana existía algo parecido a ello, que es también en ocasiones, y precisamente porque estamos de camino, una verdadera exigencia evangélica."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 6 de septiembre de 2026

FORMAR COMUNIDAD




 Si tu hermano te ofende, habla con él a solas para moverle a reconocer su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, porque toda acusación debe basarse en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la congregación; y si tampoco hace caso a la congregación, considéralo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma.
Os aseguro que todo lo que atéis en este mundo, también quedará atado en el cielo; y todo lo que desatéis en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
Además os digo que si dos de vosotros os ponéis de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre que está en el cielo os lo dará. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
(Mt 18,15-20)

Jesús nos pide que ante los problemas, sepamos dialogar, perdonar y formar comunidad. Todos juntos estamos más cerca de Dios. Cuando estamos reunidos, cuando formamos comunidad, Jesús está en medio de nosotros. Estar unidos hace que Dios se haga presente.

" (...) Jesús da el modelo para corregir a los díscolos. Aquellos que, siendo de los nuestros, se han apartado del camino. Cómo corregir a los hermanos. Por experiencia sé que la corrección fraterna nunca es fácil. Hay que encontrar la forma de conjugar el amor fraterno con la sensibilidad necesaria para ayudar sin ofender. Darse el tiempo suficiente, apoyados en la Palabra de Dios, para dar un empujón al hermano en la dirección adecuada. Exige la humildad por ambas partes; el que corrige, porque sabe que él tampoco es perfecto, y el corregido, para dejarse iluminar por las personas que están cerca y ven lo que puedes hacer mejor. No siempre gusta cuando te dicen que estás haciendo algo mal.
En todo caso, si no hay posibilidad de encontrar tiempo para hacer lo que el Evangelio nos sugiere, siempre se puede ser creativo. Una frase en el momento adecuado, una indicación, un gesto de agrado o desagrado… Puede ser un mensaje, una llamada, diciendo que hace mucho que no le has visto en Misa, v.gr.; una carita triste en el “whatsapp”, por ejemplo y un “te echamos de menos”. Mostrarse atento, para que la “oveja descarriada” sepa que tiene en ti un apoyo, si le hace falta. Estar cerca, ponerse a tiro, para poder ayudar. Que, si la persona no se convierte, no sea porque no lo hemos intentado.
Hay que hacerlo todo con amor. Hasta las correcciones. Uno que ama a su prójimo no le hace daño. Incluso cuando le corrige. Amar es cumplir la Ley entera, y eso incluye corregir – con amor – al que se ha equivocado. Que no pequemos de omisión.
El segundo aspecto a recordar, creo, es saber que Dios siempre está con nosotros. Siempre hay cobertura para hablar con Él. Aunque a veces se nos olvide. Nos juntamos a menudo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, para rezar, para celebrar, para hacer presente el Misterio en nuestra vida. No importa si somos pocos o muchos, son suficientes dos o tres para que Cristo se haga presente. Es un consuelo para los que vivimos en países donde los católicos somos minoría. Es un consuelo para todos.
Estamos acostumbrados a ver grandes multitudes en los conciertos, en las celebraciones deportivas, a valorar las cuentas en las redes sociales según la cantidad de seguidores… Cuantos más, mejor. Incluso en la vida espiritual aplicamos esos criterios. Claro que impresiona ver una celebración en la Jornada Mundial de la Juventud, o la Vigilia Pascual en el Vaticano. Es un buen refuerzo para mucha gente, ver que no están solos en esto de la fe. Otra vez, los que vivimos en países donde los católicos somos minoría, lo agradecemos. Es verdad.
Pero donde se juega uno “los cuartos” es en el día a día. Ahí no hay siempre grandes cantidades de personas a tu alrededor. Incluso, puede que la persona que se siente a tu lado no sea de los que mejor te caen. Y, sin embargo, “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy Yo”. Porque a los vecinos del banco de la iglesia no los eliges tú, te los coloca en el camino el mismo Señor.
Aunque nos cueste a veces entenderlo, nuestra fuerza está en la oración conjunta. A través del perdón y de la reconciliación podemos restablecer las relaciones comunitarias, y, juntos, pedirle al Padre que siga acompañándonos en el camino. Porque no somos simplemente un conglomerado de personas. Somos una comunidad de creyentes, en la que todos dependemos de todos para poder ser mejores. Si alguno se queda atrás, la misión se ralentiza, y ya sabemos que el Buen Pastor busca la oveja perdida hasta que la encuentra, se la carga en los hombros y la devuelve al rebaño.
Tenemos el mejor ejemplo en Cristo. Él supo perdonar a los “traidores” de los apóstoles, que le abandonaron, y les hizo colaboradores en la propagación de su mensaje, por todos los confines del mundo. Que sepamos imitarlo, para amar más y más a nuestros hermanos, corrigiéndolos y perdonándolos siempre. Juntos, podemos. Juntos, somos más fuertes. Aunque cueste. Merece la pena."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)


sábado, 5 de septiembre de 2026

¿AMOR O LEY?

  

Un sábado pasaba Jesús entre los sembrados. Sus discípulos arrancaban espigas de trigo, las desgranaban entre las manos y se comían los granos. Entonces algunos fariseos les preguntaron:
– ¿Por qué hacéis algo que no está permitido en sábado?
Jesús les contestó:
– ¿No habéis leído lo que hizo David en una ocasión en que él y sus compañeros tuvieron hambre? Entró en la casa de Dios y tomó los panes consagrados, comió de ellos y dio también a sus compañeros, a pesar de que solamente a los sacerdotes les estaba permitido comer de aquel pan.
Y añadió:
– El Hijo del hombre tiene autoridad sobre el sábado.
(Lc 6,1-5)

Alejandro, en su comentario, nos une dos escenas, aunque la del paralítico no está en el fragmento que leemos hoy. Pero son dos escenas unidas por una causa común: hacer algo que no estaba permitido en sábado. Jesús, lo que nos dice, es que la persona está por encima de las leyes. La necesidad puede hacer que sea lícito pasar por encima de ellas. Algo que está ocurriendo en Ceuta. La atención a los inmigrantes está por encima de la licitud de su entrada. Pero nosotros seguimos utilizando la ley para defender nuestros intereses y nuestras ideas políticas, pasando por encima de las necesidades de gente que no tiene nada, muchos de ellos mujeres y menores. El Amor pasa por encima del "sábado". Esto es lo que debemos tener en cuenta.

"El Evangelio de hoy reúne dos escenas que tienen un mismo hilo conductor: Jesús pone a la persona en el centro. Primero, sus discípulos arrancan unas espigas en sábado para calmar el hambre. Después, en la sinagoga, cura a un hombre que tiene paralizada la mano derecha. En ambos casos, los fariseos observan atentamente, no para descubrir la acción de Dios, sino para encontrar un motivo con el que acusar a Jesús. Mientras ellos se aferran a una interpretación rígida de la ley, el Señor revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que nunca deja de amar, cuidar y devolver la dignidad a sus hijos.
Jesús no desprecia el sábado. Al contrario, le devuelve su sentido más profundo. El descanso sagrado no fue pensado para convertirse en una carga, sino en un regalo. Se acabó la esclavitud de Egipto, somos libres. Y la ley del sábado nació para ayudar a vivir, no para impedir el bien. Por eso, cuando hay una persona necesitada, no hay norma que pueda justificar la indiferencia. El amor siempre encuentra el momento oportuno para actuar.
La curación del hombre de la mano paralizada tiene también un significado que va más allá del milagro. Aquella mano incapaz de trabajar, de abrazar o de compartir representa todas las capacidades que el miedo, el pecado, las heridas o el desánimo pueden ir bloqueando en nuestra vida. Jesús invita al hombre a ponerse en pie y a extender la mano delante de todos. Es un gesto de confianza. Lo que parecía perdido vuelve a la vida gracias a la fuerza de la palabra del Señor.
También nosotros podemos tener «paralizadas» muchas cosas: la ilusión por servir, la capacidad de perdonar, la esperanza ante las dificultades o el deseo de comprometernos con los demás. A veces nos acostumbramos a convivir con esas limitaciones y pensamos que ya no tienen remedio. Sin embargo, Cristo sigue pasando por nuestra vida para decirnos que siempre es posible empezar de nuevo. Él no se fija primero en lo que nos falta, sino en todo lo que su gracia puede hacer en nosotros.
El Evangelio concluye mostrando la dureza del corazón de quienes, en lugar de alegrarse por la curación de un hermano, se llenan de rabia porque Jesús ha roto sus esquemas. Es una advertencia para todos. La fe pierde su autenticidad cuando las normas pesan más que las personas, cuando defendemos nuestras ideas con tanto empeño que dejamos de reconocer la acción de Dios. El Señor nos invita a tener un corazón libre, capaz de alegrarse con el bien, venga de donde venga, y dispuesto a hacer el bien sin esperar el momento perfecto.
¿Hay alguna actitud, prejuicio o costumbre que me impide poner a la persona por delante de mis propias ideas? ¿Qué aspecto de mi vida necesita hoy que Jesús lo toque para devolverme la libertad de amar y servir con alegría?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 4 de septiembre de 2026

¿CUANDO AYUNAR?




 Le dijeron a Jesús:
– Los seguidores de Juan y los de los fariseos ayunan mucho y hacen muchas oraciones, pero tus discípulos no dejan de comer y beber.
Jesús les contestó:
– ¿Acaso podéis hacer que ayunen los invitados a una boda mientras el novio está con ellos? Ya llegará el momento en que se lleven al novio; cuando llegue ese día, ayunarán.
También les contó esta parábola:
– Nadie corta un trozo de un vestido nuevo para arreglar un vestido viejo. De hacerlo así, echará a perder el vestido nuevo; además el trozo nuevo no quedará bien en el vestido viejo. Ni tampoco se echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo hace que los odres revienten, y tanto el vino como los odres se pierden. Por eso hay que echar el vino nuevo en odres nuevos. Y nadie que beba vino añejo querrá después beber el nuevo, porque dirá que el añejo es mejor.
(Lc 5,33-39)

Mientras Jesús esté con nosotros la penitencia, el ayuno no tiene sentido. Debemos estar repletos de la alegría de estar con Él, de tenerlo en nuestro corazón. Es cuando lo perdemos que debemos luchar por recuperarlo, que debemos estar tristes, que debemos ayunar.

"El Evangelio de hoy nos presenta una conversación que va mucho más allá de una simple discusión sobre el ayuno. Algunos preguntan a Jesús por qué sus discípulos no siguen las mismas prácticas que los de Juan Bautista o los fariseos. En el fondo, están comparando maneras de vivir la fe y esperan que Jesús se ajuste a los esquemas religiosos que ya conocen. Sin embargo, el Señor aprovecha la ocasión para anunciar que con Él ha comenzado un tiempo nuevo.
Jesús utiliza imágenes que todos podían comprender. Habla de un novio cuya presencia convierte la vida en una fiesta; de un vestido que no puede remendarse con un trozo de tela nueva; de un vino nuevo que necesita odres nuevos. Son ejemplos sencillos, pero contienen un mensaje profundo: el encuentro con Cristo transforma la existencia desde dentro y no puede reducirse a cumplir unas normas externas.
Con frecuencia también nosotros corremos el riesgo de vivir la fe como una costumbre. Repetimos oraciones, participamos en las celebraciones o mantenemos ciertas tradiciones, pero el corazón puede permanecer igual. El Señor no viene únicamente a añadir algunas prácticas religiosas a nuestra agenda. Viene a renovar nuestra manera de pensar, de amar, de perdonar y de mirar la vida.
El vino nuevo del Evangelio sigue siendo siempre joven. Es la alegría de saberse amado por Dios, la libertad de quien descubre que la misericordia es más fuerte que el pecado y la esperanza que nace de confiar en que el Señor nunca abandona a sus hijos. Pero ese vino necesita odres nuevos, es decir, un corazón dispuesto a dejar atrás el orgullo, los prejuicios, el miedo al cambio y la comodidad que tantas veces nos impiden crecer.
La novedad de Cristo no consiste en romper con todo lo anterior, sino en llevarlo a su plenitud. Él no desprecia la tradición de su pueblo; la ilumina con el amor del Padre y le da su verdadero sentido. Por eso, ser cristiano no significa aferrarse al pasado ni buscar novedades por el simple hecho de que lo sean, sino permanecer abiertos a la acción del Espíritu Santo, que continúa renovando la Iglesia y la vida de cada creyente. Como dice Pablos, “no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor.”
Quizá el desafío más grande sea dejar que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros. Cada jornada puede ser una oportunidad para estrenar un modo distinto de vivir, más confiado, más generoso y más alegre. Cuando abrimos el corazón a Jesús, descubrimos que el Evangelio nunca envejece; quienes envejecemos en la fe somos nosotros cuando dejamos de sorprendernos por la presencia viva del Señor y nos conformamos con una religión de costumbre.
¿Qué «odres viejos» necesito dejar atrás para acoger con más libertad la novedad que Jesús quiere regalarme? ¿Mi manera de vivir la fe transmite la alegría del encuentro con Cristo o se ha convertido en una simple rutina?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)