sábado, 27 de junio de 2026

NO SOMOS DIGNOS

 

 
Al entrar en Cafarnaún, un centurión romano se le acercó para hacerle un ruego. Le dijo:
– Señor, mi asistente está en casa enfermo, paralítico, sufriendo terribles dolores.
Jesús le respondió:
– Iré a sanarlo.
8– Señor –l e contestó el centurión –, yo no merezco que entres en mi casa. Basta que des la orden y mi asistente quedará sanado. Porque yo mismo estoy bajo órdenes superiores, y a la vez tengo soldados bajo mi mando. Cuando a uno de ellos le digo que vaya, va; cuando a otro le digo que venga, viene; y cuando ordeno a mi criado que haga algo, lo hace.
Al oir esto, Jesús se quedó admirado y dijo a los que le seguían:
– Os aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe como este hombre. Y os digo que muchos vendrán de oriente y de occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, los que deberían estar en el reino serán arrojados a la oscuridad de fuera. Allí llorarán y les rechinarán los dientes.
Luego Jesús dijo al centurión:
– Vete a tu casa y que se haga tal como has creído.
En aquel mismo momento, el criado quedó sanado.
Jesús fue a casa de Pedro, donde encontró a la suegra de este en cama, con fiebre. Le tocó Jesús la mano y la fiebre desapareció. Luego se levantó y se puso a atenderlos.
Al anochecer llevaron a Jesús muchas personas endemoniadas. Con una sola palabra expulsó a los espíritus malos, y también curó a todos los enfermos. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías: “Él tomó nuestras debilidades y cargó con nuestras enfermedades.”
(Mt 8,5-17)

Aquel centurión no era del pueblo de Israel, sin embargo tenía una gran Fe en Jesús. Él sabía que si un judío entraba en casa de un pagano, luego debía purificarse, pero sabe que el Amor de Jesús está por encima de todo. Si nos reconocemos indignos, pero creemos en el Amor de Jesús, no dudemos en que seremos sanados, en que el Espíritu entrará en nosotros.

"Hoy el Evangelio nos ofrece el relato donde se dice una de las frases que decimos en la Eucaristía: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará…”.
Es un centurión romano que tiene un criado enfermo. Se acerca. Le pide. Y ante el intento de Jesús de ir a su casa, le dice que no es digno, que basta con que diga una palabra para que su criado se cure. Y Jesús alaba su gran fe, frente a los que se consideran “ciudadanos del Reino” y no son capaces de tanta confianza. Y ante su fe y por la palabra de Jesús, sucede lo que deseaba.
Cada vez que en la Eucaristía decimos las palabras del centurión, estamos diciendo cosas importantes. Le decimos a Dios que no somos dignos; que todo lo que tenemos es gracia: la vida, la fe, la vocación… No es por nuestros méritos, sino por su gracia somos lo que somos. Le decimos a Dios que necesitamos ser sanados, ser levantados, ser enviados, más allá de nuestra postración, de nuestros egoísmos, de nuestras inercias. Y le decimos que confiamos en que su Palabra, dicha sobre nosotros, puede obrar ese milagro.
Jesús nos invita a su cena. Cada semana, cada día. Nosotros, aunque indignos, podemos acoger su invitación y sentirnos dichosos de sentarnos a su mesa. En ella, como hace 2000 años, quiere darnos su vida, para que después la repartamos a manos llenas.
Gracias, Señor, por la vida.
Gracias por la Eucaristía.
Y gracias por la fe.
Todo es gracia.
Todo me lo das para agraciar a otros.
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 26 de junio de 2026

ÉL NOS PURIFICA

 



Cuando Jesús bajó del monte, le seguía mucha gente. En esto se le acercó un hombre enfermo de lepra, que se puso de rodillas delante de él y le dijo:
– Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús lo tocó con la mano, y dijo:
– Quiero. ¡Queda limpio!
Al momento, el leproso quedó limpio de su enfermedad. Jesús añadió:
– Mira, no se lo digas a nadie. Pero ve, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda ordenada por Moisés; así sabrán todos que ya estás limpio de tu enfermedad.
(Mt 8,1-4)

Jesús puede limpiarnos. Aquél leproso lo sabía y se arrodilló ante Él. Jesús realizó aquello a lo que había venido al mundo: a curar, a limpiar, a purificar...a salvarnos.
Jesús nos purifica con su Amor. Nosotros podríamos purificar el mundo si supiéramos amar. El Amor es el que nos purifica.

"Las palabras y las acciones son las dos formas principales como se expresa el ser humano y mediante las que conocemos a las personas. El problema es que no siempre van unidas, y a veces unas contradicen a las otras.
En Jesús, las palabras y las acciones van siempre unidas. Porque su vida estaba unificada, en su relación única y profunda con el Padre.
Hoy le vemos haciendo lo que hizo durante toda su vida: sanar, dar vida. Entre toda la gente que le seguía, en medio de toda su ocupación, Jesús acoge al que se le acerca pidiéndole la salud. Era uno de los considerados “impuros”. Y Jesús, rompiendo las convenciones de su tiempo, le toca y le dice: “¡Quiero, queda limpio!”.
Jesús cumple así lo escrito siglos atrás: “sanar corazones desgarrados y vendar las heridas”. Durante su vida, lo hizo con sus palabras y con sus acciones. Ha tocado el dolor de la humanidad para redimirlo. Lo hizo suyo, especialmente en la cruz. Era necesario que fuera así, porque “lo que no es asumido, no es redimido”.
Desde entonces, ningún dolor está “dejado de la mano de Dios”; todas las situaciones, todos los sufrimientos, personales y comunitarios, está acompañados por el Espíritu de Aquel que nos amó y se entregó por nosotros.
Jesús quiere hoy también sanar nuestro corazón y nos envía a colaborar con Él en su obra sanadora, acercándonos y tocando a los “leprosos” y marginados de hoy."
(Luis Manuel Suárez)






jueves, 25 de junio de 2026

TENER BUEN FUNDAMENTO



 No todos los que me dicen ‘Señor, Señor’ entrarán en el reino de los cielos, sino solo los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Aquel día muchos me dirán: ‘Señor, Señor, nosotros hablamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros.’ Pero yo les contestaré: ‘Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, malhechores!’
Todo el que oye mis palabras y hace caso a lo que digo es como un hombre prudente que construyó su casa sobre la roca. Vino la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos contra la casa; pero no cayó, porque tenía sus cimientos sobre la roca. Pero todo el que oye mis palabras y no hace caso a lo que digo, es como un tonto que construyó su casa sobre la arena. Vino la lluvia, crecieron los ríos y soplaron los vientos, y la casa se derrumbó. ¡Fue un completo desastre!”
Cuando Jesús acabó de hablar, la gente estaba admirada de cómo les enseñaba, porque lo hacía con plena autoridad y no como sus maestros de la ley.
(Mt 7,21-29)

Hoy Jesús nos dice que lo más importante para ser buen cristiano no son las palabras , sino tener buenos fundamentos. Estar edificados sobre roca. El auténtico fundamento del cristiano es el Amor. Es el Amor a Dios y al prójimo, el que nos hace verdaderos seguidores de Jesús e Hijos del padre.

"¿Te has preguntado alguna vez qué significa en verdad ser cristiano? Si viniera un extraterrestre y no supiera nada del asunto, ¿qué le dirías? Textos, tradiciones, gestos, ritos, costumbres, prácticas… ¿cómo se lo resumirías en unas pocas palabras?
En los tiempos de Jesús, también se preguntaban por algo parecido –aunque entonces no hablaran de extraterrestres: ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?. O en versión personalizada: ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?…
Y Jesús, al que le preguntaba, le respondía con claridad. Hoy ofrece una buena respuesta: “no todo el que me dice ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en el cielo”.
Porque no vale “profetizar”, “echar demonios”, “hacer milagros” en su nombre… hablar mucho, rezar mucho, ir mucho a misa, ir de bueno… si falta lo principal: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo.
Lo más grande es a la vez lo más sencillo: “ama y haz lo que quieras”, dijo San Agustín. Vivir desde ahí, desde el amor recibido de Dios, en acogida de la propia realidad, en solidaridad con los prójimos y en agradecimiento al mismo Dios, eso es tener la casa bien plantada, bien edificada. Ya pueden venir vientos y mareas, que, aunque notes el movimiento, aguantas el temporal.
Sin ese amor, nada vale. Con ese amor, todo –textos, ritos, prácticas… y vida- todo cobra un valor y tiene un sentido.
Si alguien te preguntara qué significa en verdad ser cristiano, tú, ¿qué le responderías?
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad redonda)

miércoles, 24 de junio de 2026

JUAN ES SU NOMBRE

 
 

Al cumplirse el tiempo en que Isabel había de dar a luz, tuvo un hijo. Sus vecinos y parientes fueron a felicitarla cuando supieron que el Señor había sido tan bueno con ella. A los ocho días llevaron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero la madre dijo:
– No. Tiene que llamarse Juan.
Le contestaron:
– No hay nadie en tu familia con ese nombre.
Entonces preguntaron por señas al padre del niño, para saber qué nombre quería ponerle. El padre pidió una tabla para escribir, y escribió: “Su nombre es Juan.” Y todos se quedaron admirados. En aquel mismo momento, Zacarías recobró el habla y comenzó a alabar a Dios. Todos los vecinos estaban asombrados, y en toda la región montañosa de Judea se contaba lo sucedido. Cuantos lo oían se preguntaban a sí mismos: “¿Qué llegará a ser este niño?” Porque ciertamente el Señor mostraba su poder en favor de él.
El niño crecía y se hacía fuerte espiritualmente, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se dio a conocer a los israelitas.
(Lc 1,57-66.80)

Juan significa "Dios es misericordioso". Fue el encargado de anunciar al Salvador, al Dios Misericordioso hecho hombre. Con su vida austera, muriendo por decir la verdad, Juan acaba el Antiguo Testamento e inicia el Nuevo. 

"Hoy celebramos la solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. El profeta que cierra el Antiguo Testamento y nos abre al nuevo, anunciándonos al Mesías prometido por Dios.
Como todos los profetas, Juan denunció y anunció. Pidió la conversión de los corazones, a la vez que anunciaba la llegada del Mesías. Y se jugó la vida en ello, acabando, como muchos profetas, muerto de manos de los poderosos.
Hoy, dos mil años después, también hacen falta profetas. Que recuerden que el Mesías ya ha venido. Que dio su vida por nosotros. Y que desde su presencia resucitada nos convoca a acoger su Reino y a anunciarlo a otros, especialmente allí donde más falta hace: donde falta la fe, donde escasea la esperanza, donde se oculta el amor.
Dentro de esa misión general que nos ha dejado Jesús, cada seguidor suyo tenemos una misión específica, allí donde nuestra vida puede servirle mejor y abrir más caminos al Evangelio. Esa es nuestra vocación, que estamos llamados a descubrir y, una vez descubierta, responder con generosidad.
Aquí tienes, Señor, mi vida.
Abre mi oído para que escuche tu llamada.
Abre mi corazón para responderte con generosidad.
Para ser profeta hoy, como Juan Bautista lo fue en su tiempo,
que recuerde a la gente que tú nos lo has dado todo
para que tengamos vida en abundancia."
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)


martes, 23 de junio de 2026

LA PUERTA ESTRECHA



No deis las cosas sagradas a los perros, no sea que se revuelvan contra vosotros y os hagan pedazos. Y no echéis vuestras perlas a los cerdos, para que no las pisoteen.
Así pues, haced con los demás lo mismo que queréis que los demás hagan con vosotros. Esto es lo que mandan la ley de Moisés y los escritos de los profetas.
Entrad por la puerta estrecha. Porque la puerta y el camino que conducen a la perdición son anchos y espaciosos, y muchos entran por ellos; pero la puerta y el camino que conducen a la vida son estrechos y difíciles, y pocos los encuentran.

Seguir a Jesús implica siempre entrar por la puerta estrecha. Si el camino que elegimos es ancho, debemos desconfiar. Porque seguir a Jesús implica dejar muchas cosas, entregarnos, pensar en el otro antes que en nosotros...No es un camino sencillo.

"¿Se puede pedir algo sin haber dado previamente? Por ejemplo, ¿se puede pedir una fruta sin haber plantado el árbol y haberlo cuidado? ¿Se puede pedir carne a un animal si no se le ha alimentado? O ¿se puede pedir amor a una persona si nunca ha sido amada?
Algo así pasa con el Dios de Jesucristo y su Evangelio. Cuando nos pide, es porque antes nos ha dado.
En el evangelio de hoy, se nos piden muchas cosas: tratar a los demás como queramos que nos traten, entrar por la puerta estrecha que lleva a la vida, evitar las puertas anchas que nos llevan a la perdición… Y en otras de sus páginas se nos piden otras muchas cosas más.
Y si se nos pide, es porque antes se nos ha dado. Dios nos ha dado la vida, las personas, las capacidades y cualidades, la fe, la Iglesia… la esperanza. Él nos amó primero, dándonos a su Hijo, para que nosotros podamos amar, también, dando la vida.
En el Evangelio, el indicativo va antes que el imperativo. Sentirnos amados, sabernos llamados por nuestro nombre y con una misión entre las manos, junto a otros… Y a partir de ahí, actuar. Eres hijo de Dios y hermano del prójimo: vive como tal. No al revés. Quien no se haya experimentado como hijo y hermano, difícilmente podrá vivir como tal, por mucho que se empeñe o que se le exija.
Por eso, la vida cristiana tiene sus raíces en la oración, en la celebración, en la escucha de la Palabra, la vivencia comunitaria… Y, a partir de ahí, se despliega en la vida, en la acción personal, comunitaria y social, como las ramas de un árbol que se extienden desde su tronco.
Somos capaces de amor y de entrega… porque Él nos amó primero."
(Luis Manuel Suárez cmf. , Ciudad Redonda)

lunes, 22 de junio de 2026

NO JUZGAR

 


No juzguéis a nadie, para que Dios no os juzgue a vosotros. Pues Dios os juzgará de la misma manera que vosotros juzguéis a los demás; y con la misma medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros. ¿Por qué miras la paja que tu hermano tiene en su ojo y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? Y si tú tienes un tronco en el tuyo, ¿cómo podrás decirle a tu hermano: ‘Déjame sacarte la paja que tienes en el ojo’¡  ¡Hipócrita!, sácate primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Mt 7,1-5)

Nuestra sociedad es la antítesis de este evangelio. Políticos, periodistas, nosotros mismos, nos pasamos el día juzgando a las personas públicas sin ningún miramiento.
Lo mismo nos ocurre con las personas cercanas. Si reflexionamos bien, nos daremos cuenta de que, los defectos que juzgamos a los demás, son nuestros defectos reflejados en ellos. Si queremos que no se nos juzgue, no debemos juzgar.

"El Evangelio de hoy, nos da un principio de sabiduría: “no juzguéis y no seréis juzgados”. Y seguidamente nos habla del sentido de la vista. ¿Qué relación tendrán?
Juzgar, en sentido amplio, es algo que hacemos todos los días: sopesar, valorar, discernir… para responder ante lo que tenemos delante. Actuar sin “juzgar” sería hacer por hacer, sin tener en cuenta la realidad. Ese “juicio” ante una situación será más atinado cuantos más datos tengamos, cuanta más información manejemos, cuanto mejor veamos. Por eso es necesario tener una mirada limpia, abierta, libre de “pre-juicios”, para que nuestro “juicio” sea acertado.
Jesús nos alerta para que, aunque ejerzamos nuestra capacidad de juzgar, no nos convirtamos en jueces de los demás. Y mucho menos, en jueces hiper-exigentes, que sólo están atentos a ver los defectos y fallos de los otros, pasando por alto los errores propios.
En el fondo, Jesús quiere decirnos que sólo Dios juzga con verdadera justicia. Porque Él es que conoce toda la realidad. Y no se queda en las apariencias, sino que ve el corazón… Y por eso, sin dejar de ser justo, es capaz de ser misericordioso.
Si conociéramos todos los datos de una situación y toda la historia de una persona, nuestro juicio sería más real y ayudaría a avanzar la vida, en vez de condenar. Por eso, aunque tengamos que realizar juicios para vivir y también sea evangélico hacer corrección fraterna, es sabio dejar el último juicio a Dios. No juzgar nunca la intención de las personas, e intentar ayudar para que la acción de cada uno colabore al bien común, comenzando por nuestro actuar.
Porque, además, “la medida que uséis, la usarán con vosotros”.
(Luis Manuel Suárez cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 21 de junio de 2026

GRITADLO EN LAS AZOTEAS

 


No tengáis, pues, miedo a la gente. Porque nada hay secreto que no llegue a descubrirse ni nada oculto que no llegue a conocerse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día; lo que os digo en secreto, proclamadlo desde las azoteas de las casas. No tengáis miedo a quienes pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir el cuerpo y el alma en el infierno.
¿No se venden dos pajarillos por una pequeña moneda? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que vuestro Padre lo permita. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de la cabeza los tenéis contados uno por uno. Así que no tengáis miedo: vosotros valéis más que muchos pajarillos.
Si alguien se declara a favor mío delante de los hombres, también yo me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en el cielo; pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en el cielo.
(Mt 10,26-33)

Jesús nos invita a no tener miedo a anunciar la Palabra. Debemos confiar plenamente en el Padre. Él cuida y cuidará siempre de nosotros.

" (...) Para poder dar una respuesta válida y verdadera a nuestro Dios, nos ayuda el Evangelio. Podemos empezar así: ¿quién guía mi vida de verdad? ¿Quién organiza mi forma de pensar? ¿Quién dicta mi forma de actuar? ¿Quién me indica lo que tengo que decir o lo que tengo que callar? ¿Quién me dice cuándo actuar y cuándo inhibirme? No son preguntas baladíes. Es lógico que en toda estructura social haya un reparto mayor o menor de funciones, y que a algunos les toque más decidir y a otros ejecutar. No es lo mismo ser director general que ser un administrativo en una empresa. No digamos ya en las fuerzas armadas.
Pero las preguntas que he formulado un poco más arriba se refieren a las veces que tenemos que actuar en conciencia, y hay ocasiones en que otros quieren mandar en nuestra conciencia. No todos tienen la misma capacidad de presión. Sólo los que tienen cierta autoridad y pueden castigarnos, si no nos sometemos a su voluntad, nos pueden condiconar de verdad. Si un niño pequeño nos apunta con una pistola de juguete (si aún siguen jugando los niños con pistolas) y nos amenaza, sonreímos, podemos fingir que nos ha matado y jugamos con él. Pero cuando a Pedro y a Juan los autoridades de los judíos les prohíben seguir hablando de Jesús, las cosas cambian. Porque que te azoten o que te condenen a muerte no es cosa de broma.
Las palabras de Cristo no buscan que estemos todo el día buscando el enfrentamiento con los que no piensan como nosotros. Más bien el Maestro quiere que no desfallezcamos en la tarea de anunciar y construir el Reino de Dios, aunque parezca que no damos fruto o nos rechacen y se nos opongan. Porque lo importante es no guardarse la proclamación de ese Reino, que no puede mantenerse oculto. El miedo, por tanto, no puede ser óbice para el actuar del discípulo de Jesús.
Ser discípulo de Jesús es ser libre. Y ser libre no es un juego. Implica asumir riesgos. Supone no dejar que otros, con su mando a distancia, me limiten, me coarten o esclavicen. Supone también luchar para que otros no me hagan un juguete de sus deseos y de sus pasiones. La libertad tiene un precio, que puede ser muy elevado.
Jesús nos dice que seguirle significa ser libre, como Él lo fue. Vivir buscando sólo la voluntad de Dios y llevándola a la práctica. También es una invitación a la confianza: “vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. En las clases del Seminario nos comentaron que esta figura nos retrotrae a los tiempos en los que había muchos piojos en el mundo y los niños se los pasaban de unos a otros. Al llegar a casa, las madres comprobaban el estado higiénico de los cabellos, matando los “bichos” y peinando el pelo para retirar las liendres. Qué imagen tan bella; Dios, como una madre, contando los cabellos de nuestra cabeza. Qué preocupación por cada uno de nosotros…
Se nos ha confiado la Palabra de Dios. No nos la guardemos. Es una responsabilidad. Para todos. Porque esto de que nos habla Jesús no vale sólo para los momentos críticos de la vida. Vale también en episodios menores, en los que uno se juega, por ejemplo, su propia imagen, porque lo que se lleva no es ser y declararse creyente. Sin arrogancia, sin agresividad (porque la Palabra de Dios no se impone, sino que se ofrece), estamos llamados a ser testigos suyos. Es pan para la multitud. No nos podemos guardar esa Palabra para nosotros solos, para nuestro consumo personal. Que el Señor nos conceda cruzar la frontera que separa el miedo de la libertad."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)