domingo, 31 de mayo de 2026

DIOS TRINIDAD

 

Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El que cree en el Hijo de Dios no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios.
(Jn 3,16-18)

La Trinidad no es para entenderla, es para vivirla. Saber que tenemos un Dios que es Creador, Entrega y Amor. Jesús nos dijo que lo encontramos en el otro, sobre todo el más necesitado, pequeño y abandonado. Y nos dijo que amar a esos otros es la manera de Amar a Dios.
Se trata de vivir esto.

"Estamos en el Tiempo Ordinario, pero la Liturgia nos sigue presentando motivos para la reflexión. Esta semana, nada menos que la Santísima Trinidad. Porque siempre nos viene bien preguntarnos Quién es nuestro Dios, y cómo es el Dios en el que yo creo. Una repuesta que tenemos que ir actualizando, a medida que crecemos en la fe. Igual que la ropa de niños no nos vale, cuando crecemos, de la misma manera, la fe de niño debe ir creciendo conforme nos hacemos adultos.
De Dios es más fácil decir lo que no es que lo que es. Lo mismo pasa con la Santísima Trinidad. La Trinidad es un concepto; es un concepto que trata de expresar la vida interna de Dios, su misterio más íntimo, qué es Dios para sí mismo. La Trinidad no divide la unidad de Dios. Misterio en teología no es lo desconocido, incognoscible o inexplicable. Misterio es lo que tiene tal cantidad de contenido que, por mucho que expliquemos, no logramos explicar todo el sentido que eso tiene. Cuando una cosa es en teología “misterio” no podemos ahorrarnos las explicaciones, sino todo lo contrario: tenemos que darlas todas sabiendo que nos quedaremos cortos, sabiendo que siempre se nos quedará algo sin explicar porque se trata de explicar a Dios.
El misterio de la Santísima Trinidad nos habla de un Dios Trino, de un Dios familia y comunidad. Es cierto que la fe siempre se vive a solas, en el interior del corazón, pero no es menos cierto que la expresión comunitaria de nuestra fe se consolida y se acrecienta en una comunidad que se reúne en nombre de Cristo. Donde dos o más se reúnen en mi nombre, nos dice Jesús, allí estoy Yo. Cuando expresamos comunitariamente nuestra fe en Dios Padre, es seguro que el Espíritu de Jesús está con nosotros. El cristianismo es fundamentalmente amor: amor a Dios y amor al prójimo. No podemos amar y adorar a nuestro Dios, olvidándonos de los hermanos.
Dios es Padre, y todos nosotros somos sus hijos. En un mundo tan inseguro saber que Dios es Padre es una buena noticia. Dios es Hijo, y por tanto es hermano nuestro, lo que significa cercanía, ayuda y amistad. Dios es espíritu, es como el desbordamiento de Dios, el Amor hecho don y abrazo. Es el Dios que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría, de su santidad. Cuando Dios quiso decirnos cómo era Él, se hizo hombre. Es el misterio central de nuestra fe. Es un misterio gozoso, que nos llena de alegría y de paz por dos razones: la primera, Dios porque es amor; la segunda, porque Dios es comunidad.
Que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste es un pueblo de dura cerviz. Esta súplica que, prosternado en tierra, hizo Moisés a Dios, deberíamos hacerla nosotros todos los días. Somos personas de cerviz dura, que rompemos una y otra vez las tablas de la ley del amor a Dios y al prójimo. Sabemos que nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Pero no pretendamos abusar egoístamente de la clemencia de Dios, porque Dios, además de ser clemente, es justo. Es seguro que Él nos va a perdonar siempre que nosotros, con verdadero arrepentimiento, le pidamos perdón, pero también es cierto que Él nos va a juzgar con justicia si nosotros no queremos doblegar nuestra cerviz dura y orgullosa, para arrepentirnos y pedirle perdón.
Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La vida y la muerte de Cristo son producto y expresión de su amor a Dios y al prójimo. Cristo no murió para salvarse a sí mismo, sino para que nosotros fuéramos salvados por Él. Dios Padre no envió su Hijo al mundo para condenarnos por nuestros pecados, sino para salvarnos de nuestros pecados. La vida de Cristo es un regalo de amor que nos hace nuestro Padre, Dios, para enseñarnos el auténtico Camino para llegar hasta Él, la auténtica Verdad que nos haga libres y la auténtica Vida que sacie nuestras ansias de felicidad e inmortalidad. Así nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, debe ser un regalo de amor que nosotros hagamos a los demás, no, principalmente, para denunciar y condenar sus pecados, sino para ayudarles a librarse del pecado y a encontrar la salvación.
Tenemos un guía interior para este conocimien­to: es el Espíritu de Dios. Él nos conducirá a la verdad completa de Jesús. Él nos guiará así a la verdad plena, aunque inabarcable, de Dios. Porque el Espíritu es el que sondea las profundidades de Dios; porque el Espíritu es el que, como una madre y como un pedagogo, nos conduce a la verdad completa. Él nos lleva por el camino del conocimiento y de la confianza. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones. Para enseñarnos a mirar a Jesús y ver al Padre; para enseñarnos a acercarnos llenos de confianza al Padre.
Ahí tenéis unos breves apuntes sobre el Dios en que creemos y cuyo misterio celebramos hoy. Un Dios discreto, que no se impone de forma apabullante, avasalladora, de suerte que a uno no le quede más remedio que aceptarlo, por las buenas o por las malas, tanto si le gusta como si no. Tan discreto, que no quiere que la gente hinque la rodilla a la fuerza y doble la cabeza contra su voluntad. Dios quiere amigos, no esclavos. Un Dios que, por otro lado, da señales patentes de vida, para que lo encuentre todo el que lo busca, y que nos propone a Jesús como el lugar definitivo de su manifestación; un Dios que con apropiada pedagogía nos enseña a abrir los ojos y a reconocerle, a quererle y a pedirle perdón con confianza. Ése es el Dios en que creemos, al que confiamos nuestra vida y cuyo misterio vamos a confesar ahora."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 30 de mayo de 2026

EL SILENCIO DE DIOS

 

 Después de esto regresaron a Jerusalén, y mientras Jesús andaba por el templo se acercaron a él los jefes de los sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos, y le preguntaron:
– ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te ha dado la autoridad para hacerlas?
Jesús les contestó:
– Yo también os voy a hacer una pregunta: ¿Quién envió a Juan a bautizar: Dios o los hombres? Contestadme. Si me dais la respuesta, yo os diré con qué autoridad hago estas cosas.
 Ellos se pusieron a discutir unos con otros: “Si respondemos que lo envió Dios, va a decir: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’ ¿Y cómo vamos a decir que le enviaron los hombres?..." Y es que tenían miedo de la gente, pues todos creían que Juan era verdaderamente un profeta. Así que respondieron a Jesús:
– No lo sabemos.
Entonces Jesús les contestó:
– Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
(Mc 11,27-33)

Los escribas y fariseos preguntan a Jesús no para conocerlo, sino para buscar excusas para condenarlo. Jesús no les responde. A veces, en nuestra vida, también encontramos momentos en los que Dios parece no responder a nuestras preguntas, a nuestros problemas. 
Primero debemos acogerlo, confiar en Él. Las respuestas vendrán cuando menos lo esperamos.

"El diálogo requiere unos mínimos de buena voluntad. Cuando se dirige una pregunta a alguien, hay que hacerlo con el espíritu abierto, con el deseo de saber algo, de informarse o de conocer mejor al interlocutor. En ausencia de esa buena voluntad y de esa apertura de espíritu, la conversación pierde sentido, la respuesta se convierte en inútil, porque el aparente diálogo se reduce a un tacticismo para pillar de algún modo al otro, y tener con qué acusarlo. Lo vemos con tristeza continuamente en los diálogos de sordos de los políticos en el parlamento.
Este es el caso de la breve y frustrada conversación de los sacerdotes, escribas y ancianos con Jesús. Se produce después de que Jesús haya realizado el acto extraordinario de purificar el templo. Es evidente que Jesús carecía de la autoridad legal para realizar un acto así. De ahí la pregunta de los que sí la tenían: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?”. Era una pregunta que iba más allá de la cuestión legal y venía a preguntar: “¿quién eres tú, para hacer una cosa así?” La pregunta tenía pleno sentido, porque una acción así, sin autoridad institucional, sólo podía ser obra de un loco o de un profeta. El problema estaba en la actitud con la que se hacía. No había la mínima intención de escuchar la respuesta, sino sólo de acusar y pillar, para poder acusar al que les había puesto en evidencia. No obstante, Jesús les da una oportunidad, para comprobar si están dispuestos a un diálogo franco y responde a su pregunta con otra, sobre el bautismo de Juan. En este caso sí que se trataba de un auténtico profeta, pero también en relación con él se habían cerrado en banda. De ahí su respuesta evasiva, no guiada por el deseo de verdad, sino por tacticismo y temor. Ante su clara cerrazón, Jesús da la callada por respuesta.
Tal vez podamos entender en esta no-respuesta los silencios de Dios que a veces experimentamos. Pedimos y no obtenemos respuesta, pero esto puede ser porque tampoco nosotros respondemos sinceramente a los requerimientos que Dios nos hace, porque en nuestro diálogo con Dios nos movemos a veces con astucia o con miedo, temerosos de que nuestra respuesta nos exija dar pasos para los que no estamos dispuestos. Esquivamos así la salvación que nos ofrece, porque sus llamadas (requerimientos y preguntas), por incómodas que nos puedan resultar, desean sólo, como dice Judas, salvarnos del fuego, mostrarnos su compasión, preservarnos de tropiezos, para que, una vez aprendida la lección, hagamos también nosotros, y en su nombre, lo mismo con nuestros hermanos."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 29 de mayo de 2026

NO "UTILIZAR" LA RELIGIÓN

  

Al día siguiente, cuando salían de Betania, Jesús sintió hambre. Vio de lejos una higuera que tenía hojas y se acercó a ver si también tenía fruto; pero no encontró más que las hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces dijo a la higuera:
– ¡Nunca más coma nadie de tu fruto!
Sus discípulos lo oyeron.
Después que llegaron a Jerusalén, entró Jesús en el templo y comenzó a expulsar a los que allí estaban vendiendo y comprando. Volcó las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los que vendían palomas, y no permitía que nadie atravesara el templo llevando objetos. Se puso a enseñar, diciendo:
– Las Escrituras dicen: ‘Mi casa será casa de oración para todas las naciones’, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones.
Al oir esto, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley empezaron a buscar la manera de matar a Jesús, porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba admirada de su enseñanza. Pero al llegar la noche, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, pasando junto a la higuera, vieron que se había secado de raíz. Entonces Pedro, acordándose de lo sucedido, dijo a Jesús:
– Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.
Jesús les contestó:
– Tened fe en Dios. Os aseguro que si alguien dice a ese monte: ‘¡Quítate de ahí y arrójate al mar!’, y no lo hace con dudas, sino creyendo que ha de suceder lo que dice, entonces sucederá. Por eso os digo que todo lo que pidáis en oración, creed que ya lo habéis conseguido y lo recibiréis. Y cuando estéis orando, perdonad lo que tengáis contra otro, para que también vuestro Padre que está en el cielo os perdone vuestros pecados. 
(Mc 11,11-25)

Jesús quiere que demos fruto; no, que seamos una higuera estéril. Quiere que utilicemos la espiritualidad, la religión para acercarnos a los demás y hacer el bien, no para sacar provecho y utilizarla para nosotros. Creer es confiar en Dios y no en nuestras propias fuerzas. No podemos pedir nada a Dios si no somos capaces de perdonar. Si no amamos.
 
" (...) En el gesto profético de la maldición de la higuera Jesús anticipa su crítica (de palabra y obra) al templo, de apariencia espléndida, pero corrompido por intereses espurios, que impiden su verdadero fin, la comunicación con Dios. Esta comunicación fortalece la fe, perdona nuestros pecados, nos da fuerza para perdonar a los demás, convirtiéndonos en agentes de reconciliación e intercesores en la oración por el bien de todo el mundo. Así es como podemos superar nuestros límites, morales, por la acción de la gracia, y temporales, por la participación en la resurrección de Cristo. Así damos testimonio de ese fin que está cerca y que no es otro que la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (1P 1, 9)."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 28 de mayo de 2026

EL SACERDOCIO DE JESÚS

 

Luego fue Jesús con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo:
– Sentaos aquí mientras yo voy más allá a orar.
Se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a sentirse muy triste y angustiado. Les dijo:
– Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quedaos aquí y permaneced despiertos conmigo.
Y adelantándose unos pasos, se inclinó hasta el suelo y oró, diciendo:
– Padre mío, si es posible, líbrame de esta copa amarga: pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.
Luego volvió adonde estaban los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
– ¿Ni siquiera una hora habéis podido permanecer despiertos conmigo? Permaneced despiertos y orad para no caer en tentación. Tenéis buena voluntad, pero vuestro cuerpo es débil.
Por segunda vez se fue, y oró así:
– Padre mío, si no es posible evitar que yo sufra esta prueba, hágase tu voluntad.
(Mt 26,36-42)

Jesús es el sacerdote que se ofrece a sí mismo como víctima en el altar de la Cruz. En Getsemaní se enfrenta a los horrores que esto significa. Mientras, sus discípulos se duermen. Jesús se sigue ofreciendo como víctima en las guerras, las persecuciones, la emigraciones, los enfermos, la pobreza...Y me temo que seguimos quedándonos dormidos.
Nosotros participamos del sacerdocio de Jesús. ¿Amamos como Él ama?¿Nos entregamos totalmente como Él?

"El sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres. En la mentalidad más tradicional esa mediación resulta peligrosa para el que la ejerce, porque “nadie puede ver el rostro de Dios y quedar con vida” (cf. Ex 33, 20). En esa mentalidad Dios exige que el hombre le entregue las primicias de los frutos de la tierra y los primogénitos de animales y hombres, como un modo de reconocimiento de su poder superior, para aplacar su ira por los pecados humanos, y asegurar su favor en el futuro. Abraham, llevado por esa conciencia religiosa primitiva, sintió que debía sacrificar a su hijo Isaac, como se hacía siempre y como hacían todos. La tragedia no estaba en la muerte del muchacho, como solemos entenderlo hoy, sino en el hecho de que era el único hijo, que no habría más, y esto suponía la muerte de Abraham, pues la descendencia era la única forma en que se concebía entonces la supervivencia tras la muerte. En Abraham aprendemos que el Dios de Israel, Dios de vivos y no muertos (de vida y no de muerte), no sólo no manda sacrificar a los primogénitos (en una “suspensión teológica de la moral”, como dice el filósofo Kierkegaard), sino que explícitamente lo prohíbe, como se repite con insistencia en las prescripciones del AT: “al primogénito del hombre lo rescatarás siempre” (cf. Ex 13, 13; Núm. 18, 15 y passim).
Nosotros sabemos que todo el AT apunta a Cristo y que es en clave cristológica como debemos leer siempre estos textos. Jesús es el hijo único de Dios, su primogénito, el único mediador entre Dios y los hombres, el que ejerce el sacerdocio definitivo, el que voluntariamente entrega su vida en rescate por todos (1Tim 2, 6). El verdadero rescate no es el que se hace para salvar al primogénito, sino que él realiza de sí mismo para salvarnos del pecado y de la muerte.
En Cristo comprendemos que esta función mediadora es ciertamente peligrosa, pero no a causa del celo o la ira de Dios (que nos ha mostrado su rostro de Padre misericordioso y lleno de amor en Cristo), sino por la esclavitud del pecado humano, que lleva a la muerte, y que él ha asumido sobre sí para darnos la libertad.
¿Era posible realizar ese rescate sin pasar por el trance amargo de la muerte, y una muerte de cruz? Es natural desearlo, y así lo expresa Jesús en su oración angustiada en Getsemaní, al tiempo que se somete con confianza a la voluntad del Padre. No es esta última una voluntad de muerte, sino de vida, aunque para alcanzarla en plenitud, y a causa de la contumacia del pecado humano, sea precisa beber el cáliz de amargura. Así Jesús es en la Cruz Sacerdote, Víctima y Altar.
Todos participamos del sacerdocio mediador de Cristo en la medida en que nos unimos a Él, tratamos de hacer del mandamiento del amor la norma de nuestra vida, y estamos dispuestos a asumir las consecuencias negativas (el precio) que el amor verdadero lleva consigo."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 27 de mayo de 2026

EL SERVIDOR ES EL PRIMERO

 

Se dirigían a Jerusalén y Jesús caminaba delante de los discípulos. Ellos estaban asombrados, y los que iban detrás tenían miedo. Jesús, llamando de nuevo aparte a los doce discípulos, comenzó a hablarles de lo que había de sucederle:
– Como veis, ahora vamos a Jerusalén, donde el Hijo del hombre será entregado a los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los extranjeros. Se burlarán de él, le escupirán, le golpearán y lo matarán; pero tres días después resucitará.
Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron:
– Maestro, queremos que nos hagas el favor que vamos a pedirte.
Él les preguntó:
– ¿Qué queréis que haga por vosotros?
Le dijeron:
– Concédenos que en tu reino glorioso nos sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús les contestó:
– No sabéis lo que pedís. ¿Acaso podéis beber esa copa amarga que voy a beber yo, y recibir el bautismo que yo voy a recibir?
Ellos contestaron:
– Podemos.
Jesús les dijo:
– Vosotros beberéis esa copa amarga y recibiréis el bautismo que yo voy a recibir, pero el que os sentéis a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo. Les será dado a aquellos para quienes está preparado.
Cuando los otros diez discípulos oyeron todo esto, se enojaron con Santiago y Juan. Pero Jesús los llamó y les dijo:
– Sabéis que entre los paganos hay jefes que creen tener el derecho de gobernar con tiranía a sus súbditos, y sobre estos descargan los grandes el peso de su autoridad.  Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que quiera ser grande entre vosotros, que sirva a los demás; y el que entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos. Porque tampoco el Hijo del hombre ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos.
(Mc 10,32-45)

Ayer era Pedro quien preguntaba por su "premio". Hoy son Santiago y Juan. Y todos lo pedirían; por eso se enfadan los demás. Jesús acaba de anunciar su Pasión y Muerte y sus discípulos no han entendido nada. Jesús les dice que lo importante es servir y seguirle juntos y unidos. No hay privilegios en su Reino. El padre ya nos premiará según lo que hemos amado. ¿Lo entendemos?

"Nos parece que, puesto que Dios es todopoderoso, no le cuesta nada darnos lo que le pedimos, ni tampoco salvarnos. Con un chasquido de dedos podría transformarlo todo. El problema está en que, al ser nosotros libres, esas transformaciones no podrían tener lugar sin nuestro consentimiento, a no ser que Dios violentara nuestra libertad, que es algo que Él no hace. Por eso, la salvación (que es, en el fondo, lo que le pedimos siempre) no es tan barata como nos parece: Pedro nos advierte de que Dios ha pagado un precio muy alto, la sangre de Cristo, para rescatarnos de “ese proceder inútil”. ¿Qué proceder inútil es ese? Hay formas de proceder que pueden resultar útiles para sobrevivir en este mundo (y útiles sólo para el que así procede), pero que son inútiles de cara a la salvación. Una de las más características es la ambición de poder.
Vemos que esta forma de proceder tienta y anida incluso en aquellos que siguen al que nos ha rescatado de ella: en el grupo de los apóstoles. Al parecer, todos ellos pretendían puestos de privilegio en el Reino que, según se imaginaban, Jesús se disponía a instaurar. Y, acuciados por la rivalidad, los hermanos hijos del Zebedeo decidieron tomar la delantera. Lo inaudito de la situación es que lo hacen cuando Jesús les está hablando del precio que va a pagar para rescatarlos de ese proceder inútil: el precio de la cruz.
Aunque tal vez más arrojados y astutos, los hijos del Zebedeo no eran más ambiciosos que los demás que, haciendo también oídos sordos a las palabras de Jesús, se indignaron contra los hermanos porque veían peligrar el objeto de su propia ambición.
Así fue entonces, así es hoy, así ha sido siempre: somos sordos al mensaje de la cruz, pero estamos muy despiertos para pillar reconocimiento, poder y privilegios. Y hoy como entonces Jesús, Maestro bueno y paciente, nos reprende con suavidad, y aprovecha la ocasión para enseñarnos: lo que pretendemos podremos alcanzarlo, pero por otro camino, el camino por el que él mismo va, hacia Jerusalén, bebiendo su mismo cáliz, que no entendemos, pero que podemos llegar a entender escuchando sus palabras. No es el camino de la ambición y el poder que se impone y aplasta a los demás, sino el del servicio, que se abre y se inclina humildemente ante las necesidades de los demás. Si queremos acabar entendiendo la lógica de la cruz (el precio con el que nos han rescatado) tenemos que aprenderla en el servicio, haciéndonos libremente esclavos de nuestros hermanos."
(José María Vegas cmf, Ciudad redonda)

martes, 26 de mayo de 2026

LA VIDA ETERNA

  


Pedro comenzó a decirle:
– Nosotros hemos dejado todo lo que teníamos y te hemos seguido.
Jesús respondió:
– Os aseguro que todo el que por mi causa y por causa del evangelio deje casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o tierras, recibirá ya en este mundo cien veces más en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, aunque con persecuciones; y en el mundo venidero recibirá la vida eterna. Pero muchos que ahora son los primeros, serán los últimos; y muchos que ahora son los últimos, serán los primeros.
(Mc 10,28-31)

Puede ocurrirnos como a Pedro, pensar que merecemos una gran recompensa por lo que hacemos. Jesús, como siempre mira la sencillez. Los últimos serán los primeros. Se trata de Amar sin esperar una respuesta, o, incluso, seguir amando cuando la respuesta es negativa.  Para Jesús, la entrega, es la medida de todo. Es la puerta a la vida eterna.

"Solemos pensar en la salvación sólo en futuro, como algo que no es para nuestro tiempo. Pero Pedro nos recuerda hoy que lo que indagaron y escrutaron los profetas del Antiguo Testamento es para nuestro tiempo, es un presente que ya está operando en la historia. Es, precisamente, lo que hemos celebrado en el tiempo de Pascua recién acabado, y lo que la liturgia nos ha invitado a experimentar: Jesús ya ha resucitado, nosotros ya vivimos en el primer día de la semana, el tiempo de la nueva creación, estamos, por tanto, en el tiempo no de la pura espera, sino de la realización.
Es verdad que esa realización todavía no se da en nosotros de manera plena, pero ya está actuando entre nosotros: ya ha aparecido la gracia de Dios (Tito 2, 11), Cristo ha resucitado, el amor y la vida han vencido ya al pecado y a la muerte. Y todo esto es para nosotros, al mismo tiempo, una gracia y una responsabilidad: ya no somos ignorantes, ya sabemos, ya hemos sido llamados a la santidad, ya podemos ser santos. Y debemos tratar de conducir una vida santa para que los que todavía no saben que Cristo ha resucitado puedan recibir la noticia.
Esta santidad de una vida resucitada no es, sin embargo, un motivo de orgullo, que nos hace sentirnos superiores a nadie. Porque se trata de una santidad en camino. Hemos acogido la llamada de Cristo y lo hemos seguido, dejándolo todo (cada cual según su propia vocación). Y esta respuesta no queda sin recompensa. Es verdad que sentimos dificultades, unas internas (por nuestros apegos y resistencias, nuestros pecados), y otras externas, como pueden ser el rechazo del entorno y las persecuciones. Pero también experimentamos los signos evidentes de nuestra nueva condición: adquirimos bienes sin medida, especialmente hermanos y hermanas, porque entramos a formar parte de una fraternidad universal: la de los hijos de Dios. Anticipamos así, ya en este mundo, el objeto de nuestra esperanza, la vida eterna, que no es sino la plenitud de la vida.
Felipe Neri fue un santo que encarnó de un modo sencillo y encantador esa presencia del cielo en la tierra."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 25 de mayo de 2026

MADRE DE LA IGLESIA

  Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre:
– Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
– Ahí tienes a tu madre.
Desde entonces, aquel discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, como Jesús sabía que ya todo se había cumplido, y para que se cumpliera la Escritura, dijo:
– Tengo sed.
Había allí una jarra llena de vino agrio. Empaparon una esponja en el vino, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús bebió el vino agrio y dijo:
– Todo está cumplido.
Luego inclinó la cabeza y murió.
Era el día de la preparación de la Pascua. Los judíos no querían que los cuerpos quedasen en las cruces durante el sábado, pues precisamente aquel sábado era muy solemne. Por eso pidieron a Pilato que ordenara quebrar las piernas a los crucificados y quitar de allí los cuerpos. Fueron entonces los soldados y quebraron las piernas primero a uno y luego al otro de los crucificados junto a Jesús. Pero al acercarse a Jesús vieron que ya había muerto. Por eso no le quebraron las piernas.
Sin embargo, uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al momento salió sangre y agua.
(Jn 19,25-34)

Ella es nuestra Madre. Jesús, en la persona de Juan, nos la dio a todos los que le seguimos. Mi promoción de noviciado tomó este nombre, María Madre de la Iglesia. Acababa de proclamarlo así el Concilio Vaticano II. Como Juan, debemos recibirla en nuestra casa, en nuestro corazón. 

"Dos árboles, dos mujeres, también dos varones. Parece que la liturgia ha querido dibujar un cuadro simétrico hecho de contrastes.
El primer árbol estaba en el centro del jardín, junto al árbol de la vida, y a su servicio: precisamente para custodiarla y protegerla. El centro del jardín, que es el ser humano, cúspide de la creación buena, dispone de un árbol: el de la ciencia del bien y del mal, esto es, la conciencia moral, del que no se puede comer, porque no somos libres para trastocar ese orden arbitrariamente, sino que se nos da a conocer para que, libremente, lo respetemos y así podamos cuidar, conservar y desarrollar este universo lleno de vida que Dios nos ha confiado. Pero la tentación aparejada a la libertad, que nos hace semejantes a Dios, pero no dioses, es la de desplazarlo y sustituirlo: determinar que sea bueno lo que me viene bien, apropiándonos del fruto prohibido. El varón y la mujer, cada uno responsable de su culpa, la agravan descargando en otros (el varón en la mujer, ésta en el tentador) su responsabilidad y difiriendo así el perdón, hasta que otra mujer y otro varón, en otro árbol, restauren el orden establecido por Dios.
Ese otro árbol resulta ser un instrumento de tortura y de muerte. Esta es la consecuencia extrema de la infidelidad de los primeros protagonistas. Pero de este otro árbol pende un nuevo Adán que no cede a la tentación, ni siquiera en medio de los tormentos, y no sólo no se apropia, sino que da: su vida por la salvación de todos, a los que le aceptan en fe. Al pie de este árbol, convertido en árbol de la ciencia del bien y del mal (la ciencia del amor) y también árbol de la vida (de la vida nueva) está la nueva Eva, que confirma su voluntad de servicio expresada tantos años atrás, acogiendo ahora como madre a todos los que aceptan a su Hijo. Así precisamente le pisa la cabeza a la serpiente.
Pese a su debilidad, que es la nuestra, le damos las gracias a Eva, madre de todos los vivientes y, en ella, gracias a los que nos han dado la vida. Y, con mucho mayor motivo, nuestro agradecimiento a la mujer fuerte, a María, madre de Jesús, por haber aceptado ser madre de los creyentes, Madre de la Iglesia, nacida de la sangre y el agua que brotan del costado traspasado de Cristo.
(El título de “Madre de la Iglesia” fue proclamado por San Pablo VI durante el Concilio Vaticano II. Con él, quería subrayar el papel irreemplazable de María dentro de la Iglesia. El Papa Francisco, en 2018, instituyó esta fiesta en el lunes después de Pentecostés. Si la Iglesia nace en Pentecostés, tiene un gran significado que, en el primer día siguiente, el lunes, en la puesta en marcha de su camino en medio del mundo, se destaque la persona y la misión de la Virgen en ella.)"
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)