Después de esto, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca, para que llegaran antes que él a la otra orilla del lago, a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y cuando la hubo despedido, se fue al monte a orar. Al llegar la noche, la barca ya estaba en medio del lago. Jesús, que se había quedado solo en tierra, vio que remaban con dificultad porque tenían el viento en contra. De madrugada fue Jesús hacia ellos andando sobre el agua, pero hizo como si quisiera pasar de largo. Ellos, al verle andar sobre el agua, pensaron que era un fantasma y gritaron, porque todos le vieron y se asustaron. Pero él les habló en seguida, diciéndoles:
– ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Subió a la barca y se calmó el viento. Ellos se quedaron muy asombrados, porque no habían entendido el milagro de los panes y aún tenían la mente embotada.
(Mc 6, 45-52)
Nuestra sociedad no es precisamente una mar en calma. Pero Jesús está junto a nosotros y nos dice: "Soy yo, no tengáis miedo". Confiar en Jesús es la única forma de caminar, de marchar entre las aguas turbulentas de nuestro mundo. Él siempre estará ahí y calmará las aguas. Pero hemos de confiar en Él.
"El Evangelio de hoy nos presenta a los discípulos en medio del lago. Embarcados. De noche. El viento decide salir de su refugio y empieza a montarse sobre las olas. Viene la tormenta. Y el miedo. Si alguno conoce el lago de Genesaret quizá le haya tocado verlo en un día apacible. Es un paisaje encantador, casi idílico. Pero suficientemente grande como para que las tormentas sean terribles. Y más con los medios de la época. Y más todavía si pensamos que la barquichuela de los discípulos no sería gran cosa. Pero por allí pasa Jesús y les invita a confiar: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”
El lago y la barca han sido desde hace mucho tiempo uno de los símbolos favoritos del mundo y la Iglesia. La barca de la Iglesia, la barca sencilla del pescador Pedro, tiene que navegar entre los peligros de un mar que a veces es tranquilo y apacible y otras veces es terrible y peligroso. En una barca no hay un lugar seguro al que agarrarse. Sobre todo, si las olas son más altas que la misma barca. La barca se mueve sin parar y la sensación es que no hay esperanza ni forma de llegar a buen puerto.
Es posible que hoy sintamos nuestra vida amenazada. O que sintamos amenazada la vida de la misma Iglesia debido a la falta de vocaciones o a los bancos medio vacíos que se ven en algunas o muchas iglesias. Algunos se ven a sí mismos como profetas y todo lo que ven son peligros, tan terribles que parece que estamos abocados a un final desastroso y sin salida.
Frente a los profetas agoreros, no tenemos más que la figura de Jesús que pasa cerca de nosotros y nos dice: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.” Él es el que nos hace seguir navegando seguros, seguir practicando la fraternidad, seguir abriendo la mano a los hermanos y hermanas de la humanidad sin excluir a nadie porque todos somos hijos e hijas de Dios. A veces nos encontramos con problemas, con conflictos. De la Iglesia con la sociedad. También dentro de la Iglesia, a veces en nuestra comunidad o en nuestra familia. Todo se arreglará desde el diálogo y el amor y la misericordia. Y recordando muchas veces las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)
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