Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos amemos unos a otros. No seamos como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Pues porque los hechos de Caín eran malos, y los de su hermano, buenos.
Hermanos míos, no os extrañéis si los que son del mundo os odian. Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama, aún está muerto. Todo el que odia a su hermano es un asesino, y vosotros sabéis que ningún asesino puede tener vida eterna en sí mismo. Conocemos qué es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si uno es rico y ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿cómo puede tener amor de Dios en su corazón? Hijitos míos, que nuestro amor no sea solamente de palabra, sino que se demuestre con hechos.
Confianza delante de Dios
De esta manera sabremos que somos de la verdad y podremos sentirnos seguros delante de Dios. Si nuestro corazón nos acusa de algo, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo. Queridos hermanos, si nuestro corazón no nos acusa, tenemos confianza delante de Dios
(1Jn 3,11-21)
El evangelio de hoy nos narra la llamada de Jesús a Felipe y a Natanael, el que no sabemos qué estaba haciendo bajo la higuera. Os he puesto el texto de la epístola, porque es el que comenta Fernando Torres. Aunque no lo parezca, estan relacionados. Seguir a Jesús es Amar. Si lo reconocemos como el Salvador, debemos amar a todos, incluso a nuestros enemigos. Él dio su vida por sus amigos, pero también por us enemigos: para salvarlos a TODOS. Un Amor, que como nos dice Juan, ha de ser de hechos, no sólo de palabras.
"Me van a permitir que por un día me fije sólo en la primera lectura. Es un texto de una de las cartas que se atribuyen al apóstol Juan. Nos dicen los estudiosos de la Palabra de Dios que es el mismo que escribió el Evangelio de Juan. Siempre nos ha parecido que era un hombre que andaba por las alturas, subido un poco por las nubes de la mística, con un lenguaje complicado no siempre fácil de entender. No hay más que recordar el prólogo de su Evangelio que hemos leído más de una vez en los días pasados.
Pero el texto de la primera lectura de hoy nos habla de que la mística cristiana siempre termina aterrizando en la realidad, en la vida de cada día. No se puede quedar en las alturas. No se queda en la contemplación ni en las horas de profunda oración. Al final el mensaje del Evangelio es, en síntesis, la buena nueva del amor que Dios nos tiene, manifestado en Cristo Jesús. Y eso se concreta en la relación diaria entre las personas. Y si no se concreta ahí, se queda en mera palabrería inútil.
Primero, el apóstol nos deja claro que el amor es lo opuesto a la muerte. Y, por tanto, al odio. El amor es vida. No tiene nada que ver con la muerte. Si amamos es signo de que hemos pasado de la muerte a la vida. Y el que no ama está muerto. Así de simple. El que no ama es como un “zombie”, uno de esos muertos vivientes de las películas, que andan por la calle siempre amenazando la vida de los demás. Lo que pasa es que para defendernos de ellos no usamos más arma que el amor. Es el único remedio que puede desactivar esa amenaza. Solo el amor regalado, entregado generosamente, gratuito, es capaz de transformar a esos muertos vivientes en personas libres, vivas, capaces a su vez de amar.
Pero el apóstol Juan añade algo más. Amar no es una palabra sino algo que se hace con obras. Como dice el refrán castellano: “obras son amores que no buenas razones.” Como dice el apóstol, si ves a tu hermano pasando necesidad y le cierras tus entrañas, ¿cómo puedes decir que amas de verdad?
Pues lo dicho. Si estamos vivos, amemos a los hermanos. Así venceremos el odio y la muerte. Pongámonos a la obra y concretemos ese amor en la vida diaria, en la relación con los que nos rodean. Ahí está la más alta cota de la mística cristiana."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)
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