Os digo que si alguien se declara a favor mío delante de los hombres, también el Hijo del hombre se declarará a favor suyo delante de los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
Dios perdonará incluso a aquel que diga algo contra el Hijo del hombre, pero no perdonará al que con sus palabras ofenda al Espíritu Santo.
Cuando os lleven a las sinagogas o ante los jueces y las autoridades, no os preocupéis por cómo tenéis que defenderos o qué tenéis que decir; porque en el momento en que hayáis de hablar, el Espíritu Santo os enseñará lo que habéis de decir.
(Lc 12,8-12)
Jesús está con nosotros si nosotros estamos con Él, si nos declaramos seguidores suyos. El Espíritu Santo es quien pondrá las palabras justas en nuestras bocas en los momentos difíciles. No olvidemos que el Espíritu Santo es el Amor. Lo ofendemos con nuestro egoísmo. Abandonando a los más débiles. Odiando. Es el Amor quien pone las palabras justas en nuestra boca. Serán palabras de Amor.
"El texto evangélico de hoy casa perfectamente con el santo del que la iglesia hace memoria en este día. San Ignacio de Antioquía fue un obispo del siglo II, que fue juzgado y condenado a ser devorado por las fieras en tiempo del emperador Trajano. Fue un mártir de la fe. No sabemos mucho de su vida ni de su ministerio. Pero sí conocemos las cartas que escribió a lo largo del camino (era obispo de Antioquía de Siria y las autoridades romanas que le condenaron le llevaron a Roma para ser ejecutado allí. Durante ese largo camino tuvo tiempo para escribir esas cartas que hoy son un testimonio precioso de alguien que entregó su vida al Evangelio y al Reino en aquellos primeros tiempos del cristianismo.
Hay algunos textos de esas cartas que, aunque hayan sido repetidos muchas veces a lo largo de la historia de la Iglesia, sigue valiendo la pena tener presentes. En una de esas cartas escrita a la iglesia de Roma, plenamente consciente de lo que le esperaba al llegar a su destino, dice que se dirige allí “para ser trigo de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en puro pan de Cristo”.
Solamente esta frase da para meditar y pensar que no hay razón para tener miedo cuando nos ponemos de parte de Jesús y de su Reino. Nos ayuda a descubrir que la Eucaristía es mucho más que un momento de relación íntima con Jesús que viene a nosotros en el pan consagrado. La Eucaristía se convierte en el centro de la vida cristiana. Mucho más allá de su celebración ritual, la vida del cristiano se tiene que hacer Eucaristía, trigo de Dios, molido por los avatares de la vida que se entrega totalmente y que así llega a ser pan de Cristo para los hermanos.
Ignacio iba tranquilo en su camino hacia Roma (en aquel tiempo un viaje largo de varios meses como mínimo). Por el camino salían a recibirlo y verlo las comunidades cristianas de los lugares por donde pasaba. Era para ellos un testigo de la fe. Porque todo el que entrega su vida, de la forma que sea, al servicio del Evangelio, de los hermanos, es testigo de Evangelio en nuestro mundo. Si abrimos los ojos y los oídos seguro que veremos a otros testigos que hace de su vida Eucaristía, entrega total al servicio del Reino."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

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