Al oir esto, uno de los que estaban sentados a la mesa dijo a Jesús:
– ¡Dichoso el que tenga parte en el banquete del reino de Dios!
Jesús le dijo:
– Un hombre dio una gran cena e invitó a muchos. A la hora de la cena envió a su criado a decir a los invitados: ‘Venid, que ya está todo preparado.’ Pero ellos comenzaron a una a excusarse. El primero dijo: ‘Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes.’ Otro dijo: ‘He comprado cinco yuntas de bueyes y he de probarlas. Te ruego que me disculpes.’ Y otro dijo: ‘No puedo ir, porque acabo de casarme.’ El criado regresó y se lo contó todo a su amo. Entonces el amo, indignado, dijo a su criado: ‘Sal en seguida a las calles y callejas de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los inválidos, a los ciegos y a los cojos.’ Volvió el criado, diciendo: ‘Señor, he hecho lo que me mandaste y aún queda sitio.’ Y el amo le contestó: ‘Ve por los caminos y cercados y obliga a otros a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos primeros invitados comerá de mi cena.’
(Lc 14,15-24)
Dios nos invita a todos al banquete. El problema está en que no respondemos correctamente. Él quiere ser el centro de nuestra vida y nosotros colocamos otras prioridades. Nos excusamos para estar con Él. Hacemos pasar "obligaciones" delante de la única que tenemos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Nos colocamos a nosotros en el centro. Olvidamos que el centro es el Amor, a Dios y a los demás.
"Hace más de medio siglo aprendí los llamados “Mandamientos de la Iglesia”. Es decir, los memoricé. Años más tarde me sorprendió que la pertenencia a la Iglesia impusiera una “cuota de socio” tan modesta. Eran solo cinco los mandamientos y, especialmente los referidos a la Eucaristía, sólo obligaban a acudir a la celebración del domingo y en fiestas importantes y siempre, si queríamos recibir la comunión, debíamos haber sido perdonados de los pecados graves ( llamados mortales) mediante la confesión. En Semana Santa y Pascua este deber se subrayaba especialmente.
En realidad era una información para los que que se iniciaban porque la fe, arraigada en los cristianos desde la primera hora, estimaba la Eucaristía como el centro de la vida cristiana. Sine dominico non possumos dijeron los mártires de Abitene (304 d. C.) que prefirieron morir antes que reunciar a reunirse los domingos para celebrar la fracción del pan.La Eucaristía edifica a la comunidad. No es un acto de piedad estrictamente individual, sino el encuentro del Cuerpo Místico de Cristo. La asistencia a la Misa no es meramente una formalidad para certificar la pertenencia. Es algo medular, constitutivo de la comunidad enviada al mundo para ser luz y sal.
El texto que hoy marca la liturgia, de alguna manera trata de todo esto pero también, y es patente, de la invitación de Jesús al pueblo judío. Este la ignorará y entonces otros serán también invitados y también rechazarán, hasta que el Señor envíe a sus servidores para que lleven a la fiesta a los que se encuentren en caminos y encrucijadas, mendigos, enfermos y tullidos. Toda una humanidad doliente. Benedicto XVI nos recordaba que, en cada Misa, los cristianos somos esos «cojos y ciegos» de los caminos. Nadie se sienta a la mesa de la Eucaristía por derecho propio o por méritos personales; nos sentamos únicamente porque fuimos encontrados en los cruces de la vida y rescatados por la gracia del Anfitrión.
A lo mejor tenemos que revisar cómo vivimos esta invitación, semana a semana quizás día a día. Si cortesmente nos excusamos de asistir o incluso si estamos presentes pero absortos en nuestros intereses, y nuestra asistencia es puro formulismo. Ojalá seamos como los mártires de Abitene."
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

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