martes, 6 de abril de 2010

PALABRA Y COMPARTIR


Este miércoles gozamos con el evangelio de los discípulos de Emaús. Estamos retratados en él. Nosotros también nos dejamos vencer muchas veces por el desánimo y, como los dos discípulos, abandonamos. Hemos confundido el Reino con el triunfo, con el éxito. Buscamos el poder, los movimientos de masas, las grandes concentraciones... La realidad es que somos débiles, pecadores, llenos de defectos.
¿Dónde encontraremos el Reino?
Jesús se lo señala a sus discípulos caminando hacia Emaús. Es en la Escritura donde encontramos el sentido a la vida. Nosotros montamos razonamientos filosóficos, teológicos, dogmáticos...y es meditando la escritura que encontraremos al Dios que nos revela Jesús. El Dios de los sencillos, de los que fracasan. El Dios Todomisericordioso. El Dios que se abaja hasta morir como un esclavo por nosotros. El Dios que sólo lo encontramos en el Hombre cuando lo consideramos nuestro hermano.
Y acaba partiendo y compartiendo el pan con ellos. Es en ese momento cuando lo reconocen. Esa es la verdadera Eucaristía, la que nos une. La que nos lleva a compartirlo todo con TODOS. Es allí donde Él se hace presente. Él quiso despedirse de sus discípulos alrededor de una mesa. A Él siempre lo encontraremos alrededor de una mesa. ¿Por qué hemos convertido ese compartir en un rito, en una ceremonia, y hemos olvidado que es una vida, una forma de cambiarnos totalmente y hacernos todos uno en el Uno?
Escritura y Eucaristía. Palabra y Compartir...

lunes, 5 de abril de 2010

MUJER, ¿POR QUÉ LLORAS?


(Estos días estoy muy liado. Por eso adelanto por la noche la entrada de cada día. Espero que dentro de poco todo se normalice y tenga más tiempo para pasarme más detenidamente por vuestos blogs)

El evangelio de hoy martes nos presenta una escena impresionante. María Magdalena llorando, sola, ante el sepulcro vacío. Cree que se han llevado a Jesús y no sabe dónde lo han puesto. Jesús se acerca a ella y le pregunta:
- Mujer, ¿por qué lloras?
Ella no lo reconocerá hasta que Él la llame por su nombre.
Sí. María Magdalena representa a todos los cristianos. Pero permitirme que hoy me fije sólo en las mujeres.
Una de las cosas sorprendentes de Jesús y que lo diferencia de todos los profetas, es su relación con las mujeres, a las que admite como discípulas y le siguen a lo largo de su peregrinar, a pesar de que en su época, mujeres y niños no contaban nada.
Magdalena llora porque ha perdido lo que más amaba. Como tantas mujeres hoy y a lo largo de la historia, que se han visto despreciadas, humilladas, violentadas...y han perdido su razón de vivir.
A Magdalena le ocurre lo que a tantas mujeres y a nosotros también. No sabemos ver que junto a nosotros está la Resurrección, la Luz...está Él. Hasta que Jesús la llama por su nombre:
- María...
Pienso en esas mujeres que he visto estos días en el hospital...En las emigrantes que vinieron engañadas para caer en la prostitución...En las adolescentes embarazadas a las que se les cae el mundo encima...En las mujeres maltratadas que callan porque aman...o simplemente porque tienen miedo...
En tantas mujeres que necesitan que Jesús las llame por su nombre...
Pienso que nosotros tenemos que ser ese Jesús que sepa amarlas. Es através nuestro que han de oir a Jesús llamándolas una a una...
Ojalá como María Magdalena puedan secar sus lágrimas y con una sonrisa radiante exclamen:
- ¡Maestro!

domingo, 4 de abril de 2010

¿A QUIÉN BUSCAS?


Angel Moreno -

Al comienzo del Evangelio de San Juan, al ver Jesús que dos de los discípulos del Bautista lo seguían, volviéndose hacia ellos, les preguntó: “¿Qué buscáis?” Ellos le respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?”
Al final del cuarto Evangelio, en las escenas de Pascua, Jesús, se apareció a María Magdalena, que estaba desconsolada, y le preguntó: “Mujer, ¿por qué lloras? Ella no lo reconoció; entonces Jesús le dijo: “María, ¿a quién buscas?” Entonces, ella, dio media vuelta, y mirando a Jesús, exclamó: “¡Rabboní!” Duccio, Noli me tangere Estas dos escenas abrazan el texto evangélico y marcan la dirección adecuada para encontrarse con Jesucristo, que no es otra que la de permanecer en actitud de búsqueda, sentir la mirada del Señor y reconocerlo como Maestro.
Pero yo, ¿qué busco? ¿A quién busco? ¿En qué o en quién pongo mis ojos? Estas preguntas horadan la corteza de toda soledad y dejan en la intemperie de una mirada que se instala en las entrañas, no tanto como denuncia, sino como fascinante atracción, aunque al principio no se sepa quién es el que te deja oír su voz y sentir sus ojos. Sorprende el hecho de poder estar caminando junto al Señor, y no saber que es Él, como les pasó a María Magdalena, y a los discípulos de Emaús ¡Cuántas veces se experimenta la desolación, cuando tan sólo haría falta volver los ojos, o levantarlos, para sentir la presencia del Resucitado!
Una causa por la que quizá no descubro el acompañamiento de Jesús como persona viva, amiga y compañera, puede ser que ando invadido por mis obsesiones, ideologías y proyecciones, esperando encontrar una realidad inerte, o deseando poseer a quien es inapresable. Más allá de que reconozca el rostro luminoso del Resucitado, Él sale a mi camino, me mira, pronuncia, de muchas formas, mi nombre, me interpela y hasta llega a denunciarme, cuando mis afanes, búsquedas e inercias proyectan un deseo fosilizado.
La actitud que corresponde es la de buscar permanentemente el rostro del Señor, y gozar de la promesa de su acompañamiento. Esté de viaje o en casa, en el jardín o junto al mar, solo o en comunidad, entre conocidos o ante personas anónimas, la certeza de la presencia del Resucitado y dejarme mirar por Él cambia la vida. Sigue resonando en mí la primera pregunta del Evangelio: “¡Maestro! ¿Dónde vives?”Y la respuesta de Jesús: “Venid y lo veréis”. “Buscad y encontraréis”. “Llamad y se os abrirá”.
Aunque sólo sea por fe, sé que Jesús no deja de mirarme y de pronunciar mi nombre. Él no espera otra cosa sino que yo llegue a sentir la luz de su mirada en toda circunstancia. ¡Qué diferente es todo, mi vida y yo mismo, cuando se siente el acompañamiento del Maestro!
Amigo, es mi deseo de Pascua que te dejes mirar por el Resucitado y llegues a escuchar de sus labios tu nombre pronunciado con amor. Si es así, correrás a anunciarlo de muchas formas, por dondequiera que vayas. ¡Feliz Pascua!

(Tomado de Ciudad Redonda .http://www.ciudadredonda.org/)

sábado, 3 de abril de 2010

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?



"El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:
- Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos."

¿DÓNDE BUSCAR AL QUE VIVE?
José Antonio Pagola

La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desorientación, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.
María de Magdala es el mejor prototipo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso, el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús, se siente perdida.
Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».
La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, sólo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.
Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar, no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.
Lo hemos de buscar, no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el Evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro porque, saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está Él».
Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un "Jesús muerto". No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

Contribuye a despertar la fe en el Resucitado. Pásalo.

MÚSICA DEL SÁBADO: CORAL VIRTUAL

En un sábado distinto...


viernes, 2 de abril de 2010

VIERNES SANTO


"Hace ya dos mil años...

y seguimos clavando cruces cada día.

Cruces de odio...

cruces de guerra...

cruces de aborto...

cruces violentas...

cruces injustas...

cruces...

Y Tú sigues gritando tu abandono...

Y te dejamos solo, inerte, muerto...

desangrado en tu inocencia.

Más solo, cuanto más te acompañamos

con oro, con vestidos, catedrales...

Tú, desnudo, tan pobre y sin tejado.

Nosotros, diciendo que te amamos...

Como aquel día el cielo se oscurece,

se rasgan velos y se abren tumbas...

tan sólo un centurión,

ateo, irreverente, dirá:

En verdad este es el Hijo de Dios...

jueves, 1 de abril de 2010

HACEDLO TAMBIÉN VOSOTROS...


"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara)y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: 'Señor, ¿lavarme tú los pies a mi?' Jesús le replicó: 'Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde'. Pedro le dijo: 'No me lavarás los pies jamás'. Jesús le contestó: 'Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo'. Simón Pedro le dijo: 'Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza'. Jesús le dijo: 'Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos. (porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: no todos estáis limpios). Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: '¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis , el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis'."


En el Evangelio de Juan no encontramos la institución de la Eucaristía con el pan y el vino como en los otros evangelios. Muchos autores señalan que el equivalente en Juan es el lavatorio de los pies. De hecho, todo el relato de la Última Cena de Juan, desde el capítulo 13 al 17, es eucarístico. Nos da el verdadero sentido de la Eucaristía. Nos indica, porqué es el punto central del cristianismo. No el rito, sino la vida que hay tras él.
Nosotros hemos gastado toneladas de papel y ríos de tinta; nos hemos quemado las neuronas intentando explicar lo inexplicable: la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Y hemos olvidado lo más importante: las CONSECUENCIAS en nosotros de esta inexplicable presencia. Esto hace, que tras años comulgando, sigamos teniendo las mismas faltas e idénticos defectos. Que tras años de eucaristías nuestra sociedad sigue siendo injusta, anticristiana, insolidaria, violenta, clasista, racista...
Los cristianos nos hemos de reunir en la Eucaristía para hacernos servidores, esclavos los unos de los otros; de todos los hombres (Jesús también lavó los pies a Judas).
Recibir la Eucaristía significa, no sólo unirnos a Jesús, sino a todos los hombres; porque Él es la vid y nosotros los sarmientos, nos dijo aquella noche.
En cada Eucaristía Jesús nos presenta al Padre y nos da el Espíritu.
Tanto en el relato del pan y el vino, como en el lavatorio de los pies, Jesús nos dice lo mismo: "Hacedlo vosotros..." ¿Qué hemos de hacer? ENTREGARNOS totalmente, hasta la muerte, como hizo Él...
La vida nos va dando múltiples momentos para entregarnos a los demás...Si vivimos la Eucaristía...sabremos entregarnos y encontraremos la fuerza que necesitamos para hacerlo. Descubriremos, que no estamos solos...