lunes, 26 de enero de 2026

NO LO RECONOCÍAN

  



También los maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén decían: “Beelzebú, el propio jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.”
Jesús los llamó y les puso un ejemplo, diciendo: “¿Cómo puede Satanás expulsar al propio Satanás? Un país dividido en bandos enemigos no puede mantenerse, y una casa dividida no puede mantenerse. Pues bien, si Satanás se divide y se levanta contra sí mismo, no podrá mantenerse: habrá llegado su fin.
“Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y robarle sus bienes, si antes no lo ata. Solamente así podrá robárselos.
“Os aseguro que Dios perdonará a los hombres todos los pecados y todo lo malo que digan; pero el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo no tendrá perdón, sino que será culpable para siempre.”
Esto lo dijo Jesús porque afirmaban que tenía un espíritu impuro.

Los maestro de la ley tampoco lo reconocían. Lo relacionan con Satanás. Él les dice que si un reino o una casa están divididos no pueden seguir. Él expulsa a los demonios con Amor, con el Espíritu. Por eso, si no reconocemos al Espíritu, si lo asociamos con el diablo, no podremos sacar al diablo de nuestro interior y dejar que el Padre entre en nosotros. Al Amor del Espíritu debemos responder con nuestro amor.

"Después de haber contemplado a san Pablo y su conversión, con la oración por la unidad de todos los cristianos, seguimos nuestro camino por el tiempo ordinario, hacia la ya próxima Cuaresma. Lo hacemos con la memoria de los santos Timoteo y Tito.
En el Evangelio de Marcos, Jesús es acusado por los escribas de expulsar demonios con el poder de Belzebú, el príncipe de los demonios. Jesús responde con lógica: un reino dividido no puede sostenerse. Si Satanás expulsara a Satanás, su reino caería. Además, advierte sobre el pecado contra el Espíritu Santo, que es imperdonable. Este pasaje nos invita a profundizar en la fe y a reconocer la autoridad de Jesús. Nos llama a no juzgar superficialmente, sino a abrir el corazón para entender el poder y la acción del Espíritu en la vida cotidiana.
Este Evangelio recoge una de las afirmaciones de Jesús que más ha dado lugar a especulaciones: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada”. Estas palabras no expresan un límite en la misericordia de Dios, sino un límite que el propio ser humano pone a esa misericordia.
Cuando Jesús habla de la blasfemia contra el Espíritu Santo, no lo hace para asustarnos, sino para llamarnos a la conversión del corazón. A veces esta frase suena muy dura: “ese pecado no será perdonado”, y podemos pensar que Dios deja de amar o de perdonar. Pero no es así. Dios siempre quiere perdonar. El problema no está en Dios, sino en la persona que se cierra completamente a su amor. El Espíritu Santo es quien nos ayuda a reconocer el pecado, a pedir perdón y a cambiar de vida. Entonces, blasfemar contra el Espíritu Santo significa rechazar conscientemente esa ayuda, decirle a Dios: “No te necesito, no quiero cambiar, no quiero tu perdón”.
Jesús pronuncia esta advertencia cuando los fariseos, viendo una obra evidente de liberación y sanación, atribuyen al demonio lo que es obra del Espíritu Santo. No se trata de ignorancia ni de duda sincera, sino de un rechazo consciente y malicioso de la verdad. Los fariseos veían las obras buenas de Jesús —curaciones, liberaciones, gestos de amor— y aun así decían que venían del mal. Es decir, llamaban malo a lo que era bueno, cerrando su corazón a la verdad. Eso es muy grave, porque cuando uno se convence de que no necesita a Dios, ya no pide perdón, y si no pide perdón, no puede recibirlo.
En este contexto, entonces, ¿qué es la blasfemia contra el Espíritu Santo? No es una palabra dicha en un momento de ira ni una debilidad humana. Es una actitud interior permanente, podríamos decir recalcitrante: llamar “mal” a lo que claramente viene de Dios. Rechazar deliberadamente la acción del Espíritu que convence de pecado, invita a la conversión y ofrece el perdón. Cerrar el corazón a la gracia, negándose a reconocer la necesidad de misericordia. San Juan Pablo II la describía como el pecado de quien se niega a ser perdonado, porque rechaza el medio mismo del perdón.
¿Por qué “no tiene perdón”? No porque Dios no quiera perdonar, sino porque el Espíritu Santo es quien nos lleva al arrepentimiento. Si se rechaza al Espíritu, se rechaza la puerta por la que entra el perdón. Dios respeta la libertad humana incluso cuando esta se cierra a su amor.
Quien teme haber cometido este pecado, ya demuestra que no lo ha cometido. El temor, el remordimiento y el deseo de reconciliación son signos claros de que el Espíritu sigue actuando en el corazón. La blasfemia contra el Espíritu no es una caída momentánea, sino una decisión final y obstinada contra la verdad y el amor. Este pasaje nos invita a examinar nuestro corazón con humildad, a no endurecernos ante la corrección de Dios, a reconocer la acción del Espíritu en la Iglesia, en los sacramentos y en la conversión personal. Mientras haya apertura, aunque sea mínima, la misericordia de Dios sigue siendo infinita. Lo sintió Pablo y los sintieron sus colaboradores, Timoteo y Tito.
Ésta es la buena noticia: que quien se arrepiente, quien pide perdón, quien busca a Dios, no ha cometido este pecado. El corazón humilde, aunque sea débil, siempre tiene la puerta abierta al perdón de Dios. Pidamos hoy la gracia de no endurecer el corazón, de dejarnos guiar por el Espíritu Santo y de confiar siempre en la misericordia infinita de Dios."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 25 de enero de 2026

PESCADORES DE HOMBRES

 


Cuando Jesús oyó que Juan estaba en la cárcel, se dirigió a Galilea. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaún, a orillas del lago, en los territorios de Zabulón y de Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías:
“Tierras de Zabulón y de Neftalí,
más allá del Jordán,
a la orilla del mar:
Galilea de los paganos.
El pueblo que andaba en oscuridad
vio una gran luz;
una luz iluminó
a los que vivían en sombras de muerte.”
Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: “¡Volveos a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”
Jesús paseaba por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a dos hermanos: a Simón, también llamado Pedro, y a Andrés. Eran pescadores, y estaban echando la red al agua. Jesús les dijo:
– Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres.
Al momento dejaron sus redes y se fueron con él.
Un poco más adelante vio Jesús a otros dos hermanos: Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban con su padre en una barca reparando las redes. Jesús los llamó, y al punto, dejando ellos la barca y a su padre, le siguieron.
Recorría Jesús toda Galilea enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de toda clase de enfermedades y dolencias.

Jesús nos invita a ser pescadores de hombres. Es decir, a anunciar su Palabra. A ser como Él ayudando, entregándose a todos. Amando a todo el mundo como Él nos ama.

"Celebramos el domingo de la Palabra de Dios. El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral para hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible.
La cita bíblica con la que se celebrará la VII edición del Domingo de la Palabra de Dios está tomada de la carta de san Pablo a los Colosenses: “La palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3,16).
La Palabra que hoy conmemoramos arroja siempre algo de luz en nuestras vidas. Esa luz que aparece en las lecturas de este domingo, esa luz que tanto añoramos los que vivimos muchos meses en oscuridad, cerca del Círculo Polar.
En casi todas las páginas del Evangelio se tomen por donde se tomen, hay una premisa, un requisito, un principio desde el que se entiende y facilita todo lo demás: El encuentro con Jesús. Parece que todos los relatos evangélicos nos hablan de lo mismo. Podemos decir que uno se convierte en cristiano cuando se encuentra con Jesús. Porque entonces vemos la Luz.
Eso quiere decir que debemos evitar confundir la vida cristiana con un conjunto de prácticas externas, o con un código de comportamiento moral, o con una serie de verdades más o menos complicadas a las que asentir, o con la pertenencia al colectivo humano de una Iglesia… Todas esas cosas son, por supuesto, muy importantes, pero antes que ellas y previas a ellas lo esencial es haberse encontrado con Jesús.
Jesús no es un difunto, como puede ser Napoleón o Gandhi: No le conviertas, por tanto, en un fósil polvoriento de museo. Es verdad que a los creyentes nos complica un poco la vida el que de Jesús no conservemos ni una sola reliquia, ni siquiera un mal trozo de túnica que presentar en vídeo y convencer a los que dudan… Pero somos muchos los que nos hemos topado con Él. Porque Jesús de Nazaret, el Señor, está Resucitado.
Este Viviente amigo es el que pasa llamando, interpelando, inquietando, molestando. Peregrina por muchas vidas y se mete incluso donde no le llaman. Suele presentarse sin avisar. Nos invita como a esa doble pareja de hermanos pescadores del Evangelio a seguirle. A dejarnos fascinar y seducir por su persona, por su manera de entender la vida, por su forma de des-vivirse por los demás, por su deseo de convivir con muchos. Verle es cambiar. Y cuando ello ocurre, nos pasa lo mismo que a un musulmán sufí de Murcia, Ibn Arabí: «Aquel cuya enfermedad se llama Jesús, ya no puede curar.»
«El Reino de Dios está cerca: convertíos». «Convertíos». No se nos dice: «no os mováis», «podéis quedaros con los brazos cruzados, mano sobre mano». Cuando es de noche, podemos quedarnos quietos, sin movernos; podemos tener los ojos cerrados. ¿De qué te sirve abrir los ojos si no hay luz que te permita ver?, ¿de qué te sirve ponerte a caminar, si quizás estás retrocediendo en lugar de avanzar, o te estás extraviando? Pero cuando hay luz, las cosas cambian: «pecas» contra la luz si no abres los ojos; «pecas» contra la luz si no te pones a caminar: «caminad mientras tenéis luz, antes que os envuelva la tiniebla, caminad».
Jesús llama al seguimiento a Pedro, a Andrés, a Santiago y a Juan. Principio quieren las cosas. De aquel germen ha surgido la Iglesia; sobre aquellos primeros cimientos se ha construido el edificio. Para realizar su misión liberadora Jesús cuenta con colaboradores: son los primeros discípulos que reciben su llamada. A ellos dice “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. La vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. Muchos seguían a Jesús de forma interesada: porque hacía milagros, porque pensaban que les iba a ofrecer poder u otros beneficios. Jesús, en cambio, busca hombres que se dejen seducir por su palabra y su fuego, que se apasionen con sus proyectos y su estilo de vida. Por eso los llama, para que estén con Él y vean cómo hay que hacer las cosas.
Es innegable que hay dificultades que hacen difícil, a veces, el seguimiento de Jesús. La primera es la radicalidad, la entrega total que Él propone: hay que estar dispuesto a dejarlo todo para seguirle. Así lo hicieron aquellos pescadores que, dejando las redes, la barca y hasta a su padre –los hijos de Zebedeo-, lo siguieron. Comprobarán después la segunda dificultad, pues el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza: los medios con que cuentan para proclamar el Evangelio son mínimos, lo único que les servirá será su testimonio personal. Nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura. Y dar testimonio cuesta. Pero la dificultad mayor va a ser comprender el sentido de la misión: ¿qué entenderían ellos cuando les decía que iban a ser pescadores de hombres? Lo comprenderían después de la resurrección…
La presencia de Jesús y su Evangelio hacen más humana la vida. Se nos invita a mostrar nuestras razones de vivir, se nos invita a luchar contra la enfermedad. Donde se hace presente el Evangelio se promueve el amor a la vida y el servicio a la vida. Evangelización y promoción humana no son realidades extrañas; van del brazo. El Evangelio se dice con palabras que anuncian a Jesús y se dice con gestos «hechos en el nombre del Señor Jesús». Y en la Palabra de Dios tenemos recogidas esas palabras. No desaprovechemos la oportunidad de escucharlas. Esa Palabra está disponible siempre."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)



sábado, 24 de enero de 2026

SANTA "LOCURA"

  


Después entró Jesús en una casa, y se juntó de nuevo tanta gente que ni siquiera podían comer él y sus discípulos. Al saber que estaba allí, los parientes de Jesús acudieron a llevárselo, pues decían que se había vuelto loco.
(Mc 3,20-21)

Santa "locura" la de Jesús. Para quien el dinero, el poder, la fuerza el dominio...son cosas fundamentales, lo que hace y nos pide Jesús, es una locura. Dedicarse a los pobres. Defender a los perseguidos. Luchar por la Paz. Priorizar a los pequeños. Todo esto son locuras a los ojos de muchos. Lo que nos duele es que esto sea locura para los más próximos, para nuestra familia, para algunos que se denominan creyentes cristianos...
Nosotros, como Jesús, no debemos desfallecer y seguir ese camino; aunque algunos nos tomen por locos.

"“Se ha vuelto loco”. Locura y escándalo tiene también la cruz (1 Cor 1,23) La misión de Jesús no entraba en los cánones de aquella sociedad y de aquella Religión rígida, sin vida y muy reglamentada.
Las autoridades religiosas no aceptaban el cambio que Jesús proponía, sentían envidia. Algunos familiares quedaron también desconcertados al verlo predicar con tanta libertad, enfrentándose a los maestros de la ley. Por eso sus familiares intentaban llevárselo, devolverlo a la normalidad de Nazaret.
Unos y otros no entendían lo que Jesús hacía, pero Él “no se deja atrapar”, pide a todos un esfuerzo por acoger su novedad, el mensaje de las Bienaventuranzas.  No es fácil discernir dónde actúa Dios Por eso, no es extraño que sean a veces los más cercanos, la propia familia, quienes ofrecen mayor resistencia al proyecto de Dios.
Escuchar y caminar con Jesús, pasar de lo confortable al discipulado, de la instalación a la búsqueda, de lo superficial a la hondura. Nos invita a dar el salto. ¿Te atreves?"
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 23 de enero de 2026

JESÚS NOS ELIGE

 


Después subió Jesús a un cerro y llamó a quienes le pareció conveniente. Una vez reunidos, eligió a doce de ellos para que le acompañasen y para enviarlos a anunciar el mensaje. Los llamó apóstoles y les dio autoridad para expulsar a los demonios. Estos son los doce que escogió: Simón, a quien puso por nombre Pedro; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo, a los que llamó Boanerges (es decir, “Hijos del Trueno”); Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, y Santiago hijo de Alfeo; Tadeo, Simón el cananeo y Judas Iscariote, el que traicionó a Jesús.
(Mc 3,13-19)

Jesús nos elige para estar con Él. No importa la misión que nos encomiende. Depende de nuestras cualidades. Lo que importa es estar con Él. Sólo así podremos realizar correctamente nuestra misión sea la que sea: curar, enseñar, ayudar...Porque sólo así podremos AMAR.

"Somos elegidos por Jesús no por nuestros méritos y esfuerzos, no porque seamos mejores que otros sino “porque Él quiso”. La elección, la iniciativa es suya, no es nuestra, es llamada gratuita. Estamos en las manos del Buen Pastor, al que nadie le puede arrebatar sus ovejas. Él nos regala la fuerza necesaria para responder a su llamada con fidelidad.
Y nos eligió para “estar con él”. La convivencia con Jesús convierte al elegido y enviado en testigo creíble porque habla de lo que “ha visto y oído”, no de memoria, no por otros. Elegidos para andar con Él, para vivir más cerca de Él, para colaborar con Él en el anuncio de la Buena Noticia.
La vocación de aquellos doce y la nuestra es un regalo, no un premio, un don, no un resultado de nuestra lógica humana.
No pongamos límites a su llamada. No caigamos en desánimos. No estemos tan ocupados en “lo nuestro” que no oigamos la voz de Aquel que nos llamó a ser sus amigos. No podemos ser mudos y no comunicar a los demás el mensaje que también hemos elegido nosotros como “perla preciosa” de nuestra vida. “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!” (2 Cor 9,16)"
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 22 de enero de 2026

LA ATRACCIÓN DE JESÚS

 

 Jesús, seguido por mucha gente de Galilea, se fue con sus discípulos a la orilla del lago. Al oir hablar de las grandes cosas que hacía, acudieron también a verle muchos de Judea, de Jerusalén, de Idumea, del lado oriental del Jordán y de la región de Tiro y Sidón. Por eso, Jesús encargó a sus discípulos que le tuvieran preparada una barca, para evitar que la multitud le apretujara. Porque había sanado a tantos, que todos los enfermos se echaban sobre él para tocarle.
Y cuando los espíritus impuros le veían, se ponían de rodillas delante de él y gritaban:
– ¡Tú eres el Hijo de Dios!
Pero Jesús les ordenaba con severidad que no hablaran de él públicamente.
(Mc 3,7-12)

Todos seguían a Jesús porque hacía el bien, curaba a todos. Los espíritus impuros son los que le reconocen...¿Nosotros lo reconocemos? Reconocerlo es verlo en los pobres, en los necesitados, en los enfermos, en los perseguidos. Amarlo es amarlos a ellos. Seguirlo, es dar nuestra vida por ellos como hizo Él.

"La seducción de Jesús. A Él llegan gentes de Judea, Jerusalén, Idumea, Tiro, Sidón…multitudes que le buscan, le siguen, están sediento de Jesús. Se apiñan para tocarlo, sentirlo, ser curados.
Todos se sienten atraídos por su fuerza irresistible que acoge a los pobres, cura dolencias y enfermedades, libera a los atormentados de espíritus malos. “De Él salía un poder, una fuerza” Esa fuerza es el Espíritu.
La gente acudía a Jesús no porque enseñara una doctrina sublime sino porque “oye hablar de las grandes cosas que hace”. Lo que le preocupaba a Jesús era aliviar, liberar, sanar, consolar. Jesús no renuncia a estar cerca de la multitud y de cada uno.
La gente no se siente atraída por discursos, dogmas, por palabras y más palabras. Quieren ver obras, hechos, testimonios, gestos. Quieren ver si verdaderamente como Jesús, nos preocupamos de los que lo pasan mal, de los que esperan salir de tantas estrecheces y dolencias. ¿Cómo manifestamos en la vida cotidiana que seguimos a Jesús? ¿Atrae nuestro modo de vivir la fe?"
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 21 de enero de 2026

LA VERDADERA LEY

 


Jesús entró otra vez en la sinagoga. Había allí un hombre que tenía una mano tullida, y espiaban a Jesús para ver si lo sanaría en sábado y tener así algo de qué acusarle. Jesús dijo al hombre de la mano tullida:
– Levántate y ponte ahí en medio.
Luego preguntó a los demás:
– ¿Qué está permitido hacer en sábado: el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?
Ellos se quedaron callados. Jesús miró entonces con enojo a los que le rodeaban y, entristecido porque no querían entender, dijo a aquel hombre:
– Extiende la mano.
El hombre la extendió, y la mano le quedó sana. Pero los fariseos, en cuanto salieron, comenzaron junto con los del partido de Herodes a hacer planes para matar a Jesús.
(Mc 3,1-6)
Vemos otra vez a Jesús teniendo problemas por curar en sábado. Jesús sigue enseñándonos que el hombre está por encima de las normas y las leyes y que estas no tienen sentido si perjudican al hombre. La verdadera ley es ayudar y amar a todos los hombres.

“Levántate y ponte en medio” Pone en medio de la celebración litúrgica a aquel hombre que sufre. ¿Qué es más importantes: celebrar el culto o aliviar el sufrimiento de este hombre? Dios se alegra cunado en medio de la celebración están muy presente los que sufren, los que son olvidados, los que no cuentan.
Jesús quiere que aquella persona de la mano tullida pudiera vivir con toda su dignidad, sentirse curada, feliz. Coloca a las personas que han sido vulneradas en el centro de su corazón y nos desafía a nosotros a hacer lo mismo, a no dejar a nadie tirado en las cunetas de la soledad, la marginación, el aislamiento, el silencio.
Los fariseos eran incapaces de alegrarse por el bien de la persona curada; les molesta que Jesús fuera “dador de vida”. Aquí ya se comienza a maquinar la manera de eliminar al que estaba resultando cada vez más incómodo por los gestos y palabras que acompañaban su estilo de vida."
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)

martes, 20 de enero de 2026

EL SÁBADO PARA EL HOMBRE

  


Un sábado pasaba Jesús entre los sembrados, y sus discípulos, según iban, comenzaron a arrancar espigas. Los fariseos le preguntaron:
– Oye, ¿por qué hacen tus discípulos algo que no está permitido en sábado?
Él les dijo:
– ¿Nunca habéis leído lo que hizo David en una ocasión en que él y sus compañeros tuvieron necesidad y sintieron hambre? Siendo Abiatar sumo sacerdote, David entró en la casa de Dios y comió los panes consagrados, que solamente a los sacerdotes les estaba permitido comer. Además dio a los que iban con él.
Jesús añadió;
– El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del hombre tiene autoridad también sobre el sábado.
(Mc 2,23-28)

"Santificar las fiestas" lo hemos interpretado siempre con la obligación de ir a misa. Pero hemos olvidado que las fiestas también se santifican visitando a los enfermos, ayudando al necesitado, dedicando a la familia el tiempo que no dedicamos durante la semana. En pocas palabras: amando. Dedicando el tiempo a ayudar a los demás. Y esto lo hemos de hacer todos los días, proque todos los dias son Fiesta.

"Para Jesús lo importante no es la “Religión”, los ritos, las normas, el culto, sino el bien de la persona. A unos esto les desconcertó y escandalizó y a otros – pobres, desvalidos, pecadores – les despierta la esperanza, lea ayuda a vivir y a levantar la cabeza.
La “religiosidad de las normas” nos da seguridad, pero está lejos del Espíritu de Jesús que quiere que sus amigos no son sean perfectos cumplidores sino humildes seguidores, auténticos. Jesús quiere reconducir todo hacia Dios.
Para Jesús el bien de la persona está por encima de toda tradición, ley, institución y tiene que favorecer el caminar hacia la plenitud del hombre, no a la exclusión.
Jesús manifiesta cómo el Dios a quien el sábado está dedicado es un Dios compasivo y misericordioso. Dios no necesita hacernos sufrir ni imponernos leyes. Quiere hacernos el bien. Si queremos actuar como Jesús, no podemos dedicarnos a perseguir a los demás. “No nos cansemos de hacer el bien”.
(Salvador León cmf, Ciudad Redonda)