miércoles, 25 de marzo de 2026

HÁGASE

  


A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a visitar a una joven virgen llamada María que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró donde ella estaba, y le dijo:
– ¡Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo.
Cuando vio al ángel, se sorprendió de sus palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo:
– María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo: y Dios el Señor lo hará rey, como a su antepasado David, y reinará por siempre en la nación de Israel. Su reinado no tendrá fin.
María preguntó al ángel:
– ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?
El ángel le contestó:
– El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.
Entonces María dijo:
– Soy la esclava del Señor. ¡Que Dios haga conmigo como me has dicho!
Con esto, el ángel se fue.
(Lc 1,26-38)

Hágase. Esta es la respuesta de María, su sí a los designios de Dios. Esa debe ser nuestra respuesta; pero sólo puede darse desde la sencillez, desde la humildad. Como hizo María. De ese hágase dependió nuestra salvación. Nunca podremos agradecérselo totalmente.

"Hoy la Iglesia celebra la Encarnación. Lo que C. Lewis denomina “el Gran Milagro” en su obra “Los milagros”. Este autor lo expresa así: En la Encarnación, todo lo que es inmenso y lejano se condensa en un punto, como si toda la luz de un sol infinito se concentrara en la punta de un alfiler para entrar en el seno de una doncella.
El Dios Creador Eterno que dispuso el espacio y el tiempo físicos en los que existe la vida, nuestra vida de criaturas, entró en esas coordenadas a través de un ser humano concreto, sin dejar de ser Dios. Y no se trata una “disminución” de su divinidad sino una concentración máxima de poder y amor en la humildad de lo finito.
Nosotros solemos asociar poderoso, importante y grande. Pero aquí se da la paradoja: esa lógica se invierte. El poder de Dios se hace tan denso que puede habitar en el seno de una doncella, en un tiempo y en un espacio concretos, el punto exacto donde la eternidad toca la historia.
La doncella elegida sabe lo ocurrido. Lo sabe perfectamente y lo cuenta así en el cántico que ha transmitido Lucas y que se recita con frecuencia en la Liturgia católica: Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humildad de su esclava…
San Buenaventura escribió mucho sobre este misterio central de la vida de la Iglesia y, en toda su obra subraya con énfasis que comprenderlo solo es posible para los humildes porque la soberbia actúa como una «ceguera espiritual» que bloquea el acceso a la verdad divina. El misterio de la Encarnación es el acto supremo de humildad divina: Dios se hace “pequeño” y vulnerable.
Una mente inflada por la soberbia busca la grandeza propia y no puede sintonizar con un Dios que elige la fragilidad humana para salvar al mundo. Sencillamente se cierra a la comprensión porque está llena de “si misma” y no puede reconocer que cualquier bien en cada ser humano es un don y no un mérito propio. Como en María, nuestro corazón humilde puede ser también un cántico de alabanza lleno de alegría."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

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