martes, 11 de agosto de 2026

EL REINO ES DE LOS NIÑOS

 



 En aquella misma ocasión se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron:
– ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos? Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo:
– Os aseguro que si no cambiáis y os volvéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. El más importante en el reino de los cielos es aquel que se humilla y se vuelve como este niño. Y el que recibe en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe.
No despreciéis a ninguno de estos pequeños. Pues os digo que sus ángeles en el cielo contemplan siempre el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le extravía una de ellas, ¿no dejará las otras noventa y nueve en el monte e irá a buscar la extraviada? Y si logra encontrarla, os aseguro que se alegrará más por esa oveja que por las noventa y nueve que no se extraviaron. Del mismo modo, vuestro Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños.
(Mt 18,1-5.10.12-14)

El Reino es de los pequeños, de los sencillos. Nosotros seguimos creyendo que debemos hacer cosas grandes, destacar...Jesús nos presenta un niño, recibirlo, es recibir a Jesús. No debemos juzgar a nadie, pero, ¿los sacerdotes y religiosos pederastas leyeron este evangelio?
Luchemos para ayudar a los más pequeños. Dejémoslo todo para buscar a la oveja perdida. Esto es lo que nos pide Jesús hoy.

"Varias veces aparecen las palabras “dulce” y “dulzura” en las lecturas de hoy, completadas con la imagen de inocencia de los niños. Hoy, fiesta de santa Clara de Asís el pensamiento va al “tímido y dulce Francisco de Asís…” Quizá todo suene un poco empalagoso. Pero si algo es la Palabra de Dios es poco empalagosa, por lo exigente que resulta. Parece que la dulzura de la que se habla no es la dulzura de lo fácil y más cómodo. A Ezequiel se le instruye a comer el rollo y, efectivamente, es dulce como la miel… Pero lo importante es lo que va detrás, que es la llamada a un anuncio arriesgado, valiente y a veces conflictivo.
Se trata de la dulzura de lo que es bueno y santo. Y. como dice el Salmo, de la dulzura de la promesa. Y la promesa se da en momentos reales de la vida, no siempre fáciles, pero siempre necesitados de una fidelidad y fortaleza que a menudo no son un camino de rosas, pero que se pueden afrontar con la miel de la seguridad de la fidelidad de Dios.
En el Evangelio se dice que los más grandes en el Reino son los más pequeños. No se trata de una permisividad ni una tolerancia que puedan parecer dulces pero que al final producen frutos amagos. Se trata de la dependencia total de Dios; del no querer hacer las cosas por uno mismo como si todo dependiera de las propias fuerzas. La grandeza del Reino—y por tanto, la de los niños—no trata de demostrar poder, capacidad, brillantez, sino de fiarse totalmente de esa dulce promesa y de esa dulzura del rollo de la palabra de Dios. Dice un proverbio haitiano que la paciencia es amarga, pero sus frutos son dulces. Porque se trata de los frutos de una promesa que puede no estar aquí, sino mucho más allá, en la vida eterna.
Si Clara de Asís es una de las grandes santas de la Iglesia, no es por su azúcar, sino por esa profunda y terrible fortaleza de abandonar todo en manos de Dios, de no aferrarse no solo a nada material, sino ni siquiera a las propias fuerzas. Ese es el verdadero azúcar."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

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