lunes, 3 de agosto de 2026

CONFIAR EN EL SEÑOR

 

 Después de esto, Jesús hizo subir a sus discípulos a la barca, para que llegasen antes que él a la otra orilla del lago, mientras él despedía a la gente. Cuando ya la hubo despedido, subió Jesús al monte para orar a solas, y al llegar la noche aún seguía allí él solo. Entre tanto, la barca se había alejado mucho de tierra firme y era azotada por las olas, porque tenía el viento en contra. De madrugada, Jesús fue hacia ellos andando sobre el agua. Los discípulos, al verle andar sobre el agua, se asustaron y gritaron llenos de miedo:
– ¡Es un fantasma!
Pero Jesús les habló, diciéndoles:
– ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Pedro le respondió:
– Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua.
– Ven – dijo Jesús.
Bajó Pedro de la barca y comenzó a andar sobre el agua en dirección a Jesús, pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, gritó:
– ¡Sálvame, Señor!
Al momento, Jesús le tomó de la mano y le dijo:
– ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento.
Entonces los que estaban en la barca se pusieron de rodillas delante de Jesús y dijeron:
– ¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!
Atravesaron el lago y llegaron a tierra, en Genesaret. La gente del lugar reconoció a Jesús, y la noticia se extendió por toda aquella región. Le llevaban los enfermos y le rogaban que les dejara tocar siquiera el borde de su capa. Y todos los que la tocaban quedaban sanados.
(Mt 14,22-36)

Pedro comienza a andar sobre las aguas, pero por la fuerza del viento duda y empieza a hundirse. Jesús nos pide que confiemos en Él. Nuestra sociedad está sobre aguas turbulentas azotadas por el viento del mal. Si confiamos en Jesús, seremos capaces de andar sobre esas aguas; pero si dudamos, si no confiamos totalmente, nos hundiremos.
Confiando en Jesús atravesaremos esas aguas y podremos curar, sanar, acoger...hacer el bien a los demás en la otra orilla.





domingo, 2 de agosto de 2026

DADLES VOSOTROS DE COMER



Cuando Jesús recibió aquella noticia, se fue de allí, él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente, al saberlo, salió de los pueblos para seguirle por tierra. Al bajar Jesús de la barca, viendo a la multitud, sintió compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos. Como se hacía de noche, los discípulos se acercaron a él y le dijeron:
– Ya es tarde y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les contestó:
– No es necesario que vayan. Dadles vosotros de comer.
Respondieron:
– No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.
Jesús les dijo:
– Traédmelos.
Mandó entonces a la multitud que se recostara sobre la hierba. Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios, partió los panes, se los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastas con los trozos sobrantes. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
(Mt 14,13-21)

Los noticiarios van llenos estos días con las noticias de la entrada de inmigrantes a Ceuta. Todo tipo de reacciones. Derechas y extrema derecha tachándolo de entrada de delincuentes. Algo que es la señal de las enormes desigualdades que existen en nuestro mundo. Si vivieran bien en sus paises no emigrarían. No se trata de cerrar ni abrir fronteras. Se trata de canviar nuestro mundo, romper las desigualdades, hacerlo más fraterno. Jesús nos dice hoy "dadles vosotros de comer".
 
"Asusta la petición de Jesús: “Dadles vosotros de comer…” ¿Con cinco panes y dos peces? Asusta, porque obliga a sacar lo mejor de nosotros mismos, para compartir con los demás. Es que vivimos rodeados, solicitados por el consumo. Cada día, desde la mañana a la noche, mil voces anónimas, pero persuasivas, nos invitan a comprar, a gastar, a invertir, a consumir. Se nos repite, una y otra vez, que nuestra felicidad, nuestra belleza, nuestra satisfacción, nuestra vida depende de lo que tengamos, poseamos y destruyamos. Es una cadena interminable que nos arrastra y cuyos primeros eslabones mueven manos e intereses desconocidos.
Hay en las lecturas litúrgicas de este domingo una como invitación al consumo, a la hartura: «Venid, comprad trigo, comed sin pagar… Escuchadme atentos y comeréis bien». Suena parecido a un anuncio de publicidad. A uno de esos cientos de reclamos publicitarios que solicitan nuestra atención constantemente.
Jesús, por el contrario, no gustaba de anunciarse. Si nos atenemos al testimonio que de él dan los Evangelios Sinópticos, no hablaba mucho de sí mismo. No andaba diciendo: «Yo soy el Mesías que esperáis», «Yo soy el Salvador del mundo», «Yo soy el que tenía que venir, el prometido por los antiguos profetas de Israel». Lo que ocupaba el centro de su mensaje era la llegada del Reino de Dios. Es un mensaje que no se le cae de la boca.
Pero Jesús no se conforma con hablar. Jesús hace señales, realiza signos. Hoy le vemos realizar un gran signo. Con él quiere dar a entender que el Reino de Dios que anuncia no es un espejismo, sino una realidad que se deja sentir, que entra por los ojos, que entra por la boca. El signo que Jesús realiza es una muestra extraordinaria de que se han cumplido los tiempos mesiánicos. Así nos enseña que las promesas de Dios no son espejismos humanos. El Dios de la vida puede dar y da más de lo que podemos soñar o pedir. Si el domingo pasado aprendíamos que para quien valora el Reino de Dios y está dispuesto a pagar el último céntimo por ganarlo la vida no será en absoluto una estafa, sino un tesoro, hoy aprendemos que ese misterioso Reino de Dios no es en absoluto un espejismo que sufrimos en el desierto de nuestro vivir.
Jesús realiza esta señal por propia iniciativa, sorprendiendo también a sus Discípulos. Fue algo totalmente inesperado, contra la propuesta de esos Discípulos, que querían despedir a la gente. Como los Discípulos, podemos sentir que es algo superior a nuestras fuerzas. ¿Qué es lo que cada uno podemos hacer para atenuar el hambre de las tres cuartas partes de la humanidad? ¿Qué significan todas nuestras campañas antidroga si su comercio está apoyado por mafias con capitales muy superiores al presupuesto de algunos países? ¿Qué podemos hacer, cuando la corrupción lo ha invadido todo, por devolver a nuestra sociedad la honradez y el espíritu de trabajo? ¿Qué podemos hacer para que nuestros jóvenes no pierdan la fe en un ambiente tan hostil que tiene a gala ser antirreligioso y relativista? Estas y otras muchas más son nuestras batallas perdidas ya antes de comenzadas. “Despídelos, que se vayan, que no tenemos más que cinco panes”.
Pero Jesús sacia a la multitud, después de varios días de predicar a la gente, que no le pedía pan, sino razones de vivir, de esperar, de sufrir, de morir, que buscaba el Reino de Dios. Pues bien: vemos cómo en este caso se cumple literalmente la palabra de Jesús: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura». ¿De qué nos sirve tener abundancia de pan, tener con qué vivir, si carecemos de esas razones, si no tenemos un por qué vivir y un para qué vivir? Podemos morir de sólo pan.
¡Lo que hizo Jesús con cinco panes! ¡Lo que puede hacer Dios con una cooperación nuestra que podría parecernos insignificante! Aportemos lo que tenemos, lo que sabemos, lo que buenamente podemos, por poco que sea, por ridículo que nos parezca. Una limosna, un acompañamiento a un enfermo, un buen consejo, un ofrecimiento para dar catequesis. O también una vida entregada a su servicio. Dios sabrá darle crecimiento. Pensad en san Francisco de Asís, que respondió a la llamada de Dios y se entregó por entero a Él y a su Señorío; ese Francisco que se consideraba a sí como un mínimo, y que fundó la orden de los Frailes Menores. El pequeño Francisco de Asís, uno de los hombres más influyentes del segundo milenio. Dios puede hacer milagros con esa pequeña aportación nuestra.
¿Cómo interpretar, pues, esta invitación a la abundancia, esta llamada al optimismo? Parece que la clave es bien sencilla: no se concibe en el mensaje bíblico una abundancia que no sea compartida, una riqueza que no se reparta, un bienestar que no afecte a todos. El destinatario de estas invitaciones es todo el pueblo (los «millares» simbólicos del Evangelio) sin excepción ni distancias irritantes. Y este vínculo es el que debemos descubrir a través del rito eucarístico: la Eucaristía o es fiesta de fraternidad, sacramento de comunión, momento supremo de compartir con los otros todo, o a la “presencia de Jesús dándose” se le priva de una dimensión. Los que viven en la injusticia, en el desequilibrio no podrían, en realidad, acercarse a la Eucaristía.
Porque, además, después del dar, del repartir, del compartir con los demás, viene la abundancia, la hartura, la total plenitud. Cristo se da sin reservas a los que no limitan su entrega a los demás, a los que en cada comunión sienten el vértigo de la necesidad ajena y s esfuerzan por compartir.
En resumen: el Reino de Dios no es un espejismo; busquemos a Dios, busquemos su señorío, la obediencia y docilidad a su querer: que sea ese nuestro mayor cuidado; lo demás nos vendrá «como regalo caído del cielo», aunque no se nos prometan toda serie de comodidades. Nuestra aportación a este Reino de Dios, por muy pequeña que sea, puede ser muy fecunda."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 1 de agosto de 2026

EL MARTIRIO DE JUAN

  


Por aquel mismo tiempo, Herodes, que gobernaba en Galilea, oyó hablar de Jesús y dijo a los que tenía a su servicio:
– Ese es Juan el Bautista. Ha resucitado, y por eso tiene poderes milagrosos.
Es que Herodes había hecho apresar a Juan, y lo había encadenado en la cárcel. Fue a causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo, pues Juan decía a Herodes:
– No puedes tenerla por mujer.
Herodes quería matar a Juan, pero temía a la gente, porque todos tenían a Juan por profeta. En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías salió a bailar delante de los invitados, y le gustó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle cualquier cosa que le pidiera. Ella entonces, aconsejada por su madre, le dijo:
– Dame en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Esto entristeció al rey Herodes, pero como había hecho un juramento en presencia de sus invitados, mandó que se la dieran. Envió, pues, a que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. Luego la pusieron en una bandeja y se la dieron a la muchacha, y ella se la llevó a su madre.
Más tarde llegaron los seguidores de Juan, que tomaron el cuerpo y lo enterraron. Después fueron y dieron la noticia a Jesús.
(Mt 14,1-12)

Como Juan Bautista nosotros estamos llamados a anunciar a Jesús. Él acabó con el martirio. Nosotros no necesariamente, pero sí debemos estar dispuestos a ser despreciados y perseguidos por su nombre. Debemos ser humildes y sencillos como Juan y estar dispuestos a todo por anunciar a Jesús.

"Lo que más me llama la atención de esta historia de Herodes es que pone al descubierto algo que suele estar escondido, oculto. Es que los que están muy arriba en la escala social viven su situación con mucha inseguridad. Es más. Cuanto más arriba, mayor es la inseguridad.
Herodes es un ejemplo claro de esto. Había hecho matar a Juan Bautista. Estaba seguro de ello. Había visto su cabeza separada del cuerpo en una bandeja. Y, aun así, tenía miedo. Juan Bautista, su vida y sus palabras, seguían presentes en su mente. Hasta el punto de ver fantasmas y terminar pensando que Jesús era Juan Bautista resucitado, que volvía otra vez a amenazarle. Era una amenaza sin armas, pero una amenaza real. Ponía al descubierto lo que él quería mantener oculto: sus abusos continuos de autoridad.
Tiene esta historia un punto contradictorio. Por una parte, Herodes tenía toda la autoridad. Pudo matar sin problemas a Juan Bautista. Pero, por otra parte, hasta muerto Juan Bautista era para Herodes una amenaza a su seguridad. Ni siquiera en su palacio y rodeado de su guardia se sentía seguro.
Podemos aprender algo de esta historia. Es que la inseguridad forma parte de nuestra vida. Por muchos seguros de vida, alarmas, protecciones, guardias, etc. que pongamos a nuestro alrededor, siempre nos sentiremos inseguros.
Nuestra vida es frágil. El cuerpo siempre está amenazado por la enfermedad, que nos puede atacar de miles o cientos de miles de formas diferentes. Hasta el paso de los años nos va volviendo más frágiles.
Nuestras relaciones son frágiles. Hoy podemos confiar en los que nos rodean. Pero, ¿quién puede estar absolutamente seguro de los demás? Hay demasiados casos en los que tiranos y potentados han sido traicionados precisamente por los más cercanos a ellos.
Jesús plantea otro camino, otra posibilidad. No hay más camino para vencer la inseguridad que la fraternidad, la confianza mutua. El camino es renunciar a la violencia, al dominio abusivo. El camino es el del reino. Pero eso le ponía nervioso a Herodes."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 31 de julio de 2026

¿VALORAMOS A LOS NUESTROS?

 
 


Llegó a su propia tierra, donde comenzó a enseñar en la sinagoga del lugar. La gente, admirada, decía:
– ¿De dónde ha sacado este todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer tales milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre, ¿no es María? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros? ¿De dónde ha sacado todo esto?
Y no quisieron hacerle caso. Por eso, Jesús les dijo:
– En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa.
Y no hizo allí muchos milagros, porque aquella gente no creía en él.
(Mt 13,54-58)

Tenemos todos el defecto de no valorar a los que conocemos, a los más próximos. Proyectamos nuestros propios defectos en ellos. Esto le pasó a Jesús en su pueblo y eso hacemos nosotros con los que nos rodean.

"Diría que este relato del Evangelio de hoy nos pone delante de los ojos dos defectos en los que a veces caemos sin darnos cuenta. El primero es la tentación de matar al mensajero. Y el segundo es la envidia.
Vamos con el primero. Son muchas las veces en que, cuando alguien nos dice algo que no nos gusta, en lugar de discutir o debatir lo que dice, en lugar de escuchar sus razones, sus motivos para decir lo que dice, y pensar en ellos y en la posibilidad de que en algunas cosas tenga razón, simplemente le desautorizamos. Con un ejemplo lo vamos a entender de maravilla. Pensemos en el político de un partido que acusa a otro de otro partido de corrupción, de haberse quedado con el dinero para su provecho personal o de haber colocado a sus amigos en buenos puestos con buenos salarios, no pensando en el bien del país sino en el suyo personal. Desgraciadamente, lo más normal es que el político acusado se defienda no negando los hechos sino acusando al otro de ser también un corrupto. Eso es matar al mensajero. Posiblemente a los judíos del pueblo de Jesús no les gustaba lo que Jesús decía del Reino de Dios y los cambios que sus palabras implicaban en la vida de los que le escuchaban. Así que lo más cómodo era matar al mensajero, desautorizarle. De hecho, lo terminaron matando físicamente.
Y luego está la envidia, esa gran pasión o pecado que están presente en tantas ocasiones en nuestros corazones. Cuando vemos al otro que sube u ocupa un puesto de importancia o se hace famoso, entonces la envidia empieza a trabajar. “A ese le conocimos de pequeño”, “no es para tanto”, “es el hijo del carpintero”… La envidia destroza más la fraternidad de lo que nos imaginamos.
En cristiano lo suyo es estar abiertos a la escucha del otro, a sus razones, disponibles para el diálogo y el encuentro. En cristiano lo suyo es alegrarnos sinceramente por el bien del otro y dar gracias a Dios porque el otro es siempre un don para la comunidad, para la fraternidad, para el reino. Si evitamos estas dos tentaciones, seguro que Jesús va a poder hacer en nuestra comunidad o familia el milagro de la fraternidad.

(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 30 de julio de 2026

BONDAD Y MALDAD

 


Puede compararse también el reino de los cielos a una red echada al mar, que recoge toda clase de peces. Cuando la red está llena, los pescadores la arrastran a la orilla y se sientan a escoger los peces: ponen los buenos en canastas y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y arrojarán a los malos al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes.
Jesús preguntó:
– ¿Entendéis todo esto?
– Sí, Señor – contestaron ellos.
Entonces Jesús añadió:
– Cuando un maestro de la ley está instruido acerca del reino de los cielos, se parece a un padre de familia que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas. Cuando Jesús terminó de contar estas parábolas se fue de allí.
(Mt 13,47-53)

Debemos separar el bien del mal. Empezando por nosotros mismos. Sabernos mirar con honestidad y ver en nosotros aquello que es malo y lo que es bueno. Luego, poner todo nuestro esfuerzo para eliminar lo malo.

"Durante siglos y para muchos cristianos el gran enigma de su vida ha sido si se salvarían o se condenarían. Parece mentira que de todas las palabras de Jesús, las que mas se han quedado en la mente de tantos hayan sido las que hablan del infierno, de la condenación, del castigo de los pecados. Hay que ser honestos y reconocer que los sacerdotes y predicadores en general han promovido esta idea. Sin ir más lejos, recuerdo que de pequeño me contaron una visión que me dijeron que había tenido santa Teresa de Jesús. Consistía la visión en que veía la santa un enorme campo con una botella, bien estrecho el gollete. Llovía en el campo y parece ser que Dios le decía a la santa que las gotas que caían en el campo eran los que se condenaban y solo las gotas que caían dentro de la botella representaban a los que se salvaban. Esa era la proporción. Consecuencia que lo de salvarse era casi una tarea imposible. A saber, si la santa tuvo esa visión de verdad. Pero el predicador la uso para meternos a los oyentes el miedo en el cuerpo: miedo a Dios, que nos va a juzgar.
Sin embargo, podemos leer la parábola en otra clave. Vamos a partir de la imagen de la red que se extiende por el mar (la humanidad) y que acoge a todos. Todos estamos invitados a seguir a Jesús. Todos estamos llamados a sacar lo mejor de nosotros mismos para trabajar al servicio del reino, es decir, de la fraternidad y de la justicia.
Pero basta con que nos detengamos un momento y miremos a nuestro interior para que nos demos cuenta que “no es oro todo lo que reluce”. No he dicho que miremos a los demás. A nosotros mismos. Es suficiente para darnos cuenta de que ni nuestros actos ni nuestras motivaciones son siempre puras y buenas. Hay cosas de nosotros que es mejor dejar en el camino. Es conveniente aligerar el equipaje para trabajar con todas nuestras fuerzas al servicio del reino. Todo eso que dejamos lo podemos quemar. No vale la pena. Nos quedamos con lo bueno que tenemos y el reino.
Leída así la parábola es una llamada seria a la conversión y a dejar todo lo que nos pesa y nos impide avanzar en el seguimiento de Jesús."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 29 de julio de 2026

ESCUCHAR A JESÚS

 


Seguían ellos su camino. Jesús entró en una aldea, donde una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Marta tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies de Jesús, escuchaba sus palabras. Pero Marta, atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo:
– Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.
Jesús le contestó:
– Marta, Marta, estás preocupada e inquieta por muchas cosas; sin embargo, solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará.
(Lc 10,38-42)

Marta se esfuerza en servir a Jesús y se queja de que María no le ayuda y está escuchando a Jesús.
Este texto se interpreta como que es más importante la oración que la acción. Pero esto no es totalmente así. Jesús lo que le dice a Marta es que escucharle a Él es lo que de verdad importa. No olvidemos que Jesús nos habla a través de la Palabra; pero también, en nuestros días, lo hace a través de los pobres. A través de ellos Jesús nos pide pan, agua, salud, casa, acogida...Actuar ayudando a los más débiles, es escuchar a Jesús. Pero para ello, para poder escuchar esa voz a través de los pobres, debemos limpiar nuestro corazón. Esto es lo que hacía María. Dejar que Jesús entrara en su corazón.

martes, 28 de julio de 2026

EL BIEN Y EL MAL EN NOSOTROS

 

Jesús despidió a la gente y entró en la casa. Sus discípulos se acercaron a él y le pidieron que les explicase la parábola de la mala hierba en el campo. Él les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que son del reino; la mala hierba, a los que son del maligno; y el enemigo que sembró la mala hierba es el diablo. La siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se recoge la mala hierba y se la quema en una hoguera, así sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre mandará sus ángeles a recoger de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que practican el mal. Los arrojarán al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes. Entonces, aquellos que cumplen lo ordenado por Dios brillarán como el sols en el reino de su Padre. Los que tienen oídos, oigan.
(Mt 13,36-43)

En el mundo conviven el bien y el mal; pero también lo hacen en nuestro corazón. No somos del todo buenos ni del todo malos. Debemos entregarnos a Jesús para que crezca lo bueno en nosotros y desaparezca lo malo. Y sobre todo, debemos confiar en la misericordia de Dios que arrancará de nosotros lo malo y sólo verá lo bueno.

"Leo este texto evangélico y lo primero que me sale es acordarme de aquella escena del evangelio de Juan en que Jesús se enfrenta a los acusadores de la adúltera, a los que quieren apedrearla y les dice solo: “El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” (Jn 8,1-11). Los que querían lapidar a la mujer se habían autoclasificado como los puros. Por eso, se sentían con fuerza y derecho para condenar a la mujer sorprendida en adulterio. Pero Jesús pone de relieve una realidad que aquellos hombres no querían ver, ni en ellos ni en la mujer: que ninguno de nosotros somos blancos ni negros. Más bien somos grises.
Eso sí que es la mera verdad: no somos totalmente buenos pero tampoco totalmente malos. Hacemos muchas cosas buenas. Pero también hacemos cosas malas. En nuestro corazón a veces anida el odio, tantas veces somos incapaces de perdonar y tantas otras cosas. Pero también en nosotros está presente el amor, la generosidad, la misericordia. Y estos aspectos positivos salen también a luz en las cosas que hacemos y en la forma de relacionarnos con los que nos rodean. Ni somos totalmente malos ni totalmente buenos. Vamos por el camino de la vida a golpes, algunos pasos adelante y otros atrás. Esta es la realidad. La realidad de cada uno.
Así es como nos encontramos con la misericordia de Dios. Con ese campo que es nuestro corazón en el que se ha sembrado buena semilla pero también aparece la cizaña. Me gusta pensar, prefiero pensar, que en su misericordia Dios va a ser capaz algún día de arrancar la cizaña que hay en mi corazón y mandarla al fuego eterno. Pero también que tomará todo lo bueno que hay en mi corazón y lo salvará para siempre. Porque el que ha plantado en mí y en todos nosotros la buena semilla no va a dejar que se desperdicie. Me gusta pensar, prefiero pensar –y se me hace más acorde con lo que dice Jesús de su Abbá– que el amor de un Dios que es amor y perdón y misericordia no me va a mandar al castigo eterno sino que va a rescatar todo lo bueno que hay en mí y va a hacer que brille como el sol en el Reino de su Abbá."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 27 de julio de 2026

GRANDEZA DE LO PEQUEÑO

  

Jesús les contó también esta parábola: “El reino de los cielos se puede comparar a una semilla de mostazal que un hombre siembra en su campo. Es sin duda la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es más grande que las otras plantas del huerto; llega a hacerse como un árbol entre cuyas ramas van a anidar los pájaros.”
También les contó esta parábola: “El reino de los cielos se puede comparar a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para que toda la masa fermente.”
Jesús habló de todo esto a la gente por medio de parábolas, y sin parábolas no les hablaba, para que se cumpliera lo que había dicho el profeta:
“Hablaré por medio de parábolas;
diré cosas que han estado en secreto
desde la creación del mundo.”
(Mt 13,31-35)

Jesús nos pone como ejemplo del Reino dos cosas muy pequeñas, el grano de mostaza y la levadura. Dos cosas pequeñas pero llenas de vida, potentes. Nos está diciendo que, precisamente, nuestros actos pequeños tienen un gran potencial. Más que las cosas ostentosas. Es nuestro Amor de cada día, esas pequeñas cosas que hacemos por los demás, son las que acercan a todos al Reino.

"Hoy Jesús nos habla de la grandeza de lo pequeño. En nuestro mundo impera la productividad, los resultados, las cifras (cuanto más grandes mejor). Todo eso nada tiene que ver con las dos parábolas de hoy.
Porque, en definitiva, estas dos parábolas ponen por delante el valor infinito de los pequeños gestos, que es donde a veces se revela lo mejor de las personas. Estas parábolas me han hecho recordar cuando hace años hice el Camino de Santiago, esa peregrinación que hacen tantas personas y que lleva a lo que, según la tradición, es la tumba del apóstol Santiago. A lo largo del camino me encontré con numerosos albergues. La mayoría eran muy pobres. Apenas una casa no en muy buen estado, unos camastros y unos aseos sencillos para los caminantes. Estaban gestionados por diversas asociaciones de “Amigos del Camino de Santiago”, que con sus pocos medios hacían lo imposible por atender y cuidar a los peregrinos. Recuerdo especialmente uno de estos albergues, en la provincia de León, donde una chica nos recibió, nos acogió, nos organizó a los que íbamos llegando. Hizo que colaborásemos para preparar la cena, para ayudarnos unos a otros. Y al final nos sentó a todos a la mesa para una cena de familia. Había pocos medios pero un montón de calor humano, de acogida, de fraternidad. En definitiva, de Evangelio.
También recuerdo que en la última parte del camino los albergues pertenecían ya al gobierno de la zona. Eran unas instalaciones perfectas, modernas, limpias pero también asépticas y frías como congeladores.
Al final, el gesto de cercanía y acogida de aquella chica de la asociación de “Amigos del Camino” de Bilbao, tuvo mucho más valor que las instalaciones perfectas, y caras, organizadas por el gobierno para acoger a los peregrinos.
Pues lo mismo se aplica al Evangelio de hoy. Los pequeños gestos son capaces de provocar más cambios en las personas y en nuestro mundo que las grandes maquinarias. El Evangelio va de eso: de pequeños gestos de acogida, de mano tendida y fraterna, que se entrega sin pedir nada a cambio, a fondo perdido. Como el amor de Dios.
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 26 de julio de 2026

EL REINO ES UN TESORO

 


El reino de los cielos se puede comparar a un tesoro escondido en un campo. Un hombre encuentra el tesoro, y vuelve a esconderlo allí mismo; lleno de alegría, va, vende todo lo que posee y compra aquel campo.
También se puede comparar el reino de los cielos a un comerciante que anda buscando perlas finas; cuando encuentra una de gran valor, va, vende todo lo que posee y compra la perla.
Puede compararse también el reino de los cielos a una red echada al mar, que recoge toda clase de peces. Cuando la red está llena, los pescadores la arrastran a la orilla y se sientan a escoger los peces: ponen los buenos en canastas y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y arrojarán a los malos al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes.
Jesús preguntó:
– ¿Entendéis todo esto?
– Sí, Señor –contestaron ellos.
Entonces Jesús añadió:
– Cuando un maestro de la ley está instruido acerca del reino de los cielos, se parece a un padre de familia que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y cosas viejas.
(Mt 13,44-52)

Tener el Reino es tener un tesoro, una perla preciosa. Tener el Reino es tener a Dios con nosotros, hacernos uno con Él. Por eso debemos dejarlo todo para conseguirlo. El Reino es la plenitud.

"Sigue Jesús hablándonos en parábolas. Esta semana, el tesoro, la perla y la red. Para que sigamos pensando en lo que significa el Reino del que tanto hablaba, y al que consagró toda su existencia.
Los textos litúrgicos de este domingo pueden ser catalogados bajo un común denominador: nos hablan de la necesidad de la ayuda divina para ser “sabios”, para poder saber qué hacer en cada momento. En la primera lectura, Salomón ante la aparición divina, solicita el don de la escucha y del discernir entre el bien y el mal y obtiene la aprobación divina por ese pedido y la concesión de una “mente sabia y prudente”. En el salmo se confiesa que la fuente de este don está radicada en Dios, quien se lo concede al que sabe valorarlo. Y en la carta a los Romanos se constata con admirado gozo la comunicación hecha por Dios en Cristo a los que “Él ha llamado”.
Si se nos hiciera hoy la pregunta que se le hizo a Salomón, ¿qué pediríamos? Si se realizara ahora una encuesta individual sobre cuáles son las «aspiraciones» de la gente en la vida probablemente saldrían respuestas como éstas: ganar mucho dinero, tener el mejor coche o la mejor moto, unas vacaciones en las playas del Caribe, o simplemente sentirme bien con mi cuerpo y conmigo mismo.
Salomón tuvo la oportunidad de escoger lo que quisiese. No pidió oro, ni poder, sino sabiduría. Con ella consiguió la capacidad de discernimiento para pensar y para hacer. En el fondo todos buscamos lo mismo -ser felices-, pero por caminos distintos, muchas veces equivocados. No acabamos de darnos cuenta de que la felicidad tiene mucho más que ver con el ser que con el tener, está más en lo profundo que en la superficie. Saber discernir, está es la cuestión clave, saber orientar tu vida hacia lo auténtico, lo que plenifica, lo que realiza de verdad.
El Reino de Dios es un tesoro escondido, una perla de gran valor, quien lo encuentra se llena de alegría y deja todo para conseguirlo. Hay que destacar que el tesoro es encontrado. A veces se busca, a veces, no, se hace el encontradizo, se nos descubre. Así es Dios, se nos muestra, como Padre que ama y que perdona, como Alguien que es capaz de dar sentido a nuestra vida. Tanto buscar realizarnos y estar a gusto con nosotros mismos, cuando resulta que tenemos en nuestro interior el auténtico tesoro: Dios mismo. El que lo encuentra se «llena de alegría». En esta expresión se resume el fruto que produce el encuentro con Dios: la alegría del corazón.
Cuando en nuestra vida reina la alegría de sentirnos amados por Dios, entonces somos capaces de dejarlo todo, vender lo que tenemos para despojarnos de todo aquello que nos esclaviza y no nos deja volar. ¿Qué se hace para tener fe? Nada, la fe viene. Alguno puede tenerla, pero su orgullo le impide admitirlo, se plantea demasiadas preguntas, complica las cosas que son simples. En realidad, sólo tiene un miedo tremendo. Déjate llevar y lo que ha de venir, vendrá. ¿Has encontrado ya tu tesoro? Si no eres capaz de llenarte de alegría y de seguir a Cristo con radicalidad es que todavía no lo has encontrado. Las renuncias que Jesús nos propone no son nada con la plenitud que significa encontrar su tesoro. Quizá lo que nos pasa es que no tenemos fe, o más bien no tenemos la fe suficiente para arrojarnos al agua.
A la fe se llega por decisión personal y libre, no por tradición o herencia. La fe nos compromete a vivir según los criterios del Reino, no es una forma de pensar que acomodo a mi vida. No puedo hacerme la fe a mi medida. Desde la fe, venir a Misa, por ejemplo, es la celebración gozosa del encuentro comunitario con Dios. No es un rito que hay que cumplir. La fe es un regalo, un don gratuito, no un seguro de vida que me asegura la salvación. Cuando se tiene fe de verdad el amor se convierte en la única ley que guía y orienta tu vida.
Nace de aquí una visión optimista de la existencia humana y de la historia. La carta de san Pablo a los cristianos de Roma lo subraya con acento emocionado: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los que ha llamado conforme a su designio». Para el creyente en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón de ser y hasta la contrariedad y las dificultades, lejos de asumirlo en la angustia y en la desesperación, aparecen ante su conciencia y su dinamismo, como argumentos de más para redoblar su compromiso. El cristiano cree en la historia. Sabe por el mensaje que la sucesión del tiempo entraña una vocación de eternidad y que la construcción del mundo por los caminos de la justicia y de la fraternidad desembocará en la salvación.
Esta es la suprema sabiduría que el mensaje de Jesús aporta a los hombres. En ella se encuentra no la resolución, aunque sí la iluminación del enigma de la vida. Para el creyente nada quedó resuelto con su fe; pero la fe si ilumina y clarifica la razón del vivir y del esfuerzo. A esta sabiduría alude la petición de Salomón. Nada hay más alto ni de mayor valor para el drama de la existencia. Los problemas seguirán estando ahí, porque no se arreglan solos, pero con las gafas de la fe, los podemos ver de otra manera. También Cristo en el Huerto de los Olivos sufrió un momento de tristeza y desasosiego, pero su amor al Padre le dio inmediatamente fuerza para subir al Calvario y ofrecer su vida amando y perdonando, hasta a sus enemigos.
Amemos a Dios de tal manera que las dificultades de la vida nunca consigan romper nuestra fe y nuestra esperanza, para que así todo termine siempre sirviendo para nuestro bien. De todo, hasta de lo malo, podremos aprender. Sigamos caminando, trabajando como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que todo depende de Dios. De ese Dios que nos sale al paso. De ese Dios que espera tu respuesta. ¿Qué le vas a decir?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad redonda)

sábado, 25 de julio de 2026

LOS PRIMEROS EN EL REINO

  


La madre de los hijos de Zebedeo se acercó con ellos a Jesús, y se arrodilló para pedirle un favor. Jesús le preguntó:
– ¿Qué quieres?
Ella le dijo:
– Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús contestó:
– No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa amarga que voy a beber yo?
Le dijeron:
– Podemos.
Jesús les respondió:
– Vosotros beberéis esa copa de amargura, pero el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo. Será para quienes mi Padre lo ha preparado.
Cuando los otros diez discípulos oyeron todo esto, se enojaron con los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo:
– Sabéis que, entre los paganos, los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos y los grandes descargan sobre ellos el peso de su autoridad. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que entre vosotros quiera ser grande, que sirva a los demás; y el que entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos.
(Mt 20, 20-28)

¿Quienes serán los primeros en el Reino? Los que sirven, los que dedican su vida a los demás, los que se entregan del todo.

"A menudo se oye o se lee que “Dios tiene un plan”. Lo tiene para cada persona, pero también para cada comunidad, cada pueblo, cada circunstancia, cada época. En el catecismo, que estudiábamos de memoria hace mucho tiempo, aprendimos que “Dios lo ve todo, lo presente lo pasado y lo futuro y hasta los más ocultos pensamientos”. Sabe también, por supuesto, que sus “planes” serán combatidos por el mal hasta el fin de los tiempos.
El caso es que el anuncio de la Salvación llegó a la provincia romana mas occidental (Hispania), muy al comienzo de la predicación apostólica. Llegó con Santiago, el hermano de Juan. Santiago y Juan, en los cuatro Evangelios, se caracterizan por un temperamento bastante inflamable y, en el pasaje que se lee hoy, también ambicioso. “Hijos del trueno” fue el apodo que el mismo Jesús les aplicó. Querían que el Reinado de Cristo se impusiera inmediatamente… Y gobernar con Él: uno a la derecha y otro a la izquierda del trono, nada menos.
Con una arrogancia adolescente a la pregunta de Jesús sobre el cáliz que han de beber responden con firmeza: “¡Podemos!”. No parece que Jesús quedara disgustado con la respuesta porque acepta la promesa ímplicita aunque deja fuera la posición que ocuparían.
Solamente diez años después de Pentecostés, hacia el año 43 Santiago llega a España. En Zaragoza recibe la milagrosa visita de la Madre de Jesús, recorre parte de la península bautizando y creando pequeñas comunidades cristianas y regresa a Jerusalén. Herodes Antipas ordena su muerte y es decapitado. Para el resto de la presencia de Santiago en España resulta más complicado verificar los datos: la historia está teñida de mitos y leyendas. Hubo que esperar al s.IX, cuando Alfonso II el Casto mandó edificar una pequeña iglesia sobre la supuesta sepultura del apóstol y, aunque la veneración fue consolidada durante la reconquista, Santiago no fue nombrado Patrono de España por el Papa Urbano VIII hasta el s.XVII..
Y he aquí que, en nuestros días, Santiago sigue siendo una fiesta muy significativa y un potente signo de identidad de España y aún de Europa. Es muy buena ocasión para pedir por nuestro país, por la Iglesia y por nosotros mismos, los bautizados, para que Dios nos de la gracia y el empuje de Santiago y el valor de decir, en nuestra situación real, “podemos beber de tu cáliz, Señor”."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 24 de julio de 2026

LA BUENA TIERRA

 


Oíd, pues, lo que significa la parábola del sembrador: Los que oyen el mensaje del reino y no lo entienden, son como la semilla que cayó en el camino; viene el maligno y les quita el mensaje sembrado en su corazón. La semilla que cayó entre las piedras representa a los que oyen el mensaje y al pronto lo reciben con gusto, pero, como no tienen raíces, no pueden permanecer firmes: cuando por causa del mensaje sufren pruebas o persecución, fracasan en su fe. La semilla sembrada entre espinos representa a los que oyen el mensaje, pero los negocios de este mundo les preocupan demasiado y el amor a las riquezas los engaña: todo eso ahoga el mensaje y no le deja dar fruto en ellos. Pero la semilla sembrada en buena tierra representa a los que oyen el mensaje y lo entienden, y dan una buena cosecha: son como las espigas que dieron cien, sesenta o treinta granos por semilla.
(Mt 13,18-23)

La parábola del sembrador nos hace reflexionar sobre si somos buenos receptores de La Palabra, tierra buena, y sobre si somos buenos transmisores. En el primer caso depende de nosotros. En el segundo es Dios quien hace fructificar.

"Parece, según el texto evangélico de la Misa de hoy, que la parábola del sembrador dejó un  poco perplejos a los discípulos. Le piden a Jesús que desvele su sentido. ¿Es una crítica a un sembrador necio que esparce la semilla “al buen tuntún”?  Aunque de ninguno de los discípulos se diga que trabajara en el campo, el sentido común indica que las semillas de cualquier cultivo se echan en los surcos que traza el arado.  ¿O es una alabanza a una acción aparentemente torpe? O, tal vez, el Maestro, como cuando dice que no hay que echar las margaritas a los cerdos, prevenga para que no se desperdicie la noticia de la salvación y se discierna primero a quién se dirige.
La explicación de Jesús nos sitúa en otro punto de vista. No se trata de orientar para la misión que encomendará a sus discípulos cuando todo esté cumplido, estudiando a qué nicho de consumidores hay que dirigirse con un buen marketing. ¡El anuncio se hará llegar a todos, sean como sean!
Tal vez que lo que hoy puede suscitar este relato es la reflexión sobre lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, sabiendo qué es lo correcto y lo que agrada a Dios.  Muchos y muchas veces, aún considerándonos gente de fe y católicos al menos aceptables, podemos identificarnos con el terreno pedregoso, con el poblado de zarzas, con el impermeable y, por ventura, aunque no sea totalmente seguro y permanente, con la tierra buena que produce fruto abundante. Una por una e incluso simultáneamente, en nuestra condición humana se dan todas las posibilidades de respuesta, todas las resistencias a la gracia y también el sí a la voluntad de Dios que quiere que nos salvemos.
Nos justificamos de mil maneras… Cómo en el soneto de Lope, (Mañana le abriremos…)  dejamos el negocio de la santidad y del testimonio para otro momento quizá más propicio, nos ocupamos en actividades muchas veces inútiles pero que llegamos a encontrar indispensables. Ponemos pretextos como nuestra debilidad, nuestra falta de talento, o nuestro miedo al ridículo. O nos desanimamos cuando ser testigos del evangelio  no va acompañado de ningún sentimiento gratificante o algo así como una experiencia interior gozosa.
En resumen: así como Dios tiene poder para hacer de las piedras hijos de Abraham, Nuestro Señor Jesucristo puede enviar su Santo Espíritu para hacernos tierra fértil que reciba su palabra y produzca fruto.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 23 de julio de 2026

UNIDOS A LA VID

 


Yo soy la vida verdadera y mi Padre es el viñador. Si uno de mis sarmientos no da fruto, lo corta; pero si da fruto, lo poda y lo limpia para que dé más. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado. Seguid unidos a mí como yo sigo unido a vosotros. Un sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no está unido a la vid. De igual manera, vosotros no podéis dar fruto si no permanecéis unidos a mí.
Yo soy la vid y vosotros sois los sarmientos. El que permanece unido a mí y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí nada podéis hacer. El que no permanece unido a mí será echado fuera, y se secará como los sarmientos que se recogen y se queman en el fuego.
Si permanecéis unidos a mí, y si sois fieles a mis enseñanzas, pedid lo que queráis y se os dará. Mi Padre recibe honor cuando vosotros dais mucho fruto y llegáis así a ser verdaderos discípulos míos.
(Jn 15,1-8)

Jesús se nos presenta como la vid. Y nosotros los sarmientos no podemos tener vida si no estamos unidos a Él. Esta unión es la que nos permite dar frutos. Frutos de entrega, sanación, don a los demás. Frutos de Amor.
Estar unidos a Jesús es fundamental. Nosotros solos, no podemos dar fruto. Unidos a Él, seremos testimonios de su Amor en todo el mundo.

En Europa Santa Brígida, como patrona, tiene una misa especial. No sé si en los otros continentes leeréis el mismo evangelio en la misa. El comentario es sobre el evangelio de Santa Brígida.
"Otra fiesta de una mujer, Santa Brígida, patrona de Europa. ¿Por qué santa? ¿Por qué patrona? Su santidad fue declarada muy tempranamente (diecinueve años después de sus muerte) en un momento sumamente complejo de la historia de la Iglesia. Su patronazgo, mucho más reciente, lo decidió San Juan Pablo II. Santa Brígida de Suecia fur proclamada copatrona de Europa en 1999 (junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa Benedicta de la Cruz) y significa el reconocimiento de la aportación femenina fundamental a la identidad, la paz y las raíces cristianas del continente europeo.
Por el momento no se ha cumplido el sueño del Papa. Europa hoy no tiene conflictos bélicos salvo la guerra de Ucrania. Sí tiene problemas y enfrentamientos en cada país de la Comunidad, discrepancias, crisis sociales de todo tipo, una clase política menos que mediocre y un ambiente de desánimo y desesperanza. Es posible que sea el espacio más descristianizado del mundo cristiano.
Habrá que recuperar la valentía de la Santa Brígida… Sus mensajes a los gobernantes de su época se caracterizaron por una parresía (valentía profética) extrema. A través de sus famosas Revelaciones, no dudó en reprender con dureza a reyes, papas y emperadores, recordándoles que el poder terrenal es un préstamo divino y que tendrían que rendir cuenta de su uso.
Hoy Brígida nos invita a implicarnos en  una nueva evangelización. En las pequeñas comunidades, en la vida política, en los ambientes de trabajo, en la vida familiar, en las elecciones que hacemos, en el uso de los medios de comunicación… Ser cristianos de verdad , con humildad pero sin miedo, con caridad pero sin alardes. Unidos y buscando siempre la paz pero sin renunciar a proclamar la fe en Jesucristo
Es posible aunque no demasiado sencillo sobre todo entre los más cercanos. En nuestra propia familia seguramente hay bastantes bautizados de los que solo entran en la iglesia para funerales, bodas y bautizos… De hecho en muchas familias de tradición católica muchos ya no celebran estos momentos importantes o lo hacen “en modo laico”.
Siempre podemos pedir la intercesión de los santos y pedirles que rueguen al Señor con nosotros para que participemos con entusiasmo y valentía en esta esta “reevangelización” de Europa."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)