El Anacoreta y su joven seguidor viajaban en tren. Dos señores hablaban animadamente sobre la actualidad. Uno de ellos dijo:
- Yo tengo un gran principio en mi vida: "No hacer mal a nadie". ¿Qué más se me puede pedir?
Sonrió el Anacoreta y dijo:
- Además de no hacer el mal, y perdone mi intromisión, se nos pide hacer el bien.
Quedaron todos en silencio, esperando que el anciano se explicara:
- No es suficiente no hacer el mal...Hay que hacer el bien; si no, caemos en el pecado de omisión. Y nuestra sociedad se presta a ello. Pagamos (eso espero) nuestros impuestos...procuramos ser educados con nuestros vecinos...trabajamos para sacar a flote nuestra familia...Pero que no nos pidan nada más. A lo sumo daremos una cantidad mensual a una ONG.
Como los demás seguían sin decir nada, el Anacoreta prosiguió:
- Nunca nos preguntamos por el bien que podemos hacer y no hacemos. Miramos con horror en la televisión los sufrimientos de gran parte del planeta, pero no pasamos de ahí. Si es que no demostramos claramente que nos moleta el negro topmanta, o la familia magrebí que ha alquilado un piso junto al nuestro...O voto en contra del ascensor en la escalera, necesaria para los ancianos que viven en el cuarto, porque yo no la necesito...
- Ya - repuso aquel señor- pero no podemos arreglar los problemas del mundo nosotros solos...
Rió el Anacoreta y respondió:
- Pero sí podemos contribuír a arreglar los de la escalera o del barrio...O los del vagón del tren. Mire. El aire acondicionado no funciona. Esta señora se abanica con furia y no deja de sudar y...a ninguno de nosotros se nos ha ocurrido abrir las ventanillas...
Y se levantaron alegremente todos a bajar los cristales del tórrido vagon...




