domingo, 12 de febrero de 2017

AFINANDO LA LEY


"No penséis que yo he venido a poner fin a la ley de Moisés y a las enseñanzas de los profetas. No he venido a ponerles fin, sino a darles su verdadero sentido. Porque os aseguro que mientras existan el cielo y la tierra no se le quitará a la ley ni un punto ni una coma, hasta que suceda lo que tenga que suceder.  Por eso, el que quebrante uno de los mandamientos de la ley, aunque sea el más pequeño, y no enseñe a la gente a obedecerlos, será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero el que los obedezca y enseñe a otros a hacer lo mismo, será considerado grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si no superáis a los maestros de la ley y a los fariseos en hacer lo que es justo delante de Dios, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que a vuestros antepasados se les dijo: ‘No mates, pues el que mata será condenado.’ Pero yo os digo que todo el que se enoje con su hermano será condenado; el que insulte a su hermano será juzgado por la Junta Suprema, y el que injurie gravemente a su hermano se hará merecedor del fuego del infierno.
Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda.
Si alguien quiere llevarte a juicio, procura ponerte de acuerdo con él mientras aún estés a tiempo, para que no te entregue al juez; porque si no, el juez te entregará a los guardias y te meterán en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que pagues el último céntimo.
Habéis oído que antes se dijo: ‘No cometas adulterio.’ Pero yo os digo que cualquiera que mira con codicia a una mujer ya cometió adulterio con ella en su corazón.
Por tanto, si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácalo y échalo lejos de ti; mejor es que pierdas una sola parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtala y échala lejos de ti; mejor es que pierdas una sola parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.
También se dijo: ‘Cualquiera que se separe de su esposa deberá darle un certificado de separación.’ Pero yo os digo que todo aquel que se separa de su esposa, a no ser en caso de inmoralidad sexual, la pone en peligro de cometer adulterio. Y el que se casa con una mujer separada también comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antepasados: ‘No dejes de cumplir lo que hayas ofrecido bajo juramento al Señor.’ Pero yo os digo que no juréis por nada ni por nadie. No juréis por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni siquiera juréis por vuestra propia cabeza, porque no podéis hacer que os salga blanco o negro ni un solo cabello. Si decís ‘Sí’, que sea sí; y si decís ‘No’, que sea no. Lo que se aparta de esto, es malo."

Jesús no elimina la ley, pero quiere que no se reduzca a letra, a meras obligaciones. Jesús quiere que la ley sea vida. 
Aquí habla a sus discípulos de algunos mandamientos y la forma como la cumplían los maestros de la ley y los fariseos. Él les pide que lo hagan con más sinceridad. No se trata de no matar, sino de respetar al otro hasta en los más mínimos detalles. Hasta el punto que nuestras oraciones y ofrendas no tienen ningún valor si no estamos en paz con los demás.
Con el adulterio nos muestra que no se trata de los actos, sino de las intenciones, lo que enturbia nuestro comportamiento.
La ley del divorcio judía era totalmente machista y era el marido el que enviaba fuera de casa a la mujer por cualquier motivo. Por eso Jesús se muestra tan severo con el hombre que se divorcia.
Para Jesús no hace falta el juramento para asegurar de que no se miente. A la persona honesta le basta con decir sí, cuando es sí y no, cuando es no. 
En otros textos veremos cómo Jesús afina la ley, reduciéndola al amor: amor a Dios y amor al prójimo.  

sábado, 11 de febrero de 2017

SABER COMPARTIR


"Un día en que de nuevo se había juntado mucha gente y no tenían nada que comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
– Siento compasión de esta gente, porque ya hace tres días que están aquí conmigo y no tienen nada que comer. Y si los envío en ayunas a sus casas pueden desfallecer por el camino, porque algunos han venido de lejos.
Sus discípulos le contestaron:
– ¿Pero cómo se les puede dar de comer en un lugar como este, donde no vive nadie?
Jesús les preguntó:
– ¿Cuántos panes tenéis?
– Siete – dijeron ellos.
Mandó entonces que la gente se sentara en el suelo, tomó en sus manos los siete panes y, habiendo dado gracias a Dios, los partió, los dio a sus discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús dio gracias a Dios por ellos, y también mandó repartirlos. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y llenaron todavía siete canastas con los trozos sobrantes. Los que comieron eran cerca de cuatro mil. Después de esto, Jesús los despidió, subió a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta."

Jesús siente compasión ante la gente que no tienen que comer. Y les pide a los discípulos cuantos panes tienen. Hace sentar a la gente y "comparte" los siete panes. Esa es la clave contra el hambre: compartir.
Nosotros, como los discípulos, nos vemos impotentes ante la miseria en el mundo. Pensamos que con nuestros siete panes no podemos solucionar nada. Jesús nos enseña que compartiendo se soluciona todo.
La multiplicación de los panes la asocia la Iglesia a la Eucaristía. Ciertamente, porque Jesús, en la Última Cena, repartió el pan diciendo que era su cuerpo y nos mandó que repitiéramos ese gesto. La Eucaristía, además de presencia de Jesús, es un momento para sentirnos hermanos, solidarios, para repartir. Jesús la instituyó en una cena fraterna. Que la ceremonia no nos haga olvidar la esencia: Jesús que se reparte entre nosotros, para que nosotros hagamos lo mismo.

viernes, 10 de febrero de 2017

EFFETÁ (ÁBRETE)


"Jesús volvió a salir de la región de Tiro y, pasando por Sidón y los pueblos de la región de Decápolis, llegó al lago de Galilea. Allí le llevaron un sordo y tartamudo, y le pidieron que pusiera su mano sobre él. Jesús se lo llevó a un lado, aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre:
– ¡Effetá! (es decir, “¡Ábrete!”).
Al momento se abrieron los oídos del sordo, su lengua quedó libre de trabas y hablaba correctamente. Jesús les mandó que no se lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, tanto más lo contaban ellos. Llenos de asombro, decían:
– Todo lo hace bien. ¡Hasta hace oir a los sordos y hablar a los mudos!"

Le presentan a Jesús un sordo y tartamudo. La palabra con que Jesús lo cura es "effetá", es decir ábrete. Antes Jesús ha hecho varias cosas: le impone las manos, lo aparta, le mete los dedos en los oídos, le toca la lengua con saliva...Pero lo que le cura es el decirle "ábrete".
Vivimos en un mundo sordo. Nunca habíamos tenido tantos medios de comunicación y nunca habíamos sido tan sordos a los demás. Los refugiados llaman a nuestra puerta y nosotros no les escuchamos y tartamudeamos al denunciar la injusticia. Jesús nos está diciendo qué es lo que debemos hacer: abrirnos. nuestra sociedad debe abrirse a los demás si no quiere autodestruírse en el egoísmo.
Debemos abrirnos, mirar más allá, darnos cuenta de que no estamos solos y de que dependemos todos unos de otros. ¿Seguiremos sordos?

jueves, 9 de febrero de 2017

LA FUERZA DEL AMOR


"De allí pasó Jesús a la región de Tiro. Entró en una casa sin querer que se supiera, pero no pudo ocultarlo. Pronto supo de él la madre de una muchacha que tenía un espíritu impuro; y fue y se arrodilló a los pies de Jesús. Era una mujer extranjera, de nacionalidad sirofenicia. Fue, pues, y rogó a Jesús que expulsara de su hija al demonio; pero Jesús le dijo:
– Deja que los hijos coman primero, porque no está bien quitar el pan a los hijos y dárselo a los perros.
– Sí, Señor –respondió ella –, pero hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos.
Jesús le dijo:
– Bien has hablado. Puedes irte: el demonio ya ha salido de tu hija.
Cuando la mujer llegó a su casa encontró a la niña en la cama; el demonio ya había salido de ella."

Las palabras de Jesús a esta mujer son muy duras. De hecho, es así como trataban los judíos a los que no tenían su fe: de perros.
Pero aquella mujer ama a su hija y quiere que Jesús la cure. Por eso, lejos de enfadarse o responder con orgullo, se considera poca cosa y con derecho a comer las migas de pan que caen de la mesa, como los cachorrillos. La fuerza del amor de aquella mujer, hace que Jesús cure a su hija. Y es que Jesús valora el amor por encima de todo. Y el amor está por encima de las creencias y de las religiones. Porque precisamente Dios es AMOR. 


miércoles, 8 de febrero de 2017

LO QUE SALE DEL CORAZÓN


 "Luego Jesús llamó a la gente y dijo:
– Escuchadme todos y entended: Nada de lo que entra de fuera puede hacer impuro al hombre. Lo que sale del corazón del hombre es lo que le hace impuro.
Cuando Jesús dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron sobre esta enseñanza. Él les dijo:
– ¿Así que vosotros tampoco lo entendéis? ¿No comprendéis que ninguna cosa que entra de fuera puede hacer impuro al hombre? Porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y después sale del cuerpo.
Con esto quiso decir que todos los alimentos son puros, y añadió:
– Lo que sale del hombre, eso sí le hace impuro. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas salen de dentro y hacen impuro al hombre."

Jesús sigue hablando de pureza. Lo puro o impuro no está en el exterior, sino en nuestro corazón. Los hombres tenemos tendencia a valor por encima de todo las cosas externas. Y el verdadero valor de un hombre está en el corazón. Por eso, entre otras cosas, no debemos juzgar a nadie, porque no conocemos qué es lo que hay en su corazón.
Lo importante no es el rito, sino la intención y el amor con que se realiza. Hacer las cosas para que nos vean, nos consideren, obtener más poder e influencia, nos hace impuros. Por eso debemos dejar a Jesús que penetre en nuestro corazón, que sea el dueño de él. Entonces irradiaremos bondad y seremos puros. 

martes, 7 de febrero de 2017

LA VERDADERA FIDELIDAD


 "Se acercaron los fariseos a Jesús, junto con unos maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén. Y al ver que algunos discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin haber cumplido con el rito de lavárselas, los criticaron. (Porque los fariseos –y todos los judíos– siguen la tradición de sus antepasados de no comer sin antes lavarse cuidadosamente las manos. Y al volver del mercado, no comen sin antes cumplir con el rito de lavarse. Y aún tienen otras muchas costumbres, como lavar los vasos, los jarros, las vasijas de metal y las camas.) Por eso, los fariseos y los maestros de la ley preguntaron a Jesús:
– ¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué comen con las manos impuras?
Jesús les contestó:
– Bien habló el profeta Isaías de lo hipócritas que sois, cuando escribió:
‘Este pueblo me honra de labios afuera,
pero su corazón está lejos de mí.
De nada sirve que me rinda culto,
pues sus enseñanzas son mandatos de hombres.’
Porque vosotros os apartáis del mandato de Dios para seguir las tradiciones de los hombres.
También les dijo:
– Vosotros, para mantener vuestras propias tradiciones, pasáis por alto el mandato de Dios. Pues Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’ y ‘El que maldiga a su padre o a su madre, será condenado a muerte.’ Pero vosotros afirmáis que un hombre puede decirle a su padre o a su madre: ‘No puedo socorrerte, porque todo lo que tengo es corbán’ (es decir, “ofrecido a Dios”); y también afirmáis que ese hombre ya no está obligado a socorrer a su padre o a su madre. De esa manera invalidáis el mandato de Dios con tradiciones que os trasmitís unos a otros. Y hacéis otras muchas cosas parecidas."

El texto de hoy muestra claramente lo hipócrita que es, a veces, nuestra religión y dónde está la verdadera fidelidad.
Para los fariseos la pureza era lo más importante. Para Jesús, lo importante no es la letra, la norma, sino el espíritu de lo prescrito. Por desgracia, nosotros reducimos muchas veces la religión a normas y ritos vacíos de espíritu. Como los fariseos invocamos la tradición y las leyes para no amar, para no comprometer nuestra vida en el servicio a los demás. Cuando durante la ola de frío, en Barcelona, la céntrica iglesia de Santa Ana, se abrió para dar de cenar y permitir dormir a cubierto a los sin techo, hubo quien se escandalizó de que se utilizara un lugar sagrado para ello. Posiblemente, aquellas noches Jesús estuvo más presente que nunca en aquel templo.
¿Cuando comprenderemos que la religión auténtica no son normas sino fidelidad? ¿Que la verdadera fidelidad lo es al espíritu y no a la letra?   

lunes, 6 de febrero de 2017

DAR VIDA


"Atravesaron el lago y llegaron a la tierra de Genesaret, donde amarraron la barca a la orilla. Tan pronto como bajaron de la barca, la gente reconoció a Jesús. Recorrieron toda aquella región, y comenzaron a llevar enfermos en camillas a donde sabían que estaba Jesús. Y dondequiera que él entraba, ya fueran aldeas, pueblos o campos, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que les dejara tocar siquiera el borde de su capa. Y todos los que la tocaban quedaban sanados."

Si no interpretamos correctamente este texto, podemos creer que Jesús era un curandero. Lo que quiere decirnos el evangelio, es que Jesús "daba VIDA". La gente le seguía porque se desprendía de Él la bondad. Dedicaba el tiempo a hacer el bien. Curaba espiritual y físicamente a los que se le acercaban. Pero no como un curandero, si no como alguien que cambia nuestras vidas. Por eso antes de curar, vemos muchas veces en el evangelio, que Jesús dice: tus pecados te son perdonados. 
Seguir a Jesús significa participar de su VIDA. Es vivir basándose en el amor. Es repartir vida a nuestro alrededor.