martes, 7 de noviembre de 2017

NUESTRAS EXCUSAS


"Al oir esto, uno de los que estaban sentados a la mesa dijo a Jesús:
– ¡Dichoso el que tenga parte en el banquete del reino de Dios! 
Jesús le dijo:
– Un hombre dio una gran cena e invitó a muchos. A la hora de la cena envió a su criado a decir a los invitados:
- Venid, que ya está todo preparado.
Pero ellos comenzaron a una a excusarse. El primero dijo:
- Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego que me disculpes.
Otro dijo:
- He comprado cinco yuntas de bueyes y he de probarlas. Te ruego que me disculpes.
Y otro dijo:
- No puedo ir, porque acabo de casarme.
El criado regresó y se lo contó todo a su amo. Entonces el amo, indignado, dijo a su criado:
- Sal en seguida a las calles y callejas de la ciudad, y trae acá a los pobres, a los inválidos, a los ciegos y a los cojos.
Volvió el criado, diciendo:
- Señor, he hecho lo que me mandaste y aún queda sitio.
Y el amo le contestó:
- Ve por los caminos y cercados y obliga a otros a entrar, para que se llene mi casa. Porque os digo que ninguno de aquellos primeros invitados comerá de mi cena."

Jesús nos presenta la vida como un gran banquete. Curiosamente, aquellos para los que parece está destinado, ponen mil excusas para no asistir. Acaban sentados en la mesa los pobres, los inválidos, los ciegos, los cojos...Aquellos que nunca pensaron asistir a ese banquete.
Este evangelio iba dirigido a los jefes religiosos del tiempo de Jesús; pero todo evangelio, va dirigido también a nosotros. Debemos pues reflexionar sobre qué excusas ponemos nosotros a la invitación de Jesús. Nosotros, como aquellos invitados, ponemos por delante del seguimiento de Jesús nuestros negocios, nuestro trabajo, nuestros asuntos familiares. Jesús sale, entonces a la periferia, a los cruces de camino y acoge en su banquete a los pobres, a los abandonados, a los perseguidos...
Examinemos si no perdemos nuestro lugar en el banquete del Reino por nuestras excusas par no comprometernos en el servicio  los demás. 

lunes, 6 de noviembre de 2017

UNA MESA PARA TODOS


"Dijo también al hombre que le había invitado:
– Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, a tus hermanos, a tus parientes o a tus vecinos ricos; porque ellos a su vez te invitarán, y quedarás así recompensado. Al contrario, cuando des una fiesta, invita a los pobres, a los inválidos, a los cojos y a los ciegos; así serás feliz, porque ellos no te pueden pagar, pero tú recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten."

El evangelio de hoy es la continuación del que leímos el sábado. Aquí Jesús nos está hablando de solidaridad. De que, en lugar de hacer grandes banquetes para los que no pasan hambre, nos acordemos de los millones de personas que no tienen que comer. Son  esos  los que debemos invitar a nuestra mesa, a nuestro "banquete".
El Papa Francisco, en la Exhortación Evangelii Gaudium, nos dice:
"Así como el mandamiento de 'no matar' pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir 'no a una economía de la exclusión y la inequidad'. Esa economía mata, No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea la caída de dos puntos de la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil." (53) 


domingo, 5 de noviembre de 2017

SOMOS HERMANOS


"Después de esto, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo:
- Los maestros de la ley y los fariseos son los encargados de interpretar la ley de Moisés. Por lo tanto, obedecedlos y haced todo lo que os digan. Pero no sigáis su ejemplo, porque dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo. Todo lo hacen para que la gente los vea. Les gusta llevar sobre la frente y en los brazos cajitas con textos de las Escrituras, y vestir ropas con grandes borlas. Desean los mejores puestos en los banquetes, los asientos de honor en las sinagogas, ser saludados con todo respeto en la calle y que la gente los llame maestros. 
Pero vosotros no os hagáis llamar maestros por la gente, porque todos sois hermanos y uno solo es vuestro Maestro. Y no llaméis padre a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el que está en el cielo. Ni os hagáis llamar jefes, porque vuestro único Jefe es Cristo. El más grande entre vosotros debe servir a los demás. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido."

El evangelio de hoy es muy claro. Tan claro que ni lo meditamos ni lo ponemos en práctica.
Jesús habla a los maestros de la ley, a los dirigentes religiosos. A los de entonces y a los de ahora. Advierte al pueblo que no se fíen de ellos, porque dicen y no hacen; porque buscan mandar, honores, poder, mientras dan pesadas cargas a los demás y ellos ni las tocan.
Jesús nos dice que todos somos hermanos. Que nadie es más que nadie. Que la grandeza de la persona está en el servicio. Sólo tenemos un Padre: Dios; somos sus hijos porque todos somos hermanos de Jesucristo. Todos formamos la comunidad de los hijos de Dios. Ese es nuestro mayor título, nuestro honor más grande, la fuente de nuestro poder. 
Hemos dado a la Iglesia una estructura jerárquica. ¿Las jerarquías están al servicio de la comunidad o buscan honores y poder? Pasamos el tiempo planeando estructuras, métodos, reuniones, leyes...que sólo nos eslavizan. 
Jesús se acerca a nosotros y nos dice que sólo el Amor nos libera. Su Amor y el amor que tenemos nosotros hacia la comunidad de los hombres. Hagamos de la Iglesia la verdadera comunidad de los Hijos de Dios.




sábado, 4 de noviembre de 2017

EL PRIMER PUESTO


"Sucedió que un sábado fue Jesús a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos le estaban espiando. 
Al ver Jesús que los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo:
– Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que llegue otro invitado más importante que tú,  y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro.’ Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó te diga: ‘Amigo, pásate a este sitio de más categoría.’ Así quedarás muy bien delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido."

Jesús nos enseña en este evangelio, que hemos de mostrarnos ante los demás tal cual somos. Ante la sociedad perseguimos los honores y el reconocimiento, pero esto no es importante ni es el camino de un cristiano. Veamos lo que nos dicen en Koinonia (Servicio Bíblico Iberoamericano) sobre este texto:
 Esta escena de Jesús a la mesa con los fariseos es fundamentalmente educativa: él no se interesa simplemente por enseñar normas de comportamiento social o de urbanidad, sino intenta mostrar cómo asumir la vida en clave personal y eclesial desde la perspectiva del Reino de Dios. Hay modos diversos de vivir, pero no podemos hacerlo de cualquier manera. A nivel personal: ¿Riñes por los puestos de honor y las adulaciones humillando a los demás? ¿Actúas desde el servicio desinteresado o desde el poder que te pueden otorgar las funciones y los roles personales? O ¿Sabes ubicarte y mostrar con verdad quién eres? Por otro lado, en clave de iglesia, es necesario asumir con sabiduría que no somos el único referente espiritual y moral de las cuestiones y decisiones humanas. ¿Qué cambios eclesiales hacer hoy desde la lógica del Evangelio?: descentralizar el poder; democratizar la jerarquía y humanizar la fe y la labor misionera para hacerla creíble en la sociedad civil.

viernes, 3 de noviembre de 2017

¿LA LEY O LA PERSONA?


"Sucedió que un sábado fue Jesús a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos le estaban espiando. Había allí, delante de él, un hombre enfermo de hidropesía. Jesús preguntó a los maestros de la ley y a los fariseos:
– ¿Está permitido sanar a un enfermo en sábado, o no?
Pero ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó al enfermo, lo sanó y lo despidió. Y dijo a los fariseos:
– ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey cae a un pozo, no lo saca en seguida aunque sea sábado? 
Y no pudieron contestarle nada." (Lc 14,1-6)

Este evangelio es parecido al del lunes. Allí Jesús curaba a una mujer encorbada en sábado y los fariseos se lo echaban en cara. Aquí Jesús se adelanta a ellos y les pregunta si está permitido curar en sábado. Les da la misma lección. Si lo hacemos con los animales, ¿por qué no con las personas? Los deja sin palabras.
Primero, vemos que Jesús no tenía ningún reparo en ir a casa de un fariseo. Aprovechaba todas las ocasiones para anunciar el Reino a todos los que querían escucharlo.
También volvemos a ver la importancia que daba Jesús a curar a las personas. A luchar con todas sus fuerzas contra el mal. Jesús ama a las personas y quiere librarlas del mal, físico y espiritual. Nosotros, como los fariseos, damos mucha importancia a la ley,  las normas. Jesús nos dice claramente que la ley y las normas están al servicio de las personas. Una ley o una norma que no nos hace crecer, que no elimina la injusticia, que no nos hace libres, no es correcta.  


jueves, 2 de noviembre de 2017

ESPERAR EL REENCUENTRO


"Jesús, al llegar, se encontró con que ya hacía cuatro días que habían sepultado a Lázaro. Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta supo que Jesús estaba llegando, salió a recibirle; pero María se quedó en la casa. Marta dijo a Jesús:
– Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero aun ahora yo sé que Dios te dará cuanto le pidas.
Jesús le contestó:
– Tu hermano volverá a vivir.
Marta le dijo:
– Sí, ya sé que volverá a vivir cuando los muertos resuciten, en el día último. 
Jesús le dijo entonces:
– Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y ninguno que esté vivo y crea en mí morirá jamás. ¿Crees esto?
Ella le dijo:
– Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo."

Ayer celebrábamos Todos los Santos, hoy tenemos un recuerdo por todos los difuntos. Leemos el evangelio de Juan, que nos narra el encuentro entre Marta y Jesús, antes de que este le devuelva la vida.
Recordar a nuestros familiares difuntos, a pesar de la separación, no tiene que ser un momento de tristeza, sino un momento de esperanza. La muerte no es una destrucción, sino una transformación. Recordar a nuestros difuntos es esperar con alegría, que un día nos volveremos a encontrar. No sabemos cómo. Pero la Fe en Jesús nos dice que lo haremos. Nuestra Fe se traduce en Esperanza. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

SER SANTO


"Al ver la multitud, Jesús subió al monte y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, y él comenzó a enseñarles diciendo:   
- Dichosos los que reconocen su pobreza espiritual, porque suyo es el reino de los cielos. 
Dichosos los que sufren, porque serán consolados. 
Dichosos los humildes, porque heredarán la tierra que Dios les ha prometido. 
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán satisfechos. 
Dichosos los compasivos, porque Dios tendrá compasión de ellos.
Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.
Dichosos los perseguidos por hacer lo que es justo, porque suyo es el reino de los cielos.
Dichosos vosotros, cuando la gente os insulte y os maltrate, y cuando por causa mía digan contra vosotros toda clase de mentiras. ¡Alegraos, estad contentos, porque en el cielo tenéis preparada una gran recompensa!"

Hoy es la Festividad de Todos los Santos. Santos son todos aquellos que han llegado al Cielo. Algunos los ha canonizado la Iglesia, pero una gran multitud son desconocidos para nosotros. Aunque no por ello son menos santos. Santos son los bienaventurados. Aquellos que Jesús nos indica hoy en el evangelio: los pobres, los que sufren (lloran), los humildes, los que buscan la justicia, los compasivos, los que tienen un corazón limpio, los que trabajan por la paz, los perseguidos por hacer lo que es justo, los insultados y maltratados por seguir a Jesús.
Las bienaventuranzas nos señalan el camino de la santidad.
Koinonia (Servicio Bíblico Iberoamericanos) nos lo dice:
"LasBienaventuranzas comparten la misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». Tampoco exige rituales de ninguna religión, sino la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino... Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico«...
Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación de nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios."