lunes, 14 de octubre de 2019

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS


"La multitud seguía juntándose alrededor de Jesús, y él comenzó a decirles:
– La gente de este tiempo es malvada. Pide una señal milagrosa, pero no se le dará otra señal que la de Jonás. Porque así como Jonás fue señal para la gente de Nínive, así también el Hijo del hombre será señal para la gente de este tiempo. En el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, la reina del Sur se levantará y la condenará; porque ella vino de lo más lejano de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y lo que hay aquí es más que Salomón. También los habitantes de Nínive se levantarán en el día del juicio, cuando se juzgue a la gente de este tiempo, y la condenarán; porque los de Nínive se convirtieron a Dios cuando oyeron el mensaje de Jonás, y lo que hay aquí es más que Jonás." 

En tempo de Jesús los judíos le pedían una señal. Hoy seguimos pidiendo señales para creer. No sabemos ver los signos de los tiempos. No sabemos mirar más allá de las cosas. Queremos señales de Dios y no sabemos encontrarlo en el interior de nuestro corazón. No sabemos verlos en el prójimo que se acerca a nosotros. No sabemos verlo en el débil, en el sencillo, en el perseguido, en el inmigrante...
Si sabemos mirar con humildad lo que nos rodea, veremos a Dios presente en todas las cosas. La única señal es la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Es Jesús que muere cada día en el perseguido, en el inmigrante, en el despreciado...Sólo con ojos limpios podemos ver a Dios. 

domingo, 13 de octubre de 2019

¿LIMPIOS O SALVADOS?


"En su camino a Jerusalén, pasó Jesús entre las regiones de Samaria y Galilea. Al llegar a cierta aldea le salieron al encuentro diez hombres enfermos de lepra, que desde lejos gritaban:
– ¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!
Al verlos, Jesús les dijo:
– Id a presentaros a los sacerdotes. 
Mientras iban, quedaron limpios de su enfermedad. Uno de ellos, al verse sanado, regresó alabando a Dios a grandes voces, y se inclinó hasta el suelo ante Jesús para darle las gracias. Este hombre era de Samaria. Jesús dijo:
– ¿Acaso no son diez los que quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Únicamente este extranjero ha vuelto para alabar a Dios?
Y dijo al hombre:
– Levántate y vete. Por tu fe has sido sanado." 

Jesús nos da en este evangelio dos lecciones. Él cura a todo el mundo, judío o samaritano. Si queremos ser sus discípulo debemos hacer el bien a todos, sin distinción de razas, condiciones sociales ni religión. La segunda lección es que, los judíos se atuvieron a lo mandado, a las normas y se dirigieron a los sacerdotes. Ellos quedaron limpios, pero el samaritano, que por encima de las normas colocó el agradecimiento, el amor al que le había curado, quedó, además de limpio, salvado.
 "Entre samaritanos y judíos – habitantes del centro y sur de Israel respectivamente - existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. "Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)", dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra "samaritano" era una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?
Ésta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.
Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina
con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.
Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.
Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.
Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»... somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano." (Koinonía)



sábado, 12 de octubre de 2019

DICHOSA POR SEGUIR LA PALABRA


"Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer gritó de en medio de la gente:
– ¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te crió!
Él contestó:
– ¡Dichosos más bien los que escuchan el mensaje de Dios y le obedecen!" 

No es un desprecio, sino una alabanza a su madre. Jesús nos está señalando la principal virtud de María: escuchar su Palabra, guardarla en el corazón para seguirla. Ella fue el primer discípulo. Este es el ejemplo que debemos seguir de María: ser portadores de la Palabra.
"Lucas, en estas breves líneas del evangelio, presenta lo que enseña de María. Después de la respuesta generosa de María en la anunciación, la felicitación de Isabel por su respuesta y la alabanza profética de la Madre del Señor: “todas las generaciones me llamarán Bienaventurada” (Lc 1,48). Aparece la proclamación de María como “bienaventurada-dichosa” Jesús retoma la exclamación de la mujer y la amplía como modelo para el discípulo, oír y poner en práctica la Palabra. Existe entre el maestro y el discípulo una circulación de vida, con la maternidad de María como referencia. Ella nos enseña la dimensión de la acogida de la Palabra, encarnarla, vivirla y hacerla presente en nuestra vida. Nuestra respuesta a la Palabra debe ser como la respuesta materna de María, recibirla con amor y hacerla visible a todos ¿Cómo exalta nuestro pueblo a la Madre de Jesús? ¿Cómo vivimos la bienaventuranza de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica?" (Koinonía) 

viernes, 11 de octubre de 2019

EXPULSAR EL MAL



Algunos dijeron:
– Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos. 
Otros, para tenderle una trampa, le pidieron una señal milagrosa del cielo. Pero él, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
– Todo país dividido en bandos enemigos se destruye a sí mismo, y sus casas se derrumban una tras otra. Así también, si Satanás se divide contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su poder? Digo esto porque afirmáis que yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú. Pues si yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú, ¿quién da a vuestros seguidores el poder para expulsarlos? Por eso, ellos mismos demuestran que estáis equivocados. Pero si yo expulso a los demonios por el poder de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado cuida de su casa, lo que guarda en ella está seguro. Pero si otro más fuerte que él llega y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes como botín. 
El que no está conmigo está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama. 
Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, anda por lugares desiertos en busca de descanso; pero, no encontrándolo, piensa: 'Regresaré a mi casa, de donde salí.' Al llegar, encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces va y reúne otros siete espíritus peores que él y todos juntos se meten a vivir en aquel hombre, que al final queda peor que al principio."

Muchas veces nuestra sociedad ataca, mal piensa, rechaza, precisamente a quien intenta quitar el mal de ella. Ya le pasó a Jesús.
"La expulsión de demonios por parte de Jesús, genera diversas reacciones, la admiración y el aplauso, catalogar a Jesús como el príncipe de los demonios, y algunos no convencidos piden una señal del cielo. Seguidamente, Jesús cuestiona los argumentos de los detractores, afirmando que el demonio no puede expulsarse a sí mismo pues no sobrevive, si Jesús expulsa a los demonios en nombre de Belcebú, ellos (sus detractores) ¿en nombre de quien lo hacen? Finalmente, el relato presenta que la llegada de Jesús, el hombre fuerte, es señal de la llegada del reino, porque expulsa a Satanás el dominador. Los adversarios de Jesús callan ante los argumentos. Debemos considerar que el poder del mal actualmente diluye sus planteamientos propios y su conciencia crítica, en las circunstancias hostiles que vivimos. Nos corresponde, por medio de Jesús, alejar las fuerzas satánicas presentes en el entorno, crear libertad en nuestro corazón y suscitar esperanza en el camino ¿Cuáles son las fuerzas del mal que paralizan mi vida personal y la de mi comunidad?" (Koinonía) 



jueves, 10 de octubre de 2019

PEDID, LLAMAD, BUSCAD.


"También les dijo Jesús:
– Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo, y que a medianoche va a su casa y le dice: 'Amigo, préstame tres panes, porque otro amigo mío acaba de llegar de viaje a mi casa y no tengo nada que ofrecerle.' Sin duda, aquel le contestará desde dentro: '¡No me molestes! La puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme a darte nada.' Pues bien, os digo que aunque no se levante a dárselo por ser su amigo, se levantará por serle importuno y le dará cuanto necesite. Por esto os digo: Pedid y Dios os dará, buscad y encontraréis, llamad a la puerta y se os abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama a la puerta, se le abre. 
¿Acaso algún padre entre vosotros sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado? ¿O de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!"
Hemos de perseverar en la oración. Aunque no sintamos nada y contemos los clavos de los zapatos del de delante como hacía Teresa de Jesús. Esa perseverancia la llevó a ser una mística.
Orar y atender a ese amigo pesado que complica nuestra vida. Ese pobre, ese inmigrante, ese marginado que llama a nuestra puerta. Dios nos dará el Espíritu para saber interpretar los diferentes momentos de nuestra vida.
"Jesús nos enseña que debemos orar sin desfallecer. Esta parábola tiene dos vertientes. La primera, Dios siempre atiende nuestra oración. En los verbos pedir, buscar, llamar, Jesús presenta que el orante siempre va a recibir atención a su súplica. La segunda, cómo convencernos y convencer a otros para las causas justas. La sociedad de Jesús era indiferente a las propuestas nuevas, por el anquilosamiento de las estructuras religiosas. El amigo inoportuno cuestiona la mentalidad que no se incomoda y la mentalidad nueva que se abre espacio convenciendo a otros. Finalmente, aparece la promesa del Espíritu Santo, que permitirá entender las carencias de la comunidad, por eso mismo, aparecen los alimentos de pan, pescado y huevos, que eran los alimentos de los pobres. Dios dará a los discípulos lo que sea útil y saludable, y la dádiva del Espíritu será fuente de verdad y de ayuda en medio de las persecuciones ¿Intento convencer a otros con insistencia de la novedad del reino?" (Koinonía) 

miércoles, 9 de octubre de 2019

JESÚS NOS ENSEÑA A ORAR


"Estaba Jesús una vez orando en cierto lugar. Cuando terminó, uno de sus discípulos le rogó:
– Señor, enséñanos a orar, lo mismo que Juan enseñaba a sus discípulos. 
Jesús les contestó:
– Cuando oréis, decid: 
Padre,c santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Danos cada día el pan que necesitamos. 
Perdónanos nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos
a todos los que nos han ofendido. 
Y no nos expongas a la tentación."

La oración del Padrenuestro envuelve toda nuestra vida. Jesús, con esta oración, nos está invitando a convertir todo nuestro día, nuestros actos, nuestros pensamientos, nuestros deseos...en oración. Orar es ponernos en los brazos del Señor. Ser uno con Él.
"Jesús es presentado como modelo de oración. De ahí, la pregunta sobre la enseñanza de la oración. Los judíos tenían muchas prácticas de piedad y oraban en la sinagoga y en los hogares. La oración del Padre Nuestro en Lucas tiene cinco peticiones. (1) Santificar el nombre. Dios es santificado cuando su nombre es usado para la liberación de cualquier opresión. (2) La llegada del reino, cuya venida es la realización de las esperanzas y las promesas de Dios, donde se superan las frustraciones de los regímenes de turno. (3) El pan diario. Jesús invita a realizar un nuevo éxodo, en donde la experiencia de filiación y fraternidad genera una convivencia que garantiza la tierra, sus frutos y el pan para todos. (4) El perdón de las deudas. Jesús afirma que está aconteciendo el año de gracia por la Buena Nueva a los empobrecidos (Lc 4,16). (5) No caer en la tentación, vencer el pecado y la muerte con la promesa renovadora de Jesús. ¿Qué valor le doy a la oración en mi vida?" (Koinonía) 

martes, 8 de octubre de 2019

ACTIVIDAD Y CONTEMPLACIÓN


"Seguían ellos su camino. Jesús entró en una aldea, donde una mujer llamada Marta le recibió en su casa. Marta tenía una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies de Jesús, escuchaba sus palabras. Pero Marta, atareada con sus muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo:
– Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo? Dile que me ayude.
Jesús le contestó:
–Marta, Marta, estás preocupada e inquieta por muchas cosas; sin embargo, solo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará." 

Nuestro apostolado peca muchas veces de activismo. Jesús no reprende a Marta por trabajar y no elogia a María por no hacer nada. La conclusión que debemos extraer de este texto es, que nuestra actividad apostólica es inútil si no se basa, si no es consecuencia de nuestra oración, de la meditación de la Palabra. Es el evangelio, la escucha de la Palabra de Jesús, lo que debe alimentar nuestra acción.
 "El evangelio muestra un rasgo de identidad del discípulo, que es la escucha de la Palabra. Encontramos en Marta y María, dos actitudes diferentes de recibir al Maestro. María, la dimensión de los discípulos servidores de la Palabra, su postura es de interés y docilidad a la Palabra. Jesús motiva a la mujer a aprender, ya que los maestros no tenían apertura a la mujer dentro de las escuelas rabínicas. Marta, representa la diakonia, estaba desbordada por sus deberes de ama de casa y anfitriona, representa el servicio de la mesa. En el diálogo de Marta con Jesús, le reconoce como maestro y con su servicio quiere hacer todo lo posible para honrarlo pero le falta apertura de lo que trae Jesús para ella y se posiciona en el lugar de dar órdenes. Jesús se dirige a ella y la corrige cordialmente, invitándola a poner atención a lo esencial, a la Palabra de Jesús. El servicio y la escucha se complementan en el discipulado ¿Soy capaz de escuchar y obedecer a la Palabra?" (Koinonía)