miércoles, 25 de junio de 2025

DAR BUENOS FRUTOS



¡Cuidado con los falsos profetas! Vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conoceréis, pues no se recogen uvas de los espinos ni higos de los cardos. Así, todo árbol bueno da buen fruto; pero el árbol malo da fruto malo. El árbol bueno no puede dar mal fruto, ni el árbol malo dar fruto bueno. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. De modo que por sus frutos los conoceréis.
(Mt 7,15-20)

Si queremos mostrar a Dios a los demás, debemos dar buenos frutos. Primero debemos escucharle. Y luego amar, acoger, curar, liberar...Los frutos que dio Jesús durante su vida.

"Es evidente que no todo es lo que parece. Aunque no debemos adoptar una actitud de sospecha sistemática contra toda apariencia de bien, que acaba aislándonos y cerrándonos sobre nosotros mismos, minando toda capacidad de confianza, tampoco debemos ser ingenuos. Como el bien atrae y el mal repele, es frecuente que los que tienen aviesas intenciones traten de esconderlas y disimularlas, revistiéndose de apariencias de bien. Así Jesús nos advierte contra los falsos profetas, que operan en el ámbito de la religión. Pero es verdad que los lobos con piel de oveja se encentran en todos los ámbitos de la vida humana: la economía, la política, la amistad, hasta la familia. Pero Jesús nos advierte, al tiempo que nos ofrece criterios de discernimiento: son los frutos los que nos hacen conocer la calidad de las raíces, son la consecuencias las que nos revelan la intenciones ocultas y disfrazadas.
Pero este criterio de discernimiento podemos aplicárnoslo a nosotros mismos. También podemos usarlo para examinarnos, para comprobar si nuestra vida está dando buenos o malos frutos. Lo más probable es que encontremos que se dé una mezcla de frutos buenos y malos, puesto que no somos perfectos. Pero Jesús nos llama a dar solo frutos buenos. ¿Cómo hacer? Tenemos que trabajar en las raíces: examinar nuestros valores básicos, los que realmente mueven nuestro corazón, no sólo los que profesamos teóricamente. Y no solo examinar, sino alimentar, abonar, sanar, para que esas raíces acaben dando buenos frutos. Abraham nos sirve hoy de ejemplo. La primera y fundamental condición es la confianza. Tenemos que creer las promesas de Dios, acoger su Palabra, que es Cristo. En segundo lugar, afincados en esa confianza, tenemos que poner manos a la obra: hacer con diligencia lo que depende de nosotros. Abraham prepara el sacrificio y lo preserva de los buitres. Pero, finalmente, dar frutos de vida buena, de amor y vida eterna, es cosa de Dios, que acogerá y consumará lo que con buena voluntad hemos preparado.
Frutos buenos a los que Dios nos llama son consecuencia de la cooperación de nuestra libertad y la gracia de Dios. Como dice la liturgia de la ordenación sacerdotal, citando la carta a los Filipenses (1, 6): “que Dios que empezó en ti la obra buen, Él mismo la lleve a término”."
(J.M.Vegas cmf, Ciudad Redonda)

martes, 24 de junio de 2025

SE LLAMARÁ JUAN

 


Al cumplirse el tiempo en que Isabel había de dar a luz, tuvo un hijo. Sus vecinos y parientes fueron a felicitarla cuando supieron que el Señor había sido tan bueno con ella. A los ocho días llevaron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías. Pero la madre dijo:
– No. Tiene que llamarse Juan.
Le contestaron:
– No hay nadie en tu familia con ese nombre.
Entonces preguntaron por señas al padre del niño, para saber qué nombre quería ponerle. El padre pidió una tabla para escribir, y escribió: “Su nombre es Juan.” Y todos se quedaron admirados. En aquel mismo momento, Zacarías recobró el habla y comenzó a alabar a Dios. Todos los vecinos estaban asombrados, y en toda la región montañosa de Judea se contaba lo sucedido. Cuantos lo oían se preguntaban a sí mismos: “¿Qué llegará a ser este niño?” Porque ciertamente el Señor mostraba su poder en favor de él.
El niño crecía y se hacía fuerte espiritualmente, y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se dio a conocer a los israelitas.
(Lc 1,57-66.88)

"La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, se ve que es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. Lo recordaba con su peculiar fuerza expresiva Khalil Gibram, cuando, en El Profeta, a la petición “háblanos de los niños” comienza respondiendo “vuestros hijos no son hijos vuestros. Vienen a través de vosotros, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a su padre, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento: parece que ya nada tiene que decir, pero tiene todavía la fuerza suficiente para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero válidas para todo el mundo. Juan dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.
En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. A veces, ante una conversión radical, se exige un cambio de nombre, que significa un cambio de vida. Es el caso del nombre nuevo, Pedro, que Jesús le da a Simón, el hijo de Juan. También es frecuente que los adultos que acceden al bautismo elijan un nombre nuevo; o los que se consagran a Dios al hacer su profesión religiosa. En un contexto de vida cristiana ha sido tradición dar nombres de santos, que son modelos de auténtica vida cristiana.
La liturgia reserva el término “natividad” sólo para el nacimiento de Jesús, de María y del mismo Juan. De esta forma destaca la extraordinaria cercanía de Juan (desde luego y, sobre todo, de María) con Jesús. En Juan descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todo se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.
En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Tenemos permanentemente la tentación de reducir nuestra vida a un cúmulo de casualidades, que vacían de sentido nuestra existencia: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”, se lamenta el profeta Isaías. Existen ciertamente experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración suponen ese sentido, pues hablan de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta ni quejarse ni proclamarlo.
Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que, como Juan, le han preparado el camino.
El filósofo cristiano Emmanuel Mounier expresó esta verdad de manera muy precisa cuando afirmó que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida”. Y es que el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra (se somete libremente y no de manera servil) a algo que descubre como más grande que él, pero que lo libera y engrandece. Esta verdad, que vemos tan patente en Juan el Bautista, es todavía más evidente en María, la humilde sierva del Señor, y, por encima de todos, en Jesús, que no vive para sí, sino libremente sometido a la voluntad de su Padre, al servicio del Reino de Dios y al servicio de sus hermanos (cf. Lc 22, 27. 42).
Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Nosotros mismos, en algún momento de nuestra vida, tuvimos a algún Juan el Bautista que nos introdujo al conocimiento de Cristo. Y cada uno de nosotros, como todo cristiano, estamos llamados a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de nuestras palabras y nuestras obras, no nos señalamos a nosotros mismos, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36)."
(J.M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 23 de junio de 2025

NO JUZGAR, AMAR



 No juzguéis a nadie, para que Dios no os juzgue a vosotros. Pues Dios os juzgará de la misma manera que vosotros juzguéis a los demás; y con la misma medida con que midáis, Dios os medirá a vosotros. ¿Por qué miras la paja que tu hermano tiene en su ojo y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? Y si tú tienes un tronco en el tuyo, ¿cómo podrás decirle a tu hermano: ‘Déjame sacarte la paja que tienes en el ojo’¡ ¡Hipócrita!, sácate primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Mt 7,1-5)

¿Por qué vemos en los demás sus defectos antes que sus virtudes? Posiblemente lo que hacemos es proyectarnos en él. Esos defectos que nosotros tenemos, son los que vemos en el otro.
¿Por qué juzgamos a los demás? ¿De verdad los conocemos como para juzgarlos?¿Sabemos realmente lo que hay en su interior, sus pensamientos, sus intenciones, sus motivaciones de actuar?
Debemos de preocuparnos de nuestros defectos. Estos sí que los conocemos con certeza. Esos son los que debemos eliminar. Siendo comprensivos con los otros, les ayudamos a mejorar. Es el Amor el que cambia las personas.

(...) La crítica, el juicio condenatorio, el rechazo del otro son formas de defensa que denotan temor, deseo de autojustificación y buscan el refugio que evita la confrontación con la propia verdad. También de esa tierra que nos aprisiona nos manda salir el Señor. Y esa salida significa exponerse, dejarse corregir, liberarse de redes, cadenas, prejuicios que nos separan de los demás. La corrección fraterna es importante, pero no como un arma arrojadiza que usamos cuando estamos hartos, sino como un verdadero acto de amor y de ayuda, que conlleva la conciencia de la propia limitación y la humildad de dejarse amar y ayudar, precisamente dejando que nos corrijan. También en este salir de la propia tierra hace falta humildad, confianza y valor.
(J.M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 22 de junio de 2025

COMUNION

  

Pero cuando la gente lo supo, le siguieron; y Jesús los recibió, les habló del reino de Dios y sanó a los enfermos.
Cuando ya comenzaba a hacerse tarde, se acercaron a Jesús los doce discípulos y le dijeron:
– Despide a la gente, para que vayan a descansar y a buscar comida por las aldeas y los campos cercanos, porque en este lugar no hay nada.
Jesús les dijo:
– Dadles vosotros de comer.
Contestaron:
– No tenemos más que cinco panes y dos peces, a menos que vayamos a comprar comida para toda esta gente.
Eran unos cinco mil hombres. Pero Jesús dijo a sus discípulos:
– Haced que se sienten en grupos, como de cincuenta en cincuenta.
Así lo hicieron, y se sentaron todos. Luego Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces, y mirando al cielo dio gracias a Dios, los partió y los dio a sus discípulos para que los repartieran entre la gente. La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía llenaron doce canastas con los trozos que sobraron.
(Lc 9, 11b-17)

El evangelio que nos ofrece hoy es el de la multiplicación de los panes, no el de la institución de la Eucaristía en la Última Cena. Y es que en la misa, la Eucaristía se convierte en Comunión. Como el día de la multiplicación, Jesús nos invita a compartir cuanto tenemos, aunque sólo sean cinco panes y dos peces, con todo el mundo. Es decir, a unirnos a todos.
Comulgar es compartirlo todo. Comulgar es "dar" a Jesús a los otros. 
La Comunión debe llenar toda nuestra vida y hacer de nosotros instrumentos de Jesús en lo espiritual y en lo material. Nosotros tenemos muy poco, pero ese poco, las manos de Jesús harán que sobren doce canastas...

" (...) Para Jesús nada hay imposible. El encuentro debe continuar hasta la noche. Solo es cuestión de mirar al Cielo y desde allí recibir la bendición del Dios Abbá. La bendición llega a los panes y a los peces a través de las manos de Jesús. La forma de realizarlo nos recuerda lo que hizo en la última Cena, con los Apóstoles. De las manos de Jesús pasa a las manos de los discípulos. Desde las manos de los discípulos a las manos de la gente. «Comieron todos y se saciaron». Jesús no quiere una liturgia de la Palabra sin Eucaristía, ni un encuentro sin llevar a culmen la hospitalidad.
Hoy es la Fiesta del Corpus. En estos años hemos meditado en la Iglesia mucho, muchísimo sobre la Eucaristía. Hemos de preguntarnos: ¿está cambiando algo entre nosotros? ¿Hay una visión nueva o estamos repitiendo las viejas fórmulas?
Hoy es el día de la alianza de Jesús con nosotros, su Iglesia. Jesús viene del Cielo, del Mundo de la Resurrección. Se sienta con nosotros a la Mesa. Repite los gestos de la última Cena. Resume ante nosotros todo el entramado de su vida. No se ha ido al cielo para no volver. Vuelve en cada celebración eucarística y se aparece a nosotros. Lo que se pone sobre la Mesa es de la máxima importancia. Jesús pone sobre la Mesa, su Cuerpo y su Sangre, pero en estado de suprema perfección. Pone sobre la Mesa el Cuerpo entregado, el Cuerpo que ama sin límites, que in-corpora, que unifica. Pone sobre la Mesa la Sangre, la Vida, su impresionante Vitalidad. Se quiere derramar en nosotros
Hoy es el día del Cuerpo y de la Sangre en que todos nos encontramos, como Pueblo o Comunidad de la Alianza. También hay muchas personas que están buscando «el medicamento de la inmortalidad». ¡Quiera el Espíritu que descubran el inimaginable magnetismo del Cuerpo-Sangre de Jesús! Y que lo descubramos nosotros, esas personas a quienes se nos concede encontrarnos todos los días con el nuevo Melquisedec."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)


sábado, 21 de junio de 2025

BUSCAR EL REINO

 


Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero.
Por tanto, os digo: No estéis preocupados por lo que habéis de comer o beber para vivir, ni por la ropa con que habéis de cubrir vuestro cuerpo. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Mirad las aves que vuelan por el cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan en graneros la cosecha; sin embargo, vuestro Padre que está en el cielo les da de comer. Pues bien, ¿acaso no valéis vosotros más que las aves? Y de todos modos, por mucho que uno se preocupe, ¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora?
¿Y por qué estar preocupados por la ropa? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, os digo que ni aun el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¿no os vestirá con mayor razón a vosotros, gente falta de fe? No estéis, pues, preocupados y preguntándoos: ‘¿Qué vamos a comer?’ o ‘¿Qué vamos a beber?’ o ‘¿Con qué nos vamos a vestir?’ Los que no conocen a Dios se preocupan por todas esas cosas, pero vosotros tenéis un Padre celestial que ya sabe que las necesitáis. Por lo tanto, buscad primeramente el reino de los cielos y el hacer lo que es justo delante de Dios, y todas esas cosas se os darán por añadidura. No estéis, pues, preocupados por el día de mañana, porque mañana ya habrá tiempo de preocuparse. A cada día le basta con sus propios problemas.

Jesús nos dice que lo único que debe preocuparnos es la búsqueda del Reino. Lograr que el Reino ya esté aquí. Esto no significa vivir de ilusiones y de ensueños. Significa luchar por un mundo más justo, un mundo donde reine el Amor. Luchar contra la pobreza, la exclusión. Luchar por un mundo sin odio, llenos de misericordia y de perdón. Como decíamos ayer, mirar al mundo con los ojos de Dios.

"A primera vista, este Evangelio de hoy puede parecer una falta de respeto de Jesús para los pobres. Es verdad, en nuestro mundo ha habido y hay muchas personas cuya única preocupación a lo largo del día es sobrevivir: hacerse con lo suficiente (alimentos, cobijo…) para mantenerse vivos hasta el día siguiente. Decirles que no se deberían preocupar por nada de eso sería como reírse de ellos, de su pobreza intolerable. Decirles que no se preocupen porque Dios va a cuidar de ellos es desconocer la realidad de injusticia y abandono en que viven. Este hecho, tan presente en nuestro mundo y quizá más cerca de nosotros de lo que podemos pensar, no conviene olvidarlo. Pero no creo que Jesús se refiera a ellos al pronunciar las palabras del Evangelio de hoy.
Iría casi al final del texto para encontrar el centro de lo que Jesús quiere decir a sus discípulos: “Buscad el reino de Dios y su justicia”. Ahí está la clave, la idea central que Jesús quiere transmitir a sus discípulos y, en consecuencia, a nosotros. Para el discípulo no hay más que una motivación y un centro en su vida: el reino. Trabajar al servicio del reino de Dios es un compromiso total. Hoy diríamos full-time, utilizando una expresión inglesa. Estar al servicio del reino es tener presente la fraternidad y la justicia como valores fundamentales en nuestra vida. Trabajar al servicio del reino es, hagamos lo que hagamos, tener el perdón, la misericordia, la reconciliación, el amor, como los valores centrales siempre presentes. Vivir al servicio del reino es mirar el mundo y a los demás con los ojos que Dios los mira. Todo eso mientras que se trabaja, se descansa, se vive en familia, nos relacionamos con los demás en el trabajo, en la sociedad… Diríamos, con un término que hoy se usa en la educación, que buscar el reino de Dios y su justicia es un tema transversal que debe estar presente en todo lo que hagamos. Ese y no otro es el único agobio que debe vivir el discípulo de Jesús o sea, nosotros. En otras palabras, no se trata de ser cristiano sólo cuando vamos a la iglesia sino en todo momento."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 20 de junio de 2025

NUESTRO TESORO ES MIRAR CON LOS OJOS DE DIOS

 


No acumuléis riquezas en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Acumulad más bien vuestras riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye, ni las cosas se echan a perder, ni los ladrones entran a robar. Porque donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón.
Los ojos son como la lámpara del cuerpo. Si tus ojos son buenos, todo tu cuerpo será luminoso; pero si tus ojos son malos, todo tu cuerpo será oscuridad. Y si la luz que hay en ti resulta ser oscuridad, ¡qué negra no será la propia oscuridad!

Acumular riquezas es el origen de muchos males en este mundo. Cuando todo lo supeditamos al dinero, aparece el egoísmo, la injusticia, las diferencias, la corrupción. La riqueza aparta el corazón del bien.
Mirar con los ojos de la bondad nos lleva a que todo sea bueno y luminoso. Y los demás verán en nuestra mirada, la mirada de Dios.

"Hay dos asuntos en el texto evangélico de hoy. Los dos son importantes. Pero el orden hace que nos terminemos fijando más en el primero que en el segundo.
El primero se refiere a lo que es verdaderamente valioso para la persona. No son precisamente los tesoros materiales (cuenta corriente abundante, propiedades, etc.). Todo eso lo podemos perder fácilmente. Además no llena el corazón. Por la sencilla razón de que el amor, la amistad, el afecto, que son las cosas que realmente necesitamos para tener una vida plena, no se compran con todo el oro del mundo. Lo que se puede comprar con dinero no es más que una burda copia o mala imitación. Nada que sirva de verdad. Aunque a veces se nos olvida en el día a día, diría que esto lo sabemos bien.
Pero creo que hay que subrayar el segundo tema de este texto. Tiene que ver con nuestros ojos, con nuestra forma de mirar. Una mirada es capaz de ver el mundo de un modo. Pero si nuestro ojo está enfermo, entonces todo lo vamos a ver mal, oscuro, deformado. Por eso es importante limpiar nuestros ojos, quitar las opacidades, las mota y las vigas que se nos puedan haber metido.
Vamos un poco más allá. La mejor forma de mirar la realidad es con los ojos de Dios. Se trata de ver la realidad de este mundo, nuestros hermanos y hermanas, tal como Dios los ve. Esa es realmente una buena perspectiva. O dicho en el lenguaje del Evangelio, la mejor luz con la que podemos iluminar la realidad que nos rodea. Entonces se nos hará fácil comprender que todo es creación de Dios, fruto de su amor, de sus manos creadoras. Y que, por supuesto, Dios no hace basura. Al mirar a los hombres y mujeres que nos rodean, veremos en sus rostros las huellas de Dios mismo que los ha creado. Por muy feos y sucios que estén sus rostros, por muchas cosas malas que nos parezca que han hecho, veremos el rostro de un hermano o hermana, con todo lo que eso significa. Y, para unirlo a la primera parte del Evangelio, nos encontraremos con un verdadero tesoro, con el único tesoro que vale la pena."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 19 de junio de 2025

JESÚS NOS ENSEÑA A ORAR

 


Y al orar no repitas palabras inútilmente, como hacen los paganos, que se imaginan que por su mucha palabrería Dios les hará más caso. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis aun antes de habérselo pedido. Vosotros debéis orar así:
‘Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre.
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad en la tierra
así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos.
Perdónanos nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos
a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación,
sino líbranos del maligno.’
Porque si vosotros perdonáis a los demás el mal que os hayan hecho, vuestro Padre que está en el cielo os perdonará también a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará el mal que vosotros hacéis.

Hoy Jesús nos enseña a rezar. Nos dice que nos dejemos de palabrerías y nos dicta una oración que contiene lo esencial que debemos pedir. 
Rezar no es hablar. No sólo pedir, sino, también, contemplar. Quedarse en silencio en presencia de Dios. Tarde o temprano sentiremos la presencia del Padre en nuestro interior. Ese Padre que es "nuestro". Padre de todos.

"Cada vez que en misa o en otras celebraciones o en la oración me toca rezar el Padrenuestro, me sale de dentro preguntarme que cuándo nos lo vamos a terminar de creer. Todas sus palabras son importantes pero solo con el comienzo ya tengo muchas dudas de que nos lo creamos de verdad. Con todo lo que significa. ¡Padre nuestro!
Leí hace muchos años una historia sobre un hombre que iba a la iglesia a rezar muchos días hasta que el sacerdote responsable, extrañado de las horas que pasaba aquel hombre en la iglesia, le fue a preguntar qué rezaba en ese tiempo. El buen hombre le respondió que rezaba el “Padrenuestro”, pero que en realidad no lo llegaba a terminar nunca porque con sólo decir “Padre” a Dios, ya se quedaba admirado y admirándose de poder llamar a Dios “Padre” y no podía seguir recitando la oración.
Hay que reconocer que la oración que nos enseñó Jesús y que hemos recitado y recitamos tantas veces tiene un comienzo que ya nos sitúa en otra dimensión. Llamar a Dios Padre implica toda una forma diferente de relacionarnos con él. Jesús nos invita a tratar a Dios con la misma confianza y cercanía que él mismo experimentó en su vida. Ya sabemos todos que Jesús se refería a Dios no tanto como “Padre” –un término que en nuestro idioma es más bien un término de respeto y que implica hasta un poco de lejanía– sino que más bien usaba el término “Abbá”, que era la palabra familiar que usaban los niños pequeños para dirigirse a su padre. Es decir, Abbá significa “papaíto” o “papá”.
Así que eso es lo que queremos decir cuando rezamos el Padrenuestro. Nos situamos en una posición de cercanía e intimidad con aquel que es para nosotros, como para el niño pequeño, la presencia que nos hace sentirnos seguros, queridos, amados sin condiciones. Esta forma de relacionarnos con Dios tiene mucho que ver con la afirmación de que “Dios es amor” que encontramos en otro de los textos del Nuevo Testamento (1 Jn 4,16). Si comenzamos el Padrenuestro dando toda la fuerza que corresponde a ese comienzo, “Padre”, quizá se nos haga más fácil entender el resto de la oración y recitarla con sentido."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)