sábado, 21 de marzo de 2026

¿JUZGAR SIN OIR?

 


 Entre la gente se encontraban algunos que al oir estas palabras dijeron:
– Seguro que este hombre es el profeta.
Otros decían:
– Este es el Mesías.
Pero otros decían:
– No, porque el Mesías no puede venir de Galilea. La Escritura dice que el Mesías ha de ser descendiente del rey David y que procederá de Belén, del mismo pueblo de David.
Así que la gente se dividió por causa de Jesús. Algunos querían apresarle, pero nadie llegó a ponerle las manos encima.
Los guardias del templo volvieron a donde estaban los fariseos y los jefes de los sacerdotes, que les preguntaron:
– ¿Por qué no lo habéis traído?
Contestaron los guardias:
–¡Nadie ha hablado nunca como él!
Los fariseos les dijeron entonces:
– ¿También vosotros os habéis dejado engañar? ¿Acaso ha creído en él alguno de nuestros jefes o de los fariseos? Pero esta gente que no conoce la ley está maldita.
Nicodemo, el fariseo que en una ocasión había ido a ver a Jesús, les dijo:
– Según nuestra ley, no podemos condenar a un hombre sin antes haberle oído para saber lo que ha hecho.
Le contestaron:
– ¿También tú eres galileo? Estudia las Escrituras y verás que ningún profeta ha venido de Galilea.
Cada uno se fue a su casa.

Los fariseos juzgan a Jesús sin oírlo. Nosotros también juzgamos a los demás por lo que nos dicen de ellos la prensa, internet, los rumores...Así corremos el riesgo de equivocarnos. Todo el mundo tiene derecho a ser escuchado. Pero nos es más fácil dejarnos llevar por la corriente y no pararnos a reflexionar.
Si decimos que amamos al prójimo, lo mínimo que podemos hacer, es escucharlo. 

"Nadie se atrevía a llevar a Jesús a juicio, porque nunca habían oído hablar como él. Quienes no habían oído, o escuchado son los que se atreven a imponer su dudosa “verdad” y justicia. Y aquí, la situación de Nicodemo es algo precaria, porque en realidad, él forma parte del grupo de quienes dicen tener la verdad, pero se atreve a cuestionarlos. Se atreve, porque él sí había escuchado lo que decía Jesús.
La situación puede resultarnos bastante familiar. Uno se pronuncia a favor de algo en lo que cree y enseguida va a ser criticado: de facha, retrógrado, o de zurdo, de radical o de antisistema, o de traidor a una causa en la que creen los demás. Por uno u otro  lado pueden llover las críticas.  Lo menos que puede pasar es que a uno lo ridiculicen o se burlen de él. El temor al qué dirán o de ir en contra de lo que piensa la mayoría en el grupo al que pertenecemos puede ser paralizante. Lo fue, en cierto modo, para Nicodemo, que seguía a Jesús por la noche por miedo, aunque más tarde reunió su valentía para defender lo que pensaba que era la verdad.  Nicodemo tuvo que ir contracorriente para defender lo que veía justo. ¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin oírlo? Lo dijo tímidamente, pero fue a su vez recibió el mismo trato de juicio sin escucha de hechos… “¿también tú has sido engañado?”
Es frecuente en nuestro mundo aceptar casi sin discernimiento el pensamiento único, lo que dicen los medios. Se aceptan fácilmente mantras y “dogmas” que, a fuerza de repetirse, parecen incluso verdad. Se ponen carteles bien a partidos políticos o a personas sin saber bien que es lo que piensan. ¿Acaso juzgamos sin oír? Aunque sea tímidamente, como Nicodemo, de vez en cuando es necesario pronunciarse en defensa de la verdad, o al menos de la escucha crítica. Al final, sin embargo, siempre será Dios, el Justo juez, quien tenga la última palabra. Los grupos de opinión, o la opinión sincronizada no son de fiar. Pero solo Dios es justo juez. En ti, Señor, me refugio."
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

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