viernes, 14 de agosto de 2026

SABER AMAR

 

 Unos fariseos se acercaron a Jesús, y para tenderle una trampa le preguntaron:
– ¿Le está permitido a uno separarse de su esposa por un motivo cualquiera?
Jesús les contestó:
– ¿No habéis leído en la Escritura que Dios, al principio, ‘hombre y mujer los creó’? Y dijo: ‘Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán como una sola persona.’ Así que ya no son dos, sino uno solo. Por lo tanto, no separe el hombre lo que Dios ha unido.
7 Ellos le preguntaron:
– ¿Por qué, pues, mandó Moisés entregar a la esposa un certificado de separación cuando se la despide?
Jesús les dijo:
– Precisamente por lo tercos que sois os permitió Moisés separaros de vuestras esposas; pero al principio no fue así. Yo os digo que el que se separa de su esposa, a no ser por motivo de inmoralidad sexual, y se casa con otra, comete adulterio.
Le dijeron sus discípulos:
– Si esta es la situación del hombre respecto de su mujer, más vale no casarse.
Jesús les contestó:
– No todos pueden comprender esto, sino únicamente aquellos a quienes Dios ha dado que lo comprendan. Hay diferentes razones que impiden a los hombres casarse. Algunos ya nacen incapacitados para el matrimonio; a otros los incapacitan los hombres, y otros viven como incapacitados por causa del reino de los cielos. El que pueda aceptar esto, que lo acepte.
(Mt 19,3-12)

El evangelio de hoy no es muy popular. De hecho casi ninguna pareja lo elige el día del matrimonio. Pero lo que casi siempre se olvida al comentarlo, es que aquí Jesús estaba defendiendo a la mujer. No podemos sacarlo del contexto histórico cultural. Quien decidía en Israel la separación era el hombre. La mujer no tenía más remedio que marcharse y, además, sin los hijos que pertenecían a la familia paterna. De ahí la reacción de los discípulos: "si esta es la situación del hombre respecto de su mujer vale más no casarse." El hombre no quería depender de la mujer.
Otra cosa es la ligereza con la que hoy día uno se casa y se descasa. Si hay verdadero amor, amor profundo, se solucionarán todos los problemas y dificultades que aparezcan.

"Hoy día es muy difícil pensar en un “para siempre”. Se dice que gran parte de los jóvenes de hoy no pueden visualizar una relación duradera. La inmediatez de los mensajes de las redes sociales, las cifras de matrimonios rotos que han conocido o que han sufrido, la movilidad social… muchos factores actuales no permiten casi ni imaginar estar siempre en el mismo lugar y con las mismas personas. Pero también conocemos casos de personas que enviudaron jóvenes y permanecieron por muchísimos años aferradas a ese primer amor…hasta un nuevo comienzo juntos en la eternidad. En el fondo, hay una sed, una necesidad de seguridad en que alguien no nos va a fallar nunca.
El profeta Ezequiel habla de un alguien total y radicalmente fiel que, después de haberse dado del todo, de haber engalanado a su amada, ha sido traicionado. La reacción normal sería tristeza, desencanto, vacío. Y sin embargo, casi inmediatamente, se proclama: “Sacaréis con alegría el agua”. Hay algo que debe permanecer, que no debe morir y son las aguas de la salvación.
Una buena y sólida educación enseña a permanecer a pesar de las frustraciones, las dificultades de la vida, las tentaciones de abandonar el camino. Porque se sabe que la fidelidad es lo mejor, lo que más puede satisfacer, y lo que más puede dar plenitud a la persona. Una simple lógica humana también indica que la permanencia en el matrimonio o en el compromiso de vida es lo mejor para la persona. “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre…”
Hoy celebramos la memoria de san Maximiliano Kolbe, un franciscano que supo permanecer hasta el final en una situación en la que la tentación más lógica hubiera sido salvarse a uno mismo. Kolbe ofreció su vida a cambio de la de un preso de un campo de concentración porque sabía que tenía esposa e hijos. En apariencia, hizo una opción por la permanencia y la estabilidad de una familia, algo muy heroico en si mismo. Pero en el fondo, era su propia fidelidad a su compromiso con Dios lo que estaba en juego. Era su permanencia junto al Cristo por el que había entregado su vida. Por Él y por María, a la que Maximiliano había honrado toda su vida. La decisión de entregar su vida no fue fruto de un momento impulsivo y heroico. Fue el fruto de una vida siempre vivida en permanencia y fidelidad. Alguien que no se había olvidado de las joyas con las que Dios le había engalanado y no se había ido detrás de otros dioses. Maximiliano conoció la fidelidad y la permanencia sacando con alegría el agua de las fuentes de salvación. Su generosidad y su muerte no fueron improvisadas."

(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)


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