martes, 7 de enero de 2025

LO CURABA TODO

 

Cuando Jesús oyó que Juan estaba en la cárcel, se dirigió a Galilea. Pero no se quedó en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaún, a orillas del lago, en los territorios de Zabulón y de Neftalí. Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta Isaías:
“Tierras de Zabulón y de Neftalí,
más allá del Jordán,
a la orilla del mar:
Galilea de los paganos.
El pueblo que andaba en oscuridad
vio una gran luz;
una luz iluminó
a los que vivían en sombras de muerte.”
Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: “¡Volveos a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!”

Recorría Jesús toda Galilea enseñando en la sinagoga de cada lugar. Anunciaba la buena noticia del reino y curaba a la gente de toda clase de enfermedades y dolencias. Con ello, la fama de Jesús se extendió por toda la región de Siria; así que le traían a cuantos sufrían de diferentes males, enfermedades y dolores, y a los endemoniados, a los epilépticos y a los paralíticos. Y Jesús los curaba.
Mucha gente de Galilea, de los pueblos de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la región al oriente del Jordán, seguía a Jesús.

"Después de la festividad de Epifanía, es decir de la manifestación de Dios a todos los pueblos, que celebramos ayer, la primera lectura (primera carta de Juan) dice que Jesús, cuya venida esperada y anunciada ya es realidad desde la noche de Belén, está entre nosotros. Y establece una separación total entre los que son de Cristo y los que son del Anticristo, pues “el que está en vosotros es más que el que está en el mundo”.
La presencia de Jesucristo en nosotros es esa luz grande, profetizada por Isaías, que ilumina a judíos y gentiles, es decir a todos. Una luz que suprime la tiniebla y rescata a la humanidad recreándola y haciendóla tan bella como fue creada. No suprime del todo la marca del pecado que señala nuestra fragilidad, pero nos reviste, como dice San Pablo con las armas de la luz.
En la lectura del evangelio de hoy Mateo nos presenta un Jesús apremiado por la prisión de Juan, que predica en Galilea, atrayendo a multitudes de las regiones próximas, porque está cerca el reino de los cielos. Pide conversión.
En nuestra vida la conversión no es un hecho que se produce y sin más, quedamos transformados. Experimentamos casi cada día la necesidad de conversión porque, aunque ciudadanos del reino continuamente tenemos que renovar esa ciudadanía. Y porque hemos recibido el encargo de predicar a todas las gentes.
Una cosa es predicar y otra dar trigo, dice el refrán. A nuestro predicar tenemos que unir, como el Maestro, la curación. A Él se acercaban o eran traídos toda clase de enfermos de alma y cuerpo. Y Él curaba toda dolencia y toda enfermedad. Curar significa también cuidar y preservar de la corrupción. Y todo esto requiere la atención a cada persona.
Los que hemos recibido la luz de Cristo tenemos que parecernos al maestro. Identificarnos con Él y actuar como Él lo hizo. Y sin Cristo nada podemos. Hay que pedir día a día que el Señor nos renueve, nos convierta y nos impulse a predicar -a veces sin palabras- y a curar como Él lo hizo y lo sigue haciendo."
(Virginia Fernández, Ciudad Redonda) 


lunes, 6 de enero de 2025

HEMOS VISTO SU ESTRELLA

 


Jesús nació en Belén,a un pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país. Llegaron por entonces a Jerusalén unos sabios de Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron:
– ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrellad en el oriente y hemos venido a adorarle.
El rey Herodes se inquietó mucho al oir esto, y lo mismo les sucedió a todos los habitantes de Jerusalén. Mandó llamar a todos los jefes de los sacerdotes y a los maestros de la ley, y les preguntó dónde había de nacer el Mesías. Ellos le respondieron:
– En Belén de Judea, porque así lo escribió el profeta:
‘En cuanto a ti, Belén, de la tierra de Judá,
no eres la más pequeña
entre las principales ciudades de Judá;
porque de ti saldrá un gobernante
que guiarái a mi pueblo Israel.’
Entonces llamó Herodes en secreto a los sabios de Oriente, y se informó por ellos del tiempo exacto en que había aparecido la estrella. Luego los envió a Belén y les dijo:
– Id allá y averiguad cuanto podáis acerca de ese niño; y cuando lo encontréis, avisadme, para que yo también vaya a adorarlo.
Con estas indicaciones del rey, los sabios se fueron. Y la estrella que habían visto salir iba delante de ellos, hasta que por fin se detuvo sobre el lugar donde se hallaba el niño. Al ver la estrella, los sabios se llenaron de alegría. Luego entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre. Y arrodillándose, lo adoraron. Abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra. Después, advertidos en sueños de que no volvieran a donde estaba Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

Epifania significa manifestación. Jesús se nos hace presente; pero para encontrarlo debemos seguir su luz, la estrella, como hicieron los tres sabios de oriente. Ellos representan a toda la humanidad. Jesús nace para salvarlos a todos. Jesús es de todos; no una propiedad privada de los que nos llamamos creyentes. 
Busquemos esa luz, esa estrella cada día. Ella nos llenará de Amor.

"Mateo explica, en la secuencia evangélica de la fiesta de la Epifanía, lo profetizado por Isaías: la salvación esperada por los judíos alcanza a todos los pueblos. Y Pablo lo afirma en la epístola a los Efesios: también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la misma promesa en Jesucristo. El Niño de Belén, al que acuden guiados por la estrella (magos, reyes o sabios) aquellos a los que la tradición conoce como Melchor, Gaspar y Baltasar, trae la salvación. Los magos representan a todo pueblo, lengua y nación que necesita ser salvado. Es la fiesta de la Epifanía, es decir, para católicos y ortodoxos la revelación de la presencia del Dios encarnado, es decir de Jesús, a toda la humanidad. Esto es lo que celebramos hoy con gran alegría.
Isaías habla de ofrendas de oro e incienso, Mateo añade mirra. Oro como a Rey, incienso como a Dios, mirra -la sustancia utilizada para ungir a los muertos-como a Hombre: el más hermoso de los hombres.
En el Credo que recitamos en la Misa, afirmamos que Jesus es Dios que tomo carne humana y se hizo uno de nosotros y que es verdaderamente Rey. ¿Lo creemos de verdad? Creer de verdad significa que esa fe que profesamos impregna y conforma nuestro pensar y nuestro modo de actuar. Una forma de ser que no anula nuestra condición humana sino que la transforma y la libera. Tener a Jesús por soberano es la fuente y el origen de la libertad más grande: ningún poder, por tiránico que sea, ningún mandato, ninguna circunstancia por adversa que sea tiene poder ante la soberanía de nuestro Rey.
Sucede que, a veces, en lugar de esa soberanía del Señor, ponemos nuestros caprichos, nuestro egoísmo, nuestras ridículas pretensiones por delante de Él. A Él la alabanza y la gloria. Ese Niño que se nos ha dado es nuestro Rey y Señor. Oro e incienso…
Y mirra, porque portentosamente Dios ha tomado carne y se ha hecho uno de nosotros. Y desde entonces y para siempre nuestra carne mortal está recreada y abierta a la esperanza de la salvación y la inmortalidad. Y desde entonces todo lo que hacemos “por uno de sus hermanos más pequeños” se lo hacemos a Él."
(Virginia Fernández, Ciudad Redonda)

domingo, 5 de enero de 2025

LA VIDA ES LA LUZ

 


En el principio ya existía la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.
Hubo un hombre llamado Juan, a quien Dios envió como testigo, para que diera testimonio de la luz y para que todos creyesen por medio de él. Juan no era la luz, sino uno enviado a dar testimonio de la luz. La luz verdadera que alumbra a toda la humanidad venía a este mundo.
Aquel que es la Palabra estaba en el mundo, y aunque Dios había hecho el mundo por medio de él, los que son del mundo no le reconocieron. Vino a su propio mundo, pero los suyos no le recibieron. Pero a quienes le recibieron y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios. Y son hijos de Dios, no por la naturaleza ni los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado.
Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros lleno de amor y de verdad. Y hemos visto su gloria, la gloria que como Hijo único recibió del Padre. Juan dio testimonio de él diciendo: “A este me refería yo cuando dije que el que viene después de mí es más importante que yo, porque existía antes que yo.”
De sus grandes riquezas, todos hemos recibido bendición tras bendición. Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero el amor y la verdad se han hecho realidad por medio de Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios y que vive en íntima comunión con el Padre, nos lo ha dado a conocer.

Él es la vida y la vida es la luz. Las tinieblas no existen; son simplemente falta de luz. Si nos quedamos en la oscuridad todo desaparece; pero no es cierto. Todo sigue estando ahí. Basta que vuelva la luz para que reparemos que todo está ahí, que siempre ha estado ahí. 
Jesús es la luz. Si estamos en la oscuridad, si no vemos el bien, es que nos falta la luz de Jesús.
Si queremos la vida y la luz de Dios, debemos acercarnos a Jesús; debemos dejar que entre en nuestro corazón. Entonces, todo cambiará.

" (...) Con la venida de Cristo al mundo, que es toda la Sabiduría de Dios en persona y hecha carne, la Sabiduría está plantada en medio de la Iglesia entendida como comunidad de creyentes y nuevo Israel. Y nosotros, como parte activa de ese Pueblo de Dios, también tenemos que aceptar esa sabiduría. «Antes de la creación» fuimos elegidos y pensados con amor. «Yo soy porque soy amado». Yo crezco porque no dejo de ser amado. Yo no moriré porque siempre seré amado. La riqueza de gloria que nos espera sólo podemos comprenderla desde el «espíritu de Sabiduría».
Para que no se nos olvide ser agradecidos, el apóstol Pablo nos recuerda que toda esta historia comienza con la elección de Dios. El himno de acción de gracias es básicamente una bendición del «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo» porque Él fue el primero en bendecirnos. Es decir, se da gracias porque nos dio su Gracia. Y su gracia o bendición consiste en elegirnos para «ser hijos adoptivos suyos» por medio de Jesucristo. Y esto lo hizo el Padre de acuerdo con su plan salvador concebido «antes de la creación del mundo». Este himno ayuda al creyente a comprenderse a sí mismo como agraciado, bendito, amado por el Padre desde siempre, con un amor que se manifiesta sobre todo al rescatarnos al precio de la sangre de Cristo.
Pero ¿qué quiere decir «ser hijos de Dios»? ¿Qué quiere decir «parti­cipar de la naturaleza divina del Hijo de Dios»? Tantas cosas… Pero singularmente esto:
Lo primero, participar en el conocimien­to que Jesús, el Hijo de Dios, tiene de Dios y de las cosas; participar en el amor que Jesús tiene a Dios, afirmar a Dios en nosotros, y parti­cipar en su amor, en su poder afirmativo de las cosas. En cierto modo, ver con los ojos de Jesús y amar con el corazón de Jesús. Pensemos un instante en los santos. Han vivido su condición de hijos de una forma particularmente intensa y purifica­da. Así es como tenemos parte en la gracia y en la verdad del Hijo único.
En segundo lugar, no habitar el mundo como huérfanos, vernos libres de un sentimiento de orfandad. Cuando participamos en el conocimiento y el amor de Jesús –y celebrar la Eucaristía nos ayuda a participar en ese conocimiento y amor- cuando no habitamos el mundo como huérfanos, cobra una calidad nueva el traba­jo de nues­tras manos, el pensamiento de nuestra inteligencia, el querer de nuestra vo­luntad, el amor de nuestro corazón, nuestra sensibilidad, nuestra forma de afrontar la muerte. Conocer y amar a Dios da profundidad y anclaje a nuestra vida. Como hijos de Dios podemos decirle en nuestras desventuras: «recoge mis lágrimas en tu odre, no olvides mi vida errante».
Comenzamos el 2025, y tenemos por delante 360 días para vivir, para intentar ser felices, para ser testimonios de la Luz y para compartir con los demás nuestras alegrías."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

El pasado jueves nos dejó, para ir a los brazos del Padre, la Hermana Regina Goberna, que cada domingo nos brindaba una presentación comentando el evangelio. Una oración por su eterno descanso.

sábado, 4 de enero de 2025

DÓNDE VIVE

 


Al día siguiente, Juan estaba allí otra vez con dos de sus seguidores. Cuando vio pasar a Jesús dijo:
– ¡Mirad, ese es el Cordero de Dios!
Los dos seguidores de Juan le oyeron decir esto y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les preguntó:
– ¿Qué estáis buscando?
Ellos dijeron:
– Maestro, ¿dónde vives?
Jesús les contestó:
– Venid a verlo.
Fueron, pues, y vieron dónde vivía; y pasaron con él el resto del día, porque ya eran como las cuatro de la tarde.
Uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro. Lo primero que hizo Andrés fue buscar a su hermano Simón. Le dijo:
– Hemos encontrado al Mesías (que significa: Cristo).
Luego Andrés llevó a Simón a donde estaba Jesús, y cuando Jesús le vio, dijo:
– Tú eres Simón, hijo de Juan, pero serás llamado Cefas (que significa: Pedro).

Juan nos señala a Jesús. Nosotros debemos seguirlo. Nos invita a ir con Él para ver dónde vive. Nos señala los Centros de Acogida, las barracas de los barrios humildes, la cama de los enfermos, las cárceles de los presos injustos...Nos señala el corazón de los demás. ¿Estamos dispuestos a seguirlo?

"La curiosidad puede tener distintos matices. Puede ser malsana, buscando donde está el “chisme”, el accidente o mal de alguien. Puede también que sea una motivación a encontrar el bien. Para un oído de fiel judío, escuchar “Este es el Cordero de Dios” podía suscitar no sólo curiosidad, sino una esperanza viva de salvación. El cordero pascual, el cordero cuya sangre en el dintel salva, el símbolo y realidad de la esperanza de todos los pueblos se anuncia. Cuando Juan identifica a Jesús como el Cordero de Dios, los dos discípulos se ponen en marcha. Sienten la llamada irresistible a seguir a quien ha sido proclamado como la salvación.
Lo escuchamos repetidamente en todas las Eucaristías: “tú, que quitas el pecado del mundo”.. “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”… “Este es el Cordero de Dios, dichosos los llamados”. Quizá a veces se diga rutinariamente, si reconocer el impacto enorme de esas palabras.
Juan dice que no lo conocía. Naturalmente que lo conocía, porque era primo suyo. Lo que no había reconocido era al Cordero de Dios.  El reconocimiento de esa salvación cambia la vida, llama al discipulado, marca para siempre. Por eso quienes escucharon esa llamada sabían exactamente el momento (las 4 de la tarde) en que había ocurrido. Por eso se pusieron en camino. No era simplemente curiosidad por ver de qué personaje estrafalario estaba hablando el estrafalario Juan. Era una esperanza que moviliza. ¿Qué buscáis?, les pregunta Jesús. ¿Tienen una mera curiosidad por saber dónde vive Jesús o están expresando el deseo intenso de estar siempre con Él? ¿Dónde vives? Puede querer decir quién eres, qué haces, cómo es tu mundo, cómo es tu Reino. Inmediatamente desean permanecer en ese Reino, porque han encontrado al Mesías. Venid y veréis, no es solo una invitación a curiosear; es más bien un desafío a vivir así, en el reino de justicia y verdad de Cristo. Es una llamada a cambiar la vida. Entrar en la casa de Jesús obliga y marca. Eran las cuatro de la tarde… ¿qué hora es para nosotros? ¿Dónde y cómo hemos encontrado dónde vive Cristo?"
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 3 de enero de 2025

JESÚS

 



Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Mirad, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo! A él me refería yo cuando dije: ‘Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo.’ Yo mismo no sabía quién era él, pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel le conozca.”
Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre él. Yo aún no sabía quién era él, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo.’ Yo ya le he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios.”

"El nombre de la persona, sobre todo en las culturas semíticas, tiene una gran importancia. Concede identidad y es el medio por el que se puede ser reconocido. Cuando éramos pequeños, a veces nuestras madres nos corregían si decíamos “ese” o “esa”… ¡Tiene un nombre! nos decían. Decir el nombre es concederle el respeto debido por ser criatura de Dios, hijo de Dios. En la Escritura, a quienes Dios llama muchas veces reciben un nombre nuevo: Abrán-Abraham; Simón-Pedro; Saulo-Pablo…  Al Hijo de Dios, al Dios con nosotros, se le da el “nombre que está sobre todo nombre”. Es decir, el más alto, el más excelso, el más digno de respeto y honor.
Lo curioso es que, según la primera lectura, ese nombre se le da precisamente a la persona que se vacía, que no se aferra a su condición ni a su honor, que se hace carne humana, que acepta los gozos y los dolores de los hombres, que se hace obediente hasta la muerte. Y ante ese nombre todo, absolutamente todo, en el cielo y en la tierra, ha de doblar la rodilla. Jesucristo, el ungido, el de naturaleza divina, es el que se abaja y se vacía.
Hay personas que se blasonan de sus apellidos ilustres. Y probablemente harán bien en estar orgullosos de su identidad familiar. Pero el verdadero blasón, la verdadera causa de orgullo es el ser hijos… y. a ejemplo de quien lleva el nombre sobre todo nombre, lo mejor que se puede hacer es no aferrarse a nada; caminar con otros en sus dolores y sus alegrías; obedecer (es decir, escuchar a Dios, ponerse debajo de Dios) por muy alto que sea el precio a pagar. Entonces recibiremos el nombre de hijos amados. Hijos en el Hijo cuyo nombre está sobre todo nombre. Una gloriosa identidad."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 2 de enero de 2025

CLAMAR EN EL DESIERTO

 


Los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a Juan, a preguntarle quién era. Y él confesó claramente:
– Yo no soy el Mesías.
Le volvieron a preguntar:
– ¿Quién eres, pues? ¿El profeta Elías?
Juan dijo:
– No lo soy.
Ellos insistieron:
– Entonces, ¿eres el profeta que había de venir?
Contestó:
– No.
Le dijeron:
– ¿Quién eres, pues? Tenemos que llevar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué puedes decirnos acerca de ti mismo?
Juan les contestó:
– Yo soy, como dijo el profeta Isaías,
‘Una voz que grita en el desierto:
¡Abrid un camino recto para el Señor!’
Los que habían sido enviados por los fariseos a hablar con Juan, le preguntaron:
– Pues si no eres el Mesías ni Elías ni el profeta, ¿por qué bautizas?
Juan les contestó:
– Yo bautizo con agua, pero entre vosotros hay uno que no conocéis: ese es el que viene después de mí. Yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias.
Todo esto sucedió en el lugar llamado Betania, al oriente del río Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Juan se autodefinía como una voz que clama en el desierto. Hoy, seguimos siendo desierto y no escuchamos las voces que claman justicia, paz, igualdad. No escuchamos el llanto de los niños que mueren o quedan en la miseria en Gaza. No escuchamos el grito de los ahogados en el mar buscando una vida mejor. No escuchamos las quejas de las familias que pierden sus casas por falta de recursos...Que en este año que viene de comenzar, se nos abran los oídos a todos.
 
"Puede resultar curioso que, después de escuchar repetidamente que somos hijos, con la enorme dignidad que eso conlleva, ahora nos unamos de corazón a Juan para decir, como decimos antes de todas las comuniones: “No soy digno”. Pero ambas cosas son verdad: por ser hijos de Dios, tenemos una enorme dignidad. Pero como el mérito no es nuestro, sino que todo es concedido, no somos dignos, o más bien no somo merecedores de nada.
Juan reconoce este hecho bien. El mayor de los profetas, el Precursor del Mesías solo se confiesa como “voz que grita en el desierto”. La voz del desierto que acabamos de escuchar en muchas de las primeras lecturas de las Eucaristías de Adviento. Esa es una voz valiosa y digna: anuncia la venida; proclama los cambios que hay que hacer para que la venida se realice según el plan de Dios (preparad los caminos; enderezad lo torcido…), denuncia el mal; consuela y desafía. El que no es digno de desatar la sandalia, recibe el enorme encargo de ser voz. Es decir, todos nosotros, que hemos sido adoptados por Dios, no somos merecedores siquiera de estar cerca, ni siquiera a la altura de su sandalia. Y sin embargo estamos llamados, estamos obligados a ser voz.
“Clamar en el desierto”, por razones de puntuación, se ha entendido algunas veces como predicar en vacío. Algo que pareciera inútil.  Pero quizá mejor transcrito se trate de:” Voz que clama: ´en el desierto, preparad el camino´”. Así, pasa de ser una ocupación inútil y desesperanzada a ser una tarea desafiante, pero esperanzadora: en el desierto de sentido y de valores en que vivimos; en el desierto de la ausencia de Dios de nuestra secularizada sociedad, preparad el camino. Preparar el camino significará entonces vivir de una manera que puede ser un poco “a contrapelo”; dar un testimonio de otra manera de vivir; mantener una verdad y unos valores contra las corrientes absurdas e injustas de nuestro mundo. No somos dignos; pero esta es nuestra gran dignidad. Los hijos de Dios vivimos (o debemos vivir) de otro modo. Incluso en el desierto."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 1 de enero de 2025

GUARDAR EN EL CORAZÓN

 


Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. María guardaba todo esto en su corazón, y lo tenía muy presente. Los pastores, por su parte, regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído, pues todo sucedió como se les había dicho.
A los ocho días circuncidaron al niño y le pusieron por nombre Jesús, el mismo nombre que el ángel había dicho a María antes de que estuviera encinta.

En este comienzo de año, deberíamos dedicar un tiempo de silencio y calma a mirar todo lo bueno que hemos recibido en el 2024. Dar gracias y guardarlo en el corazón. Como María, contemplar a Jesús, reconocer lo mucho que nos ama, las gracias que nos da y guardarlo en nuestro corazón. Esa luz nos ayudará a su vez a iluminar a los demás.

"En el mundo hispano, como lo era antes en la mayoría del mundo católico español y europeo, existe la costumbre de que los padres den la bendición a sus hijos antes de salir de casa, antes de emprender algún trabajo, o al final del día. Algunos esposos también se la dan mutuamente al empezar el día. Bendición es hablar bien, dar una buena palabra, invocar la protección de Dios sobre el día. Es pedir que el rostro de Dios, es decir, la gloria de Dios, brille sobre nosotros en toda la vida. Esa bendición acarrea la paz.
Es la misma bendición que envía el Espíritu de Dios sobre nosotros, de manera que somos hijos de Dios. Y si hijos, herederos de la gloria, de toda esa bendición de la luz del rostro de Dios. Los pastores marcharon anunciando el mensaje de gloria que habían oído.
Una consecuencia lógica es que, si somos hijos de Dios, somos también hijos de María, la que guarda todas estas cosas en su corazón, la que es puerta de la salvación, de la paz, y de la adopción como hijos. En tiempos antiguos, la adopción significaba un vínculo legal importantísimo, que podía suponer incluso la primacía en derechos del hijo adoptado. El ser hijos adoptivos nos da, pues, no solo derechos sino una vocación ineludible a anunciar al Padre y a comportarnos como hijos en el Hijo. El ser hijos obliga a ser hermanos, lo cual equivale a un compromiso de paz. Los hermanos andan en paz y buscan la paz.
Hoy celebramos la Jornada Mundial de la Paz y, si miramos alrededor, quizá veamos mucha más guerra que paz. Vemos violencia armada, violencia familiar, violencias incluso dentro de nosotros mismos. A nivel cotidiano, quizá veamos los muchos momentos en que las pequeñas irritaciones equivalen a tentaciones de violencia de pensamiento y de palabras. Pueden llevar a breves o largos enojos. Podrían, eventualmente, conducir a la ruptura. Ser hijos de Dios, hijos de María, la Madre de Dios, significa pedir su suave protección, su palabra, para hacer la paz tanto en momentos pequeños como grandes. Significa ser bendición unos para otros: pasar la buena palabra, la buena dicción de la gloria de Dios, que reconoce y alaba. Significa implorar la protección de Dios sobre todos."
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda