jueves, 7 de agosto de 2025

¿QUIÉN ES JESÚS PARA NOSOTROS?

  


Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo preguntó a sus discípulos:
– ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Ellos contestaron:
– Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que Jeremías o algún profeta.
– Y vosotros, ¿quién decís que soy? - les preguntó.
Simón Pedro le respondió:
– Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente.
Entonces Jesús le dijo:
– Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque ningún hombre te ha revelado esto, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra voy a edificar mi iglesia; y el poder de la muerte no la vencerá. Te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en este mundo, también quedará atado en el cielo; y lo que desates en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
Luego Jesús ordenó a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
A partir de entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, y que los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley le harían sufrir mucho. Les dijo que lo iban a matar, pero que al tercer día resucitaría. Entonces Pedro le llevó aparte y comenzó a reprenderle, diciendo:
– ¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Eso no te puede pasar!
Pero Jesús se volvió y dijo a Pedro:
– ¡Apártate de mí, Satanás, pues me pones en peligro de caer! ¡Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres!


¿Quién es Jesús para nosotros? No se trata de responder con respuestas teológicas. Ni siquiera del catecismo. Jesús nos pregunta quién es de verdad, en nuestro corazón, en nuestra vida. Y esto no se responde con palabras, sino cómo vivimos. Ser cristiano es seguir a Jesús. Es vivir como Jesús. ¿Nuestra vida es plenamente evangélica? Seguramente, como Pedro, nos daremos cuenta de que no acabamos de saber realmente quién es Jesús. 
 
"El orden las lecturas diarias y el orden las lecturas de las fiestas a veces que a veces la historia que narran los evangelios no vaya precisamente en orden. Hoy toca el relato de que lo que se ha dado en llamar la confesión de Cesarea de Filipo. Y ayer fue la fiesta de la Transfiguración. Pero en los evangelios el orden es precisamente el contrario: primero la confesión y luego la Transfiguración. Así que cambiemos el orden mental. No ha sucedido la Transfiguración y Jesús pregunta a sus discípulos “quién dice la gente que soy yo”. Como recibe una respuesta muy variada, les hace una pregunta mucho más directa: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
Hemos leído la respuesta de Pedro, siempre valiente, lanzado, animoso, un poco el jefecillo del grupo de los discípulos. Su respuesta no deja lugar a dudas. Está seguro de que estar con Jesús es estar en el buen camino. Jesús es el Mesías esperado.
Pero la verdad es que de esta lectura la mayor parte de las veces nos hemos terminado fijando en la segunda parte. La que demuestra que Pedro no había entendido bien lo que era ser el Mesías, sus consecuencias. Y la respuesta, un poco brusca, de Jesús.
Voy a romper una lanza por Pedro, y un poco también por todos nosotros. Es verdad que Pedro no había comprendido bien a Jesús. Posiblemente cuando dijo que Jesús era el Mesías no quería decir lo mismo que Jesús tenía claro que era su camino. Pero, ¿cómo le podemos pedir que entendiese bien lo que era Jesús? Nosotros mismos, años y siglos después, tampoco lo entendemos bien en nuestra vida –por mucho que hayamos estudiado muchos libros de teología y hayamos leído muchas veces los evangelios–. Lo mejor de esto que es que Jesús no rechazó a Pedro. Tuvo paciencia, infinita paciencia con él. La misma que tiene con nosotros. La misma que nosotros deberíamos tener con los que nos rodean."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 6 de agosto de 2025

JESÚS TRANSFIGURADO

 


Jesús subió a un monte a orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan. Mientras oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus ropas se volvieron muy blancas y brillantes. Y aparecieron dos hombres conversando con él: eran Moisés y Elías, que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la partida de Jesús de este mundo , que iba a tener lugar en Jerusalén. Aunque Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando aquellos hombres se separaban ya de Jesús, Pedro le dijo:
– Maestro, ¡qué bien que estemos aquí! Vamos a hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Pero Pedro no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los envolvió en sombra; y al verse dentro de la nube, tuvieron miedo. Entonces de la nube salió una voz que dijo: “Este es mi Hijo, mi elegido. Escuchadle.”
Después que calló la voz, vieron que Jesús estaba solo. Ellos guardaron esto en secreto, y por entonces no contaron a nadie lo que habían visto.

Jesús no se nos transfigura como a Pedro, Santiago y Juan. O eso creemos. En realidad nos faltan momentos de paz, de silencio, de "montaña", para poder meditar con profundidad. Esos momentos de oración en los que sentimos a Jesús más presente que nunca, son auténticas transfiguraciones. Es ahí donde tomamos fuerza para entregarnos de verdad en nuestra vida de cada día. Los apóstoles lo guardaron en secreto. Nosotros no debemos vanagloriarnos de nuestros momentos de meditación profunda. Pero sí transmitir a los demás, lo que hemos descubierto en esos momentos. Es allí donde encontraremos la fuerza para nuestra entrega.

"Esta historia de la Transfiguración, la fiesta que hoy celebramos, marca un punto importante en la relación entre Jesús y sus amigos más cercanos. Es un punto importante pero no definitivo, como se verá más adelante, cuando llegan los momentos más difíciles de verdad. Basta recordar que al momento de la pasión Pedro niega tres veces conocer a Jesús y los demás discípulos salen corriendo asustados y atemorizados.
Pero es un momento importante porque en la vida pública de Jesús ha habido muchos cambios. De aquella primavera de Galilea en que eran multitudes los que seguían a Jesús ya queda poco. Las multitudes se han quedado en unos pocos. Es la consecuencia del enfrentamiento de Jesús con las autoridades religiosas de su tiempo. Cunde el desánimo entre las filas de sus más allegados. Quizá piensan en sus adentros que no ha valido la pena dejar su vida ordinaria para seguir a Jesús. Quizás…
Precisamente en ese momento colocan los evangelistas esta historia de la Transfiguración. Con sus más amigos, con los más cercanos, Jesús hace un aparte. Se da un paseo hasta lo alto de una montaña. Allí tienen tiempo para charlar tranquilos. Desde lo alto de la montaña, las cosas se ven de otra manera. Surge la confidencia tranquila. Se abre el corazón con más facilidad. La comunicación es más sencilla. Escuchamos con más atención porque no hay ruido que distraiga. Se comprende mejor al otro. Ahí se les hizo más claro a Pedro, Santiago y Juan quién era Jesús. Y cuánto valía la pena seguir con él. Pasase lo que pasase luego. Lo que ven, lo que sienten, lo que experimentan, les ha llegado tan adentro que no les resulta fácil decírselo a los demás. Pero saben que tiene sentido haberlo dejado todo para irse con Jesús.
Quizá a nosotros nos haga falta también de vez en cuando un rato de subir a la montaña, de charlar con tranquilidad, de escuchar al Otro, de dejar que su Palabra nos llegue al corazón. Y luego volver al camino con fuerzas renovadas. Al menos, debemos ser conscientes de nuestra debilidad, por un tiempo."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 5 de agosto de 2025

NOS FALTA CONFIANZA

 

Después de esto, Jesús hizo subir a sus discípulos a la barca, para que llegasen antes que él a la otra orilla del lago, mientras él despedía a la gente. Cuando ya la hubo despedido, subió Jesús al monte para orar a solas, y al llegar la noche aún seguía allí él solo. Entre tanto, la barca se había alejado mucho de tierra firme y era azotada por las olas, porque tenía el viento en contra. De madrugada, Jesús fue hacia ellos andando sobre el agua. Los discípulos, al verle andar sobre el agua, se asustaron y gritaron llenos de miedo:
– ¡Es un fantasma!
Pero Jesús les habló, diciéndoles:
– ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Pedro le respondió:
–Señor, si eres tú, mándame ir a ti andando sobre el agua.
– Ven – dijo Jesús.
Bajó Pedro de la barca y comenzó a andar sobre el agua en dirección a Jesús, pero al notar la fuerza del viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, gritó:
– ¡Sálvame, Señor!
Al momento, Jesús le tomó de la mano y le dijo:
– ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
En cuanto subieron a la barca, se calmó el viento.
Entonces los que estaban en la barca se pusieron de rodillas delante de Jesús y dijeron:
– ¡Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios!
Atravesaron el lago y llegaron a tierra, en Genesaret. La gente del lugar reconoció a Jesús, y la noticia se extendió por toda aquella región. Le llevaban los enfermos y le rogaban que les dejara tocar siquiera el borde de su capa. Y todos los que la tocaban quedaban sanados.


Nuestra sociedad esta inmersa en una tempestad. Tenemos miedo. Unas veces creemos que Jesús duerme. Otras, como en el evangelio de hoy, no sabemos reconocerlo cuando se acerca andando sobre la tormenta. Él está sobre el mal y puede hacerlo desaparecer. Nos llama, para que también, dominemos el mal. Pero nos falta confianza, nos falta Fe. Él siempre nos dará la mano y nos salvará.

"La clave está en confiar. Cuando nos movemos con la desconfianza como clave de nuestra vida, todo se nos convierte en una amenaza, todo nos hace sentirnos inseguros. El miedo viene a ser el sentimiento más habitual. El otro es posible que nos tienda la mano para saludarnos pero siempre nos quedará la duda de si, al llegar a nosotros, no la cerrará para darnos un puñetazo. Sin confianza no hay vida ni desarrollo. Cuando nacemos somos totalmente vulnerables y confiamos instintivamente en nuestros padres. Pero cuando esa confianza se rompe y se transforma en desconfianza, es como si las nubes de una tormenta amenazasen continuamente nuestra existencia.
En la iglesia hablamos mucho de la fe en Dios. Pero se nos olvida que la confianza es la actitud radical que nos permite vivir. Nos fiamos de los que nos rodean, sobre todo de los más cercanos. Nos fiamos de la comida que nos dan. Nos fiamos del arquitecto que diseñó el edificio en que vivimos y de los obreros que los construyeron. Nos fiamos de que los otros coches van a respetar las normas de tráfico. Nos fiamos de que el dueño de la tienda nos vende realmente lo que nos ofrece y no nos está defraudando. Nos fiamos del amigo a quien le contamos una confidencia y creemos que no lo va a ir diciendo por ahí. Nos fiamos de que el que dice que nos quiere es que nos quiere de verdad. La fe no se dirige solo a Dios sino que es actitud básica de la vida humana. Casi podríamos decir que sin ella no hay vida posible.
Quizá no seamos capaces de salir de la barca como Pedro y andar unos pasos sobre las aguas. Pero nuestra vida también se construye sobre la fe y la confianza. Y sin ella, no hay posibilidad de vivir ni de experimentar el amor. El Reino se apoya en la confianza mutua y en la confianza en Dios. Porque solo sobre la confianza se puede construir la fraternidad. Eso no hará desaparecer las dudas, como las de Pedro, pero nos ayudará a seguir caminando. Porque nos fiamos de Dios."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 4 de agosto de 2025

DADLES VOSOTROS DE COMER


 
Cuando Jesús recibió aquella noticia, se fue de allí, él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente, al saberlo, salió de los pueblos para seguirle por tierra. Al bajar Jesús de la barca, viendo a la multitud, sintió compasión de ellos y sanó a los que estaban enfermos. Como se hacía de noche, los discípulos se acercaron a él y le dijeron:
Ya es tarde y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y se compren comida.
Jesús les contestó:
– No es necesario que vayan. Dadles vosotros de comer.
Respondieron:
– No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces.
Jesús les dijo:
– Traédmelos.
Mandó entonces a la multitud que se recostara sobre la hierba. Luego tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios, partió los panes, se los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastas con los trozos sobrantes. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.

Cada vez que, en la Comunidad, bendecimos la mesa antes de comer y el encargado de turno dice." ...y da pan a los que no tienen", resuena en mi interior el evangelio de hoy: "dadles vosotros de comer". ¿De verdad somos conscientes de que TODOS somos culpables del hambre en el mundo? Ante las imágenes que nos llegan de Gaza todos nos horrorizamos. Pero, ¿qué hacemos para solucionar el problema? La sociedad ataca a los inmigrantes que, en definitiva, lo que buscan es una vida mejor. Huyen muchos de ellos del hambre. 
Si nos consideramos discípulos de Jesús, debemos luchar para erradicar la pobreza del mundo. El apoyo de Jesús no nos faltará y recogeremos doce canastas con las sobras.

"Empatizar, curar, dar de comer, bendecir. Así podríamos resumir el texto evangélico de hoy. Si durante los días de la semana anterior, Jesús hablaba en parábolas y explicaba así lo que era el reino que anunciaba, si el evangelista traía a cuento el sábado pasado la historia de la muerte/asesinato de Juan el Bautista a manos de Herodes, que nos servía para entender mejor por contraste lo que es el reino, ahora Jesús hace vida lo que es el reino. Y lo podemos comprender en esos cuatro verbos o acciones.
Lo primero es empatizar. El texto dice que Jesús sintió lástima de los que se acercaban a él. Eso y no otra cosa es empatizar por mucho que en la actualidad eso de “sentir lástima” nos parezca oprobioso. Empatizar es ponerse en el lugar del otro para comprender lo que siente o piensa, lo que experimenta. Los ingleses dicen que es ponerse en los zapatos del otro. Jesús era capaz de empatizar con los que le rodeaban. Hacía suyos sus alegrías y sus dolores. Y actuaba en consecuencia.
Lo segundo es curar. Eso es cuidar, atender a la persona en sus necesidades. No basta solo con la empatía. Luego, en la medida de nuestras posibilidades y recursos, tenemos que hacer algo. Jesús curó a los enfermos. Quizá nosotros no podemos curar pero podemos escuchar, atender, echar una mano, ayudar…
Lo tercero es dar de comer. Alimentar es cuidar la vida porque el alimento es la necesidad básica que hay que cubrir para mantenerse en vida. En realidad, es otra consecuencia del primer verbo. El que empatiza y se hace consciente de las necesidades ajenas, descubre esa necesidad básica que es el dar de comer al que pasa hambre. Y en nuestro mundo to-davía hay mucha hambre.
Y la última acción es bendecir. Bendecir y no maldecir. Mucho menos condenar. Bendecir lo podemos hacer todos. No es exclusivo de los sacerdotes. Si bendijésemos más y maldijésemos menos, este mundo iría mejor. Y el reino estaría más presente entre nosotros."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 3 de agosto de 2025

TENER NO ES LOS MÁS IMPORTANTE

 


Uno de entre la gente dijo a Jesús:
– Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
Jesús le contestó:
– Amigo, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor?
También dijo:
– Guardaos de toda avaricia, porque la vida no depende del poseer muchas cosas.
Entonces les contó esta parábola: “Había un hombre rico, cuyas tierras dieron una gran cosecha. El rico se puso a pensar: ‘¿Qué haré? ¡No tengo donde guardar mi cosecha!’ Y se dijo: ‘Ya sé qué voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes en los que guardar toda mi cosecha y mis bienes. Luego me diré: Amigo, ya tienes muchos bienes guardados para muchos años; descansa, come, bebe y goza de la vida.’ Pero Dios le dijo: ‘Necio, vas a morir esta misma noche: ¿para quién será lo que tienes guardado?’ Eso le pasa al hombre que acumula riquezas para sí mismo, pero no es rico delante de Dios.”

Lo importante no es lo que tenemos, lo que acumulamos. Lo importante es lo que compartimos, lo que damos. Esto es lo que nos hace ricos ante Dios.

" (...) Es sabiduría y virtud no apegar el corazón a los bienes de este mundo, porque todo pasa, todo puede terminar bruscamente. Para los cristianos, el verdadero tesoro que debemos buscar sin cesar se halla en las «cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios». Nos lo recuerda hoy san Pablo en la carta a los Colosenses, añadiendo que nuestra vida «está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 1-3).
En el grupo de discípulos había muchos que seguían a Jesús, pero no lo comprendían. Estaban completamente envueltos en las preocupaciones cotidianas y veían al Maestro como un buen mediador para dirimir conflictos familiares. Su deseo no era aceptar la buena nueva sino alcanzar metas personales: conseguir algún beneficio para ellos o para los suyos, como si eso fuera el objetivo último de la vida.
Porque el deseo exagerado de tener cambia nuestros corazones y nuestras almas. De hecho, este hombre rico piensa sólo en sí mismo. En sus planes, no se acuerda de su familia, o de sus vecinos. Sólo le preocupa su propio bienestar. Y es la preocupación por los otros uno de los elementos para revisar cómo va nuestro seguimiento del Maestro. Cuanto más apego al dinero o a los bienes, más problemas para ser un buen discípulo. Debemos meditar muy en serio sobre nuestra posición respecto a las riquezas y a la codicia.
La solemnidad de la Transfiguración del Señor, que celebraremos el miércoles, nos invita a dirigir la mirada «a las alturas», al cielo. En la narración evangélica de la Transfiguración en el monte, se nos da un signo premonitorio, que nos permite vislumbrar de modo fugaz el reino de los santos, donde también nosotros, al final de nuestra existencia terrena, podremos ser partícipes de la gloria de Cristo, que será completa, total y definitiva. Entonces todo el universo quedará transfigurado y se cumplirá finalmente el designio divino de la salvación.
La parábola nos enfrenta con la muerte. Muchos están preparados para presentar cuentas perfectas (saber, tener, poder). Lo malo es que es necesario dar cuenta de la vida, no de aquello que uno ha amontonado. O sea, ¿Qué has hecho de tu vida? ¿En qué las has empleado? ¿Qué orientación le has dado? Jesús, en el fondo, acusa al rico de no haber sido previsor. No ha logrado pensar más allá de la “noche”. Agranda los graneros, pero no logra ampliar los horizontes, se deja aprisionar en el horizonte terrestre, que termina con acabarlo.
Cada uno debe ver si es un insensato, o, por el contrario, pone su afán en lo verdaderamente importante. Por esto, hoy se necesita con mayor urgencia proclamar las palabras de Jesús: “la vida no está en los bienes”. La vida tiene valor en sí misma. No importa tanto lo que tenemos, como lo que somos. ¿Podemos preguntarnos si nuestro trabajo nos dignifica como personas humanas o nos convierte en esclavos con sueldo? ¿Estudiamos para formarnos o para ganar dinero? ¿Caemos en la cuenta de los criterios que nos impone la sociedad?, ¿almacenamos cosas aquí, en la tierra, o en el cielo? Cada uno debe ver si es un insensato, o, por el contrario, pone su afán en lo verdaderamente importante. Porque al final de la vida, nos examinarán del amor. Y los depósitos bancarios y las tarjetas de crédito no cuentan. (...)."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 2 de agosto de 2025

EL PRECURSOR

  


Por aquel mismo tiempo, Herodes, que gobernaba en Galilea, oyó hablar de Jesús y dijo a los que tenía a su servicio:
– Ese es Juan el Bautista. Ha resucitado, y por eso tiene poderes milagrosos.
Es que Herodes había hecho apresar a Juan, y lo había encadenado en la cárcel. Fue a causa de Herodías, esposa de su hermano Filipo, pues Juan decía a Herodes:
– No puedes tenerla por mujer.
Herodes quería matar a Juan, pero temía a la gente, porque todos tenían a Juan por profeta. En el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías salió a bailar delante de los invitados, y le gustó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle cualquier cosa que le pidiera. Ella entonces, aconsejada por su madre, le dijo:
– Dame en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Esto entristeció al rey Herodes, pero como había hecho un juramento en presencia de sus invitados, mandó que se la dieran. Envió, pues, a que cortaran la cabeza a Juan en la cárcel. Luego la pusieron en una bandeja y se la dieron a la muchacha, y ella se la llevó a su madre.
Más tarde llegaron los seguidores de Juan, que tomaron el cuerpo y lo enterraron. Después fueron y dieron la noticia a Jesús.
(Mt 14,1-12)

La figura de Juan Bautista es la del precursor de Jesús. Juan entrega su vida por decir la Verdad, por anunciar la llegada del Salvador. Acaba ajusticiado por Herodes. Jesús nos anuncia al Padre, la Verdad, el camino de la Salvación y entrega su vida por nosotros, para que todo se cumpla. Siguiéndole a Él, es decir, entregándonos, lograremos que el Reino se haga presente ya en este mundo.

"Quizá nos podamos preguntar a qué viene esta historia de Juan el Bautista, Herodes y Herodías dentro de los Evangelios. A mí se me hace una clarísima forma de llevarnos a una mejor comprensión de lo que es el reino. Porque en la historia vemos precisamente la realidad más opuesta al reino que anuncia a Jesús que podamos imaginar.
Hay que ponerse un poco en situación. Herodes era un tirano. Como lo eran todos los reyes y gobernadores de naciones en aquel tiempo. Podía imponer su voluntad sin ningún límite. Esto de “sin ningún límite” es lo que pensamos. Pero en realidad no es verdad. Hasta el mayor tirano del mundo tiene límites. Su poder no es absoluto porque en su ejercicio del poder se apoya en muchas personas. Y tiene siempre miedo de que le dejen de respetar, de obedecer, de ser sumisos. En definitiva, tiene miedo de que le traicionen. El tirano se siente solo en su poder. Y en su soledad se siente amenazado. Hasta el más amigo y cercano se puede convertir en un traidor. Hasta su familia le puede obligar a hacer cosas que no quiere hacer. Y las hará porque es la condición para conservar el poder. O, dicho de otra manera, para sentirse seguro. En el caso de Herodes es claro que termina matando a Juan el Bautista por temor a su mujer y al qué dirán sus invitados.
El reino que anuncia Jesús es precisamente lo contrario. Se apoya en la fraternidad. En el reino los demás, los otros, no son una amenaza sino aquellos con los que compartimos la vida. No necesito buscar mi seguridad personal de una forma obsesiva sino que mi relación con los otros (y con Dios, por supuesto) se basa en la confianza, en el amor mutuo. El reino no genera muerte ni violencia sino lo contrario: vida, esperanza, fraternidad, justicia.
Herodes necesitaba la violencia para subsistir. Todos podían ser una amenaza para su poder. El resultado era destrucción y desolación. Jesús plantea el amor, el encuentro con los demás, la cooperación, la búsqueda juntos del camino, la ayuda mutua. El resultado es vida en plenitud. Contemplando a Herodes, entendemos mejor lo que es el reino de Dios."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 1 de agosto de 2025

PREJUICIOS



Y llegó a su propia tierra, donde comenzó a enseñar en la sinagoga del lugar. La gente, admirada, decía:
– ¿De dónde ha sacado este todo lo que sabe? ¿Cómo puede hacer tales milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? Y su madre, ¿no es María? ¿No son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas, y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros? ¿De dónde ha sacado todo esto?
Y no quisieron hacerle caso. Por eso, Jesús les dijo:
– En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa.
Y no hizo allí muchos milagros, porque aquella gente no creía en él.

Nos cuesta escuchar y aprender de los demás. ¿Qué puede enseñarnos este? Perdemos así muchas ocasiones de crecer. Debemos estar abiertos a todos. Y muchas veces, aquellos que despreciamos o consideramos adversarios, pueden enseñarnos muchas cosas. 
Los de su tierra se perdieron las enseñanzas y los signos de Jesús por sus prejuicios. No hagamos nosotros lo mismo.

"Muchas veces me maravilla, en mi mismo y en los demás –aunque tengo que reconocer que me resulta más fácil verlo en los demás que en mi mismo– la dificultad que tenemos para salir de los de siempre, de lo que estamos acostumbrados, de abrir los ojos ante la novedad. Esto pasaba en tiempos de Jesús, ha sucedido a lo largo de la historia, pasa actualmente y me temo que va a seguir pasando en el futuro. Quizá sea porque somos así, porque nos sentimos muy bien en casa y nos resulta siempre muy incómodo que nos saquen de nuestras casillas. O, como dicen los modernos, que nos saquen de nuestra “zona de confort”.
Pongámonos por un momento en los tiempos de Jesús. El pueblo judío estaba inquieto ya desde hacía tiempo con la llegada del Mesías. Se esperaba con ansiedad ese momento que, se decía, iba a suponer la liberación del pueblo del yugo de la opresión, que entonces era la dominación romana. Se esperaba algo nuevo, diferente. El Mesías iba a suponer un corte en la historia, un antes y un después. Todos estaban expectantes ante el que iba a venir, el Mesías prometido.
Pues bien, aparece Jesús. Empieza a predicar. Habla de una forma diferente. Se acerca a los que más sufren, a los oprimidos por el mal. Cura a los enfermos, expulsa a los demonios,  hace milagros. ¿Cuál es el resultado?
Pues ya lo vemos en el texto evangélico de hoy: el rechazo. Los que le escuchan no pueden aceptar que Jesús sea el Mesías. Simplemente porque conocen a sus padres y a su familia. ¿Qué les puede enseñar Jesús a ellos? Nada. No se cuestionan lo que piensan. No están abiertos a la novedad que representa. “Se negaban a creer en él”.
Decía un profesor mío que Dios nos sorprende siempre, que nos espera a la vuelta de la esquina siguiente, que nos saca de nuestras casillas, que no es como le esperamos. Conclusión: no hay que seguir al primero que se nos aparece pero por lo menos tenemos que aprender a escuchar y discernir y no rechazar sin pensar, que Dios nos habla de muchas maneras."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)