martes, 22 de abril de 2025

LA LLAMÓ POR SU NOMBRE

  


María se quedó fuera, junto al sepulcro, llorando. Y llorando como estaba, se agachó a mirar dentro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y el otro a los pies. Los ángeles le preguntaron:
– Mujer, ¿por qué lloras?
Ella les dijo:
– Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.
 Apenas dicho esto, volvió la cara y vio allí a Jesús, aunque no sabía que fuera él. Jesús le preguntó:
– Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
Ella, pensando que era el que cuidaba el huerto, le dijo:
– Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, para que yo vaya a buscarlo.
Jesús entonces le dijo:
– ¡María!
Ella se volvió y le respondió en hebreo:
– ¡Rabuni! (que quiere decir “Maestro”).
Jesús le dijo:
– Suéltame, porque todavía no he ido a reunirme con mi Padre. Pero ve y di a mis hermanos que voy a reunirme con el que es mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios.
Entonces fue María Magdalena y contó a los discípulos que había visto al Señor, y también lo que él le había dicho.

Para reconocer a Jesús, no sólo hay que girarse y mirarlo, sino escuchar que nos llama por nuestro nombre. Como Magdalena, Jesús está junto a nosotros en el niño, el pobre, el perseguido, el inmigrante...Lo miramos, pero no lo vemos. Para reconocerlo hay que escuchar en nuestro interior su voz que nos llama por nuestro nombre. Vemos al niño pesado, al pobre que pide y nos molesta, al perseguido que decimos, por algo será, al emigrante que queremos echarlo de nuestro país, olvidando que todos somos descendientes de emigrantes...Hasta que en nuestro interior, oímos que pronuncia nuestro nombre, nos dice que es Él y nos envía a anunciarlo a los demás. ¿Por qué, después de tantos años, seguimos sin reconocerlo?
 
"A veces me he preguntado si Dios ha hecho estudios no de marketing sino de anti-marketing. Porque realmente no se vende nada bien. Vamos por el segundo día de la octava de Pascua. Los evangelios de estos días nos ofrecen los relatos de las apariciones, es decir, de cómo Jesús se fue haciendo el encontradizo con su gente para devolverles la esperanza después de aquella semana terrible que había culminado con su muerte en la cruz. Pero no parece que este gran acontecimiento de la resurrección fuese bien planificado por Dios en el sentido de darlo a conocer, de que llegase a la mayor cantidad de gente posible. Más bien, lo contrario.
En el texto de hoy la protagonista es María Magdalena. Otra vez una mujer. Recordemos que el testimonio de una mujer no era válido en los tribunales de aquellos tiempos. En la práctica eso significaba que las opiniones de las mujeres no eran tenidas en cuenta. Así de sencillo. Ni en los tribunales ni fuera de los tribunales. Las mujeres eran consideradas como gente inferior. Pues Jesús se empeña en aparecerse a una mujer y precisamente a María Magdalena, que la tradición nos ha pintado siempre como una prostituta. ¿Qué valor podían tener sus palabras?
Además, parece que Jesús no es plenamente reconocible. María le confunde con el hortelano. Y María conocía bien a Jesús. Y le quería mucho como demuestran sus lágrimas. Menos mal que hay un momento de encuentro. Aquel “María” de Jesús hace que sus ojos se abran y le reconozca. Con los ojos y, más importante, con el corazón. No sólo eso. Le encarga que vaya a comunicar a sus otros discípulos que ha resucitado, que está vivo y que la relación con Dios, su Padre, su Abbá, no solo no se ha perdido con su condena y muerte en cruz sino que se ha reforzado.
¡Una mujer para comunicar mensaje tan importante! Realmente el marketing no es la especialidad de Dios. Pero también es verdad que nos habríamos perdido estos encuentros tú a tú con Jesús, capaces de transformar la vida de las personas. ¿Por qué no hacemos la prueba y dejamos que Jesús nos llame por nuestro nombre y que su voz nos llegue al corazón?"
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

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