martes, 14 de enero de 2025

ENSEÑABA CON AUTORIDAD

 


En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Jesús lo increpó:
«¡Cállate y sal de él!».
El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
«¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen».
Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Jesús enseñaba con autoridad, es decir, desde su experiencia, desde su unión con el Padre. Por eso el mal, representado por el endemoniado, no lo acepta. Nosotros, si queremos enseñar, debemos hacerlo siguiendo el ejemplo de Jesús. Que nuestras palabras salgan de nuestro corazón, que sean el refleja de nuestro tiempo de meditación y oración.

"El anuncio del reino urge a Jesús. No puede parar. Tiene que acercarse a la gente y hablarles de la buena nueva de la salvación. Desde la orilla del lago llega a Cafarnaúm y se dirige a la sinagoga. El sábado se reúnen allí los judíos para orar. Es el mejor lugar para hablar. Los que le escuchan quedan admirados porque “no enseñaba como los letrados sino con autoridad”. Pero en el evangelio no se habla de una autoridad que provenga de la forma de construir las frases, del articulado de las ideas o de las citas de autores anteriores y famosos que hubiesen explicado la ley. Es una autoridad que tiene efectos prácticos y concretos: es capaz de expulsar al espíritu inmundo que atormenta a un hombre.
Es difícil concretar que se entendería entonces por esa posesión de un espíritu inmundo. Si se entiende que ese mal espíritu atormentaba a la persona, le hacía imposible vivir en comunidad y comportarse con normalidad. Quizá hoy preferiríamos hablar de una enfermedad mental. En todo caso, el efecto es el mismo: aquel hombre vivía esclavizado, era un peligro para los demás. La palabra de Jesús, su autoridad, hace que el hombre quede liberado y el espíritu inmundo salga de él.
El anuncio de la buena nueva no es un mero eslogan publicitario. Tiene efectos concretos en la vida de las personas. Libera de todo lo que oprime y permite a las personas levantarse y tomar las riendas de su vida. La autoridad de Jesús va mucho más allá de la autoridad de los escribas. La autoridad de estos provenía de haber dedicado muchas horas al estudio de la ley. La autoridad de Jesús provenía de una relación especial e íntima con Dios, con su Abbá, su experiencia de Dios le había permitido conocerle más allá de cualquier cosa que pudieran decir los libros. Su autoridad, su palabra, llega hasta el fondo del corazón, nos libera y nos lleva a vivir una vida nueva. Por eso su fama llegó a toda Galilea y más allá. Por eso, sería bueno que día a día estemos atentos a lo que Jesús hace y dice. En él encontraremos libertad y esperanza."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 13 de enero de 2025

ÉL NOS LLAMA



Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
«Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
Jesús les dijo:
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres».
Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

"Terminado el tiempo de Navidad, comenzamos con la vida diaria. Terminaron las fiestas, las grandes celebraciones. Y comienza lo que en la liturgia de la Iglesia se llama el tiempo ordinario. Día a día la iglesia nos va proponiendo el Evangelio, la buena noticia. Éste se convierte en una especie de lluvia generosa que inunda, o debería inundar, todos los rincones de nuestra vida. No solo los domingos y las fiestas sino también los días de entre semana, las noches, las tardes, las mañanas aburridas…
Porque el centro del anuncio de Jesús está ahí y es lo más importante: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia”. El Reino de que habla Jesús es un nuevo mundo, una nueva forma de relacionarnos las personas, unos con otros, y con Dios, que ya no es el juez acosador y castigador sino el padre que quiere a sus hijos e hijas, que desea su vida y su bienestar.
Con este anuncio comenzamos la semana y tantas semanas que va a haber a lo largo del año. Se trata de creer que realmente hay algo nuevo entre nosotros, una nueva oportunidad, un nuevo comienzo. Se trata de asumir que, aún siendo lo que somos, Dios cree en nosotros y tenemos la posibilidad de empezar de nuevo. Ya sabemos cómo somos y lo que damos de sí, conocemos nuestras miserias, nuestras pequeñeces, nuestros egoísmos, nuestras miopías que tantas veces nos impiden ver más allá de nuestra nariz, nuestro ombligo, nuestros intereses. Y así y todo, Dios, el del Reino, está con nosotros y en Jesús nos abre un nuevo futuro, una nueva esperanza. Podemos cambiar, podemos mejorar, podemos hacer reino donde tantas veces hemos creado violencia y dolor.
No solo eso. Dios cuenta con nosotros para anunciar ese reino nuevo, esa nueva esperanza: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombre”. La llamada a aquellos pescadores para que dejaran todo y lo siguieran, resuena hoy en nuestros oídos. También nosotros nos debemos convertir en anunciadores del reino con nuestras palabras y nuestros actos, con el testimonio de nuestra vida."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 12 de enero de 2025

CON ESPÍRITU Y FUEGO

 


En aquel tiempo, el pueblo estaba expectante, y todos se preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les respondió dirigiéndose a todos:
«Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego».
Y sucedió que, cuando todo el pueblo era bautizado, también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma y vino una voz del cielo:
«Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco».

Él nos bautiza con agua y fuego. Agua que nos limpia. Fuego que nos da energía para seguirlo, para luchar por Él.

"Cada año tenemos un salto temporal en los relatos evangélicos. Del nacimiento de Jesús y la adoración de los Magos, a la presentación de Jesús, con treinta años aproximadamente, siendo bautizado por Juan el Bautista. ¿A qué se dedicó el Señor en esos años? Sólo nos queda la imaginación. Seguramente pasó tiempo preparándose para la tarea que le esperaba. Creciendo en sabiduría ante Dios y ante los hombres.
Y se dedicó a participar en la vida litúrgica de su pueblo. En la sinagoga oraba y se empapaba del espíritu de Dios. Eso le permitió conocer mejor a su Padre. Para ello, tenía los mismos medios de los que disponemos nosotros hoy. A su alcance estaba la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios que le narraba la historia de un pueblo que se sentía elegido y salvado por ese Dios Yahvé, que siempre le había acompañado y protegido. Los Profetas le mostraron cómo Dios se había ido revelando a los hombres, los Jueces le permitieron entender cómo había que ser fiel al Señor en todo momento, etc. En la escuela de la Palabra aprendió a escuchar lo que Dios iba revelando, y a guardarlo en el corazón. Y, quizá, le surgió la pregunta: “¿qué tendré que hacer Yo?”
Al mismo tiempo, iba formándose como persona. Veía la naturaleza que tenía a su alrededor, cómo iba creciendo el trigo – a veces junto a otras malas hierbas – las nubes del cielo, cómo los pastores se ocupaban de los rebaños, alejando a los lobos si era necesario, las viñas y los viñadores, los pescadores en el lago, remendando sus redes, el árbol de la mostaza, y todas estas cosas le hablaban de Dios. Todo lo usó después para hablar de forma comprensible, a veces en parábolas, acerca del Reino.
Y, sobre todo, observaba a los hombres. Que, seguramente, tenían las mismas dudas y preguntas que podemos tener hoy. Incertidumbre ante el futuro, cansancio ante el exceso de normas y preceptos religiosos… Muchos marginados, por motivos rituales (leprosos, ciegos, enfermos…) o sociales (pastores, extranjeros, viudas, niños…) Su compasión ante el sufrimiento comenzó a crecer en ese corazón que se iba llenando cada vez más de Dios. ¿Qué hacer para aliviar estos problemas?
En esas debía de andar Jesús, cuando oyó acerca de un profeta contemporáneo que, además, era su primo. Hablaba de convertirse, de cambiar de actitud. De hacer las cosas de otra manera. Juan el Bautista había congregado a su alrededor a muchos de esos descontentos, que querían cambiar de vida. Y allá se fue Jesús, a ponerse en la cola de bautizandos, para acabar de descubrir qué quería su Padre de Él.
Y se produjo una nueva epifanía. Las palabras del profeta Isaías se hacen vida en Jesús. “Tú eres mi Hijo amado, el predilecto”. Comienza una nueva fase en la vida de Jesús. Sabiendo que su Padre está con Él, que le protege, empieza a hablar del Reino de Dios, que tiene como prioridad a los más débiles, a los pequeños. Lo hace confiando siempre. Por eso pasa tanto tiempo rezando, en la soledad de la noche, para superar sus dudas, para tomar las decisiones importantes, y aclarar qué quiere Dios de Él.
Sintiéndose querido, comienza a hablar del amor de Dios al hombre, a todo hombre, extendiendo la bendición de Dios, la curación de los enfermos, el perdón de los pecadores, la mano tendida a todos. Por eso la vida entera de Jesús es una total entrega al Reino. Porque es una tarea muy grande, que exige completa dedicación.
Y, desde luego, no es una empresa sencilla. A pesar de hablar de amor y perdón, existirá mucho rechazo, mucho sufrimiento hasta llegar a la muerte, y muerte de cruz. Por eso Dios Padre, en el Bautismo, le da su Espíritu. Eso le permite sentir la fuerza, el amor, la luz del mismo Dios. Así puede descubrir la voluntad divina, siempre desde el servicio, la humildad, la defensa de la justicia y el derecho. Actitudes a imitar.
Y lo que Cristo llevaba en el corazón, nos lo enseñó a todos. Porque nos reveló que el Padre refrenda las mismas palabras con cada uno de los que quieren ser sus discípulos. Cada vez que alguien se bautiza, esas palabras, “tú eres mi hijo amado, en quien me complazco”, se repiten. El Padre nos ofrece lo mismo, nos pide lo mismo, cuenta con nosotros para lo mismo. Hoy estamos celebrando que tú eres hijo, que eres amado por el Padre, y que necesita que tú seas su nuevo Jesús, y que te colma de Espíritu Santo para que puedas con todo, y que ahí tienes al mismo Jesús como referencia para tu vida: el Hijo que supo cumplir su voluntad.
Con Jesús, se ha cerrado definitivamente la época en que Dios ha sido pensado como un monarca severo, justiciero, intransigente. Él nos ha revelado el verdadero rostro de Dios, el Dios que sólo salva. Con su vida, ha proyectado también una luz reveladora sobre las imágenes portentosas usadas por el Bautista y los profetas, dándonos la clave de su lectura. Era verdad lo que éstos habían afirmado: Dios habría enviado su fuego sobre la tierra, pero no para destruir a sus hijos (aunque fueran malvados) sino para quemar, hacer desaparecer del corazón de cada uno toda forma de maldad.
Es cuestión de creérselo, de fiarse y de ponerse en marcha. El sacramento del Bautismo no es una ceremonia más o menos conmovedora y bonita, sino una declaración de intenciones entre el Padre y sus hijos. Y hoy la Palabra de Dios nos lanza una pregunta directísima: ¿Quieres ser mi hijo amado, como lo fue Jesús? Mucha gente está esperando al Mesías, preguntándose dónde está. ¿Qué vas a hacer?"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 11 de enero de 2025

ÉL PUEDE LIMPIARNOS

  


Un día estaba Jesús en un pueblo donde había un hombre enfermo de lepra. Al ver a Jesús se inclinó hasta el suelo y le rogó:
– Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. Jesús lo tocó con la mano, diciendo:
– Quiero. ¡Queda limpio!
Al momento se le quitó la lepra al enfermo, y Jesús le ordenó:
– No lo digas a nadie. Solamente ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que todos sepan que ya estás limpio de tu enfermedad.
Sin embargo, la fama de Jesús se extendía cada vez más, y mucha gente se juntaba para oírle y para que sanase sus enfermedades. Pero Jesús se retiraba a orar a lugares apartados.

Nos dice el evangelio que Jesús tocó al leproso. Esto en Israel era muy grave. El leproso era alguien al que se le apartaba totalmente de la sociedad y con el que no se podía tener ningún contacto. Jesús lo toca con la mano antes de curarlo. Toca lo intocable. Jesús se acerca a todo el mundo llevando la curación. 
La primera lección que debemos sacar de este texto, es que, sean cuales sean nuestros pecados, Jesús siempre se acercará a nosotros para limpiarnos de ellos. Su misericordia es infinita.
La segunda es, que no debemos despreciar, aislar, aquellas personas que creemos "impuras". Primero, porque no somos nadie para juzgar a los demás. Segundo porque sólo Jesús sabe lo que verdaderamente hay en el interior de esta persona. Y tercero, porque quizá la forma de acercarse Jesús a ellos, es a través nuestro. El nos mando amar a todos, amigos y enemigos, buenos y malos. Quizá ese amor limpie al otro.


viernes, 10 de enero de 2025

ESCUCHAR

 


En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él.
Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.» Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.

Hoy vemos a Jesús hablando en una sinagoga y mostrándose como anunciador de la Palabra a los pobres, liberador de los cautivos y devolviendo la vista a los ciegos. Tres cosas que debemos intentar sus seguidores. Estar junto a los pobres, luchar por la libertad y ayudando a todos a ver.
Para ello debemos escuchar su Palabra y ponerla en práctica.

"La antífona de entrada de la Misa de hoy dice: En las tinieblas brilla como una luz: el Señor que es justo, clemente y compasivo. Y el evangelio de Lucas cuenta la primera intervención pública de Jesús en la sinagoga de Nazaret, anunciando su misión como ungido y  la llamada a la conversión.
El mismo pasaje que inspira el tercer misterio luminoso del Rosario. Hace veinte años, San Juan Pablo II publicó la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, añadiendo cinco Misterios Luminosos a los 15 que se meditaban en el rezo del rosario. Los Misterios Luminosos se refieren a la vida pública de Cristo, y son el Bautismo en el Jordán; su automanifestación en las bodas de Caná; su anuncio del Reino de Dios, con la llamada a la conversión; la Transfiguración; y la institución de la Eucaristía.
En el tercer misterio pues, se contempla el pasaje de Lucas que cuenta la intervención de Jesús como lector en la sinagoga de Nazaret. El primer anuncio. En esa famosa serie The Chosen, la secuencia resalta el hecho de que Jesús intencionadamente escoge el rollo con los versículos del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, la vista a los ciegos, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad para proclamar un año de gracia del Señor”. Es el primer anuncio de luz. “Hoy -dijo Jesús despúes de la lectura- se ha cumplido lo prometido y esperado”.
Luz para los pobres, para los que sufren, para los cautivos, los prisioneros, los ciegos… es decir para todos nosotros, para toda la humanidad. En algún sentido ¿quién no es pobre, herido, cautivo o prisionero? O ¿quién no necesita liberación?, ¿quién no desea la salvación? ¿quién no es ciego de algún modo? Ciertamente alguno (y ese con seguridad es el más pobre y desdichado) puede creer que no necesita salvación, ni luz, ni a Dios. Por eso, además de dar gracias y pedir la luz de Cristo para que sane y limpie nuestra dureza de corazón, es bueno y misericordioso anunciar el Evangelio, la buena noticia que es el mismo Jesús y pedir por la conversión de los que aún no la conocen o se han cerrado a su luz."
(Virginia Fernández, Ciudad redonda)O

jueves, 9 de enero de 2025

SOY YO

 


Después de esto, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca, para que llegaran antes que él a la otra orilla del lago, a Betsaida, mientras él despedía a la gente. Y cuando la hubo despedido, se fue al monte a orar. Al llegar la noche, la barca ya estaba en medio del lago. Jesús, que se había quedado solo en tierra, vio que remaban con dificultad porque tenían el viento en contra. De madrugada fue Jesús hacia ellos andando sobre el agua, pero hizo como si quisiera pasar de largo. Ellos, al verle andar sobre el agua, pensaron que era un fantasma y gritaron, porque todos le vieron y se asustaron. Pero él les habló en seguida, diciéndoles:
– ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
Subió a la barca y se calmó el viento. Ellos se quedaron muy asombrados, porque no habían entendido el milagro de los panes y aún tenían la mente embotada.

Vivimos en la oscuridad y la tormenta, pero lo que nos asusta es verlo a Él que se nos acerca. No sabemos reconocerlo. No sabemos ver los milagros que hace. Nos faltan esos momentos de retiro, de silencio, para mirar en nuestro interior y reconocerlo.

"“Ánimo, ánimo hijas mías; acuérdense que no da Dios a ninguno más trabajos que los que puede sufrir y que está su majestad con los atribulados”. Estas palabras escritas por Santa Teresa pueden ilustrar el texto de Marcos que corresponde a la liturgia de la palabra de hoy. Un pasaje que es bueno recordar especialmente cuando estamos cansados de remar con el viento en contra y tenemos miedo.
Un pasaje que se me antoja algo humorístico. Cuenta Marcos que Jesús, después de haber saciado a cinco mil -lo que parece un trabajo bastante agotador- ordenó a los discípulos que subieran a la barca y remaran hasta Betsaida donde se runiría con ellos después de despedir a la gente. Luego, al parecer, Jesús buscó un poco de soledad para orar. Llegó antes que ellos y, compadecido al verlos bregar salió a su encuentro… Cosa que los asustó más que el oleaje porque lo hizo ¡caminando sobre las aguas! Como si no se hubieran quedado bastante estupefactos cuando Jesús les dijo que dieran de comer a aquella multitud. Se acabó el susto al oir unas pocas palabras capaces de borrar cualquier temor, algo maravilloso: “Ánimo soy yo”. Y subiendo a la barca hizo que el viento amainara.
Cuando sentimos cansancio y miedo ante los sufrimientos y penalidades de la vida es muy bueno recordar las palabras del Señor: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. San Marcos concluye diciendo que los discípulos no salían del estupor porque tenían la mente embotada desde lo vivido en la multiplicación de los panes.
Es preciso salir del embotamiento, traer a la memoria el prodigio que es nuestra vida y como Dios nos ha acompañado en todos los momentos. Cuántas veces nos ha sacado de los abismos existenciales y cuantas veces, con fervor o en sequedad, hemos visto que el mar se calmaba, cesaba el sufrimiento, lo que parecía un dolor sin paliativos se transformaba en paz, caían los obstáculos o crecía nuestra capacidad de aguante. Hay que confiar en su palabra, el Señor está con nosotros con tempestad o en bonanza. Él es, Él está."
(Virginia Fernández, Ciudad Redonda)

miércoles, 8 de enero de 2025

DADLES VOSOTROS



Al bajar Jesús de la barca vio la multitud, y sintió compasión de ellos porque estaban como ovejas que no tienen pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. Por la tarde, sus discípulos se le acercaron y le dijeron:
– Ya es tarde, y este es un lugar solitario. Despide a la gente, para que vayan a los campos y las aldeas de alrededor y se compren algo de comer.
Pero Jesús les contestó:
– Dadles vosotros de comer.
Respondieron:
– ¿Quieres que vayamos a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?
Jesús les dijo:
– ¿Cuántos panes tenéis? Id a verlo.
Cuando lo averiguaron, le dijeron:
– Cinco panes y dos peces.
Mandó que la gente se recostara en grupos sobre la hierba verde, y se hicieron grupos de cien y de cincuenta. Luego Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos peces y, mirando al cielo, dio gracias a Dios, partió los panes y se los dio a sus discípulos para que los repartieran entre la gente. Repartió también entre todos los dos peces. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y todavía llenaron doce canastas con los trozos sobrantes de pan y pescado. Los que comieron de aquellos panes fueron cinco mil hombres.

Los apóstoles, como nosotros, se dan cuenta de las necesidades de los otros, no tienen comida. Pero, como nosotros, no hacen nada. Jesús se lo dice con claridad: dadles vosotros de comer. Responden que se necesita mucho dinero. Lo mismo decimos nosotros cuando vemos el hambre en el mundo, los miles de emigrantes que nos llegan en pateras. Jesús nos demuestra que con lo poco que tenemos podemos alimentarlos a todos. Él no nos pide milagros. Los milagros los hace Él. Nos pide que demos lo que tenemos y Él hará el resto. Pero nosotros seguimos dando excusas o mirando hacia otro lado.