sábado, 15 de febrero de 2025

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Un día en que de nuevo se había juntado mucha gente y no tenían nada que comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
– Siento compasión de esta gente, porque ya hace tres días que están aquí conmigo y no tienen nada que comer. Y si los envío en ayunas a sus casas pueden desfallecer por el camino, porque algunos han venido de lejos.
Sus discípulos le contestaron:
– ¿Pero cómo se les puede dar de comer en un lugar como este, donde no vive nadie?
Jesús les preguntó:
– ¿Cuántos panes tenéis?
– Siete – dijeron ellos.
Mandó entonces que la gente se sentara en el suelo, tomó en sus manos los siete panes y, habiendo dado gracias a Dios, los partió, los dio a sus discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús dio gracias a Dios por ellos, y también mandó repartirlos. Todos comieron hasta quedar satisfechos, y llenaron todavía siete canastas con los trozos sobrantes. Los que comieron eran cerca de cuatro mil. Después de esto, Jesús los despidió, subió a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Jesús no quiere que nadie pase necesidad. Por eso comparte los siete panes que tenían con la multitud. La enseñanza es, que por poco que tengamos, por pequeño que sea nuestro compartir, saciará a muchos.

"Leía el otro día que aproximadamente un tercio de la humanidad tiene a día de hoy problemas para mantener un nivel básico de nutrición. Es decir, se mueven justo en el límite. Cada día es una lucha por conseguir el pan o el arroz necesarios para mantenerse. Cada día sienten la inseguridad de lo que puede suceder mañana. Una parte de este tercio es que realmente no llega al mínimo y experimenta la desnutrición con todas sus consecuencias para la salud.
Frente a ese tercio está el otro tercio que lo que tienen (me atrevería a decir “tenemos”, aunque no estoy ni mucho menos seguro de que todos los lectores estén en este grupo) son problemas de exceso de alimentación. En este grupo la comida se ha convertido en un arte. Pero, como contrapartida, proliferan los problemas de obesidad, diabetes, colesterol y otros que son provocados por una ingesta excesiva. Para más inri, en esa parte del mundo donde vive este tercio se despilfarran y tiran a la basura cantidades enormes de alimentos.
Parece mentira que después de tantos años y de una producción de alimentos que bastaría y sobraría para alimentar adecuadamente a toda la humanidad, todavía estemos así. Incapaces de distribuir lo que tenemos para que llegue a todos.
Jesús, en el evangelio de hoy, da de comer a mucha gente. No quiere que nadie desfallezca. No preparan una comida especial. No es un banquete. Simplemente toman lo que tienen y lo comparten. Hasta sobró, como siempre que se comparte la comida.
Dar de comer sigue siendo el mejor signo del reino. No es casualidad que el rito fundamental de los cristianos sea la eucaristía, que no es más que una comida convertida en sacramento. Dios mismo se hace alimento para todos. Por eso, en realidad, siempre que compartimos la mesa, que damos de comer, celebramos de algún modo la eucaristía, alimentamos e incrementamos la vida, damos esperanza. La comida en común nos habla del reino, de fraternidad, de justicia. Pero nuestras eucaristías no serán reales del todo hasta que todos, sin excepción, se puedan sentar a la mesa."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 14 de febrero de 2025

SER PORTADORES DE PAZ

 

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y, si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios.»

El otro día veíamos a Jesús enviando a los apóstoles. Hoy envía a setenta y dos discípulos. Es decir, nos envía a todos. De dos en dos, porque el cristianismo se vive en comunidad. Siendo portadores de paz, aunque vayamos entre lobos, y libres de impedimentos materiales, que nos atan a la tierra y nos impiden entregarnos. Y nos envía a anunciar la cercanía del Reino. Un Reino que ya debemos conseguir en esta tierra. El Reinos de la Paz y el Amor.

"Los cristianos debemos ser portadores de paz. Eso es lo primero que dice Jesús a los discípulos. La segunda instrucción es que deben curar a los enfermos. Y la tercera, ¡solo la tercera!, anunciar la cercanía del reino de Dios.
Jesús no es un ingenuo, que se crea que todo el monte es orégano y que la vida es siempre fácil y primaveral. Es consciente de que manda a sus discípulos como “corderos en medio de lobos”. Todos sabemos lo que les pasa a los corderos que se pierden en una manada de lobos. Terminan despellejados, muertos de forma violenta y abandonados. Pero aún así les pide que salgan a los caminos sin siquiera ningún tipo de equipaje ni reservas.
No hay que llevar “talega, ni alforja, ni sandalias”.
Lo que propone Jesús es todo un programa o estilo de vida para sus discípulos. No lo entendieron mucho. La prueba está en que el mismo Pedro termina sacando la espada en el momento en que van a apresar a Jesús en el huerto de Getsemaní (Jn 18,10-11). Y basta con mirar a la historia de la iglesia católica (y a la historia de las demás iglesias cristianas) para ver que hemos seguido sacando la espada, hemos hecho guerras, hemos matado en nombre de la fe. Siendo realistas y honestos, no hemos sido precisamente hombres y mujeres de paz a lo largo de la historia.
Pero como dice el proverbio “nunca es tarde si la dicha es buena”. Estamos a tiempo de asumir en nuestras vidas estas instrucciones básicas que da Jesús a sus discípulos y convertirnos en hombres y mujeres de paz. Algo hemos adelantado cuando parte de nuestros ejércitos están cumpliendo misiones de paz en diversas partes del mundo bajo el mandato de Naciones Unidas.
Pero no basta con eso. Tenemos que ser hombres y mujeres de paz en nuestro mundo cercano. En nuestras familias, con nuestros amigos y conocidos, en el trabajo. Cuando hablamos de política y de los políticos. A veces me maravillo de las palabras de violencia que pronuncian hermanos nuestros que son de “misa diaria”. Palabras de paz. Gestos de paz. Paciencia de paz. Siempre. Aunque vengan los lobos y nos amanecen."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 13 de febrero de 2025

DIOS NO EXCLUYE A NADIE




De allí pasó Jesús a la región de Tiro. Entró en una casa sin querer que se supiera, pero no pudo ocultarlo. Pronto supo de él la madre de una muchacha que tenía un espíritu impuro; y fue y se arrodilló a los pies de Jesús. Era una mujer extranjera, de nacionalidad sirofenicia. Fue, pues, y rogó a Jesús que expulsara de su hija al demonio; pero Jesús le dijo:
– Deja que los hijos coman primero, porque no está bien quitar el pan a los hijos y dárselo a los perros.
– Sí, Señor – respondió ella –, pero hasta los perros comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos.
Jesús le dijo:
– Bien has hablado. Puedes irte: el demonio ya ha salido de tu hija.
Cuando la mujer llegó a su casa encontró a la niña en la cama; el demonio ya había salido de ella.

Para los judíos el Mesías venía únicamente a salvarles a ellos. Jesús responde siguiendo esta tradición. Pero, el ve la Fe de aquella mujer y le cura a su hija. En otros lugares del Evangelio vemos curaciones a extranjeros. Porque Jesús viene a salvarnos a todos. Ciertamente nace en un Pueblo y actúa principalmente en él. Pero también envía a sus discípulos a ir por todo el mundo a anunciar al Buena Nueva.
 
"La tendencia a excluir a los otros, a los que son diferentes da la impresión de que ha estado presente siempre en el corazón de las personas. La diferencia se termina viendo como amenaza a nuestra forma de vivir. El que habla diferente, el que tiene unas costumbres diferentes, el que es de otra religión, el que es de otra raza o color, el que… y podríamos seguir estableciendo las muchas diferencias que hay entre las personas.
Las fronteras marcan muchas veces esos territorios en los que nos sentimos seguros. Más allá está lo desconocido. Ellos, los otros, son la causa de nuestros males: del desempleo, de la criminalidad, de la crisis económica, de que no funcionen las cosas en mi país. Para ser sinceros, muchas veces los políticos excitan estos temores para ocultar los propios fallos y hasta para unir al pueblo. Entienden que no hay nada mejor que tener un enemigo común.
Pero el evangelio es para todos, sin excepción, sin fronteras. No puede ser de otra manera porque el amor de Dios o es universal o no es amor ni es nada. El Evangelio de hoy muestra cómo al mismo Jesús le costó un poco salir de sus fronteras, de su mundo judío. Aquella mujer era pagana, era de otro pueblo, de otra tierra. No era judía. Pero el sufrimiento, el dolor, la enfermedad es la misma a todos los lados de las fronteras. Y Jesús no podía permanecer ajeno a ese dolor, aunque hablase otra lengua o fuese de otro pueblo. Y no permaneció ajeno.
Hoy que vivimos un momento en que se pretenden acentuar las fronteras y las diferencias, los cristianos teníamos que ser ejemplos de manos abiertas, de capacidad de acoger al diferente y compartir con él lo que tenemos. Frente a los que criminalizan y excluyen a los diferentes, a los inmigrantes en especial, nosotros deberíamos hacer de nuestras iglesias y comunidades lugares de acogida fraternal, sin pensar en diferencias de religiones, de ideologías, de razas, de nada. Sólo así daremos testimonio del amor de Dios que siempre para todos, que no excluye a nadie, que abraza a todos."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 12 de febrero de 2025

DESDE EL CORAZÓN

  


Luego Jesús llamó a la gente y dijo:
– Escuchadme todos y entended: Nada de lo que entra de fuera puede hacer impuro al hombre. Lo que sale del corazón del hombre es lo que le hace impuro. 
Cuando Jesús dejó a la gente y entró en casa, sus discípulos le preguntaron sobre esta enseñanza. Él les dijo:
– ¿Así que vosotros tampoco lo entendéis? ¿No comprendéis que ninguna cosa que entra de fuera puede hacer impuro al hombre? Porque no entra en el corazón, sino en el vientre, y después sale del cuerpo.
Con esto quiso decir que todos los alimentos son puros, y añadió:
– Lo que sale del hombre, eso sí le hace impuro. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los asesinatos, los adulterios, la codicia, las maldades, el engaño, los vicios, la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de juicio. Todas estas cosas malas salen de dentro y hacen impuro al hombre.

Al igual que en el texto de ayer, Jesús sigue quitando importancia a las normas, a las prácticas externas...El bien y el mal residen en el corazón. De ahí sale la verdadera impureza. Jesús enumera el verdadero mal que sale siempre del corazón; pero del corazón también sale el verdadero bien. Es desde el corazón que debemos amar a Dios. Es allí donde Él habita.

"Todas las religiones conocidas han lidiado con este tema de la pureza/impureza. Es normal. Desde nuestro punto de vista humano y limitado, Dios es el todopoderoso, ser superior a todos lo imaginable, el santísimo y el puro. Es puro porque en él no tiene nada de presencia de cualquier cosa que sea mala o sucia.
Como consecuencia lógica, para acercarse a él es condición necesaria la pureza. El hombre se tiene que despojar, liberar, de todo lo que pueda ser impuro o sucio, de todo lo que sea pecado en cualquiera de sus formas. Porque la presencia de Dios aborrece lo impuro. Cualquier cosa que sea impura o sucia repele a Dios, no se puede acercar ni mezclar con la divinidad. La impureza y Dios son como el agua y el aceite no se pueden mezclar.
A partir de ahí, todas las religiones se han esforzado por determinar y clasificar todo lo que puede hacer impura a la persona. Han terminado haciendo siempre listas larguísimas de pecados y de cosas que hacen impuros a hombres y mujeres. Y, paso necesario siguiente, han establecido las formas y rituales como la persona puede recuperar la pureza. Así estamos y así funciona muchas veces nuestra mente.
Pero la realidad es que en Jesús toda esta forma de pensar pierde su sentido. Jesús, Dios con nosotros, se acerca a los impuros, a los pecadores, se mezcla con ellos. Deja claro que él ha venido a salvar a los pecadores. Más aún, se hace impuro él mismo, al menos según lo que eran las normas judías de la pureza. Desde el momento en que nace en un pesebre, en que es adorado por los pastores, gentes impuras por excelencia, en que se mezcla con los pecadores y come con ellos. En Jesús Dios se acerca a los impuros y les tiende una mano salvadora, hecha de amor gratuito e incondicional.
Y deja claro que más allá de todas las reglas rituales de la pureza, puros inventos humanos, lo que hace impuras a las personas es el mal que tantas veces sale de su corazón. ¿Quién es puro desde este punto de vista? Nadie. Por eso, él ha venido a salvarnos, a sanarnos, a reconciliarnos, a darnos una nueva oportunidad a todos. Sin excluir a nadie. Porque todos somos impuros."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 11 de febrero de 2025

HONRAR A DIOS CON EL CORAZÓN

 


Se acercaron los fariseos a Jesús, junto con unos maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén. Y al ver que algunos discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin haber cumplido con el rito de lavárselas, los criticaron. (Porque los fariseos – y todos los judíos – siguen la tradición de sus antepasados de no comer sin antes lavarse cuidadosamente las manos. Y al volver del mercado, no comen sin antes cumplir con el rito de lavarse. Y aún tienen otras muchas costumbres, como lavar los vasos, los jarros, las vasijas de metal y las camas.) Por eso, los fariseos y los maestros de la ley preguntaron a Jesús:
– ¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de nuestros antepasados? ¿Por qué comen con las manos impuras?
Jesús les contestó:
– Bien habló el profeta Isaías de lo hipócritas que sois, cuando escribió:
‘Este pueblo me honra de labios afuera,
pero su corazón está lejos de mí.
De nada sirve que me rinda culto,
pues sus enseñanzas son mandatos de hombres.’
Porque vosotros os apartáis del mandato de Dios para seguir las tradiciones de los hombres.
También les dijo:
– Vosotros, para mantener vuestras propias tradiciones, pasáis por alto el mandato de Dios. Pues Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’ y ‘El que maldiga a su padre o a su madre, será condenado a muerte.’ Pero vosotros afirmáis que un hombre puede decirle a su padre o a su madre: ‘No puedo socorrerte, porque todo lo que tengo es corbán’ (es decir, “ofrecido a Dios”); y también afirmáis que ese hombre ya no está obligado a socorrer a su padre o a su madre. De esa manera invalidáis el mandato de Dios con tradiciones que os trasmitís unos a otros. Y hacéis otras muchas cosas parecidas.

No hemos cambiado mucho. seguimos dando más importancia a las normas, los cánones, los detalles, que a lo esencial. Jesús sólo nos dio dos mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y añadió que ambos son uno solo. Pero nosotros hacemos pasar las normas por delante del Amor. Cumplir sin poner el corazón, sin amar, es hacerlo solamente con los labios. Es un cumplimiento vacío y a Dios hay que honrarlo con el corazón.

"Debe ser un problema de perspectiva. Incluso me atrevería a decir que de agudeza visual. La capacidad que tienen algunas personas de confundir lo fundamental con lo accesorio. Voy a poner un ejemplo extremo. Conocí a una persona que iba de parroquia en parroquia para oír misa y, de paso, denunciar al obispo de su diócesis cada vez que el sacerdote celebrante pronunciaba mal una palabra u omitía alguna parte mínima de la plegaria eucarística o del prefacio. Ni se le pasaba a esta persona valorar si en la parroquia había una comunidad cristiana viva, si los que participaban en la misa participaban de verdad o apenas estaba como estatuas de sal, etc. Todo eso parece que no tenía ninguna importancia frente a esas omisiones mínimas o a si había dos o tres velas en el altar o si… Este puede ser un caso extremo, es verdad. Pero he conocido a personas para las que comulgar en la mano o en la boca es la diferencia entre ser cristiano o ser un blasfemo.
Hay que apostar por centrarnos en lo que es verdaderamente importante más allá del cumplimiento de las normas. Porque las normas se puede cumplir pero a veces sin que haya nada de vida detrás. Y todo se queda en un puro “cumplo y miento”. En un cumplimiento externo que no significa nada ni implica a la persona.
Seguir a Jesús, ser cristiano, es mucho más que cumplir las normas del código de derecho canónico o las de la liturgia o las de los mandamientos de la iglesia. Es una cuestión de relación personal con Jesús, de vivir el amor fraterno, que es lo que caracteriza al Reino, que es lo que verdaderamente nos acerca a Dios, nos hace como Dios.
A los que se fijan solo en las normas, Jesús les llama con toda claridad hipócritas y les recuerda lo que dijo el profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13). Que no caigamos nosotros en la hipocresía ni nos engañemos a nosotros mismos pensando que cumplimos las normas y que eso ya es suficiente. Sólo en el amor nos encontraremos con Dios."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 10 de febrero de 2025

DEJARSE TOCAR Y TOCAR A JESÚS

 


Atravesaron el lago y llegaron a la tierra de Genesaret, donde amarraron la barca a la orilla. Tan pronto como bajaron de la barca, la gente reconoció a Jesús. Recorrieron toda aquella región, y comenzaron a llevar enfermos en camillas a donde sabían que estaba Jesús. Y dondequiera que él entraba, ya fueran aldeas, pueblos o campos, ponían a los enfermos en las plazas y le rogaban que les dejara tocar siquiera el borde de su capa. Y todos los que la tocaban quedaban sanados.

Cuando leí los discursos de los dirigentes de extrema derecha, hablando de defender a la Europa cristiana, después de descargar odio contra los inmigrantes, me entró un escalofrío. ¿Qué entienden por cristianismo? Jesús no distinguió entre clases sociales. Si alguna preferencia tenía, eran los pobres. Es más, igualó amar a Dios y amar a los demás, a todos. A lo que nos dice Fernando Torres después, yo añadiría algo esencial: tocar a los pobres, a los enfermos, a los perseguidos, a los inmigrantes...es tocar a Jesús. Debemos dejarnos tocar por Jesús y tocar a Jesús.

"Me ha tocado muchas veces atender a personas en Caritas. Los que llegan a Caritas vienen solicitando ayuda, están en situación de necesidad. No pueden pagar el alquiler o la factura de electricidad, no les llega para comer lo necesario o para pagar las medicinas o para que los niños vayan decentemente vestidos al colegio. Son muchas las necesidades y pocos los recursos. Hay muchas personas, familias enteras a veces, a las que llegar a fin de mes supone una dificultad que se va repitiendo precisamente cada mes. Es como si viviesen en una eterna carrera de obstáculos pero sin llegar nunca a la meta.
Por eso en cuanto ven una mano abierta, alguien que les puede ayudar, van a ella. Porque sus necesidades son urgentes. Y si les ponen condiciones, van a decir a todo que sí. Y si en el proceso de conseguir ayuda, se ven obligados a mentir, pues van a mentir. Porque lo que está en juego es la supervivencia. Me atrevería a decir que los pobres tienen derecho a mentir para conseguir ayuda.
Jesús, con su predicación, son su cercanía a los más pobres y necesitados, con sus curaciones, provocó un efecto parecido. Los pobres y enfermos de aquellos pueblos descubrieron en él una fuente de esperanza, la posibilidad de salir adelante, de librarse de algún dolor, de solucionar el hambre cuasi-permanente en que vivía tanta gente en aquellos tiempos (y también en los nuestros, aunque nos parezca imposible desde el punto de vista de los ambientes en que nos movemos habitualmente).
Como siempre, los puristas nos dirán que aquellas gentes no se acercaban a Jesús con la mejor de las motivaciones, que apenas buscaban satisfacer su interés: liberarse de la punzada permanente del hombre o del dolor de su enfermedad. Y es verdad. Pero los pobres son así. Tienen derecho a eso precisamente en virtud de su pobreza. Jesús lo entendió perfectamente y por eso estuvo siempre tan cerca de ellos, sin exigirles ni recitar el credo ni la pureza ortodoxa ni siquiera la rectitud moral. Y lo mismo deberíamos hacer nosotros si queremos seguir a Jesús."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 9 de febrero de 2025

CONFIAR EN JESÚS

 

En una ocasión se encontraba Jesús a orillas del lago de Genesaret, y se sentía apretujado por la multitud que quería oir el mensaje de Dios. Vio Jesús dos barcas en la playa. Estaban vacías, porque los pescadores habían bajado de ellas a lavar sus redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la alejara un poco de la orilla. Luego se sentó en la barca y comenzó a enseñar a la gente. Cuando terminó de hablar dijo a Simón:
– Lleva la barca lago adentro, y echad allí vuestras redes, para pescar.
Simón le contestó:
– Maestro, hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada; pero, puesto que tú lo mandas, echaré las redes.
Cuando lo hicieron, recogieron tal cantidad de peces que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, para que fueran a ayudarlos. Ellos fueron, y llenaron tanto las dos barcas que les faltaba poco para hundirse. Al ver esto, Simón Pedro se puso de rodillas delante de Jesús y le dijo:
– ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!
Porque Simón y todos los demás estaban asustados por aquella gran pesca que habían hecho. También lo estaban Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón:
– No tengas miedo. Desde ahora vas a pescar hombres.
Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y se fueron con Jesús.

Pedro, aunque la lógica le dice que no pescarán nada, confía en Jesús y tira las redes. El resultado es impresionante. Si nosotros confiáramos de verdad en Jesús...Las situaciones pueden parecernos difíciles, complicadas, inútiles..., pero debemos confiar en Él. Porque es Él quien hace fructificar, no nosotros.

"(...) Jesús que, en el Evangelio, sale de Nazaret, donde había estado en la sinagoga, y vuelve al lago de Genesaret. Está buscando, nos damos cuenta, compañeros de camino para su misión, con Él al principio, y luego, por supuesto, continuar con este proyecto cuando ya no esté físicamente presente en este mundo.
Antes de llamar a los que consideró adecuados, no puede evitar predicar a aquellos que están en la orilla del lago. Porque su misión le pedía permanentemente hablar de su Padre, a tiempo y a destiempo. Como hoy, cuando Jesús se acerca a nosotros, mientras estamos en las cosas de cada día, en la vida cotidiana, allá donde nos encontremos.
Es curioso ver cómo Cristo se dirige a Pedro y a sus compañeros. Dicen los que entienden de esto que, para lograr una buena pesca, hay que salir de noche. Si no habían recogido nada, podemos suponer que no estarían de muy buen humor. Y encima un carpintero se acerca a decirles lo que tienen que hacer. Podría Pedro haberle dicho eso de “zapatero, a tus zapatos”, o mejor, “carpintero, a tus muebles”. Pero algo vería en Cristo, le habría escuchado hablando a la gente, y ya empezaría a sentir que en ese hombre había algo especial. Así que le hace caso. Y mereció la pena.
La reacción de Pedro ante la pesca milagrosa no deja lugar a dudas. Simón reconoce que no es digno de estar cerca de Aquél que puede realizar ese milagro. Como el profeta de la primera lectura. Ahora ya no hay un ángel que purifique, es el mismo Jesús el que le dice “No temas”. El encuentro con Cristo ha cambiado su vida y, desde ese momento, será pescador de hombres. Junto con su hermano Andrés, con Santiago y con Juan. Comienza a formarse el grupo de los Discípulos, que irán con Cristo a todas partes, para hacer lo que Él hacía y continuar con su obra.
Es bonito saber que siempre hay una cita de cada uno de nosotros con Dios. No todos nos hemos llevado el susto, o hemos tenido la suerte de disfrutar de una manifestación tan clara de Dios. Pero también somos capaces, en la sencillez de la oración, en el recogimiento de la plegaria, de encontrarnos con Dios. ¡Qué hermoso es pensar que a la hora que yo quiera tengo audiencia con Dios! Que en cualquier momento que yo quiera recogerme en oración, Dios me está esperando y me está escuchando. Esto también nos lo quieren revelar estas lecturas, que todo hombre tiene esa revelación íntima de Dios en su propio corazón.
A veces, podemos pensar como Isaías, como Pablo, como Pedro: – “¡Señor soy un pecador!” No importa. Dios no se complace en humillarnos por nuestros pecados, sino que Dios sabe que el hombre por sí no puede pretender la amistad con Él, ni mucho menos la colaboración con su obra. Y entonces despierta este sentimiento de humildad para llamarlo el mismo Dios: – “No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.”
Y si piensas que no puedes predicar el Evangelio, porque no es para todos, sí puedes hacer alguna otra cosa. Pedro puso su barca a disposición del Maestro; tú quizá puedas poner tus dones, tu coche, tu tiempo, como signo de que quieres vivir de otra manera, olvidándote de ti mismo, interesándote por los demás, ayudando a los necesitados, no solo materialmente. Porque la fe en Jesús significa escuchar su voz, y no las voces que, a tu alrededor, te invitan a centrarte sólo en ti mismo, a ser egoísta, a no mirar más allá de tus muros.
Se trata de demostrar qué o quién rige tu vida, la sabiduría del mundo o la sabiduría del Evangelio. No se trata de cambiar de vida radicalmente, como hicieron los Discípulos – a no ser que seas un asesino a sueldo, o un atracador de bancos, entonces sí – sino de vivir para una misión, la misión de Jesús. Desde luego, da vértigo. Pero, repito, tenemos las palabras de la Escritura. “No temas” –le dice a Isaías– tú que te sientes con labios impuros, se te purifican, y se te perdona todo. Y a Pablo también, siempre reconociéndose pecador, lo ha hecho el gran colaborador de su obra. Y a cada de uno de nosotros, a ti, también. “Rema mar adentro”. Intenta vivir así, solamente por amor, pensando en dar alegría y vida a todos nuestros hermanos. Como Jesús."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)