miércoles, 20 de diciembre de 2023

DECIR SIEMPRE SÍ

  


A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a visitar a una joven virgen llamada María que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró donde ella estaba, y le dijo:
– ¡Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo.
Cuando vio al ángel, se sorprendió de sus palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo:
– María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo: y Dios el Señor lo hará rey, como a su antepasado David, y reinará por siempre en la nación de Israel. Su reinado no tendrá fin.
María preguntó al ángel:
– ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?
El ángel le contestó:
– El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.
Entonces María dijo:
– Soy la esclava del Señor. ¡Que Dios haga conmigo como me has dicho!
Con esto, el ángel se fue.


María dice SÍ. Nosotros también debemos decir sí a todo lo que nos pide el Señor. Se trata de estar dispuestos; de estar abiertos a su voluntad.

"En este día nos vuelve a tocar el evangelio de la anunciación, como en el día de la Inmaculada; por eso me permito la licencia de comentar otro, el del camino hacia Belén, que casi lo podemos rozar con los dedos. Perdón si a alguien le causa perjuicio…
Iban los dos, y otro más también en camino, pero este en el sendero acuático de un vientre. José preocupado por María. Pensando que los poderosos de la tierra tienen la triste manía de contar a las personas, de convertirlas en números que pagan impuestos, que van a sus guerras… José pensaba todo eso entre dientes y también, sobre todo por la urgencia, en dónde se iban a hospedar su amada a punto de dar a luz y él.
María, soñadora, esbozaba una sonrisa al sentir en sus entrañas cómo Jesús se movía. Disfrutaba, también, recordando el día en el que en su casa se coló un ángel. Un ángel con la sonrisa en los labios (como los ángeles góticos y las “Marías” góticas), en los labios de Dios que no pueden hacer otra cosa que sonreír, para eso es Dios y forma parte de su esencia más propia. Volvieron a pasar por sus labios, los de ella, saboreándolas, las palabras del enviado. No sabía muy bien si soñadas, pero sí vividas, intensamente guardadas en su corazón como tantas otras que iban a venir, algunas como puñales y otras como susurros.
Recuerda María aquellas palabras suaves y, a la vez firmes: “No tengas miedo, María” que recorrieron todo su cuerpo y que la hicieron vibrar con una paz que nunca había sentido. Con una paz muy parecida a la de un gloria suave, también con aleteos, que unirán ya para siempre a los seres humanos de buena voluntad con el Dios de los amores concretos.
María sonríe, como el ángel, en el camino hacia Belén y todo su ser se pone a temblar otra vez, como a cualquier otra mujer que siente la vida bullendo dentro de su vientre. Ella sabe que su hijo es especial, como todos los hijos para sus madres. Un hijo que es un milagro que no es de ella (como todos los hijos, aunque sus madres no lo quieran pensar, no lo quieran aceptar).
Pero ella también sabe que, ese hijo de sombra de Espíritu, un día va a recorrer los caminos y va a llevar la paz y la sonrisa de Dios. Sabe que ese hijo no le pertenece, como no le pertenece a ninguna madre, y eso le duele. Los seres humanos no lo van a entender, porque un amor entregado, como el de sus entrañas, no se puede aceptar; porque es la Luz, la suavidad y la ternura desarmada del cielo y la tierra nueva.
José sigue preocupado y María sigue soñadora. Recordando las palabras de la sonrisa de Dios: “No tengas miedo, María”. Ella se sumerge en esa sonrisa y la paz la cubre con su sombra. El niño se mueve otra vez en sus entrañas, sonriendo. De camino a Belén."
(Miguel Tombilla cmf, Ciudad Redonda)

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