sábado, 9 de marzo de 2024

NOS AMA A PESAR DE TODO

 

Jesús contó esta otra parábola para algunos que se consideraban a sí mismos justos y despreciaban a los demás: Dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.’ A cierta distancia, el cobrador de impuestos ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!’ Os digo que este cobrador de impuestos volvió a su casa perdonado por Dios; pero no el fariseo. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido.

Muchas veces actuamos como el fariseo. Estamos orgullosos de lo mucho que rezamos, del ayuno y abstinencia que hacemos en Cuaresma y creemos que Dios tiene que amarnos por eso. No acabamos de entender de que el amor de Dios es gratuito, no lo conseguimos nosotros con nuestro esfuerzo. Olvidamos al Dios que busca a la oveja perdida, al Padre Bueno que espera cada día el regreso del hijo pecador. Olvidamos que todos somos pecadores. Y, a pesar de esto, Él nos ama, como al publicano.

"Dicen que no hay más sordo que el que no quiere oír. Lo mismo se puede aplicar al enfermo que no se quiere curar o, dicho más sencillamente, que no quiere reconocer que está enfermo. Tuve un tío mío que le operaron del pulmón y luego le empezaron a dar quimioterapia y radioterapia. Pues el decía que tenía apenas una pequeña manchita en el pulmón de cuando la guerra, que no tenía nada. Que lo de la quimio y la radio era solo por si acaso. Era un poco ridículo oírle porque en aquella época ya sabía todo el mundo lo que aquellos tratamientos significaban.
Tengo la impresión de que al fariseo de la parábola le pasaba algo parecido. Él se presentaba ante Dios por pura generosidad no porque le hiciese falta en absoluto. Él ya cumplía con todas las normas, hacía todas las oraciones. Y para colmo ni robaba ni mataba. Se sentí ajusto ante Dios. La salvación no era regalo gratuito de Dios sino algo que se había ganado con su buen hacer, con su cumplimiento de la ley.
Por eso miraba con desprecio al publicano. Imagino que se diría a sí mismo el fariseo algo así como “Dios mío, ¿pero como permites que ése entre en el templo cuando todo el mundo sabe que es un pecador, sinvergüenza y muchas cosas más, que ni reza sus oraciones ni ayuna cuando está mandado? El fariseo se sentía bien. Se sentía con la suficiente altura como para tratar con confianza a Dios. No como un hijo que habla con su padre sino más bien en tú a tú de amiguetes.
Lo que no sabía el fariseo es que Dios lo miraba más bien con pena. Lo miraba con el amor con que un padre mira a un hijo tonto y malo que ni siquiera se da cuenta de su descarrío. Lo miraba tratando de atraerle, de invitarle a tomar el buen camino, pero sintiendo que el otro se veía a sí mismo tan bueno y ejemplar, que todo su esfuerzo de Padre era inútil.
Es nuestro tiempo para presentarnos al Señor no con la imagen, a veces fabulosa y fabulada, que nos hemos creado de nosotros mismos, sino asumiendo nuestra realidad y abriendo el corazón con humildad para que su amor nos cure y nos habilite para volver a intentarlo, que no es otra cosa lo que el Padre quiere para nosotros."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

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