lunes, 30 de enero de 2017

DESTRUIR EL MAL


"Llegaron a la otra orilla del lago, a la tierra de Gerasa. En cuanto Jesús bajó de la barca se le acercó un hombre que tenía un espíritu impuro. Este hombre había salido de entre las tumbas, porque vivía en ellas. Nadie podía sujetarlo ni siquiera con cadenas. Pues aunque muchas veces lo habían atado de pies y manos con cadenas, siempre las había hecho pedazos, sin que nadie le pudiera dominar. Andaba de día y de noche entre las tumbas y por los cerros, gritando y golpeándose con piedras. Pero cuando vio de lejos a Jesús, echó a correr y, poniéndose de rodillas delante de él, le dijo a gritos:
– ¡No te metas conmigo, Jesús, Hijo del Dios altísimo! ¡Te ruego, por Dios, que no me atormentes!
Hablaba así porque Jesús le había dicho:
– ¡Espíritu impuro, deja a ese hombre!
Jesús le preguntó:
– ¿Cómo te llamas?
Él contestó:
– Me llamo Legión, porque somos muchos.
Y rogaba mucho a Jesús que no enviara los espíritus fuera de aquella región. Y como cerca de allí, junto al monte, se hallaba paciendo una gran piara de cerdos, los espíritus le rogaron:
– Mándanos a los cerdos y déjanos entrar en ellos.
Jesús les dio permiso, y los espíritus impuros salieron del hombre y entraron en los cerdos. Estos, que eran unos dos mil, echaron a correr pendiente abajo hasta el lago, y se ahogaron.
Los que cuidaban de los cerdos salieron huyendo, y contaron en el pueblo y por los campos lo sucedido. La gente acudió a ver lo que había pasado. Y cuando llegaron a donde estaba Jesús, vieron sentado, vestido y en su cabal juicio al endemoniado que había tenido la legión de espíritus. La gente estaba asustada, y los que habían visto lo sucedido con el endemoniado y con los cerdos, se lo contaron a los demás. Entonces comenzaron a rogar a Jesús que se fuera de aquellos lugares.
Al volver Jesús a la barca, el hombre que había estado endemoniado le rogó que le dejara ir con él. Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo:
– Vete a tu casa, con tus parientes, y cuéntales todo lo que te ha hecho el Señor y cómo ha tenido compasión de ti.
El hombre se fue y comenzó a contar por los pueblos de Decápolis lo que Jesús había hecho por él. Y todos se quedaban admirados."

Jesús vuelve a ir a la otra orilla. Pasar a la otra orilla significa ir hacia los desconocido, lo que nonos es familiar. Allí encuentra a un endemoniado que vive entre las tumbas de un cementerio. Un endemoniado es aquel que está poseído por el mal. Este, además, está rodeado de muerte. No es vida, sino muerte. No es luz sino tinieblas.
El mal no quiere abandonarlo. Jesús lo manda a su origen, a la piara de cerdos. Los habitantes de aquel lugar, en vez de alegrarse porque Jesús les ha librado del mal, ven que han perdido los cerdos, han perdido dinero y piden a Jesús que se marche.
En nuestra sociedad ocurre lo mismo con el mal. Nos resistimos a eliminar la prostitución, las drogas, la venta de armas...porque mueven mucho dinero. Los poderosos son los que se benefician de esos tráficos y no quieren que desaparezcan.
Jesús no quiere que aquel hombre liberado de los males se vaya con Él. Lo constituye apóstol en su ambiente. Le dice que regrese con los suyos y que predique a todos lo que Jesús ha hecho con él. Si queremos que la sociedad cambie, debemos quedarnos en las periferias, hablar con valentía allí donde se encuentra el mal. Si no nos implicamos, nada cambiará. 

3 comentarios:

  1. Gracies Joan Josep, pero de vegades la mateixa por fa que no es manifesti l´esperit cristiá.Una abraçada

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