domingo, 31 de marzo de 2024

ÉL ESTÁ CON NOSOTROS


 El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

"¡Ha resucitado el Señor! Es para lo que nos hemos estado preparando durante toda la Cuaresma.  Para esto hemos acompañado a Jesús en la Última Cena, en la Cruz y en el sepulcro. Es el final de un camino, y el comienzo de otro, nuevo, lleno de esperanza.
A lo largo de este tiempo, seguramente ha habido momentos buenos y malos. Como siempre en la vida. Incluso ahora, sabiendo el final, nos puede ocurrir lo que le sucedió a María Magdalena y a las mujeres. Cuando estábamos más a gusto con Jesús, se nos muere. Parece el final del camino. Pero sólo lo parece. No lo es. Perdemos la esperanza, la ilusión, porque únicamente vemos la tumba vacía. Y en las tumbas, generalmente, huele mal.
El peso de la losa también abate la certeza de que somos buenos, de que merecemos la pena. La piedra nos aplasta la autoestima. Nos dan ganas de llorar, porque hemos sido cobardes, porque nos hemos dejado quitar al Señor, por no haber vivido cada momento, por haber perdido el tiempo y no haber disfrutado más de la amistad con el Señor. Nos preguntamos, como las mujeres, “¿quién nos quitará la losa del sepulcro?”, ¿quién nos resolverá los problemas?
Pues la celebración de hoy nos recuerda que no tenemos nada que hacer en el sepulcro, que no hay que llorar más, porque todo es nuevo. Los hechos que recuerda Pedro en la primera lectura no fueron meras imaginaciones. Ocurrieron de verdad. Y la resurrección confirmó esas palabras y esos hechos de Jesús. Ya no queda espacio para la pena, porque Dios nos sonríe, por medio de Cristo, el Resucitado. Al final, todo se coloca en su lugar. La tristeza del Viernes Santo se torna en alegría. Lo que parecía imposible, lo que se vivía como un fracaso, se convierte en una victoria impensable para el hombre, pero posible para Dios.
Y hoy también se nos recuerda que renace la esperanza, porque Cristo nos la ha devuelto. Todo puede volver a empezar. Y mejorar. Puedes creerlo, porque todos los signos se han cumplido, ya nunca más estarás solo, porque el Señor va contigo, te acompaña y te sostiene, te recuerda que tienes otra oportunidad, y que nada te puede detener. Ni siquiera la muerte.
Es el momento de dar gracias a Dios, porque el pecado es lo único que ha quedado muerto y bien enterrado. Cristo tomó todos los pecados del mundo sobre sus hombros, y con ellos murió. Al volver a la vida, los dejó allí abajo, en el sepulcro. El Padre nos ha perdonado, perdónate tú también. Y perdona a los que te han ofendido. Sé un instrumento de la paz y el perdón de Dios.
Vivimos tiempos difíciles. Es fácil sentir miedo, sobre todo cuando vemos cómo el terrorismo golpea donde menos nos lo esperamos, o las guerras no acaban. Y la enfermedad nos ronda, a nosotros o a nuestros conocidos. Pero en el corazón del creyente no hay lugar para el temor. Porque Dios está con los hombres. Todo lo que nos puede dar miedo, causar temor, lo podemos superar. Ríete de tus miedos, incluso de la muerte, porque te podrán hacer daño, podrás sufrir, pero no podrán contigo. Porque ni la muerte pudo con Cristo. Ya se preocupó Dios de ello. Ya se preocupa Dios por cada uno de nosotros. El amor es lo que tiene. Se te quiere, aunque no lo sientas siempre, aunque creas que no te lo mereces, aunque no lo sepas. Vete y haz tú lo mismo.
Ama, porque el amor te hace inmortal. El amor de Jesús lo hizo eterno. Ama, y los que reciban tu amor serán capaces de resucitar contigo. Vamos a dar testimonio. Alégrate hoy y todos los días. Porque Dios está contigo, y siempre lo estará. No dejes que las malas hierbas arraiguen en tu corazón y en el mundo. Más bien, siembra semillas de amor, semillas de Dios. La misión de Cristo no ha terminado. Comprométete con la causa del Reino. Sé testigo, y deja que el ángel abra el sepulcro de tu corazón para que salga con toda la fuerza el amor.
Los Apóstoles pudieron ser testigos porque compartieron con Él la vida, el camino, el pan y el vino, todo. No se convirtieron en testigos por ser del todo perfectos, sino por esa experiencia de haberse sentido amados por el Señor. Por eso pudieron comunicarla a todos los que andan buscando la Verdad. Nosotros somos de los suyos, por eso estamos aquí. Que sepamos ser también testigos fieles. A pesar de no ser perfectos. Como los Apóstoles. ¡Ha resucitado el Señor!"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)



sábado, 30 de marzo de 2024

EL SILENCIO DE DIOS

El Sábado Santo siempre me hace reflexionar sobre el silencio de Dios, su ausencia. No hay misas en nuestras iglesias y los altares están sin revestir. Y la puerta del Sagrario está abierta, porque dentro no hay nada.
Pienso en lo que debían sentir los discípulos tras la muerte de Jesús, refugiados en el cenáculo. 
Nosotros, estamos convirtiendo la sociedad occidental en un mundo sin Dios. En nombre de la libertad lo apartamos de la vida pública y como máximo, lo reducimos a la intimidad. Él, que nos mostró que debemos vivirlo en comunidad. Él, que nos enseñó que lo encontramos en el otro. Él, que nos dijo que está en el pobre, en el hambriento, en el sediento, en el perseguido, en el ignorado...No es de extrañar que estemos rodeados de guerras y violencias, si consideremos al otro, no como alguien  que lleva a Dios en su corazón y nos acerca a Él, sino como un competidor, como un enemigo.
Ojalá el silencio, la reflexión de este dia nos lleve al Oficio de la noche de hoy, no como una ceremonia, sino como el descubrimiento de la Comunidad, del Amor al otro, de la Entrega, que es el camino para llegar a Dios.

viernes, 29 de marzo de 2024

LA PASIÓN DEL AMOR

 

El Evangelio de hoy, la Pasión según San Juan es demasiado largo para colocarlo aquí. Podéis buscarlo en unos Evangelios: Jn 18,1 - 19,42.

Hoy mi comentario es invitaros, como hace el P. Fernando Torres en el suyo, a meditar la Pasión. Esas dos Pasiones que nos indica: la del dolor y sufrimiento y la pasión de Amor. Leamos y meditemos en el silencio, el texto de Juan.

"Hoy toca el relato de la pasión de Jesús. Pasión habla de sufrimiento y dolor. La Pasión de Jesús es la historia de sus últimos momentos. Su muerte es una muerte provocada por los demás. Es una ejecución antecedida de la tortura porque no de otro modo se puede llamar a los 40 azotes y a los golpes y burlas recibidos de los soldados romanos. Es una ejecución precedida por un juicio manipulado y amañado en el que la sentencia estaba escrita previamente.
Pasión tiene otro significado. Una gran pasión es un gran amor. Un amor porque el que se da todo, sin medida, sin límites. El que vive una pasión así se ciega frente a todo lo demás, frente a las razones y al sentido común que aconsejarían vivir de otra manera. Jesús habría podido huir, escapar. Pero fue coherente, como no podía ser de otra manera cuando se vive una pasión de verdad, con su pasión más profunda y verdadera: el amor al Padre y la fidelidad a la misión recibida: ser testigo del amor de Dios en este mundo.
Pero está pasión de amor no quita dureza a la pasión vivida en el dolor de esos últimos momentos de la vida de Jesús. Los azotes rasgaron su piel. Los clavos atravesaron su carne. Y su muerte se produjo en medio de la angustia del ahogo provocado por la cruz. En esa situación asumió su propia muerte. Con la única arma de su confianza en Dios, en su Padre. Todo lo demás se había caído, había desaparecido. Sus amigos lo negaron y abandonaron. Estaba solo ante la negrura más oscura que se pueda imaginar. Hasta sentir el abandono de Dios mismo –“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?–. Debe ser difícil mantener en esa situación la confianza. Pero él lo hizo. Porque su pasión, la otra, la de la fidelidad a Dios Padre, fue más fuerte.
Hoy es tiempo para contemplar en silencio estas dos pasiones de Jesús. No fue un momento fácil para él. No deberíamos intentar llenarlo de palabras. Simplemente, permanecer en silencio y levantar la vista hasta encontrarnos con la imagen del Crucificado. Nada más."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


jueves, 28 de marzo de 2024

LA EUCARISTIA ES AMOR

 

Era la víspera de la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la horac de dejar este mundo para ir a reunirse con el Padre. Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin.
El diablo ya había metido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la idea de traicionar a Jesús. Durante la cena, Jesús, sabiendo que había venido de Dios, que volvía a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad, se levantó de la mesa, se quitó la ropa exterior y se puso una toalla a la cintura. Luego vertió agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.
Cuando iba a lavar los pies a Simón Pedro, este le dijo:
– Señor, ¿vas tú a lavarme los pies?
Jesús le contestó:
– Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero más tarde lo entenderás.
Pedro dijo:
– ¡Jamás permitiré que me laves los pies!
Respondió Jesús:
– Si no te los lavo no podrás ser de los míos.
Simón Pedro le dijo:
– ¡Entonces, Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza!
Pero Jesús le respondió:
– El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.
Dijo: “No estáis limpios todos”, porque sabía quién le iba a traicionar.
Después de lavarles los pies, Jesús volvió a ponerse la ropa exterior, se sentó de nuevo a la mesa y les dijo:
– ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado un ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo os he hecho.

En el Evangelio de Juan no se nos narra la institución de la Eucaristía; en cambio, aparece la escena del Lavatorio de los pies, que no está en los otros evangelios. No olvidemos que el de Juan es el más teológico de los cuatro. El Lavatorio de los pies de los discípulos de Jesús nos está mostrando el verdadero sentido de la Eucaristía: la Entrega, el Amor. Jesús se nos da a nosotros, se hace nuestro servidor. Nos pide que hagamos lo mismo que Él. Su vida es nuestro modelo. Y su vida fue una vida de entrega, de donación, de amor...La Eucaristía nos une a todos, con Jesús y con nuestros hermanos. Nos hace uno. Al salir de cada Eucaristía deberíamos hacerlo con ese profundo sentimiento de Amor. Amor a Jesús y Amor a todos los hombres, a nuestros hermanos. Él nos lo dice claro: "Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo he hecho".

"Llega la cena. No fue una cena normal. Fue tan poco normal que desde entonces se convirtió en el signo de identidad de los seguidores y discípulos de Jesús. Hoy seguimos celebrando la eucaristía, la misa –el nombre es lo de menos–. Es la celebración más importante para los que creemos en Jesús. La eucaristía, cada eucaristía, es muchas cosas al mismo tiempo y todas son importantes.
  • La eucaristía es celebración de fe de la comunidad cristiana en la que se hace presente Jesús mismo en la Palabra y el pan compartido.
  • La eucaristía es expresión de la fraternidad cristiana, de la fraternidad de los que participan en la celebración y de la fraternidad del reino que va mucho más allá de todas las fronteras.
  • La eucaristía es acción de gracias, como su nombre significa. En ella la comunidad agradece esa presencia vivificante y salvadora de Jesús en su medio.
  • La eucaristía es compromiso de toda la comunidad cristiana y de cada uno por construir el Reino en justicia y misericordia.
  • La eucaristía es tiempo privilegiado de escucha de la Palabra de Dios en comunidad.
  • La eucaristía es compartir el pan y el vino, es mesa compartida, todos como hermanos y hermanas.
  • La eucaristía es el recuerdo y la memoria de la entrega total de Jesús a la voluntad del Padre, sin medida, como signo del amor del Padre que desea nuestro bien.
  • La eucaristía es Jesús lavando los pies a sus discípulos, invitándonos a hacer de nuestra vida un servicio total.
  • La eucaristía son puertas abiertas a la comunidad universal, en la que no se excluye a nadie.
  • La eucaristía es anuncio y signo de que otro mundo, marcado por la fraternidad y amor mutuo es posible.
  • La eucaristía es compromiso de servicio y entrega mutua de la comunidad y de cada creyente al servicio de los excluidos, pobres y marginados.
¡Qué gran regalo conmemoramos este Jueves Santo!"
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 27 de marzo de 2024

TODOS SOMOS JUDAS

 

Uno de los doce discípulos, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les preguntó:
– ¿Cuánto me daréis, si os entrego a Jesús?
Ellos señalaron el precio: treinta monedas de plata. A partir de entonces, Judas empezó a buscar una ocasión oportuna para entregarles a Jesús.
El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
– ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
Él les contestó:
– Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi hora está cerca, y voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos.’
Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la cena de Pascua.
Al llegar la noche, Jesús se había sentado a la mesan con los doce discípulos; y mientras cenaban les dijo:
– Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Ellos, llenos de tristeza, comenzaron a preguntarle uno tras otro:
– Señor, ¿acaso soy yo?
Jesús les contestó:
– Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras, pero ¡ay de aquel que le traiciona! ¡Más le valdría no haber nacido!
Entonces Judas, el que le estaba traicionando, le preguntó:
– Maestro, ¿acaso soy yo?
– Tú lo has dicho – contestó Jesús.

Judas traiciona a Jesús, lo entrega. Él, seguramente, esperaba un Mesías guerrero, que expulsara a los romanos de Israel. Jesús, por el contrario, es mensajero de paz, trae amor y misericordia, invita a todos al Reino. 
Nosotros parece que nos desencantamos de Jesús y preferimos el dinero, el poder, la violencia...Por eso todos somo un poco como Judas. Pero, al contrario de él, debemos confiar en el perdón, en la misericordia. Esperar que Él nos salvará.

"Es tiempo de preparar la cena de Pascua. Aquella cena sonaba a despedida, a cierre de una etapa. Jesús y los discípulos debían ser conscientes de que el enfrentamiento con las autoridades religiosas de Israel estaba llegando a un punto de no retorno, a un final que no era deseado pero que se veía como inevitable. Así que la cena iba a ser el último momento de tranquilidad en esa amistad labrada durante los últimos años a lo largo y ancho de los caminos de Judea y Galilea.
Pero como en todas las cenas de familia siempre tiene que haber algún problema, aquí también lo hubo. Había uno de los amigos que había comenzado a dudar del camino que habían hecho con Jesús. Tanto que estaba dispuesto a “facilitar” la detención de Jesús por las autoridades religiosas de Israel.
¿Qué pasaría por la mente de Judas? Como tantas veces pasa con nosotros, seguro que estaba convencido de que hacía lo que debía. Había que parar a Jesús porque se había desviado de su intención original. En la ópera rock Jesucristo Superstar, Judas comienza declarando “Oye, Cristo, yo te quiero pedir / que recuerdes que debemos vivir. / Y ahora sé que la victoria no es posible. / Tus adeptos están ciegos, / sólo piensan en tus cielos. / Te seguí para una gran misión. / Y ahora todo es decepción. / Oye, Cristo, yo te quiero advertir, / que me escuches a mí.” Una vez más, alguien hizo algo que hasta él mismo podía tener la impresión de que objetivamente era algo malo, pero estando convencido de que, por doloroso que fuese, era lo que tenía que hacer, su deber.
No es día para condenar a nadie. Más bien, es tiempo para tratar de comprender a Judas y a nosotros mismos, que casi seguro lo que consideramos nuestros pecados tienen muy poco que ver con el pecado. Y lo que hacemos realmente de malo son aquellas acciones que estamos convencidos de que las tenemos que hacer, que son nuestro deber. Y son las acciones con las que más daño hacemos a los que nos rodean.
Puede que nos resulte muy difícil discernir lo que es nuestra deber en una situación concreta. Pero hay una forma de no equivocarse o de equivocarse menos. Como Dios, es siempre mejor que nos inclinemos del lado de la misericordia, de la paciencia, del perdón, que por lo contrario."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 26 de marzo de 2024

DOS TRAICIONES

 

Habiendo dicho estas cosas, Jesús, profundamente conmovido, añadió con toda claridad:
– Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Los discípulos comenzaron a mirarse unos a otros, sin saber a quién se refería.  Uno de sus discípulos, al que Jesús quería mucho, estaba cenando junto a él, y Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara a quién se refería. Él, acercándose más a Jesús, le preguntó:
– Señor, ¿quién es?
– Voy a mojar un trozo de pan – le contestó Jesús –, y a quien se lo dé, ese es.
En seguida mojó un trozo de pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Tan pronto como Judas tomó el pan, Satanás entró en su corazón. Jesús le dijo:
– Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Pero ninguno de los que estaban cenando a la mesa entendió por qué se lo había dicho. Como Judas era el encargado de la bolsa del dinero, algunos pensaron que Jesús le decía que comprara algo para la fiesta o que diera algo a los pobres.
Judas tomó aquel trozo de pan y salió en seguida. Ya era de noche.
Después de haber salido Judas, Jesús dijo:
– Ahora se manifiesta la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se manifiesta en él. Y si él manifiesta la gloria de Dios, también Dios manifestará la gloria del Hijo del hombre. Y lo hará pronto. Hijitos míos, ya no estaré mucho tiempo con vosotros. Me buscaréis, pero lo mismo que dije a los judíos os digo ahora a vosotros: No podréis ir a donde yo voy.
 Simón Pedro preguntó a Jesús:
- Señor, ¿a dónde vas?
– A donde yo voy – le contestó Jesús – no puedes seguirme ahora, pero me seguirás después.
Pedro le dijo:
– Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Estoy dispuesto a dar mi vida por ti!
Jesús le respondió:
– ¿De veras estás dispuesto a dar tu vida por mí? Pues te aseguro que antes que cante el gallo me negarás tres veces.

El evangelio de hoy nos presenta las traiciones de Judas y Pedro. El final de cada una de ellas es diferente. Judas se da cuenta de su traición, pero no cree en la misericordia de Dios. Por eso se desespera y suicida. Pedro, al oir cantar el gallo tres veces, recuerda las palabras de Jesús en que predice sus negaciones. Llora, pero confía en la misericordia de Dios.
Nosotros también traicionamos a Jesús; pero nunca debemos olvidar que Él siempre perdona. No nos desesperemos y busquemos su misericordia y perdón cada vez que pecamos.

"En la historia hay historias que a veces nos pasan desapercibidas. En el texto evangélico de hoy se hace referencia a dos traiciones: la de Judas y la de Pedro. Las dos se anuncian. Las dos se harán realidad más tarde. Pero en nuestra memoria y nuestra conciencia queda sobre todo la de Judas. La de Pedro se queda un poco más difuminada. Al final, Judas se suicidó mientras que Pedro pasó a ser el primer papa de la historia de la Iglesia.
Pero se me hace que deberíamos dar más importancia, o por lo menos la misma, a la traición de Pedro que a la de Judas. De hecho, Judas era ciertamente uno de los doce pero pasa muy desapercibido en los Evangelios. Es uno más de esos doce, uno del montón. Prácticamente hasta este momento de la traición no se sabe nada de él. Pero Pedro tiene mucho protagonismo en los Evangelios. Se le ve que es el cabecilla de los doce apóstoles. No sabemos si porque lo eligió Jesús o porque él mismo tenía madera de líder y sobresalía entre ellos. O simplemente porque era el más bocazas y decía lo que pensaba. Hasta podemos pensar que Jesús lo apreciaba de forma especial.
La traición consistió en negar a Jesús, en negar que lo conocía, que había sido el primero de sus seguidores. Pero la traición se ve más porque a Pedro se le iba la fuerza por la boca. En el Evangelio de hoy dice “Daré mi vida por ti”. Nada más ni nada menos. La respuesta de Jesús es dura. Da la impresión de que lo conocía bien: “No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces”.
Tenemos que pensar más en Pedro, en sus muchas y grandes palabras y en sus pobres y míseras realidades. A nosotros, hombres y mujeres de todos los tiempos, nos pasa eso mismo muchas veces. Ternemos grandes palabras pero nuestras realidades no siempre corresponden a esas palabras. Y eso pasa a todos los niveles. Desde las más altas jerarquías de la Iglesia o de la sociedad hasta en lo que son las relaciones familiares o de amigos. Se podrían poner muchos ejemplos. No hace falta ir lejos. En esta casa nuestra que es la Iglesia hay muchas grandes palabras y, a veces, las realidades son muy cortas. Somos muy buenos para hacer documentos pero luego la vida no llega.
Vamos a pedir al Señor humildad para reconocer nuestras miserias, nuestras pobrezas, para no ir tanto de farol por la vida y tratar de acercar un poco más nuestros hechos a nuestras palabras."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 25 de marzo de 2024

AMAR A JESÚS

 

Seis días antes de la Pascua fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. María, tomando unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, perfumó los pies de Jesús y luego los secó con sus cabellos. Toda la casa se llenó del aroma del perfume. Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, aquel que iba a traicionar a Jesús, dijo:
– ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios, para ayudar a los pobres?
Pero Judas no dijo esto porque le importasen los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba del que allí ponían. Jesús le dijo:
– Déjala, porque ella estaba guardando el perfume para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendréis entre vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.
Muchos judíos, al enterarse de que Jesús estaba en Betania, fueron allá, no solo por Jesús sino también por ver a Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Entonces los jefes de los sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque por causa suya muchos judíos se separaban de ellos y creían en Jesús.

Hoy vemos a María demostrando su amor a Jesús ungiéndolo con un perfume muy caro. Judas, que siendo su discípulo también dice amar a Jesús, critica la acción de María. En realidad no lo ama porque lo traicionará.
Debemos examinar nuestro amor a Jesús. ¿Es como el de Mari o como el de Judas? ¿Lo amamos entregándonos, dándole lo más preciado de nosotros o sólo lo amamos de palabra? Esta Semana Santa es una buena ocasión, para que en el silencio, nos examinemos y veamos claramente cuál es nuestro amor a Jesús y hagamos las correcciones necesarias a nuestra actitud.

"El amor es siempre total, sin condiciones, sin límites. No mide sus acciones. Hoy lo vemos en esa acción sencilla de María que, sin pensárselo dos veces, “toma una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso” (lo de auténtico debe ser porque ya entonces había falsificaciones) y lo usa para ungir los pies de Jesús. Lo menos que podemos decir es que María amaba mucho a Jesús. Pero mucho. Y lo demostraba así, sin medir, dando lo que tenía. No importaba el precio. Lo que importaba era el detalle.
Ya he contado alguna vez que conocí a una señora que, cuando le hacían un regalo, era capaz de recorrerse todas las tiendas de su ciudad hasta dar con el precio del regalo que había recibido o de algún producto similar. De esa manera, ya sabía que era lo que tenía que regalar a su vez: un producto que tuviese un valor similar al valor del que ella había recibido. Me hizo pensar aquella mujer. Porque lo que hacía destruía totalmente el sentido del regalo. El regalo es don gratuito. La materialidad del regalo importa poco. Menos todavía su precio en el mercado. Lo que realmente vale es que el regalo es expresión de otro algo que no se puede valorar, que no tiene precio en el mercado ni se puede comprar con dinero. El regalo es expresión de otro valor que no tiene valor porque se sale de la escala.
Vuelvo a la libra de nardo auténtico y costoso y a la escena de María ungiendo los pies de Jesús. Todo gratuidad. Todo expresión de un amor grande, incondicional y sin medida. Y pienso que quizá María había comprendido lo más fundamental del mensaje de Jesús: que el amor con que Dios nos ama es incondicional, inmenso, sin medida, sin valor porque no se puede valorar, gratuito. Y que lo que nos cabe a nosotros, si es que lo llegamos a entender como ella lo entendió, es también amar como Dios nos ama: sin límites, sin fronteras, sin condiciones de razas, sexo, lengua, cultura, etc.
Aquella María del Evangelio seguro que está en el cielo. Hoy, Lunes Santo, le podemos pedir que nos enseñe a amar como ella. Y que nos abra los ojos y el corazón para comprender que lo que vamos a vivir esta semana es sobre todo y ante todo el espectáculo del amor de Dios para con nosotros manifestado en Cristo Jesús."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 24 de marzo de 2024

ACLAMADO Y CRUCIFICADO

  


Muy temprano, los jefes de los sacerdotes se reunieron con los ancianos, los maestros de la ley y toda la Junta Suprema. Condujeron a Jesús atado y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
–¿Eres tú el Rey de los judíos?
– Tú lo dices –contestó Jesús.
Como los jefes de los sacerdotes le acusaban de muchas cosas, Pilato volvió a preguntarle:
–¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te están acusando.
Pero Jesús no le contestó, de manera que Pilato se quedó muy extrañado.
Durante la fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, el que la gente pedía. Uno llamado Barrabás estaba entonces en la cárcel, junto con otros que habían cometido un asesinato en una revuelta. La gente llegó y empezó a pedirle a Pilato que hiciera lo que tenía por costumbre. Pilato les contestó:
– ¿Queréis que os ponga en libertad al Rey de los judíos?
Porque comprendía que los jefes de los sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los jefes de los sacerdotes alborotaron a la gente para que pidiesen la libertad de Barrabás. Pilato les preguntó:
– ¿Y qué queréis que haga con el que llamáis el Rey de los judíos?
– ¡Crucifícalo! – contestaron a gritos.
Pilato les dijo:
– Pues ¿qué mal ha hecho?
Pero ellos volvieron a gritar:
– ¡Crucifícalo!
Entonces Pilato, como quería quedar bien con la gente, puso en libertad a Barrabás; y después de mandar que azotasen a Jesús, lo entregó para que lo crucificaran.
Los soldados llevaron a Jesús al patio del palacio, llamado pretorio, y reunieron a toda la tropa. Le pusieron una capa de color rojo oscuro, y en la cabeza una corona hecha de espinas. Luego comenzaron a gritar:
– ¡Viva el Rey de los judíos!
Y le golpeaban la cabeza con una vara, le escupían y, doblando la rodilla, le hacían reverencias. Después de burlarse así de él, le quitaron la capa de color rojo oscuro, le pusieron su propia ropa y lo sacaron para crucificarlo.
Un hombre de Cirene, llamado Simón, padre de Alejandro y Rufo, llegaba entonces del campo. Al pasar por allí le obligaron a cargar con la cruz de Jesús.
Llevaron a Jesús a un sitio llamado Gólgota (que significa “Lugar de la Calavera”), y le dieron vino mezclado con mirra; pero Jesús no lo aceptó. Entonces lo crucificaron. Y los soldados echaron suertes para repartirse la ropa de Jesús y ver qué tocaba a cada uno.
Eran las nueve de la mañanas cuando lo crucificaron. Y pusieron un letrero en el que estaba escrita la causa de su condena: “El Rey de los judíos.” Con él crucificaron también a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. 
Los que pasaban le insultaban meneando la cabeza y diciendo:
– ¡Eh, tú, que derribas el templo y en tres días lo vuelves a levantar, sálvate a ti mismo bajando de la cruz!
Del mismo modo se burlaban de él los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Decían:
– Salvó a otros, pero él no se puede salvar. ¡Que baje de la cruz ese Mesías, Rey de Israel, para que veamos y creamos!
Y hasta los que estaban crucificados con él le insultaban.
Al llegar el mediodía, toda aquella tierra quedó en oscuridad hasta las tres de la tarde. A esa misma hora, Jesús gritó con fuerza:
– Eloí, Eloí, ¿lemá sabactani? (que significa “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).
Algunos de los que allí se encontraban lo oyeron y dijeron:
– Oíd, está llamando al profeta Elías.
Entonces uno de ellos corrió, empapó una esponja en vino agrio, la ató a una caña y se la acercó a Jesús para que bebiera, diciendo:
– Dejadle, a ver si viene Elías a bajarle de la cruz.
Pero Jesús dio un fuerte grito y murió. Y el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba frente a Jesús, al ver que había muerto, dijo:
– ¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!

Hoy leemos dos evangelios. El de la entrada a Jerusalem y la Pasión según San Marcos. Vemos a Jesús aclamado y luego crucificado. Ante Él nos puede ocurrir que lo aclamemos, que proclamemos nuestra Fe y luego, con nuestra injusticia, abusando de nuestro poder, despreciando a los inmigrantes y dejándolos morir en el mar, luchando por el dinero y dejando a muchos en la pobreza...lo crucifiquemos. Os he puesto únicamente el texto de la Pasión. Sería bueno que estos días lo leamos pausadamente y lo meditemos. Que nos penetre profundamente qué es seguir a Jesús, lo que supone de cambio en nuestras vidas. Y que el día de Pascua signifique para nosotros, también, nuestra resurrección.
 
"Después del camino cuaresmal, por fin nos llega el Domingo de Ramos. Dejando de lado el dicho popular (Domingo de Ramos, el que no estrena nada, no tiene manos), para los creyentes es el comienzo del momento más importante del año litúrgico. Cada uno nos hemos preparado mejor o peor, según nuestras posibilidades. Con la celebración de hoy damos comienzo a la Semana Santa. Es el pórtico de esta semana. Una semana especial, en la que escucharemos distintas invitaciones.
Porque la celebración de este día es un auténtico pregón de la Semana Santa. La Iglesia nos invita a centrar nuestra mirada en Jesús para contemplar lo que Él significa para cada uno de nosotros. Es una llamada a la contemplación de los misterios centrales de nuestra fe: por la pasión, muerte y resurrección de Jesús la humanidad ha sido salvada y nosotros, los creyentes, hemos resucitado con Él y en Él por el bautismo.
No es un día, quizá, para predicar mucho. Ya de por sí, la celebración es larga, y habla por sí misma. Pero, por otra parte, algo hay que decir. Se empieza a concretar todo lo que hemos vivido durante las cinco semanas de Cuaresma. La Liturgia nos ha ido llevando y hoy, a las puertas de Jerusalén, contemplamos al Salvador que llega en un modesto borrico.
No lo hace en un poderoso caballo, rápido y elegante, tirando de un carro de guerra, con todo tipo de armas. No llega para acabar con todo los que se le oponen por la fuerza. Más bien, para comenzar un nuevo reino de servicio, de amor y de paz. Es lo que podemos leer en la profecía de Zacarias (¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! Mira, tu rey viene hacia ti, justo, Salvador y humilde. Viene montado en un asno, en un pollino, cría de asna. Zac 9,9). El asno, símbolo del servicio, es la señal de que empieza algo nuevo. Servir, llevar la carga de los demás, como hace el asno.
La lectura de Isaías nos reafirma en la imagen de un Mesías distinto, que no responde a la violencia con violencia. Con la ayuda del Señor, todo lo soporta. Escucha la Palabra, y puede decir algunas palabras de aliento. A pesar de todo. Se puede caer en el pesimismo – Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? – pero siempre hay salida.
A veces, esa salida exige mucho esfuerzo. Lo sabe bien el mismo Jesús, como nos recuerda la segunda lectura: actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Es la consecuencia de la Encarnación. Hombre hasta el final, con todas las consecuencias. En el mundo como uno más, pasando frío y calor, hambre y sed, alegrándose y llorando con y por sus amigos. Muriendo por todos y cada uno, nos abrió las puertas de la salvación.
Para que pensemos en ello, quizá, la Liturgia nos presenta en este domingo la Pasión de Nuestro Señor. El Viernes Santo no celebramos la Eucaristía, y, de esta manera, en la Misa, recuerdo del sacrificio de Cristo, escuchamos este relato que, de otro modo, quedaría fuera.
No por conocido, el relato de la Pasión deja de impresionar. Si lo leemos despacio, cada vez podemos captar algún detalle que nos toque especialmente. Porque se pasa de aclamar a Jesús a pedir su muerte. Casi sin solución de continuidad.
Podemos tratar de leer el relato de la Pasión, colocándonos en el lugar de los distintos protagonistas. Sentirnos Pilatos, por las ocasiones en que, ante los problemas ajenos, nos lavamos las manos, pensando que “no es mi problema”. Revisar nuestro “pasotismo” ante lo que nos rodea, por ejemplo.
O podemos colocarnos entre la multitud que, por la presión de los sacerdotes y fariseos, piden la libertad de un bandido, Barrabás, en vez de pedir la libertad de Jesús. En cuántas ocasiones nos dejamos llevar por la presión social, por el “qué dirán”, por quedar bien ante nuestros amigos, familiares, conocidos…
Ver las cosas desde el punto de vista del centurión no estaría mal. Reconoce, aunque tarde, que Jesús era el Hijo de Dios. En demasiadas ocasiones tardamos en ver las cosas como son. Nos fiamos mucho de lo que “ya sabemos”, de lo que “ya hemos hecho”, nos cuesta aceptar las novedades.
Pero, sobre todo, tenemos que intentar ver las cosas desde el punto de vista de Jesús. A pesar de todo, siempre dispuesto a aceptar la voluntad de Dios. Hasta la muerte. Perdonando a lo que le condenaban, a los que le traicionaron – todos – y siendo el puente entre Dios y nuestra salvación. Ver a todos con la mirada de Dios.
La misión del Señor no ha terminado. Está en marcha. Continúa caminando hacia nosotros, porque quiere estar cerca de todos. Cerca de los jóvenes, de los obreros, de los enfermos, de los ancianos y, claro, más cerca de todos los pobres, que son sus preferidos. El Señor camina también hacia ti. Quiere encontrarse contigo. Quiere que sepas reconocerle y acogerle, porque quiere que cenes con Él. Le gusta siempre la cercanía y la intimidad. Debo salir a su encuentro. No le puedo decepcionar.
¿Acaso no podemos nosotros también aportar nuestra contribución al triunfo de Jesús? No es algo imposible. Nosotros, que vivimos hoy en día, podemos prestar nuestra ayuda, no para facilitar la entrada de Jesús a Jerusalén hace unos dos mil años, sino para su retorno glorioso al fin de los tiempos. No se trata de hacer grandes cosas. Es suficiente que creamos en Jesús, Señor de Universo, nuestro redentor y nuestro Juez que viene a recompensar los justos y castigar a los malos.
¡Que la Virgen María, que estuvo también en la entrada de Jesús en Jerusalén, nos ayude mediante su intercesión y sus consejos, para que, siempre, podamos compartir el camino con Cristo!"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 23 de marzo de 2024

UN HOMBRE POR EL PUEBLO

 

Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María. Pero algunos fueron a contar a los fariseos lo hecho por Jesús. Entonces los fariseos y los jefes de los sacerdotes, reunidos con la Junta Suprema, dijeron:
– ¿Qué haremos? Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si le dejamos seguir así, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación.
Pero uno de ellos llamado Caifás, sumo sacerdote aquel año, les dijo:
– Vosotros no sabéis nada. No os dais cuenta de que es mejor para vosotros que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación sea destruida.
Pero Caifás no habló así por su propia cuenta, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, dijo proféticamente que Jesús había de morir por la nación judía, y no solo por esta nación, sino también para reunir a todos los hijos de Dios que se hallaban dispersos. Desde aquel día, las autoridades judías tomaron la decisión de matar a Jesús.
Por eso, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó de la región de Judea a un lugar cercano al desierto, a un pueblo llamado Efraín. Allí se quedó con sus discípulos.
Faltaba poco para la fiesta de la Pascuas de los judíos, y mucha gente de los pueblos se dirigía a Jerusalén, a celebrar antes de la Pascua los ritos de purificación. Andaban buscando a Jesús, y se preguntaban unos a otros en el templo:
– ¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta, o no?

Caifás, sin saberlo, está señalando la misión de Jesús: un Hombre muere, no sólo por salvar al pueblo, sino para salvar a toda la humanidad.
Los fariseos sólo ven sus intereses. No quieren perder su poder. Ello les lleva a decidir la muerte de Jesús. Con esa muerte, nos salvó a todos.
  
"Termina ya la Cuaresma. El enfrentamiento de Jesús con los judíos, que llegará a su culmen con la condena a muerte, está subiendo a niveles máximos. En el Evangelio ya no se habla de los judíos, de hecho algunos de estos, al ver las obras de Jesús, habían creído en él. Pero algunos otros han ido a los fariseos y estos a los sumos sacerdotes. Y estos convocan asustados al sanedrín. Jesús es una amenaza y hay que plantarle cara. En esos casos, no hay más que una solución: terminar con él, eliminarlo, hacerlo desaparecer. Alguno diría aquello de que “muerto el perro, se acabó la rabia”. Pero no sabían que no iba a ser tan fácil terminar con Jesús ni con sus ideas. Al final, Dios es siempre más fuerte que los hombres. De esa victoria de Dios, la resurrección, haremos memoria la próxima semana.
Pero antes, hay una cuestión que interesa resaltar. Si se llega a esa aparente solución final es porque los fariseos y sacerdotes se sienten amenazados. El movimiento de Jesús supone un peligro para la estabilidad social. Si el movimiento sigue creciendo, los romanos se van a enfadar y pueden llegar a destruir el lugar santo y la nación. Siendo realistas, los romanos eran capaces de eso y de mucho más (recordemos la destrucción de Jerusalén y del mundo judío en el año 70 por los ejércitos romanos, que no dejaron piedra sobre piedra).
La amenaza que sentían fariseos y sacerdotes era, pues, real. Ellos querían defender al pueblo pero también se querían defender a sí mismos, su estilo de vida, sus fuentes de ingresos (que estaban básicamente en el Templo). En realidad, les importaba poco si lo que decía Jesús era verdad o no, si los milagros que hacía eran auténticos o no, si el movimiento de Jesús venía de Dios o del demonio. No entraban en esas cuestiones. Amenazaba su modo de vida. Había que defender la institución. Ese era el valor máximo.
Pienso que hay eclesiásticos que están más preocupados en defender la institución eclesial que en ser fieles al Evangelio. Han terminado por pensar que la Iglesia es más importante que el Evangelio (aunque obviamente no lo expresen así en sus discursos). Por poner un ejemplo, la actitud de algunos bastantes frente al problema de los abusos sexuales y de poder en la iglesia es precisamente la de dejar de lado a las víctimas para defender a la institución, su imagen y prestigio. Menos más que hay muchos y muchas en la Iglesia que con sus vidas y su forma de comportarse demuestran que el Evangelio de la misericordia, de la cercanía y atención a los más débiles, a las víctimas, es más importante que mantener la imagen pública de la Iglesia."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 22 de marzo de 2024

ACEPTAR A JESÚS

 


 Los judíos volvieron a coger piedras para tirárselas, pero Jesús les dijo:
– Por el poder de mi Padre he hecho muchas cosas buenas delante de vosotros: ¿por cuál de ellas me vais a apedrear?
Los judíos le contestaron:
– No vamos a apedrearte por ninguna cosa buena que hayas hecho, sino porque tus palabras son una ofensa contra Dios. Tú, que no eres más que un hombre, te haces Dios a ti mismo.
Jesús les respondió:
– En vuestra ley está escrito: ‘Yo dije que sois dioses.’ Sabemos que no se puede negar lo que dice la Escritura, y Dios llamó dioses a aquellas personas a quienes dirigió su mensaje. Y si Dios me apartó a mí y me envió al mundo, ¿cómo podéis decir que le he ofendido por haber dicho que soy Hijo de Dios? Si no hago las obras que hace mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, creed en ellas aunque no creáis en mí, para que de una vez por todas sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.
De nuevo quisieron apresarle, pero Jesús se escapó de sus manos.
Regresó Jesús al lado oriental del Jordán, y se quedó allí, en el lugar donde Juan había estado antes bautizando. Muchos fueron a verle y decían:
– Ciertamente, aunque Juan no hizo ninguna señal milagrosa, todo lo que decía de este hombre era verdad.
Muchos creyeron en Jesús en aquel lugar.

"El texto evangélico de este día empieza con los judíos agarrando piedras para apedrear a Jesús (eso no es solo un a reacción furiosa ante sus palabras o hechos sino una auténtica condena a muerte, prevista en las leyes religiosas judías, que destinaba en este caso a los blasfemos –en otro texto de Juan vemos que se quiere aplicar a la adúltera–). Y el mismo texto evangélico termina diciendo que “muchos creyeron en él”.
Por en medio hay una discusión sobre las obras. Jesús no se queda callado ante la amenaza de los que ya tienen las piedras en las manos. Se defiende con el único argumento que se puede usar en una situación como ésa: pone por delante las obras que ha ido haciendo: ha curado a los enfermos, ha acompañado a los que sufren, ha liberado a los endemoniados… Pero parece que no es ése el problema. El problema está en que haciendo esas cosas se pone en el lugar de Dios, porque ha dicho que hace las obras de su Padre. Si su padre es Dios mismo, está diciendo de sí mismo que es hijo de Dios. Y el hijo de Dios es Dios también. Pura lógica. Pero los judíos no están por la labor de aceptar el argumento y siguen intentando detenerlo. Jesús se tiene que escabullir y huir de la amenaza.
Aquellos estaban enfadados y un poco endemoniados. Jesús se les escapaba de sus mentes estrechas. No encajaba en su modo de entender a Dios. Por eso había que aniquilarle, eliminarlo, acallarlo, hacerlo desaparecer.
Pero parece que no todos eran iguales. Algunos tenían el corazón más abierto y más libre de prejuicios. Ponen en relación las obras de Jesús con lo que Juan, reconocido como profeta, había dicho de él. Y creyeron en él.
Conclusión: tenemos que estar abiertos de mente. Es condición necesaria para interpretar las obras de Jesús (y las obras de nuestros hermanos y hermanas) y reconocer la presencia del amor y la misericordia de Dios en ellas. Jesús, sus palabras y sus obras, son el testimonio vivo del modo de ser de Dios. Viendo a Jesús vemos al Padre. Pero viendo a Jesús con los ojos limpios y libres de filtros, prejuicios y otras zarandajas."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)