jueves, 2 de abril de 2026

ENTREGARSE Y SERVIR

  

Era la víspera de la fiesta de la Pascua. Jesús sabía que le había llegado la horac de dejar este mundo para ir a reunirse con el Padre. Él siempre había amado a los suyos que estaban en el mundo, y así los amó hasta el fin.
El diablo ya había metido en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la idea de traicionar a Jesús. Durante la cena, Jesús, sabiendo que había venido de Dios, que volvía a Dios y que el Padre le había dado toda autoridad, se levantó de la mesa, se quitó la ropa exterior y se puso una toalla a la cintura. Luego vertió agua en una palangana y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura.
Cuando iba a lavar los pies a Simón Pedro, este le dijo:
– Señor, ¿vas tú a lavarme los pies?
Jesús le contestó:
– Ahora no entiendes lo que estoy haciendo, pero más tarde lo entenderás.
Pedro dijo:
– ¡Jamás permitiré que me laves los pies!
Respondió Jesús:
– Si no te los lavo no podrás ser de los míos.
Simón Pedro le dijo:
– ¡Entonces, Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza!
Pero Jesús le respondió:
– El que está recién bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios, aunque no todos.
Dijo: “No estáis limpios todos”, porque sabía quién le iba a traicionar.
Después de lavarles los pies, Jesús volvió a ponerse la ropa exterior, se sentó de nuevo a la mesa y les dijo:
– ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado un ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo que yo os he hecho.
(Jn 13,1-15)

Hoy Jesús nos da su cuerpo y su sangre, se nos entrega totalmente; pero en el evangelio de Juan que leemos hoy, también se pone a nuestro servicio y pide que nosotros también nos pongamos al servicio de todos. Aquí queda resumido lo que es ser cristianos, ser seguidores de Jesús: darse totalmente a los demás y ponerse a su servicio. Es decir: AMAR.

"Hay un buen misionero claretiano, Maximino Cerezo Barredo, que ha dedicado toda su vida a evangelizar a través de la pintura. Sus murales y pinturas están presentes en iglesias de toda América desde Canadá hasta Argentina. Una de sus genialidades ha sido aunar en la misma pintura dos escenas evangélicas profundamente relacionadas entre sí: la última cena de Jesús, el momento de la institución de la Eucaristía, que aparece en los evangelios sinópticos de Mateo, Lucas y Marcos, con la escena del lavatorio de los pies, que el evangelio de Juan sitúa en el momento de la última cena pero que parece sustituir al momento de la institución de la Eucaristía que Juan no recoge.
El hecho es que entre las dos escenas se nos hace claro y transparente el significado más profundo de la Eucaristía. Conviene tenerlo presente en este día de Jueves Santo y en todas las Eucaristías en las que participemos.
En los sinópticos, Jesús se nos aparece como el que da de comer y beber a sus discípulos. En el hecho de participar de la misma copa de vino y del mismo pan, entendemos que Jesús se hace comida y bebida para nuestra vida. Es alimento de vida eterna. Pero también es algo más. Compartir el pan y el vino que nos ofrece Jesús es comprometernos a compartir su vida y su destino. Hacemos nuestra su misión de anunciar el Reino, el amor de Dios para todos y, en primer lugar, para los más pobres y marginados. Porque a esos les pone Dios en primera fila. Es la condición inevitable para que su amor sea universal.
En el evangelio de Juan esta escena se sustituye por el lavatorio de los pies. Es una forma concreta de demostrar como Dios mismo se pone al servicio de los hombres. Jesús, que en su vida y en su forma de actuar nos manifiesta/revela como es Dios, se inclina ante sus hermanos y les lava los pies. ¡Lo que en aquel momento hacían los esclavos! ¡Dios se hace esclavo nuestro! Dios se pone a nuestro servicio. Su amor es realmente amor y entrega hasta el final. Las palabras de Jesús al terminar su gesto de lavar los pies a sus discípulos deben ser una orden para nosotros: “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.” Sobran más palabras."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)


miércoles, 1 de abril de 2026

JUDAS

  

Uno de los doce discípulos, el llamado Judas Iscariote, fue a ver a los jefes de los sacerdotes y les preguntó:
– ¿Cuánto me daréis, si os entrego a Jesús?
Ellos señalaron el precio: treinta monedas de plata. A partir de entonces, Judas empezó a buscar una ocasión oportuna para entregarles a Jesús.
El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron:
– ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
Él les contestó:
– Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: ‘El Maestro dice: Mi hora está cerca, y voy a tu casa a celebrar la Pascua con mis discípulos.’
Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la cena de Pascua.
Al llegar la noche, Jesús se había sentado a la mesan con los doce discípulos; y mientras cenaban les dijo:
– Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Ellos, llenos de tristeza, comenzaron a preguntarle uno tras otro:
– Señor, ¿acaso soy yo?
Jesús les contestó:
– Uno que moja el pan en el mismo plato que yo, va a traicionarme. El Hijo del hombre ha de recorrer el camino que dicen las Escrituras, pero ¡ay de aquel que le traiciona! ¡Más le valdría no haber nacido!
Entonces Judas, el que le estaba traicionando, le preguntó:
– Maestro, ¿acaso soy yo?
– Tú lo has dicho – contestó Jesús.

Judas somos todos. Todos traicionamos a Jesús un momento o otro. Lo que puede diferenciarnos de él, es si sabemos pedir perdón. Judas se dio cuenta del mal que había hecho, pero creyó que Jesús, que Dios no le perdonaría. 
No dudemos nunca. Dios es puro perdón porque es AMOR.
  
"El texto evangélico de hoy está totalmente centrado en la traición de Judas. A lo largo de la historia Judas ha estado en el centro del foco. Como si fuese el culpable de todo lo que le pasó a Jesús. Su imagen ha sido denostada. En realidad, creo que ha hecho un poco de “macho cabrío”, que hemos cargado en él todas las culpas, de forma que nos podamos sentir mejor. Como Pilatos nos hemos lavado las manos y nos podemos ir a casa tranquilos. Como mucho, a lo largo de la historia la culpa se ha cargado en los judíos. Ellos fueron los que mataron a Jesús. Nosotros estamos libres de culpa, no tuvimos nada que ver. Judas es el malo. Todos tranquilos.
Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos así. Lo de la muerte de Jesús es un poco más complejo que la solución facilona de buscar un culpable. En realidad, si miramos a los demás apóstoles y discípulos, no es que fueran muy valientes al momento de la dificultad final. Más bien, se puede decir que todos salieron corriendo. Ahí está el valiente Pedro, el jefecillo de los apóstoles, que niega por tres veces haber conocido en su vida a Jesús.
Hay más. Casi podríamos decir que Jesús se ganó su muerte a base de puños. Él mismo provocó un largo enfrentamiento con las autoridades religiosas y civiles (que en aquella época eran las mismas) que no podía llevar a otra cosa más que a su eliminación. Era o Jesús o ellos porque la predicación del Reino traía una revolución más grande que la que pueden hacer las armas.
Y luego está el mismo Judas. Quizá pensaba que a Jesús se le había ido el movimiento de las manos. Tanto predicar el Reino de Dios se le había olvidado que lo importante era liberar al pueblo de la opresión de los romanos. Quitar a Jesús de en medio era, desde su perspectiva, el único medio para reconducir el movimiento a realizar esa liberación política.
Hoy nos podemos preguntar en donde estamos. Quizá lavándonos las manos y pensando que otros hicieron lo que hicieron y por eso pasó lo que pasó. O podemos preguntarnos si realmente hemos comprendido lo que era el Reino para Jesús y estamos intentando hacerlo vida o si, ante determinadas exigencias del evangelio (amor y misericordia infinita…) no preferimos mirar a otro lado no vaya a ser que nos toque a nosotros el mismo destino de Jesús."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

martes, 31 de marzo de 2026

JESÚS SE ACERCA A LA CRUZ

 
 


Habiendo dicho estas cosas, Jesús, profundamente conmovido, añadió con toda claridad:
– Os aseguro que uno de vosotros me va a traicionar.
Los discípulos comenzaron a mirarse unos a otros, sin saber a quién se refería. Uno de sus discípulos, al que Jesús quería mucho, estaba cenando junto a él, y Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara a quién se refería. Él, acercándose más a Jesús, le preguntó:
– Señor, ¿quién es?
– Voy a mojar un trozo de pan – le contestó Jesús –, y a quien se lo dé, ese es.
En seguida mojó un trozo de pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. Tan pronto como Judas tomó el pan, Satanás entró en su corazón. Jesús le dijo:
– Lo que vas a hacer, hazlo pronto.
Pero ninguno de los que estaban cenando a la mesa entendió por qué se lo había dicho. Como Judas era el encargado de la bolsa del dinero, algunos pensaron que Jesús le decía que comprara algo para la fiesta o que diera algo a los pobres.
Judas tomó aquel trozo de pan y salió en seguida. Ya era de noche.
Después de haber salido Judas, Jesús dijo:
– Ahora se manifiesta la gloria del Hijo del hombre, y la gloria de Dios se manifiesta en él. Y si él manifiesta la gloria de Dios, también Dios manifestará la gloria del Hijo del hombre. Y lo hará pronto. Hijitos míos, ya no estaré mucho tiempo con vosotros. Me buscaréis, pero lo mismo que dije a los judíos os digo ahora a vosotros: No podréis ir a donde yo voy.
Simón Pedro preguntó a Jesús:
– Señor, ¿a dónde vas?
– A donde yo voy – le contestó Jesús – no puedes seguirme ahora, pero me seguirás después.
Pedro le dijo:
– Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Estoy dispuesto a dar mi vida por ti!
Jesús le respondió:
– ¿De veras estás dispuesto a dar tu vida por mí? Pues te aseguro que antes que cante el gallo me negarás tres veces.

Hoy vemos que Jesús se acerca a su final, a su entrega total. Y lo va a hacer solo. Judas va a entregarlo, pero Pedro también lo negará tres veces. Jesús, solo, es quien nos redimirá.
Cuando nos sintamos solos, pensemos en la soledad de Jesús. Él ya la vivió y hasta el extremo. Si queremos seguirle, debemos tener la seguridad de que Él nunca nos abandonará. Siempre estará a nuestro lado.

"Nos acercamos a los días centrales de la Semana Santa y los textos evangélicos nos ven centrando en lo fundamental. Hoy se nos pone en paralelo dos historias bien diferentes. Por una parte está Judas, el que entrega a Jesús. Por otra está Jesús, que es el que se entrega.
No estoy tratando de hacer un juego de palabras sino tratando de señalar un hecho fundamental para considerar lo que va a suceder en estos días. Porque hay quien piensa que la muerte de Jesús es apenas fruto del devenir de los tiempos. Es decir, su muerte en la cruz sería la normal conclusión-culminación de todos sus enfrentamientos con el poder establecido, tanto religioso como político. No podía terminar de otra manera. Este punto de vista, esta forma de entender la muerte de Jesús, es real. Es cierto. Todos aquellos enfrentamientos con los fariseos, con los sacerdotes del Templo, con los escribas, no podían terminar más que con su eliminación. Jesús tenía que morir porque era una amenaza a su posición, a su estabilidad como poder religioso-político.
Pero la verdad es que la historia podía haber tenido otro final. Hasta hay por ahí un libro que dice que Jesús no murió en la cruz sino que terminó huyendo de Palestina y refugiándose en Cachemira, donde ya habría estado antes, en lo que se llama su vida oculta. Pero está historia no se mantiene frente al testimonio de los evangelios. Lo cierto es que Jesús murió en la cruz. Y por eso podemos decir y afirmar que a Jesús no le pillaron desprevenido. De ninguna manera. Jesús se entregó él mismo sabiendo lo que se iba a encontrar en Jerusalén. Se entregó como culminación natural de su apuesta por el Reino. Se entregó como muestra y testimonio definitivo de su total confianza en el Dios de la Vida. Se entregó porque estaba convencido de que su Abbá no le iba a fallar. Ni siquiera en ese momento tan oscuro como es el momento de la muerte.
El que le entrega lo hace para salvarse a sí mismo. Judas debió pensar que toda aquella historia del Reino no había sido más que una apuesta sin sentido. Y que no valía la pena seguir. Y que lo mejor era vender a su maestro por treinta monedas. Jesús se entregó lleno de fe y confianza en el Dios del Reino. Y, de paso, nos abrió a todos nosotros un camino de esperanza y de vida."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

lunes, 30 de marzo de 2026

UNGIR A JESÚS




Seis días antes de la Pascua fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado. Allí hicieron una cena en honor de Jesús. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa comiendo con él. María, tomando unos trescientos gramos de perfume de nardo puro, muy caro, perfumó los pies de Jesús y luego los secó con sus cabellos. Toda la casa se llenó del aroma del perfume. Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, aquel que iba a traicionar a Jesús, dijo:
– ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios, para ayudar a los pobres?
Pero Judas no dijo esto porque le importasen los pobres, sino porque era ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero, robaba del que allí ponían. Jesús le dijo:
– Déjala, porque ella estaba guardando el perfume para el día de mi entierro. A los pobres siempre los tendréis entre vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.
Muchos judíos, al enterarse de que Jesús estaba en Betania, fueron allá, no solo por Jesús sino también por ver a Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Entonces los jefes de los sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque por causa suya muchos judíos se separaban de ellos y creían en Jesús.

María amaba a Jesús y unge con perfume sus pies cansados. Si nosotros amamos de verdad a Jesús, debemos ungir con nuestro Amor a Jesús presente en los pobres, los perseguidos, los inmigrantes, los enfermos, los incomprendidos...Es decir, entregarnos totalmente, no interesadamente como Judas. 

"No hay duda de que Jesús tenía muy buena relación con sus discípulos, pero leyendo los Evangelios da la impresión de que así como con sus discípulos tenía una relación de maestro, con Lázaro, con Marta y con María tenía otro tipo de relación. Con esta familia, parece que Jesús se sentía como en casa. Llega y se siente cómodo. Se siente y se sienta tranquilamente a que le den la cena. En aquella casa, Jesús se sentía querido y cuidado. Quizá hasta podía dejar de lado el papel de mesías, de evangelizador, para ser sencillamente Jesús y dejarse querer. Era tanto el cariño que María no tuvo más idea que usar una libra de perfume para ungir los pies de Jesús, casi con toda seguridad, cansados, doloridos y heridos por los caminos.
Al comienzo de la Semana Santa, este tiempo en que vamos a celebrar la muerte y resurrección de Jesús, quizá conviene que, como el mismo Jesús, hagamos una parada en nuestro caminar, que nos detengamos en casa, con las personas a las que queremos y nos quieren. Una parada para cuidar y ser cuidados. Una parada para curarnos de las heridas que nos ha dejado el camino de la vida. Una parada para escuchar con el corazón las palabras de los otros, con sus historias, sus heridas y sus alegrías. Una parada para compartir la mesa y la vida.
Luego vendrá lo que tenga que venir. A Jesús, que era cualquier cosa menos tonto, le esperaba algo terrible en Jerusalén. Lo sabía, ¡cómo no! Pero antes de afrontarlo, quiere hacer esta parada. Es una casa en la que, por un momento, se vive la fraternidad del Reino, se comparte el pan, se abre el corazón y resurge la esperanza (¿no resuena en esta parada de Jesús el misterio de la Eucaristía?). Se olvidan por un momento los dolores del camino, las heridas, los callos de los años y se vive desde otra dimensión.
Luego se vuelve al camino. La realidad está ahí. Pero ahora se afronta con otra fe, con otra fuerza. Y la vida cobra nuevo sentido. Como Jesús, es bueno que nosotros hagamos también una parada así de vez en cuando. Y que demos gracias por las paradas ya hechas que, con toda seguridad, tanto nos han ayudado en nuestro caminar."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 29 de marzo de 2026

ACLAMADO Y CRUCIFICADO

  


Cerca ya de Jerusalén, cuando llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos de sus discípulos diciéndoles:
– Id a esa aldea y encontraréis una asna atada y un borriquillo con ella. Desatadla y traédmelos. Si alguien os dice algo, respondedle que el Señor los necesitad y que en seguida los devolverá.
Esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el profeta:
“Decid a la ciudad de Sión:
‘Mira, tu Rey viene a ti,
humilde, montado en un asno,
en un borriquillo, cría de una bestia de carga.’ ”
Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado. Llevaron el asna y el borriquillo, los cubrieron con unas capas y Jesús montó. Había mucha gente, y unos tendían sus capas por el camino y otros tendían ramas que cortaban de los árboles. Y los que iban delante y los que iban detrás gritaban:
– ¡Hosana al Hijo del rey David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!
Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó. Muchos preguntaban:
– ¿Quién es este?
Y la gente contestaba:
– Es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea.
(Mt 21,1-11)

La liturgia de hoy nos presenta dos evangelios. Aquí os he puesto el primero, el que se lee en la bendición de los ramos. El segundo, la Pasión según San Mateo, lo encontraréis en el segundo vídeo.
Este domingo vemos la dualidad de nuestro comportamiento con Jesús. Lo aclamamos cuando todo parece bien, cuando parece que nos lleva al triunfo. Lo despreciamos cuando empiezan las dificultades, hasta crucificarlo. La verdadera Fe está al pie de la Cruz. Allí están Juan y tres mujeres. Allí debemos estar nosotros.
 
"Hemos llegado al final de la Cuaresma, abordamos la Semana Santa, para la que nos hemos estado preparando, cada uno según sus posibilidades. Estamos comenzando una nueva Semana Santa, que es una posibilidad para irnos configurando cada vez más con el Señor. Dejemos que lo escuchado en estos cinco domingos de Cuaresma y hoy en el relato de la Pasión cale en el corazón de cada uno de nosotros.
Todos los evangelistas dedican largo espacio al relato de la Pasión y Muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados desde perspectivas distintas. Cada evangelista presenta también detalles, episodios y llamadas de atención que les son propias, poniendo así de manifiesto su interés por algunos temas de catequesis considerados significativos y urgentes para sus respectivas comunidades. La versión de la Pasión que hoy se nos propone es la de san Mateo. No es un día para hacer largas reflexiones, porque ya de por sí la celebración se alarga, pero sí me parece interesante comentar algunos aspectos de esta liturgia. No en vano el Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa.
El Domingo de Ramos comenzó todo. Jesús llevó a cabo su última procesión, una marcha hacia el destino de su vida entera, Jerusalén. Allí llegó, para encontrarse con todo el pueblo, para dar a la gente, a todos, la posibilidad de que lo reconocieran y lo acogieran. Va con el amor de Dios como bandera, y la paz en las manos, ofreciendo gratuitamente un camino de felicidad y salvación. Porque Jesús siempre buscó la cercanía y el encuentro.
Mateo repite varias veces que “todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas”. Desde el comienzo de su predicación hasta la muerte en cruz, todo ha sido predicho. Nuestro evangelista resalta, sobre todo, un paralelismo entre la Pasión de Jesús y el drama vivido por el justo del que habla el Salmo 22. Las correspondencias son tantas como para suponer que la intención del autor del salmo hubiera sido darnos una descripción detallada de lo que le sucedería al Mesías. Al revés. Se debe a una selección interesada del evangelista, quien ha querido contarnos la Pasión y Muerte de Jesús teniendo presente el esquema de este salmo.
Mateo escribe su evangelio para los judíos, que han sido adoctrinados por los rabinos para esperar a un Mesías vencedor, grande y potente. Y lo ha hecho para ayudar a los lectores a ir más allá de la mera crónica de los acontecimientos y abrirse al significado profundo de lo que sucedía. Para que vieran al Crucificado como al Mesías esperado. Dios no ha salvado milagrosamente a Cristo de una situación difícil, no ha impedido la injusticia y la muerte de su Hijo, pero ha trasformado su derrota en victoria, su muerte en nacimiento, para que surja una vida sin fin.
También es interesante cómo Mateo presenta a un Jesús pacifista, totalmente en contra de la violencia. “Quien a espada mata, a espada muere”. De alguna manera, los discípulos de Jesús debemos ser hijos de la paz. Lo remarca a menudo el Papa León XIV, hablando en contra de todas las guerras que en el mundo hay abiertas. Los primeros cristianos lo tenían claro: un discípulo de Cristo debe estar dispuesto, como el Maestro, a dar la vida por el hermano y no a matarlo; nunca matarlo, por ninguna razón. Los mártires de todos los siglos nos lo recuerdan. (...)"
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)



sábado, 28 de marzo de 2026

UN HOMBRE POR EL PUEBLO

 


 Al ver lo que Jesús había hecho, creyeron en él muchos de los judíos que habían ido a acompañar a María. Pero algunos fueron a contar a los fariseos lo hecho por Jesús. Entonces los fariseos y los jefes de los sacerdotes, reunidos con la Junta Suprema, dijeron:
– ¿Qué haremos? Este hombre está haciendo muchas señales milagrosas. Si le dejamos seguir así, todos van a creer en él, y las autoridades romanas vendrán y destruirán nuestro templo y nuestra nación.
Pero uno de ellos llamado Caifás, sumo sacerdote aquel año, les dijo:
– Vosotros no sabéis nada. No os dais cuenta de que es mejor para vosotros que muera un solo hombre por el pueblo y no que toda la nación sea destruida.
Pero Caifás no habló así por su propia cuenta, sino que, como era sumo sacerdote aquel año, dijo proféticamente que Jesús había de morir por la nación judía, y no solo por esta nación, sino también para reunir a todos los hijos de Dios que se hallaban dispersos. Desde aquel día, las autoridades judías tomaron la decisión de matar a Jesús.
Por eso, Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se marchó de la región de Judea a un lugar cercano al desierto, a un pueblo llamado Efraín. Allí se quedó con sus discípulos.
Faltaba poco para la fiesta de la Pascua de los judíos, y mucha gente de los pueblos se dirigía a Jerusalén, a celebrar antes de la Pascua los ritos de purificación. Andaban buscando a Jesús, y se preguntaban unos a otros en el templo:
– ¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta, o no?
(Jn 11,45-56)

La idea del Mesías que tenían los judíos era, que Él los salvaría de los romanos y haría de ellos un pueblo dominador. La figura de Jesús no cuadraba con esta imagen. Alguien humilde que se acerca a los sencillos, a los pobres, a los niños, a los enfermos...Ven, que los romanos los masacrarán. Por eso dicen que prefieren que muera un hombre por todo el pueblo. Y lo acertaron. Jesús murió para salvarnos a todos. Con su muerte nos dió la Vida.
 
" (...) El Sanedrín era el Consejo Supremo y el tribunal más alto del pueblo judío en tiempos de Jesús. Funcionaba como una autoridad religiosa, legislativa y judicial que regía los asuntos internos de Judea bajo la supervisión romana. Los sumos sacerdotes, los fariseos y los ancianos convocados al Sanedrín conocían las profecías y también a Jesús. No vieron o más bien no quisieron ver que esas Escrituras veneradas habían hablado de Él durante siglos. Estaban atrapados en el miedo. Los signos de Jesús, sus obras, más que argumentos en su defensa representaban una amenza a la estabilidad política y seguramente también un peligro para su posición social y su poder.
Como señala con agudeza el evangelista, el sumo sacerdote, no por propio impulso sino por su cargo, fue impulsado a hablar proféticamente: conviene que uno muera por el pueblo. Ciertamente convino que aquello ocurriera para nuestra salvación.
A veces, los que nos decimos seguidores de Jesús, podemos estar tentados como aquel Sanedrín por el atractivo de ser miembros de la Iglesia sin arriesgar nada. Nos desentendemos de los problemas, no queremos conflictos, estamos muy cómodos en una religión “blandita” que consuela un poco, que nos deja buena conciencia, que se adapta a las modas y a lo que “se lleva” en estos tiempos… No queremos líos. Pero seguir a Jesucristo nos va a pedir implicarnos en muchos líos inexorablemente… Y el primero de todos es creer con una fe activa, que se expresa en obras, en compromiso y en asumir los riesgos de ese seguimiento."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 27 de marzo de 2026

VEN PERO NO CREEN

  


Los judíos volvieron a coger piedras para tirárselas, pero Jesús les dijo:
– Por el poder de mi Padre he hecho muchas cosas buenas delante de vosotros: ¿por cuál de ellas me vais a apedrear? Los judíos le contestaron:
– No vamos a apedrearte por ninguna cosa buena que hayas hecho, sino porque tus palabras son una ofensa contra Dios. Tú, que no eres más que un hombre, te haces Dios a ti mismo.
Jesús les respondió:
– En vuestra ley está escrito: ‘Yo dije que sois dioses.’ Sabemos que no se puede negar lo que dice la Escritura, y Dios llamó dioses a aquellas personas a quienes dirigió su mensaje. Y si Dios me apartó a mí y me envió al mundo, ¿cómo podéis decir que le he ofendido por haber dicho que soy Hijo de Dios? Si no hago las obras que hace mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, creed en ellas aunque no creáis en mí, para que de una vez por todas sepáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.
De nuevo quisieron apresarle, pero Jesús se escapó de sus manos.
Regresó Jesús al lado oriental del Jordán, y se quedó allí, en el lugar donde Juan había estado antes bautizando. Muchos fueron a verle y decían:
– Ciertamente, aunque Juan no hizo ninguna señal milagrosa, todo lo que decía de este hombre era verdad.
Muchos creyeron en Jesús en aquel lugar.
(Jn 10,31-42)

Los judíos veían las obras de Jesús, pero no creían en Él. Veían que eran buenas, pero ellos preferían la teoría. Para ellos era blasfemo, porque no concordaba con su interpretación de las escrituras. Ese no era el mesías que esperaban. ¿También nosotros anteponemos la teoría a las buenas obras? ¿Creemos que somos seguidores de Jesús porque somos teólogos, porque sabemos mucho? Jesús quiere que sigamos sus obras, que hagamos el bien. Que sepamos ver a Dios en el otro y lo amemos a través del otro.

"La suerte está echada, pero aún no es el día y la hora y Jesús, tras un nuevo altercado con los judíos y la intentona de estos de proceder sin más a la lapidación -relata el evangelista-, marcha al otro lado del Jordán, donde había bautizado Juan.
Juan el Bautista nombró a Jesús como Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo; dijo que era superior a él porque existía antes; dijo que bautizaría con el Espíritu Santo y fuego; afirmó que era el Hijo de Dios tras ver al Espíritu Santo descender y escuchar “Este es mi Hijo bienamado, escuchadle”; también aseguró que no era digno de desatar la correa de sus sandalias…
Muchos acudieron recordando lo que el Bautista había dicho de Él. Y creyeron en Jesús. A diferencia de los poderosos de Jerusalén, estos comprenden -recordando el testimonio de Juan- quien es el galileo a quien aquellos temen y odian aunque habían visto sus obras.
No son las obras lo que reprochan a Jesús ya que habían visto o habían escuchado el relato de curaciones, expulsión de demonios, resurrecciones. Lo que temían era la verdad. Sorprendentemente, aquellos dirigentes de un pueblo que esperaba al Mesías, le temen porque intuyen o comprenden perfectamente que las palabras de Jesús suponen un cambio que acabaría con su poder, sus injusticias disfrazadas de acatamiento de la ley, sus privilegios…
A lo mejor, algunos que nos llamamos cristianos creemos en Jesucristo pero en un Jesucristo “cómodo”, que no nos inquiete, que nos evite el dolor y el sufrimiento y que no nos exija gran cosa. Pero si de verdad creemos en Él como el único que nos puede salvar, tenemos que asumir que no hay otro camino que el de identificación con Él en su Cruz que, inevitablemente pasa por el amor al prójimo en obras y palabras.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 26 de marzo de 2026

SABERLO RECONOCER

  


Os aseguro que quien hace caso a mi palabra no morirá.
Los judíos le dijeron:
– Ahora estamos seguros de que tienes un demonio. Abraham y todos los profetas murieron, y tú dices: ‘Quien hace caso a mi palabra no morirá.’ ¿Acaso eres tú más que nuestro padre Abraham? Él murió, y murieron también los profetas. ¿Quién te has creído que eres?
Jesús contestó:
– Si yo me honrase a mí mismo, mi honra no valdría nada. Pero el que me honra es mi Padre, el mismo que decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis. Yo sí le conozco, y si dijera que no le conozco sería tan mentiroso como vosotros. Pero, ciertamente, le conozco y hago caso a su palabra. Abraham, vuestro antepasado, se alegró porque iba a ver mi día: y lo vio, y se llenó de gozo.
Los judíos preguntaron a Jesús:
– Si todavía no tienes cincuenta años, ¿cómo dices que has visto a Abraham?
Jesús les contestó:
– Os aseguro que yo existo desde antes que existiera Abraham.
Entonces ellos cogieron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
(Jn 8,51-59)

Los judíos seguían sin entender a Jesús. Es más, lo consideran un blasfemo y quieren apedrearlo. Nosotros no lo apedreamos porque no lo vemos físicamente; pero lo apedreamos apartándonos de Él, no escuchando su palabra. Lo apedreamos abandonándolo en los más pobres, en los perseguidos. Lo apedreamos despreciando a los inmigrantes, expulsándolos...Lo apedreamos cada vez que no lo sabemos ver en el pequeño y necesitado.

"En las genealogías de Jesús (Evangelios de Lucas y Mateo) Abraham es antepasado de Jesús. Es el elegido con quién Dios establece una alianza y a quién hará padre de una inmensa descendencia. Los contemporáneos judíos de Jesús consideraban a Abraham como el fundamente de su conciencia de pueblo elegido…
La verdad es que lo que cuenta Juan en el pasaje del evangelio que escuchamos hoy, da mucha pena: no entendían nada de las palabras de Jesús. En realidad los encuentros con él no podían concluir en algo como diálogo abierto para llegar a algún punto de acuerdo porque ya habían decidido rechazar sus palabras y condenarlo como blasfemo. Ante las sorprendentes palabras de Jesús oponen argumentos pueriles: “No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abraham?”
Quedan pocos días para la semana santa y los relatos evangélicos de toda la cuaresma van acercándonos al final del drama y todos los evangelios que hemos ido meditando durante esta etapa, de un modo u otro nos plantean una pregunta de cuya respuesta depende nuestra salvación: ¿creemos que Este que afirma una y otra vez “Yo soy”, es decir la expresión de su identidad divina, es Quien dice ser?
Ocurre que, precisamente, lo que vamos a recordar en la semana próxima: un juicio absurdo, una condena cobarde, una muerte ignominiosa, un dolor indecible, un sufrimiento extremo, es la prueba más certera de que Jesucristo es Dios. Ninguna imaginación humana podría idear algo tan contradictorio. Pensamos como salvadores y rescatadores en superhombres o en héroes con poderes extraordinarios, no en un hombre “despreciado, ante quien se vuelve el rostro”. Este hombre, varón de dolores, es el Mesías prometido, El Hijo amado, Dios mismo, signo de contradicción capaz de tomar sobre sí toda nuestra miseria y todos nuestros sufrimientos para que resucitemos con Él."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 25 de marzo de 2026

HÁGASE

  


A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, a visitar a una joven virgen llamada María que estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró donde ella estaba, y le dijo:
– ¡Te saludo, favorecida de Dios! El Señor está contigo.
Cuando vio al ángel, se sorprendió de sus palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo:
– María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo: y Dios el Señor lo hará rey, como a su antepasado David, y reinará por siempre en la nación de Israel. Su reinado no tendrá fin.
María preguntó al ángel:
– ¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?
El ángel le contestó:
– El Espíritu Santo se posará sobre ti y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel, a pesar de ser anciana, va a tener un hijo; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible.
Entonces María dijo:
– Soy la esclava del Señor. ¡Que Dios haga conmigo como me has dicho!
Con esto, el ángel se fue.
(Lc 1,26-38)

Hágase. Esta es la respuesta de María, su sí a los designios de Dios. Esa debe ser nuestra respuesta; pero sólo puede darse desde la sencillez, desde la humildad. Como hizo María. De ese hágase dependió nuestra salvación. Nunca podremos agradecérselo totalmente.

"Hoy la Iglesia celebra la Encarnación. Lo que C. Lewis denomina “el Gran Milagro” en su obra “Los milagros”. Este autor lo expresa así: En la Encarnación, todo lo que es inmenso y lejano se condensa en un punto, como si toda la luz de un sol infinito se concentrara en la punta de un alfiler para entrar en el seno de una doncella.
El Dios Creador Eterno que dispuso el espacio y el tiempo físicos en los que existe la vida, nuestra vida de criaturas, entró en esas coordenadas a través de un ser humano concreto, sin dejar de ser Dios. Y no se trata una “disminución” de su divinidad sino una concentración máxima de poder y amor en la humildad de lo finito.
Nosotros solemos asociar poderoso, importante y grande. Pero aquí se da la paradoja: esa lógica se invierte. El poder de Dios se hace tan denso que puede habitar en el seno de una doncella, en un tiempo y en un espacio concretos, el punto exacto donde la eternidad toca la historia.
La doncella elegida sabe lo ocurrido. Lo sabe perfectamente y lo cuenta así en el cántico que ha transmitido Lucas y que se recita con frecuencia en la Liturgia católica: Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humildad de su esclava…
San Buenaventura escribió mucho sobre este misterio central de la vida de la Iglesia y, en toda su obra subraya con énfasis que comprenderlo solo es posible para los humildes porque la soberbia actúa como una «ceguera espiritual» que bloquea el acceso a la verdad divina. El misterio de la Encarnación es el acto supremo de humildad divina: Dios se hace “pequeño” y vulnerable.
Una mente inflada por la soberbia busca la grandeza propia y no puede sintonizar con un Dios que elige la fragilidad humana para salvar al mundo. Sencillamente se cierra a la comprensión porque está llena de “si misma” y no puede reconocer que cualquier bien en cada ser humano es un don y no un mérito propio. Como en María, nuestro corazón humilde puede ser también un cántico de alabanza lleno de alegría."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 24 de marzo de 2026

¿QUIÉN ES JESÚS?

  


Jesús les volvió a decir:
– Yo me voy, y vosotros me buscaréis, pero moriréis en vuestro pecado. A donde yo voy vosotros no podéis ir.
Los judíos decían:
– ¿Acaso estará pensando en matarse y por eso dice que no podemos ir a donde él va?
Jesús añadió:
– Vosotros sois de aquí abajo, pero yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, pero yo no soy de este mundo. Por eso os he dicho que moriréis en vuestros pecados: porque si no creéis que yo soy, moriréis en vuestros pecados.
Entonces le preguntaron:
– ¿Quién eres tú?
Jesús les respondió:
– En primer lugar, ¿por qué he de hablar con vosotros? Tengo mucho que decir y juzgar de vosotros; pero el que me ha enviado dice la verdad, y lo que yo digo al mundo es lo mismo que le he oído decir a él.
Pero ellos no entendieron que les hablaba del Padre. Por eso les dijo:
– Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, reconoceréis que yo soy y que no hago nada por mi propia cuenta. Solamente digo lo que el Padre me ha enseñado. El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo siempre hago lo que le agrada.
Al decir Jesús estas cosas, muchos creyeron en él.
(Jn 8, 21-30)

¿Sabemos realmente quién es Jesús? Jesús se presenta como el Hijo y es el único que puede explicarnos quién es el Padre. A lo largo de todo el Evangelio nos hace reconocerlo en el otro, en el pobre, en el perseguido, en el enfermo, en el que sufre...Jesús lo firma todo esto siendo "levantado", es decir, con su donación total en la cruz. ¿Creemos realmente en Él?

" (...) El Hijo del hombre que, en el texto evangélico, será levantado en alto, es salvación pero solo para los que han entendido lo que significa “Yo soy”. Los que han reconocido la verdad y la han aceptado. Según este texto, muchos.
En aquel contexto esa expresión es inequívoca: remite a la pregunta de Moisés cuando Dios le envía a liberar a los israelitas del yugo del faraón. La respuesta es “Yo soy el que soy”. Es decir, el ser por sí mismo, la existencia misma, inmutable y eterna, fuente de toda realidad.
Jesús afirma su ser divino, así son las cosas. Muchos creyeron en él, escribe Juan. Sabemos, a pocos días de celebrar el triduo pascual, que esa afirmación también fue equivalente a una condena por blasfemia: Jesús será apresado y llevado a juicio. Y nosotros, muchos bautizados, los que hemos recibido una tradición y una cultura impregnada de creencias y valores cristianos, ¿creemos firmemente que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre?
En Él está la salvación. Quién lo contempla levantado en la Cruz y cree en Él, tendrá vida eterna. Cuando en el Credo decimos “que por nosotros los hombres y por nuestra salvación […] padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin”, estamos afirmando que Dios ha escuchado nuestro clamor de cautivos y nos ha librado de la muerte eterna por nuestra fe en Jesucristo, su Hijo.
Una propuesta sencilla: recitar las palabras del Credo con alegría y confianza."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)