Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El que cree en el Hijo de Dios no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios. Los que no creen ya han sido condenados, pues, como hacían cosas malas, cuando la luz vino al mundo prefirieron la oscuridad a la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que viven conforme a la verdad, se acercan a la luz para que se vea que sus acciones están de acuerdo con la voluntad de Dios.
(Jn 3,16-21)
Jesús sigue su conversación con Nicodemo. Le dice que Él ha sido enviado a salvar el mundo no ha condenarlo, pero de nosotros depende aceptarlo o no. Él es la luz. Nosotros debemos escoger entre la luz y la oscuridad. La luz es la verdad.
"Podría parecer hoy día que el mundo entero está envuelto en tinieblas de corrupción, guerra, inmoralidad… Un mundo que prefirió la oscuridad pudiendo haber optado por la luz. Se le ofreció la luz de la verdad, la paz del bien, la bondad de la belleza, y la rechazó, buscando la mentira, la guerra, la fealdad. Es decir, todo lo podrido. En la oscuridad hay carcoma, podredumbre, mal olor.
Pero una pequeña luz, por muy pequeña que sea, rompe la oscuridad. Romper la oscuridad es como romper esos muros de cárceles y salir liberados, como los apóstoles en la primera lectura.
Existen, ciertamente esas pequeñas, o grandes luces. Hay manifestaciones de fe (como hemos visto en la pasada Semana Santa) que tienen un gran poder evangelizador; hay obras buenas de quienes liberan a cautivos, luchan contra la persecución religiosa, trabajan por la justicia, cuidan a enfermos y ancianos, crían familias con sacrificio, pero con amor, educan y forman seres humanos íntegros y verdaderos. Hay muchos que obran el bien, y por tanto se acercan a la luz. Aunque las páginas de los periódicos estén llenas de oscuridad, la oscuridad ha sido definitivamente vencida. En tiempos recientes se ha comentado mucho el fenómeno de las conversiones al cristianismo en todo el mundo occidental secularizado. Muchos se han cansado de la oscuridad y se han cansado de los muros que los aprisionaban y se han vuelto a la luz. ¡Qué bueno es el Señor! El Señor que libra de los temores; el Señor que da una felicidad que nunca podrá dar la oscuridad.
Todas esas obras de luz tienen un mismo origen, el Dios de la verdad, de la belleza y del bien. Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo unigénito. Y lo amó incluso cuando había optado por la oscuridad queriendo ser como dios. Lo amó cuando Lucifer, el hijo de la luz que rechazó su identidad y optó por la tiniebla, pareció haberlo conquistado. Pero, tanto amó Dios al mundo que, por la Encarnación de Cristo, levantó la humanidad y la acercó a la luz. Tanto amó Dios al mundo que, en Cristo, todos podemos participar en esa luz obrando el bien, proclamando la verdad, buscando la belleza."
(Cármen Fernandez Aguinaco, Ciudad Redonda)
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