Por aquel tiempo, Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que ocultaste a los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido.
Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce realmente al Hijo, sino el Padre; y nadie conoce realmente al Padre, sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo quiera darlo a conocer.
(Mt 11,25-27)
Dios prefiere la sencillez a las grandes cosas. Si somos humildes, si no buscamos nuestro engrandecimiento, Él nos revelará lo más importante: que Él es Amor. Que Amar a todo el mundo es ser feliz. Que lo que Él quiere de nosotros es que amemos de verdad a los demás.
" En el Evangelio de hoy Jesús da gracias al Padre por haber revelado “estas cosas” a los pequeños. Hoy se celebra la fiesta de san Buenaventura, el “Doctor Seráfico”, un hombre que de niño fue salvado milagrosamente de una gravísima enfermedad, de buena familia, con estudios y que llegó a ser Cardenal de la Iglesia… ¡ni tan pequeño! Pero Jesús quizá no se refiera solamente a la pequeñez de niños, pobres, o ignorantes, cuanto la de los que se hacen pequeños dependiendo totalmente de Dios. Y también se refiere al modo de la revelación. El modo de la revelación trata, tanto de estudio asiduo y esforzado del estudiante, como de oración confiada y apertura a la luz de Dios. Trata de no empeñarse en conocer y entender las cosas por uno mismo cuanto en dejar que la luz de Dios penetre. En ese caso, Buenaventura encaja en la definición de pequeños. Se cuenta de él que, en cierta ocasión, se detuvo a conversar con un frailecillo, y cuando algunos le cuestionaron por su uso del tiempo, respondió que ese frailecillo era “su amo”, es decir, que se debía a él, como se debía a cualquier pequeño. El doctor seráfico, que hablaba con Dios y de Dios tan elevadamente, podía asegurar con toda sinceridad que el frailecillo (o cualquier otro “pequeño”) era su amo.
Quizá hoy tendríamos que pararnos a considerar cómo sabemos lo que sabemos; a dar gracias a Dios por revelaciones, no asombrosas, sino más bien de pequeñas luces que pueden resultar en una gran carga de fe; de la propia pequeñez que se abre a un misterio inmenso. Y también tendríamos que preguntarnos si somos amos de nosotros mismos o si pertenecemos a ese Amo que revela cosas a los pequeños, y a esos otros amos “pequeños” que reclaman a veces nuestra atención, nuestra escucha, y nuestro tiempo. ¿A quién pertenecemos? ¿Pretendemos pertenecernos a nosotros mismos? ¿O a grandes y poderosos? ¿Qué se nos ha comunicado?"
(Carmen Aguinaco, Ciudad Redonda)
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