martes, 1 de noviembre de 2022

"TODOS" LOS SANTOS

 


En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: "Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo."

"Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados, no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de «nuestro pequeño mundo», de la Iglesia Católica, o del mundo cristiano, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante el Misterio inefable? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en el «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia pudieran ser «todos los santos»... o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?
Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas», para hacer honor a su nombre: la «festividad de todos los santos». Por tanto, hemos de hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad.
Para empezar, como mínimo, ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los cristianos que han vivido su fe en Jesús tratando de imitarle en la práctica del bien: católicos, protestantes, ortodoxos, coptos... y de todos los muchos ritos existentes, que no solemos conocer. Pero es que, además, esta fiesta es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos «cristianos», sino a «todos», todos los que fueron «santos» a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»... a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta «inter-religiosa»), e, incluso, a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro), los santos «anónimos» (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos»... a esa infinidad de personas buenas, generosas, incluso heroicas, a las que el pasaje de Mt 25,31ss (la llamada «parábola de los ateos», ¿recuerdan?) pone en evidencia: «cada vez que ustedes lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, a mí mismo me lo hicieron»...
Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene...?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan –sin darse cuenta quizá– en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería «católico, apostólico... [y tal vez incluso] romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también, un Dios... hecho «a imagen y semejanza» ¡nuestra!
La actitud universalista, la apertura del corazón y de la mente hacia la universalidad, hacia la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre cuestiona nuestra imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nosotros pensamos y de acuerdo con nuestros intereses... Dios, si es verdaderamente «Dios», ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen, optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones” (aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro, después de una lúcida intuición personal, en casa de Cornelio (Hch 10,34).
Hoy, a muchos ya, nos parece todo esto pues natural, pero hace sólo poco más de 50 años que estamos pensando de esta manera –los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II–. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas, y esencialmente distintas –por su objeto formal– de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou (1905-1974), por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi... sólo podrían considerarse «héroes», no «santos». No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque santos, lo que se dice «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos... ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II. Sí, «rupturas.Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual, de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: el amor, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino... Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «cat-hólico»...
Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, profunda y simplemente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr, en el día a día, el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.
En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por el recién canonizado Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí, el murciano místico sufí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)... La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.
Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Rupturas», no mero cambio en continuidad..." (Koinonía)


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