Al llegar la noche, los discípulos de Jesús bajaron al lago, subieron a una barca y comenzaron a cruzarlo en dirección a Cafarnaún. Era completamente de noche, y Jesús todavía no había regresado. En esto se levantó un fuerte viento que alborotó el lago. Ellos, cuando ya habían recorrido unos cinco o seis kilómetros, vieron a Jesús que se acercaba a la barca andando sobre el agua y se llenaron de miedo. Él les dijo:
– ¡Soy yo, no tengáis miedo!
Entonces quisieron recibirle en la barca, y en un momento llegaron a la orilla adonde iban.
(Jn 6,16-21)
No debemos tener miedo. Nos lo dice Jesús. Él siempre está a nuestro lado. Pero hay que saberlo ver. Hay que reconocerlo. En la vida pasaremos por circunstancias terribles, pero Él siempre nos acompaña, no nos abandona.
"Las lecturas y el salmo de hoy hablan de dos tipos de temor. El temor de quienes saben que Dios cuida de ellos. No es miedo, sino reverencia y confianza. El temor lógico de los discípulos que ven a Jesús caminar sobre las aguas: ¿qué es, un mago, un fantasma…? El “soy Yo” de Jesús, el nombre de Dios en el Sinaí, el nombre del único que de verdad tiene existencia, puede provocar los dos tipos de temor: al asombrado, reverencial y sobrecogedor de la presencia de Dios, y el de haber visto el rostro de Dios y ya no vivir…
Pero Jesús dice: no tengáis miedo: Soy yo; yo existo y por lo tanto hay vida. Soy y por tanto podéis ser. Soy yo y no hay nada de lo que aterrorizarse; sí mucho que contemplar asombrados, con temor, reverencia y sobrecogimiento. A menudo vemos en nuestras iglesias una especie de familiaridad (de muy buena intención) con las cosas de Dios, pero a la que le falta el sobrecogimiento y la reverencia. No pasamos por delante de cualquier cosa, sino de altar y sagrario. No tratamos de cualquier objeto, sino de lo sagrado para la Eucaristía…
Podría parecer que las dos lecturas de hoy no guardan mucha relación. El relato de los primeros diáconos y el del sobrecogimiento de los discípulos ante la majestad de Dios podrían parecer distantes. Y sin embargo, los siete diáconos son elegidos precisamente por su sabiduría y por el Espíritu en ellos. Esos dones del Espíritu que celebraremos en Pentecostés son los que envían al servicio. Liturgia (la adoración de Dios), diaconía (servicio), comunión y testimonio, los cuatro elementos esenciales para la identidad de la Iglesia siempre están presentes en todo momento de la vida cristiana y se necesitan uno a otro. No puede haber verdadero servicio reverente a la dignidad humana sin adoración a su Creación. No puede haber verdadera adoración la que no respeta y reverencia al otro; no puede haber comunidad sin adoración (sería un club de amigos); no puede haber testimonio sin tener la experiencia de una presencia de la Majestad de Dios.
No tenemos miedo; pero sí temor ante un Dios al que nos podemos acercar como amigos, pero reconociendo al Altísimo. A él servimos en los demás; de Él damos testimonio; por él somos Asamblea.
(Carmen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)
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