– Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para tener vida eterna?
Jesús le contestó:
– ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Bueno solamente hay uno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.
– ¿Cuáles? – preguntó el joven.
Jesús le dijo:
– ‘No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo.’
– Todo eso ya lo he cumplido –dijo el joven–. ¿Qué más me falta?
Jesús le contestó:
– Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres. Así tendrás riquezas en el cielo. Luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se fue triste, porque era muy rico.
Jesús nos pide que le sigamos, pero no es fácil. Seguirle, significa dejarlo todo por Él. Significa entregarnos totalmente a los demás. Pero no debemos desanimarnos como el joven rico. Seguir a Jesús es un camino. Es intentarlo cada día. Además, Él estará a nuestro lado y nos tomará de la mano cuando desfallezcamos.
" (...) Jesús, al joven que se acerca con la pregunta “¿Qué tengo que hacer para alcanza la vida eterna?” tiene que exigirle el desapego como prueba de fuego para evidenciar su verdadera idolatría: «Vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres». El joven falla la prueba; prefiere sus posesiones antes que el seguimiento.
En el texto de Marcos, el conocidísimo encuentro del joven rico, añade, a los mismos pasajes de Mateo y Lucas, un detalle conmovedor que es la mirada de Jesús. Jesús lo miró con amor y lo ve marchar con tristeza… Creo que es la misma tristeza con que nos ve a nosotros cuando, demasiadas veces, anteponemos nuestros apegos a la entrega que nos pide. O cuando nos engañamos buscando justificaciones muy razonables para disfrazar el amor al dinero, a la seguridad, al prestigio, a nuestras ideas y prejuicios arraigados, a afectos. Incluso a aficiones inofensivas. Siempre funciona el autoengaño.
Hoy se habla mucho de discernimiento. Desde luego que es necesario discernir no solo para distinguir el bien del mal y la verdad de la mentira sino para saber lo que es mejor y lo que agrada más a Dios que conoce nuestro corazón. Lo que más nos puede ayudar es confiar plenamente en el El y pedirle que nos ilumine. Que haga que sepamos reconocer las ataduras que no nos atrevemos a romper sobre todo por el miedo.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)
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