domingo, 4 de octubre de 2026

LA VIÑA NO ES NUESTRA

 


Escuchad otra parábola: El dueño de una finca plantó una viña, le puso una cerca, construyó un lagar y levantó una torreu para vigilarla. Luego la arrendó a unos labradores y se fue de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, mandó unos criados a recibir de los labradores la parte de la cosecha que le correspondía. Pero los labradores echaron mano a los criados: golpearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. El dueño envió otros criados, en mayor número que al principio; pero los labradores los trataron a todos del mismo modo.
Por último mandó a su propio hijo, pensando: ‘Sin duda, respetarán a mi hijo.’ Pero cuando vieron al hijo, los labradores se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero; matémoslo y nos quedaremos con la viña.’ Así que le echaron mano, lo sacaron de la viña y lo mataron.
Pues bien, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué creéis que hará con aquellos labradores?
Le contestaron:
– Matará sin compasión a esos malvados y dará la viña a otros labradores que le entreguen a su debido tiempo la parte de la cosecha que le corresponde.
Jesús les dijo:
– ¿Nunca habéis leído lo que dicen las Escrituras?:
‘La piedra que despreciaron los constructores
es ahora la piedra principal.
Esto lo ha hecho el Señor
y nosotros estamos maravillados.’
Por eso os digo que a vosotros se os quitará el reino, y se le dará a un pueblo que produzca los frutos debidos.
(Mt 21,33-43)

Jesús nos ha hecho responsables de una viña, el Reino en este mundo. Y nosotros hemos acabado creyéndonos los dueños y la estamos destrozando. No producimos frutos de bondad, de Amor, sino de maldad y egoísmo.
Cada día deberíamos reflexionar sobre esto y cuidar la Viña con esmero para Él.

" (...) Podemos escuchar las lecturas, por fin, con verdadero interés. Pensando que ese texto está dirigido a mí, habla de mí, se refiere a mí. Yo, en pleno siglo XXI, en la ciudad de Múrmansk, estoy oyendo algo que me debe llegar al corazón. Algo que viene de Dios, para mí. La Palabra de Dios que se dirige a mí. Casi nada.
Qué distinto es oír hablar de la viña, y pensar en un arbolito, no demasiado alto, del que se puede obtener uvas y vino. Sin más. Qué distinto es pensar en mi propia persona como esa viña, que Dios cuida con amor, que prepara para que todo esté bien, y podamos crecer y dar mucho fruto. Qué diferente resulta todo, cuando leemos el texto en primera persona. Dios me ha plantado, me cuida, me riega, me protege en los momentos malos, ilumina mis miedos con la luz de su verdad… Dios está ahí, pendiente de mí. Yo soy esa viña.
Eso no significa que Él esté siempre encima de nosotros. Dios «se ausenta», es decir, respeta los márgenes de nuestra libertad, de nuestra iniciativa, de nuestra autonomía. Este es el momento peligroso. Viene la locura de la posesión, la falsa idea de que nadie jamás nos pedirá cuentas porque el dueño está lejos y quizá no vuelva nunca. Es el espejismo que ciertas cosas provocan en la conciencia: el dinero, el poder, el prestigio, el orgullo. Dios, el dueño de la viña «está de viaje», lo hemos marginado para siempre de nuestro quehacer.
Dios está ausente, pero eso no significa que no le importe el problema, ni que evada sus responsabilidades, ni que deserte de su posición de dueño de la viña. Significa un incomprensible respeto al hombre. Dios toma en serio al hombre y le deja actuar. No hace de él un robot. No interviene inmediatamente en escena, como hubiéramos hecho nosotros, que al primer rechazo de los viñadores y a su violenta oposición nos hubiera faltado tiempo para enviar a los antidisturbios, a la Policía especial y al Ejército. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Muy lejos está Dios de pensar como nosotros. Dios espera siempre. Dios confía siempre. Dios nunca muestra su orgullo ofendido.
Precisamente por eso me dan miedo estas lecturas. Porque son como el aviso que Dios nos dirige, me dirige, para que estemos atentos. Él nos está cuidando, desde siempre. Por eso debemos responder con la misma moneda. Un Dios que se empobrece y vacía, se encarna, para ser tan miserable como el hombre… ¿Hay un amor más irreflexivo e imprudente? ¿Podemos nosotros entender un amor tan grande? ¿O es que no nos atrevemos a admitirlo porque exigiría demasiado de nosotros? Podemos imitar a Dios en otras cosas, pero en su amor es demasiado para nosotros. Mi miedo es no responder como debo. Saber lo que tengo que hacer, pero no hacerlo, o hacer lo que no debo. Por eso es tan importante caer en la cuenta de que el mensaje del Evangelio se dirige a cada uno de nosotros. Si entendemos este misterio de amor, todo será más fácil. Orar será darle gracias a Dios espontáneamente, por cuidarnos en todo momento, y no algo que tengo que hacer por obligación. La Eucaristía será verdadera acción de gracias, y no una rutina que me mandan.
A veces tengo envidia de aquellas personas que acaban de llegar a este camino. Para las que todo es nuevo, el Evangelio no es conocido, y por eso prestan más atención. Esas personas no corren el peligro de decir ya me lo sé. Ojalá el Señor nos dé a todos un corazón de niño, siempre abierto a la novedad, y capaz de expresar con nuestras obras el amor al Dios que nos cuida. Somos su viña. Demostrémoslo en nuestra vida."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

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