miércoles, 30 de septiembre de 2026

DEJARLO TODO




 Mientras iban de camino, un hombre dijo a Jesús:
– Señor, deseo seguirte adondequiera que vayas.
Jesús le contestó:
– Las zorras tienen cuevas y las aves nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza.
Jesús dijo a otro:
– Sígueme.
Pero él respondió:
– Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.
Jesús le contestó:
– Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el reino de Dios.
Otro le dijo:
– Señor, quiero seguirte, pero deja que primero me despida de los míos.
Jesús le contestó:
– El que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás, no sirve para el reino de Dios.
(Lc 9,57-62)

Si queremos seguir a Jesús, hemos de dejarlo todo. No podemos seguirlo a medias. Si seguimos a Jesús lo más importante son los pobres, los perseguidos, los inmigrantes, los enfermos, el dolor que tenemos frente a nosotros...Si no somos capaces de mirar únicamente esto y miramos nuestros intereses...no podemos seguir a Jesús.
 
"Decía un profesor mío de teología que Dios nos espera siempre a la vuelta de la esquina. Una forma de decir que nos espera justo más allá de donde estamos tanto física como mentalmente. Dios está en el futuro. El problema es que el futuro, nuestro futuro, es siempre incierto. No tenemos más que el presente y la memoria del pasado, que poco a poco se va difuminando. Pero del futuro, del mañana, no tenemos nada. Todo es posible. Hasta cosas que nunca imaginamos. El futuro nos puede cambiar nuestra forma de pensar y, por supuesto, de vivir. Seguro que somos de los que alguna vez hemos dicho o pensado que “esto es la primera vez que me pasa” o “esto no me había pasado nunca”. Pues bien, Dios está en el futuro. Y tenemos que estar abiertos a esa sorpresa, al cambio que nos puede suponer. Abiertos a que Dios nos saque de nuestras casillas, de los lugares comunes y familiares en que nos sentimos cómodos y seguros.
Creo que es así como hay que leer el texto evangélico de hoy. Jesús invita a los que se van ofreciendo a seguirle a una aventura de la que no se sabe el final. Les anima a dejar los terrenos conocidos para arriesgarse y arriesgarlo todo al servicio del Reino. Si lo pensamos con serenidad, tampoco es un desafío tan grande. El futuro siempre es desconocido y siempre es arriesgado. Siempre da miedo, crea inseguridad, es incierto. Supone abandonar el pasado, dejar atrás todo aquello con lo que nos sentíamos seguros, eso que hacíamos siempre y afrontar los nuevos retos.
No se trata de despreciar el pasado (olvidar a los padres…) sino de tomar el bagaje imprescindible y empezar a caminar a lo desconocido con el corazón y la mirada puesta en el Reino de Dios. La promesa es encontrarnos con el Padre y con los hermanos. La tarea, enorme, ingente, es preparar la mesa de la fraternidad en la que nadie debe quedar excluido. Y que en el camino sea lo que Dios quiera, porque no llevaremos más equipaje que su misericordia y su amor."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

martes, 29 de septiembre de 2026

LOS TRES ARCÁNGELES




 Cuando Jesús vio acercarse a Natanael, dijo:
– Aquí viene un verdadero israelita, en quien no hay engaño.
Natanael le preguntó:
– ¿De qué me conoces?
Jesús le respondió:
– Te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.
Natanael le dijo:
– Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel!
Jesús le contestó:
– ¿Me crees solamente por haberte dicho que te vi debajo de la higuera? ¡Pues cosas más grandes que estas verás!
Y añadió:
– Os aseguro que veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.
(Jn 1,47-51)

Los tres arcángeles los encontramos guiando a los hombres. Gabriel anunciando a María. Miguel luchando contra el mal. Rafael acompañando a Tobías. Seguro que más de uno nos hemos encontrado en la vida con un ángel que nos ha ayudado, aunque no hemos reparado en ello. Personas que no conocíamos pero que nos han ayudado. También nosotros podemos ser ángeles para los demás. Sólo basta estar dispuestos a servir...

"El otro día leí que cuando viaja el presidente de los Estados Unidos lleva consigo una comitiva de unas trescientas personas. Y esto no es del presidente actual sino de todos los presidentes de los últimos cincuenta años. Es el presidente de un imperio. ¡Qué menos! Así ha sido siempre en la historia. Podríamos recordar el fasto y la pompa y hasta el misterio que rodeaba a los emperadores bizantinos o lo que fue la corte del Rey Sol, Luis XIV, en Francia en el siglo XVII. Los poderosos siempre se han rodeado de muchos siervos, asesores, consejeros, bufones y otros que les facilitaban la vida.
Por eso, cuando imaginamos a Dios en sus alturas celestiales no podemos menos que imaginarle en su corte celestial, rodeado también de siervos, ángeles en este caso, que le canten aleluya y alaben continuamente. ¡No va a ser Dios menos que los reyes y emperadores de nuestro mundo!
Pero con el Evangelio en la mano y el mensaje del Reino en el corazón, no podemos ni debemos imaginarnos a Dios como uno cualquiera, aunque superior, de los poderosos de este mundo, exigiendo pleitesía y alabanzas de todos los que le rodean. El mensaje de Jesús nos habla de un Dios Padre, el Abbá, preocupado por sus hijos, atento a sus necesidades. Un Dios que no pide adoración sino que reparte perdón, misericordia, reconciliación. Un Dios que cura y sana. Un Dios en el que siempre, siempre, la misericordia triunfa sobre el juicio. Un Dios que no quiere una corte de aduladores sino reunir a todos sus hijos e hijas en torno a la mesa para compartir la comida de la fraternidad.
En esta perspectiva, los ángeles no están tanto al servicio del trono o para hacer más bonita la corte celestial. Ellos también están al servicio del Reino, de la fraternidad, de la justicia. Ángeles tenemos que ser unos con otros, porque todos estamos llamados a cuidar la fraternidad, porque todos estamos llamados al Reino."
(Fernando Torres, cmf,Ciudad Redonda)

lunes, 28 de septiembre de 2026

RECIBIR EN SU NOMBRE

 



 Por aquel entonces, los discípulos se pusieron a discutir quién de ellos sería el más importante. Jesús, al darse cuenta de lo que estaban pensando, tomó a un niño, lo puso junto a él y les dijo:
– El que recibe a este niño en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe también al que me envió. Por eso, el más insignificante entre todos vosotros, ese será el más importante.
Juan le dijo:
– Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre, pero como no es de los nuestros se lo hemos prohibido.
Jesús le contestó:
– No se lo prohibáis, porque el que no está contra nosotros está a nuestro favor.
(Lc 9,46-50)

Jesús nos dice que quien acepta a los niños, a los sencillos, a los que no cuentan nada, (eso pasaba en Israel con los niños y las mujeres), es el más importante. 
También nos muestra que todo aquél que hace el bien, está cerca de Él. Ayer fue el día por la Inmigración. Ellos son para Jesús como los niños. Quien los recibe no siempre es un seguidor de Jesús, pero para Él están más cerca suyo que los que nos llamamos cristianos y rechazamos al que no es como nosotros. 
 
"En los últimos años ha habido unas películas que llevaban por título “Misión Imposible”, remedo de una serie de los 60 y protagonizadas por Tom Cruise. En aquellas películas el protagonista se enfrentaba a misiones imposibles pero al final siempre lograba vencer. Aquellas películas tenían un final feliz.
Pero la vida no es siempre así. Cuando leo textos evangélicos como el de hoy, pienso que Jesús intentó una auténtica “misión imposible” y no sé, no estoy seguro, de que haya conseguido vencer. Porque se enfrentó a unos atavismos que están metidos en lo más profundo de nuestra mente. Y no es fácil desprenderse de ellos.
El primero es esa escena en la que los discípulos empiezan a hablar sobre quién es el más importante entre ellos. Jesús no dice nada pero pone un niño delante y proclama solemnemente, desde la perspectiva del Reino, la primacía del más débil. Así de claro. Así de sencillo. Así de “imposible”. Porque dos mil años después, nosotros seguimos teniendo clarísimo que hay jerarquías (hasta de la iglesia se dice que es esencialmente jerárquica), que hay unos que son más importantes que otros. Ese sueño de igualdad radical, de preferencia por los más débiles, de Jesús y del Reino por el que entregó su vida, se ha quedado, incluso en la misma iglesia, en un sueño del que brotan aquí y allá algunas realizaciones en la entrega de personas concretas pero que no se termina de hacer realidad del todo. Sigue siendo una “misión imposible” y pendiente.
Y el segundo es esa separación que marcan los discípulos entre los nuestros y los otros. Ahí van las fronteras, los prejuicios, los límites, las murallas, las cerraduras, los temores frente al otro, las guerras. Otros atavismo que ha marcado la historia de la humanidad y la ha llenado de sangre. Los discípulos no entienden que en el Reino no hay fronteras, que todos somos hermanos y hermanas y que ya va siendo hora de que todos nos pongamos a trabajar por el bien de todos.
Jesús intentó esa “misión imposible” de romper esos atavismos y abrir un futuro nuevo para la humanidad. A ver si nosotros logramos ser como Tom Cruise y hacer que esta historia tenga un final feliz."

domingo, 27 de septiembre de 2026

¿MI SÍ ES SÍ?





 Jesús les preguntó:
– ¿Qué os parece esto? Un hombre que tenía dos hijos le dijo a uno de ellos: ‘Hijo, ve hoy a trabajar a la viña.’ El hijo le contestó: ‘¡No quiero ir!’, pero después cambió de parecer y fue. Luego el padre se dirigió al otro y le dijo lo mismo. Este contestó: ‘Sí, señor, yo iré’, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo lo que el padre quería?
– El primero – contestaron ellos.
Entonces Jesús les dijo:
– Os aseguro que los que cobran los impuestos para Roma, y las prostitutas, entrarán antes que vosotros en el reino de Dios. Porque Juan el Bautista vino a mostraros el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los cobradores de impuestos y las prostitutas sí le creyeron. Vosotros, aun después de ver todo eso, no cambiasteis de actitud ni le creísteis.
(Mt 21,28-32)

¿Mi sí es sí? Esta es la pregunta que debemos hacernos hoy. ¿El hecho de estar bautizados, de decir que somos cristianos, es de verdad un sí a Dios? En la vida encontraremos personas que dicen no ser cristianas y su vida de entrega y de amor a los más débiles, es mucho más semejante a la de Jesús que la nuestra. El sí a Dios debemos demostrarlo con nuestros actos. Con nuestro Amor a los más débiles, a los pobres, a los perseguidos...Esa entrega debe ser nuestro sí.

"El mensaje de Jesús va avanzando, martilleando, como quien dice. Semana a semana golpea y golpea en el mismo sitio, para que quede firmemente clavado en nuestra memoria. De esta manera se va formando correctamente nuestra conciencia, y entendemos mejor lo que significa ser cristiano.
Hemos ido revisando, en estas últimas semanas, lo relativo a la corrección fraterna y el perdón al hermano, para pasar luego a estudiar la forma original que tiene Dios de llevar la contabilidad, muy generosa, con aquello de que los últimos serán los primeros. Y si hemos asimilado eso, para que no nos aburramos, hoy la Palabra nos da otra vuelta de tuerca.
Es una buena pregunta la que hace Jesús. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Dos hijos, los dos, en principio, más o menos normales, viven en la casa del padre, trabajan con él… “Buena gente”, se podría decir. Uno de los dos, quiere complacer, pero no hace. El otro, más “díscolo”, protesta, pero recapacita. Así somos algunas veces. Rápidos en decir, en hablar, pero más lentos en concretar.
En el mundo se dice: El que la hace, la paga. Y así es. Para eso tenemos el Derecho Penal. Delinques, y tienes que cumplir la pena correspondiente al delito cometido, después de un juicio justo. Pero incluso en este campo, después de algunos años, hay derecho a que te borren los antecedentes penales. Borrón y cuenta nueva, como suele decirse. Nosotros, sin embargo, tenemos una gran memoria para las ofensas. Quién me dijo qué y cuándo, aunque fuera hace muchos años. Es la capacidad de juzgar, de conservar memoria de elefante para las ofensas. Menos mal que Dios no es como nosotros.
Seguro que el padre de esta parábola no se quedó mucho tiempo pensando en la negativa del primer hijo. Se fijó en que hizo lo que le pidió, y ya está. No le anduvo echando en cara que fuera tan voluble. Y casi seguro que al segundo también le dio otra oportunidad. Es lo que tienen los padres buenos. Como nuestro Dios. Ve en lo profundo del corazón de cada uno.
La semana pasada se nos dijo también que los últimos serán los primeros. Ya eso lo tuvimos que asimilar. Sobre todo, los que nos sentimos “primeros”. Hoy, además, se nos dice que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Me imagino cómo le sonaría esto a los contemporáneos de Jesús. Incluso hoy suena raro. Acostumbrados a juzgar, dividimos entre buenos y malos, los nuestros y los otros, los míos y los ajenos. Según nuestra lógica.
Y de nuevo la Palabra nos recuerda qué es lo importante. No decir, sino hacer. No sólo hay que decir que creemos, sino hacer lo que decimos. Eso lo entendieron bien aquellos que estaban fuera de la sociedad, en tiempos de Jesús. Todo los que acompañaron a Mateo en el banquete que dio por su conversión. Todos los que sintieron su perdón, como la prostituta que regó con lágrimas los pies de Jesús, o Zaqueo, jefe de publicanos y ladrón, o los enfermos, marginados por su condición de pecadores… Esos que no se sintieron juzgados, sino aceptados, perdonados. Con una segunda oportunidad.
A veces nos pasa que le echamos la culpa a los demás, pensamos que nosotros somos los que lo hacemos bien y los otros están equivocados. Como le decían al amo de la viña de la semana pasada, que hacía el bien sin mirar a quién. Ezequiel, en la primera lectura, les llama la atención a sus paisanos sobre esto: “¿Es injusto mi proceder? ¿O no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere… Y cuando el malvado se convierte… él mismo salva su vida”. En el fondo, de las injusticias y de los errores no tiene la culpa Dios, sino, muchas veces, nosotros mismos, que nos apartamos de Él con nuestros bloqueos y nuestros corazones endurecidos. En nuestras manos, en nuestras acciones está el cambiar de actitud, el no sentirnos tan autosuficientes y poner nuestra confianza en Dios, que es Padre y nos quiere. (...)"

sábado, 26 de septiembre de 2026

SERÁ ENTREGADO

 

Mientras todos seguían asombrados por lo que Jesús había hecho, dijo él a sus discípulos:
– Oíd bien esto y no lo olvidéis: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.
Pero ellos no entendían estas palabras, pues Dios no les había permitido entenderlo. Además tenían miedo de pedirle a Jesús que se las explicase.
(Lc 9,43-45)

Jesús anuncia su Pasión y los discípulos no lo entienden. Ellos esperaban un Mesías glorioso. La gloria de Jesús pasa por su entrega total. Por su Amor total. Se nos entrega totalmente en nuestras manos. ¿Lo rechazaremos?

"La lectura del Evangelio de hoy nos pone ante una realidad que es muy difícil de admitir: sin Cruz no hay salvación. Una realidad en la que decimos creer cuando recitamos el Credo “que por nosotros los hombre y por nuestra salvación bajó del cielo […] fue crucificado, muerto y sepultado” pero que incluso para algunos teólogos católicos resulta intragable, porque lleva a pensar en algo tan aberrante como un Padre que necesitó la sangre de su Hijo para dar por reparada la ofensa. Ese rechazo de algunos reduce el acontecimiento de la Pasión y Muerte al resultado de cálculos políticos, situación social, conspiraciones del Sanedrín…
C.S.Lewis, en su obra “Mero Cristianismo”,  sigue las explicaciones de San Anselmo y Santo Tomás de Aquino acerca del sufrimiento vicario para entender lo que según Pablo muchos consideraron como locura o escándalo. En sus tiempos o en estos.
En resumen el sufrimiento vicario se formula así: solo una persona mala necesita arrepentirse, pero solo una persona perfecta puede lograr un arrepentimiento perfecto. Al estar corrompido por el pecado, el ser humano es incapaz de realizar la reparación absoluta que se requiere para restaurar la relación con Dios. Fue preciso que Dios se encarnase en una naturaleza humana perfectísima para que esa relación quedase restaurada.
Insiste en advertir a los discípulos de lo que se aproxima. Y ellos siguen sin entender, confusos y atemorizados. Tras la Resurrección y el acontecimiento esplendoroso de Pentecostés, todo adquiere sentido y comienza a existir la Iglesia para dar cumplimiento a las palabras de Jesús: cuando sea puesto en lo alto atraeré todo hacia Mí.
Es buena costumbre, para mantener caldeado el corazón, hacer con frecuencia la señal de la Cruz, signarse y persignarse, no mecánica y distraídamente, sino con conciencia de lo que significa, pidiendo crecer en la fe y el amor y ser valiente en el testimonio.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

viernes, 25 de septiembre de 2026

¿QUIÉN ES JESÚS PARA NOSOTROS?

  


Un día estaba Jesús orando, él solo. Luego sus discípulos se le reunieron, y él les preguntó:
– ¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron:
– Unos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que Elías, y otros, que uno de los antiguos profetas, que ha resucitado.
– Y vosotros, ¿quién decís que soy? – les preguntó.
Pedro le respondió:
– El Mesías de Dios.
Pero Jesús les encargó mucho que no se lo dijeran a nadie.
Les decía Jesús:
– El Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, y será rechazado por los ancianos, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la ley. Lo van a matar, pero al tercer día resucitará.
(Lc 9,18-22)

Jesús nos pregunta quién es Él para nosotros. Busquemos un momento de silencio, de meditación, para responder a esta pregunta. Él nos responderá con el anuncio de su entrega total, del triunfo del Amor.
No decirlo a nadie no significa que no podemos hacer apostolado. El otro día nos mandaba a anunciar la Buena Nueva y a curar a la gente. Como entonces, lo que Jesús quiere decirnos es que no hay que anunciarlo a bombo y platillo. A Jesús se le anuncia amando, entregándose con sencillez. Dando nuestra vida como Él hizo.
 
"En el prefacio, hoy el sacerdote recita lo que la liturgia determina para la  Misa votiva del Sagrado Corazón: Damos gracias por Cristo Jesús que con amor admirable se entregó por nosotros… Y en el Evangelio escuchamos un relato que se repite en otros  y que algunos comentaristas han llamado el “secreto mesiánico”. Jesús ordena a los discípulos que guarden silencio sobre su condición de Mesías. No niega ser realmente el Mesías de las promesas, el esperado por Israel pero no quiere que esto confunda y escandalice cuando sea condenado por el sanedrín y entregado a la muerte.
Se dice al principio que Jesús estaba orando solo y parece que, de pronto, se dirige a los discípulos con dos preguntas: ¿que dice de mí la gente? ¿qué decis vosotros? La gente habla de él como uno de los profetas, Pedro no lo duda: es el Mesías. Entpnces Jesús les manda callar.
Su misión no podía ligarse a un mesianismo político y triunfalista, sino que debía conducirse pacientemente hacia el calvario; porque solo en la total vulnerabilidad de la cruz el secreto se rompe, revelando simultáneamente el escenario de las maquinaciones sociales y políticas pero también el misterio definitivo del amor divino.
Jesús en la oración y en el silencio abraza y asume por completo el fin por el que el Hijo ha adquirido una naturaleza humana. Porque era necesario que ocurriera así para redimir a la humanidad al liberarla del pecado. Para que fuéramos curados en sus llagas y volviéramos a la dignidad de hijos del Padre.
La Cruz nos ha liberado por Jesucristo y abrazando la Cruz podemos ofrecernos como Él por la salvación de todos. Y bien sabemos que en toda vida humana hay una cruz o muchas y podría ser que meditando las palabras de Jesús, en el silencio de la oración personal, aprendiéramos a cargar con ellas sin amargura ni resentimiento. Más bien como ocasión de gracia."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

jueves, 24 de septiembre de 2026

¿CURIOSIDAD O FE?

 
El rey Herodes oyó hablar de Jesús y de todo lo que hacía. Y no sabía qué pensar, porque unos decían que era Juan, que había resucitado; otros, que había aparecido el profeta Elías, y otros, que era alguno de los antiguos profetas que había resucitado. Pero Herodes dijo:
– Yo mismo mandé que cortaran la cabeza a Juan. ¿Quién, pues, será este de quien oigo contar tantas cosas?
Por eso Herodes tenía ganas de ver a Jesús.
(Lc 9,7-9)

¿Fe o curiosidad? Puede que nuestra primera razón para acercarnos a la espiritualidad, a Dios, sea la curiosidad. Pero si esta curiosidad no nos lleva a la Fe no sirve para nada. Herodes, cuando se lo envió Pilatos, es cuando lo conoció. Pero no le sirvió para creer. No llegó a la Fe.

"Las estadísticas son claras. Aumenta en el mundo el número de católicos y cristianos de otras confesiones. Pero disminuye, de modo drámatico, en lo que fue la cristiandad o civilización cristiana de occidente: Europa y América. Disminuyen las vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa, hay menos bautizos y vida sacramental… Especialmente dramático el panorama en países tan arraigados históricamente en la Iglesia católica como Polonia, Irlanda o España.
Pero también se ha producido un fenómeno inesperado. Parece que está de moda, digámoslo así, que personajes de la ciencia, la política, las artes, el cine, el deporte… En fin, gente que se ha hecho famosa en los medios o en distintas plataformas digitales, se declare cristiana, católica de toda la vida o conversa reciente. Imágenes de Jesús, la Virgen o santos (a veces de la iconografía clásica y otras creadas con  inteligencia artificial) se difunden así como mensajes más o menos piadosos, oraciones… muchas noticias acerca de milagros o signos sobrenaturales… Y también la atención a supuestos avisos de la proximidad del fin de los tiempos.
Está de moda, sin duda, la curiosidad y, seguramente, el deseo de encontrar sentido en un mundo desquiciado. Lo de Herodes, creo, fue mera curiosidad. Dice el Evangelio de hoy que Herodes se enteró de lo que pasaba con Jesús y tenía ganas de verlo. A lo mejor, alguno que lea esto tiene en la mente, como yo, las imágenes cinematográfica de Herodes frente a Jesús cuando Pilatos lo envió a él  para evitarse problemas. Herodes, que al parecer no lo había visto hasta ese momento, se decepciona. Jesús no dice nada y no “produce un milagro” para complacer su curiosidad. Herodes era un mal tipo. Nos dice el texto de Lucas que confiesa sin temor que mandó decapitar a Juan. Cualquiera sabe, porque solo Dios conoce lo más íntimo de nuestro corazón. Solo cabe pedir al Señor que las conversiones, el amor a Jesús y esas manifestaciones de fe sean verdaderas y muestren al mundo no solo la sed sino la realidad de que hay sentido y esperanza. Que no sean curiosidad ni una moda pasajera.
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

miércoles, 23 de septiembre de 2026

ENVIADOS





Reunió Jesús a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y sanar enfermedades. Los envió a anunciar el reino de Dios y a sanar a los enfermos. Les dijo:
– No llevéis nada para el camino: ni bastón ni bolsa ni pan ni dinero ni ropa de repuesto. En cualquier casa donde entréis, quedaos hasta que os vayáis del lugar. Y si en algún pueblo no os quieren recibir, salid de él y sacudíos el polvo de los pies, para que les sirva de advertencia.
Salieron, pues, y fueron por todas las aldeas anunciando la buena noticia y sanando enfermos.
(Lc 9,1-6)

Jesús también nos envía a nosotros. Y para hacer nuestro apostolado nos preocupamos de tener medios, material, formación...Jesús mandó a los doce sin nada. Les dijo que no llevaran nada para el camino. Y es que para anunciar el Reino, para sanar a los enfermos, lo que hace falta, lo fundamental, es el Amor. Es amando que anunciamos el Reino.

"Hoy la Iglesia hace memoria de San Pío de Pietrelcina (1887-1968), ordenado sacerdote en 1910, vivió desde 1916 hasta su muerte en el convento San Giovanni Rotondo. Fue canonizado en 2002 por Juan Pablo II. Resulta que la lectura del Evangelio nos presenta el envío de los doce a curar enfermos y proclamar el reino de Dios. Parece que, en las formas,  no tienen mucho que ver los apostolados de San Pío y los de los doce. Pero en algo se asemejan y es en la simplicidad o austeridad extrema. A San Pío se atribuyen muchos hechos milagrosos y conversiones en todo el mundo aunque él permaneció en el convento durante la mayor parte de su vida practicando la pobreza franciscana.  A los doce, Jesús los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Con un programa sencillo, como pobres, sin preparativos, sin provisiones, sin bastón, ni alforja…
Diócesis, parroquias, grupos, congregaciones, comunidades, asociaciones de laicos, fieles… La Iglesia toda tiene la misma misión: id y predicad. Solo que el mundo es mucho más complicado y ya no basta con caminar por los pueblos sin alforjas… La prudencia aconseja otra cosa (mas bien muchas más cosas) y allá vamos cargados con prolijos planes pastorales: programaciones, comisiones, reuniones, presentaciones, encuestas y documentos…
También hay que saber además de la doctrina algo de sociología, psicología. Todo cuesta dinero así que habrá que buscar subvenciones y donativos. Un poco de “marketing”. En definitiva se dedica más tiempo a planificar y a adquirir “recursos” que a evangelizar, cuando no son las mismas estructuras las que ralentizan cualquier plan con sus comisiones de estudio, de revisión y de puesta en marcha…
Como Iglesia no vamos tan mal en el deber de caridad: consagrados y laicos son muchos los que aportan dinero o su tiempo y sus capacidades para servir al prójimo. Pero proclamar el Reino, hablar de Dios, ser luz y sal en nuestras relaciones de trabajo, con la gente que vemos a diario, con los miembros de nuestra familia… Esos son los caminos para los que se necesitan muy pocos programas y ningún bastón, ni alforja. Solo una fe firme y valerosa, alimentada en el encuentro con Cristo y el deseo ardiente de curar y de que todos lo reconozcan como Salvador."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

martes, 22 de septiembre de 2026

HERMANOS DE JESÚS

  


La madre y los hermanos de Jesús acudieron a donde él estaba, pero no pudieron acercársele porque había mucha gente. Alguien avisó a Jesús:
– Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.
Él contestó:
– Los que oyen el mensaje de Dios y lo ponen en práctica, esos son mi madre y mis hermanos.
(Lc 8,19-21)

Jesús nos dice hoy que todos somos hermanos si guardamos la Palabra en nuestro corazón. Todos los cristianos formamos la gran familia de Dios. Somos hermanos en Jesús.

"Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio.
Este comienzo del Evangelio de Lucas, justifica bastante la suposición de que lo escrito sobre la encarnación, nacimiento, infancia y vida pública de Jesús, fue conocido por el escritor directamente de la Madre o al menos de testigos -muy cercanos a María-que escucharon aquellos relatos de lo que Ella “guardaba en su corazón”.
En su libro “La memoria es un árbol”, José María Cabodevilla escribió: “los franceses no dicen aprender de memoria, dicen apprendre par cœur, aprender por el corazón. […] Solo lo que ha pasado por el corazón permanece vivo, florece y echa raíces, como las ramas de un árbol que buscan la luz”. Y Lucas dice muchas veces que María guardaba en su corazón las cosas de Jesús. Como la inmensa mayoría de  las madres cuya memoria de los hijos está amorosamente guardada en el corazón.
Así que es posible que este episodio que puede parecer un desaire, algo que duele por venir de quien es lo más amado, fue guardado en el corazón y trasmitido por María a Lucas como un regalo precioso: “Mi madre y mis hermanos son estos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Más allá del vínculo de la carne que liga a la madre con el hijo de modo portentoso, aquí se habla del vínculo de la docilidad a la Palabra. Y podemos suponer y aún estar ciertos de que María al hablar de aquel momento, lo hizo sabiendo que su hijo la recónoció como quien había acogido la palabra, la había cumplido y sería fiel hasta el final."
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

lunes, 21 de septiembre de 2026

AMOR, NO SACRIFICIOS

  


Al salir Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le dijo:
– Sígueme.
Mateo se levantó y le siguió.
Sucedió que Jesús estaba comiendo en la casa, y muchos cobradores de impuestos, y otra gente de mala fama, llegaron y se sentaron también a la mesa con Jesús y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos preguntaron a los discípulos:
– ¿Cómo es que vuestro maestro come con los cobradores de impuestos y los pecadores?
Jesús los oyó y les dijo:
– Los que gozan de buena salud no necesitan médico, sino los enfermos. Id y aprended qué significan estas palabras de la Escritura: ‘Quiero que seáis compasivos, y no que me ofrezcáis sacrificios.’i Pues yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.
(Mt 9,9-13)

Jesucristo nos invita a amar no a ofrecer sacrificios. El Amor al prójimo, la misericordia, está por encima de las ceremonias. Jesús quiere que nos acerquemos a los que necesitan conocerle. Esa es nuestra misión. Darlo a conocer.

"Mediante internet se difunden ideas, noticias, reflexiones, chismes, informaciones escasamente relevantes, insultos, réplicas… y eso que llaman fake news (mentiras y falsedades). Viene a ser el fenómeno una especie de mentidero, algo menos peligroso que los que antaño se daban en espacios públicos, en patios de vecinos, en fuentes y plazas.  Menos peligroso porque limitaba el riesgo de violencia física, pero capaz de hacer mucho daño en la fama y el crédito del prójimo. Es en esos espacios virtuales donde se ha popularizado el término “zasca” . Zasca es la respuesta que pone en evidencia o en ridículo al oponente. El término será novedoso, pero la realidad es tan antigua como el lenguaje. La réplica ingeniosa, el sarcasmo, la ironía… existen en el comportamiento humano desde el origen del lenguaje.
En el texto evangélico de hoy, Jesús propina un zasca, naturalmente a los fariseos tan aficionados a escandalizarse por situaciones que no se ajustaban a su idea de lo que se  puede o no se puede hacer según sus rígidos y legalistas criterios.  Pero también es una invitación a cambiar el corazón.
En realidad no invita a cambiar de criterio. Lo que está bien, está bien: publicanos y pecadores son “enfermos”…  que pueden ser curados. Lo que hace es invitar a los que le critican,  a cambiar el corazón: quiere misericordia y quiere humildad para aquellos y los de ahora que, a lo mejor, nos consideramos guardianes de la ley y jueces de los demás. Y ¿quién, si se pone ante Dios, no será capaz de reconocer sus enfermedad y lo necesitado que está de curación?
Misericordia, la misericordia que pide Jesús, me parece, es reconocer en el otro al semejante tan necesitado de curación como uno mismo. Y la respuesta, que Mateo consigna con tanto detalle porque él mismo fue protagonista principal, a nosotros también puede llenarnos de alegría. ¡Que gozo saber que Jesucristo ha venido a curarnos!"
(Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

domingo, 20 de septiembre de 2026

EL AMOR INFINITO DE DIOS



El reino de los cielos se puede comparar al dueño de una finca que salió muy de mañana a contratar trabajadores para su viña. Acordó con ellos pagarles el salario de un día y los mandó a trabajar a su viña. Volvió a salir sobre las nueve de la mañana y vio a otros que estaban en la plaza, desocupados. Les dijo: ‘Id también vosotros a trabajar a mi viña. Os daré lo que sea justo.’ Y ellos fueron. El dueño salió de nuevo hacia el mediodía, y otra vez a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Alrededor de las cinco de la tarde volvió a la plaza y encontró a otros desocupados. Les preguntó: ‘¿Por qué estáis aquí todo el día, sin trabajar?’ Le contestaron: ‘Porque nadie nos ha contratado.’ Entonces les dijo: ‘Id también vosotros a trabajar a mi viña.’
Cuando llegó la noche, el dueño dijo al encargado del trabajo: ‘Llama a los trabajadores, y págales empezando por los últimos y terminando por los primeros.’ Se presentaron, pues, los que habían entrado a trabajar alrededor de las cinco de la tarde, y cada uno recibió el salario completo de un día. Cuando les tocó el turno a los que habían entrado primero, pensaron que recibirían más; pero cada uno de ellos recibió también el salario de un día. Al cobrarlo, comenzaron a murmurar contra el dueño. Decían: ‘A estos, que llegaron al final y trabajaron solamente una hora, les has pagado igual que a nosotros, que hemos soportado el trabajo y el calor de todo el día.’ Pero el dueño contestó a uno de ellos: ‘Amigo, no te estoy tratando injustamente. ¿Acaso no acordaste conmigo recibir el salario de un día? Pues toma tu paga y vete. Si a mí me parece bien dar a este que entró a trabajar al final lo mismo que te doy a ti, es porque tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi dinero. ¿O quizá te da envidia el que yo sea bondadoso?’
De modo que los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos.
(Mt 20,1-16)

Dios nos quiere a todos por igual. Él nos paga con su Amor, que es el mismo para todos. Cada uno de nosotros tiene su historia. Como los jornaleros, no todos hemos "trabajado" lo mismo; pero Dios conoce nuestra historia, el por qué hemos trabajado más o menos. Y el nos ama a todos por igual con un Amor infinito. Todos somos sus hijos.

"Sobre el Evangelio de este domingo, reconozco que, cuando yo era pequeñito, al leerlo, la conducta del señor de la viña me parecía mal. A uno que estudió Derecho por vocación, eso de pagar a todos igual, aunque hubieran trabajado de modo muy distinto, le sonaba raro. Mucho. Desde el punto de vista humano, parece injusto, como poco. Pero… Porque en las cosas de Dios siempre hay un pero.
Mis planes no son vuestros planes, nos dice el Señor en la primera lectura. Igual que la contabilidad de Dios no es nuestra contabilidad. Lo vimos la semana pasada, con las setenta veces siete, o sea, el perdón infinito de Dios, sin motivo aparente. Sólo por amor. Y lo volvemos a ver hoy. Hay que aprender a contar según las matemáticas (y la lógica) de Dios.
El trabajo en la viña no es cosa fácil. Hay que estar inclinado, te cortas las manos con los sarmientos, te cansas, sudas… El que estuvo desde las siete de la mañana se ganó con creces el jornal. Parece normal que esperara más que el que no tuvo tiempo casi ni de cansarse. Aunque se pusieron de acuerdo todos en un denario. Que no parece tan mal jornal.
El plan del señor de la viña era tener ocupados a todos los jornaleros. Muestra preocupación por los desempleados, sale a diversas horas, busca que todos estén trabajando. Será que la acedía es la madre de todos los vicios. (O sea, la pereza espiritual, la falta de ganas de avanzar en el camino de la fe.) Ese interés es de alabar. No todos los patronos se implican tanto. Podría haber mandado a un empleado, pero va él mismo. Va a ser que Dios sale al encuentro. Y sigue saliendo hoy a buscarnos. A todos. Personalmente.
Algunos llevamos en las cosas del Padre muchos años. Bautizados de pequeñitos, en un país católico, de Misa dominical, con sacramentos regularmente recibidos, se puede decir que somos de los que llevan en la viña desde la primera hora. Con todos los derechos adquiridos, como quien dice. Varios trienios. O quinquenios. Somos de los que podrían mirar a los demás por encima del hombro.
Pero resulta que, viviendo donde vivo, en nuestra misión de Rusia, he tenido la ocasión de tratar – y ayudar – a mucha gente que quería o bautizarse en la Iglesia Católica o hacer el paso desde otras iglesias cristianas. Y leyendo este fragmento, he pensado que estas personas han llegado a la viña a última hora. Y yo no soy quién para juzgar sus méritos. Ni para pensar que tengo más o menos derechos. En muchos aspectos, su entusiasmo es mayor. Descubren la Biblia por primera vez, la leen con sorpresa e interés, la Misa no es algo rutinario que se saben de memoria, se alegran de ver a la gente todos los domingos… Nosotros, los de la primera hora, ya lo hemos oído todo, tenemos a la gente muy vista y repetimos palabras de memoria.
No quiero generalizar, por supuesto, porque de todo hay en la viña del Señor… Pero puede ser una tentación muy grande ponernos en el lugar de los jornaleros de primera hora. Si algo nos enseña Jesús es a mirar a todos por igual. A acercarse a todos. A los que nos parecen buenos y a los que nos parecen malos. Sobre todo, a estos últimos. Si somos capaces de compadecernos, de padecer con los otros, de ponernos en su lugar, de mirar al mundo con los ojos de los demás, estaremos algo más cerca de Cristo. Seremos algo más como Dios.
Cuando has experimentado lo que significa que te amen incondicionalmente, puedes entender mejor porqué hay que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Y, si te sigue costando, repite el estribillo del salmo: Cerca está el Señor de los que lo invocan. A invocarle se ha dicho, para que podamos entender la forma divina de hacer las cosas. Que no tengamos envidia del amor de Dios. La bondad y el amor del Señor son lo que nos deben inspirar. Si vas bien, sigue así. Si te falta todavía camino por andar, invócale y para adelante. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. San Pablo, un gran hombre y un grandísimo apóstol, nos exhorta así. Como Isaías, que le dice al malvado que abandone el mal camino. Nosotros no somos grandes criminales, el camino que llevamos es más o menos normal, pero algún detallito tendremos que ajustar. Siempre.
Decíamos la semana pasada que el perdón, como la fe, es un don, inmerecido. Esta semana, vemos que la recompensa de Dios es un don, un regalo inmerecido y, además, es igual para todos. Sólo los testigos de ese Dios, que es rico en amor, pondrán una esperanza diferente en el mundo.
Hay que saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.
Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A veces por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos. En lugar de mirar a los que tienen más, mirar a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces, por no tener, no tienen ni lo necesario.
Despierta. Abre los ojos. El Señor está cerca. Tan cerca, que está ahora mismo a tu lado, mirándote con su mirada de infinito amor. Invócale, dile que quieres estar siempre cerca de Él. Pídele que te ayude a no alejarte jamás de su mirada paternal y amable. Dile que te haga comprender de una vez que sólo tenerle a Él importa en la vida y en la muerte, que sólo cuando Él nos acompaña la soledad no existe. Siempre hay oportunidades. Lo importante es saber aprovecharlas en todos los momentos de nuestra vida."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 19 de septiembre de 2026

BUENA TIERRA

 


Mucha gente que estaba allí, más otra llegada de los pueblos, se reunió junto a Jesús, y él les contó esta parábola: Un sembrador salió a sembrar su semilla. Y al sembrar, una parte de ella cayó en el camino, y fue pisoteada y las aves se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, y brotó, pero se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos, y al nacer juntamente los espinos, la ahogaron. Pero otra parte cayó en buena tierra, y creció y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla.
Esto dijo Jesús, y añadió con voz fuerte: “¡Los que tienen oídos, oigan!”
Los discípulos preguntaron a Jesús qué significaba aquella parábola. Él les dijo: A vosotros, Dios os da a conocer los secretos de su reino; pero a los otros les hablo por medio de parábolas, para que por mucho que miren no vean y por mucho que oigan no entiendan.
Esto significa la parábola: La semilla representa el mensaje de Dios. La parte que cayó por el camino representa a los que oyen el mensaje, pero viene el diablo y se lo quita del corazón para que no crean y se salven. La semilla que cayó entre las piedras representa a los que oyen el mensaje y lo reciben con gusto, pero luego, a la hora de la prueba, fallan. La semilla que cayó entre espinos representa a los que oyen, pero poco a poco se dejan ahogar por las preocupaciones, las riquezas y los placeres, de modo que no llegan a dar fruto. Pero la semilla que cayó en buena tierra representa a las personas que con corazón bueno y dispuesto oyen el mensaje y lo guardan, y permaneciendo firmes dan una buena cosecha.
(Lc 8,4-15)

Debemos ser buena tierra para que la semilla de la Palabra arraigue y crezca en nosotros. Pero no siempre somos buena tierra. Tenemos nuestros momentos. Para ser buena tierra debemos ser conscientes de la presencia de Dios en nosotros. Debemos vivir la vida atentos a la voz de Dios. Y, por encima de todo, debemos tener nuestros corazones prestos a amar. Cuanto más amemos, más aceptaremos el mensaje que Dios nos envía a través de los demás, sobre todo de los más sencillos y pobres.

"¿Y quién tiene la culpa de ser terreno pedregoso o terreno de zarzas? ¿O quien se puede atribuir el mérito de ser tierra buena? Recuerdo a un compañero y amigo ya fallecido que me decía que él era bueno. Pero que no eso no era ningún mérito porque era bueno porque era así de siempre. Pues eso, que a esta parábola de Jesús, y a su explicación, le tenemos que dar un poco la vuelta, pasándola por un buen baño de misericordia.
Digo esto porque me da la impresión de que esta parábola le ha llevado a muchos en primer lugar a la reflexión sobre el propio modo de ser y a culpabilizarse. Somos malos porque no somos esa tierra buena en la que cae la semilla y da buenos frutos. Y eso, concluimos, porque no escuchamos bien la palabra ni la acogemos en el corazón. Y cada vez que pensamos así nos vamos dando latigazos en la espalda y sintiéndonos malos. El siguiente paso es pensar que, si no damos frutos como debiéramos, es porque en realidad somos tierra pedregosa o estamos llenos de zarzas (¿pecados? ¿intereses espurios? ¿egoísmos?). Y ahí está la culpa, sentirnos culpables. Más latigazos. Más sentirnos hundidos.
Propongo otro camino. Vamos a comenzar aceptando que en nuestro campo hay buena tierra, por supuesto. Pero también hay zonas llenas de piedras y zonas donde solo crecen, sólo pueden crecer, zarzas. Esa es nuestra realidad. Así nos ha creado Dios, con estas limitaciones e imperfecciones. Lo primero es aceptarnos como somos. Y lo segundo es confiarnos a la misericordia de Dios que es capaz de sacar buenos frutos de donde nosotros no somos capaces de sacar más que muerte y desolación. ¿O es que no confiamos en el poder salvador y vital de Dios?
No se trata de culpabilizarnos sino de aceptar lo posible. Y hasta hacernos a la idea de que en las zarzas de la vera del camino, crecen unas moras que da gusto comerlas de lo dulces y sabrosas que son. Es verdad que, por estar al borde del camino, a veces están cubiertas por el polvo. Pero eso no quita nada de su sabrosura. Conclusión: más misericordia y menos culpabilizarnos de lo que, tantas veces, no podemos cambiar."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)