sábado, 19 de septiembre de 2026

BUENA TIERRA

 


Mucha gente que estaba allí, más otra llegada de los pueblos, se reunió junto a Jesús, y él les contó esta parábola: Un sembrador salió a sembrar su semilla. Y al sembrar, una parte de ella cayó en el camino, y fue pisoteada y las aves se la comieron. Otra parte cayó entre las piedras, y brotó, pero se secó por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos, y al nacer juntamente los espinos, la ahogaron. Pero otra parte cayó en buena tierra, y creció y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla.
Esto dijo Jesús, y añadió con voz fuerte: “¡Los que tienen oídos, oigan!”
Los discípulos preguntaron a Jesús qué significaba aquella parábola. Él les dijo: A vosotros, Dios os da a conocer los secretos de su reino; pero a los otros les hablo por medio de parábolas, para que por mucho que miren no vean y por mucho que oigan no entiendan.
Esto significa la parábola: La semilla representa el mensaje de Dios. La parte que cayó por el camino representa a los que oyen el mensaje, pero viene el diablo y se lo quita del corazón para que no crean y se salven. La semilla que cayó entre las piedras representa a los que oyen el mensaje y lo reciben con gusto, pero luego, a la hora de la prueba, fallan. La semilla que cayó entre espinos representa a los que oyen, pero poco a poco se dejan ahogar por las preocupaciones, las riquezas y los placeres, de modo que no llegan a dar fruto. Pero la semilla que cayó en buena tierra representa a las personas que con corazón bueno y dispuesto oyen el mensaje y lo guardan, y permaneciendo firmes dan una buena cosecha.
(Lc 8,4-15)

Debemos ser buena tierra para que la semilla de la Palabra arraigue y crezca en nosotros. Pero no siempre somos buena tierra. Tenemos nuestros momentos. Para ser buena tierra debemos ser conscientes de la presencia de Dios en nosotros. Debemos vivir la vida atentos a la voz de Dios. Y, por encima de todo, debemos tener nuestros corazones prestos a amar. Cuanto más amemos, más aceptaremos el mensaje que Dios nos envía a través de los demás, sobre todo de los más sencillos y pobres.

"¿Y quién tiene la culpa de ser terreno pedregoso o terreno de zarzas? ¿O quien se puede atribuir el mérito de ser tierra buena? Recuerdo a un compañero y amigo ya fallecido que me decía que él era bueno. Pero que no eso no era ningún mérito porque era bueno porque era así de siempre. Pues eso, que a esta parábola de Jesús, y a su explicación, le tenemos que dar un poco la vuelta, pasándola por un buen baño de misericordia.
Digo esto porque me da la impresión de que esta parábola le ha llevado a muchos en primer lugar a la reflexión sobre el propio modo de ser y a culpabilizarse. Somos malos porque no somos esa tierra buena en la que cae la semilla y da buenos frutos. Y eso, concluimos, porque no escuchamos bien la palabra ni la acogemos en el corazón. Y cada vez que pensamos así nos vamos dando latigazos en la espalda y sintiéndonos malos. El siguiente paso es pensar que, si no damos frutos como debiéramos, es porque en realidad somos tierra pedregosa o estamos llenos de zarzas (¿pecados? ¿intereses espurios? ¿egoísmos?). Y ahí está la culpa, sentirnos culpables. Más latigazos. Más sentirnos hundidos.
Propongo otro camino. Vamos a comenzar aceptando que en nuestro campo hay buena tierra, por supuesto. Pero también hay zonas llenas de piedras y zonas donde solo crecen, sólo pueden crecer, zarzas. Esa es nuestra realidad. Así nos ha creado Dios, con estas limitaciones e imperfecciones. Lo primero es aceptarnos como somos. Y lo segundo es confiarnos a la misericordia de Dios que es capaz de sacar buenos frutos de donde nosotros no somos capaces de sacar más que muerte y desolación. ¿O es que no confiamos en el poder salvador y vital de Dios?
No se trata de culpabilizarnos sino de aceptar lo posible. Y hasta hacernos a la idea de que en las zarzas de la vera del camino, crecen unas moras que da gusto comerlas de lo dulces y sabrosas que son. Es verdad que, por estar al borde del camino, a veces están cubiertas por el polvo. Pero eso no quita nada de su sabrosura. Conclusión: más misericordia y menos culpabilizarnos de lo que, tantas veces, no podemos cambiar."
(Fernando Torres cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 18 de septiembre de 2026

LE ACOMPAÑABAN ALGUNAS MUJERES

 

Después de esto, Jesús anduvo por muchos pueblos y aldeas proclamando y anunciando el reino de Dios. Le acompañaban los doce apóstoles y algunas mujeres que él había librado de espíritus malignos y enfermedades. Entre ellas estaba María, la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; también Juana, esposa de Cuza, el administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que los ayudaban con lo que tenían.
(Lc 8,1-3)

Una de las cosas que más debían extrañar a los contemporáneos de Jesús es, que entre los seguidores que le acompañaban hubieran mujeres. Ningún profeta los había hecho. El evangelio no las cuenta entre los doce, pero nos da los nombres de algunas de ellas. Formaban una comunidad. Junto con Jesús anunciaban el Reino por pueblos y aldeas. Algo que debemos tener en cuenta para nuestro apostolado. Hacerlo formando comunidad. No es mi obra, sino nuestra obra. Es deir la obra de Jesús.

"Un texto evangélico sencillo pero que dice mucho. Jesús va caminando de pueblo en pueblo anunciando el reino de Dios. Es un anuncio de esperanza, de misericordia. Los que le escuchaban se quedaban donde estaban. Pero suponemos que la palabra de Jesús les ayudaba a vivir su realidad diaria de otra manera. Era la oportunidad para pensar de otra manera a Dios. Frente al Dios que se manifestaba en una serie de normas inflexibles que había que cumplir como condición para demostrar la fidelidad, que eran también, ¡cómo no!, la condición para conseguir la salvación, Jesús hablaba de un Dios “Abbá”, Padre, un Dios que ama sin condiciones a sus hijos, un Dios que es misericordia, comprensión, paciencia, perdón, un Dios que concede siempre otra oportunidad a sus hijos. Jesús caminaba de ciudad en ciudad ayudando a los que le escuchaban a vivir con esperanza y a dejar atrás el temor. Jesús no pretendía que los que le escuchaban se apuntasen a su lista, cambiasen sus costumbres, sus ritos, sus oraciones. No tenemos la impresión con Jesús de que su más importante objetivo fuese fundar una secta nueva. Simplemente iba de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo anunciando el reino, hablando con las personas y creando esperanza en el corazón de las personas. Nada más. Así evangelizaba. Así tendríamos que evangelizar nosotros.
Con él iban un grupo de hombres y mujeres. Ellos eran los Doce. De ellas se nos dicen los nombres. Habían sido elegidos. Pero, importante, también ellos habían escuchado la llamada. En ese diálogo es como creemos que la llama de la esperanza había crecido también en su corazón. Con el tiempo, a pesar de sus limitaciones y debilidades (recordemos que de los Doce no quedó ni uno cuando llegó el momento de la cruz), también en ellos y ellas brotó la necesidad de anunciar el Evangelio, el Reino, de comunicar a otros la esperanza, la misericordia que había nacido en su corazón en el encuentro con Jesús.
No hay posibilidad de evangelizar sin antes haber sido evangelizados. No hay posibilidad de anunciar al Dios Amor y Misericordia sin antes haber experimentado en nuestros corazones su Amor y su Misericordia.
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 17 de septiembre de 2026

AMAR MUCHO



 Un fariseo invitó a Jesús a comer, y Jesús fue a su casa. Estaba sentado a la mesa, cuando una mujer de mala fama que vivía en el mismo pueblo y que supo que Jesús había ido a comer a casa del fariseo, llegó con un frasco de alabastro lleno de perfume. Llorando, se puso junto a los pies de Jesús y comenzó a bañarlos con sus lágrimas. Luego los secó con sus cabellos, los besó y derramó sobre ellos el perfume. Al ver esto, el fariseo que había invitado a Jesús pensó: “Si este hombre fuera verdaderamente un profeta se daría cuenta de quién y qué clase de mujer es esta pecadora que le está tocando.” Entonces Jesús dijo al fariseo:
– Simón, tengo algo que decirte.
– Dímelo, Maestro – contestó el fariseo.
Jesús siguió:
– Dos hombres debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta: pero, como no le podían pagar, el prestamista perdonó la deuda a los dos. Ahora dime: ¿cuál de ellos le amará más?
Simón le contestó:
– Me parece que aquel a quien más perdonó.
Jesús le dijo:
– Tienes razón.
Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
– ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies; en cambio, esta mujer me ha bañado los pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me besaste, pero ella, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. No derramaste aceite sobre mi cabeza, pero ella ha derramado perfume sobre mis pies. Por esto te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien poco se perdona, poco amor manifiesta.
Luego dijo a la mujer:
– Tus pecados te son perdonados.
Los otros invitados que estaban allí comenzaron a preguntarse:
– ¿Quién es este que hasta perdona pecados?
Pero Jesús añadió, dirigiéndose a la mujer:
– Por tu fe has sido salvada. Vete tranquila.
(Lc 7,36-50)


Ayer acusaban a Jesús de comer con pecadores. Hoy come con un fariseo, los que le acusaban. Jesús se acerca siempre a los pecadores, es decir, a todos, porque todos lo somos. Del encuentro de hoy quien sale purificada es la "pecadora" que lava los pies de Jesús con sus lágrimas y con perfume. El fariseo sólo ve a una pecadora. Jesús ve a una mujer arrepentida que quiere ser mejor, que quiere cambiar. Es ella la que sale perdonada en aquel encuentro.
Dios siempre nos acoge y escucha. No tengamos miedo de abrazar sus pies. Y sobre todo, amemos mucho.
 
"La primera pregunta que se me ocurre al leer el texto evangélico de hoy es qué pretendía aquel fariseo al invitar a Jesús a comer. Algo me dice que el fariseo se sentía en una posición superior. Quizá lo único que pretendía era conocer a aquel predicador itinerante. Había oído hablar de él y tenía curiosidad. Pero quizá en el fondo de su corazón tenía claro que no iba a aprender nada de él. El fariseo ya se sentía en el buen camino, en un nivel superior, tanto por sus conocimientos de la ley como por su cumplimiento. Pero le interesaba ver de cerca a aquel predicador. Nada que aprender pero una posibilidad para pasar un rato observando las “desviaciones” en que podía caer el pueblo al escucharle.
Me ha hecho pensar en algunas páginas web, hechas por gente de iglesia, que se dedican, desde una postura de superioridad a denunciar los pecados de todo tipo de otros cristianos. Generalmente se trata de pecados referentes a la liturgia y también al no cumplimiento de las normas canónicas que rigen la vida eclesial. Está claro que se sienten justos, tanto como el fariseo. Está claro que miran a los demás de arriba abajo, por encima del hombre. Como miraba aquel fariseo a la pobre mujer y como miraba al mismo Jesús.
Pero hay algo que me preocupa en aquel fariseo y en estos modernos fariseos: les falta la misericordia, que es mucho más importante que la ley en la vida cristiana y en el Evangelio. Se sienten tan altos, tan perfectos, tan autosuficientes, saben tan perfectamente lo que es ser cristianos, que desde sus alturas nos valoran a los demás. Y nos condenan sin misericordia. Y se olvidan de aquello de que la misericordia triunfa sobre el juicio (Sant 2,13) porque el juicio de Dios está hecho de misericordia más que de preceptos fijos e inalterables.
Jesús y la mujer entendían de misericordia. Conocían íntimamente lo que era el perdón, la reconciliación, la paciencia del amor. Y sabían que la salvación venía de la misericordia y no del código canónico. Así que mejor nos bajamos del pedestal, si es que alguna vez nos hemos subido a alguno, y abrazamos a los hermanos en la misericordia."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 16 de septiembre de 2026

CONTRA EL INDIVIDUALISMO

 


¿A qué compararé la gente de este tiempo? ¿A qué se parece? Se parece a los niños que se sientan a jugar en la plaza y gritan a sus compañeros: ‘Tocamos la flauta y no bailasteis; cantamos canciones tristes y no llorasteis.’ Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís que tiene un demonio. Luego ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís que es un glotón y bebedor, amigo de gente de mala fama y de los que cobran los impuestos para Roma. Pero la sabiduría de Dios se demuestra por todos sus resultados.
(Lc 7,31-35)

Jesús nos habla hoy contra el individualismo. Hacer la nuestra prescindiendo de los demás. Creer que lo que hacemos y pensamos nosotros es lo acertado y lo de los demás siempre es erróneo. Pensando de esta forma no podemos amar. El Amor reconoce al otro. El Amor nos une a la comunidad, nos hace grupo. El Amor debe ser el centro de nuestra vida.

"Hay una frase que se dice a veces medio en broma medio en serio que dice algo así como “todos se preocupan de lo suyo menos yo que me preocupo de lo mío”. Es como un canto al individualismo, a que no hay que mirar hacia fuera sino para preocuparse y ocuparse de lo de cada uno, de sus intereses, de su bienestar. Y lo de los demás me importa poco o nada. O mejor dicho, me importa en tanto en cuanto me afecta a mi bienestar, a mi tranquilidad, a lo que me interesa a mí y considero prioritario para mí. Ante los demás, la actitud primera e, pues, la indiferencia.
Es lo que Jesús viene a decir en el texto evangélico de hoy. Los hombres de su generación se parecen a los que escuchaban a aquellos que pasan totalmente indiferentes frente a los niños que tocan la flauta. Van a lo suyo. Ni se ríen ni bailan cuando tocan música divertida ni lloran cuando tocan lamentaciones. ¡Indiferencia total! Como mucho, elaborar alguna disculpa para no atender a los que les llaman. Juan el Bautista, es que tenía un demonio. Jesús, mira que comilón y borracho. Siempre hay una razón para seguir a lo nuestro y dejar de lado a los demás. Y si no la hay, la fabricamos. Y con la conciencia tranquila seguimos el camino. Como decía la amiga de Mafalda (la genial niña dibujada tantas veces por Quino), siempre habrá pobres porque nacen en barrios pobres, van a escuelas pobres, viven en casas pobres y tienen empleos de…
Pero el Evangelio nos habla del amor. Y el amor es cualquier cosa menos indiferencia. Lo explica muy bien hoy la primera lectura. El amor es precisamente relación, abrirnos a los demás. El amor es compasión. Es dar la preferencia al otro. En el amor se trata de preocuparnos por el bien del otro y dejar lo mío, mis intereses, en segundo plano. El amor es compasión, comprensión, cercanía, mano tendida y abierta al otro y a sus necesidades. El amor es escucha paciente. El amor es sentir con el otro. Por eso crea fraternidad, familia, al contrario del individualismo que solo hace que crear fronteras."
(Fernando Torres, cmf , Ciudad Redonda)

martes, 15 de septiembre de 2026

ELLA ES NUESTRA MADRE

  


Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, esposa de Cleofás, y María Magdalena. Cuando Jesús vio a su madre y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su madre:
– Mujer, ahí tienes a tu hijo.
Luego dijo al discípulo:
– Ahí tienes a tu madre.
Desde entonces, aquel discípulo la recibió en su casa.
(Jn 19,25-27)

Hoy hay varias opciones de evangelio para escoger. Yo he tomado esta. Jesús, a través de Juan, nos da a María como madre. Una madre que está sufriendo por los dolores que sufre su Hijo y una madre que también sufre por los nuestros.
Como Juan debemos acogerla en nuestra casa. Acogerla a Ella es acoger el Amor. Es guardar la Palabra en nuestro corazón. Es servir como servía Ella. Tengamos a María en nuestro corazón.

lunes, 14 de septiembre de 2026

EL SIGNO DEL AMOR

 

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre ha de ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
(Jn 3,13-17)

En la paz de la noche, Jesús tiene una conversación con Nicodemo. Le dice que Él será "levantado" en la Cruz. Una cruz que es símbolo de grandeza porque es la muestra suprema de Amor. El Amor que es entrega total, donación de la vida. Un Amor que es la salvación de todos.

"Parece mentira. Resulta increíble. Pero los cristianos hemos terminado poniendo a Jesús en la cruz, la imagen viva del fracaso, de la tortura, de la muerte sin sentido, el hundimiento de todas las esperanzas, como el signo de vida. La cruz preside nuestras iglesias y celebraciones. La cruz es el signo del cristiano. La cruz está en lo más alto de los campanarios. Pero curiosamente, no es un signo de muerte sino de vida.
No siempre fue así. Durante los primeros siglos, las imágenes de Jesús, incluso cuando se le representaba clavado en la cruz, era la imagen de un Jesús victorioso, triunfador. Solo en la Edad Media se le empezó a representar sufriente, en la agonía propia del martirio/tortura que era la cruz. Fue el momento en que los cristianos comenzaron a ver reflejados en ese Jesús sus dolores, sus penas, sus angustias. Y el dolor se transfiguró en fuente de esperanza y de vida. La entrega de Jesús nos abría la puerta a una vida diferente. Si él había resucitado, también nosotros resucitaríamos.
En realidad, en esa imagen de Jesús sufriente se nos manifiesta el amor de Dios que camina con nosotros hasta el final, que asume nuestros dolores. Ya no estamos solos. Es la frase de Jesús en el texto evangélico de hoy: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único…”. Porque Dios no quiere nuestra condenación/muerte sino que nos salvemos por su amor manifestado en Cristo Jesús. Y donde ese amor hasta el final se manifiesta de forma más clara es precisamente en la cruz. En ese momento final en que Jesús entrega su vida en fidelidad a su misión de anunciar el reino de su Abbá.
No fue difícil convertir la cruz en el signo del cristiano. A la vez instrumento de tortura, de muerte, de la violencia sin sentido que recorre nuestro mundo y, a veces, nuestros corazones, en signo de esperanza y de vida. En ella estuvo crucificado el Amor. Y el Amor es siempre, siempre, porque más que no lo entendamos ni lo veamos con claridad a veces, más fuerte que la muerte, que el odio, que la violencia, que la venganza. “En el signo de la Cruz venceremos”."
(Fernando Torres, cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 13 de septiembre de 2026

PERDONAR SIEMPRE

  


Entonces Pedro fue y preguntó a Jesús:
– Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, si me ofende? ¿Hasta siete?
Jesús le contestó:
– No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el reino de los cielos se puede comparar a un rey que quiso hacer cuentas con sus funcionarios. Había comenzado a hacerlas, cuando le llevaron a uno que le debía muchos millones. Como aquel funcionario no tenía con qué pagar, el rey ordenó que lo vendieran como esclavo, junto con su esposa, sus hijos y todo lo que tenía, a fin de saldar la deuda. El funcionario cayó de rodillas delante del rey, rogándole: ‘Señor, ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ El rey tuvo compasión de él, le perdonó la deuda y lo dejó ir en libertad.
Pero al salir, aquel funcionario se encontró con un compañero que le debía una pequeña cantidad. Lo agarró del cuello y lo ahogaba, diciendo: ‘¡Págame lo que me debes!’ El compañero se echó a sus pies, rogándole: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo.’ Pero el otro no quiso, sino que le hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Esto disgustó mucho a los demás compañeros, que fueron a contar al rey todo lo sucedido. El rey entonces le mandó llamar y le dijo: ‘¡Malvado!, yo te perdoné toda aquella deuda porque me lo rogaste. Pues también tú debiste tener compasión de tu compañero, del mismo modo que yo tuve compasión de ti.’ Tanto se indignó el rey, que ordenó castigarle hasta que pagara toda la deuda.
Jesús añadió:
– Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano.
(Mt 18,21.35)

Perdonar es indispensable para vivir en paz. Si no perdonamos, con el primero que no vivimos en paz es con nosotros mismos. Dios nos perdona siempre. Nosotros también debemos hacerlo.

" (...) El de hoy es uno de esos Evangelios con los que todos podemos, en principio, estar de acuerdo, pero que nos cuesta llevar a la práctica. Porque lo que más nos sale es lo contrario, el recordar las ofensas, y no perdonar sin condiciones: ¿Es el perdón una actitud de gente débil? ¿Tengo que ser tonto para ser bueno? ¿No hay momentos en los que uno, incluso teniendo la mejor voluntad, decimos Esto es demasiado? Basta con recordar, por ejemplo, la fecha del 11 de septiembre… Lo más normal es vengarse cuando uno puede, o al menos, guardar el rencor hasta mejor momento. La venganza es el placer del ofendido y el odio rencoroso, el único patrimonio seguro del más débil. La ira es muy dañina. Nos vuelve demonios. Propio de los demonios es vivir siempre encolerizados. Por eso, la mansedumbre es la virtud que más odian los demonios.  La cólera oscurece el alma, el espíritu: por ese motivo hay que cortar de raíz los pensamientos de cólera; no abandonarse a ellos.
Para recordarnos hacia dónde tenemos que tender, estos textos nos llaman a contemplar la actitud de Dios para con el pecador. El reconocimiento de ese Dios misericordioso debe crear en nosotros un corazón semejante al suyo. Porque lo que demuestra fortaleza y grandeza de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, sino perdonar, y romper la espiral de odio y de violencia con el amor reconciliador. Para sentirnos amados, necesitamos experimentar el perdón. Y gracias al ejemplo de Cristo, perdonar es siempre posible para el cristiano. Por lo menos, sabemos que es posible, y que debemos tender hacia ello.
La comunidad cristiana tiene que ser un lugar de perdón, empezando por ella misma. El perdón fraterno es una tarea que, día a día, tenemos que llevar a cabo. Ahí estuvo el problema del siervo que no supo perdonar, igual que le habían perdonado a él.
La pregunta de Pedro en el Evangelio quizá también nosotros nos la hayamos hecho: ¿cuáles son los límites del perdón ante la ofensa? Yendo más allá que los rabinos de la época, que determinaban que el perdón podía extenderse a tres o cuatro casos, Pedro propone para las ofensas la cifra de siete veces.
Jesús va aún más allá. La cifra que el Antiguo Testamento asignaba a la venganza de Lamec, consecuencia de la violencia desencadenada por Caín (Gn 4, 34) se saca de este contexto y se inserta como la respuesta adecuada a la pregunta de Pedro. La venganza ilimitada ante la violencia se transforma por tanto en perdón ilimitado expresado por idéntico número: setenta veces siete.
La parábola relatada para fundamentar esta exigencia presenta a tres personajes: un rey, un empleado y un compañero de este último. Se está hablando respectivamente de Dios, de un ofendido y de su ofensor. Sin embargo, el ofendido es, a la vez deudor y su deuda es considerablemente más grande que la deuda de su compañero.
Estos son los datos esenciales sobre los que se construye el relato. Se parte de la constatación que delante de Dios todos somos deudores insolventes. Nuestra deuda respecto a Él es inconmensurable, como la parábola cuida de precisar hablando de “millones”. Cuando el rey exige el pago de la deuda, el empleado no puede, y ante la justa decisión del acreedor que manda “que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y posesiones” recurre a la súplica que cambia la decisión real precedente: “tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda”.
Aquí encontramos la fuente desde donde se origina todo perdón. Más allá de nuestras categorías de justicia e injusticia, Dios afirma con su actuación la prioridad del perdón. A esta generosidad sin límites corresponde en el plano humano la violencia frente a otro que tiene una deuda ridícula para con el que ha sido perdonado de una deuda millonaria. Este último emplea la misma arma utilizada por su compañero delante del rey. También él “se echó a sus pies”, también él suplica con las mismas palabras: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo”. Pero a diferencia del anterior acreedor, el empleado arroja al compañero a la cárcel.
Esta violencia produce en los “compañeros” una profunda tristeza. Ante el acreedor que no ha querido participar el perdón recibido sólo queda el recurso de hacérselo saber al rey. Este pronuncia entonces la sentencia definitiva. En su fundamento se señala lo que era el deber de su servidor. Este debía ser movido por la misericordia que él había experimentado pero su corazón endurecido le ha impedido aceptarla y, por consiguiente, no podrá sentir los efectos de ella en su vida. De allí la sentencia: “indignado lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda”.
Aquí se pone de manifiesto hasta qué punto debe marcarnos a nosotros, como comunidad, la huella de la actuación de Dios. La existencia de cada cristiano se realiza ante la mirada vigilante del Padre, cuyo juicio tiene siempre presente la actuación solidaria respecto a los demás hermanos. No ser capaz de perdonar, significa no haber entrado verdaderamente en el ámbito de la comunión divina. No compartir el perdón con los demás es índice claro de que se ha interrumpido la comunicación con Dios, que es fuente de todo perdón.
Un dato importante: el perdón tiene razón de ser cuando el deudor moral es todavía deudor. Hay que apresurarse a perdonar antes de que el deudor haya pagado. Y ¡por nada a cambio! ¡Gratuitamente! ¡Porque sí! El ofendido renuncia, sin estar obligado a ello, a reclamar lo que se le debe y a ejercer su derecho.
Perdonamos sin razones suficientes. Si para perdonar hubiera que tener razones, también habría que tenerlas para creer. Si perdonamos es porque no tenemos razones. Las razones del perdón suprimen la razón de ser del perdón. No hay derecho al perdón. No hay derecho a la gracia. El perdón es gratuito, como el amor. Setenta veces siete. Siempre. Perdona."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

sábado, 12 de septiembre de 2026

BUENOS FRUTOS

 

No hay árbol bueno que dé mal fruto ni árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto: no se recogen higos de los espinos ni se vendimian uvas de las zarzas. El hombre bueno dice cosas buenas porque el bien está en su corazón, y el hombre malo dice cosas malas porque el mal está en su corazón. Pues de lo que rebosa su corazón, habla su boca.
¿Por qué me llamáis ‘Señor, Señor’ y no hacéis lo que yo os digo? Voy a deciros a quién se parece aquel que viene a mí, y me oye y hace lo que digo: se parece a un hombre que para construir una casa cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando creció el río, el agua dio con fuerza contra la casa, pero no pudo moverla porque estaba bien construida. Pero el que me oye y no hace lo que yo digo se parece a un hombre que construyó su casa sobre la tierra, sin cimientos; y cuando el río creció y dio con fuerza contra ella, se derrumbó y quedó completamente destruida.
(Lc 6,43-49)

Nosotros no somos lo que decimos, sino lo que hacemos. Seremos un árbol bueno si damos frutos buenos.
Aguantaremos las tormentas si estamos edificados sobre la roca de la Palabra y la cumplimos y vivimos.

"Los frutos son lo visible, lo palpable, lo que se puede saborear. Pero el origen está en las raíces. Para que los frutos sean buenos es necesario que las raíces estén sanas. ¿Cómo sanar nuestras raíces, los fundamentos invisibles de los que depende la bondad de nuestros frutos? Porque hay frutos, expresiones externas aparentemente buenas, pero que son engañosas. Y es que, trascendiendo la imagen vegetal usada por Jesús, en el caso de la vida humana, los frutos no están solo en el hablar (exclamando, por ejemplo, “¡Señor, Señor!”), sino que a la palabra debe seguir la acción. Y aquí la raíz y el fundamento es la Palabra de Dios, la Palabra encarnada que es Jesús, y que no se limita a hablar, sino que se traduce en un modo de vida, centrado en el amor. Es la acogida, la asimilación y la puesta en práctica de esta Palabra de vida la que sana nuestras raíces y nos permite dar buenos frutos, obras de caridad para la vida del mundo.
Esta Palabra encarnada nos alimenta en el pan y el vino de la Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo. Y no está de más la advertencia de Pablo de no mezclar el pan y el vino eucarísticos con otros sacrificios, que no están orientados al verdadero Dios. Porque también hoy siguen existiendo ídolos con apariencia atrayente, pero que no solo no pueden salvar, sino que contaminan la fe en Cristo y nos apartan del Dios Padre de Jesús. Pienso, por ejemplo, en el peligroso sincretismo de la fe cristiana con prácticas como la Nueva Era, el horóspoco, diversas formas de espiritismo o adivinación, que son formas de participar en dos mesas, de beber de dos cálices, de provocar al Señor, de desconfiar en la fuerza de su amor, manifestada en la cruz."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

viernes, 11 de septiembre de 2026

ILUMINAR

  

Jesús les puso esta comparación: ¿Acaso puede un ciego servir de guía a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo? El discípulo no es más que su maestro: solo cuando termine su aprendizaje llegará a ser como su maestro.
¿Por qué miras la paja que tiene tu hermano en el ojo y no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo? Y si no te das cuenta del tronco que tienes en tu ojo, ¿cómo te atreves a decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame sacarte la paja que tienes en el ojo'? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu ojo y así podrás ver bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
(Lc 6,39-42)

Para guiar hay que ver. Un ciego no puede guiar. Y lo primero que hay que ver son nuestros propios defectos. Estos son los que no nos dejan ver. Juzgamos a los demás a través de nuestros defectos. Así no podemos ver la realidad del otro. Para iluminar, debemos tener luz.
 
"¿Cuál es mi motivación para anunciar el evangelio? ¿Cuál es mi paga? Es evidente que se puede uno dedicar a la loable misión de evangelizar por motivos no del todo puros. No es difícil recordar que el peligro del fariseísmo también amenaza a los cristianos. Podemos usar nuestro compromiso cristiano, el puesto que ocupo en la parroquia, en Cáritas, el ministerio sacerdotal y, en definitiva, cualquiera de las numerosas vocaciones cristianas, en beneficio propio, como medio de auto afirmación, de realización, de alcanzar cotas de poder… También los discípulos de Jesús se disputaban entre sí los mejores puestos (los que ellos se imaginaban que iban a ser). Por eso es tan imporante la afirmación, casi un lamento, de Pablo: “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” Se ve que la tarea evangelizadora se había vuelto para él una pesada cruz. Y eso le ayudaba a purificar sus motivaciones. Al final, la única motivación válida es que el mismo testimonio cristiano es el único modo de participar de los bienes que anuncia y proclama. No es posible hacer de la fe cristiana una propiedad privada. Si no se anuncia, si no se testimonia, no es verdadera. Y esto supone decisiones difíciles y también renuncias, que, no obstante, valen la pena, esa pena implicada en ellas.
Y es que anunciar el Evangelio es anunciar la luz. Y si no se hace con ese mismo espíritu evangélico que se proclama, podemos convertirnos en ciegos que niegan con su vida lo que proclaman con sus palabras, y llevan así a muchos a renunciar y a negar lo que ven que testimoniamos sin convicción, sin autenticidad; ciegos que guían a ciegos y los hacen caer en el pozo. Ser discípulo es reconocerse ciego, pero que ha sido curado, que ha visto la luz. Y esa curación es un periodo de aprendizaje en el que hay que dejarse curar, es decir, enseñar y corregir, para poder llegar a ser como el maestro. Aunque, sinceramente hablando, nunca estamos a la altura del Maestro, Jesús, y nuestro aprendizaje no termina nunca, mientras estemos en este mundo. Pero la curación sí tiene lugar, y sólo entonces podemos guiar a otros con fidelidad, sin caer en el pozo, y corregir a los que lo necesitan, porque nosotros mismos nos hemos dejado corregir y estamos abiertos a nuevas correcciones. Se trata, en definitiva, de vivir el misterio del amor de una manera responsable y humilde, para poder llegar a ser así, no solo de palabra, sino también de obra, verdaderos testigos del Evangelio."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

jueves, 10 de septiembre de 2026

AMOR TOTAL

 


Pero a vosotros que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os insultan. Al que te pegue en una mejilla ofrécele también la otra, y al que te quite la capa déjale que se lleve también tu túnica. Al que te pida algo dáselo, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Haced con los demás como queréis que los demás hagan con vosotros. Si amáis solamente a quienes os aman, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡Hasta los pecadores se portan así! Y si hacéis bien solamente a quienes os hacen bien a vosotros, ¿qué tiene de extraordinario? ¡También los pecadores se portan así! Y si dais prestado sólo a aquellos de quienes pensáis recibir algo, ¿qué hacéis de extraordinario? ¡También los pecadores se prestan entre sí esperando recibir unos de otros! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y dad prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos. Sed compasivos, como también vuestro Padre es compasivo.
No juzguéis a nadie y Dios no os juzgará a vosotros. No condenéis a nadie y Dios no os condenará. Perdonad y Dios os perdonará. Dad a otros y Dios os dará a vosotros: llenará vuestra bolsa con una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Dios os medirá con la misma medida con que vosotros midáis a los demás.
(Lc 6,27-38)

Amar a nuestros enemigos, a aquellos que nos hacen daño, nos parece imposible. No lo conseguiremos inmediatamente, pero es un horizonte hacia el que debemos tender. Si reflexionamos y meditamos. Si rezamos por ellos, acabaremos comprendiendo su forma de actuar y podremos acabar amándolos. Siempre que no juzguemos. Y debemos ser compasivos. El concepto de compasión lo entendemos erróneamente. Nos parece que el que se compadece está por encima del compadecido. Etimológicamente, compadecer es "padecer con". Es estar al lado del otro, hacerse uno con el otro. La compasión verdadera nos une unos a otros.

"También podríamos decir que nada hay más exigente que el amor. No hay ley, por dura y estricta que sea, que exija tanto como el mandamiento del amor, que, como ilustra Jesús hoy con tanta claridad, nos pide una entrega sin reservas y sin límites, dispuestos incluso a renunciar a lo que nos pertenece. Y esa entrega no es solo a los cercanos, a los que estamos inclinados a amar de manera natural, sino también a los que, por el contrario, de manera natural despiertan en nosotros sentimientos de rechazo y de odio. Jesús parece pedirnos un imposible. ¿Quién tiene fuerzas para amar con un amor así? En realidad, después de proclamar las bienaventuranzas, Jesús desgrana las consecuencias de ese nuevo mundo de valores que él mismo está inaugurando. Y más que proponernos exigencias desorbitadas de imposible cumplimiento, nos anuncia el amor en acto con el que Dios ya nos está amando. Es Dios, en Cristo, el que ama a sus enemigos, que somos nosotros cuando pecamos; es él el que se deja pegar en la mejilla, y se despoja de todo, de su capa y de su túnica, para, desnudo, entregar su vida en la cruz. Dios, en Jesús, nos ama con un amor compasivo, que no nos juzga, sino que nos perdona, y nos da sus dones con una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. Justo es que, enriquecidos de tal manera, tratemos de responder con una medida semejante.
Dios nos ama porque nos conoce. Nosotros solo podemos conocer de verdad si estamos en disposición de amar. Ese amor nos hace libres de los dioses y señores de este mundo, de sus ídolos y falsos salvadores. Pero esa libertad, al mismo tiempo, nos hace esclavos, servidores de nuestros hermanos. No nos servimos de esa libertad para escandalizar, sino para servir, y ello nos puede llevar a renunciar a ciertas expresiones de nuestra libertad si con ellas escandalizamos y perjudicamos a nuestros hermanos más débiles.
Hay una expresión de la espiritualidad clásica que casi ha caído en desuso, pero que estaría bien recuperar: la edificación. El que ama con libertad y con espíritu de servicio edifica a sus hermanos y edifica la comunidad cristiana, la Iglesia y el cuerpo de Cristo."
(José M. Vegas cmf, Ciudad Redonda)

miércoles, 9 de septiembre de 2026

POBRES POR EL REINO

 


Jesús miró a sus discípulos y les dijo:
Dichosos vosotros los pobres, porque el reino de Dios os pertenece.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis satisfechos.
Dichosos los que ahora lloráis, porque después reiréis.
Dichosos vosotros cuando la gente os odie, cuando os expulsen, cuando os insulten y cuando desprecien vuestro nombre como cosa mala, por causa del Hijo del hombre. Alegraos mucho, llenaos de gozo en aquel día, porque recibiréis un gran premio en el cielo; pues también maltrataron así sus antepasados a los profetas.
Pero ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis tenido vuestra alegría!
¡Ay de vosotros los que ahora estáis satisfechos, porque tendréis hambre!
¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque vais a llorar de tristeza!
¡Ay de vosotros cuando todos os alaben, porque así hacían los antepasados de esta gente con los falsos profetas!
(Lc 6,20-28)

Estos dichosos y estos ay! de hoy no acabamos de entenderlos. Seguimos buscando la riqueza, comer opíparamente, reír cuanto más mejor, y que nos consideren importantes y nos alaben. 
Jesús, sin embargo, dice lo contrario de lo que nosotros buscamos. El quiere que vivamos en plenitud. Que vivamos amando, entregados, aunque esto nos suponga ser pobres, pasar dificultades, ser odiados...No alaba la pobreza por la pobreza. Alaba la entrega total. El Amor a todos.

martes, 8 de septiembre de 2026

NATIVIDAD DE MARÍA

 


El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»
(Mt 1, 18-23)

Hoy celebramos el nacimiento de María del cual no nos dice nada el Evangelio. Pero nosotros siempre hemos celebrado los nacimientos de nuestros seres queridos y amigos. Como amamos a María, también lo celebramos. Además, este día, es el inicio de lo que será la venida al mundo al Hijo. Esa muchacha sencilla, desposada con José, gracias a su SÍ, permitió nuestra salvación. 
En Catalunya hoy celebramos lo que llamamos las Vírgenes "encontradas". Un pastor, imágenes escondidas seguramente para protegerlas, las encontraba un día: Nuria, Queralt, Falgars, Tura...
Sobre todo, imitemos la humildad de María que aceptó la voluntad de Dios para con Ella.

"Del nacimiento de la Virgen María sólo tenemos la certeza de que tuvo lugar, no sabemos (más que muy aproximadamente) ni dónde ni cuándo. La Biblia no nos da ninguna noticia sobre este hecho. Pero el papel central de María en el acontecimiento de la salvación: su entrega total a la voluntad de Dios, su sí a ser madre del Emmanuel, el nacimiento virginal, su vida como fiel discípula de Jesús, hasta la cruz, y como madre de la Iglesia, todo ello espoleó el deseo de saber sobre ella ya en las primeras generaciones cristianas. Y de ahí surgieron muy pronto imágenes de María (en las catacumbas de Santa Priscila en Roma, a mitad del siglo II), invocaciones, como el “Sub tuum praesidium”, cuyo texto, que sepamos, data del año 250, pero probablemente era recitado mucho antes, y otras piadosas tradiciones, como la que da nombre a sus padres (san Joaquín y santa Ana, según el protoevangelio de Santiago, de mitad del siglo II), y que la hace nacer en Jerusalén, pues a nadie como a ella le cuadra el título de “Hija de Jerusalén”. La misma fiesta de la Natividad de María surgió algo más tarde, en el siglo V en Jerusalén, en el lugar que la tradición situó como el de su nacimiento, en la actual basílica de Santa Ana.
Naturalmente, los espíritus críticos tuercen el gesto ante estas piadosas tradiciones, sin aparente base científica. Pero el hecho de que, como vemos en ellas, todas las generaciones de cristianos se han interesado por María, tratando de ir más allá de los pocos –pero preciosísimos– datos que nos ofrece el Nuevo Testamento, habla de un amor verdadero, y, además (sobre la base de esos datos) bien fundamentado. Y, como no conocemos las fuentes que alimentan esas tradiciones nacidas del amor, tampoco tenemos por qué excluir de ellas testimonios que llegarían hasta el periodo prepascual.
En todo caso, la Iglesia nos invita a celebrar esta fiesta, a engancharnos a esta tradición, a alegrarnos con esta Natividad (título reservado a los nacimientos de Jesús, Juan el Bautista y María), a alegrarnos con el nacimiento de la Hija de Sión, de la que nació el Emmanuel, el Dios con nosotros. “Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. Sí, hay motivos para la fiesta, para la alegría."
(José M. Vegas cmf, Ciudad redonda)

lunes, 7 de septiembre de 2026

HACER EL BIEN ANTE TODO

  

Sucedió que otro sábado entró Jesús en la sinagoga y comenzó a enseñar. Había en ella un hombre que tenía la mano derecha tullida; y los maestros de la ley y los fariseos espiaban a Jesús, por ver si lo sanaría en sábado y tener así algún pretexto para acusarle. Pero él, sabiendo lo que estaban pensando, dijo al hombre de la mano tullida:
– Levántate y ponte ahí en medio.
El hombre se levantó y se puso de pie, y Jesús dijo a los demás:
– Os voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido hacer en sábado, el bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?
Luego miró a todos los que le rodeaban y dijo a aquel hombre:
– Extiende la mano.
El hombre la extendió y su mano quedó sana. Pero los demás se llenaron de ira y comenzaron a discutir lo que podrían hacer contra Jesús.
(Lc 6,6-11)

Nada puede impedirnos hacer el bien a los demás. Ni siquiera las leyes pueden impedirlo. Jesús nos lo enseña hoy poniendo la curación de un hombre, pro encima de la ley del sábado. Nosotros encontramos mil excusas para desentendernos de los emigrantes, de los pobres, del tercer mundo, de los enfermos... Hacer el bien pasa delante de todo.

"¿Qué es el sábado? ¿Cuál es su sentido? ¿Se trata de una norma positiva que debe ser observada de manera ciega? ¿Por qué hacer el bien en sábado ponía furiosos a los fariseos? Los judíos consideraban esta norma en la práctica la más sagrada (junto al “Shemá Israel”), porque hasta el mismo Dios, que descansó el séptimo día, se sometía a ella. Pero, al interpretarla en su literalidad, perdían de vista su sentido profundo: el Sabbat representaba la consumación de la obra creadora de Dios, la entrada en el descanso divino que no era otra cosa que la plenitud de la salvación, de la vida eterna. Y es esa plenitud la que anticipa Jesús cuando en sábado sana, salva y da vida. No solo no infringe el sábado, sino que lo realiza y pone de manifiesto su verdadero sentido. De ahí la afilada y desafiante pregunta que dirige hoy a los fariseos, tratando de abrirles los ojos a la presencia actual de la salvación en su persona y en sus acciones.
Nuestros sábados son sólo la expresión de nuestro anhelo de alcanzar ese sábado real del descanso divino, en la comunión con Dios y los hermanos. Pero, de momento, estamos sólo en camino. Y respetar el sábado, que para nosotros es el domingo, el primer día de la semana, el día de la nueva creación por la resurrección de Jesús de entre los muertos, consiste en no cansarse de hacer el bien, como nos enseña Jesús. Hay que descansar, ciertamente, del trabajo, para recordar que no somos esclavos de nuestras necesidades materiales; pero no de las obras del amor, precisamente porque somos libres.
Y hacer el bien significa también luchar evangélicamente, pero con decisión, contra el mal en todas sus formas, también esas que anidan entre nosotros. Hacer el bien no es adoptar actitudes “buenistas”, que cierran los ojos ante el mal, haciendo como que no existe. Pablo nos da hoy un buen ejemplo de ello. Ante comportamientos intolerables e incompatibles con el Evangelio hay que tomar medidas, en ocasiones fuertes y dolorosas, pero que miran al bien de los pecadores y también de la comunidad, que podría acabar sucumbiendo ante el mal por falta de reacción. A veces asumimos actitudes románticas y blandas, que consideran poco evangélicas cosas como, por ejemplo, la disciplina de la Iglesia, que incluye en su derecho un capítulo sobre los delitos y las penas. Pero ya vemos que en la primerísima generación cristiana existía algo parecido a ello, que es también en ocasiones, y precisamente porque estamos de camino, una verdadera exigencia evangélica."
(José María Vegas cmf, Ciudad Redonda)

domingo, 6 de septiembre de 2026

FORMAR COMUNIDAD




 Si tu hermano te ofende, habla con él a solas para moverle a reconocer su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a una o dos personas más, porque toda acusación debe basarse en el testimonio de dos o tres testigos. Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la congregación; y si tampoco hace caso a la congregación, considéralo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma.
Os aseguro que todo lo que atéis en este mundo, también quedará atado en el cielo; y todo lo que desatéis en este mundo, también quedará desatado en el cielo.
Además os digo que si dos de vosotros os ponéis de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre que está en el cielo os lo dará. Porque donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
(Mt 18,15-20)

Jesús nos pide que ante los problemas, sepamos dialogar, perdonar y formar comunidad. Todos juntos estamos más cerca de Dios. Cuando estamos reunidos, cuando formamos comunidad, Jesús está en medio de nosotros. Estar unidos hace que Dios se haga presente.

" (...) Jesús da el modelo para corregir a los díscolos. Aquellos que, siendo de los nuestros, se han apartado del camino. Cómo corregir a los hermanos. Por experiencia sé que la corrección fraterna nunca es fácil. Hay que encontrar la forma de conjugar el amor fraterno con la sensibilidad necesaria para ayudar sin ofender. Darse el tiempo suficiente, apoyados en la Palabra de Dios, para dar un empujón al hermano en la dirección adecuada. Exige la humildad por ambas partes; el que corrige, porque sabe que él tampoco es perfecto, y el corregido, para dejarse iluminar por las personas que están cerca y ven lo que puedes hacer mejor. No siempre gusta cuando te dicen que estás haciendo algo mal.
En todo caso, si no hay posibilidad de encontrar tiempo para hacer lo que el Evangelio nos sugiere, siempre se puede ser creativo. Una frase en el momento adecuado, una indicación, un gesto de agrado o desagrado… Puede ser un mensaje, una llamada, diciendo que hace mucho que no le has visto en Misa, v.gr.; una carita triste en el “whatsapp”, por ejemplo y un “te echamos de menos”. Mostrarse atento, para que la “oveja descarriada” sepa que tiene en ti un apoyo, si le hace falta. Estar cerca, ponerse a tiro, para poder ayudar. Que, si la persona no se convierte, no sea porque no lo hemos intentado.
Hay que hacerlo todo con amor. Hasta las correcciones. Uno que ama a su prójimo no le hace daño. Incluso cuando le corrige. Amar es cumplir la Ley entera, y eso incluye corregir – con amor – al que se ha equivocado. Que no pequemos de omisión.
El segundo aspecto a recordar, creo, es saber que Dios siempre está con nosotros. Siempre hay cobertura para hablar con Él. Aunque a veces se nos olvide. Nos juntamos a menudo “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, para rezar, para celebrar, para hacer presente el Misterio en nuestra vida. No importa si somos pocos o muchos, son suficientes dos o tres para que Cristo se haga presente. Es un consuelo para los que vivimos en países donde los católicos somos minoría. Es un consuelo para todos.
Estamos acostumbrados a ver grandes multitudes en los conciertos, en las celebraciones deportivas, a valorar las cuentas en las redes sociales según la cantidad de seguidores… Cuantos más, mejor. Incluso en la vida espiritual aplicamos esos criterios. Claro que impresiona ver una celebración en la Jornada Mundial de la Juventud, o la Vigilia Pascual en el Vaticano. Es un buen refuerzo para mucha gente, ver que no están solos en esto de la fe. Otra vez, los que vivimos en países donde los católicos somos minoría, lo agradecemos. Es verdad.
Pero donde se juega uno “los cuartos” es en el día a día. Ahí no hay siempre grandes cantidades de personas a tu alrededor. Incluso, puede que la persona que se siente a tu lado no sea de los que mejor te caen. Y, sin embargo, “donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy Yo”. Porque a los vecinos del banco de la iglesia no los eliges tú, te los coloca en el camino el mismo Señor.
Aunque nos cueste a veces entenderlo, nuestra fuerza está en la oración conjunta. A través del perdón y de la reconciliación podemos restablecer las relaciones comunitarias, y, juntos, pedirle al Padre que siga acompañándonos en el camino. Porque no somos simplemente un conglomerado de personas. Somos una comunidad de creyentes, en la que todos dependemos de todos para poder ser mejores. Si alguno se queda atrás, la misión se ralentiza, y ya sabemos que el Buen Pastor busca la oveja perdida hasta que la encuentra, se la carga en los hombros y la devuelve al rebaño.
Tenemos el mejor ejemplo en Cristo. Él supo perdonar a los “traidores” de los apóstoles, que le abandonaron, y les hizo colaboradores en la propagación de su mensaje, por todos los confines del mundo. Que sepamos imitarlo, para amar más y más a nuestros hermanos, corrigiéndolos y perdonándolos siempre. Juntos, podemos. Juntos, somos más fuertes. Aunque cueste. Merece la pena."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)