Después de esto, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: Los maestros de la ley y los fariseos son los encargados de interpretar la ley de Moisés. Por lo tanto, obedecedlos y haced todo lo que os digan. Pero no sigáis su ejemplo, porque dicen una cosa y hacen otra. Atan cargas pesadas, imposibles de soportar, y las echan sobre los hombros de los demás, mientras que ellos mismos no quieren tocarlas ni siquiera con un dedo. Todo lo hacen para que la gente los vea. Les gusta llevar sobre la frente y en los brazos cajitas con textos de las Escrituras, y vestir ropas con grandes borlas. Desean los mejores puestos en los banquetes, los asientos de honor en las sinagogas, ser saludados con todo respeto en la calle y que la gente los llame maestros. Pero vosotros no os hagáis llamar maestros por la gente, porque todos sois hermanos y uno solo es vuestro Maestro. Y no llaméis padre a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el que está en el cielo. Ni os hagáis llamar jefes, porque vuestro único Jefe es Cristo. El más grande entre vosotros debe servir a los demás. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido. Jesús nos pide que no imitemos a los fariseos: dicen pero no hacen. No se trata de aparentar, si no de ser realmente. Y se es sirviendo. Amando a los demás. Siendo sencillos. La festividad de hoy nos muestra a María. Ella hizo. Fue la esclava del Señor. Por eso Dios la ensalzó. "Hoy es la octava de la Asunción de María, la Virgen de agosto, festejada especialmente en muchísimos pueblos de tradición católica. En su octava se nos propone un título para la Madre de Dios que requiere alguna explicación contemporánea porque “Reina”, en nuestros tiempos, no es una categoría muy prestigiosa precisamente. Algo que sigue vigente y hoy atrae a gente, a veces bastante joven, es el rezo del Rosario. En sus cuatro partes el Rosario hace un recorrido por la historia de la salvación, comenzando por la Encarnación del Verbo y finalizando por la Coronación de María como Reina. Hay una coherencia interna en este modo de oración que parece diseñado, como los retablos y pinturas de los templos, para ilustrar la fe de los sencillos. Reconocer la realeza de María es afirmar que la esperanza cristiana tiene sentido. En la condición humana se da un irrenunciable deseo de belleza, libertad y alegría pero también el peso de la caída original, esa enfermedad que sigue mostrando huellas aunque esté curada. María, preservada del pecado, se ofrece como sierva he aquí la esclava, primer misterio gozoso. María, el orgullo de nuestra raza, es Coronada como Reina, quinto misterio glorioso. Una secuencia de momentos de la Redención, es decir, de la vida del Redentor único, Nuestro Señor Jesucristo. El Rosario que dirigimos a María, de hecho nos conduce siempre hacia Jesús. También nos indica motivos para la plegaria y ¡tenemos tantas cosas por las que pedir! En círculos concéntricos se nos presentan problemas y conflictos desde los más íntimos hasta los más alejados en el espacio. La humanidad entera, la creación entera nos pide actuar para sanar, cuidar, atender, echar una mano, colaborar, sembrar esperanza. En definitiva, cumplir el mandamiento semejante al primero. Cantar a María como Reina, para los católicos entra dentro de nuestras prácticas más arraigadas y familiares. En la Salve, en el saludo pascual Reina del cielo alégrate, en el Stabat Mater… María, siempre Reina y Madre." (Virginia Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda) |
sábado, 22 de agosto de 2026
DECIR Y HACER
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