
Will Freeman (Hugt Grant) es el típico hombre que se cree independiente. Cuando le preguntan qué hace, no sabe qué responder, porque en realidad no hace nada. Vive de los derechos de autor de una canción famosísima que compuso su padre. Esto le permite vivir sin ningún compromiso, sin ninguna responsabilidad. Se dedica a ligar, a pasárselo bien sin ninguna atadura. Pero un día se le cruzará en su vida Marcus, un chico de 12 años, hijo de una madre soltera (el concepto está tomado en el sentido amplio de mujer que debe educar sola a su hijo), depresiva, que intenta suicidarse. Marcus ve claro que no se puede vivir a dos e intenta que Will se case con su madre para ser una familia de verdad. No lo logrará, pero Will descubrirá que es un ser superficial, que en realidad no vive y que ha de interesarse por los demás.
La película empieza con una frase de Will:
- Los hombres somos islas. Cada uno ha de vivir para sí. Eso es suficiente para ser feliz
La película acaba con una frase de Marcus:
- Los hombres no somos islas y necesitamos de los demás para ser felices.
Ese es, precisamente, el título de un libro de Thomas Merton (Los hombres no son islas), que hace ya un montón de años cambió mi vida.
Pero volvamos a la película. Al acabar, te queda la sensación de que, al igual que Will, es superficial. Se trata de una comedia y no puede esperarse mucha profundidad de ella. Pero los temas que toca: el egoismo de Will, la soledad de las madres que han de cuidar a sus hijos, la incomprensión de Marcus en la escuela, merecerían un análisis más serio. Parece ser que es la adaptación de una novela mucho más profunda. Quizá merecía otro género. Se agradece que no acabe con boda (al menos inminente) y sí mostrando la importancia de vivir compartiendo la vida.
En general es una película agradable de ver. Que ciertamente hace reflexionar, aunque pase por la superficie de los problemas. Está bien interpretada y tiene una buena banda sonora. Pero si no se ve, no nos perdemos nada...




