Se veía claramente que el joven seguidor estaba dándole vueltas a una cuestión. El Anacoreta sabía distinguir claramente ese no estarse quieto, esos suspiros y esas palabras sueltas pronunciadas en voz alta, que denotaban la preocupación del joven. Por eso se hizo el encontradizo, hasta que el seguidor le preguntó:
- No lo entiendo. Hablamos siempre de la plenitud de Dios, de vivir plenamente y los maestros espirituales nos hablan de vacío, de silencio, de la nada...
Sonrió el Anacoreta:
- ¡Ah! ¿Era eso?
Ante la sorpresa del joven seguidor, el anciano no respondió a la pregunta y le ordenó:
- Acércame la quesera.
La quesera, a falta de queso en esa casa, les servía para guardar cartas ya leídas, recortes de periódico que nunca más serían leídos, propaganda...Aquella mañana, hacía unos instantes que, ante su sorpresa, alguien les había mandado un queso manchego semi-curado de regalo.
- Vacíala de todas esas cosas inútiles y pon el queso dentro.
Luego, con una amplia sonrisa, miró al joven seguidor y le dijo:
- ¿Te das cuenta? Para llenar la quesera con un buen queso, primero hemos tenido que vaciarla de cosas inútiles. Pues eso es lo que nos dicen los maestros espirituales. Que vaciemos nuestra vida de cosas inútiles para llenarla de lo que es verdaderamente importante. A eso se refieren cuando hablan de vacuidad. No se trata de vaciar por vaciar...sino para poder alcanzar la plenitud.
Y le dió un pequeño manotazo al joven seguidor que ya se disponía con un cuchillo a cortar un trozo de queso, cuando aún no era la hora de la comida...





