Hoy celebramos el recuerdo de Juan XXIII. Coincide su festividad, no con su muerte, sino con la fecha del inicio del Concilio Vaticano II. La voz popular lo consideró santo desde el día después de su muerte, sin manifestaciones ni pancartas. Simplemente visitando una tumba que siempre estaba repleta de flores. Costó beatificarlo y se hizo conjuntamente con la de otro papa de perfil muy distinto, casi opuesto, al suyo.
Se le encuentra a faltar. Abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara aire fresco, pero parece que otros se empeñan en cerrarlas. Posiblemente, si hubiese podido concluir el Concilio, habría sorteado los últimos obstáculos con una sonrisa, pero con más determinación que el bueno, pero dubitativo, Pablo VI.
En su diario, el Diario de un Alma, escribía el 13 de agosto de 1961:
"Siempre, pero sobre todo en este tiempo, el obispo es el indicado para repartir un aceite balsámico de dulzura, sobre las plagas de la humanidad. Por eso, ha de guardarse de todo juicio temerario, de toda palabra injuriosa a quien sea, de toda adulación provocada por el miedo (...) Vigilar para tener con todos una conversación suave y amorosa y a la vez, apta para hacer distinguir, con santa doctrina, pero sin ninguna vehemencia, el bien del mal."
Que todos heredemos la sencillez y a la vez la fuerza para vivir el Evangelio, que él nos enseñó






