viernes, 9 de octubre de 2026

EL BIEN Y EL MAL

 


Aunque algunos dijeron:
– Beelzebú, el jefe de los demonios, es quien ha dado a este hombre poder para expulsarlos.
Otros, para tenderle una trampa, le pidieron una señal milagrosa del cielo. Pero él, que sabía lo que estaban pensando, les dijo:
– Todo país dividido en bandos enemigos se destruye a sí mismo, y sus casas se derrumban una tras otra. Así también, si Satanás se divide contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su poder? Digo esto porque afirmáis que yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú. Pues si yo expulso a los demonios por el poder de Beelzebú, ¿quién da a vuestros seguidores el poder para expulsarlos? Por eso, ellos mismos demuestran que estáis equivocados. Pero si yo expulso a los demonios por el poder de Dios, es que el reino de Dios ya ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado cuida de su casa, lo que guarda en ella está seguro. Pero si otro más fuerte que él llega y le vence, le quita las armas en las que confiaba y reparte sus bienes como botín.
El que no está conmigo está contra mí; y el que conmigo no recoge, desparrama.
Cuando un espíritu impuro sale de un hombre, anda por lugares desiertos en busca de descanso; pero, no encontrándolo, piensa: 'Regresaré a mi casa, de donde salí.' Al llegar, encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces va y reúne otros siete espíritus peores que él y todos juntos se meten a vivir en aquel hombre, que al final queda peor que al principio.
(Lc 11,15-26)

Si estamos con Jesús no debemos temer al mal. Él nos protege. En nuestro mundo el bien y el mal están mezclados, pero si estamos del lado de Jesús, podemos tener la seguridad de que el bien está con nosotros. El Reino de Dios ya está aquí, con nosotros.
 
"Los mexicanos tienen una expresión muy aguda para el triunfo: “Ya la hice”. Es decir, yo, como se oía antes a menudo: “Ni robo, ni mato…” Ya la hice. Ya alcancé la salvación, como aquel que dice. O, yo creo en Dios y las cosas son entre Dios y yo. Y como ya no hay referente, puedo sentarme cómodamente a verlas venir.
Y entonces uno se vuelve tibio. Bíblicamente, la tibieza no es algo neutro e inofensivo… es causa de maldición. “Maldito quien no persevera”… dice la carta a los gálatas. El problema es que el que no come, acaba muriendo. Quien no se acerca a la Eucaristía acaba muriendo de hambre y ni siquiera se da cuenta de que tenía hambre. Abre la puerta a siete maneras de morir. No perseverar, según Cristo, es invitar al mal— a siete males. Sin darse uno cuenta, se puede uno poner al borde del abismo. Descuidarse, acomodarse, vivir sin la tensión del Padre nuestro que pide cada día que venga el Reino, dejar la Eucaristía, dejar de orar y dejar las buenas obras, es dejar que pasen los siete males, es decir, los pecados capitales: dejarse llevar por la envidia, la pereza, la gula, la ira, lujuria, la avaricia y la soberbia. Lo vemos todos los días y por todas partes y lo vemos en el pensamiento dominante de la relatividad: “lo que te haga feliz”.
En realidad, el primero que había entrado y que deja paso a los demás es la soberbia: “Ya la hice”. Y como ya la hice, lo que me place a mí, centro del mundo, es todo válido. Lo malo es que, a la larga, eso “válido” no satisface; siempre tengo que buscar algo más. La tibieza para con las cosas de Dios me lleva cada vez más lejos de la felicidad auténtica que es estar con Dios. Es la misma necedad a la que se refería ayer Pablo… habiendo comenzado por espíritu… habiendo comenzado por la verdad de Dios, agarrarse a la piedra y la serpiente, que son más fáciles de conseguir que el pan auténtico. Para conseguir el pan de cada día, todo padre y toda madre saben que tienen que trabajar cada día. Para que el Reino venga, todo cristiano sabe que tiene que luchar por lo justo y lo verdadero cada día. Para santificar el Nombre, todos sabemos que tenemos que vaciarnos del propio nombre.
Hay una maldición sobre el que no persevera, pero no es un castigo de un Dios severo e inmisericorde. Es la invitación que hacemos a los siete males. “Ya la hice…” ¿En serio?
(Cármen Fernández Aguinaco, Ciudad Redonda)

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