domingo, 19 de julio de 2026

PARÁBOLAS DEL REINO



 Jesús les contó esta otra parábola: “El reino de los cielos puede compararse a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos estaban durmiendo, llegó un enemigo que sembró mala hierba entre el trigo, y se fue. Cuando creció el trigo y se formó la espiga, apareció también la mala hierba. Entonces los labradores fueron a decirle al dueño: ‘Señor, si la semilla que sembraste en el campo era buena, ¿cómo es que ha salido mala hierba?’ El dueño les dijo: ‘Un enemigo ha hecho esto.’ Los labradores le preguntaron: ‘¿Quieres que vayamos a arrancar la mala hierba?’ Pero él les dijo: ‘No, porque al arrancar la mala hierba podéis arrancar también el trigo. Es mejor dejarlos crecer juntos, hasta la siega; entonces mandaré a los segadores a recoger primero la mala hierba y atarla en manojos, para quemarla, y que luego guarden el trigo en mi granero.’ ”
Jesús les contó también esta parábola: “El reino de los cielos se puede comparar a una semilla de mostazal que un hombre siembra en su campo. Es sin duda la más pequeña de todas las semillas, pero cuando ha crecido es más grande que las otras plantas del huerto; llega a hacerse como un árbol entre cuyas ramas van a anidar los pájaros.”
También les contó esta parábola: “El reino de los cielos se puede comparar a la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina para que toda la masa fermente.”
Jesús habló de todo esto a la gente por medio de parábolas, y sin parábolas no les hablaba, para que se cumpliera lo que había dicho el profeta:
“Hablaré por medio de parábolas;
diré cosas que han estado en secreto
desde la creación del mundo.”
Jesús despidió a la gente y entró en la casa. Sus discípulos se acercaron a él y le pidieron que les explicase la parábola de la mala hierba en el campo. Él les respondió: El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre, y el campo es el mundo. La buena semilla representa a los que son del reino; la mala hierba, a los que son del maligno; y el enemigo que sembró la mala hierba es el diablo. La siega representa el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. Así como se recoge la mala hierba y se la quema en una hoguera, así sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre mandará sus ángeles a recoger de su reino a todos los que hacen pecar a otros y a los que practican el mal. Los arrojarán al horno encendido, donde llorarán y les rechinarán los dientes. Entonces, aquellos que cumplen lo ordenado por Dios brillarán como el sols en el reino de su Padre. Los que tienen oídos, oigan.
(Mt 13,24-43)

Hoy en bastantes parroquias sólo leerán la primera parábola del evangelio de hoy. La de la cizaña. Son tres parábolas sobre el Reino. En la primera se nos muestra como en esta tierra es inevitable que convivan el bien y el mal. El trigo y la cizaña. Y cómo nosotros no debemos juzgar. Dios lo hará al final, en el momento de la siega. Las otras dos nos presentan al Reino como algo humilde sencillo. Como una semilla de mostaza o como la levadura. Pequeño, pero capaz de hacer grandes cosas, de hacer el bien a nuestro mundo.

"¿Qué es la cizaña hoy? Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos ahoga y nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. Nos intentan convencer, en muchos lugares, de que todo vale, que cada uno puede pensar y vivir como quiera. Ya casi no podemos distinguir el bien del mal. Con el Evangelio en la mano, está claro que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos de la maldad, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política…  Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús. Ahí está la lucha paciente de cada día.

Una vez conscientes de la verdad que llevamos entre manos, del esfuerzo que supone “pelear” con la fuerza pequeña e invisible del Evangelio, nos daremos cuenta de lo que significa la levadura de un cristiano en el mundo. La semilla de Dios puede que sea pequeña. A veces nos parece del todo utópica o inservible. La mostaza es ese gran regalo que recibimos en el día de nuestro Bautismo. Puede que, algunos, les parezca inexistente o que, incluso, todo lo que rezamos y celebramos, realizamos o ayudamos les resulte aparentemente estéril. Esa es la grandeza de Dios: sin saberlo nosotros, Él va haciendo de las suyas. La semilla crece.
Hasta hace cuatro días, como quien dice, nuestra sociedad occidental, estaba totalmente impregnada (por lo menos exteriormente) del aroma del Evangelio. En la actualidad, y por diversas razones que todos conocemos, urge una nueva evangelización. Ésta sólo será posible si cada cristiano (seamos muchos o pocos) nos ponemos como objetivo de nuestro paso por el mundo el deseo de ser levadura. De iniciar a muchos, desde cero, en su práctica cristiana. Ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil.
Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que, en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando. Y no hace falta ser océano, seamos gotas de agua; no pensemos en ser bosque, que cada uno sea un árbol.
No es bueno cruzarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es serio el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella, o seamos tan desconfiados que creamos que el presente y el futuro de la fe dependen exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales.
La advertencia de Jesús es incordiante. Jesús vendría a decir: «¡no pienses que es fácil distinguir entre la cizaña y el trigo, el bien y el mal». «¡No quieras arrancar la cizaña, porque es muy fácil que arranques también el trigo… Espera!». Que lo que llamamos «bien» y «mal» crezcan juntos. En el momento del juicio, se verá con claridad lo uno y lo otro.
Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es un planteamiento pesimista, ni siniestro. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de san Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales – malos – que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)

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