Hoy en bastantes parroquias sólo leerán la primera parábola del evangelio de hoy. La de la cizaña. Son tres parábolas sobre el Reino. En la primera se nos muestra como en esta tierra es inevitable que convivan el bien y el mal. El trigo y la cizaña. Y cómo nosotros no debemos juzgar. Dios lo hará al final, en el momento de la siega. Las otras dos nos presentan al Reino como algo humilde sencillo. Como una semilla de mostaza o como la levadura. Pequeño, pero capaz de hacer grandes cosas, de hacer el bien a nuestro mundo.
"¿Qué es la cizaña hoy? Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos ahoga y nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. Nos intentan convencer, en muchos lugares, de que todo vale, que cada uno puede pensar y vivir como quiera. Ya casi no podemos distinguir el bien del mal. Con el Evangelio en la mano, está claro que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos de la maldad, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política… Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús. Ahí está la lucha paciente de cada día.
Hasta hace cuatro días, como quien dice, nuestra sociedad occidental, estaba totalmente impregnada (por lo menos exteriormente) del aroma del Evangelio. En la actualidad, y por diversas razones que todos conocemos, urge una nueva evangelización. Ésta sólo será posible si cada cristiano (seamos muchos o pocos) nos ponemos como objetivo de nuestro paso por el mundo el deseo de ser levadura. De iniciar a muchos, desde cero, en su práctica cristiana. Ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil.
Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que, en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando. Y no hace falta ser océano, seamos gotas de agua; no pensemos en ser bosque, que cada uno sea un árbol.
No es bueno cruzarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es serio el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella, o seamos tan desconfiados que creamos que el presente y el futuro de la fe dependen exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales.
La advertencia de Jesús es incordiante. Jesús vendría a decir: «¡no pienses que es fácil distinguir entre la cizaña y el trigo, el bien y el mal». «¡No quieras arrancar la cizaña, porque es muy fácil que arranques también el trigo… Espera!». Que lo que llamamos «bien» y «mal» crezcan juntos. En el momento del juicio, se verá con claridad lo uno y lo otro.
Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es un planteamiento pesimista, ni siniestro. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de san Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales – malos – que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre."
(Alejandro Carbajo cmf, Ciudad Redonda)
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