
Dicen, que el Anacoreta apareció en un oasis perdido en el desierto. Unos beduínos lo acogieron con alegría, ya que ellos, siempre que pasaban por la Cueva, eran recibidos con amor.
Le preguntaron:
- ¿Por qué te has dado por vencido y has abandonado la Cueva?
Sonrió pícaramente el anciano, con esa sonrisa que tan bien conocía el discípulo, y respondió:
- La vida humana es como un viaje...en tren. El ferrocarril va deslizándose através del tiempo, pero cada pasajero vive el recorrido de manera distinta...Unos emplean su vida en amontonar, poseer, llenarse de cosas...Otros preferimos el desasimiento. La persona material cifra su vida en poseer. La persona espiritual se va despojando de cosas a medida que avanza en su camino.
El Anacoreta pensaba en la frase del Evangelio de Juan: "Quien ama su vida, la perderá y el que odia su vida en este mundo, la conservará en la vida eterna." (Jn 12, 25) No la pronunció, porque los benuínos eran musulmanes y él creía que no era bueno bombardear con frases del evangelio a personas de otra fe. Pero sí, intentó comunicarles su espíritu.
- En la vida hemos de saber despedirnos, dejar cosas, cerrar etapas...para seguir creciendo, para seguir nuestro auténtico camino. A algunos les parecerá que desprecias la vida...en realidad la amas, la saboreas, la enriqueces...He dejado la cueva, pero mi camino sigue y continuaremos amándonos y estando muy cerca los unos de los otros...Todos los que seguimos con honestidad nuestro camino...
Y siguieron saborenado su te con menta....



